La Locura del Lord
4| Melodías
—¿No se lo había advertido yo? —dijo Sâra después de un cuarto de hora—. Es un grosero.
Hinata intentó reprimir la decepción. Lo cierto era que quería mostrarse incondicionalmente de acuerdo con la doncella y decir algunas de las floridas frases que había aprendido en el asilo de beneficencia, pero se contuvo.
—Fue una tontería esperar que él se acordara de acudir a la cita. Darme lecciones de pintura debe ser un tema banal para él.
Sâra bufó.
—Usted es una dama. No es apropiado que la trate así. Hinata forzó una sonrisa.
—Si la señora Barrington me hubiera dejado sólo diez chelines, no me considerarías una dama.
Sâra hizo un gesto con la mano.
—Ni siquiera mi padre era tan grosero como este caballero, y le aseguro que estaba más tiempo borracho que sobrio.
Hinata, familiarizada con padres alcohólicos, no respondió. Volvió a mirar a su alrededor y vio a la hermosa joven sobre la que habían hecho conjeturas Sâra y ella el día anterior.
La dama la observó durante un buen rato desde debajo de la sombrilla con una expresión pensativa. Hinata le sostuvo la mirada con las cejas arqueadas. La joven hizo un gesto con la cabeza y se dirigió hacia ella.
—¿Puedo darle un consejo, querida? —preguntó cuando estuvo a su lado. Su acento era inglés y bien educado, no había nacido en el Continente. Tenía la piel pálida y la cara afilada. Su cabello se rizaba bajo el sombrero inclinado, y la observaba con unos enormes ojos violetas. Una vez más, Hinata fue consciente del atractivo de la mujer; poseía algo indefinible que atraía todas las miradas. La dama siguió hablando—. Si está esperando a lord Menma MacUzumaki, debo decirle que no es un hombre de fiar. Podría estar tumbado en un prado estudiando cómo galopan los caballos o subido a una torre para pintar el panorama. Imagino que se habrá olvidado de la cita que tenía con usted, pero así es Menma.
—¿Es un poco distraído? —inquirió Hinata.
—No es tan distraído como malhumorado. Menma hace lo que quiere en cada momento y he pensado que sería mejor que usted lo supiera.
Los pendientes de diamantes de la joven titilaron débilmente cuando se estremeció. Hinata la vio asir su sombrilla con tanta fuerza que temió que rompiera el delicado mango.
—¿Es usted su modelo? —Hinata no creía que lo fuera, pero estaban en París. Todo el mundo sabía que incluso las inglesas más respetables lanzaban al viento todas las convenciones en cuanto pisaban sus avenidas.
La mujer miró a su alrededor y se sentó junto a Hinata; justo en el mismo lugar que lord Menma había ocupado el día anterior.
—No, querida, no soy su modelo. Tengo la desgracia de ser su esposa.
Aquello se ponía cada vez más interesante. Lord Menma y lady Sumire estaban separados, enemistados, y su alejamiento público había sido un escándalo de los que hacen época. La señora Barrington había disfrutado de cada palabra que los periódicos habían publicado sobre el tema con malicioso regocijo.
Habían pasado ya tres años, pero lady Sumire acababa de mostrar una contenida inquietud y no había dudado en enfrentarse a una mujer que pensaba que se había citado con su marido.
—Lo ha interpretado mal —dijo Hinata—. Milord se ofreció a darme una lección de dibujo tras observar lo mal que lo hacía. Pero sólo mostró interés por mí después de que le dijera que era amiga de lord Naruto.
Sumire le lanzó una penetrante mirada.
—¿Naruto?
Parecía sorprender a todos que Naruto hubiera hablado con Hinata.
—Sí. Le conocí en la ópera.
—¿De verdad?
—Fue muy amable conmigo.
Ella arqueó las cejas.
—¿Habla en serio? ¿Sabe, querida, que Naruto se encuentra aquí?
Hinata lanzó una rápida mirada a su alrededor, pero no vio a ningún hombre alto con el pelo rubio y ojos azules.
—¿Dónde?
—Me refiero a que está aquí, en París. Llegó esta mañana. Seguramente ésa sea la razón por la que Menma no haya acudido a su cita. O no. Nunca se sabe con Menma. — Sumire miró fijamente a Hinata con renovado interés—. No es mi intención ofenderla, querida, pero no logro situarla. Estoy segura de que Naruto jamás ha hablado de usted.
—Soy la señora Õtsutsuki, pero supongo que mi nombre no significará nada para usted.
—Es una heredera —intervino Sâra—. La señora Barrington, de Belgrave Square, le dejó cien mil guineas y una enorme mansión.
Sumire esbozó una radiante sonrisa.
—Oh, usted es esa señora Õtsutsuki. Qué encantador placer…
Sumire se interrumpió para mirarla con ojo crítico antes de continuar.
—¿Ha venido sola a París? Oh, querida, eso no es nada adecuado. Debe permitirme que la cobije bajo mi ala. De acuerdo, mi propuesta es un poco inusual, pero estoy segura de que acabaremos todos encantados.
—Es muy amable, pero…
—Bueno, bueno, no sea tímida, señora Õtsutsuki. Debe permitir que la ayude. Venga a casa conmigo, podremos charlar y ponernos al día.
Hinata abrió la boca para protestar pero la cerró de inmediato. Los MacUzumaki habían despertado su curiosidad y, ¿qué mejor manera de averiguar cosas sobre Naruto que a través de su cuñada?
—De acuerdo —se apresuró a decir—. Me encantará.
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—Entonces, Naruto, ¿quién dices que es la señora Õtsutsuki?
Menma se apoyó sobre la mesa y elevó la voz por encima de las ásperas notas de la música. En el escenario, por encima de ellos, dos coristas vestidas con corsés y enaguas exhibían sus calzones y se zurraban en las nalgas al compás de la música.
Naruto dio una larga calada al cigarro y a continuación tomó un trago de brandy, disfrutando del contraste entre la acre punzada del humo y la suavidad del licor. Menma también había pedido una copa de brandy, pero él sólo fingía beber. Desde el día en que Sumire le había dejado, Menma no había probado una gota de alcohol.
—Es la viuda de un vicario de una parroquia del East End —respondió Naruto.
Menma clavó en él sus ojos azules.
—Estas tomándome el pelo.
—No.
Menma le observó durante un buen rato antes de negar con la cabeza y aspirar el humo de su cigarro.
—Pues parece muy interesada en ti. Me ofrecí a darle lecciones de pintura… Se las daré en cuanto termine este condenado lienzo. Mi modelo finalmente ha reaparecido esta mañana. Al parecer estaba saliendo con un artista y se había largado con él. Podría utilizar a otra, pero Cybele es perfecta.
Naruto no respondió. Sería muy fácil para él estar en el estudio cuando su hermano comenzara a darle lecciones a Hinata. Se sentaría cerca de ella y aspiraría su aroma, observaría el latir del pulso en su cuello y escucharía su suave voz mientras su propia piel se humedecía de sudor.
—Le pedí que se casara conmigo —dijo, provocando que Menma se atragantara con el humo del cigarro.
Alejó el puro de la boca.
—¡Maldita sea, Naruto!
—Me rechazó.
—Santo Dios. —Menma parpadeó—. Menos mal, a Nagato le hubiera dado una apoplejía.
Naruto recordó la brillante sonrisa de Hinata y su manera suave de hablar. Tenía una voz melodiosa.
—A Nagato le hubiera gustado.
Menma le lanzó una sombría mirada.
—¿Recuerdas lo que sucedió cuando me casé sin la real bendición de Nagato? Casi me dio una paliza.
Naruto tomó otro sorbo de brandy.
—¿Por qué debería de importarle a él si me caso o no?
—¿Cómo puedes preguntar eso? Gracias a Dios, está en Italia. —Menma entrecerró los ojos—. Me sorprende que no le hayas acompañado.
—No me necesitaba.
Nagato llevaba a menudo a Naruto a sus expediciones a Roma o España, no sólo porque Naruto era un genio y dominaba distintos idiomas, sino porque podía recordar cada frase dicha en el transcurso de una negociación. Si hubiera algún desacuerdo final, Naruto lo recordaría todo palabra por palabra.
—Eso quiere decir que ha ido a visitar a una mujer —adivinó Menma—. O que está metido en alguna aventura política de la que no quiere dar cuentas a nadie.
—Es posible. —Naruto nunca se rompía la cabeza con los asuntos de Nagato, sabía que podía no gustarle lo que se encontrara.
Sus pensamientos se desviaron a Lily, espatarrada en su habitación con las tijeras clavadas en el corazón. Shino se había quedado en Londres para elaborar un informe que le entregaría de un momento a otro.
—Váyase a París, jefe —había dicho Shino tras depositar el equipaje de mano sobre el asiento, en el vagón de primera clase—. Si alguien le pregunta, salió en el primer tren.
Naruto había apartado la mirada y Shino cerró de un portazo, exasperado.
—Maldición, milord, un día de éstos voy a tener que enseñarle a mentir. Menma interrumpió sus pensamientos.
—Entonces, ¿has seguido a la señora Õtsutsuki hasta París? Eso quiere decir que no aceptas el «no» por respuesta.
Las palabras de la nota que Hinata le había enviado inundaron su cerebro otra vez, acompañadas por un leve indicio del sabor de sus labios.
—Tengo intención de persuadirla.
Menma soltó una carcajada. Un montón de cabezas se giraron hacia el sonido, pero las chicas que bailaban encima, manoseándose las nalgas entre ellas, distrajeron pronto a todo el mundo.
—Maldición, Naruto, tengo que conocer a esa mujer. Le daré las lecciones. ¿Sabes dónde puedo encontrarla?
—Bee dice que ahora se aloja con Sumire.
Menma se sentó derecho en la silla y se le cayó el cigarro. Naruto lo recuperó antes de que el mantel comenzara a arder y lo introdujo en un vaso.
—¿Ella está en París?
Desde que Sumire había abandonado a Menma porque él no hacía otra cosa que emborracharse como una cuba, hacía ya tres años, éste no había vuelto a pronunciar su nombre. Ni había vuelto a utilizar las palabras «mi esposa».
—Sumire llegó a París hace cuatro semanas —dijo Naruto—. O eso es lo que asegura tu ayuda de cámara.
—¡Joder! Bee no me lo ha dicho. Le estrangularé. —La mente de Menma parecía estar ya en otro lugar, planeando sin duda la ejecución de su ayuda de cámara. Bee había sido púgil en su juventud, así que era muy difícil que la furia de Menma provocara en él algún tipo de reacción—. ¡Maldita sea! —añadió Menma con suavidad.
Naruto le dejó perderse en sus pensamientos y observó a las coristas. Las mujeres habían comenzado a bailar sin los corsés, pero tenían los pezones cubiertos con unas piezas del tamaño de peniques. Los caballeros presentes comenzaron a reírse y a aplaudir.
Naruto se preguntó cómo serían los pechos de Hinata. Recordó el sencillo vestido que había llevado puesto aquella noche en la ópera, el tafetán gris oscuro que le cubría los hombros.
Ella llevaba corsé —todas las mujeres respetables lo hacían—, pero Naruto se imaginó el placer que supondría desatarlo lentamente. El suyo sería un corsé funcional, una sencilla pieza blanca con ballenas, y se sonrojaría cuando se lo quitara, dejando al descubierto su belleza natural.
Notó que se endurecía y, apoyándose en el respaldo de la silla, cerró los ojos. No quería empañar la imagen de Hinata con la de aquellas coristas semidesnudas, pero el rumbo de sus pensamientos impidió que su erección se relajara en un buen rato.
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—Hay que ver las cosas que hago por usted, jefe. —Shino dejó caer su maleta en el suelo del dormitorio del hotel a la mañana siguiente y se hundió en la silla.
Naruto miró ensimismado el fuego de la chimenea con un cigarro entre sus dedos sudorosos. Había pasado una mala noche. Después de haber dejado a Menma, las pesadillas se habían adueñado de su mente hasta que despertó gritando en la oscuridad.
Los sirvientes franceses habían entrado en la habitación, con las velas firmemente agarradas y balbuceando sin cesar mientras Naruto se mecía en la cama sujetándose la cabeza entre las manos, presa de un horrible dolor. Era como si la luz se clavara como agudos alfileres en sus ojos. Les gritó que apagaran las velas.
Necesitaba a Shino y los brebajes que éste le preparaba para hacer desaparecer las migrañas y poder dormir. Pero su ayuda de cámara estaba en un tren nocturno con destino a París, y Naruto se había vuelto a acostar solo, sudoroso y atacado por las náuseas.
Había escuchado cómo los criados franceses susurraban sobre él: «Dulce María, ayúdanos. Está loco. ¿Y si nos asesina en nuestras camas?»
Había logrado pasar el resto de la noche llenando su mente con eróticas imágenes de Hinata Õtsutsuki. Igual que hacía ahora, con sólo cerrar los ojos, mientras esperaba a que Shino se recuperara. Hinata en la ópera, su boca bajo la de él; el roce de su lengua en los labios; la presión de sus dedos contra la suave mejilla; la dulce curva de su cintura cuando la ayudó a entrar en el carruaje de Yahiko.
Naruto observó a Shino. Estaba pálido debido al cansancio.
—¿Y bien? ¿Has averiguado quién mató a Lily?
—Oh, claro que sí, jefe. El culpable confesó nada más verme y lo conduje a la oficina del magistrado. Las calles están llenas de margaritas y Londres jamás volverá a cubrirse de niebla.
Naruto ignoró las palabras de Shino, sin molestarse en intentar comprenderlas.
—¿Qué has descubierto?
Shino suspiró y se levantó de la silla.
—No sé si lo sabe, pero espera un milagro. Lo mismo que sus malditos hermanos, si me permite decirlo. Sé que cuando lord Yahiko me envió a servirle en ese puñetero sanatorio, esperaba que le curara y le llevara a casa.
Naruto no dijo nada, consciente de que a Shino le gustaba dar un par de rodeos antes de llegar al meollo de la cuestión.
El sirviente cogió la chaqueta de Naruto del respaldo de una silla y comenzó a cepillarla.
—¡Dios mío! ¿Qué le ha hecho a su ropa mientras yo no estaba?
—Se ocupó de ella un hombre del hotel —dijo Naruto, sabiendo que Shino podría ponerse a gemir por culpa del estado de las prendas durante horas. Para haberse criado en las calles del East End, era muy puntilloso con la ropa.
—Bueno, espero que no le hayan hecho vagar por las calles de París con chalecos de color lavanda. Estos franchutes no tienen sentido del gusto.
—¿Qué has averiguado? —le apremió Naruto.
—No sea impaciente. Hice lo que usted me ordenó, me colé en la casa como si fuera un ladrón y busqué alguna pista. No había nada. Todo estaba tal y como debería estar.
—Lily murió apuñalada con unas tijeras. Eso no tiene nada de normal.
—No había señales de lucha. Conseguí persuadir a un oficial de policía para que me lo dijera. Parecía sorprendida, no asustada.
Naruto había llegado a la misma conclusión.
—Conocía a su asaltante. Le permitió la entrada porque se trataba de un cliente habitual.
—Exacto. —Shino rebuscó en los bolsillos y sacó un papel—. Como me pidió, hice un boceto de la habitación y escribí en él todo lo que vi. Me resultó muy difícil con el viejo Bill siguiéndome a todas partes.
Naruto estudió el dibujo de Shino y la relación de objetos.
—¿Esto es todo?
—¿Que si es todo? —gritó Shino al aire—. Me ha obligado a arrastrarme por todo el Continente, a viajar en tren y carruajes cochambrosos con la única finalidad de ser sus ojos y oídos, y me pregunta si eso es todo.
—¿Qué más has descubierto?
—No me vendría nada mal un poco de comprensión, jefe. Desde luego, lo que aguanto al trabajar para usted. En cualquier caso, estuve en Roma. Comprobé que él lleva allí un mes, no se ha movido de esa ciudad en todo el tiempo.
—¿No te vio? —preguntó Naruto con rapidez.
—No. Me aseguré de ello. Estuvo a punto, pero logré evitarlo. No pudo ser él quién lo hizo, ¿verdad?
Naruto observó el fuego mientras se frotaba la sien. Maldito dolor de cabeza. Sabía de sobra que un hombre podía estar en Italia y pagar a alguien para que resolviera sus asuntos en Londres, igual que había hecho él con Shino.
Naruto quería saber la verdad, pero la verdad era muy peligrosa. Se frotó de nuevo la sien hasta que aquel apremiante dolor disminuyó un poco. Pensar en los ojos de Hinata le ayudaba.
—Hinata creyó que eras un detective —recordó Naruto.
—¿Hinata? —inquirió Shino.
—La señora Õtsutsuki.
—Ah, sí. La prometida de sir Deidara Akatsuki. Bueno, debería decir la que era su prometida hasta su oportuna intervención. Y ahora la llama Hinata… ¿Cómo le llama ella a usted?
—No lo sé.
—Ah. —Shino asintió con la cabeza como si entendiera—. Le voy a dar un consejo, jefe: váyase con una mujer de vida alegre; en París las hay a docenas. Pero usted ya lo sabe, ¿verdad? Siempre sabe dónde encontrarlas.
Shino tenía razón y Naruto era consciente de ello. Las cortesanas le adoraban y jamás le había costado encontrar compañía femenina. Pero ninguno de los encantos de las prostitutas parisienses podía hacer que olvidara el deseo que sentía por Hinata. Pensó de nuevo en aquellos voluptuosos labios bajo los suyos, en el suave sonido que había emitido cuando la besó. Si pudiera sentir el calor de Hinata a su lado todas las noches, estaba seguro de que no tendría pesadillas ni migrañas.
La tendría en su cama aunque para conseguirlo tuviera que recurrir a Shino, a Sumire, a Menma y a cada habitante de París.
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Cinco días después de que Hinata hubiera aceptado compartir alojamiento con lady Sumire MacUzumaki, se encontraba escribiendo una carta en su dormitorio cuando escuchó las notas de una pieza musical en la sala del piso inferior.
Sumire jamás se levantaba antes de la una. «Querida, me resulta imposible abrir los ojos tan pronto». No habían anunciado a Hinata ninguna visita, pero no podía imaginar que un ladrón tocara una sonata de Chopin en la salita.
Guardó la carta a medio escribir en el cajón del escritorio y bajó las escaleras. Observó con satisfacción las contraventanas y las cortinas abiertas que dejaban entrar a raudales la brillante luz del sol. La señora Barrington siempre tenía las cortinas cerradas y las lámparas a medio gas, de manera que Hinata y los sirvientes andaban a tientas en la penumbra, daba igual que fuera de día o de noche.
Las suaves notas de Chopin flotaban a través de las puertas entreabiertas de la sala. Hinata las abrió del todo y se detuvo en el umbral.
Naruto MacUzumaki estaba sentado ante el brillante piano de Sumire, con los ojos clavados en el atril vacío. Sus anchos hombros se movían al ritmo de las caricias sobre las teclas. La luz del sol incidía en su pelo rubio, arrancándole destellos mientras presionaba el pedal.
«Puedo tocar cada nota de esta pieza —le había dicho en la ópera—, pero no puedo capturar su alma».
Puede que él pensara que tampoco podía capturar el alma de esa melodía, pero la música la había rodeado y conducido hasta él. Atravesó la estancia envuelta en las notas, sonoras y dulces. Podría sumergirse en ellas.
La música subió en un rápido arpegio y terminó con un acorde bajo para el que usó todos los dedos. Él permaneció inmóvil, con los tendones relajados, mientras se desvanecía el sonido.
Hinata se retorció las manos.
—Ha sido espléndido.
Naruto levantó los dedos de las teclas. Le lanzó una rápida mirada y apartó la vista. Luego volvió a colocar las manos en el teclado, como si le agradase sentir el marfil en las yemas.
—La aprendí cuando tenía once años —dijo.
—Realmente prodigioso. Creo que cuando tenía once años, yo no sabía lo que era un piano.
Naruto no hizo ninguna de las cosas que debía hacer un caballero: levantarse cuando ella entró en la salita, darle la mano, asegurarse de que se sentaba en un lugar cómodo. Él debería preguntarle por la familia, sentarse y charlar sobre el clima o sobre alguna banalidad parecida hasta que un eficiente criado apareciera con una bandeja de té. Pero se quedó en el taburete del piano, con el ceño fruncido como si estuviera tratando de recordar algo.
Hinata se apoyó en el piano y sonrió.
—Estoy segura de que su maestro se quedó impresionado.
—No. Me castigaron.
La sonrisa de la joven se evaporó.
—¿Le castigaron por aprender una pieza correctamente? Es una reacción extraña, ¿no cree?
—Mi padre me llamó mentiroso porque le aseguré que sólo la había escuchado una vez. Le dije que no sabía mentir, así que él me respondió que era mejor que fuera un mentiroso, porque lo que había hecho era antinatural. Y que castigándome me enseñaría a no volver a hacerlo.
Había un tono brusco en la voz de Naruto, como si al recordar al hombre escupiera las palabras. A Hinata se le puso un nudo en la garganta.
—Eso es horrible.
—Me pegaba a menudo. Me consideraba irrespetuoso, evasivo y difícil de controlar.
Hinata imaginó a Naruto de niño, mirando a su padre con terror mientras el hombre le gritaba. Cerrando con terror aquellos ojos azules cuando bajaba el bastón.
Naruto comenzó a tocar otra melodía, ésta más lenta y sonora. La cabeza ladeada, los rasgos fuertes concentrados en las teclas. Su muslo se movía cuando apretaba y soltaba el pedal; todo el cuerpo concentrado en la música. Reconoció un fragmento de un concierto para piano de Beethoven, uno que la señora Barrington quiso que ella aprendiera. Sin embargo, Hinata había sido una
intérprete mediocre, tenía las manos demasiado rígidas para aprender a tocar con soltura. El tutor que contrató su empleadora había sido arrogante y burlón, pero al menos jamás se había propasado.
Los largos dedos de Naruto acariciaron las teclas, y las notas pausadas inundaron la estancia, melodiosas y suaves. Naruto podía afirmar que no encontraba el alma de la música, pero las inflexiones de sus dedos transportaron a Hinata a los días oscuros tras la muerte de su madre, sumergiéndola en el sufrimiento que padeció entonces.
Recordó estar sentada en una sala de hospital, rodeándose las rodillas con los brazos mientras observaba cómo su madre exhalaba su último aliento. Su madre, antaño hermosa, parecía frágil y asustada y se aferraba a ella en busca de fuerza; como si no quisiera abandonar la vida que tanto la había aterrorizado. Los del hospital la habían enterrado en una fosa común.
Hinata no quiso regresar después al asilo de beneficencia, pero fue allí donde la llevaron sus pies. No tenía ningún otro sitio al que ir.
Al menos le dieron un empleo, ya que sabía hablar bien y poseía buenos modales. Enseñó a los niños más pequeños, intentando consolarles, pero éstos huían a menudo del asilo para regresar a la vida delictiva, mucho más lucrativa.
Era sólo gente atrapada, igual que ella. No quiso recurrir a vender su cuerpo para sobrevivir y no sentía otra cosa que repugnancia por aquellos hombres que deseaban a niñas de quince años. Pero no pudo encontrar un empleo respetable como institutriz o acompañante de una anciana. Aunque poseía educación, las mujeres de clase media no querían que sus hijos fueran educados por una joven que proviniera del asilo de Bethnal Green.
Por fin, logró convencer a una de las mujeres de la parroquia para que le cediera una máquina de escribir. Consiguió una de tercera mano, cuyas tecla se atascaban, y pudo practicar con ella.
Había pensado que cuando fuera un poco más mayor podría trabajar de mecanógrafa. Quizá a la gente no le importaran sus orígenes si trabajaba con rapidez y eficacia. O podría escribir historias o artículos, e intentar convencer a algún periódico para que se los comprara. No sabía qué podía conseguir realmente, pero pensó que valía la pena intentarlo.
Y entonces, un día en que estaba aporreando sin cesar la vieja máquina de escribir, llamó a la puerta el nuevo vicario de la parroquia. Justo en ese momento, Hinata maldijo con todas sus fuerzas a la tecla B y Toneri Õtsutsuki la miró y se rio. Se le deslizó una lágrima por la mejilla. Puso la mano sobre las de Naruto y le obligó a detenerse.
—No te gusta esta melodía —dijo él en voz baja.
—No es eso… es que… ¿podría tocar algo más alegre?
La mirada de Naruto pasó sobre ella antes de quedarse clavada en un rayo de sol.
—No sé si son alegres o tristes. Sólo conozco las notas.
A Hinata se le puso otro nudo en la garganta. Si no tenía cuidado, acabaría llorando por él. Se acercó con rapidez al gabinete de música y rebuscó entre las partituras hasta encontrar una que le hizo sonreír.
—¿Qué tal ésta? —Regresó junto al piano y la puso sobre el atril—. La señora Barrington odiaba la ópera. Decía que no podía comprender por qué alguien querría pasarse horas escuchando berridos en una lengua extrajera. Pero le encantaban Gilbert y Sullivan. Al menos, según ella, sus letras estaban en cristiano.
Hinata pasó las páginas del libreto hasta llegar a la cancioncilla que había hecho reír a la señora Barrington tantas veces. Había insistido en que Hinata la aprendiera y la tocara una y otra vez. A ella le habían hastiado aquellos ritmos rápidos y palabras absurdas, pero en ese momento agradeció el singular gusto de su antigua mentora.
Naruto miró la partitura sin cambiar de expresión.
—No sé leer música.
Hinata se había inclinado sobre él sin pensar, y ahora el camafeo que llevaba prendido en el pecho quedaba a la altura de la nariz de Naruto.
—¿No?
Naruto estudió el broche, fijándose en cada faceta.
—Sólo necesito escucharla. Tócala para mí.
Él se deslizó por el taburete, dejándole un poco de espacio en el asiento. Hinata se sentó con el corazón desbocado. Naruto no se desplazó ni un centímetro más y su cuerpo constituyó un sólido muro a su lado. De hecho, sintió el duro músculo del bíceps y la longitud del muslo contra el suyo.
Sus iris azules rodeadas de espesas pestañas brillaban con intensidad cuando giró la cabeza para observarla. Hinata contuvo el aliento. Estiró el brazo por delante del abdomen masculino para llegar a las notas más graves, y dio el tono con dedos tembloroso antes de empezar a cantar con voz entrecortada.
—«Soy un modelo de moderno general de división…»
Continuará...
