Señorita Constructora

Esta historia es una adaptación.

La historia original es Miss Fix-It de Emma Hart

Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer

Capítulo 9

Está bien, basta. —Agité mis brazos. Literalmente. Imaginé que me veía como un pajarito tratando de volar por primera vez—. No estamos peleando por el control remoto.

Ambos giraron sus cabezas hacia mí. Sus expresiones eran idénticas: ojos bien abiertos, bocas abiertas, mejillas sonrojadas.

Dios, fue tan extraño.

»Han pasado veinte minutos. No estamos peleando ya. Estoy tratando de cocinar. Así que, esto es lo que vamos a hacer. Escogeremos un programa que a todos nos guste, y entonces me encargaré del control remoto. —Arranqué el control de sus manos.

O... lo intenté.

Lo que pasó realmente fue que luché.

No estoy orgullosa de eso.

Varios tirones y suaves golpes en sus muñecas más tarde, logré extraer el control remoto sorprendiéndome con el fuerte agarre y sosteniéndolo en alto.

»De acuerdo —dije lentamente, yendo a la guía de televisión y buscando la sección "Niños"—. ¿Qué vamos a ver?

—¡Sofía! —Gritó Ellie.

—¡No, Twansformers! —le gritó Eli.

—¡No, Sofía!

—¡No, Twansformers!

Ayuda. Alguien que me ayude.

—Bueno, no se pueden ver diferentes programas —hablé sobre ellos—. Tienen sesenta segundos para acordar un programa que les leeré antes de tomar una decisión. ¿De acuerdo?

Ambos se quejaron al respecto.

—Bueno. Está La princesa Sofía, Peppa Pig, Calliou...

—No tenemos pelmitido ver a Cawiou —dijo Eli en voz baja—. Papá dijo que es malo.

Ellie asintió con entusiasmo. —Papá dijo que Cawiou es una mierda.

Me quedé helada.

Ella acaba…

Me atraganté con una mezcla de conmoción y risa. —Bueno, papá es muy travieso, también. Es una mala palabra, Ellie, y no deberías repetir eso.

— ¿Lo es?

—Sí. Es solo para adultos.

—¿Puedo decirlo cuando tenga quince años?

—Puedes decirlo cuando toques el cielo del techo sin subirte a los muebles o de puntillas —le dije.

Eli me miró y luego al techo. —¿Puedes tocar el ciewo del techo, Bewa?

Oye ¡él no susurró!

Levanté la mirada. —Uh, no sé.

—¡Pueba! —dijeron ambos, aplaudiendo tres veces al unísono.

Dudé, pero la manera expectante en que ambos me sonrieron me rompió. —Bueno. Lo intentaré. —Extendí la mano lo más que pude, estirando, pero mis dedos se encontraron a unos tres o cuatro centímetros del techo.

Maldición.

—¡No tienes pelmiso para decir malas palabras! —exclamó Ellie, trepándose al sofá y observando de cerca la brecha entre la punta de mis dedos y el techo.

—Eres demasiado pequeña —dijo Eli—. Tienes que crecer un poco más.

Estaba jodida, entonces.

—Parece que sí —acepté—. ¿Qué hay de la TV? No a Calliou. Está Bob Esponja… —¡Oye, un programa que conocía!—O... La patrulla Canina.

—¡La patlulla Canina! —gritaron, luchando por sentarse juntos en el sofá—. ¡La patlulla canina!

Gracias a Dios.

Le di a ese canal, y cuando una melodía temática increíblemente molesta llenó el aire, salí de la habitación, llevando el control conmigo.

No iba a lidiar con más peleas. No tan pronto en la sesión de cuidado de niños. Nop.

La carne picada en la base de la sartén se quemó un poco. No es de extrañar, su lucha anuló mi capacidad de tomar la decisión de apagar el maldito fuego antes de entrar ahí.

Con un suspiro, raspé la carne quemada lo mejor que pude y vacié todo el aceite sobre el fregadero. Arrojé la salsa en la sartén, luego volví a colocar la carne y la revolví.

Los espaguetis burbujearon, así que los apagué para que no salpicara por todos lados. Todavía había silencio en la sala principal, que a la vez acogí con satisfacción y con un poco de preocupación. Corrí rápidamente para mirar.

Se hallaban acurrucados juntos, Eli chupando su pulgar mientras miraban.

Sabía que a Edward realmente no le gustaba que se chupara el pulgar, pero elegía mis batallas, y esta no era una de las que quería pelear.

Solo quería alimentarlos.

Si pudiera hacerlo sin otra discusión entre ellos, estaría bien.

¿Correcto?

Correcto.

Revolví la mezcla de boloñesa. Olía bien, y mentalmente me di unas palmaditas en la espalda.

Hasta que hubo un grito desde la otra habitación.

Dejé caer la cuchara, salpicando salsa por todas partes, incluso sobre mí, y corrí.

Ellie y Eli se empujaban el uno al otro, y él agarró un puñado del cabello de Ellie.

—¡Oye! ¡Oye! ¡No! —Corrí hacia ellos y quité la mano con garras de Eli del cabello de Ellie—. ¿Qué es todo esto?

—¡Me pellizcó! —gritó Ellie al mismo tiempo que Eli dijo—: ¡Me golpeó!

Cubrí mi cara con mis manos. —Está bien, vengan a la cocina. En lados opuestos de la mesa. Su cena esta lista.

—Pero quiero ver La patlulla canina —se quejó Ellie.

—No. Intentamos eso, pero pelearon. A la cocina para cenar, por favor.

Ambos se bajaron del sofá y se abrieron paso hacia la mesa. Hicieron lo que les dije, tomando sus asientos en extremos opuestos de la mesa. Respiré profundamente y busqué sus platos.

—Al lado del refli —dijo Ellie.

—¿Huh?

—Nuestros platos. —Sonrió.

—Oh, gracias. —Crucé la cocina por los platos y saqué dos.

Minutos después, los dos comían en silencio, sorbiendo espagueti. La salsa fue a todas partes excepto a sus bocas. Sobre sus mejillas, en sus narices, en sus cuellos... Hasta en sus camisas.

—¿Bueno? —pregunté.

Ambos se volvieron, sonriéndome con caras medio anaranjadas.

Era como si Willy Wonka hubiera dejado libres sus Oompaloompas en Rock Bay.

Ellie incluso logró meterlo en su cabello.

Oh, Dios.

Iban a necesitar un baño.

. . . . . .

Viéndolo ahora, lo que debería haber hecho fue limpiarlos con un paño mojado y esperar hasta que Edward llegara a casa del trabajo.

Viéndolo ahora, yo era una maldita idiota.

Era una maldita idiota empapada, para ser precisa.

Quién sabía que decir "¡Por favor, deja de salpicar!" significaba "¡Oye, salpica un poco más!"

Yo no. Nadie me dijo eso.

Incluso la psicología inversa no funcionó. Fingí que no me importaba que salpicaran más, y entonces salpicaron más.

En realidad, era bastante incómodo, dado que llevaba una camisa blanca. Debería haberme dado cuenta antes de hacer esto, porque decididamente era menos blanca de lo que fue cuando me la puse.

La salsa del espagueti y el agua de la bañera no eran amigos de las camisas blancas.

O mi salud mental.

Así que, me senté en el inodoro con la tapa abajo, mirándolos mientras se salpicaban mutuamente y causaron la Gran Inundación del Lunes. No les importó ni un poco, por supuesto.

¿Yo? Bueno, seguí mirando sigilosamente mi teléfono. ¿La hora? ¿Iba Edward a llegar? ¿Querría recuperar a sus demonios de mí?

El tiempo pasó.

También lo hizo la capacidad de los gemelos para mantener el agua en la bañera.

Hasta que, finalmente, a través de sus gritos de alegría, una puerta sonó abajo.

Se abrió.

Cerró.

Miré a la pared.

—¡Papiiii! —gritó Ellie.

—¡Papi! —Eli hizo lo mismo.

—Ayuda —susurré.

Se salpicaron mutuamente más fuerte.

—Oh, demonios —dijo Edward, subiendo las escaleras.

Lentamente, volví mi rostro hacia el suyo. Me encontraba empapada, desde mis pequeños calcetines hasta mi cabello y todo lo demás. —Hice una mala elección.

Se frotó la mano sobre la boca. Sus ojos recorrieron el baño, desde los gemelos hasta la pared que goteaba y la piscina en miniatura que ahora se formaba en el piso del baño.

¿A quién engañaba? Se estuvo formando durante los últimos diez minutos.

Varias emociones revolotearon en su rostro, pero no esperaba la que me dio.

Diversión.

Pura, cruda, silenciosa risa.

—¿Cómo va ese trabajo de confianza, dulzura? —Sonrió, apoyándose contra el marco de la puerta.

Lo miré fijamente.

—¡Papá! —gritó Ellie—. Bewa nos dio espagueti y un baño, ¡mira!

—¡Limpio! —gritó Eli—. ¡Tan brillante!

—Tan mojado —dijo Edward, apartándose del marco y quitándose la chaqueta del traje. Tiró de su corbata—. ¿Están listos para salir? ¿Cabello limpio, barrigas limpias?

Ambos miraron sus estómagos. —Limpio —dijeron—. Cabello limpio —agregó Ellie.

Edward me miró.

—Cabello limpio —repitieron.

Él rió. —Todo bien. Ellie, Eli, uno, dos, afuera. —Se giró, abrió una puerta, y sacó dos toallas de un armario—. Vamos a calentarnos, secarnos y meternos en la cama.

—Pero… —dijeron ambos.

—No. —Edward movió una toalla—. Fuera.

Ellie fue la primera en salir. Su diminuto cuerpo se veía teñido de rosa con el calor del agua a pesar de saber que no estaba demasiado caliente, y su cabello le caía por la espalda con mechones gruesos y ligeramente rizados.

Edward la envolvió en una toalla, y desvié mis ojos mientras Eli salía detrás de su hermana.

»Dormitorio —dijo Edward—. Ropa interior y pijamas. Tienen cinco segundos para cambiarse, ¿de acuerdo?

Los gemelos asintieron. Ellie desapareció en lo que yo sabía sería el cuarto de invitados, Eli en la habitación de Edward.

Edward me dejó sola en el baño. Tiré del tapón de la bañera y lentamente crucé el pasillo. Necesitaba otra ducha, eso era seguro.

»Bella.

Me detuve en lo alto de la escalera y miré por encima del hombro. — ¿Sí?

—Toma. —Edward arrojó una camiseta color gris claro en mi dirección—. No te quedes con la camisa mojada.

Um, esa era su camiseta.

—No puedo. —Se lo tendí—. Esto es tuyo.

Cerró su mano sobre la mía, sus ojos en mí, y dijo—: Estarán en la cama dentro de quince minutos. ¿Quieres esperar quince minutos con una camisa mojada?

—No. Tenía la intención de irme ahora.

—No. —Profundo, ronco, crudo—. Espera. ¿Bien?

Tragué saliva, bajando la mirada a la camiseta en mis manos.

»¿Bella?

—Bien —respondí, agarrándola fuerte—. Voy a esperar.

—¡Eli! —Edward lo sacó de su habitación—. En la habitación de tu hermana. Vamos a cambiarnos muy rápido. —Me guiñó un ojo y apuntó su habitación cuando Eli la dejó.

Sonreí. Agradecí la oferta, pero me sentí un poco mal al vestir una camiseta que claramente le pertenecía. Mal. Era mi cliente, no mi novio.

¿Por qué estaba de acuerdo con esto?

Aun así, la sensación de tela húmeda contra mi piel era asquerosa, así que me encerré en su habitación y me cambié la ropa mojada por su camiseta más holgada. Era enorme para mí, así que até un nudo en el costado de mi cadera. Me hizo sentir mejor, y también un poco más normal.

La camisa gris suave abrazó mis senos antes de aflojarse alrededor de mi estómago y apretarse en el nudo a la cadera que elaboré. El material se encontró con mis pantalones cortos en el punto más halagador, y tragué saliva mientras me quitaba el flequillo mojado de la frente.

Esta noche me mostró exactamente por qué no quería tener hijos.

Abrí la puerta y casi choqué con Edward en el pasillo. Ambos nos quedamos quietos, cada uno de nosotros medio jadeando cuando casi nos tocamos.

—Tengo que acostar a Eli —dijo en voz baja.

—Correcto. Claro. —Me deslicé hacia un lado—. Buenas noches, Eli.

Miró por detrás de Edward con una sonrisa tímida. —Buenas noches, Bella.

Sonreí un poco más y me agarré a la barandilla. Su cabello castaño dorado seguía húmedo, pero Edward lo condujo a la habitación de todos modos. No llevaba nada más que pantalones ajustados azul marino y una camisa blanca. Se desabotonó la camisa y se subió las mangas hasta los codos.

Torpemente, me detuve a medio camino por las escaleras.

¿Me quedaría? ¿No me iría? Llevaba puesta la camiseta de mi cliente. Tantas cosas estaban mal con esta situación.

— ¿Papi? —Ellie salió arrastrando los pies de su habitación—. Quiero una tlenza.

Edward asomó la cabeza por la puerta. —¿Puedes darme un par de minutos, princesa?

Ella hizo un puchero.

—¿Quieres una trenza? —Las palabras salieron de mi boca sin previo aviso.

Ellie asintió con la cabeza hacia mí.

»Puedo arreglar tu cabello —dije en voz baja.

Los ojos de Ellie se abrieron y miró a Edward.

Él se encogió de hombros. —Si Bella puede hacerlo, entonces adelante.

Asentí y sonreí. —Vamos, Ellie. Tráeme un cepillo y un lazo, y lo haré por ti.

La seguí hasta su habitación y me senté en el borde de su cama con las piernas separadas. Se paró entre mis piernas como lo había hecho mil veces, entregándome el cepillo y el lazo sin mover la cabeza.

Suavemente, le cepillé el cabello mojado. Moví los espesos mechones hasta que todos los nudos se fueron, y lo separé en tres para trenzarlo. Izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha. Mechón y mechón, trencé su cabello hasta que la trenza perfecta se extendió por el centro de su espalda.

La até al final y terminé la trenza con algunos giros rápidos de la cinta.

—Vamos —dijo Edward en voz baja—. A la cama, princesa, ¿de acuerdo?

Ellie asintió, volviéndose brevemente para sonreírme. Luché contra mi sonrisa cuando me levanté y me dirigí hacia las escaleras.

Pasó su mano por la larga trenza que ahora colgaba sobre su hombro. —Glacias, Bewa.

—De nada. —Sonreí y salí de la habitación, bajando las escaleras para que pudiera llevarlos a la cama en paz.

Tiré del dobladillo de la camiseta. Era suave y cómoda, un millón de veces mejor que la camisa mojada, no existía ninguna duda al respecto.

Al llegar al pie de la escalera, suspiré, observando al final, agarrando la baranda. No quería irme, pero también sabía que no podía quedarme. Sin embargo, ¿qué digo? ¿Le ofrezco lavar la camiseta y devolverla al día siguiente?

Dios, ¿por qué acepté esa idea?

Caminé hacia la cocina. Las tablas del piso crujieron sobre mi cabeza cuando Edward se movió, y me apoyé contra el mostrador, levanté mi teléfono y lo revisé. Tenía ciento un notificaciones, incluidos correos electrónicos de clientes y algunos posibles, y mensajes de texto de mi madre que exigían saber la verdadera razón por la que no fui esta noche.

Jodidamente increíble.

La mujer podía escuchar lo que pensaba.

Ignoré el mensaje y respondí a un correo electrónico solicitando un presupuesto para una estantería hecha a medida. Ese era el territorio de papá, pero no creía que mi madre apreciara que la ignorara y le envié un mensaje de texto, eso podría esperar a mañana con la lista de tareas pendientes.

—Oye. —Edward apareció en la cocina.

Salté, casi dejando caer mi teléfono. Mi corazón tronó con el impacto de su llegada.

Él tuvo una risa. »Lo siento. No quise asustarte.

Presioné mi mano en mi pecho y agité mi teléfono de una manera despectiva. —Trabajando. Tengo correos electrónicos hasta mi culo.

—Esa es una analogía interesante. —Se detuvo justo en frente de mí—. Tengo que admitir que es la primera vez que veo una camiseta desgastada mía de esa manera.

Eché un vistazo al nudo en mi cadera. —Oh… lo siento. No quise estirarla. No pensé.

Me moví para deshacerlo, pero agarró mi mano, riendo.

—No te preocupes por eso, Bella. Es una camiseta vieja. Úsala como quieras.

Mi piel hormigueaba donde su mano agarró la mía. Pasaba por mi brazo, en toda mi mano, sobre mis nudillos... Prácticamente zumbé con la sensación de su piel caliente contra la mía.

Aparté mi mano de la suya y retrocedí un paso. —Gracias. La lavaré y la devolveré, lo prometo.

—No te preocupes. —Sus labios tiraron a un lado. Una vez más, sus ojos se movieron sobre mí, cayendo sobre la imagen desteñida en la parte delantera de la camisa por un segundo—. Quería darte las gracias por ayudarme esta noche. No tienes idea de cuánto te lo agradezco.

Mis mejillas se calentaron levemente. —Está bien. Quiero decir, tengo que ser honesta y decir que probablemente no me apresure a hacerlo de nuevo...

Su risa me interrumpió. —No te preocupes, les dije que si hacen esto otra vez, tendrán que posponerlo.

— ¿Y no les importó?

—No tienen permitido importarles. Soy el jefe del departamento. Tienen que hacer lo que digo. —Sonrió, salió del mostrador y se dirigió a la nevera.

—Ah, bueno, ya veo como eso sería práctico.

—Se podría decir eso. —Hizo una pausa—. Oye... no tuve la oportunidad de comer todavía. Iba a ordenar. ¿Quieres unirte a mí?

¿Para la cena?

Eso no entraba en mi plan de "distancia".

—Yo... realmente debería irme a casa. —Tragué saliva—. Pero, gracias por preguntar. Eso es dulce.

Sonrió, sacando una botella de cerveza de la nevera. —Bien, voy a reformular. Pediré pizza porque no hay un solo hueso en mi cuerpo que quiera cocinar, y tú debes decirme qué pizza te gusta, porque te invitaré a cenar.

—Oh, vaya, esa es la propuesta más romántica que he tenido en todo el mes.

—Supongo que eres una chica de pepperoni.

—Eso es presuntuoso.

—¿Me equivoco?

Dudé. —Sí.

Ojos turquesa me miraron a la cara. —Eres una terrible mentirosa.

—Lo intento. —Empujé mi cabello aún húmedo detrás de mi oreja. Niños—. En serio, estoy bien.

Cerró la puerta del refrigerador y usó un imán en forma del Estado de Colorado para destapar su cerveza. Lo colocó en la puerta con un clic. —¿Comiste esta noche?

Fui a responder, pero no salió nada.

Edward levantó una ceja. »Tomaré eso como un no.

—Estoy bien —insistí—. Puedo ir a casa y calentar algo muy rápido. Puede que no te sorprenda saber que mi madrastra me pasa regularmente envases con comida.

Hizo una pausa. —¿Tu madrastra?

Mierda. Él no sabía que Sue no era mi verdadera madre. Olvidé que no todo el mundo lo sabía.

—Um, sí. —Bajé mi teléfono y mis manos se movieron al instante con el dobladillo de mi camisa—. Mi mamá no es mi verdadera madre.

Parpadeó hacia mí. —Ahora, definitivamente pediré pizza.

—No, tú...

Salió de la habitación antes de que pudiera terminar mi oración. Lo perseguí, pero cuando me uní a él en la sala de estar, me recibió el sonido de—: Hola, sí, me gustaría hacer un pedido de dos pizzas, por favor.

Perdí esta ronda.

Bien.

Yo era una mujer humana de sangre roja.

No iba a rechazar la pizza gratis.

Mi trasero no me lo agradecería, pero podría apostar el suyo a que mi alma haría una jodida fiesta.

Edward sonrió mientras hacía el pedido y entregaba los detalles de su tarjeta. Honestamente, tuvo suerte de que tuviera una terrible memoria. Si tuviera una mejor, podría comprar más que pizza con su dinero.

Tal como estaban las cosas, ni siquiera podía recordar mi propio número de teléfono. No importaban los datos de la tarjeta.

Colgó y puso su teléfono en la mesa de café. —¿Me harías un favor?

—Ya te dejé comprarme la cena sin causar un escándalo.

—Siéntate y déjame traerte vino.

—Eso suena más una orden que un favor.

—Favor... Orden... Intercambiables.

Lo miré fijamente. No, no, no lo eran. —En realidad, son completamente diferentes. Un favor es algo acordado entre dos personas. Una orden es algo dado por una persona y seguido por la otra.

—Intercambiables —respondió.

—No. La persona que recibe la orden no tiene que estar de acuerdo.

—¿Siempre eres tan presumida?

Hice una pausa. —Solo si la persona me dice cosas incorrectas.

—Por incorrectas, te refieres a "idiota", ¿verdad?

—Ah, mira me entiendes más de lo que creía.

La risa llenó la habitación. Ese profundo, crudo, áspero sonido que forzó la piel de gallina en mis brazos hizo que los pelos de mi nuca se erizaran.

Pasos lentos y sencillos cerraron la distancia entre nosotros.

—Bella. —Edward dijo mi nombre lento, sexy y de modo tentador. Puso sus manos sobre mis hombros, tirando de mí hacia delante como si mis pies no fueran nada más que sus esclavos, hasta que me paré frente al sofá—. Siéntate —dijo, empujándome hacia abajo.

Me senté.

Me dejó ahí, sentada en silencio mientras iba a la cocina y entraba en la nevera. Una alacena, un tintineo, el ruido de un refrigerador cerrándose.

Al regresar a la sala de estar, Edward puso una copa de vino blanco frente a mí. Se dejó caer en el sofá, su cerveza goteaba vapor frio cuando la dejó sobre la mesa.

»Solo una —dijo—. Sé que manejaste. Es lo menos que puedo hacer después de cuidar de mis demonios.

—No fue tan malo —dije honestamente—. Pero, mierda. Siento que podría arbitrar un torneo internacional de fútbol después de esto.

—No lo hagas. Se lanzan mucho.

—Juegan sobre la hierba. ¿Cómo pueden lanzarse?

Me miró. —No ves fútbol, ¿verdad?

—No. El béisbol es donde están los pantalones ajustados.

Se reclinó en el sofá y se rio de mí. —Por supuesto. Está bien, no importa. Cuéntame sobre tu mamá. ¿Madrastra?

Me moví inquieta. Realmente nunca hablé sobre Sue o mi mamá. Todos aquí sabían sobre mi familia, por lo que nunca fue un problema.

—Sí —dije lentamente—. Pero ella es solo mi mamá, en realidad.


Hola chicas! Espero disfruten el capítulo y gracias por sus reviews!

Cuéntenme que les pareció el capitulo :)


Tengo blog! Se llama: Maly's infinity place, y pueden encontrar el link directo en mi perfil de Twitter (thoughtswen) si desean verlo. Voy a subir reseñas, recomendaciones y mucho más.

Nos vemos.

Bye Sweeting!