Hola de nuevo. Dios mío, no puedo creer que sea tan cínica para publicar otra historia cuando tengo dos historias inconclusas y sin actualizar desde hace mucho. Pero, de verdad, esta historia es diferente. No puedo sacármela de la cabeza y llevo planeándola más de dos años.
Generalmente , cuando escribo mis historias, tengo planeado el comienzo y algunos eventos que pasan en el desarrollo y luego se me ocurre el final; pero en este caso el final vino a mi cabeza primero y después el principio. Todos los eventos que pasarán aquí ya tienen un destino, un por qué, y un para qué.
Finalmente, solo quiero decirles que esta es la historia más real que he escrito: una historia que nos enseña cómo el amor no se acaba, pero se rompe. Las heridas, el tiempo, las mentiras… creo que todo marca. Pero nosotros somos muy egoístas, ¿cierto? y pensamos que somos los únicos en no ser comprendidos, en dar y no tener resultados. Sin embargo, también herimos, lastimamos, y marcamos a nuestra pareja. La pregunta es si, a pesar de las heridas, el amor puede sobrevivir. ¿Ustedes qué piensan?
.I.
Corre el invierno de 1985 cuando Steve pisa por primera vez territorio americano. Un escalofrío lleno de dudas e incertidumbre invade su delgado cuerpo, pero espabila rápidamente cuando su mejor amigo le pone la mano sobre el hombro izquierdo, reconfortándolo.
—Hemos llegado, punk. —y le sonríe con aprecio, mostrando sus blancos dientes. Steve le imita con un leve gesto de sus labios, y aprieta en puños las manos nerviosas que oculta en sus bolsillos. Tiene miedo, no va a negarlo. Pero esta es la oportunidad de su vida y sería un tonto si la desperdiciara. Él está aquí, en el sueño americano, en la tierra prometida, y nadie lo detendrá nunca de llegar a ser el hombre que, juró hace mucho tiempo, sería. Sus padres deben sentirse muy orgullosos estén donde estén, él lo sabe. Mira al cielo, a donde se supone que van las personas cuando mueren, y siente la ligera brisa helada del invierno. El momento ha llegado.
Lentamente baja del barco militar que los ha ayudado a cruzar el mar desde Europa, se ajusta la bufanda vieja y acomoda su pequeña mochila personal al hombro. A su lado, Bucky mueve los ojos como un niño pequeño ansioso de descubrir los misterios del mundo. Ninguno de ellos ha estado aquí antes, y Steve se alegra internamente de que estén juntos. Con él a su lado, podrá soportar las peores batallas, está seguro.
Al lado de los demás jóvenes que, como ellos, han sido aceptados en el programa de entrenamiento militar, se alarga una sombra. Un tipo, parecido al peor dictador de la historia, les sonríe, se acomoda el sombrero, y grita:
—¡Esto es Estados Unidos, señoritas! ¡No mojen sus pantalones, porque son los únicos que tendrán hasta mañana! —todos los presentes se ríen, incluido Bucky. Para Steve no tiene gracia, así que ni siquiera intenta hacer el amago de sonreír—. ¡Por hoy tienen la noche libre, vayan en busca de mujerzuelas! —todos gritan, vitorean, cantan. Bucky le pasa la mano por los hombros y lo estrecha con hermandad. Esta vez Steve sí sonríe, se resigna y camina con los otros.
—¿Qué pasa, Stevie?, ¿estás nervioso? —Bucky le da un ligero codazo en la costilla derecha, para llamar su atención. El rubio niega un par de veces con un gesto de la cabeza, y se ajusta el abrigo, que le queda grande, mientras mira las calles a su alrededor—. Pues tampoco pareces muy feliz que digamos, punk. ¡Vamos, Steve! Hemos soñado con este momento desde que teníamos, ¿cuántos?, ¿diez?
—Sí, desde que éramos unos mocosos de diez años. —sus mejillas duelen por el frío cuando sonríe por el recuerdo, pero no le importa. Una especie de calidez invade su pecho al recordar que, desde que era apenas un niño con la noción de saber que hay tierra más allá del mar, ha querido esto. Su padre le hablaba tanto del sueño americano y de lo grande y hermoso que era Estados Unidos, que Steve cosechó en su mente la idea de vivir aquí.
Sin darse cuenta realmente cuándo es que sucede, llegan a un pequeño bar a las afueras de la ciudad. A Steve le encantaría recorrer las calles a pie durante la noche, poder apreciar este nuevo mundo que se abre extenso y aterrador ante él, pero sabe que eso no sucederá, al menos no hoy. Bucky está emocionado, y ha hecho varios amigos durante el trayecto. Él no es muy sociable, por otra parte. Y sabe que si quiere irse de ahí, Bucky le seguirá sin rechistar, pero no puede hacerle eso a su amigo. Esto significa mucho para ambos y Steve está dispuesto a quedarse esta noche en ese bar si eso hace feliz a Bucky. Él también puede poner de su parte de vez en cuando.
Todos toman asiento y el bar se llena rápidamente de uniformes verdes y mochilas militares. Ni siquiera han ido al cuartel a dejar sus cosas. Ellos simplemente toman desesperadamente la oportunidad de su última noche libre antes de comenzar con los duros entrenamientos que los esperan por la mañana. Steve aprovecha que Bucky está distraído platicando con otros sujetos y algunas chicas, para esconderse en el rincón más oscuro del lugar y poder pasar una noche tranquila.
Y sin embargo, ese lugar, ese preciso lugar que Steve elige para esconderse, es el que define el rumbo del resto de su vida.
Lo ve.
A través de decenas de hombres vestidos con uniformes militares, sus ojos se encuentran. Y Steve siente un cosquilleo parecido a una caricia recorrerle la nuca y subir hasta la punta de sus cabellos cuando aquel extraño se pone de pie sin pensárselo dos veces y se acerca, sin apartar la vista. Se pone más nervioso aún, si es que eso se puede, y comienza a juguetear inocentemente con el borde de su camisa militar mirando sus manos, tratando de distraerse y autoconvencerse de que se ha imaginado todo. La curiosidad lo está matando pero no alza la vista. No puede. El labio inferior le tiembla.
Sin embargo, cuando cree que todo ha pasado, una mano ajena toma la silla de madera que se sitúa frente a su lugar y un muchacho se deja caer con familiaridad sobre ella, con un gesto divertido sobre sus tersos labios. Él lleva dos cervezas, una en cada mano. Entonces dice:
—Me estabas viendo fijamente.
—Tú hiciste lo mismo. —Steve responde sin titubear, sosteniéndole por fin la mirada. Aquel niño se ríe, alto y fuerte, y su sonrisa es preciosa. Se clava en lo más profundo de su pecho sin que pueda hacer nada. Steve aún es muy joven e inocente para saberlo, pero por supuesto que no olvidará jamás esa sonrisa que acaba de ver. Va a llevarla consigo hasta el día de su muerte.
—Soy Tony. —se presenta el niño, acomodándose los castaños mechones con un gesto desinteresado de la mano.
— Steve Rogers. —dice el rubio y estira la mano cordialmente, pero Tony alza una ceja. Él no toma su mano. En cambio, arrastra la segunda cerveza que ha traído hasta ponerla frente al él. Steve dice:—. No tomo, gracias.
—No te estaba preguntando. —aquel chico se encoge de hombros y le da un sorbo a su propia cerveza. Steve frunce el ceño porque de repente siente que aquel extraño comienza a invadir su espacio de forma frívola y él odia eso—. Así que vienes con todos estos… militares. —el castaño tuerce la boca ante su propio comentario.
—Sí, así es.
—Yo también vengo con ellos, con uno en específico.
A lo lejos, escuchan cómo aquellos hombres, ebrios ya, cantan una horrible canción desentonada, alzando tarros llenos de cerveza que se tira por sus acciones, ensuciando el piso y provocando que, en poco tiempo, todo el lugar huela a cerveza y sudor y sea un completo asco. Algunos brincan, otros caminan abrazados de chicas desconocidas y despampanantes. Algunos más lloran en las esquinas y otros vomitan en los pasillos. Bucky baila en el centro de la pista, mientras se besa con una mujer extraña, totalmente ebrio como los demás. Steve sonríe al verlo.
—Parecen unos monos primitivos. —vuelve a decir Tony para romper el silencio entre ellos. Steve se decide por fin y toma la cerveza que le ha traído aquel niño. El castaño le mira por debajo de sus largas pestañas y su sonrisa es suave y triunfal cuando el rubio toma su primer trago. La presa ha caído en la trampa.
—Tal vez lo sean… y tal vez me convierta en uno de ellos después de esta cerveza.
—Dios, espero que no. — se puede escuchar el pesar en sus palabras, y Steve se ríe sin poder evitarlo provocando que el corazón del castaño lata con fuerza.
Tony parpadea una vez, un poco descolocado por el sonido hermoso de aquella risa angelical.
—Me estoy asfixiando con este olor, ¿quieres ir afuera? —le propone Tony saliendo de sus pensamientos, ya poniéndose de pie. Steve asiente y le sigue el paso, olvidándose de sus cosas pero no de su abrigo. Ni siquiera le dice a Bucky que se va, porque solo saldrá a tomar un poco de aire.
Ambos suspiran cuando el frío les golpea el rostro y la temperatura corporal desciende rápido a través de ellos. Se calzan sus abrigos y se sonríen, aun con la cerveza en sus manos. El castaño frota sus brazos para darse calor, y un ligero vaho sale de su boca. Pronto será navidad, y las luces alegres y decoraciones navideñas iluminan las calles en la madrugada. Tony camina con el rubio a su lado sin algún rumbo en específico.
—¿Quién eres, Steve Rogers? Cuéntame un poco sobre ti, vamos. —ameniza el ambiente que se ha formado entre ellos. Tony es un hombre curioso por naturaleza, un pequeño adolescente con los ánimos de un niño, y siente que hay algo aquí. Ese rubio, a quien ha visto a través de un montón de militares ebrios y mujeres llamativas, destaca por alguna razón que desconoce. Y él quiere descubrir qué lo ha llevado a hablarle esa noche. A presentarse frente a un extraño que le ha descolocado.
—Soy un militar. —responde secamente. Le da un sorbo a su cerveza y la oculta en la bolsa de su abrigo. No quiere que pase una patrulla y se lo lleve por beber en vía pública, gracias.
—Eso ya lo sé, sabio. —el castaño rueda los ojos, fingiendo un fastidio que no siente en absoluto—. Me refiero a que me cuentes qué te trajo hasta aquí. Debe haber alguna buena historia detrás. —se emociona.
—¿Por qué crees eso?
—Tus ojos me lo dicen. —responde como si nada, encogiéndose de hombros, pero para Steve significa todo. Una punzada acelera su corazón. Recuerda, como un golpe en el estómago, las veces que su madre le decía que las personas que saben leerte la mirada son las personas que van a amarte profundamente el resto de tu vida. Aprieta la cerveza y le da un trago largo porque se le ha secado la garganta ante esa extraña revelación.
—Me llamo Steve Rogers, soy soldado. Estoy en este programa para convertirme en militar graduado y radicar en este país. —por fin saca a la luz.
—¿No eres americano? —cuestiona. Con sus zapatos comienza a patear la nieve que encuentra a su paso.
—Sí y no. Nací en Brooklyn, pero mi madre fue deportada a Irlanda así que he vivido allá desde que tengo memoria. Sin embargo amo este país como si siempre hubiera vivido aquí. — A Steve no le gusta mucho contar sus cosas personales, de hecho mientras menos lo haga mejor. Pero aquel niño, ese que le está viendo con sus inmensos ojos color chocolate, parece realmente interesado en lo que sea que él tenga que decir. Tony asiente, comprendiendo.
—Así que la sangre te llama. —se lleva la cerveza a los labios y la sostiene contra la piel durante unos segundos antes de decidirse a darle un trago —Bien, ¿cuántos años tienes? —le echa una mirada de arriba abajo, tratando de calcularle. Tony es un genio para muchas cosas, pero se siente un poco perdido con este chico.
—Diecisiete. —
—¡Wow, luces más joven!, ¿por qué no te dedicas a otra cosa?, ¿qué dicen tus padres? —se sorprende, realmente lo hace. Desde que lo vio a través de todos aquellos mandriles borrachos, Tony supuso que Steve tenía su edad. Quizá por su complexión delgada, los pómulos prominentes y sus zafiros brillantes que lleva por ojos es que se ve más joven de lo que en realidad es.
—Mis padres están muertos. —responde, un poco incómodo de repente.
—Oh, yo… lo siento, supongo. —juguetea un poco con su abrigo y luego se cierra la bufanda. Siente que ha metido la pata.
—Descuida. —Steve le sonríe levemente, y sus ojos hacen contacto. No hay ninguna especie de reproche en ellos.
—Mi madre también está muerta, ¿sabes? No recuerdo mucho de ella, de hecho, pero estoy bien con eso. Creo que he sabido arreglármelas bien. —se hincha el pecho de orgullo y una cierta satisfacción lo recorre cuando aquel rubio vuelve a sonreírle. Es un gesto pequeño, pero bien logrado. Tony dice la verdad, sin embargo. Su madre lleva muerta muchos años, quizá diez, ya ni siquiera lo recuerda muy bien. Y él y su padre han sabido salir adelante como los hombres de hierro que se supone son.
—¿Cuántos años tienes? —Steve se decide a indagar. Las manos dentro de sus bolsillos sudan, pero a él poco le importa.
—Quince. —responde Tony, mirándole de reojo. Observa cómo el rubio lo analiza un poco y luego desvía la mirada cuando se da cuenta que lo está mirando fijamente.
—Un niño como tú no debería beber. — pica a modo de burla, pero Tony no cae. No, señor. Él está acostumbrado a esas palabrerías donde lo describen como un niño, y aunque sea joven, no tiene un pelo de tonto. Si lo conociera más ya lo sabría.
—He hecho más que solo beber, te lo aseguro. —le guiña un ojo con coquetería. Las mejillas de Steve se colorean en tonos rosados al comprender lo que quiere decir y Tony piensa que es tierno. Tierno y condenadamente atractivo. Es solo un pelo más alto que él, y más delgado también. El abrigo le ayuda, pero Tony confirmó en el bar, cuando se acercó, que la complexión de Steve es frágil y hasta un poco enfermiza. Y piensa que quizá no sobreviva al entrenamiento militar… o quizá sí. Espera que sí.
Caminan a través de las calles sin prisa y en un cómodo silencio, compartiendo algunas palabras banales. Beben de sus cervezas, se dan codazos con camaradería, como si se conocieran de hace mucho tiempo, y sienten que la noche ha cambiado. Hay quizá algo diferente, pero no pueden describir lo que es, y tampoco lo mencionan en voz alta. Pero en realidad nada ha cambiado en el ambiente, han sido ellos, y sus propios corazones, los que jamás volverán a ser los mismos. El impacto que les ha causado conocerse los perseguirá para siempre.
Este encuentro ha dejado una huella profunda en sus almas.
Tony se da cuenta, después de decir alguna tontería y que Steve se ría de forma dulce y natural, que no puede cambiar aquello que se ha sembrado en su pecho. No sabe qué es, tal vez sea demasiado joven para entenderlo, pero cuando su corazón golpea contra su pecho de una forma ensordecedora, se da cuenta de una sola cosa:
Una simple casualidad puede cambiarte la vida.
.II.
Resulta que Tony no es solo Tony. Es Anthony Edward Stark. El hijo de Howard Stark.
Y Howard Stark es uno de los hombres que comandan la nueva operación militar en la que Steve está inmiscuido. Él provee a los militares de armas.
Steve mentiría si dijera que Tony Stark no le agrada. Porque claro que le agrada y estos —casi ya— cinco meses de conocerse han sido maravillosos y también extraños. No han hecho más que reafirmar que aquel castaño es un adolescente por demás extraño, pero también atrayente. Steve confirma que, a pesar de que al principio sentía una especie de rechazo hacia él por su frívola manera de ser, ahora es todo lo contrario. Tony le ha mostrado la ciudad de una manera especial, auténtica, y sencilla. Y también se ha mostrado él mismo, como un cachorro que espera ser aceptado por sus dueños. A Steve le conmueve este niño, le agrada, y le hipnotiza la manera en que se mueve y ondea su cabello cuando se ríe, o la manera en que sus ojos brillan cuando va a decir algo inteligente, incluso la forma en que sus manos hacen malabares en el aire al hablar de nuevos proyectos. Tony es una caja de pandora andante, y Steve se siente totalmente atraído hacia él.
Pero debe irse.
Hace dos días, el 05 de Abril de 1986, un atentado en La Belle, una famosa discoteca de Berlín, se ha llevado a cabo, ¿el resultado? Tres muertos y 229 heridos, de los cuales 79 son militares estadounidenses. Por supuesto, el gobierno no va a quedarse de brazos cruzados y han ordenado abrir fuego contra Libia, los supuestos responsables. Steve tiene que ir de misión, es la primera, y le dará la oportunidad de integrarse por completo al ejército después de haber concluido su entrenamiento.
—¿Cuándo te vas? —le pregunta Tony por la tarde, cuando ambos pasean tranquilamente por Central Park. Es Abril y el calor del sol desciende aún sobre sus cuerpos a pesar de la hora. Las personas pasean, con sus familias, o solas, y los jóvenes juegan fútbol en algunos lugares. Tony lleva puesta una sencilla camiseta con sus pantalones de mezclilla, y Steve porta su uniforme militar.
—Mañana a primera hora. —responde, con la garganta un poco seca. Debería sentirse emocionado y nervioso, pero solo siente que algo oprime su pecho y no sabe a qué atribuirle esa carga.
Les han dado el día libre, el último, para que vayan a disfrutar su noche antes de entrar a la misión que podría arrancarles la vida. Esto siempre será así, una completa incertidumbre de saber si sobrevivirás, y Steve se prepara mentalmente para este tipo de situaciones. Él no sabe si su primera misión será también la última, pero espera que no. En verdad espera que no.
—Creí que no harían nada. —dice Tony, un poco distante. Sus ojos no enfocan nada en especial cuando habla.
—Eso es lo que el pueblo cree. —suspira—. El gobierno está acusando a Libia de patrocinar el atentado, y Ronald Reagan ha ordenado ya los ataques de represalia contra Trípoli y Bengasi. Esta operación es secreta, así que no se ha esparcido como noticia nacional hasta que se haya completado.
—¿Cuándo volverás? —vuelve a preguntar. Ambos se sientan bajo un roble robusto que se alza en las orillas del parque. La gente poco a poco comienza a marcharse en cuanto el sol comienza a descender y la noche se asoma por el horizonte, comiéndose la claridad del día. Tony juguetea con el pasto.
—No lo sé, Tony. La misión puede extenderse mucho tiempo, realmente no hay una fecha de regreso. —él sigue con sus ojos azules los movimientos de las manos del castaño. Son pequeñas, pero masculinas, y le gustan mucho.
—Espero que sobrevivas. —Tony le sonríe un poco fríamente, pero es un gesto amable y sincero, y Steve lo agradece. La tensión se corta cuando el castaño le golpea suavemente el brazo con el suyo propio, y ambos se quedan contemplando el cielo que ya comienza a dormir. La luna cobra protagonismo rápidamente.
—Sí, también lo espero. —responde sin más.
Tony es consciente de los cambios en Steve Rogers. Ahora es un poco más fornido, se ve mejorado. El ejercicio y los exhaustivos entrenamientos le han caído de maravilla, a pesar de que sigue viéndose algo delgado. Y ha crecido un poco más. A Tony le sigue pareciendo condenadamente atractivo, sin embargo, tal como se lo ha parecido desde la primera vez que lo vio en aquel bar de mala muerte al que Rodhey lo obligó a ir. Y es precisamente esa revelación la que lo lleva a cometer la tontería más grande que ha hecho en sus cortos años de vida: besa a Steve Rogers.
Es un contacto suave y lo toma desprevenido, quizá por eso no alcanza a reaccionar hasta que Tony sonríe sobre sus labios y se aleja poco a poco. Luego cambia de idea y le pasa las manos a Steve por la nuca y se acerca de nuevo. Le da otro casto beso, un poco más largo esta vez. No hay rechazo, no hay asco. Es una simple curiosidad, una que se transforma en un nudo que les aprieta el estómago cuando sus respiraciones se mezclan. Steve no quiere que se aleje, siendo sincero. Ellos se miran, y el silencio los envuelve.
—¿Por qué lo has hecho? —pregunta Steve, un poco torpe. Sus pómulos delgados están coloreados de rojo, y los ojos le brillan como dos zafiros recién pulidos. Tony sonríe gatunamente cuando dice:
—¿Y por qué no?... me has gustado desde que te vi. —se sincera. Es algo que inevitablemente se había ocultado, pero Tony sabe que, en el fondo, le gustan los chicos. Las mujeres son ruidosas, celosas, chillonas. Los hombres son más discretos, más varoniles. A él le prenden las pollas y está harto de negárselo. Y este chico le gusta y no va a dejarlo ir así como así. Es bien sabido que la homosexualidad es una enfermedad ante los ojos de todos, pero a Tony poco le interesa. Y le interesa menos porque Steve está viéndole fijamente los labios mientras se pasa la lengua por los suyos propios. Él no lo pensará mucho, decide, solo quiere disfrutar. Entonces el rubio se acerca, sus manos torpes tocan sus hombros y junta sus narices en un gesto cariñoso.
—Mañana te arrepentirás de esto. —murmura Steve sobre sus labios.
—Mañana no cuenta.—responde Tony Stark y lo besa de nuevo—. Mañana nunca cuenta.
.III.
Steve viaja a Libia con el ejército a la mañana siguiente y Tony va al MIT a sus cortos quince años de edad para estudiar ingeniería mecánica. Es un genio, uno muy voluble, pero un genio al fin y al cabo.
Durante su estancia en la prestigiosa universidad, se dedica a disfrutar su juventud, a salir de juerga, a beber en las fiestas, pero no olvida a Steve. A Steve y sus ojos. A Steve y sus hermosos cabellos rubios. A Steve y sus deliciosos y gruesos labios. Y Steve no le olvida a él, por supuesto.
Ellos pactan un acuerdo tácito: volver a verse. No saben cuánto tiempo les tomará reunirse nuevamente, pero el tiempo es relativo y Tony sabe que, con cada día que pasa, el rubio está más y más cerca. Pero eso no quiere decir que no sienta con pesar el andar de los días, o que se pegue a los periódicos cada que sale una lista de nuevos muertos en el frente de la batalla.
Por suerte, Estados Unidos triunfó en el ataque contra Libia, y Steve sobrevivió. Lo sabe por su carta, una escrita en papel sucio que él aún conserva debajo de su cama en el dormitorio. Pero ahora está en otra. Es 1987 y la guerra que lleva años sucediendo entre Irak e Irán se ha salido de control. Estados Unidos, junto con otras potencias mundiales, ha decidido apoyar y asume, como si de su guerra se tratase, la responsabilidad de proteger el tránsito de buques petroleros en el Golfo Pérsico. Y Steve está ahí. Y Tony desea —de verdad desea— que esté bien. Ni siquiera hizo más que besarlo y ya lo tiene con el alma pendiendo de un hilo. Tony se preocupa más de lo que debería por ese rubio terco, y es eso lo que le da más miedo que cualquier otra cosa. Porque Steve ha logrado cruzar su barrera y se ha colado de una manera inimaginable en lo más profundo de su corazón en tiempo récord.
Tony enciende sus alarmas de peligro pero no le hace caso a ninguna porque, después de todo, caer por Steve Rogers suena como la cosa más hermosa que puede pasarle en la vida.
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Este fic estaba pensado para ser un oneshot porque quería que fuera una historia de una sola parte que pudieran disfrutar sin tener que esperar actualizaciones, pero mientras más ideas brotaban de mi cabeza, más me daba cuenta que sería casi imposible hacer una sola parte. Así que decidí partirla. Por cierto, investigué todos los datos históricos y de guerra que aparecen en la historia, o sea que todo está basado en hechos reales (o al menos eso dice Wikipedia).
Este fue el comienzo, espero que les haya gustado y/o animado a seguir leyendo esta historia. Obviamente me haría muy feliz si me dejan un rw con sus comentarios. Tengo pensado actualizar esta historia de forma semanal o quincenal, dependiendo el impacto que vaya teniendo sobre ustedes y si están disfrutando la lectura. ¡Déjenmelo saber!
Los amo, tengan un hermoso y feliz año nuevo. Llénense de buena energía que el 2021 nos espera.
¡Besos!
