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« El instinto protector de un daiyōkai »

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La princesa Izayoi había vivido demasiadas cosas; tantas, que ya no se molestaba en recordarlas todas.

Había nacido dentro de una familia poderosa dentro de la realeza china durante las guerrillas, había pasado un mal trago al creer que iba a terminar siendo parte de la larga lista de chicas forzadas a casarse con alguien que ni siquiera conocía, vivió un intento de secuestro, un par de intentos de asesinado, y al final, se enamoró de un hombre que al final no era un ser humano. Poco después, se fugó con él a una tierra desconocida donde ahora vivía cómodamente junto a su hijastro.

No le importó que él fuese un daiyōkai peligroso y agresivo; Izayoi amó, y lo amaba todavía. Además, nunca él mostró ningún indicio de violencia hacia ella. Hacía los enemigos que Tōga tenía, por supuesto que los hacía probar su fuerza; pero cuando él estaba con ella, se transformaba en un amable ser de luz.

Nunca, de verdad, nunca, Tōga la amenazó ni le gritó; incluso cuando discutían con fuerza, él simplemente optaba por dejar la discusión e irse hasta que su humor volviese a enfriarse y ambos como pareja, encontrasen solución a la problemática que les había hecho reñir.

Izayoi consideraba que había caído con un buen esposo.

Y, además, había sido bendecida con dos estupendos hijos.

Su pequeño Inuyasha estaba de vuelta luego de tantos años en el autoexilio, en el cual sólo se habían podido comunicar por cartas; pero él no había regresado por las razones que Izayoi quería que lo hiciese. Su niño no estaba aquí porque quisiera visitarla, o tener una mejor relación con Sesshōmaru; estaba aquí para proteger a dos mujeres.

Izayoi estaba feliz por él. Inuyasha se había independizado, había demostrado ser fuerte y un adulto responsable a la hora de tomar sus decisiones; había encontrado a una buena mujer y ahora sólo quedaba esperar a que los dioses los bendijesen con cachorros. Sin embargo…

"Madre…"

Y a pesar de los años, Inuyasha seguía escribiendo lo mismo en una carta de respuesta cada vez que Izayoi le mencionaba que tenía fuertes esperanzas de convertirla en abuela por su lado; ya se había rendido con Sesshōmaru.

"Por favor, ya basta. No estoy para bromas".

Fingía tomárselo con humor, pero lo cierto era que Izayoi no bromeaba, realmente quería ver a sus hijos (sí, porque para ella, Sesshōmaru era su hijo) echar raíces y seguir el legado del padre de ambos. Quería que los dos experimentasen el calor de una familia, el amor de una compañera, y la dicha de ver a los vástagos crecer.

Sin embargo, con los años, ella se resignó con Sesshōmaru. Como daiyōkai, era comprensible que él en verdad no estuviese en lo absoluto dispuesto a compartir su vida (y sus bienes) con nadie.

En cuanto Inuyasha… muy bien, a Izayoi seguía sorprendiéndole que su bella nuera fuese una sacerdotisa (de las mejores, según tuvo entendido por parte de Jaken y sus contactos, ya que mandó a investigarla apenas tuvo un nombre y una dirección) pero le sacaba de sus casillas aún más el saber que su pequeño cachorro no quería ser papá pronto.

Al principio, Inuyasha le soltó una palabrería interminable acerca de que él y Kagome no podían engendrar, sin embargo, a pesar de leer aquella afirmación que sonaba bastante convincente, Izayoi confió en sus propios instintos; después de todo, ella lo había parido y aún por medio de cartas, sabía cuándo él le mentía.

"Dime la verdad, cariño. Tú no quieres ser padre, ¿verdad?"

Inuyasha no lo negó, pero tampoco lo afirmó.

Sólo mandó una nota que dijo:

"Deja el tema ya, madre. Hay cosas más importantes en mi vida ahora".

Sí, sí. Desde hace tiempo, Izayoi ya sabía de ese tal Naraku, de la pequeña Rin, y de todo lo demás que estaba preocupando a su hijo.

Como le gustaría tener a ese Naraku y darle las bofetadas que se merecía.

Muy en el fondo, sabía que preocuparse o exaltarse demasiado no iba a ayudar en nada; Naraku era asunto de Inuyasha y bastante mal debía estarla pasando su niño al tener que recurrir a la ayuda de terceros para cuidar de los suyos.

Pero, Izayoi no podía evitarlo, Sesshōmaru e Inuyasha eran sus hijos, y a los dos los amaba. Le dolía que la única razón por la cual ellos se toleraban era porque ella se los pedía.

«Son en estos momentos en los que más te extraño, mi querido Tōga» pensó un poco triste.

Incapaz de poder dormir con todas esas cosas en su cabeza, Izayoi había salido de su fina alcoba para recibir el aire nocturno. Estaba afuera, en la azotea, la cual tenía una vista maravillosa; un pequeño tejado hecho de fuerte madera, y abajo, una mesa afianzada al piso donde ella usualmente tomaba su té matutito y vespertino.

De pronto, con sus habilidades adquiridas por su esposo, ella supo que no estaba sola.

—Las estrellas lucen hermosas hoy, ¿no te parece? —preguntó al aire, sin embargo, sabía que su oyente no estaba ignorándola—. Siento tu espíritu muy inquieto, imagino que no estás cómodo con la visita de tu hermano, pero, confío en que algún día, ambos van a estar en buenos términos.

De nuevo, no hubo respuesta. Izayoi inhaló profundo, sintiéndose bastante relajada.

No necesitaba que Sesshōmaru le dijese nada, años llevaba conviviendo con él, y sabía que, al igual que Tōga, su silencio, irónicamente, decía demasiadas cosas.

—Trajo a este castillo, un maldito súcubo —dijo él, para la sorpresa de Izayoi.

—Lo sé —respondió tranquila—, trajo a un ángel.

El espíritu de Sesshōmaru se alteró más. Ella sabía que él no iba a ser agresivo, al menos no en su contra; por lo que no se intimidó.

—Cariño, ¿qué es lo que te preocupa en realidad?

Izayoi sintió como Sesshōmaru se obligaba a sí mismo, volver a su calma, antes de responderle.

—Nunca me preocupo por nada.

—Entiendo —dijo serena—, entonces, ¿por qué te molesta la presencia de esa jovencita? Es agradable, educada, y no creo que cause problemas.

—Eso no lo sabemos añun —la voz de su hijo se tornó molesta otra vez.

Algo estaba preocupándole, pero, si él no le decía lo que era, Izayoi tampoco podía obligarlo a confesar. Alguna vez en el pasado lo había hecho; Izayoi había insistido en saber sobre la madre del joven daiyōkai, y Sesshōmaru, como venganza la estuvo prácticamente ignorando por casi un año hasta que Tōga intervino y, harto de la rebeldía de su muchacho (como él lo llamó), decidió hablar con su hijo y exigirle que se dejase de estupideces.

Izayoi no supo qué fue lo que Tōga le dijo exactamente a Sesshōmaru para sacarlo de su silencio; ambos estuvieron solos a puertas cerradas mientras ella (muy nerviosa) daba vueltas por el resto del casillo, sólo sabía que de un día para otro, el joven volvía a hablarle con respeto.

Tōga le dijo que había puesto un alto a las tonterías de su hijo, más no le habló a Izayoi sobre lo que habían hablado por horas. Bien, si ni Tōga ni Sesshōmaru habían querido ser más específicos con eso, ella lo respetaría.

Por otro lado, desde aquel acontecimiento, el muro de hielo que Sesshōmaru se había construido a su alrededor, desde que la conoció, fue derrumbándose poco a poco, hasta que ambos por fin pudieron tener una relación madre-hijo de lo más agradable.

—Hijo, ¿quieres escuchar una historia?

Hubo un corto silencio.

—No —espetó; más no se fue ni hizo nada por impedirla continuar.

—Tu padre decía que los inu-yōkais, como daiyōkais, tienen la habilidad de sentir el peligro en ciertas criaturas; no sólo peligro para con ellos, sino peligro para sus manadas —ante el silencio de Sesshōmaru, Izayoi prosiguió—. Dijo que había sentido un peligro curioso cuando me conoció.

"Curiosidad" esa era la palabra clave, puesto que, al contarle eso, Izayoi percibió el interés en Sesshōmaru.

—Él dijo que había sentido que debía eliminarme en cuanto me vio; contó que sus instintos le orillaban a buscarme y aniquilarme… pero siempre se vio incapaz de hacerlo —parpadeó tranquila, rememorando esas palabras.

Admitía con cierta gracia que, cuando ella supo eso por boca de su marido, poco antes de saber que estaba embarazada de Inuyasha, Izayoi en serio se alarmó. Por un segundo, ella pensó que Tōga iba a matarla en esos momentos de confesión, sin embargo, poco después, él la abrazó mientras agregaba a su historia que, por mucho que intentó buscar el momento adecuado y el arma adecuada para ponerle fin a su vida porque no podía sencillamente pasar de ella e irse de vuelta a Japón, al final, de manera involuntaria, terminaba eliminando animales (como serpientes, tarántulas, y hasta mosquitos) que iban a atacarla a ella, logrando únicamente mantenerla en perfecto estado de protección.

Tōga incluso se rio cuando le contó que una vez él había intentado invadir el castillo donde ella estaba, convertirse en un demonio perro gigantesco y aplastarla junto al resto de los humanos. Rápido y sin necesidad de preocuparse porque el plan le saliese contraproducente.

Sin embargo, como si el destino le hubiese querido escupir en la cara, esa misma noche Tōga se encontró con que un grupo de malvivientes enmascarados que había decidido efectuar su plan de secuestrar a la princesa para pedir una importante suma de oro por su rescate, por supuesto, encontrándose con un demonio que tuvo que aceptar en esos momentos que su instinto protector y su instinto de supervivencia, estaban indecisos sobre qué hacer con Izayoi, más ambos estuvieron de acuerdo con poner punto final a esos patéticos intentos de lastimarla porque no podía hacerlo aunque quisiese.

»Me costó mucho entenderlo, porque quería interpretarlo a mi manera —al ver que ella tampoco comprendía, él siguió—. El peligro que sentí emanar de ti, no era algo que me fuese a afectar o matar; era algo que estaba asechándote y yo debía eliminarlo. Sé que suena loco, pero dejé de sentirme tan alterado una vez que pude deshacerme de esos humanos que buscaban raptarte. No sé cómo, pero presentí lo que podría pasarte mucho antes de saber qué tan importante ibas a ser para mí; y sólo me compliqué la vida al pensar que ese peligro era en mi contra y por eso debía eliminarte.

Izayoi no lo comprendió del todo en su momento, sin embargo, luego de años y años pensando en eso, llegó a la conclusión de que Tōga, de alguna forma, se había conectado con ella cuando la vio, y gracias a eso, él había presentido el peligro acercándose. Un peligro grave, sí, pero para ella, no a él.

Estaba claro que Tōga no se había enamorado de ella cuando la conoció; sus intentos fallidos de matarla lo decían con claridad. ¿Eso quería decir que algo similar pasaba con todos los inu-yōkais fuesen daiyōkais o no?

Izayoi pensaba que, tal vez, ese instinto protector, era lo que llevaba a los inu-yōkais a encontrarse con gente de calidad, como Izayoi los llamaba.

Ella todavía no conocía del todo la historia de su hijo y Kagome; sólo sabía que no se habían conocido en buenos términos, pero luego de algunos acontecimientos, decidieron hacer su relación algo serio y helos aquí.

En el caso de Sesshōmaru, Izayoi no creía que esa pequeña fuese del interés del daiyōkai; al menos, no como amante.

Su muchacho estaba aquí para pedir respuestas a una duda. Lo sentía alterado y sus propios instintos le decían a la princesa que Sesshōmaru estaba experimentando ese instinto protector y, como Tōga, lo confundía como algo peligroso para él y los suyos; Jaken y ella misma.

Tal vez, y sólo tal vez, esa inquietud que Sesshōmaru estuviese sintiendo, sea porque sus instintos, de forma traicionera, como sucedió con Tōga hace varios años atrás, le estuviesen orillando a él, a proteger a esa chica porque presentía el peligro acercándose a ella.

Esa era su teoría.

No daba nada por hecho, pero eso era lo que Izayoi podía deducir en estos instantes de lo que estaba presenciando y sintiendo.

—Sesshōmaru, no digo que protejas a esa chica —ya que si sus sospechas eran ciertas, era mejor que él descubriese por sí mismo un lado suyo que estaba un poco dormido—, sólo te pido que no la rechazas, ni eches a mis otros hijos. Tu padre habría querido que, como hermanos, Inuyasha y tú se apoyasen en estos momentos tan cruciales.

Mencionarle a Tōga de forma tan certera, molestaba como inquietaba a Sesshōmaru.

Si ella estaba mal por la repentina desaparición del patriarca de la familia, el primogénito del mismo no estaba mejor.

Claro, el amor que un hijo sentía, y el amor que una pareja sentía, eran diferentes, pero ambos eran amor al fin y al cabo.

En realidad a Izayoi le entristecía que Inuyasha no tuviese el más mínimo ápice de sentimiento hacia su padre.

»¡Arg, ya basta, mamá! No quiero hablar de él. Ni siquiera lo conozco, y dudo conocerlo algún día —decía Inuyasha desde la pubertad.

Tampoco podía culparlo del todo por pensar así.

¿Cómo se extrañaba a alguien que no conocías?

Tōga se había sentido tan feliz con la llegada un segundo hijo. Él en verdad había ansiado conocer a su cachorro cuando Izayoi quedó en cinta.

A pesar de los años, a ella todavía le hacían llorar los recuerdos de cuando Tōga salía tiernamente del castillo para buscar cosas que a Izayoi se le antojaban a media noche. Su carita de ilusión al poner su gran mano sobre su vientre y enfocarse en el sonido del corazoncito de Inuyasha latiendo rápido.

»No puedo esperar para abrazarlo —decía él, mientras pegaba su oreja al vientre de su mujer, y la abrazaba a ella con la mayor delicadeza posible.

Era muy triste que, a pesar de eso, Inuyasha no quisiera saber nada de su padre.

En estas horas que había podido hablar con su hijo menor, por fin, cara a cara; Izayoi no había tenido tiempo para tocar ese tema con Inuyasha, pero, prefirió no decir nada ahora que la situación estaba demasiado tensa.

Por otro lado, Izayoi sabía que Sesshōmaru la apreciaba como a una segunda madre; pero el hueco que le dejó su verdadera progenitora, seguía ahí. Quizás a estas alturas ya no era tan doloroso, pero seguía siendo una espinita encajada en el corazón del muchacho. Luego, cuando Tōga desapareció e Inuyasha nació, haciendo que Izayoi se centrase más en el bebé que en el joven daiyōkai, este debió haberse sentido muy solo, desplazado, tal vez hasta ignorado.

Izayoi no se atrevía a catalogar a Sesshōmaru como un ser resentido cuyo trauma venía de algo tan ridículo como no ser el centro de atención por un par de años hasta que Inuyasha aprendió a caminar; pero, tampoco descartaba que, muy probablemente Sesshōmaru poco a poco haya dejado de sentir algo por su propio padre, justamente como estaba haciendo Inuyasha, no sólo por su desaparición, sino por la falta de atención que le dedicó mientras ella estaba embarazada.

Sí, Tōga era un excelente marido; pero… Izayoi, por mucho que lo amara, todavía no sabía cómo catalogarlo como padre.

Sesshōmaru ya había perdido a su madre antes de que Tōga la conociese a ella en China y poco tiempo después la introdujo en la familia.

Tōga en ningún momento le dijo a Izayoi mentiras, él había tenido una compañera antes que ella, quien había desaparecido dejando a su cachorro, sin embargo, Izayoi imaginaba que Sesshōmaru ya sería un adulto, no un jovencito con apariencia de pre-adolescente.

¿Cuánto tiempo Sesshōmaru estuvo realmente solo? ¿Cómo le había sentado ese tiempo?

Jaken, el sirviente más leal, y quién ya estaba sirviendo al castillo de forma eficaz desde hace muchos años, le dijo a Izayoi que, poco después de la ida de su padre a China, él mismo salió sin decir nada, y curiosamente, poco antes del regreso de Tōga, con Izayoi, Sesshōmaru también llegó de un largo viaje que, al parecer, no le afectó en nada puesto que su carácter tampoco había cambiado ni un poco.

¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué fue lo que Sesshōmaru vivió?

Izayoi sabía bien que en un segundo muchas cosas podían pasar. Pero, esperaba que estuviese exagerando en sus pensamientos y Sesshōmaru haya podido arreglárselas solo hasta que ella se integró a su vida e hizo lo mejor posible para demostrarle que quería apreciarlo como a su hijo legítimo.

El que Sesshōmaru hiciera el esfuerzo de llevarse bien con Inuyasha, además de ser bastante cálido cuando se dirigía a ella, y hasta en ocasiones acudiese a su puerta para buscar en sus palabras algo que le ayudase a elegir… alguna cosa, con respecto a su vida, hacía que Izayoi pensase que Sesshōmaru no era un caso perdido, era más bien, un ser que trata de entenderse a sí mismo y por más que lo intentaba no lograba grandes progresos.

—¿Sesshōmaru? —musitó, tratando de entender qué era lo que él buscaba en esta ocasión.

—Instinto protector, dudo que eso exista —masculló él a sus espaldas.

Izayoi jamás dejaría de sorprenderse por lo veloz que podría ser Sesshōmaru cuando quería; pero eso ya no la asustaba.

—Tu padre decía que eso era algo que ningún inu-daiyōkai podía eludir —dijo confiada en que Sesshōmaru no le haría daño si le hablaba con franqueza—, no necesito que me lo digas, hijo mío; ese pequeño ángel está en peligro aunque tu hermano afirme que no es así. Tú lo sientes, ¿verdad? Está más cerca de lo que creemos, y es probable, que sólo tú puedas impedir que algo malo le ocurra a esa pequeña. Además, nadie nos dice que, para ella, el peligro sea ese tal Naraku.

—¿A qué te refieres?

—Tōga me salvó varias veces de serpientes, demonios menores y humanos que buscaban dañarme… y yo no lo supe hasta que él me lo dijo; antes de eso, siempre pensé que habían sido golpes de suerte lo que me había mantenido a salvo —giró un poco su cabeza, como queriendo mirarlo a los ojos decirle que aunque no lo tuviese enfrente, sabía que él estaba intranquilo—. No creo que esa chica mueva algo en ti de forma sentimental; sin embargo, si eso llega a pasar, no te resistas, sólo te harás daño.

Él casi hizo una risa; la retuvo entre sus labios y garganta.

—Yo no creo tal cosa —afirmó, más para sí mismo que para ella.

Izayoi se dijo que, en definitiva, Sesshōmaru se parecía más a su padre de lo que iba a admitir.

—Eso ya lo he oído antes —susurró, parándose con la gracia de una emperatriz—, sólo no te esfuerces demasiado en creerte una mentira. Te quiero mucho y no me gusta que mis hijos sufran.

Marchándose a su alcoba, la gran dama decidió mantenerse al margen.

Confiaba en que su querido Inuyasha acabaría con ese yōkai de pacotilla.

Y también confiaba en que, bajo la protección de Sesshōmaru, ese pequeño ángel solterón, estaría a salvo.

«Tōga, estés donde quiera que estés, quiero hacerte saber que tus hijos por fin comienzan a entender que deben madurar para evitar ponerse trampas a sí mismos», al menos, eso quería Izayoi pensar.

¿O será que se estaba adelantando a sus conclusiones? Esperaba que no fuese ese el caso, sea como sea, ella estaría ahí para ellos. Los dos. Sus hijos.

—Continuará…—


Perdón si no puedo decir muchas cosas del capítulo, ando medio dormida y sé que si no actualizo hoy y ahora, no lo haré hasta febrero jajaja.

¡Saluditos y espero que este episodio les haya gustado!

¿Creen que Izayoi conozca más al amo bonito de lo que él mismo piensa? :O ¿Creen que sus sospechas estén bien fundamentadas o sean sólo teorías basadas en su experiencia personal? Ya nos enteraremos luego.

¡Gracias por leer y por sus comentarios! Me ayudan a seguir este fic.

Nos estaremos leyendo.


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