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« Esencias que atrapan al alma »
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—Sea lo que sea que apeste a sangre aquí, será mejor que lo entierres rápido. Incluso para un humano, ese asqueroso olor no pasaría desapercibido a menos de dos metros de la puerta.
Sin tener tiempo de responder a eso, Sesshōmaru se quedó paralizado en su sitio, mirando seriamente, por unos instantes, la puerta por donde se había ido Inuyasha. De pronto, el celular en su bolsillo derecho sonó, captado parte de su atención.
Al cabo de un rato oyendo ese infernal ruido, el daiyōkai metió la mano adentro de la bolsa de su pantalón y accedió a hablar con quién sea que le hubiese despertado un poco de su sorpresa.
¿Cómo había sido posible que Inuyasha detectase el aroma a sangre? Eso debería ser imposible, sobre todo ahora que estaba bajo esa asquerosa apariencia humana.
—¿Qué? —gruñó.
—No tienes que ser tan agresivo —oyó una voz femenina y elegante, al otro lado de la línea.
—No estoy de humor para estupideces, Kagura —respondió retomando el control sobre su propio cuerpo.
—Curiosamente, tampoco yo.
Sesshōmaru caminó hasta su escondite, sin llegar a extraer nada de lo que Inuyasha le sugirió enterrar, sólo manteniendo el celular en su mano sobre su oreja.
—Entonces, ve al punto.
Sesshōmaru se alejó de donde guardaba su posesión más valiosa.
—Estoy enterada que tu hermano y esas dos cargas, están en tu castillo.
—Me es fastidioso el modo en el que empleas tu tiempo libre —farfulló entre dientes, no estando del todo en la conversación que sostenía con Kagura sino en la que acababa de tener con su medio hermano.
Ese estúpido hanyō no iba a venir a su casa a decirle qué hacer o cómo diablos actuar. Él no era uno de esos jodidos humanos hipócritas que se llenaban la boca con palabras sin valor como "matar es malo".
Y ese maldito infeliz…
Sesshōmaru apretó la quijada con enfado.
Primero saldría Inuyasha arrojado por la ventana, antes de que alguien siquiera se acerque (mucho menos, toque) mínimamente a sus pertenencias.
—Sé razonable, Sesshōmaru —cierto, estaba hablando con Kagura, ¿qué querría ahora?—. Naraku no tiene nada en contra de ti, pero tu querido hermanito ya lo tiene harto.
¿Y estos imbéciles quiénes se creían? Por derecho y por ley, si Inuyasha iba a morir a las manos de alguien, iban a ser las suyas.
—Todos ustedes también me tienen harto a mí, y yo no pierdo mi tiempo buscándolos —ante las estupideces que escuchaba, sus párpados se movieron un poco, pero fuera de eso, el rostro de Sesshōmaru se mantuvo estoico.
—Vamos. Sólo sácalos de tu castillo, y problema resuelto.
Sesshōmaru no era de naturaleza curiosa o fácil de impresionar, pero le sorprendía un poco esa actitud.
Hace mil años, Kagura, literalmente, se arrastró hacia sus pies rogándole para que la liberase de su cruel amo. ¿Y ahora resulta que ya hasta era su secretaria? Bueno, algunas cosas pudieron haber pasado desde que él se negó a salvarla. No tenía remordimientos al respecto. Sesshōmaru no tenía por qué ayudar a nadie con nada que no le beneficiase a él personalmente, y Kagura, de haber sido más lista en primer lugar, no hubiese estado en ese aprieto. Del cual, por lo que Sesshōmaru escuchaba, ella ya había logrado salir a medias bien parada.
—Ese imbécil ya ha de darte más de lo que deseas, si es que llamas para molestarme sabiendo que no tendría problemas en matarte a ti por eso.
—Negocios son negocios.
A Sesshōmaru poco le importaba qué era lo que ocurría en la vida de esa débil yōkai, pero considerando que le debía a Kagura un pequeño favor (ajeno al asunto de quitarle a Naraku de encima) y él odiaba sentirse en deuda, Sesshōmaru aprovechó el momento para hacerle una breve, pero clara amenaza.
—Escúchame bien, cualquiera que ponga un pie en mis dominios o contamine el cielo donde vivo, con su inmunda esencia, lo destriparé como a un pescado. Y eso te incluye a ti.
—No te equivoques, Sesshōmaru. Las consecuencias de tu decisión serán…
Sesshōmaru no tenía nada más que decir o escuchar, así que él no le dio tiempo a Kagura de seguir hablando ya que colgó la llamada. Se guardó el celular en el bolsillo del pantalón de nuevo, y se dispuso a enfrentar a su destino.
Pero, antes de salir de su estudio, Sesshōmaru impregnó un poco de su poder en el pomo de la puerta para que esta no se abriese a menos que fuese él quien desease pasar. Izayoi no debía entrar ahí ni por error. Ni mucho menos oler lo que adentro hay.
Usualmente, Sesshōmaru sólo por ella tomaba esta precaución. Sabía que la mujer respetaba mucho su privacidad, pero como daiyōkai, él desconfiaba mucho de esa ridiculez a la que los humanos llamaban "curiosidad". Definitivamente no podía sólo cerrar con llave una puerta que, guardaba algo tan valioso como lo que él llevaba rejuntando desde hace tiempo.
Además, a esta tontería se habían sumado 3 pesos muertos que tampoco quería merodeando por sus pasillos. Sobre todo, si se hablaba de esa fastidiosa sacerdotisa amante de lo políticamente correcto.
—Amo —lo interceptó Jaken en el camino. Seguía luciendo humano.
—¿Qué quieres? —dijo sin dejar de caminar.
—Sus invitados han sido acomodados, como lo ordenó. Sin embargo, Inuyasha está con su madre en la alcoba de ella.
De no ser porque Izayoi había intercedido para que Sesshōmaru aceptase el patético trasero de Inuyasha de vuelta en el castillo, él mismo habría asesinado al hanyō en cuanto puso un pie sobre su territorio.
»Sesshōmaru, no te obligaré a hacer algo que no quieras —le había dicho Izayoi luego de haber visto el semblante serio de Sesshōmaru al oír el motivo por el cual su medio hermano volvía a casa—, decidí hablar esto contigo, antes de darle una respuesta a tu hermano, porque… al final… eres tú quien decide. Yo de verdad quisiera que vieses esto como una oportunidad… quizás, no para amar a Inuyasha como un hermano, sino para al menos, llevar una mejor relación con él.
Izayoi era bien conocida por ser una persona muy sensible. Una persona que veía bondad en cada ser vivo… incluido Sesshōmaru. Y aunque el daiyōkai no estaba, ni mínimamente interesado en relacionarse con Inuyasha, por alguna razón, tampoco era capaz de soportar que, por culpa suya, Izayoi se sintiese mal.
Lo hecho, hecho estaba. Ahora sólo quedaba darle un lugar a cada cosa.
—La sacerdotisa —exigió saber dónde estaba esa fastidiosa, metiche y bocona humana.
—En la alcoba que se designó para ella, señor —respondió Jaken—. Muy, muy lejos de usted, como lo ordenó.
—La otra escoria humana.
—En la habitación continúa a la de Inuyasha y su mujer.
Sesshōmaru no hizo gesto alguno, pero a los ojos (e intuición) de Jaken, algo estaba pasando adentro de la cabeza de su amo.
—¿Todo bien, señor?
—Jaken… quiero que consigas una adamanti para mañana —ordenó dejando a su sirviente ahí parado para andar por su cuenta, lejos de cualquier ser invasor.
—Sí, señor.
Jaken se extrañó por la petición de su amo, pero no iba a desobedecerlo o cuestionarlo. Mañana a primera hora iría a comprar una adamanti con una vieja bruja al norte, quien las realizaba y las mantenía en perfecto estado para su uso en cualquier momento. No eran tan costosas, pero sí muy solicitadas por los han'yōs y yōkais débiles. ¿Desde cuándo un daiyōkai como el amo Sesshōmaru necesitaba una de esas?
Esta era la primera vez que la pedía.
La adamanti es una pequeña, lisa y suave piedra de color rosa pálido con forma de huevo. Este objeto era muy especial ya que emitía una muy especial fragancia cambiante dependiendo de quién la oliese, la cual, era capaz de neutralizar cualquier otro aroma, en especial si este, era el olor de la sangre o una esencia proveniente de algún demonio.
Como era de esperar, esta piedra se usaba para ocultar un aroma demoniaco de los enemigos o el hecho de que se estaba pasando por una herida mortal que requería tiempo en sanar, por eso muchas criaturas de débil rango las llevaban consigo todo el tiempo hasta que la adamanti perdía su efecto y se volvía una roca común, gris, áspera y fría como un hielo.
El tiempo en el que la adamanti perdía su poder o se rompía variaba dependiendo de su uso, si se mojaba o sufría algún golpe, por ejemplo.
Mientras Jaken se hacía sus preguntas y se iba a realizar sus propias tareas pendientes, Sesshōmaru permanecía tranquilo ya que, sabía que con sólo una adamanti podría ocultar el penetrante aroma a sangre del que habló Inuyasha, y el cual, Sesshōmaru también detectó bastante bien incluso a una distancia muy alejada.
El poderoso daiyōkai siguió caminando solo, pensando en eso.
…
Por fin, Rin terminó de colgar las blusas, playeras, camisetas, vestidos, sudaderas, suéteres y chamarras que había traído en sus dos maletas. Ahora solo le faltaba acomodar sus pantalones, shorts, faldas, piyamas, y ropa interior junto a algunos productos de higiene, y darse una merecida ducha, para luego poder irse a dormir como mejor pudiese.
No mentiría, a pesar de sentirse angustiada por su familia y triste por estar bastante lejos de su casa, de sus padres y sus pocos amigos, le parecía asombroso este lugar. Desde su aspecto viejo y japonés en el interior hasta el hecho de que, sólo hubiese un solo sirviente manteniéndolo todo en perfecto orden.
»No te dejes engañar por ese aspecto humano —le había susurrado Kagome durante la cena—, Jaken es un demonio. Uno algo débil en cuanto a poder destructivo, pero eso es el único ser que mantiene limpio este lugar, cosa que se le da bien.
Antes de dejarla sola en su alcoba, Kagome le explicó un par de cosas:
Uno, en este gigantesco castillo solo existían tres seres que la habitaban: la madre de Inuyasha, Jaken, y el dueño de la propiedad.
Dos, tenía que respetarlos a todos y a sus reglas.
Por ejemplo, la regla de nada de hacer llamadas telefónicas sin autorización le parecía una mierda, pero era una mierda con sentido. Con los avances tecnológicos del siglo XX, ¿quién no pensaría que el enemigo pudiese rastrear llamadas telefónicas y espiar conversaciones?
Si estaban ocultos, era mejor no dar señales de humo innecesarias.
Para evitar tentaciones, Rin, con todo su malhumor y desacuerdo, decidió apagar su teléfono y guardarlo en el cajón del tocador que estaba a un lado del gran armario donde estaría toda su ropa apenas terminase de desempacar.
Menos mal que no estaba prohibido usar su MP3 viejo que había traído por sí las dudas, y pensar que estuvo a punto de dejarlo atrás.
Ay, cielos. Ahora quería ir al baño.
Según Jaken, para evitar que estuviese merodeando por ahí, su alcoba tenía su propio baño.
Un hermoso sanitario que incluía una tina y una regadera.
—Parece nuevo —masculló maravillándose y alegrándose de que hubiese papel higiénico.
De haber sido una adolescente, seguro no tomaría en cuenta estos pequeños, pero grandes detalles que ofrecían algo confort.
Una vez que terminó con sus necesidades, Rin se lavó las manos, descubriendo que el jabón líquido olía muy bien. Incluso había un segundo bote, con crema con el mismo aroma que el jabón.
Vaya… de no estar aquí por una situación de emergencia, Rin se habría lamentado por no haber podido viajar hasta acá con sus amigas.
De pronto miró la tina con ayuda del espejo.
¿Podría probarla hoy? En serio quería, pero primero, tenía que mostrar su gratitud al dueño de todo esto.
Rin no podía creerse tal hospitalidad luego de la forma en la que Kagome había hablado del dueño del castillo, quién, por cierto, era su propio cuñado y brilló por su ausencia durante la cena.
¿En serio el dueño de este lugar era un perfecto imbécil?
Porque, ¿qué clase de "imbécil" mandaba a preparar alcobas específicas para unos invitados inesperados?
Alcobas bien equipadas y arregladas para su uso.
Rin sentía una fuerte necesidad por agradecerle a su, todavía desconocido, anfitrión.
»Por lo que más quieras, no vayas sola por los corredores. Menos por la noche.
Vamos. Kagome quizás estaba satanizando mucho al pobre sujeto.
Criatura sobrenatural o no criatura sobrenatural, la madre de Rin le había enseñado a su hija a ser educada con sus anfitriones.
Este ser desconocido les había abierto las puertas de su hogar a modo de santuario y Rin no podría dormir hasta no agradecerle en persona. Además, quizás el dueño de este castillo fuese sólo un amargado solitario con el suficiente poder para destruir un país, pero, si fuese tan malo como Kagome le pintaba; seguro Inuyasha no las habría traído aquí, ¿cierto?
Sólo le agradecería, y ya.
Teniendo cuidado con lo que tocaba y el ruido que hacía, mayormente para no alertar a su tía, Rin se dispuso a salir y buscar al señor Jaken, quien seguramente sabría dónde estaba su jefe. Por cierto, Jaken podría ser un ser demoniaco, pero la comida de esta noche había estado deliciosa, como bajada del cielo.
La bienvenida… si bien no fue la más cálida, fue bastante agradable con la madre de Inuyasha ahí, recibiéndolas para cenar.
Mientras Kagome, Izayoi y Rin hablaban de cosas bastante triviales, durante el postre, el tío de Rin fue a hablar con su hermano en su despacho, donde el señor Jaken le dijo que le esperaba.
»Eres tan bonita —le había dicho Izayoi, bebiendo té con la gracia de una gentil emperatriz—. Supongo que ya estás casada.
Ante la imagen de la refinada mujer y el ambiente que parecía llevar con ella a todos lados, a Rin le pareció que estaban de vuelta en el siglo XV, donde las mujeres de su edad, ya llevaban pariendo por lo menos 4 veces luego de un matrimonio a temprana edad.
De hecho, Rin por un segundo se sintió algo apenada por su soltería.
Sin embargo, Kagome tomó la palabra, poniendo al tanto a la señora Izayoi de los tiempos modernos.
¿Cuántos años tendría esa mujer?
Según Inuyasha, él mismo casi tenía 1,000 años. Entonces, esta señora, ¿por qué lucía tan joven si debería ser mucho más antigua que su propio hijo?
Sinceramente, aunque la curiosidad le pesaba, no se sentía con la libertad de preguntar esas cosas, así como así.
¿Dónde estaría el señor Jaken?
Acomodándose a cada rato los lentes sobre el puente de su nariz, Rin iba buscándolo con la mirada, cuando de pronto oyó el sonido básico de un celular. Pensando en que podría ser Jaken, siguió el sonido hasta que le llevó a un corredor con varias ventanas a la izquierda que la guio hasta una alta figura masculina que le daba la espalda.
Esta figura tenía un impresionante e hipnótico cabello blanco platinado, largo, que cubría casi hasta los tobillos de su portador. Un muy alto portador.
O ella era muy pequeña… o él era enorme.
Rin tragó saliva, recordando lo que le había dicho Kagome con respecto a los únicos miembros de este castillo.
Sin lugar a dudas, este era el dueño del castillo.
«Sesshōmaru. Recuerda Rin, se llama Sesshōmaru» inhaló profundo, enderezó su espalda y se preparó para presentarse.
…
Harto del tema de Inuyasha y Naraku, Sesshōmaru había rechazado una segunda llamada de Kagura cuando de pronto algo atacó su nariz.
Algo penetrante y femenino.
No era una esencia dulce, era más bien fuerte y… bastante sorpresiva. Tampoco era algo floral sino algo… muy extraño, pero tan femenino y natural que, sin duda alguna, provenía de una hembra que no usaba un perfume para ocultar su aroma verdadero.
Sujetando el teléfono con fuerza, Sesshōmaru se centró en no darse la vuelta y dejar de respirar con el único fin de evitar que sus instintos reaccionasen de forma medieval y lo obligasen a ponerse en cuatro patas a olfatear el origen de ese aroma como si fuese un perro sabueso.
—Disculpe —esa era una voz de mujer con acento extranjero. Un suave, educado y dulce acento extranjero, justo a sus espaldas.
Sesshōmaru se hallaba anonadado. ¿Cómo diablos esa mujer se acercó tanto sin que él se diese cuenta?
—Perdone si le interrumpo, pero… ¿usted es el dueño de este castillo?
Con el tiempo trascurriendo en cámara lenta frente a sus ojos y oídos, Sesshōmaru no podía contener sus preguntas. Preguntas. Él no se hacía preguntas a sí mismo desde hace más de dos mil años. Creyó conocerse a sí mismo demasiado bien.
Maldición. Aun reteniendo la respiración, Sesshōmaru podía sentir cómo algo lo atraía a ella.
¿Cómo diablos es que un aroma como ese ya estaba sofocándolo y no pudo percibirlo mínimamente antes, cuando ella se adentró en sus dominios?
¡Esto no tenía sentido!
¿Y cómo carajos es que ella se acercó tanto a su posición sin que él pudiese oírla venir?
—¿Señor?
—Lo soy —respondió guturalmente, permaneciendo tieso en su lugar.
—Entiendo. Verá, mi nombre es Rin, y yo sólo quería agradecerle por su hospi…
En un segundo, él estaba ahí, y al siguiente ya no.
—Talidad… —terminó de decir, completamente boquiabierta.
Rin se quedó sola en el pasillo en menos de un parpadeo.
¿A dónde se había ido?
—Continuará…—
Aprovecho esta parte para hacer una importante declaración que, quizás, pueda tomarse como spoiler. Y es que, cuando presente en Facebook un adelanto de este capítulo, hubo quienes me preguntaron si Kagura iba a ser... algo así como la "rival de amor" de Rin. Y les aclaro desde ya que yo no soy fan de ese tipo de giros, en serio, no me gustan y no pienso usar a Kagura para algo tan bajo. Su papel será importante en el fic, pero no de ese modo, ya más adelante lo veremos.
Segundo, ¿qué opinan de esta primera impresión? OMG nuestro amo bonito fue sorprendido, ¿no es eso algo sospechoso?
Jijiji ya les digo que, cuando viajo a algún sitio y me hospedo en algún lugar, lo primero que reviso son los baños XDDD no sé, siento que es algo muy importante que no se suele tomar en novelas o fics XDDD
Espero que este capítulo les haya gustado. ¡Saludos y hasta la próxima!
Gracias por sus reviews a:
annprix1, Skelettblume, Cerise Taisho, trunksouji, Nohe, gina101528, tooruys, (lamento decírtelo, pero no trabajo con fechas de actualización XD) y R . A . Gorgona.
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