La Locura del Lord
2| La Propuesta
Antes de que Hinata pudiera negarse, lord Naruto la obligó a recorrer el corredor casi en volandas. Él abrió bruscamente una puerta oculta tras una cortina de terciopelo y entró, arrastrándola consigo.
Hinata se encontró en el interior de otro palco, más grande que el de Akatsuki, con lujosas alfombras y lleno de humo.
—Necesito un vaso de agua. —Tosió.
La llevó hasta un sillón y ella se hundió en aquellas lujosas profundidades.
Cogió el frío vaso que le tendió y bebió un sorbo.
Se quedó sin respiración al saborear whisky en vez de agua, pero el líquido, al bajar hasta el estómago, dejó un ardiente rastro y comenzó a aclarársele la vista.
Cuando recobró un poco el sentido, se dio cuenta de que estaban en un palco que quedaba casi encima del escenario. Dada la inmejorable posición, supuso que debía de ser el palco del duque de Rasengan. Era muy lujoso, con cómodos muebles, mesas brillantes y lámparas encendidas a medio gas. Pero aparte de ellos dos, estaba vacío.
Naruto le quitó el vaso de la mano y se sentó junto a ella; demasiado cerca. Él se llevó la copa a la boca y, poniendo los labios en el mismo sitio en el que acababa de beber ella, apuró el contenido. En su labio inferior quedó una brillante gota del licor y Hinata sintió el repentino deseo de lamerla.
Decidida a alejar de su mente semejantes pensamientos impropios, sacó el papel del guante.
—¿Cuál era exactamente su intención al darme esto, milord? Naruto ni siquiera miró la carta.
—Que lo supieras.
—Son unas acusaciones muy serias. —«E inquietantes».
La expresión del hombre decía que no le importaba nada lo serias e inquietantes que pudieran resultar.
—Akatsuki es un sinvergüenza, deberías librarte de él.
Hinata arrugó el papel en la mano mientras intentaba organizar sus pensamientos. No le resultaba fácil, sentada como estaba a medio metro de Naruto MacUzumaki; poseía una poderosa presencia que casi la hacía caer de la silla. Cada vez que tomaba aire, inhalaba su aroma a whisky, cigarros y hombre, y no estaba acostumbrada a oler nada parecido.
—He oído decir que los coleccionistas se envidian unos a otros hasta el punto de ser capaces de cometer cualquier locura —dijo ella.
—Akatsuki no es un coleccionista.
—¿No? Me ha enseñado sus porcelanas. Las guarda en una vitrina en una habitación privada, a la que no deja entrar siquiera a los sirvientes para limpiar.
—Su colección no vale un comino. No sabe distinguir una pieza auténtica de una falsa.
La mirada de Naruto se deslizó sobre ella, tan cálida y abrumadora como su roce.
Ella se removió en el asiento con nerviosismo.
—Milord, estoy comprometida en matrimonio con sir Deidara desde hace tres meses y ninguno de sus otros conocidos ha mencionado comportamientos tan peculiares.
—Akatsuki mantiene en secreto sus perversiones.
—Pero, ¿por qué sabe usted que tiene esas inclinaciones? ¿Por qué conoce tan privilegiada información?
—Porque él creyó que podría impresionar a mi hermano.
—Santo Cielo, ¿por qué impresionaría a un duque semejante cosa?
Naruto se encogió de hombros, rozándola con el brazo. Estaba sentado demasiado cerca, pero ella no era capaz de levantarse y sentarse en otra silla.
—¿Lleva usted notas como ésta en el bolsillo por si las necesita? —preguntó ella.
Él la miró con rapidez y luego apartó de nuevo la vista, como si quisiera centrar la atención en ella y no pudiera.
—La escribí antes de salir, por si acaso al conocerte consideraba que eras digna de ser salvada.
—¿Debo sentirme halagada?
—Akatsuki es ciego e idiota, y sólo quiere tu fortuna. Exactamente lo que aquella vocecita interior acababa de decirle.
—Él no necesita mi dinero —arguyó—. Tiene sus propios ingresos. Posee una casa en Park Lane, una hacienda enorme en Suffolk y muchas más propiedades.
—Y está de deudas hasta las cejas. Por eso me vendió la taza.
Hinata no sabía nada de ninguna taza, pero la humillación se unió en su estómago con el whisky. Había tenido mucho cuidado al sopesar las ofertas matrimoniales que le hicieron tras el repentino fallecimiento de la señora Barrington. Se había reído para sus adentros al considerarse una joven viuda heredera de una gran fortuna —por citar incorrectamente a Jane Austen—, en busca de marido.
—No soy tonta, milord. Sé que mucho del encanto que ahora me atribuyen proviene del dinero que poseo.
Él tenía una mirada ardiente.
—No, eso no es cierto.
Esas palabras la desarmaron.
—Si lo que pone la nota es verdad, me encuentro en una posición inaceptable.
—¿Por qué? Eres rica. Puedes hacer lo que quieras.
Hinata se mantuvo en silencio. Su mundo se había puesto patas arriba el día en que la señora Barrington murió dejándole su fortuna, su casa en Belgrave Square con todos sus sirvientes y el resto de sus bienes mundanos, debido a que la anciana no tenía parientes vivos. Podía hacer lo que quisiera con todo aquello.
Poseer riqueza significaba ser libre. Ella no había conocido la libertad en su vida y la razón para aceptar la propuesta de Akatsuki había sido que su tía y él podían ayudarla a relacionarse con la sociedad y a no sentirse una esclava. Ya lo había sido durante demasiado tiempo.
Se suponía que las mujeres miraban hacia otro lado cuando se trataba de los asuntos de sus maridos. Sin embargo, Toneri siempre había dicho que eso era un disparate, que aquellas reglas habían sido establecidas por caballeros cuyo único objetivo era hacer lo que quisieran. Pero Toneri había sido un buen hombre.
El que estaba sentado a su lado no podría ser considerado así ni haciendo un gran alarde de imaginación. Sus hermanos y él poseían una reputación horrible. Incluso Hinata, que había vivido bajo el ala protectora de la señora Barrington durante los últimos nueve años, era consciente de ello. Había escuchado infinidad de sórdidas murmuraciones sobre la escandalosa separación de lord Menma MacUzumaki de su esposa, lady Sumire. También le habían llegado rumores de que los MacUzumaki se vieron envueltos, cinco años atrás, en la muerte de una cortesana; pero Hinata no recordaba bien los detalles. El caso había atraído incluso el interés de Scotland Yard y los cuatro hermanos habían abandonado el país durante una larga temporada.
No, no podía decirse que los MacUzumaki fueran hombres «buenos». Entonces, ¿por qué Naruto MacUzumaki se había tomado la molestia de advertir a Hinata Õtsutsuki de que estaba a punto de casarse con un adúltero?
—Podrías casarte conmigo —ofreció lord Naruto bruscamente. Hinata parpadeó.
—¿Perdón?
—He dicho que podrías casarte conmigo. Tu fortuna me importa un comino.
—Milord, ¿por qué razón me pide que me case con usted?
—Porque tienes unos ojos hermosos.
—¿Cómo lo sabe? No me los ha mirado ni una sola vez.
—Lo sé.
A Hinata le costó respirar, no sabía si reír o llorar.
—¿Hace esto a menudo? ¿Advierte a una dama sobre su prometido y luego se ofrece a casarse con ella? Es evidente que su táctica no ha funcionado hasta ahora o tendría una recua de esposas persiguiéndole.
Naruto apartó la mirada a un lado y se llevó la mano a la sien para masajearla, como si estuviera sintiendo un fuerte dolor de cabeza. Se recordó a sí misma que estaba loco. Al menos había estado encerrado en un manicomio. ¿Por qué no sentía miedo allí, a solas con él, a pesar de que nadie en el mundo sabía dónde se encontraba en ese momento?
Quizá porque había visto a muchos perturbados cuando ayudaba a Toneri en sus obras de caridad en el East End, desgraciados que debían ser cuidados por familias que apenas podían controlarlos. Algunas de esas pobres almas habían tenido que ser incluso atadas a las camas. Lord Naruto era muy distinto de aquellas personas.
Se aclaró la voz.
—Es usted muy amable, milord.
Naruto cerró los dedos sobre el reposabrazos de la silla.
—Si te casas conmigo, Akatsuki no podrá tocarte.
—Si me casara con usted provocaríamos el escándalo del siglo.
—Sobreviviría.
Hinata clavó los ojos en la soprano que cantaba en el escenario, recordando de repente que los más chismosos decían que aquella señorita de grandes pechos era la amante de lord Yahiko MacUzumaki, uno de los hermanos mayores de Naruto.
—Si alguien me ha visto entrar aquí con usted, mi reputación ya está arruinada.
—Entonces ya no te quedaría nada que perder.
Hinata podía ponerse en pie de inmediato, alzar la nariz como le había enseñado la señora Barrington y salir de allí. Su empleadora le había contado con frecuencia que, en su momento, había abofeteado a unos cuantos pretendientes, pero Hinata preferiría omitir la bofetada. De todas maneras, no imaginaba a lord Naruto desconcertado por ningún golpe que ella pudiera darle.
—¿Qué haría usted si yo le dijera que sí? —preguntó ella por curiosidad—. ¿Mostrar sus reticencias y decirme que deberíamos hablar de ello en profundidad?
—Buscaría a un obispo y le obligaría a redactar una licencia especial, luego conseguiría que nos casara esta misma noche.
Ella agrandó los ojos con fingido horror.
—¿Qué me dice? ¿Casarme sin vestido de novia? ¿Sin damas de honor? ¿Sin flores?
—Ya has estado casada antes.
—¿Significa eso que tengo que haber satisfecho ya mi ansia por vestidos blancos y lirios del valle? Debo advertirle que las mujeres somos muy particulares con nuestras bodas, milord. Le vendrá bien saberlo en el caso de que decida declararse a otra dama en la próxima media hora.
Naruto cerró los dedos en torno a su mano.
—Vuelvo a preguntártelo: ¿sí o no?
—No sabe nada sobre mí. Podría tener un pasado sórdido.
—Lo sé todo sobre ti. —Su mirada se volvió lejana y le apretó la mano con más fuerza—. Tu apellido de soltera es Hyûga. Tu padre era japones y se vino a Inglaterra hace treinta años. Tu madre era hija de un terrateniente, que la desheredó cuando se casó con tu padre. Éste murió en la pobreza, dejándolos en la calle. Tu madre y tú acabaron en un asilo de beneficencia cuando tenías diez años.
Hinata le escuchó llena de asombro. No había mantenido en secreto su pasado ante la señora Barrington o Toneri, pero escucharlo de labios de un caballero de tan alta cuna como Naruto MacUzumaki era inquietante.
—Cielos, ¿todo esto es del dominio público?
—Le ordené a Shino que obtuviera información sobre ti. Tu madre murió cuando tenías quince años. Finalmente acabaron contratándote como maestra en ese mismo asilo. Cuando tenías diecinueve años, llegó un nuevo vicario al lugar, Toneri Õtsutsuki, se conocieron y se casaron al poco tiempo. Él murió de fiebres un año después. Más tarde, la señora Chiyo Barrington, de Belgrave Square, te contrató como acompañante.
Hinata parpadeó al ver su dramática vida expuesta en tan breves frases.
—¿Ese tal Shino es detective de Scotland Yard?
—Es mi ayuda de cámara.
—Oh, por supuesto… Su ayuda de cámara. —Hinata se abanicó con vigor—. Le prepara la ropa, le afeita e investiga el pasado de jóvenes a las que no conoce. Quizá debería advertir a sir Deidara sobre mí y no al revés.
—Quería saber si eres auténtica o no. Hinata no supo qué quería decir.
—Pues entonces ya tiene su respuesta. No soy precisamente un diamante en bruto, sino más bien un guijarro sin pulir.
Naruto le tocó un mechón de pelo que había caído sobre su frente.
—Eres auténtica.
La caricia provocó que se le acelerara el corazón y que una intensa sensación de calor inundara todas sus extremidades. Estaba sentado demasiado cerca y las yemas de sus dedos resultaban calientes a través de los guantes. Sería muy sencillo inclinar la cabeza hacia él y besarle.
—Su posición está muy por encima de la mía, milord. Si me casara con usted, la nuestra sería una unión desgraciada que jamás sería pasada por alto.
—Tu padre era vizconde.
—Oh, sí, me había olvidado de mi queridísimo padre.
Hinata conocía en profundidad la autenticidad del título de vizconde de su padre y lo bien que había desempeñado su papel.
Lord Naruto sostuvo una mecha entre los dedos y lo envolvió alrededor. Lo soltó de nuevo, sin detener la mirada más que un breve instante en ningún lugar. De nuevo lo sostuvo y lo envolvió en su dedo y observó cómo se rizaba. Repitió el gesto una vez más. La concentración que mostraba la ponía nerviosa; la cercanía de su cuerpo la enervaba todavía más. Pero sin embargo, su lascivo cuerpo respondía a él.
—Acabará deshaciendo mi peinado—dijo—. Mi doncella se sentirá muy decepcionada. Naruto parpadeó, luego llevó de nuevo la mano al brazo de la silla con rigidez, como si tuviera que forzarse a hacerlo.
—¿Amabas a tu marido?
Aquel extraño encuentro con lord Naruto era el tipo de situación de la que se habría reído con Toneri. Pero su marido ya no estaba con ella desde hacía años, ahora se encontraba sola.
—Con toda mi alma.
—No espero amor de ti. No podría corresponderte.
Hinata comenzó a mover el abanico con el corazón desbocado para aliviar el súbito calor que se apoderó de sus mejillas.
—Eso no es muy halagador, milord. A las mujeres no nos gusta oír decir a un hombre que no va a enamorarse de nosotras. Preferimos creer que seremos objeto de devoción eterna.
Akatsuki le había dicho que siempre sentiría devoción por ella. La arrugada nota le ardió en la mano.
—No, no sería posible. No puedo amar.
—¿Perdón? —«¿Cuántas veces había dicho esa palabra esta noche?»
—Soy incapaz de amar. No te mentiré al respecto.
Hinata se preguntó qué era más desolador, si las propias palabras o el tono lacónico de su voz cuando las decía.
—Quizá eso sea porque no ha conocido aún a la mujer adecuada, milord. Todo el mundo se enamora tarde o temprano.
—He tenido algunas amantes, pero jamás las he amado.
Hinata se ruborizó.
—Milord, me resulta incoherente. Si no quiere mi fortuna ni mi amor, ¿cuál es la razón por la que desea casarse conmigo?
Naruto alargó la mano hacia el mechón otra vez como si no lograra contener el impulso.
—Quiero acostarme contigo.
Hinata supo en ese instante que ella no era realmente una dama y que nunca lo sería. Una dama de verdad se habría desmayado en la silla o gritado hasta hacer caer el techo del teatro. Pero ella se limitó a inclinarse hacia Naruto, en una actitud casi provocativa.
—¿De verdad?
Él tomó más mechones entre los dedos, deshaciendo el trabajo de la doncella.
—Has estado casada con un vicario. Eres una mujer respetable que cree en el matrimonio. Si no fuera así, te propondría otro tipo de arreglo.
Hinata contuvo el deseo de frotar la cara contra el guante masculino.
—No sé si le he entendido bien. Quiere llevarme a la cama, pero como he sido una respetable señora casada, ¿considera que tenemos que pasar por la vicaría para conseguirlo?
—Sí.
Ella emitió una risa medio histérica.
—Mi querido lord Naruto, ¿no cree que eso es un poco exagerado? Y después de haberme llevado a la cama, ¿seguiría casado conmigo?
—Pienso acostarme contigo más de una vez.
En sus labios incluso sonaba lógico. La profunda voz se colaba entre sus sentidos; tentándola, encontrando a la apasionada mujer que había descubierto hacía tiempo que le gustaba acariciar el cuerpo de un hombre y recibir el mismo tipo de tratamiento en el suyo.
Se suponía que las damas no disfrutaban del sexo o, al menos, eso le habían dicho. Toneri siempre consideró que no se trataba más que de disparates y le había enseñado lo que una mujer podía sentir. Si no lo hubiera hecho, meditó, quizá no se encontraría allí sentada, en un estado de pura efervescencia por el deseo que sentía por lord Naruto MacUzumaki.
—¿Se da cuenta, milord, de que estoy comprometida con otro hombre? Sólo tengo su palabra de que él es un mujeriego.
—Te daré tiempo para hacer averiguaciones respecto a Akatsuki y para poner en orden tus asuntos. ¿Prefieres vivir en Londres o en mis propiedades en Escocia?
Hinata lo único que quería era echar la cabeza hacia atrás y reírse a mandíbula batiente. Aquello era demasiado absurdo y, al mismo tiempo, patéticamente tentador. Naruto era un hombre atractivo y ella estaba sola. Era lo suficientemente rico como para que no le importara su fortuna y no ocultaba que quería disfrutar con ella de los placeres carnales. Pero si era cierto que sabía poco sobre Deidara Akatsuki, no era menos cierto que no sabía nada sobre Naruto MacUzumaki.
—Estoy muy intrigada —logró decir—. Una advertencia amistosa sobre sir Deidara es una cosa, pero ofrecerme matrimonio sólo unos minutos después, es otra. ¿Siempre toma las decisiones con tanta rapidez?
—Sí.
—¿Una cuestión de, «si hay que hacerlo, cuanto antes mejor»?
—Puedes rechazarme.
—Creo que debería.
—¿Porque estoy loco?
Ella emitió otra risita entrecortada.
—No. Porque su proposición me resulta demasiado atractiva y porque he bebido whisky y debería regresar con sir Deidara y su tía.
Se levantó con un susurro de faldas, pero lord Naruto la cogió de la mano.
—No te vayas.
Era una orden, no una súplica. Pero aquellas firmes palabras debilitaron sus rodillas y se sentó otra vez. Hacía calor allí y la silla era muy cómoda.
—No debería quedarme.
Él le apretó la mano con la suya.
—Disfruta de la ópera.
Hinata se obligó a mirar hacia el escenario, donde la soprano cantaba con pasión sobre su amante perdido. En la cara de la prima donna brillaban las lágrimas y ella se preguntó si la mujer estaría pensando en lord Yahiko MacUzumaki.
Quienquiera que fuera el objeto de sus pensamientos, las notas del aria flotaban vibrantes en el aire.
—Es preciosa —susurró Hinata.
—Puedo tocar esta pieza nota por nota —dijo Naruto, calentándole la oreja con su aliento—, pero no puedo capturar su alma.
—Oh. —Ella apretó su mano, dejando que fluyera la pena que sentía en su interior.
Era casi como si le hubiera dicho «Enséñame a sentirla como tú».
Pero él sabía que aquello era imposible. Pensó que esa mujer era como una porcelana rara, una delicada belleza con un corazón de acero. La porcelana barata se convertía en polvo o se rompía, pero las mejores piezas sobrevivían hasta llegar a las manos de un coleccionista que cuidaría de ellas.
Hinata cerró los ojos para escuchar; los tentadores mechones de su pelo temblaron en su frente. A él le gustaba tocarle el cabello, era sedoso como las hebras de un tapiz.
La soprano elevó la voz alargando otra cristalina nota final. Vio que Hinata aplaudía espontáneamente, sonriendo, con las mejillas ruborizadas de placer. Menma y Yahiko le habían enseñado a aplaudir cuando acababa un aria, pero jamás entendió por qué debía hacerlo. Hinata no parecía tener problemas para ello y respondía al goce que le transmitía la música.
Cuando la vio mirarle con aquellos ojos perlas llenos de lágrimas, Naruto se inclinó y la besó.
Ella se puso rígida y llevó las manos a sus hombros para empujarle, pero en cambio, acabó apoyando las manos en él antes de rendirse con un suave murmullo.
Él necesitaba sentirla bajo su cuerpo esa noche. Quería observar cómo sus ojos se suavizaban por el deseo, cómo sus mejillas se sonrojaban por el placer. Quería frotar el dulce brote entre sus piernas para que se mojara por él. Anhelaba sumergirse en ella hasta encontrar la liberación y, entonces, volver a comenzar desde el principio.
Despertarse con la cabeza de Hinata en su almohada y besarla hasta que abriera los ojos. Le llevaría el desayuno a la cama y admiraría su sonrisa mientras ella comía de su mano.
Le pasó la lengua por el labio inferior. Sabía a miel y whisky; dulce y picante a la vez. Notaba el pulso de la joven bajo la punta de los dedos, su respiración como agua hirviendo sobre la piel. Quería sentir ese cálido aliento en su pene, que se había endurecido por ella. Quería que le acariciara allí con la boca igual que le acariciaba ahora los labios.
Ella deseaba eso tanto como él… No se alejaba como una joven inexperta. Hinata Õtsutsuki sabía lo que era estar con un hombre y le gustaba. El cuerpo de Naruto palpitó al imaginar las posibilidades.
—Deberíamos detenernos —susurró ella.
—¿Quieres detenerte?
—Ahora que lo menciona, no mucho.
—Entonces, ¿por qué deberíamos hacerlo? —Le rozó los labios con los suyos mientras hablaba. Ella notó el firme roce, paladeó el gusto a whisky de su lengua, la aspereza de la barbilla. Él tenía una boca muy masculina, unos labios firmes y dominantes.
—Estoy segura de que existen docenas de razones por las que deberíamos detenernos. Pero le confieso que en este momento en concreto no se me ocurre ninguna.
Él la acarició con dedos firmes.
—Ven conmigo a casa esta noche.
Hinata lo deseaba. Oh, claro que quería. Una sensación de alegría la recorrió como un relámpago, un palpitante dolor que había pensado que no volvería a sentir otra vez.
—No puedo —casi gimió.
—Claro que puedes.
—Deseo… —Hinata imaginó los titulares a toda plana en los periódicos del día siguiente, difundiendo la noticia por todo Londres. «Heredera abandona a su prometido para iniciar un sórdido romance con lord Naruto MacUzumaki». Los orígenes de Hinata eran bastante turbios, ¿sorprendería a alguien aquella noticia? Dirían que se trataba de la fuerza de la sangre e irían todavía más lejos: «¿Acaso su madre era mejor?»
—Puedes —repitió Naruto con firmeza.
Hinata cerró los ojos para intentar contener la dulce tentación.
—Deje de decirme eso.
La puerta del palco se abrió con un fuerte ruido y el lugar se vio inundado por el brusco y atronador sonido de los aplausos del público.
—¡Maldita sea, Naruto! Se suponía que tenías que encargarte de Konohamaru. Está jugando otra vez a los dados con los cocheros, y sabes que siempre pierde.
Continuará...
