La Locura del Lord


1| Un excéntrico


Londres, 1881

—Encuentro un enorme parecido entre las tazas de la dinastía Ming y los pechos femeninos —dijo sir Deidara Akatsuki a Naruto MacUzumaki, que sostenía la taza en cuestión entre los dedos—. Estas curvas generosas, la cremosa palidez… ¿No está de acuerdo conmigo?

Naruto no creía que ninguna mujer se sintiera halagada al ser comparada con una taza, así que ni siquiera se molestó en asentir con la cabeza.

La delicada porcelana pertenecía al primer período de la dinastía Ming y era tan fina que casi se percibía la luz a través de ella. En el exterior de la taza se perseguían tres dragones de color verde grisáceo y cuatro crisantemos parecían flotar en el fondo.

El pequeño recipiente sólo podría albergar un pecho minúsculo, pero eso era todo lo lejos que Naruto estaba dispuesto a llegar.

—Mil guineas —ofreció.

La sonrisa de Akatsuki palideció.

—Por favor, milord, pensaba que éramos amigos.

Naruto se preguntó de dónde habría sacado Akatsuki esa idea.

—La taza vale mil guineas.

Pasó el dedo por el borde algo mellado, desgastado por siglos de uso. Akatsuki parecía desconcertado, los ojos azules brillaron con intensidad en aquel rostro bien parecido.

—Pagué mil quinientas por ella. Explíqueme qué pretende.

No había nada que explicar. Naruto había percibido cada arañazo y desperfecto en menos de diez segundos y su calculadora mente había echado cuentas en consonancia. Si Akatsuki no conocía el valor de lo que adquiría, que no se dedicara a coleccionar porcelana. En la vitrina de cristal de Akatsuki había al menos cinco tazas falsas e Naruto estaba seguro de que el hombre no tenía ni idea de ello.

Naruto introdujo la nariz en el interior de la taza y aspiró el limpio aroma que había sobrevivido al pesado humo de los cigarros en casa de Akatsuki. La taza era auténtica, hermosa y él quería poseerla.

—Ofrézcame al menos lo que pagué por ella —suplicó Akatsuki con una nota de pánico en la voz—. El vendedor me dijo que la adquiría por un buen precio.

—Mil guineas —repitió Naruto.

—¡Maldita sea, hombre! Estoy a punto de casarme.

Naruto recordó el anuncio en el Times. Lo recordaba literalmente, porque todo lo

recordaba literalmente: «Sir Deidara Akatsuki de St. Iwagakure, Suffolk, anuncia su compromiso matrimonial con la viuda del señor Toneri Õtsutsuki. La boda se celebrará el día veintisiete de junio del presente año en St. Iwagakure, a las diez de la mañana».

—Felicidades —dijo Naruto.

—Con lo que obtenga por la venta de la taza me gustaría comprarle un regalo a mi novia.

Naruto no apartó la vista de la porcelana.

—¿Por qué no le regala la taza?

La vigorosa carcajada de Akatsuki resonó en la estancia.

—Mi querido amigo, las mujeres no entienden de porcelana. Ella preferirá un carruaje y unos hermosos caballos, junto con una recua de lacayos que transporten todas las fruslerías que compre. Así que, eso le regalaré. Es una mujer hermosa, hija de un franchute de la aristocracia. Ya no es joven, ¿sabe? Se trata de una viuda.

Naruto no respondió. Pasó la lengua por el fondo de la taza, pensando para sus adentros que aquel objeto era mucho mejor que diez carruajes con caballos. Cualquier mujer que no se diera cuenta era tonta.

Notó que Akatsuki fruncía la nariz al verle probar la taza, pero él había aprendido a reconocer la autenticidad de la porcelana de esa manera. Y ese hombre no sería capaz de decir si era auténtica o no aunque la pintaran delante de sus narices.

—Mi prometida posee una gran fortuna —continuó Akatsuki—, la heredó de la señora Barrington, una anciana dama dispuesta a ofrecer su opinión a cualquiera que se la pidiera. La señora Õtsutsuki era su acompañante y no se puede negar que pescó una buena dote.

«Entonces, ¿por qué se casaba con él?».

Naruto giró la taza entre sus manos mientras meditaba sobre la cuestión. Si lo que quería la señora Õtsutsuki era compartir la cama con Deidara Akatsuki, no era necesario que se casara con él. Por supuesto, se arriesgaba a que la cama estuviera demasiado llena. Akatsuki mantenía una casa donde albergaba a varias mujeres a las que proporcionaba sustento a cambio de sus favores; se jactaba de ello a menudo con sus hermanos. Parecía como si quisiera que pensaran que era un promiscuo; sin embargo, en su opinión, Akatsuki comprendía los placeres de la carne casi tan mal como la porcelana de la dinastía Ming.

—Supongo que le sorprende que un solterón convencido como yo haya decidido pasar por la vicaría, ¿verdad? —siguió hablando Akatsuki—. Si se pregunta si voy a renunciar a mis otros placeres, la respuesta es no. Es bienvenido a unirse a mí en el momento que quiera. He ofrecido lo mismo a sus hermanos.

Naruto ya conocía a las mujeres de Akatsuki, féminas de mirada vacía dispuestas a complacer las necesidades de su amo a cambio de dinero.

Su compañero cogió un cigarro.

—Iremos a la ópera del Covent Garden esta noche. Acérquese y le presentaré a mi prometida, me gustaría conocer su opinión. Todo el mundo sabe que su gusto es

tan exquisito en mujeres como en porcelana. —Se rio entre dientes.

Naruto no respondió. Tenía que rescatar la taza de las garras de aquel ignorante.

—Mil guineas.

—Es un duro negociador, MacUzumaki.

—Mil guineas y nos vemos en la ópera.

—Oh, de acuerdo. Aunque me está llevando a la ruina. Ya estaba arruinado.

—Su viuda es rica. Se recuperará.

Akatsuki se rio. La sonrisa iluminó su hermoso rostro. Naruto había visto sonrojarse y pestañear a mujeres de todas las edades cuando Deidara sonreía. Aquel hombre era un maestro de la doble vida.

—Cierto, y además es una mujer preciosa. Soy un hombre afortunado.

Akatsuki llamó a su mayordomo y al ayuda de cámara de Naruto, Shino, agitando la campanilla. Shino acudió con una caja de madera llena de paja en la que Naruto acomodó cuidadosamente la taza de los dragones.

Odiaba ocultar tal belleza a la vista. La tocó una última vez y la miró fijamente antes de que Shino colocara la tapa rompiendo su concentración.

Su anfitrión había ordenado al mayordomo que sirviera unos vasos de brandy. Aceptó el licor y se sentó ante el libro de cheques que Shino había dispuesto sobre el escritorio.

Dejó el brandy a un lado y mojó la pluma en el tintero. Se inclinó para escribir y observó la gota de tinta negra que colgaba en la punta de la plumilla; era una esfera perfecta.

Clavó los ojos en la gotita. Algo en su interior cantó una loa a la perfección de la bola de tinta, la deslumbrante viscosidad que seguía suspendida de la punta de la pluma. La esfera era perfecta, brillante, admirable.

Deseó poder disfrutar eternamente de esa perfección, pero sabía que en menos de un segundo caería y el hechizo se rompería. Si su hermano Menma fuera capaz de pintar algo tan exquisito y hermoso, Naruto lo consideraría un genio.

No supo cuánto tiempo estuvo allí sentado, estudiando la gota de tinta, hasta que escuchó que Akatsuki carraspeaba.

—Maldita sea, está realmente loco, ¿verdad?

La gota cayó lentamente hasta alcanzar la página, muriendo en una salpicadura de tinta negra.

—¿Quiere que escriba por usted, milord?

Naruto levantó la mirada hacia el rostro de su sirviente, un joven cockney que se había pasado la infancia aligerando la bolsa a los transeúntes de Londres.

Naruto asintió con la cabeza y le cedió la pluma. Shino giró la libreta de cheques hacia él y escribió cuidadosamente la cantidad acordada. Sumergió de nuevo la pluma en el tintero y se la devolvió a Naruto, sujetándola de tal manera que su amo no viese la tinta.

El firmó despacio con su nombre, sintiendo el peso de la mirada de Akatsuki.

—¿Hace eso a menudo? —preguntó éste mientras Naruto se levantaba para permitir que Shino secara la tinta.

Al criado se le enrojecieron las mejillas.

—No importa, sir.

Naruto llevó el vaso a los labios y apuró el brandy de un trago, luego cogió la caja.

—Nos veremos en la ópera.

No le ofreció la mano antes de salir. Akatsuki frunció el ceño, pero Naruto se despidió con un gesto de cabeza. Era Lord Naruto MacUzumaki, hermano del duque de Rasengan, poseía un rango social superior al de Deidara Akatsuki y éste era bien consciente de ello.

Una vez en el carruaje, Naruto colocó la caja a su lado. Podía sentir la taza en el interior, redonda y perfecta, auténtica por completo.

—Sé que no es asunto mío —dijo Shino, tras ocupar el asiento de enfrente justo cuando el carruaje comenzaba a moverse por las calles lluviosas—, pero ese hombre es un bastardo; ni siquiera es digno de limpiarle las botas. ¿Cómo es que tiene negocios con él?

Naruto acarició la caja.

—Quería esa taza.

—Sin duda la ha obtenido, milord. ¿Realmente va a encontrarse con él en la ópera?

—La veré desde el palco de Nagato. —Naruto clavó la vista en la cara de Shino y luego se concentró en la tapicería de terciopelo del carruaje—. Averigua todo lo que puedas sobre la señora Õtsutsuki. Es la viuda que se ha comprometido con sir Deidara Akatsuki. Infórmame antes de esta noche.

—Oh, ¿de verdad? ¿Por qué está tan interesado en la prometida de ese bastardo?

Naruto pasó la yema de los dedos por la caja una vez más.

—Quiero saber si es una exquisita porcelana o una pieza falsa. Shino parpadeó.

—Bien, jefe. Veré de qué consigo enterarme.

.

.

.

Deidara Akatsuki era un hombre guapo y encantador, y todas las cabezas se giraron cuando Hinata Õtsutsuki atravesó de su brazo el vestíbulo de la ópera del Covent Carden.

Akatsuki poseía un perfil perfecto, un cuerpo delgado y atlético y una cabellera dorada que todas las mujeres querían acariciar. Sus modales eran impecables y hechizaba a los que le conocían. Disponía de buenos ingresos, una hermosa mansión en Park Lane y era recibido en todos los lugares adecuados. Un excelente partido para una dama como ella que acababa de recibir una fortuna inesperada y quería contraer nuevas nupcias.

«Incluso una dama con fortuna se cansa de estar sola», pensó Hinata, entrando en el lujoso palco de Akatsuki detrás de la tía solterona de su prometido y de su acompañante. Le conocía desde hacía muchos años. La señora Barrington, su empleadora, y la tía de Deidara eran amigas desde la infancia. No es que él fuera el más excitante de los caballeros, pero Hinata no quería excitación. «¡Se han acabado los dramatismos!», se prometió a sí misma. Había tenido suficientes para toda una vida.

Ahora quería tranquilidad; había aprendido a encargarse de una casa llena de sirvientes y quizá surgiera la posibilidad de tener los niños que siempre había anhelado. De su primer matrimonio no le habían quedado hijos; el pobre Toneri falleció de fiebres apenas un año después de haber pronunciado los votos matrimoniales. Había enfermado tan de repente, que ni siquiera había podido despedirse de él.

La ópera ya había comenzado cuando se acomodaron en el palco de sir Deidara. La joven cantante que había salido al escenario tenía una hermosa voz de soprano y el cuerpo adecuado para proyectarla. Hinata se dejó envolver por el placer de la música. Akatsuki abandonó el palco apenas diez minutos después del comienzo de la función, como solía hacer siempre. Aprovechaba las veladas en el teatro para relacionarse con toda la gente importante. A ella le daba igual. Se había acostumbrado a sentarse con las matronas y lo prefería a intercambiar banalidades con jóvenes damiselas.

«¡Oh, querida! ¿No se ha enterado? Lady Marmaduke lleva tres cenefas en el vestido en vez de dos. ¿Puede imaginar algo más vulgar? Sus frunces estaban flácidos, querida, absolutamente flácidos».

Menudas cuestiones más importantes.

Hinata comenzó a abanicarse al compás de la música mientras la tía de sir Deidara y su acompañante cotorreaban sin parar. Se concentró en la trama de la Traviata. Sabía que aquella salida al teatro era insignificante para esas damas, pero para una chica como ella, que se había criado en el East End, era absolutamente extraordinaria. Le encantaba la música y la disfrutaba cada vez que podía, aunque había aceptado hacía tiempo que no era una intérprete demasiado buena. No le importaba, le bastaba con escuchar lo que tocaban los demás; eso era suficiente. A Akatsuki le gustaba ir al teatro, a la ópera, a todos esos sitios donde se interpretaba música, así que en su nueva vida dispondría de muchas oportunidades para disfrutarla.

El placer que estaba sintiendo se vio interrumpido por el ruidoso regreso de Akatsuki al palco.

—Querida —dijo él en voz alta—, me gustaría presentarte a mi estimado amigo: lord Naruto MacUzumaki. Salúdale apropiadamente, cariño. Su hermano es el duque de Rasengan, ¿sabes?

Hinata miró detrás de Akatsuki al hombre alto que había entrado en el palco tras él.

El mundo se detuvo en cuanto posó los ojos en el recién llegado.

Lord Naruto era un hombre alto, sólidamente musculoso, y la mano que le tendía parecía enorme en aquel inocente guante de piel. Poseía pecho y hombros anchos y la luz arrancaba destellos a su pelo rubio. Tenía un rostro tan duro como su cuerpo, lo demostraban las marcas de bigotes que tenía en las mejillas, pero fueron los ojos los que le indicaron que Naruto MacUzumaki era diferente a cualquier otra persona que ella hubiera conocido antes.

Al principio pensó que eran de un tono azul oscuro, pero cuando Akatsuki casi le obligó a sentarse a su lado, percibió que eran de un claro azul. Como de una tonalidad del cielo bien despejado, moteados de chispitas doradas como si el sol danzara en su interior.

—Esta es mi querida señora Õtsutsuki —informó Akatsuki—. ¿Qué opina, MacUzumaki? ¿No le dije que era la mujer más hermosa de la ciudad?

Notó que Lord Naruto lanzaba una mirada rápida a su rostro y que luego fijaba la vista en un punto alejado del palco. Todavía sostenía su mano con tanta fuerza que la presión de los dedos resultaba casi dolorosa.

«Que no se muestre de acuerdo ni en desacuerdo con Akatsuki resulta un poco grosero», pensó Hinata. Incluso aunque no llegara al extremo de llevarse la mano al pecho y declarar que era la mujer más hermosa desde Elaine de Camelot, al menos debía dar una respuesta educada.

Pero él permaneció sentado en tenso silencio, con su mano entre los dedos, mientras le pasaba el pulgar por la costura del dorso del guante, deslizando el dedo una y otra vez para trazar rápidos y cálidos patrones que la hicieron estremecer de pies a cabeza.

—Si le dijo que soy la mujer más hermosa de la ciudad —intervino Hinata con rapidez—, mintió. Perdone que le haya llevado a sacar unas conclusiones equivocadas.

Lord Naruto la miró brevemente, con el ceño fruncido, como si no supiera sobre qué estaba hablando.

—MacUzumaki, no aplaste la mano de esta pobre mujer —aconsejó Akatsuki con aire despreocupado—. Es tan frágil como una de sus tazas de porcelana de la dinastía Ming.

—Oh, ¿le interesan las piezas de porcelana, milord? —intervino Hinata con entusiasmo, en un intento desesperado de hablar de algún tema—. Sir Deidara me ha enseñado su colección.

—MacUzumaki es toda una autoridad en el tema —aseguró Akatsuki con un poco de envidia.

—¿De verdad? —preguntó Hinata.

Lord Naruto volvió a mirarla.

—Sí.

No estaba sentado más cerca de ella que Akatsuki, pero era tan consciente de él como si estuviera gritándole al oído. Notaba la dura rodilla masculina contra las faldas, la firme presión del pulgar en la mano, el peso de sus ojos a pesar de que no la estaba mirando directamente.

«Una mujer no debería encontrarse a gusto con este hombre —pensó con un estremecimiento—. Parece como si tuviera cierta tendencia al dramatismo».

Lo notaba en la inquietud de su cuerpo, en la mano grande y cálida que sostenía la suya, en aquellas pupilas que no la miraban. ¿Debería compadecer a la mujer en la que se clavaran aquellos ojos? ¿O debería envidiarla?

—Sir Deidara posee piezas bellísimas —tartamudeó Hinata—. Cuando toco una de ellas sabiendo que estuvo en manos de un emperador chino hace cientos de años siento que… no estoy segura. Creo que me siento cerca de él. Me siento privilegiada. Percibió unas brillantes chispas doradas cuando lord Naruto la miró fijamente.

—Me gustaría que viera mi colección. —Tenía un leve acento escocés y su voz era ronca y grave.

—Nos encantará, viejo amigo —aseguró Akatsuki—. Iremos en cuanto tengamos un rato libre.

Akatsuki levantó sus prismáticos de ópera para observar a la soprano de grandes atributos y lord Naruto le miró de reojo. La repugnancia y la antipatía que asomaron a su expresión la sorprendieron. Antes de que pudiera abrir la boca, lord Naruto se inclinó sobre ella. La calidez de su cuerpo la atrapó como una intensa ola. Venía acompañada de olor a jabón de afeitar y esencia masculina. Se había olvidado de lo atrayente que resultaba el aroma a hombre. Akatsuki siempre olía a colonia.

—Léalo cuando él no esté cerca.

Notó el aliento de lord Naruto en la oreja, calentando una parte de ella que no había despertado de su letargo desde hacía nueve largos años. Él deslizó los dedos por el borde del guante, por encima del codo, y ella notó la rigidez de un papel contra la piel desnuda. Clavó los ojos en las pupilas de lord Naruto, y observó que se dilataban durante un momento antes de que él apartara otra vez la mirada.

El hombre se incorporó de nuevo con un gesto inexpresivo en la cara. Akatsuki le miró para hacer un comentario sobre la cantante; no se había dado cuenta de nada.

Lord Naruto se levantó bruscamente. Hinata dejó de percibir la suave presión en su mano y se percató de que él la había retenido todo el tiempo entre las suyas.

—¿Se va ya, viejo amigo? —preguntó Akatsuki con sorpresa.

—Me espera mi hermano.

—¿El duque? —inquirió con ojos brillantes.

—Mi hermano Yahiko y su hijo.

—Oh. —Akatsuki parecía decepcionado, pero se puso en pie y repitió la intención de llevar a Hinata a admirar la colección de Naruto.

Sin siquiera despedirse, Naruto anduvo entre las sillas vacías y salió del palco. Hinata no pudo apartar la mirada de su espalda hasta que la cortina se cerró tras él. Era demasiado consciente del papel doblado que le presionaba el interior del brazo y de la condensación que se estaba formando debajo.

Akatsuki se sentó más cerca de ella y comenzó a hablarle al oído.

—Querida, MacUzumaki es un auténtico excéntrico.

Hinata cerró los dedos sobre el tafetán de su falda gris; notaba frío en la mano desde que lord Naruto la había soltado.

—¿Un excéntrico?

—Está como una cabra. El pobre tipo se ha pasado la mayor parte de su vida internado en un sanatorio mental, y ahora anda suelto sólo porque su hermano, el duque de Rasengan, se niega a encerrarlo de nuevo. Pero no te preocupes —Akatsuki le tomó la mano—, no tendrás que verle a solas. Es una familia escandalosa. No debes hablar con ninguno de ellos si no estoy contigo, ¿entendido?

Hinata murmuró una evasiva. Sabía muchas cosas sobre la familia MacUzumaki y, en especial, sobre el duque de Rasengan, porque la vieja señora Barrington adoraba enterarse de todos los chismorreos posibles sobre la aristocracia. Los MacUzumaki habían aparecido muchas veces en las gacetas sensacionalistas que Hinata leía en voz alta a la anciana durante las tardes lluviosas.

Lord Naruto no le había parecido un loco aunque, desde luego, tampoco se parecía a ningún otro hombre que ella hubiera conocido antes. La mano de Akatsuki estaba fría sobre la suya, mientras que la firme presión de lord Naruto la había calentado de una manera que no sentía desde hacía mucho tiempo. Echaba de menos la intimidad que había alcanzado en la cama con Toneri y las largas y ardientes noches que había compartido con él. Sabía que dormiría en la misma cama que Akatsuki, pero ese pensamiento no le hacía hervir la sangre. Se decía a sí misma que lo que tuvo con Toneri fue especial y mágico y que era inútil esperar sentirlo con otro hombre. Pero, ¿por qué se le aceleró la respiración cuando notó el rítmico susurro del aliento de lord Naruto en la oreja? ¿Por qué palpitó más rápido su corazón cuando él le pasó el pulgar por el dorso de la mano?

No. Lord Naruto suponía peligro y Akatsuki, seguridad. Y ella quería seguridad.

Akatsuki permaneció en el palco todavía cinco minutos más, luego volvió a levantarse.

—Debo presentar mis respetos a lord y lady Beresford. No te importa que me ausente, ¿verdad, querida?

—Claro que no —dijo Hinata de manera automática.

—Eres un tesoro, cariño. Siempre le dije a nuestra querida señora Barrington lo dulce y educada que eres. —Akatsuki le besó la mano y abandonó el palco.

La soprano inició un aria. Las notas llenaron cada rincón del teatro. Detrás de ella, la tía de sir Deidara y su acompañante cuchicheaban sin cesar tras los abanicos.

Hinata introdujo los dedos en el largo guante y sacó el papel. Enderezó la espalda de manera que las ancianas no vieran lo que hacía y lo desdobló lentamente.

«Señora Õtsutsuki», comenzaba con una escritura firme y limpia.

Perdone mi atrevimiento, pero me gustaría ponerla sobre aviso con respecto al verdadero carácter de sir Deidara Akatsuki, algo sobre lo que mi hermano, el duque de Rasengan, está bien enterado. Me veo en la obligación de decirle que Akatsuki financia una casa en el Strand, cerca de Temple Bar, donde mantiene no a una, sino a varias amantes. Las llama sus «pichoncitos» y quiere que le traten como a un esclavo. No son prostitutas profesionales, sino mujeres que necesitan tanto el dinero que no les queda más remedio que aguantarle. He contado hasta cinco mujeres y las visita regularmente. Le diré los nombres si desea interrogarlas, o puedo arreglar un encuentro para que hable con el duque. Mi intención es simplemente ayudarla.

Suyo siempre, Naruto MacUzumaki

La soprano abrió entonces los brazos y lanzó la última nota del aria en un crescendo salvaje, que se perdió en una salva de aplausos.

Hinata clavó los ojos en la carta, envuelta en el sofocante ruido del teatro. Las palabras allí escritas no cambiaron, permanecieron dolorosamente negras contra el papel blanco. Notó que se quedaba sin aire, que le ardían los pulmones. Lanzó una rápida mirada de soslayo a la tía de Akatsuki, pero las dos ancianas estaban aplaudiendo y gritando.

—¡Bravo! ¡Bravo!

Hinata se levantó al tiempo que volvía a introducir el papel en el guante. El pequeño palco con las sillas acolchadas y la mesita de té pareció balancearse bajo sus pies mientras buscaba la puerta a tientas. La tía de Akatsuki la miró con sorpresa.

—¿Se encuentra bien, querida?

—Sólo necesito tomar el aire. Me he mareado un poco aquí dentro. La anciana comenzó a revolver en su bolso.

—¿Necesita las sales? Alice, ven, ayúdame.

—No, no. —Hinata abrió la puerta y salió corriendo mientras la tía de Akatsuki comenzaba a sacudir a su acompañante—. No se preocupe, enseguida estaré bien.

El largo pasillo exterior estaba desierto, gracias a Dios. La soprano era muy popular y la mayoría de los asistentes parecían haberse quedado pegados a las sillas, observándola con avidez.

Hinata se apresuró por el largo corredor mientras escuchaba de nuevo la voz de la cantante. Se le comenzaba a nublar la vista y el papel le quemaba el brazo en el interior del guante.

¿Qué había pretendido lord Naruto al escribirle esa carta? Según había dicho Akatsuki, era un excéntrico. ¿Sería ésa la explicación? Pero, si las acusaciones escritas en la nota fueran divagaciones de un loco, ¿por qué el hombre se ofrecería a arreglar un encuentro entre ella y su hermano? El duque de Rasengan era uno de los hombres más ricos y poderosos de Gran Bretaña. El poseedor del título era par de Escocia desde el siglo XIV, pero fue el anterior duque el que consiguió que la propia reina Victoria lo nombrara también miembro del Parlamento de Inglaterra.

¿Qué interés tendría un hombre de tan alta cuna en unos don nadie como Hinata Õtsutsuki y Deidara Akatsuki? Ambos se encontraban en un escalafón muy inferior al suyo.

No, la carta era demasiado impactante. Tenía que ser mentira, una invención.

Y aún así… Hinata recordó alguna mirada que había percibido en Akatsuki, como si hubiera hecho algo y se creyera muy listo. Al haber crecido en el East End con el padre que le tocó en suerte, Hinata había adquirido la habilidad de saber en quién no debía confiar. ¿Habrían estado presentes las señales en Deidara Akatsuki y habría elegido simplemente ignorarlas?

Pero no, no podía ser cierto. Había llegado a conocer muy bien a Akatsuki mientras era la acompañante de la anciana señora Barrington. Ambas habían paseado con él y su tía en su carruaje, visitado su casa de Park Lane, acudido con ellos a distintas funciones. Él siempre había hecho gala de la exquisita cortesía que mostraría cualquier caballero hacia la acompañante de una anciana. Tras la muerte de la señora Barrington, él se había declarado.

«Después de que recibieras la herencia», le recordó una cínica vocecita en su interior.

¿A qué se referiría lord Naruto con «pichoncitos» y al decirle que «Akatsuki quería que lo trataran como a un esclavo»?

Las ballenas del corsé parecieron apretarse contra sus costillas, privándola totalmente de aire cuando más necesitaba respirar. Unos puntos negros comenzaron a flotar ante sus ojos y alargó la mano para apoyarse en la pared. Entonces notó una fuerte presión en el codo.

—Cuidado —le murmuró una voz con acento escocés al oído—. Ven conmigo.

Continuará...