Señorita Constructora

Esta historia es una adaptación.

La historia original es Miss Fix-It de Emma Hart

Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer

Capítulo 13

Me vestí tan casual como pude. Pantalones de yoga, una camisa holgada y una sudadera vieja con cremallera. Mi cabello seguía húmedo y en su estado natural de rizos sueltos, todo recogido en una cola de caballo en la parte superior de mi cabeza. Apenas llevaba maquillaje. Una capa ligera de base y algo de máscara de pestañas era todo lo que había puesto.

Quería creer que la semilla de mierda que Rosalie plantó en mi mente era real.

Una parte de mí lo hizo. No podía imaginarme lo solo que se sentía Edward realmente. Había vivido toda mi vida en Forks. Él desarraigó toda su vida en favor de una nueva, una mejor que la que tuvo antes.

Él quería, tal vez incluso necesitaba, un amigo. Por supuesto.

Pero había más allí.

Lo sentí cuando me besó, y lo sentí hace una hora cuando cometí el error de tocar su cabello cubierto de pintura.

Yo era una idiota, eso era cierto. No sé lo que me poseyó para hacer eso. Podría haberlo dicho y haber señalado, pero no. Prácticamente pasé mis dedos por su cabello y por el costado de su cuello.

¿Qué estaba mal conmigo? Pasé toda la mañana reprendiéndome por haberlo besado, y permití que mi mejor amiga me hiciera sentir culpable para cenar con él.

Era una idiota, pero aquí estaba, lista para obtener pasta gratis.

La puerta se abrió antes de que pudiera tocar. —Adelante. Lo siento. Está ardiendo.

Mis cejas se dispararon, y reprimí una risita mientras cerraba la puerta detrás de mí. Efectivamente, cuando me uní a él en la cocina, pude oler el débil pero distintivo aroma de algo quemándose.

»¡Mierda, mierda! —Edward barrió una gran sartén sobre el fregadero y dejó el contenido en un escurridor—. ¡Maldita cocina!

Me apoyé contra la mesa, tomando un momento para darme cuenta de que se encontraba lista. Platos, cubiertos, la botella de vino medio llena que no terminé la noche anterior.

Um.

—¿Tienes problemas? —Sonreí a su espalda.

—Sé que sonríes, así que detente —dijo sin mirarme.

Sonreí más ampliamente.

»Y sí. Problemas. Esta maldita cosa me vuelve loco. —Agitó su mano en dirección a la estufa—. Se calienta más rápido de lo que puedo apagarlo, y ahora no puedo apagarlo.

Me incliné. —El bloqueo de niños está encendido.

Se congeló, mirándome por encima del hombro. —¿Tiene un seguro para niños?

Cerrando la distancia entre la cocina y yo, presioné la tecla en forma de almohadilla en la parte superior hasta que sonó, luego lo apagué.

—Bueno, jódeme —murmuró Edward.

Bien.

Espera, no.

Negué con la cabeza y me senté en la mesa. Él se rio entre dientes, y... Oh, Dios mío.

Oh. Mi. Dios.

Negué con la cabeza. Parecía que respondía a su pregunta.

Esto. Por eso no debería estar aquí. Ni siquiera podía planear un maldito movimiento de cabeza que fuera el equivalente a una rodada de ojos.

Volvió a servir los espaguetis en la sartén y mezcló un poco de salsa, esta vez, haciendo funcionar la estufa con mucho cuidado. Reprimí una carcajada mientras pulsaba frenéticamente los botones planos con la esperanza de que registraran su toque.

—Hijo de puta —murmuró.

Mordiendo el interior de mi mejilla, me levanté y lo empujé. —Suavemente es la clave —le dije, limpiando la pantalla táctil con la parte inferior de mi camisa para limpiar sus huellas. Presioné el botón de encendido, luego el círculo de atrás—. ¿Qué número de potencia?

—Uh...

—Este es cinco —Presioné la tecla "abajo" hasta que estuvo en fuego medio—. Lo pinchas demasiado fuerte. Solo tócalo, como tu teléfono.

—Mi teléfono no pita enojado cada vez que lo toco.

—El tuyo se comporta mejor que el mío.

Él se rio, sacando una cuchara de la olla de utensilios. —Gracias. No creo que alguna vez me acostumbre a esta cocina.

—Bueno, si se trata de eso, conozco a alguien que puede arreglar una.

Su mirada se deslizó hacia mí. —¿Hablando de ti misma?

—No. De hecho, conozco a alguien que puede arreglar esto. —Hice un círculo alrededor de mi dedo en el área de la estufa—. Pero, si quieres nuevos gabinetes... —Hice clic en mi lengua y me señalé—. Soy tu chica.

—Es bueno saberlo. —Sostuvo mi mirada, con la cuchara quieta en el centro de la olla.

Me sonrojé.

»¿Sabes que te sonrojas mucho?

Me sonrojé más fuerte. —¿Sabes que no pusiste la salsa en esa pasta y la estás quemando nuevamente?

—¡Mierda!

No intenté ocultar mi risa esta vez. Me reí en voz alta, presionando mi mano contra mi estómago mientras agarraba el borde del mostrador. Esta era la primera imperfección que veía en Edward Cullen, y fue maravilloso y curioso.

Maravilloso porque había sido casi demasiado perfecto hasta ahora.

Curioso, porque, ¿cómo se mantuvo él y a otras dos personas con vida si quemaba la pasta?

—Deja de reírte de mí. —Vertió la salsa de la otra sartén en la pasta—. Lo juro, no soy un idiota culinario.

—¡No puedes hacer funcionar la estufa!

—Esa es una simple cuestión de semántica electrónica.

—¡Semántica electrónica, mi culo! Es una simple cuestión de impaciencia masculina. ¡Y todavía estás quemando la pasta!

—¡Diablos!

—Oh, Dios, muévete. —Lo aparté del camino, literalmente, le arranqué la cuchara de la mano y me puse en frente de él. Saqué el sartén del quemador y la revolví, raspando la pasta del fondo de la sartén—. Salsa.

Edward se deslizó a mi lado, su mano acariciando mi espalda baja a medida que avanzaba. Lo ignoré lo mejor que pude, si consideramos el hecho que mordía el interior de mi mejilla y evitaba sus ojos.

Puso la salsa en la sartén, su pecho rozó mi brazo mientras lo ponía de nuevo en el quemador. Me aclaré la garganta y me moví, mezclándolo todo en la pasta y el pollo con cuidado. La cremosa salsa blanca salpicó mientras perdía la presión sobre la cuchara, e hice una mueca, arrugando la cara mientras me escupía.

Edward se rio. —Pintar... cocinar... todo es relativo para ti, ¿no es así?

—Cállate —murmuré, limpiándome la frente.

Se inclinó y pasó su pulgar por mi pómulo. —Ahí. Ahora todo se ha ido.

Me sonrojé y apagué el quemador. —Ya está hecho. —Di un paso atrás de la estufa y volví a la mesa.

Me miró de reojo con una media sonrisa mientras se hacía cargo, sacando dos platos del armario más cercano a él.

Me volví, mirando por la ventana mientras servía. Esto era exactamente por lo que no quería cenar con él, esta atracción.

Era innegable. Para los dos. Era el elefante en la habitación cada vez que nuestros ojos se encontraban, y cada vez que nos tocábamos era cada vez más difícil ocultar mis reacciones.

El problema era que había estropeado todos mis intentos de distanciarnos. Me hallaba sentada en la pared que dividía lo profesional y lo personal, una pierna a cada lado, mirando hacia abajo hasta que la pared desapareció.

No tenía idea de lo que hacía con mi vida.

Edward puso un plato frente a mí, y murmuré un—: Gracias. —Mientras tomaba asiento.

¿De qué íbamos a hablar?

¿Teníamos algo en común? Dudaba que disfrutara porque volvieran a transmitir Friends con tanto entusiasmado como yo, y no existía posibilidad en el infierno de que me atrapara en una conversación sobre deportes. Los últimos deportes que vi fueron cuando iba en la secundaria, y eso fue solo porque estaba enamorada del corredor de nuestro equipo.

Nota al lado: Apareciendo en shorts muy trabajados.

Dicho todo eso, el alivio inundó mi cuerpo cuando Edward comenzó a comer en silencio. Seguí su ejemplo, hurgando en el delicioso plato de pasta cremosa y con queso que tenía delante.

Asombroso. Quemó la pasta, pero cocinó la salsa.

Mi mente se aturdió.

Los minutos pasaron. ¿Rosalie tenía razón? ¿Era solo compañía lo que él quería? Si es así... quiero decir, esto era mejor que cualquier cosa que tuve la paciencia para cocinar. Sería su amiga de la cena cualquier día si me daba de comer así.

Casi había terminado de comer cuando bajó el tenedor y bebió su vino.

—Lo siento si hice las cosas incómodas cuando te besé ayer.

Casi me atraganté con mi comida. Agarré mi vino y lo tragué, afortunadamente, sin ceder ante la necesidad de escupirlo en todas partes.

Eso salió de la nada.

—Lo siento si lo vuelvo incómodo al disculparme por hacerlo incómodo —añadió, con los labios crispados mientras me miraba.

—No. Está bien. Solo me sorprendió, eso es todo. —Tomé otro trago de vino, sacudiéndolo antes de tragarlo—. No es incómodo. Quiero decir, un poco, pero sobre todo porque va en contra de las reglas. Sin relaciones empresa-cliente. ¿Sabes?

Asintió. —Como dije, lo siento. Fue una cosa de estímulo-del-momento. No volverá a suceder.

Oh.

¿Por qué apesta eso?

Maldición, no apestaba. Esa era absolutamente la elección correcta. No podría volver a suceder. De ninguna manera.

—Correcto. Por supuesto. Sabes que no tienes que invitarme a cenar solo para decir eso, ¿verdad?

—Lo sé. Pasó a trabajar a mi favor. Nunca conseguiré cocinar la cantidad correcta de pasta. —Frunció el ceño—. No sé cómo lo hace la gente.

—Mi madre es una de esas raras. Como que solo sabe cuánta pasta cocinar. Generalmente, cocino lo suficiente para un pequeño ejército.

Edward agitó su mano. —Habla por ti misma. Creo que también tengo suficiente para el almuerzo de mañana.

Me reí, descansando mi antebrazo sobre la mesa. Empujé mi plato a un lado, así que tenía espacio para tomar mi copa de vino frente a mí. —Solo deja que los gemelos se lo coman.

—Estarán en la guardería mañana. ¿Tienes alguna idea de lo increíble que será tener un día para mí?

—¿De verdad? ¿Quieres decir que puedo pintar sin caos?

Su sonrisa llegó a sus ojos. —Puedes pintar sin caos —confirmó—. Podría molestarte si me aburro, pero prometo no arruinar las paredes.

—Si vienes y me molestas, te daré un rodillo y te diré que comiences a pintar.

—Puedo hacer eso. —Golpeó sus dedos contra la mesa—. Después de haber estado en la tienda y tener los tobillos hechos trizas.

—No sé por qué todavía compramos allí. Hay un Target a media hora de distancia.

—Ese es el problema. Target queda a media hora de distancia. El de Irma está a cinco minutos para cualquiera en la ciudad.

Suspirando, apoyé mi barbilla en mi mano. —Y no recibirás los chismes locales en Target.

—Pequeñas ciudades —murmuró—. Todos en los asuntos de los demás.

Asentí. —Mañana todos asumirán que estamos saliendo. Solo para que sepas.

Sus cejas se dispararon, y se levantó, agarrando nuestros platos. —Eso es un gran salto, ¿no?

—Realmente no. Simplemente juntan dos y dos y obtienen cinco, como generalmente lo hacen. No es un gran salto cuando consideras que soy soltera y eres soltero y sexy.

Miró por encima de su hombro hacia mí, la diversión curvó sus labios.

»Yo... Um... se suponía que no debía decir eso en voz alta —dije lentamente.

Mierda.

—Crees que soy sexy —dijo. No preguntó, simplemente lo dijo.

—Yo, bueno, yo, eh...

Arqueó una ceja hacia mí.

Tomé una respiración profunda. —Sí. ¿Tú no?

—Tengo que admitir que nunca me he mirado de esa manera. —Su risa contenida hizo temblar sus hombros—. Lo consideraré la próxima vez que me mire en el espejo.

—No hay necesidad de ser sarcástico al respecto. —Terminé mi vino y me levanté. La silla chirrió contra el suelo—. Y ahora soy yo quien lo ha hecho incómodo, así que, creo que voy a hacer como una banana y partirme*. —Puse la copa de vino al lado del fregadero y di media vuelta—. Gracias por la cena. Fue grandioso. Hagamos de cuenta que esta conversación nunca sucedió.

Se paró frente a mí, bloqueándome el camino. Sus bíceps se apretaron con la forma en que tenía los brazos cruzados sobre el pecho, y el material blanco de su camiseta se extendía sobre sus hombros de una manera que era más que un poco distractora.

Pero fueron sus ojos los que me hicieron parar. La forma en que una oscuridad que insinuaba el deseo hacía cosquillas en los bordes de su mirada. La forma en que brillaban de risa al mismo tiempo que revelaban cómo se sentía en ese mismo segundo.

Tragué.

—Podríamos fingir que nunca sucedió —dijo en voz baja—. O podríamos admitir que nos sentimos atraídos el uno por el otro y lidiar con eso desde allí.

—No... quiero decir, no estoy... atraída por ti —terminé estúpidamente.

—Quieres decir que no eres muy buena mintiendo.

—Sí. Eso también.

Soltó sus brazos y se acercó a mí. Retrocedí hasta que mi espalda tocó el borde del mostrador.

Mierda. Idiota. Ahora, estás atrapada.

Me agarré al borde del mostrador de mármol y respiré profundamente.

Se paró frente a mí, elevándose sobre mí unos centímetros, y apoyó sus manos a cada lado de mi cuerpo. Sus pulgares rozaron mis dedos meñiques, instalándose donde podía sentir el cosquilleo de ellos en el aire.

»Lidiar con eso —me hice eco, mi boca seca—. ¿Qué quieres decir exactamente con eso?

Miró mi boca.

Querido Dios, ¿cómo pudo responder mi pregunta sin hablar?

»De acuerdo, pero, um, aquí está la cosa. —No podía respirar. Sonaba como una idiota jadeante tratando de pronunciar las palabras entre cada respiración corta y aguda que tomaba—. Esto —Hice un gesto entre nosotros—, es malo.

—Malo. —Sus labios se tiraron hacia un lado.

—Sí. Porque... —Ayuda. Alguien ayúdeme—. Porque esto no está permitido. Reglas de la compañía. Sin jugueteos con los clientes.

—Sin jugueteos con los clientes. —Esa media sonrisa se convirtió en una sonrisa en toda regla—. Eso es muy... apropiado.

—Bueno, no puedo decir exactamente "No jodas a los clientes" ahora, ¿verdad?

—Podrías haberlo hecho, pero desafortunadamente habría sido muy preciso.

—Debería cambiar eso.

—Estoy en desacuerdo.

Me lamí los labios. —Deberías estar de acuerdo. Porque esto es...

—Malo. Eso dijiste. —Más temblores en los labios.

—Pensé que lamentabas haberlo hecho incómodo besándome.

—Eso fue antes de descubrir que te sentías atraída por mí. Ahora, lo siento mucho menos por besarte.

Oh. Bien. Lo suficientemente justo.

—¿Debo retirar mi aceptación de tu disculpa? —le pregunté.

—Deberías dejar de hablar y ver cómo te sientes cuando te vuelva a besar.

—Besarme...

Me silenció con sus labios sobre los míos. Un gran escalofrío recorrió mi cuerpo, y sonrió contra mi boca, manos deslizándose lentamente por mis brazos. Rozó sus dientes sobre mi labio inferior mientras se apartaba, y mi corazón golpeó contra mi pecho.

Solo había un soplo de aire entre nuestros labios. Podía probarlo, y aunque sabía que me odiaría a mí misma, no pude evitarlo.

Puse mis manos a cada lado de su cuello y lo besé de vuelta. Firmemente. Lo besé como él me besó la noche anterior, con fuerza y deseo insuperable. Mientras me pasaba una mano por el cabello, me levanté de puntillas y mi trasero se hundió en el borde del mostrador mientras se apoyaba en mí.

Mi cabeza giró. Se sentía tan bien, probablemente porque sabía que estaba mal. Pero, no podía parar. No pude evitar que mi corazón palpitara o que mi cuerpo reaccionara de esa manera. La piel hormigueaba, el pecho se tensaba, la lujuria que se juntaba entre mis piernas y hacía que mi clítoris doliera...

Nada de eso.

Me encontraba fuera de control, y todo por él.

Su cuerpo era duro contra el mío, y también su polla. Presionó, luchando contra los límites de sus jeans, contra mi estómago inferior. Esto solo me excitó más, envió más deseo a correr a un ritmo acelerado a través de mi sangre.

Quería que me follara justo aquí, ahora mismo, contra el mostrador de la cocina, y ya no me importaba.

Solo quería más, más caricias, más besos, más de él.

Sus labios se movieron sobre los míos tan suavemente. Sus dedos jugaron con mi cabello lo suficiente como para que pequeñas picaduras irradiaran sobre mi cuero cabelludo, y su lengua luchó contra la mía cuando el beso se hizo cada vez más profundo.

Rudo. Más desesperado. Más...

Las tablas del piso encima de nosotros crujieron.

Retrocedí con un jadeo y miré al techo.

Edward se quedó donde estaba, perfectamente quieto, hasta que hubo otro crujido. Fue seguido por el sonido de unos pasos huecos en las escaleras superiores.

—Mierda —murmuró, presionando brevemente su frente contra la mía. Con una respiración profunda, me soltó y se alejó. Bajé los ojos a su entrepierna, donde su erección era completamente visible, y se ajustó los vaqueros en un esfuerzo por ocultarlo.

Enterré mi cara en mis manos. Había hecho eso mucho últimamente, pero podía sentir el cosquilleo en mis labios cuando las puntas de mis manos presionaban contra ellos.

La voz de Edward sonaba amortiguada al pie de las escaleras, y oí el tono distinto y somnoliento de Eli murmurando algo en respuesta. Hubo un murmullo, luego el sonido de las escaleras crujiendo mientras subían.

Solté mis manos y exhalé un largo suspiro. No se podía negar que esta vez, yo había sido la que cruzó la línea. Podría haber dicho que no, mantener la negación, pero no lo hice. Me rendí y, una vez más, fui salvada por uno de los gemelos.

¿Quién sabe qué hubiera pasado si Eli no hubiera despertado en este momento?

No me habría detenido. Eso sí lo sabía.

No tenía nada conmigo más que las llaves de mi auto que seguían en el bolsillo de mi suéter. Lo palmeé solo para asegurarme, y respondieron con un tranquilizador tintineo.

El impulso de irme venció, pero no resolvería nada. Simplemente pospondría otra conversación sobre el hecho de que nos besamos.

Una conversación que, en última instancia, nos llevó a besarnos de nuevo.

Eso y el hecho de que mi gran boca y yo dejamos caer que creo que él es sexy.

Realmente, solo tenía que culparme. Era tan idiota

Mi boca se sentía seca. Agarré un vaso del armario y lo llené con el dispensador de la nevera. Lo bebí de un trago, la frescura del agua suavizaba mientras se deslizaba por mi cuerpo.

Poniéndolo al lado del fregadero junto a mi copa de vino vacía, tomé otra respiración profunda, excepto que esta era de acero. Una que enderezó mi espina dorsal y me hizo crecer un par de bolas para la conversación que estaba a punto de tener.

Edward se hallaba de pie en la entrada, con los brazos cruzados, apoyado contra el marco de la puerta. Sus ojos recorrieron arriba y abajo mi cuerpo, y aunque no debería haberlo hecho, volví a mirar su entrepierna.

Sí. Aún notable.

Levanté la mirada y encontré sus ojos. Tenía una ceja arqueada divertida, y mordí el interior de mi mejilla así que no justifiqué el hecho de que simplemente miré descaradamente su erección.

Quiero decir... no había justificación, ¿verdad? Realmente no. No iba a pedir disculpas ni nada.

—Casi esperaba que estuvieras escapando por la puerta —comentó.

—Decidí ser un adulto al respecto esta noche —respondí, inquieta con mi cremallera.

—¿Es por eso que no puedes pararte como un niño pequeño?

—Bastante.

Se rio y se apartó del marco de la puerta, dejando caer sus brazos a los costados. —¿Sigues aquí, así no tenemos otra conversación incómoda con disculpas semi-sinceras mañana?

Eso estuvo bien, sí. —Básicamente.

—No te preocupes, Bella. No tenía la intención de disculparme de nuevo. Ciertamente no pareces querer que lo haga.

Abrí mi boca, luego me detuve. Tenía razón. No quería una disculpa. No necesitaba disculparse. —No tienes que disculparte nuevamente —dije en voz baja—. Pero esto va en contra de las reglas de mi compañía. No me puedo involucrar de ninguna manera con los clientes. Entonces, esto... —Agité mi mano entre nosotros—. No importa qué tan atraídos estemos el uno con el otro, no puede volver a suceder. ¿De acuerdo?

Se apoyó contra el mostrador, una vez más cruzó los brazos. —De acuerdo.

—¿Bien? ¿Estás... ¿Estás bien? —Parpadeé.

—¿Qué más quieres que diga? ¿"No, insisto en que continúes rompiendo tus reglas"? —Sonrió—. Lamento haberte hecho romper una regla que obviamente cumples... la mayoría de las veces.

—Uh, todo el tiempo, excepto ayer. Y justo ahora. —Y probablemente la próxima vez que decida besarme.

—Por supuesto. —La sonrisa no desapareció de su rostro—. Entonces, ¿te veré mañana?

Esta conversación tomó un giro completo.

Decidí tomarlo y correr con él. —Mañana. Correcto. Adiós. —Pasé junto a él, pero él movió un brazo, deteniéndome.

Sus ojos buscaron los míos, casi como si estuviera pidiendo permiso para decir lo que quería. Algo que no sabía si me gustaría cuando saliera de su boca.

—No me arrepiento de haberte besado, Bella. Y no me disculparé por el hecho de que te deseo.

Boom. Boom. Boom. Mi pulso resonó en mis oídos, y supe entonces, quedarme fue un error. Debería haberme ido cuando estaba arriba.

Porque esas palabras cambiaron mucho.

No dije nada mientras soltaba mi brazo. Mantuve su mirada por un momento demasiado largo, un momento que dijo que no mentía sobre desearme, y me fui.

Y cuando subí a mi camioneta y manejé a casa, cuando paré en mi camino y entré a mi casa... Mientras cerraba la puerta, subía corriendo a mi habitación y me desplomaba en el extremo de mi cama, sus palabras resonaron en mi mente.

Te deseo.


* Es un juego de palabras, en el inglés original dice "split".


Hola chicas! Espero disfruten el capítulo y gracias por sus reviews!

En otras cosas, ¡ya se acerca el mes navideño! Estoy muy emocionada por eso xd espero que la adaptación sea de su agrado y la disfruten:)


Tengo blog! Se llama: Maly's infinity place, y pueden encontrar el link directo en mi perfil de Twitter (thoughtswen) si desean verlo. Voy a subir reseñas, recomendaciones y mucho más.

Y...¡Subí reseña al blog! ¿Conocen la Saga Indebted? Pues si no vayan a darle una miradita a la reseña y a lo mejor les da por leerla ;)

Nos vemos.

Bye Sweeting!