La Locura del Lord


3| Vamos a París


Un hombre parecido a Naruto entró en el palco. Era todavía más alto que Naruto pero con el cabello anaranjado, y ojos azules oscuros. En su mejilla derecha había una profunda cicatriz; parecía haber sido causada por un cuchillo hacía mucho tiempo. Era fácil imaginar a ese hombre peleándose con los puños o con cuchillos, como un matón. No tuvo ningún problema para inmovilizarla con una penetrante mirada.

—Naruto, ¿quién demonios es esta mujer?

—La prometida de Deidara Akatsuki —respondió Naruto.

El hombre clavó con asombro los ojos en Hinata antes de estallar en carcajadas. La risa era tan abrumadora como él, retumbante y profunda. Algunas personas del público le miraron con irritación.

—Bien por ti, Naruto. —El hombre dio una palmada a su hermano en la espalda—. Así que le estás birlando la prometida a Akatsuki. Bueno, le haces un gran favor a la muchacha. —Examinó a Hinata con atrevimiento—. No deberías casarte con Akatsuki, cielo —le aseguró—. Es un degenerado.

—Parece que lo sabe todo el mundo menos yo —dijo Hinata en voz baja.

—Ese sucio bastardo está desesperado por pertenecer al círculo de amistades de Nagato. Cree que nos caerá mejor si nos cuenta que disfruta reviviendo los días en que le zurraban en el colegio. Estarás mejor sin él, muchacha.

Hinata apenas podía respirar. Debería salir pitando de allí como alma que lleva el diablo, no quedarse a oír cosas que ninguna dama debería escuchar, pero Naruto todavía le sostenía la mano con firmeza. Además, no intentaban confortarla diciendo banalidades ni mentiras piadosas. Podían estar haciendo todo eso para separarla de Akatsuki pero, ¿por qué demonios iban a hacer tal cosa?

—Naruto nunca se acordará de presentarnos —aseguró el hombre—. Yo soy Yahiko, ¿y tú?

—La señora Õtsutsuki —tartamudeó Hinata.

—No pareces muy segura de ello.

Hinata se abanicó.

—Bueno, lo era cuando entré aquí.

—Si eres la prometida de Akatsuki, ¿por qué estás aquí besando a Naruto?

—Eso mismo me pregunto yo.

—Yahiko —intervino Naruto. La palabra resonó sobre el murmullo del público que esperaba el inicio del siguiente acto. El espectáculo no estaba ahora en el escenario, sino en el palco de los MacUzumaki—. Cállate.

Yahiko miró fijamente a su hermano. Luego arqueó las cejas y se dejó caer en una silla al otro lado de Hinata. Sacó un cigarro de la caja cercana y encendió una cerilla.

«Un caballero debe pedir permiso a una dama antes de fumar», las palabras de la señora Barrington resonaron en su cabeza. Pero ni Yahiko ni Naruto parecían seguir las rígidas reglas sociales de su empleadora.

—¿No ha dicho que alguien llamado Konohamaru estaba jugando a los dados con los cocheros? —preguntó Hinata.

Yahiko acercó la llama a la punta del cigarro y aspiró.

—Konohamaru es mi hijo. No le pasará nada si no hace trampas.

—Debería irme a casa. —Hinata intentó levantarse de nuevo, pero la mano de Naruto en su brazo la detuvo.

—No con Akatsuki.

—No. Claro que no. No quiero volver a verle. Yahiko se rio entre dientes.

—Es una mujer inteligente, Naruto. Puedes regresar a tu casa en mi carruaje.

—No —intervino Hinata con rapidez—. Le ordenaré a un mozo que me busque un cabriolé de alquiler.

Naruto presionó los dedos en los brazos de la silla.

—En un cabriolé, no. No, si vas sola.

—Subirme a un coche con ustedes sería el escándalo del año. Incluso aunque nos acompañaran los arzobispos de Canterbury y York.

Naruto la miró como si no supiera de qué hablaba. Yahiko echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—Por esta mujer bien vale la pena arriesgarse, Naruto —dijo, tras exhalar el humo del cigarro—. Pero tiene razón. Pediré un carruaje de alquiler y le diré a mi ayuda de cámara que la acompañe. Si puedo encontrarlo, claro está. Ha sido un error contratar a un gitano. Son difíciles de domar.

Hinata supo que Naruto no quería que se fuera sola; era patente en sus ojos. Pensó en cómo había jugado con sus mechones… Había sido tan posesivo con ella como Akatsuki con sus porcelanas chinas.

Haría averiguaciones sobre la información de la nota de Naruto. Enviaría al chismoso mayordomo de la señora Barrington a enterarse de todos los cotilleos que pudiera. Los hermanos MacUzumaki podían formar parte de una loca e improbable conspiración para arruinar a Akatsuki, pero tenía el horrible presentimiento de que decían la verdad.

En el escenario comenzó el siguiente acto con un arpegio. Naruto se frotó la sien como si le doliera la cabeza. Yahiko apagó el cigarro y abandonó ruidosamente el palco.

—¿Milord? ¿Se encuentra bien?

Naruto permaneció con la mirada perdida mientras seguía frotándose distraídamente la frente. Hinata le puso la mano en el brazo. Él no respondió, pero dejó de friccionarse la sien y puso una de sus enormes manos sobre la de ella.

Ella observó que no parecía seguir la trama que se desarrollaba en el escenario,

tampoco intentó continuar conversando ni volvió a besarla. Era como si su mente se hubiera desplazado a un lugar al que ella no tenía acceso. Sin embargo, su cuerpo seguía muy presente. Le apretaba la mano con fuerza. Hinata estudió el afilado perfil de su rostro, los pómulos altos, las marcas de bigotes que adornaban su rostro, la mandíbula cuadrada. A cualquier mujer le gustaría aferrarse a esos espesos cabellos cuando le abrazara en la cama. Se sintió ardiente y sudorosa mientras él continuaba con la mano apoyada pesadamente sobre la suya. Alargó el brazo y le apartó el pelo de la frente.

Naruto la miró. Por un instante la inmovilizó con los ojos. Luego, desplazó la vista aleatoriamente a otro lado. Hinata volvió a acariciarle el pelo. Él permaneció quieto bajo su roce, palpitando de tensión como un animal salvaje.

Permanecieron así, sentados. Hinata siguió alisándole ligeramente el pelo e Naruto se mantuvo inmóvil hasta que Yahiko regresó acompañado de un hombre de tez oscura. Yahiko miró a su hermano, sorprendido, y éste se levantó en silencio por lo que Hinata se vio obligada a dejar de tocarle.

Ella escudriñó el teatro antes de que Naruto la condujera afuera con rapidez, seguido de Yahiko. En otro palco, en el otro extremo de la sala, Akatsuki seguía conversando con lord y lady Beresford. No percibió la mirada de Hinata ni la vio marcharse.

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—¡MacUzumaki! Le mataré, ¿me oye?

Naruto cogió el cubo lleno de agua caliente y se lo echó por la cabeza y el pecho. Pensó en la mano de Hinata en su pelo, en sus dedos tranquilizadores. No le gustaba que le tocaran, pero con ella se había quedado paralizado, no le había importado que le acariciara. La imaginó rozándole el pelo mientras yacía a su lado en la cama, envuelto en su cálido aroma. Quería el exuberante cuerpo de Hinata entre sus sábanas, su pelo entre los dedos, sus ojos perlas entrecerrados por el placer. La deseaba con una profunda intensidad que no se había desvanecido ni un ápice desde que la vio e, incluso ahora, su miembro estaba rígido bajo el agua.

La molesta voz fuera de la habitación desbarataba aquella fantasía. Las amenazas se hicieron cada vez más fuertes y cercanas hasta que la puerta del cuarto de baño se abrió de golpe, revelando a Deidara Akatsuki, que intentaba zafarse de dos lacayos. Eran los muchachos escoceses que le servían en la casa que había alquilado en Londres y parecían estar deseando poner a prueba sus músculos.

Les miró indiferente y luego observó la musculosa pantorrilla que había apoyado sobre el borde de la bañera. Los lacayos soltaron a Akatsuki, pero se quedaron a un lado, por si acaso.

—Me robó ladinamente la taza, pero no tuvo suficiente con eso, ¿verdad, MacUzumaki? Hinata Õtsutsuki vale cien mil guineas, hombre. Cien mil.

Naruto estudió el vello que serpenteaba en su pierna.

—Vale mucho más que eso.

—¿Quiere decir que tiene todavía más dinero? —preguntó el idiota de Akatsuki—. Le demandaré. Le denunciaré por haberme quitado todo ese dinero de manera tan sibilina.

Naruto cerró los ojos para conjurar una imagen de Hinata.

—Escriba al abogado de Nagato.

—¿Ocultándose detrás de su hermano? Es usted un cobarde. Le arruinaré. Conseguiré que nadie le reciba en Londres. Correrá de vuelta a Inverness con el rabo entre las piernas, sodomizador de ovejas; cerdo escocés.

Los lacayos gruñeron al unísono. Akatsuki sacó un pequeño objeto del bolsillo y lo arrojó a la bañera. Este se hundió en el agua y serpenteó hasta el fondo donde se posó con un suave tintineo.

—Le demandaré también por eso.

Naruto le hizo una señal con la mano a los lacayos, esparciendo gotitas de agua en el suelo de mármol.

—Sacadle de aquí. —Los muchachos se volvieron hacia Akatsuki con rapidez, pero él se giró y salió por sus propios medios. Los dos lacayos le siguieron y, cuando ya habían desaparecido, Shino entró en el cuartito y cerró la puerta.

—Puff —dijo el ayuda de cámara, poniéndole un paño en la frente—. Pensé que le iba a disparar.

—No, aquí no. Lo haría por la espalda en un callejón oscuro.

—Quizá debería alejarse de aquí por un tiempo, jefe.

Naruto no respondió. Pensaba en la corta nota de la señora Õtsutsuki que había recibido esa tarde.

Milord, le agradezco profundamente su amable intervención. Me salvó de dar un paso que, a la larga, me habría provocado un profundo pesar. Como sin duda podrá leer pronto en los periódicos, el compromiso matrimonial entre Akatsuki y yo ha quedado disuelto.

También quiero agradecer su propuesta de matrimonio, cuyo propósito fue, sin duda, salvar mi reputación. Por eso sé que no se ofenderá, y que entenderá perfectamente que rechace su noble oferta. Es mi deber.

He decidido dar uso a la fortuna que el destino me otorgó. Cuando reciba la presente, estaré rumbo a París con una acompañante. Tengo la intención de aprender dibujo, una habilidad que siempre he deseado dominar.

Gracias de nuevo por su bondad y sus consejos.

Suya sinceramente,
Hinata
Õtsutsuki.

—Nos vamos a París —informó a Shino. El ayuda de cámara parpadeó.

—¿En serio, jefe?

Naruto cogió el objeto que Akatsuki había tirado en la bañera: una estrecha alianza de oro con diminutos diamantes.

—Akatsuki es un tacaño. Ella se merece un anillo más ancho y lleno de perlas como sus ojos.

Sintió la mirada de Shino clavada en él.

—Lo que usted diga, milord. ¿Hago el equipaje?

—Nos iremos dentro de unos días. Antes tengo que ocuparme de un asunto.

Shino esperó a que Naruto le indicara de qué asunto se trataba, pero su señor se había puesto a estudiar el anillo en silencio. Le vio quedarse absorto, contemplando el destello de cada faceta de los diminutos diamantes, hasta que el agua se enfrió y él tiró del tapón de la bañera.

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Ao Fellows se detuvo ante la campanilla de la casa de sir Deidara Akatsuki, en Park Lane. Se recordó a sí mismo que, tras su reciente ascenso, era detective inspector; había dejado de ser sargento a pesar de la determinación de su anterior jefe porque no fuera así. Y ahora que éste se hallaba disfrutando de una tranquila jubilación, el nuevo ocupante del cargo había decidido que se merecía ser algo más que un mero sargento.

Sin embargo, había corrido a Park Lane arriesgándose a encender las iras de su nuevo superior tras leer la nota que Akatsuki le había enviado; una nota que quemó antes de abandonar la oficina preso de una creciente excitación.

No se había molestado en mencionarle a su jefe adonde iba.

Le interesaba todo lo que se refiriera a los MacUzumaki, y se dijo para sus adentros que no importaba no haberlo dicho. Ojos que no ven…

Había rechinado los dientes por la lentitud con la que se movió el cabriolé de alquiler hasta que al fin se encontró ante el umbral de la mansión.

Un estirado mayordomo con la nariz alzada atendió la puerta y le condujo a una sala de espera. Alguien se había dedicado a llenar la estancia de mesas con faldones y valiosas obras de arte, incluyendo algunos marcos de plata con imágenes de personas más tiesas que estacas.

La salita parecía proclamar «aquí hay dinero»; como si estar en Park Lane no se lo hubiera insinuado ya. Fellows sabía, sin embargo, que sir Deidara Akatsuki estaba pasando apuros económicos. Las inversiones de Akatsuki habían sido muy desafortunadas y necesitaba una gran inyección de efectivo para solucionar su falta de liquidez. Había estado a punto de casarse con una viuda rica, lo que le hubiera impedido caer en la bancarrota, pero un par de días antes habían publicado una nota en el periódico anulando el compromiso. Akatsuki debía de haberlo lamentado mucho.

El mayordomo que le condujo allí regresó al cabo de media hora y le guio hasta una enorme sala, al otro lado del vestíbulo, con más mesas con faldones, objetos valiosos y fotografías en marcos de plata.

Akatsuki —un hombre rubio y atractivo al que los franceses describirían diciendo que tenía buena planta— le recibió tendiéndole la mano.

—Un placer verle, inspector. No le ofreceré asiento porque, imagino que en cuanto escuche lo que tengo que decirle, saldrá corriendo a hacer un arresto.

Ao ocultó su irritación, odiaba que la gente le dijera cómo debía hacer su trabajo. El ciudadano de a pie solía adquirir sus conocimientos sobre Scotland Yard en las novelas o los periódicos, que no eran ni de lejos muy precisos.

—Dígame lo que sucede, sir —dijo Ao.

—Lord Naruto MacUzumaki se ha marchado a París esta mañana temprano. Se lo dijo a mi mayordomo un lacayo que sale con una chica que trabajó en las cocinas de lord Naruto. ¿No le parece interesante?

Fellows intentó ocultar su impaciencia. Sabía que Naruto MacUzumaki se había marchado a París, porque era su trabajo saber exactamente qué estaba haciendo lord Naruto MacUzumaki en todo momento. No tenía ningún interés en cotilleos del servicio, pero respondió de todas maneras.

—Sí, es cierto.

—¿Se ha enterado del asesinato que ocurrió anoche en Covent Garden? — preguntó Akatsuki lentamente.

Por supuesto que conocía los hechos. No era uno de sus casos, pero le habían informado al respecto esa mañana temprano. Habían hallado el cuerpo de una mujer en la habitación de una pensión cerca de la iglesia. Había sido apuñalada hasta morir con unas tijeras de costura.

—Sí, he oído hablar de ello.

—Sabe, por casualidad, ¿quién estuvo anoche en esa casa? —Akatsuki esbozó una sonrisa triunfal—. Naruto MacUzumaki, por supuesto.

El corazón de Fellows se aceleró y la sangre le hirvió en las venas como cuando hacía el amor con una mujer.

—¿Cómo sabe eso, sir?

—Le seguí. Esos malditos MacUzumaki piensan que pueden hacer lo que quieran y salir indemnes de cualquier situación.

—¿Le siguió? ¿Por qué razón, sir? —Ao mantuvo un tono calmado, pero le resultaba difícil respirar. «Por fin, por fin».

—El porqué no importa. ¿Le interesa enterarse de más detalles?

Ao sacó un cuaderno de apuntes del bolsillo del abrigo, lo abrió y rescató un lápiz del mismo lugar.

—Dígame.

—MacUzumaki se subió a su carruaje de madrugada y se trasladó a Covent Garden. Se detuvo en la esquina de un callejón, el vehículo era demasiado ancho para pasar por allí. Se dirigió a pie a la calleja, entró en una casa en la que permaneció unos diez minutos y luego salió. Después le vi encaminarse a la estación Victoria y tomar el primer tren. Cuando regresé a casa me enteré por mi mayordomo de que MacUzumaki había partido hacia Francia. Fue justo antes de que abriera el periódico de la mañana y leyera la noticia del asesinato. Fue cuestión de sumar dos más dos. Decidí que sería mejor comunicárselo a la policía.

Akatsuki resplandecía como un petulante y orgulloso alumno. Fellows digirió la información y la comparó con la que ya conocía.

—¿Cómo sabe que lord Naruto entró en la misma casa donde se cometió el asesinato?

Akatsuki metió la mano en la chaqueta y sacó una hoja de papel.

—Apunté la dirección a donde le seguí. Me preguntaba a quién estaría visitando. Supongo que a su amante. Quería darle la información a la señora… A otra persona.

Le tendió un papel. «St. Victor Court n° 23». La misma dirección en la que una prostituta llamada Lily Martin había sido hallada muerta esa mañana temprano.

Ao intentó contener la excitación mientras guardaba el papel entre las páginas de la libreta. Llevaba cinco años intentando sentar a Naruto MacUzumaki en el banquillo de los acusados y quizá ahora lo consiguiera.

Intentó tranquilizarse. Tenía que atar todos los cabos cuidadosamente. No cometer ningún error, comprobar cada prueba hasta que no cupiera la más mínima duda. Cuando le presentara las evidencias a su jefe, tenía que ser algo que sus superiores no descartaran sin más. Algo imposible de ignorar y ocultar a pesar de lo mucho que presionara el duque de Rasengan.

—Por favor, sir, si no le importa, mantenga en privado esta información. Y no se preocupe, investigaré a fondo el asunto, pero no quiero que corra ningún rumor. ¿De acuerdo?

—Por supuesto, por supuesto. —Akatsuki se dio un toquecito en la nariz y le guiñó el ojo—. Soy su hombre.

—¿Por qué le siguió? —preguntó Ao abriendo de nuevo el cuaderno de apuntes y empuñando el lápiz.

Akatsuki cerró los puños dentro de los bolsillos.

—Es un asunto personal.

—¿Tiene algo que ver con la ruptura de su compromiso con la señora Õtsutsuki?

Que, casualmente, también se había marchado a París. Fellows también había vigilado a Akatsuki.

Sir Deidara se puso como la grana.

—El muy tunante me la birló delante de mis narices, llenándole la cabeza de mentiras. Ese hombre es una serpiente.

Lo más probable es que la dama se hubiera enterado de la inclinación de Akatsuki por rememorar las zurras escolares y demás castigos corporales. Ao se había enterado de que mantenía a varias mujeres en una casa para recibir ese tipo de tratamiento. Al inspector le gustaba ser minucioso en sus investigaciones.

Sir Deidara apartó la mirada.

—Es algo que no me gustaría que se hiciera de dominio público. Los periódicos…

—Entiendo, sir. —Fellows imitó el gesto de Akatsuki y se tocó la nariz—. Quedará entre nosotros.

Con la cara todavía roja, Akatsuki asintió con la cabeza. Fellows salió de allí con rapidez. Luego regresó a Scotland Yard y pidió un permiso. Tras cinco largos años, veía por fin una grieta en la armadura que protegía a la familia MacUzumaki. Metería el dedo hasta el fondo y rompería la coraza por completo.

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—Vaya, ¡qué rabia! —Hinata acercó el periódico a la ventana para tener más luz, pero las diminutas letras no habían cambiado.

—¿Qué ocurre, señora?

Su recién contratada acompañante, Sâra Sullivan, una joven irlandesa que había crecido en la diócesis de su marido, levantó la vista de los guantes y los lazos que habían comprado en una tienda de moda parisiense:

Hinata lanzó el periódico al suelo y cogió la bolsa con el material de pintura.

—Nada importante. ¿Vamos?

Sâra fue en busca de la capa y la sombrilla, mascullando entre dientes.

—Y ahora, subiremos a esa colina para no hacer otra cosa que verla mirar un lienzo en blanco.

—Quizá hoy esté inspirada.

Hinata y Sâra abandonaron la pequeña casita que había alquilado y montaron en la calesa que habían enviado a buscar al lacayo. Podría haberse permitido un carruaje más grande con un cochero, pero ella tenía necesidades frugales. No le entraba en la cabeza mantener un carruaje extravagante si no lo necesitaba.

Condujo distraída, con las manos inquietas dentro de los guantes, para irritación del caballo y de Sâra.

El periódico que había estado leyendo era el Telegraph de Londres. Acostumbraba a leer también la prensa de París, pero le gustaba mantenerse al día sobre lo que ocurría en casa. Lo que le había irritado era leer una noticia sobre lord Naruto y lord Yahiko MacUzumaki: al parecer éstos casi habían llegado a los puños en un restaurante a causa de una mujer. La mujer en cuestión era una famosa soprano, la misma que había encandilado a Hinata en el Covent Garden la semana anterior. Muchos testigos del acontecimiento se lo habían relatado al periodista con regocijo.

Hinata agitó las riendas con impaciencia y el caballo levantó la testuz. Aunque no lamentaba haber declinado la propuesta de lord Naruto, le molestaba un poco que hubiera discutido airadamente con su hermano por aquella soprano pechugona poco después de que ella le hubiera rechazado. Le habría gustado que se sintiera, por lo menos, un poco apenado.

Intentó olvidarse del asunto y se concentró en las maniobras a través de los amplios boulevares de París que conducían hasta las desordenadas calles de Montmartre. En lo alto de la colina se toparon con un niño que se quedó mirando boquiabierto al caballo y la calesa, pero Hinata continuó hasta un pequeño campo que le gustaba, con los gruñidos de Sâra de fondo.

Montmartre tenía un aire a pueblecito, con calles estrechas y sinuosas, galerías con ventanas llenas de flores de verano y árboles por todos lados. Era muy diferente de las vastas avenidas y los enormes parques del centro de París. Hinata comprendía muy bien por qué los artistas y sus modelos se reunían allí, donde además los alquileres estaban muy baratos.

Hinata colocó su caballete en el lugar de costumbre y se sentó antes de apoyar el lápiz sobre el papel en blanco. Sâra se dejó caer en el banco junto a ella y se puso a mirar con indiferencia a los artistas, a los que se creían artistas y al resto de caballetes que cubrían las calles.

Aquél era el tercer día que se dirigía allí para estudiar las vistas de París. El tercero en que su lienzo permanecía en blanco. Se había dado cuenta de que no tenía ni idea de dibujo después de que su entusiasmo inicial la hubiera llevado a comprar lápices, pinceles, lienzos e, incluso, un caballete. A pesar de ello, había seguido subiendo a la colina cada tarde cargada con todo su equipo. Aunque no sirviera para nada más, Sâra y ella harían ejercicio.

—¿Cree que esa mujer es una modelo? —preguntó Sâra, señalando con la cabeza a una preciosa joven de pelo violeta que se paseaba con otras damas al otro lado de la calle.

La mujer llevaba un vestido pálido con una sobrefalda transparente, que se recogía en la cintura para dejar al aire una enagua llena de cintas. El sombrerito había sido elegido con muy buen gusto y estaba decorado con flores que caían provocativamente sobre los ojos de su dueña. La sombrilla hacía juego con el vestido y estaba inclinado en el ángulo correcto.

Resultaba tan atractiva que las cabezas se volvían cuando pasaba. Hinata llegó a la conclusión, con una cierta envidia, de que no era algo que la mujer buscara a propósito. Toda ella resultaba seductora. Era, simplemente, un regalo para la vista.

—No sabría decirte —respondió Hinata tras observarla durante un rato—, pero desde luego, es muy guapa.

—Me gustaría ser lo suficientemente hermosa como para ser modelo —suspiró Sâra—. No es que fuera a serlo, claro; mi madre se revolvería en la tumba. Una mujer tiene que ser espantosamente pervertida para quitarse la ropa y dejar que la pinten en cueros.

—Quizá. —La mujer desapareció por la esquina con su grupo de amigas y la perdieron de vista.

—¿Y qué me dice de ese hombre? Parece un artista.

Hinata desvió la vista hacia donde Sâra le indicaba y se quedó paralizada. El hombre no había llevado caballete, tenía el pie apoyado en un banco y observaba malhumoradamente cómo un nervioso joven lanzaba pegotes a un lienzo. Tenía el pelo oscuro, la mandíbula cuadrada y dura y los hombros muy anchos y atractivos.

Hinata volvió a respirar cuando se dio cuenta de que el hombre en cuestión no era lord Naruto MacUzumaki. Sin embargo, se parecía muchísimo a él: los mismos rasgos angulosos, el mismo aire de poder, la misma mandíbula terca. Pero el pelo de aquel individuo era oscuro, tras haber depositado el sombrero a su lado.

Definitivamente se trataba de otro MacUzumaki. Había leído en algún sitio que Nagato, el duque de Rasengan, había viajado a Roma por un asunto del gobierno. Y había conocido a lord Yahiko MacUzumaki en Londres, así que, siguiendo el proceso de eliminación, debía de tratarse de lord Menma, el famoso artista.

Como si hubiera sentido su escrutinio, él giró la cabeza y la miró fijamente.

Hinata se sonrojó y bajó la vista al papel en blanco. Conteniendo la respiración, llevó el lápiz al lienzo y dibujó una línea con torpeza. Se concentró en aquella línea y la estudió, hasta que una sombra cayó sobre la tela.

—No haga eso —retumbó una voz profunda.

Hinata dio un respingo y levantó la vista para toparse con un chaleco de seda y una corbata anudada con descuido, deslizó la mirada más arriba hasta encontrarse con unos ojos casi iguales a los de Naruto. La diferencia fundamental era que esta mirada estaba totalmente concentrada en ella en vez de ser elusiva como un rayo de sol.

—Está sosteniendo mal el lápiz. —Lord Menma cubrió la mano enguantada de Hinata con la suya y la obligó a colocar el lápiz de otra manera.

—Me siento torpe.

—Ya se acostumbrará. —Menma se sentó a su lado, ocupando cada centímetro libre del asiento—. Permítame enseñarle.

Él movió su mano sobre el papel, sombreando la línea que ella había dibujado, hasta que pareció una de las ramas del árbol que tenían enfrente.

—Asombroso —dijo ella—. Le diré que jamás había recibido una lección de pintura.

—Entonces, ¿qué hace aquí con un caballete?

—Pensé que tenía que intentarlo.

Menma arqueó las cejas, pero siguió sosteniendo su mano con la de él y la ayudó a dibujar otra línea más.

Hinata se dio cuenta de que estaba coqueteando con ella. Se encontraba sola con una acompañante, había clavado la mirada en él sin disimulo y estaban en París. Lord Menma debía de haber pensado que quería mantener una relación con él, pero lo último que necesitaba era una proposición de otro MacUzumaki.

Ya imaginaba los periódicos comentando la noticia de Menma y Naruto luchando por conseguirla.

Pero la mano que sostenía la suya no provocaba en ella la misma sensación ardiente y escalofriante que la de su hermano. Hinata soñaba con los labios pausados y sensuales de éste cada noche y se despertaba excitada y sudorosa, enredada entre las sábanas, con el cuerpo palpitante de deseo.

Lanzó a Menma una mirada de soslayo.

—Conocí a su hermano pequeño en el Covent Garden la semana pasada.

Menma la miró brevemente.

—¿De verdad?

—Sí, me hizo un gran favor. También conocí brevemente a lord Yahiko.

Menma entrecerró los ojos.

—¿Le hizo un gran favor?

—Impidió que cometiera un gran error.

—¿Qué clase de error?

—Nada que desee discutir en Montmartre.

—¿Por qué no? Y, ¿quién demonios es usted?

Sâra se apoyó en el lado contrario de Hinata.

—Bueno, ¡menudo descaro!

—Cállate, Sâra. Soy la señora Õtsutsuki. Menma la miró con el ceño fruncido.

—Jamás he oído hablar de usted. ¿Cómo logró conocer a mi hermano?

Sâra clavó en Menma una franca mirada irlandesa.

—Mi señora es una heredera, eso es lo que es. Y una dama demasiado educada para quitarse de encima a los moscones que se atreven a abordarla en plena calle.

—Sâra —la amonestó Hinata quedamente—. Perdone, milord.

Menma desplazó la vista hasta Sâra durante un momento y luego volvió a mirar a Hinata.

—¿De verdad que Naruto hizo eso?

—Me fue presentado como lord Naruto MacUzumaki —añadió Hinata—. Supongo que podría tratarse de un impostor con un excelente disfraz, pero no lo creo. —Menma no pareció impresionado por su sentido del humor—. Jamás me miró directamente a los ojos.

Menma le soltó la mano y la tensión pareció evaporarse.

—Ese es mi hermano.

—¿No acaba de decírselo? —intervino Sâra.

Menma apartó la mirada y se dedicó a estudiar a los paseantes y a los artistas sin parecer consciente de lo que veía. Cuando volvió a mirar a Hinata, ésta notó, alarmada, que tenía los ojos húmedos.

—Tranquilice a su terrier, señora Õtsutsuki. Me ha dicho que no sabe dibujar, ¿le gustaría que le enseñara?

—¿Como premio a mi sinceridad?

—Me serviría de entretenimiento. Ella le miró sorprendida.

—Todo el mundo quiere poseer uno de sus cuadros, ¿por qué perdería el tiempo dando lecciones a una novata como yo?

—Por la novedad que supondría. París me aburre.

—Yo lo encuentro muy excitante. Si le aburre, ¿por qué está aquí? Menma encogió los hombros en un gesto igual al de Naruto.

—Cuando uno es artista, viene a París.

—Sí, en efecto, ¿verdad?

A él le palpitó un músculo en la mejilla ignorando aquella réplica insolente.

—Me gusta descubrir el talento de la gente y darle un empujoncito.

—No poseo talento alguno.

—Incluso aunque así fuera.

—De paso tendría la oportunidad de descubrir por qué lord Naruto se ha fijado en mí —sugirió ella.

Menma esbozó una amplia sonrisa. Una tan deslumbrante, que Hinata imaginó que la mayoría de las mujeres caerían rendidas a sus pies.

—¿Me cree capaz de hacer tal cosa, señora Õtsutsuki?

—Creo que sí, milord. Muy bien, acepto.

Menma se levantó y recuperó el sombrero de donde lo había dejado caer.

—Esté aquí mañana a las dos, si no llueve. —Hizo un gesto con el sombrero en dirección a Hinata y lo acompañó de una breve reverencia—. Tenga usted buenos días, señora Õtsutsuki. Y su terrier.

Se caló el sombrero y se alejó, con el abrigo meciéndose con cada zancada. Todas las cabezas femeninas se giraron a su paso.

Sâra se abanicó con el bloc de bocetos de Hinata.

—Un hombre atractivo, sin duda. Incluso aunque sea un grosero.

—Admito que es interesante —dijo Hinata.

No sabía por qué aquel hombre quería saber más de ella, pero Hinata tenía intención de utilizarle para averiguar todo lo que pudiera sobre lord Naruto.

«Eres demasiado curiosa, Hinata, mi niña», le había dicho a menudo la señora Barrington, añadiendo que era un rasgo muy poco atractivo en una señorita.

Hinata estaba de acuerdo con ella. Se había prometido a sí misma no tener nada más que ver con la familia MacUzumaki y, allí estaba, citándose con lord Menma con la esperanza de saber más cosas acerca de su hermano menor. Sonrió al pensar en la anticipación con la que esperaría que llegara la tarde siguiente.

Pero cuando Hinata apareció en Montmartre al día siguiente, con el sol brillando en lo alto del cielo y los relojes marcando las dos, a lord Menma no se le veía por ninguna parte.

Continuará...