Señorita Constructora
Esta historia es una adaptación.
La historia original es Miss Fix-It de Emma Hart
Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer
Capítulo 10
Me miró. Sin juzgar. Ni siquiera expectante. Pacientemente. Esperando que lo elaborara.
Me encontraba dispuesta a responder cuando hubo un golpe en la puerta. Sabía que era la pizza, sólo existía un lugar de pizza en Forks y se enorgullecía de entregar súper rápido.
Entrega súper rápida en realidad.
Edward se levantó y tomó las cajas del joven que era responsable de ello. La puerta se cerró, y metí mis piernas debajo de mi trasero mientras puso las cajas en la mesa de café delante de nosotros.
—Cómelo —dijo—. Es mi agradecimiento por ayudarme. Sé que tienes hambre.
Miré entre la caja y él. Tenía hambre, sin duda, pero había algo sobre él comprándome comida que no me parecía bien. Nada nefasto, pero se sintió... raro.
Quieta, deslicé la caja de la mesa al sofá delante de mí.
En silencio, tomé una rebanada de pepperoni, observando cómo el queso caliente y fibroso trataba desesperadamente de mantener a su prisionero seguro en la rebanada.
Comimos. Los dos. Las preguntas se desvanecieron en el silencio que compartimos.
O así pensé.
—Sue. ¿Tu madrastra? —La pregunta de Edward vino otra vez después de tres rebanadas.
Hombre, no iba a dejarlo ir, ¿verdad?
Cerrando la tapa de mi caja y devolviéndola a la mesa.
—Síp.
—No quieres hablar de ello, ¿verdad?
—Nunca tengo que hacerlo —admití—. Todo el mundo aquí sabe todo sobre mí. Eso es lo que te hace vivir en un pueblo pequeño.
—No sé —dijo en voz baja—. Pero me gustaría.
Le lancé una mirada. Sobre ese cabello oscuro, esos labios llenos, ese rastrojo y esos hombros fuertes.
Esos ojos irresistiblemente brillantes.
—Mi madre murió cuando tenía cinco años. —Saqué mi vaso de vino sobre mi regazo.
Edward tomó una respiración profunda.
—Lo siento.
Vacié el resto del vino y miré el vaso vacío. Las palabras bailaban en el extremo de mi lengua, bromeando y jugando. En el tiempo que lo hicieron, Edward se levantó y regresó con la botella.
Llenó mi vaso.
»No lo sabía.
—¿Por qué lo harías? —Acuné el vaso ahora lleno en mis manos—. Te acabas de mudar aquí.
—Cierto.
Miré lejos de él, bebiendo lentamente, centrándome en cualquier cosa menos él. Cualquier cosa menos su sudadera gris, camiseta blanca y músculos que querían distraerme de la realidad.
»¿Cuándo la conociste? ¿A tu madrastra? —preguntó Edward, voz suave como la seda—. ¿Cuántos años tenías?
Ni siquiera lo miré cuando dije—: Trece.
—¿De verdad?
Asentí. Una vez.
—La odié durante tres meses, luego se convirtió en mi mejor amiga. Ha sido mi mamá desde entonces.
—¿La llamas mamá?
Lo miré de costado, sonreí. —Por supuesto. Era tan joven cuando mi mamá murió. Papá y yo estuvimos solos por años. Sue llegó cuando más la necesitaba, y así es como somos. Es mi mamá, pero es otra clase de mamá. Nunca va a reemplazar a mi madre.
Edward inclinó la cabeza hacia un lado.
—Interesante. Me encanta tu perspectiva. Es muy... abierta y honesta.
Llevé mi vaso a los labios y bebí.
—No creo que sea mi perspectiva. Es sólo como es.
—Lo dices como si no fuera nada.
—Por el contrario, es todo. —Saqué las piernas del sofá y las crucé, al estilo indio. La base de mi vaso descansó sobre mis tobillos, y miré fijamente al remolino de mi vino—. Sue estuvo allí cuando nadie más lo estaba. Me guio cuando me sentía sola. Era la amiga y el apoyo que necesitaba cuando mi padre parecía perdido. Nuestra relación no es perfecta, pero es la mejor amiga que he conocido.
Edward asintió lentamente. Inclinó su botella de cerveza, tomando lo que había dentro. Callado, se levantó, retirándose a la cocina. Acuné mi vaso y miré hacia donde se había ido hasta que apareció de nuevo.
Me entregó la botella de vino.
Contra mi mejor juicio, la vertí.
Coloqué la botella medio vacía en la mesa de nuevo.
Soltó la tapa de otra cerveza. Instalándose de nuevo. Sorbió. Suspiró. Respiró con calma.
—Seguir adelante es difícil —dijo en voz baja, mirando fijamente el cuello marrón teñido de la botella de Budweiser—. A veces parece imposible. Me hiciste sentir como, si un día, mis hijos sentirán algún tipo de felicidad.
—¿Crees que no son felices?
—Sé que no lo son.
—Te equivocas.
Me golpeó con su mirada brillante.
—¿Lo crees?
—Lo sé. —Miré en mi vaso antes de que nuestros ojos se encontraran de nuevo—. Míralos, Edward. Te aman.
—Claro que sí. Pero la felicidad es otra cosa.
—Se sienten contentos contigo. Cualquiera con medio cerebro puede ver eso.
Me miró fijamente.
Realmente me miró fijamente.
Se acercó a mí, cerrando la distancia entre nosotros.
»Eres un gran padre —dije en voz baja, acunando mi copa de vino—. Tienes que saber eso.
—Lo hago —respondió—. Pero no tengo otra opción. Soy un gran padre porque tengo que serlo. Porque sin mí no tienen a nadie.
—No crees en ti mismo lo suficiente. —Giré mi cabeza y terminé lo que había en mi vaso. Chocó con la mesa de café—. Eres un padre asombroso porque los amas más allá de cualquier cosa que pueda entender.
Encontró mis ojos.
—Sabes amar, Bella. Te vi trenzar el cabello de mi hija antes.
—Por bondad. —Tragué duro y puse abajo mi vaso—. Estabas ocupado. Quería su cabello trenzado. Fue fácil.
Raro, para ser preciso.
Pero fácil, claro.
Edward bebió su cerveza apenas tocándola y la puso abajo. Su suspiro hizo eco en las paredes.
No debería estar aquí.
Puse mi vaso sobre la mesa, cerrando mi pizza apenas tocada. Tenía que irme a casa. Sus intenciones fueron buenas al comprarme la cena, pero esto estaba mal. Sobre todo, porque realmente no quería irme.
Bajé la mirada mientras me arrastraba hacia el borde del sofá.
—Debo ir…
—Bella. —Se acercó a mí mientras decía mi nombre. Sus dedos acariciaron mi brazo, y tomé una respiración profunda.
La mano de Edward se levantó y entonces cayó, flotando cerca de mi cabello casi como si fuera a empujarlo detrás de mí oreja.
Respiré profundamente.
Quería que me besara, pero al mismo tiempo, sabía que si lo hacía, probablemente nunca podría volver a mirarlo a los ojos.
»No —dijo en voz baja—. No tienes que irte.
—Sí, tengo… —Las palabras se me atoraron en la garganta.
Miró mis labios, y mi lengua salió a través de mi parte inferior. Su mandíbula temblaba mientras traía su mirada de nuevo a la mía.
Mi corazón retumbó contra mis costillas.
Sí. Necesitaba irme. Pero no podía. Básicamente me hallaba congelada en el lugar, mis ojos se centraron firmemente en el esmeralda hipnotizante de Edward.
Entonces, lo hizo.
Tocó sus labios con los míos.
Me besó.
Sus manos fijaron mi rostro, manteniéndome en el lugar. No es que lo necesitara. No podía alejarme aunque quisiera, porque aquí estaba, apoyándome en él, en el beso, en su toque.
Se detuvo. Sus labios se cernían a centímetros de los míos. Saqué un aliento fuerte. Sus manos seguían en mis mejillas, y no existía manera de que no pudiera sentir la forma en que se calentaron bajo su toque.
Edward se encontró con mis ojos por un segundo, y luego me besó de nuevo. Esta vez, una mano se deslizó por mi nuca. Mi cuero cabelludo se estremeció al sentir sus dedos en mi cabello.
Este beso fue más duro, necesitado, más insistente que el último.
Como si hubiera probado el agua, y ahora, estuviera listo para ahogarse.
Me incliné directamente hacia él. Mis dedos encontraron su camisa y descansaron sobre su estómago, empuñando el suave algodón de su camiseta.
Nos acercamos más y más. Su otra mano formando mi cuerpo, deslizándose alrededor de mi espalda, tirando de mí contra él. Su lengua salió por la unión de mi boca, y me dejó besar más profundo.
Dejándolo que me arrastrara más lejos en el arrepentimiento que sabía que sentiría al segundo, se detuvo.
No me importaba.
Todo mi cuerpo se sentía vivo. Hormigueo en la piel, mi pecho quemando, mi corazón latía tan locamente rápido que mi pulso tronaba en mis oídos.
Todo lo demás se había derretido, siempre que sus labios estuvieran en los míos.
Deslicé mis manos por su cuerpo, ahuecando su cuello. Apenas tragué un gemido cuando arrastró mi labio inferior entre sus dientes, apoyándose en los cojines y tirando de mí contra él.
Sus manos fueron más abajo. Su pulgar rozó la tira desnuda de piel en la base de mi espalda, donde la camiseta no se encontraba con la cintura de mis pantalones cortos. Me estremecí al toque fugaz, y…
Un grito rasgó por el aire.
Un grito desgarrador, que partía los oídos y que, muy posiblemente, acababa de despertar a los ocupantes del cementerio más cercano.
¿La otra cosa lo había hecho?
Llevándonos a Edward y a mí a chocar con la tierra con un maldito golpe de mierda.
—Joder —dijimos los dos.
Pero, apuesto a que fue por diferentes razones.
Me arrastré hasta el sofá mientras se ponía de pie y salía corriendo de la habitación. Mi corazón todavía latía contra mis costillas, y enterré mi rostro en mis manos cundo la realidad de lo que acababa de suceder cayó sobre mí.
Mierda, mierda, ¡mierda!
Acababa de besar a mi cliente.
Oh.
Mi.
Dios.
Acababa de besar a mi cliente, y Dios, mi cuerpo lo sabía muy bien. Labios hinchados, una lucha para recuperar el aliento, un dolor de clítoris de mierda que latía dentro de mis pequeñas bragas de encaje.
¿Qué diablos hice?
Tomé mi teléfono y me levanté. No podía ver mi camisa, no que pudiera usarla. Al menos no bebí tanto vino que no podía conducir.
Dios, desearía haber tenido más vino. Que podría haber hecho más fácil de aceptar el hecho de que acabo de besar a mi cliente. Echarle la culpa al vino y no a mi zorra interior.
Sí.
Mierda.
Aferré el teléfono a mi pecho y fui al pasillo para agarrar mis llaves del tazón donde las tiré en mi esfuerzo de apresurar a los niños dentro sin perder a uno de ellos. Chocaron y rasparon contra el tazón de vidrio.
Las escaleras crujieron.
Dudé, la mano en la manija de la puerta, y giré la cabeza hacia atrás hacia las escaleras.
Edward se encontraba a medio camino, apoyado contra la pared. Su mano se apoderó de la barandilla, haciendo sus nudillos blancos. Su cabello probablemente se veía en mejor forma que el mío, y su camisa se arrugaba estúpidamente donde lo había agarrado.
— ¿Todo bien? —pregunté patéticamente.
Asintió con la cabeza.
—Ellie. Pensó que había un cocodrilo debajo de la cama.
Mis labios todavía zumbaban donde me besó.
Cuatro años, llevándote de besar a los cocodrilos en menos de un segundo.
—Correcto. Me alegra que esté bien. Yo, um... —Me detuve, echando un vistazo brevemente—. Pensé que debería irme. Se hace tarde y cosas así...
Cristo, Bella. Sólo Despídete y termina con eso.
No respondió. Se quedó mirándome con sus ojos color esmeralda, ojos que, si me quedaba allí por mucho más tiempo, probablemente serían capaces de ver a través de mí.
Entonces, me fui.
Caminé por la puerta tan rápido como pude sin correr, entré en mi camioneta, y salí de allí antes de hacer otra estupidez.
. . . . . .
Rosalie parpadeó hacia mí. —Bueno, eres una idiota.
Gemí y envolví mis manos alrededor de la taza de café.
—Lo sé. Te lo dije como cinco veces.
Se echó hacia atrás contra mi mostrador de la cocina, recogiendo su propia taza.
—No puedo creer que esté aquí a las siete de la mañana en pijama porque no puedes mantener tu boca para ti.
Dejé caer mi cabeza por lo que mi barbilla tocó mi pecho y cerré los ojos.
—No lo besé deliberadamente.
—No, no. Estoy segura de que te deslizaste sobre una cáscara de plátano y su boca aterrizó en la tuya.
—Él me besó.
—Que hace un mundo de diferencia.
—Sé que lo hace. Gracias.
Me miró fijamente.
—Bella... eso se llama sarcasmo.
—Lo sé. —Apoyé la barbilla en mi mano—. Estoy fingiendo que no fue así, así me siento mejor con mi monumental mierda.
Rosalie se empujó fuera del mostrador y se unió a mí en la mesa.
—¿Realmente es tan malo? Así que, besaste al tipo. Es guapo, soltero, eres soltera. ¿A quién hieres?
—Bueno, nadie, pero…
—Aguántalo, botón de oro. Si no quieres que sea incómodo, pon la boca de nuevo en su jaula.
—Es la regla número uno —dije antes de que pudiera continuar con su discurso en el que finalmente terminaría diciéndome que levantara mis bragas de muchacha grande—. No mezclas los negocios con los besos.
—No eres muy buena siguiendo las reglas.
—No jodas. Mejor cuídate Sherlock, o tu capacidad de declarar lo obvio va a ponerlo fuera de trabajo.
Agitó la mano. —Cumberbatch* me dará un vistazo y no le importará en absoluto.
Puse los ojos en blanco. —Sin embargo, sigue siendo el punto. No te involucres con los clientes. Siempre termina en un desastre.
—Um, ¿tu padre no conoció a Sue en un trabajo?
Hice una pausa.
Levantó una ceja.
—Sí —dije lentamente—. Pero no se involucró hasta después de haber terminado. —Otra pausa—. Estoy bastante segura.
—Créelo si te hace sentir mejor, cariño.
—No lo endulces. La única persona que hace eso es mi mamá y no es una zorra sarcástica como tú.
Rosalie sonrió, su rostro libre de maquillaje arrugó sus ojos en los bordes.
—Tu cumplido es escuchado y aceptado.
Le hice una seña con las manos.
—¿Qué se supone que debo hacer ahora? Tengo que aparecer hoy y empezar a pintar y él va a estar allí. ¿Qué se supone que le diga?
Golpeó una uña rojo sangre contra la mesa.
—Empezaría con buenos días.
Dios mío. Era tan jodidamente sarcástica. La iba a derribar y a forzar una auténtica mierda suya pronto.
—Gracias por el consejo, Doctor Phil. No pensé en eso —dije secamente—. Pero, ¿después de eso? ¿"Perdón, siento haberte dejado besarme anoche"? ¿"No volverá a pasar"? ¿"¿Cómo te atreves a besarme, bastardo?"?
Jugó con un mechón de su cabello.
—En provecho de mantener este trabajo. Ni hablar la última idea.
—Al menos finalmente respondiste con sensatez.
Puso los ojos en blanco, plantó los antebrazos sobre la mesa, y se inclinó hacia delante.
—Bella. Lo besaste. ¿Y qué? Le hiciste un favor, te agradeció con pizza, y ambos se dejaron llevar. Nunca volverá a suceder porque eres demasiado profesional para eso. No estabas trabajando cuando lo besaste, así que no quebrantaste las reglas, técnicamente hablando.
—Me gusta cómo lo has establecido.
—De nada. —Asintió con una mirada solemne en su rostro—. Ahora, supéralo. Aparece como si nada hubiera pasado y haz tu trabajo. Si está en el trabajo, problema resuelto. Si no, tiene niños por cuidar y te dejará en paz.
Sehh, no. Ella no conocía a Ellie y Eli.
»Sólo lidia con él. Ambos son adultos, no están atados, y son libres de besar a quien quieran en su tiempo personal. Fin de la locura.
Era fácil de decir.
Respiré hondo y lentamente lo dejé ir.
—Muy bien. Lo que dices es, aparecer, actuar como si no hubiera sucedido, y orar como la mierda que esté trabajando hoy en la oficina.
Se quedó en silencio por un momento. Luego, frunció los labios y asintió con la cabeza.
—Eso es la esencia de ello, sí.
—Ugh.
—Oye, podría ser peor —dijo, deslizando la pantalla en su teléfono para desbloquearla—. Mira este mensaje que recibí de un aspirante a casanova anoche.
Deslicé su teléfono hacia mí y lo giré para que pudiera leer. —"Oye, vi tu perfil. Eres caliente" —leí—. "¿Quieres cenar? No uses ropa interior, no la necesitarás a donde vamos". —Terminé en un tono más lento.
»¿Quería que fueras de comando en una cita?
—Correcto. —Se llevó su teléfono de vuelta—. Cuando le respondí el mensaje…
—¿Por qué hiciste eso?
—Curiosidad. ¿Por qué no necesitaba ropa interior? ¿Íbamos a ver a un ginecólogo? Esa es la única razón por la que creo que la ropa interior es inútil —dijo—. Dah. Por lo tanto, respondí el mensaje, y me dijo que tiene un sofá de cuero perfecto para follar.
Fruncí el ceño.
—¿Te quería sin bragas en su sofá de cuero?
—Básicamente.
—¿No sabe que nuestras vaginas se limpian? No hay nada remotamente cómodo en no usar bragas. Y seguro que no tienes que estar sin bragas en un sofá de cuero. Nadie quiere limpiar eso.
Rosalie hizo un arma con su pulgar y dos dedos y me apuntó.
—Boom. Ahí está mi respuesta. Gracias.
Parpadeé.
—No va a salir contigo después de decir eso.
—Oh, lo sé. Eso es algo bueno. Pero, oye, al menos ya no te estás volviendo loca por el papá caliente.
Famosas últimas palabras.
*Benedict Timothy Carlton Cumberbatch es un galardonado actor británico de televisión, teatro, cine y voz.
Hola chicas! Espero disfruten el capítulo y gracias por sus reviews!
Cuéntenme que les pareció el capitulo :)
Tengo blog! Se llama: Maly's infinity place, y pueden encontrar el link directo en mi perfil de Twitter (thoughtswen) si desean verlo. Voy a subir reseñas, recomendaciones y mucho más.
Nos vemos.
Bye Sweeting!
