Señorita Constructora
Esta historia es una adaptación.
La historia original es Miss Fix-It de Emma Hart
Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer
Capítulo 5
— ¿Cómo te va? —Mamá puso una caja de galletas de chocolate en su carrito. Parecía fuera de lugar entre todas las verduras verdes y frondosas que tenía allí.
Sí, hacía las compras con mi madrastra. Me sentí culpable por mi padre, quien insistió en que metiera chips en mi carrito y luego los metiera en su auto. Cómo creía que haría eso, no lo sabía.
—Eso no está en tu dieta —señalé.
Ella esponjó su cabello. —Lo que tu padre no sabe y todo eso.
Agarré una bolsa con sus papas fritas favoritas. —Sabes que estos van en tu baúl, ¿no?
—Y fingiré no saber cuándo él desempaque las bolsas —respondió suavemente—. Eso es matrimonio, cariño. Pretendemos que no sabemos que el otro hace trampa en nuestra dieta acordada.
Resoplé. —Espero que los votos matrimoniales se reescriban para incluir eso.
—Tú y mujeres en todos lados. Ahora, dime cómo va este nuevo trabajo. Creo que lo vi en la tienda ayer. Es muy guapo, ¿no?
—No me di cuenta —mentí y examiné los valores nutricionales de una bolsa de Cheetos.
Al menos, fingí leerlo.
Mamá me arrebató la bolsa de la mano. —Bella Swan, no me mientas.
—No lo hago.
—Tus orejas son más rojas que una langosta hirviendo. Él es lindo, ¿eh?
—Es un poco joven para ti. —Recuperé los Cheetos y los arrojé a mi carrito.
—Todos tenemos un pequeño puma en nosotros. —Se rio entre dientes, agarrando una bolsa para ella.
Guau. Hablando sobre hacer trampa en la dieta.
—Uno, iugh. —Moví mi dedo hacia ella—. Dos, sí, está bien, de acuerdo. Él es guapo. ¿Eres feliz ahora?
— ¿Qué hace en Forks?
—Ah, bueno, creo que puedo responder. —Hice una pausa—. Puse mi pie en ello la primera vez que nos encontramos.
Se burló. — ¿Y no nos dijiste en la cena la semana pasada?
—Por supuesto que no. Te encontrabas demasiado ocupada arrojando indicios a papá sobre su aniversario.
—Gracias por la noche, por cierto.
—De nada. Al menos pagó.
Rio. —Siempre es una bonificación. Ahora, de vuelta a Edward.
Ni siquiera iba a preguntar cómo sabía su nombre. Me sorprendió que no supiera por qué estaba allí. —Hablábamos después de que vi las habitaciones y le pregunté cómo terminó en Forks. No tiene familia aquí, y no tiene un anillo, así que, naturalmente...
—Oh, querida, Bella.
—Oh, querida es una buena manera de decirlo —acepté—. Puse mi pie en mi boca y mordí mi maldito tobillo. La madre de los gemelos murió hace dos años y medio.
—Pobrecita —murmuró—. Y esos pobres bebés. ¿Está aquí para un nuevo comienzo?
Me encogí de hombros. —No seguí exactamente esa línea de preguntas. Pensé que jodí lo suficiente para una reunión. Además, no es de mi incumbencia.
— ¿Trabaja?
—Lo mencionó hoy. Algo sobre su jefe queriendo que vuelva. Está luchando con las opciones de guardería. Creo que se hallaba acostumbrado a tener una niñera en Denver.
—Umm.
La miré de lado. — ¿Qué significa eso?
—Una niñera. Si puede pagar eso como padre soltero, debe estar bastante cómodo económicamente.
—No. —Me paré de golpe justo en el medio del pasillo y señalé con el dedo hacia ella—. No, absolutamente no. Ni siquiera te acerques a esa línea de pensamiento.
Soltó una risita, una risa falsa y tímida que hacía cosquillas en el aire entre nosotras. — ¿Qué línea de pensamiento, cariño? No me atrevería.
—Trabajo, mamá. Es solo trabajo. Además, tengo una cita el sábado en la noche.
Se detuvo y sacudió la cabeza hacia mí. — ¿Lo haces?
—Sí. Empezaba a perder la esperanza después de que un constructor me preguntara si podíamos clavar algo más en la pared...
— ¡Ja! —gritó—. Esa es buena.
Le lancé una mirada fulminante. —Cuando recibí un correo electrónico de un joven muy agradable…
—Suenas de setenta.
—Quién podría valer realmente dos horas de mi tiempo.
Puso los ojos en blanco, cuidadosamente poniendo los huevos en el extremo de su carrito. —Lo que sea que digas, Bella. Sabes tan bien como yo que lo rechazarás también. No sé lo que esperas, pero a menos que disminuyas tus expectativas, dudo que lo encuentres alguna vez.
— ¿Cuál es el punto de reducir mis expectativas? Yo valgo más que eso. Mírame. Cualquiera sería afortunado de tenerme.
—Tu confianza en ti misma es admirable —admitió—. Pero debes asegurarte de no tener pintura en el cabello antes de proclamar eso al mundo.
Me detuve. De nuevo. —No tengo pintura en el cabello... ¿verdad?
Mamá se inclinó y recogió un rizo suelto de mi coleta baja. —Aquí.
Agarré el mismo mechón de cabello y lo jalé a mi vista.
Maldición. Tenía razón. La pintura blanca y brillante se destacaba como un maldito pulgar contra la oscuridad de mi cabello.
Suspirando, lo tiré sobre mi hombro. —Bueno, no puedo ser perfecta todo el tiempo.
—Sí —dijo, agarrando una botella de vino—. Eres la hija de tu padre. No hay duda de eso.
Le sonreí a su espalda.
Realmente... No debería haberse sorprendido.
Yo no lo hacía.
. . . . . .
El viernes llegó y se fue sin fanfarria. No vi a Edward en absoluto. Eso no era lo ideal, ya que me encargué de pedirle los muebles y asegurarme de que papá pudiera igualarlos, y todo debía entregarse al día siguiente.
Una semana antes de mi horario.
La casa seguía cubierta de cajas, y me sentía totalmente perdida en qué hacer. No había ningún lugar para ponerlo, por lo que sabía. No tenía idea de cómo era el garaje o si tenía alguna habitación allí. Era obvio que su movimiento a campo traviesa fue hecho por los agentes de mudanza, por lo que no tenía idea de la cantidad de cosas que había en esta casa.
El sábado por la mañana amaneció brillante y temprano. Demasiado temprano. Mi madre me llevó su sangría casera en la cena familiar, y una vez más, tomé malas decisiones.
Al menos no tuve un dolor de cabeza tan grande... Esta vez.
Un mensaje de texto a las nueve y media me alertó sobre el hecho de que los muebles serían entregados en una hora. Esto era una contradicción; sorpresa, sorpresa, con la ventana de tres a cinco de la tarde que originalmente me dieron cuando me dijeron que sería entregado antes.
¿Porque, por qué no? Me encantaba hacer que mi agenda entera se estropeara dos veces.
Llené mi taza de café para llevar y me puse los pantalones cortos. Hacía mucho calor afuera, y no me sentía feliz de tener que trabajar hoy. Planeé no hacer nada, salvo ayudar a papá con la cama de Ellie.
Suspiré cuando subí a mi camioneta. Marqué el número de Edward nuevamente, pero la llamada pasó al buzón de voz después de sonar.
Increíble. Me encantaba aparecer en las casas de los clientes sin previo aviso. Los invitados inesperados eran tan divertidos como un ataque de hemorroides.
Dios, era pesimista esta mañana.
Diez minutos más tarde, me detuve frente a la casa Cullen. Su auto se encontraba en el camino y mi estómago rodó cuando salí del auto.
Esperaba que fuera por la sangría de la noche anterior.
Querido Dios, que sea la sangría.
Agarré mi café antes de cerrar la puerta del auto y dirigirme a la puerta principal. Se abrió antes de que pudiera tocar.
— ¡Bewa! —Ellie sonrió—. ¡Hola!
— ¡Ellie! —Edward salió de la cocina, vistiendo nada más que pantalones de chándal gris colgando de sus caderas. Jugueteó con una camiseta, girándola en el sentido correcto—. ¿Qué te he dicho? Bella. Hola.
Me quedé helada.
Jesús, ¿había una parte de este hombre que no fuera completamente deliciosa?
Parpadeé varias veces mientras observaba su torso magro y tonificado. Perfectas pecas, abdominales ligeramente sombreados, una peligrosa "V" que se burlaba de la cintura de sus pantalones...
Se puso la camiseta, cubriendo su cuerpo y obligándome a volver al aquí y ahora.
—Hola —dije, sacándome del atolladero—. Lo siento, traté de llamar, pero no respondiste el teléfono.
—Adentro —le dijo a Ellie, sujetándola por los hombros y guiándola hacia la sala principal—. Adelante. Sí, lo siento —dijo, haciendo un gesto para que lo siguiera adentro—. Eli jugaba con él esta mañana y lo dejó en un lugar seguro, al parecer.
—Ah. —Entré y cerré la puerta, luego fui con él a la cocina—. Tengo muchos lugares seguros. Sin embargo, no estoy del todo segura de dónde están.
Bufó, removiendo una taza. —Si fueras un niño de cuatro años que tuviera que devolver el teléfono de tu padre, ¿dónde lo pondrías?
Parpadeé. —Donde todo el cambio perdido va a morir. En el respaldo de un sofá.
Edward hizo una pausa, medio en movimiento. —Sostén ese pensamiento.
La cuchara chocó contra la encimera cuando la dejó caer y fue a la sala de estar. Lo vi irse, mi mirada cayendo sobre su trasero dos veces para que fuera apropiado.
Oh, lo que sea. Incluso una vez era inapropiado, pero aun así.
Pantalones de chándal grises, enviados por los dioses para el placer visual de las mujeres de todo el mundo.
»Eres una genio, Bella. —Regresó con el teléfono en la mano—. ¿Tienes una lista de espacios seguros para referencia futura?
Reí y agité mi cabeza. —Si tuviera una lista, sabría dónde encontrar todas las cosas que he puesto en algún lado… Maldición. Acabo de recordar dónde puse la factura de mi tarjeta de crédito para no perderla.
Su risa era profunda y rica. — ¿El cuál es?
—Mi cajón de ropa interior. Eso es lo que me pasa por ser floja y no guardar la ropa. —Suspiré y me apoyé contra el mostrador—. Espera, déjame enviarme un correo electrónico a mí misma.
Más risa. —Te ofrecería un café, pero veo que viniste equipada. —Hizo una pausa mientras guardaba mi teléfono—. No te esperaba hoy.
—Bueno, tampoco esperaba venir —respondí—. Pero la empresa de entrega de muebles me hizo saber que entregarán hoy y no la semana que viene.
Él exhaló un largo suspiro y miró a su alrededor con impotencia. —Mierda —susurró—. No tengo idea de dónde va a ir eso.
—Los llamé, pero ya está en el camión y va a estar aquí dentro de una hora, por lo que se negaron a volver a entregarlos.
— ¿No elegiste específicamente la fecha para que pudieran ir arriba?
—Sí... Uh, como nota al margen, probablemente deberías saludarlos cuando lleguen aquí. Creo que el de la mudanza podría darte una advertencia sobre la loca y enojada dama que lo ordenó. —Me mordí el interior de la mejilla cuando levantó una ceja inquisitiva—. Fuera del registro profesional, mi madre podría haberme atiborrado de sangría anoche y me contactaron muy temprano.
Me miró, sus ojos color turquesa brillando mientras sus labios se curvaban en una sonrisa tan sexy. —No te ves con resaca.
—Escribiré a Sephora para agradecerles por su cobertura impecable.
Se rio en silencio y negó. —Bien, creo que podemos hacer esto. ¿Podrías echarme una mano en el garaje para mover algunas cosas y dejar espacio para eso?
—Por supuesto. Te lo prometo, te librarás de mi tan pronto como sean entregados y lo haya comprobado todo. No tomará mucho tiempo.
Sonreí.
Levantó las manos y retrocedió hacia la puerta del garaje. —No te preocupes, planeo no hacer nada más que intentar atravesar algunas de estas cajas. Me imagino que deberíamos tener más de una taza en el armario en este momento.
Ese fue un hecho difícil de estar en desacuerdo. —Transmite la impresión de que planeas irte en cualquier momento.
—Sí, bueno, después de conocer a ese maldito gato en la tienda de comestibles, es tentador.
—Ah, conociste al Sr. Prickles. —Entré en el garaje. Joder, era como un sauna aquí.
Edward golpeó una unidad en la pared. Una luz brilló y cobró vida, disparando instantáneamente aire frío. —Maldita cosa —murmuró—. ¿Prickles? Pensé que era Pickles.
—Lo es. —Sonreí—. Prickles se adapta mejor a él.
Levantó su pierna sudorosa y me mostró su tobillo. Un rasguño enojado y rojo lo decoraba. —En serio.
— ¿Le pisaste la cola? —Miré el arañazo antes de mirarlo a los ojos otra vez.
—No, me atreví a caminar delante de él —dijo secamente.
—Ah. Sí, tal cosa enojará a Su Alteza.
Bufó. —Pudo no haber sido mi mejor momento cuando le dije a Irma que si me rasguñaba otra vez, lo patearía.
—He estado allí, hecho eso. —Asentí—. Accidentalmente, por supuesto.
Sus ojos brillaron. —Por supuesto. —Mantuvimos contacto visual por un minuto, un minuto que envió un escalofrío por mi espina dorsal—. Está bien —dijo, rompiéndolo y mirando alrededor del garaje completo—. No tengo idea de por dónde empezar.
Me abrí camino entre cajas, subí de puntillas y me equilibré para no golpear una pila precariamente balanceada. —Bueno, generalmente sería sarcástica y diría que deberíamos empezar desde el principio, pero no parece haber ninguno. O un medio. O un final.
Su risa resonó en las paredes. —No te equivocas. No recomendaría mudarme con gemelos. En retrospectiva, desearía haberlos dejado con mis padres mientras movía todo aquí.
—Me puedo imaginar. —Sonreí y enderecé un montón de cajas—. Bueno. Cambiemos algunas cosas y veamos qué espacio podemos hacer.
—Eso es exactamente lo que esperaba que dijeras. Déjame ver a los gemelos, luego comenzaré en este extremo.
—Es sospechosamente silencioso —dije por encima de mi hombro.
—Exactamente. —La risa de Edward se demoró cuando regresó a la cocina.
No tenía idea de cómo lo hizo.
Empecé a mover las cajas. Algunas eran ligeras, así que las apilé primero. Fueron etiquetadas como las cosas más aleatorias: toallas, ropa de bebé, almohadas, juguetes de peluche. Era un caos, para decirlo simplemente.
Eso sí, si yo fuera él, sería un caos también. Supongo que mantener vivos a los pequeños humanos era más importante que desempacar cosas.
Moví una caja contra la pared, golpeando a otra en el proceso. Casi logré agarrarla antes de que se cayera, y algo tintineó dentro. Esta no estaba grabado como los demás, y mi agarre incómodo de la caja tenía la parte superior abierta.
La puse encima de otra. Más tintineo vino desde adentro, y me detuve.
Una parte de mí quería comprobarlo, pero al mismo tiempo, parecía una invasión a su privacidad.
Miré por encima de mi hombro. Edward seguía dentro de la casa, así que si miraba rápidamente...
Abrí la caja antes de poder preguntarme. Se encontraba llena de marcos de fotos sin abrir y un par de jarrones. Tirando de los jarrones para revisarlos, desalojé los marcos. Uno cayó plano hacia delante donde habían estado los jarrones.
Los puse en el piso y enderecé el marco. Entonces, me detuve. Una mujer joven aparecía en la foto, agarrando a dos bebés en sus brazos. No sentí reconocimiento al mirar su rostro, así que lo saqué y lo miré apropiadamente.
Los bebés se hallaban vestidos de rosa y azul, y cuando miré la foto, me di cuenta. Eran los gemelos cuando eran bebés, con su madre.
Ella era hermosa. El cabello miel corto y rubio mostraba de dónde sacaron los gemelos sus mechones dorados. Ojos grandes, una cara redonda, pecas leves en la nariz.
Sin embargo, los gemelos no se parecían en nada a ella. Excepto por las pecas y el color en el cabello, ambos eran el doble de Edward.
—Bien, puedo ayudar ahora. Lo siento. Es como ser un árbitro a veces.
Salté, dejando caer el marco. Afortunadamente, cayó en la caja y no en el piso.
» ¿Estás bien? —preguntó Edward, mirando por encima del garaje hacia mí.
—Sí. Yo… —Me detuve—. Tú, uh, tienes glaseado en la nariz. Justo aquí. —Froté el costado de la mía.
—Mierda. —Se pasó la mano por la cara—. ¿Lo conseguí?
Asentí. — ¿Debería preguntar?
Sus labios se curvaron hacia un lado. —Barbie e Iron Man se casaron. Aparentemente, Superman comenzó una pelea de torta, y Batman se ofendió por ello. Rainbow Dash intentó salvarla, y aparentemente así fue como el glaseado terminó en todo el sofá.
—Me tuviste hasta Rainbow Dash.
—Mi pequeño Pony. Nombres estúpidos —murmuró, luego negó—. Gracias. Por el glaseado. —Se tocó la nariz—. ¿Cómo te va por allá?
—Oh, yo... —Hice una pausa—. Estuve a punto de tirar esto, entonces algo sonó como si se rompiera, así que solo lo revisaba.
Frunció el ceño. — ¿Algo se rompió? ¿Lo aplastaste?
—Oh, no. —Me incliné y recogí uno de los jarrones—. Todo muy bien.
Se abrió paso entre las cajas de la misma manera que yo y se unió a mí. Dudé, sosteniendo el jarrón cerca de mi pecho mientras él alcanzaba la parte superior y la abría.
Vacilante, recogió la foto. Lo miré a través de mis pestañas, viendo cómo una leve sonrisa jugaba con los bordes de su boca. —Probablemente te estés preguntando por qué hay una caja entera de fotos de ella, ¿verdad?
—No —mentí.
Me miró, una ceja levantada.
»No sabía que todas eran de ella, entonces no lo hice, pero ahora lo estoy —admití.
Rio en voz baja, colocando el marco de nuevo en la caja. Me quitó el jarrón, lo guardó e hizo lo mismo con el otro. Luego, dobló las solapas de la caja para que estuviera completamente cerrada.
—Es más fácil —dijo, alejándose. Levantó una caja marcada como "cosas de gimnasio" y la movió como si no pesara nada—. Los gemelos no la recuerdan, aunque saben que su mamá es un ángel. Nos mudamos aquí para un nuevo comienzo, y por ahora, mantener todo junto, fuera del camino, es parte de eso.
No sabía qué decir a eso. Entonces, no dije nada.
Se volteó, medio sonriendo. »Parece que me tienes lástima.
—No sé si lastima es la palabra correcta —dije en voz baja, enderezando la caja de los marcos—. Me siento mal por ti. Y los gemelos, obviamente.
—Lo he aceptado. Honestamente, la parte más difícil de todo fue el ajuste después que murió. Ella hizo la mayor parte de la crianza de los niños mientras yo trabajaba, y de repente, tuve estas dos personitas que ahora necesitaban que hiciera cosas que nunca hice antes. Tenía ayuda, pero... —Suspiró y se encogió de hombros—. Cada vez que mi familia o amigos me miraban, era con pena. Le propuse matrimonio antes de quedar embarazada, y cuando tenían ocho meses, descubrimos su cáncer.
—Lo siento. —Dejé que mis dedos cayeran de la caja.
—Estaba listo para eso. Fue difícil, pero ahora finalmente siento que nos hemos asentado. —Cambió otra caja—. Cuando estén listos para saber de ella, se los diré. Hasta entonces, es más fácil comenzar de cero.
—Suena como si la estuvieras encerrando para ti.
—Lo estoy. —Se giró y se encontró con mis ojos—. Como dije, es más fácil. Nunca avanzaré si estoy rodeado de ella.
— ¿Alguna vez te casaste?
—No. Honestamente, nunca lo planeamos, después de comprometernos. Raro, ¿verdad?
—Realmente no. Mi mejor amiga se comprometió cuando tenía diecinueve años y dijo que nunca se vio casándose.
Alzó las cejas. —Entonces, ¿por qué dijo que sí?
—Le gustan las cosas brillantes. Ah, y realmente es superficial.
Edward se rio, el genuino sonido borrando cualquier rastro de tristeza de su rostro. —Lo suficientemente justo. ¿Todavía es superficial?
Junté mis dedos índice y pulgar juntos, dejando un pequeño espacio. —Un poco. Y todavía le gustan las cosas brillantes, aunque tiende a coleccionarlas ella misma ahora. Un poco como un mirlo.
— ¿No son los cuervos a los que les gustan las cosas brillantes? —Inclinó la cabeza hacia un lado—. Junto con niños pequeños, por supuesto.
— ¿Cuervos como niños pequeños?
— ¿Qué?
—Me preguntaste si a los cuervos les gustan las cosas brillantes junto con los niños pequeños.
Me miró, la confusión nublaba sus ojos. —No, quise decir que a los niños pequeños les gustan las cosas brillantes también.
Solté un suspiro. —Oh, gracias a Dios. Me hallaba a punto de tener pesadillas sobre cuervos comiendo niños pequeños.
—No eres la herramienta más aguda en la caja esta mañana, ¿o sí?
—Oye. Yo... —Le apunté con el dedo, con la boca abierta y me detuve.
No tuve respuesta a eso.
En realidad, lo era.
Bordeé las cajas y le clavé la yema del dedo en el brazo. Maldita sea, ese bíceps está hecho de roca.
»Mueve tus propias cajas.
Se echó a reír y trató de alcanzarme cuando traté de alejarme. —Bella…
—Voy a ver cómo es la fiesta de bodas de los superhéroes. —Di un paso atrás, agitando mi brazo fuera de su alcance.
Y tropecé.
Un chillido salió de mi boca cuando tropecé con una caja. Todavía riendo, Edward se lanzó hacia delante y me agarró antes de que pudiera tocar el suelo. Sus manos calientes se posaron en mi cintura, y mi corazón tronaba contra mis costillas, era la caída cercana o sus manos, no lo sabía.
Hola chicas! Espero disfruten el capítulo y gracias por sus reviews!
Cuéntenme que les parece todo esto, ¿Creen que Edward ve a Bella solo como una amiga? Espero sus respuestas ;)
Tengo blog! Se llama: Maly's infinity place, y pueden encontrar el link directo en mi perfil de Twitter (thoughtswen) si desean verlo. Voy a subir reseñas, recomendaciones y mucho más.
Nos vemos.
Bye Sweeting!
