Prólogo: Forsythia
Si cualquiera de mis coetáneas tuviera la oportunidad de leer lo que a continuación voy a escribir, se echaría las manos a la cabeza y, probablemente, se sonrojaría, escandalizándose por la innoble tarea que estoy por realizar. Que ¿por qué? Bueno, en estos tiempos, no se tiene la posibilidad, y menos una mujer, de expresar sus pensamientos o, peor aún, sentimientos tal y como les nacen, sin ser vilmente etiquetado por una serie de pocos halagüeños nombres, independientemente del género al que se pertenezca.
Yo cuento esto desde el punto de vista de una mujer que ha pasado por una rigurosa educación, basada en numerosas futilidades, tales como lo que se considera el "saber estar," a las que toda dama como es debido se debería subyugar. Quiero dejar claro, que, pese a mi despectiva opinión sobre estas convenciones sociales, que siempre me han molestado en sobremanera, no desprecio completamente a la gente que las pone en práctica, aunque eso no fue así siempre, pues considero que no se puede juzgar a una persona sólo por seguir al rebaño. Se deben tener en cuenta las razones por las que ha tomado esa decisión, o, simplemente, la ha acatado sin reflexionar ni por un instante sobre ella, evaluando su entorno, su pasado y, como estas, diversas variables que, sinceramente, me da demasiada pereza evaluar.
Además, no se le puede quitar el valor a los numerosos talentos que el mundo del espectáculo pierde, al no permitírsele a ciertas señoritas de alta cuna, las cuales son las que, en su mayoría, ponen en práctica los diversos tipos de modales, con una gran cantidad de hipocresía, en que las educan, el poder interpretar en un teatro todos los cumplidos, que cortésmente dedican a una amiga con una muselina más fina que la suya, o los comentarios que, tan llenos de modestia, contestan a cualquier halago que se les brinde... Perdónenme. Está claro que, pese a las frases tan cargadas de valores y flexibilidad que, hace apenas unos segundos, he escrito, no llego a superar la repugnancia (sí, lo reconozco), que me nace en las ocasiones que tengo que tratar temas relacionados con este tipo de asuntos, ni tampoco el ligero, por dulcificar, sarcasmo con el que cada una de mis palabras se impregna cuando a la "cortesía" nos referimos.
Mi lema en la vida es "la gente que juzga, sin conocer, no es tan lista como cree", pues aquí, en esta que escribe, tienen el ejemplo de una de las mayores estupideces de las que se pueden hacer gala. Así que, una vez que ya han comprobado y, probablemente, sacado algunas erróneas, lamento decirlo tan claramente, pero probablemente sea así, conclusiones acerca del horrible y voluble, este último reconozco que puede llegar a ser certero, tipo de persona que soy; continuemos, que no debo desviarme del tema.
Lo que yo vengo a contar, por algún motivo que ni yo misma conozco, es mi vida, o lo poco que llevo de ella. Ahora, estimado lector, podéis acusarme de egocentrismo, y yo debería replicar con una afilada frase, si lleva algún toque sarcástico mejor, que os dejara sin palabras de un plumazo, pero no tendría sentido, pues tenéis razón. Por este motivo, voy a ahorrarme cualquier tipo de vana excusa que nos haría, a usted, perder el tiempo y, a mí, malgastar más papel y tinta. Por lo tanto, en este momento, en el que, probablemente, ya hayáis captado algún rasgo del tipo de escritora que soy o creéis saber lo que voy a contar, os invito a dejar de lado estas insignificantes escrituras y seguir con su vida, o continuar leyendo; así pues, asumiendo el riesgo de tener alguna emoción extraordinaria y engancharse a los personajes o, lo peor, y que espero sinceramente que no le ocurra, el aburrirse y patentar con una cara de la máxima extenuación, la indiferencia que este relato le ha dejado en el cuerpo.
¿Ya lo han pensado y han decidido probar a continuar leyendo? Me alegro. Es una persona arriesgada y me gusta que así sean mis lectores.
Bien, ahora, necesito un giro de tuerca, aire fresco de alguna ventana abierta, o cualquier cosa que haga desaparecer la intensa seriedad y aspecto de madre superiora con aire juzgador (con todo el respeto a las madres superioras), que he sembrado a lo largo de los anteriores párrafos. Debéis pensar ahora, querido lector, que he enloquecido sin lugar a dudas, con estos sesgos de hiperactividad y doble personalidad que estoy mostrando ahora. Tal vez tengáis razón, pero eso no me aminora mis ganas de querer quitar esta sensación de apabullamiento.
Por este motivo, sugiero que usted, estimada persona que lea esto, se imagine con desbordante imaginación un teatro. Me conformo con cualquier tipo, pero échele ganas. Muy bien, ahora entre a este y, sin desviarse a la cafetería, que nos conocemos, avance por los pasillos hasta llegar a una puerta que, cual historia de terror, sintiera el inefable deseo de abrir y desenmascarar todos sus secretos.
Como veo que tiene tantas ganas de entrar, para nada porque yo así lo haya escrito, voy a ser una buena persona y permitirle abrir la puerta, que no tendrá puesto ningún tipo de candado ni estará cerrada con llave, por supuesto (qué coincidencia, ¿no?). Usted, como persona inteligente, que confío que sea, en vez de quedarse como un pasmarote esperando alguna señal divina, como un trueno, que, con suerte, no le chamuscará todos los huesos del cuerpo, o una paloma, que no hará sus deposiciones en su cabeza o, si el azar está a su favor, en su traje nuevo, irrumpirá en la estancia sin mayor dilación, abriendo la puerta de par en par mientras un misterioso aire le da el toque de divo que todo el mundo quiere (no me ponga esa cara, es obvio que usted también lo desea).
Tras un breve silencio, todos los espectadores de la obra, dejarán de prestarle atención al espectáculo que estaban viendo, para darse la vuelta y contemplarlo a usted, el mayor espectáculo de todos (obviamente, querido), que hará como que no da crédito a toda la atención recibida, aunque ambos sabemos que sabe que se lo merece, y abrirá los brazos, dejando ver cómo les da el permiso para recrearse en su cautivadora presencia. A continuación, el público se enardecerá aún más, hasta el punto de alzarlo en hombros, cual paso de Semana Santa, y... luego dejarlo caer al suelo, para que se dé la ducha de realidad que necesita.
Entiendo que este pequeño anticlímax, le moleste, pero ¡por favor, que esta es mi historia! Así que, volvamos a lo que realmente importa, es decir, a mí. Sí, ya sé que estará resentido y muy cabreado por haberlo bajado de su pedestal, pero, hombre, no se preocupe que, si así lo quiere, le escribiré una obra sólo a usted, en la que esté de protagonista. Dejando temas sin importancia aparte (lo lamento, pero es así), volvamos al momento en el que usted abra la puerta, y se encuentre una sala que, ojo, ¡será totalmente normal y corriente! ¿A que no se esperaba esto, lector que cree que todo lo anticipa? ¿Sabe qué? Yo tampoco, pero estoy baja de presupuesto y no me puedo permitir grandes lujos, suficiente es con alquilar una sala en un teatro imaginario.
Después de tantas vueltas que le he dado, sabrá qué verá después de entrar, ¿no está emocionado? ¿ni siquiera un poco? Qué público tan insensible, por favor; normal que no se triunfe en el mundo del espectáculo, pero bueno no quiero ser peor persona de lo que ya soy, por lo que les describiré de una vez lo que verán al pasar por la puerta.
Mientras atraviesa cautelosamente el marco que los separa del pasillo, se fijará en una hermosa señorita en el centro del escenario (yo, obviamente), que estará de espaldas a usted, haciendo como que no le ha escuchado al entrar. Después de observar detenidamente su entorno, por si hace falta huir en algún momento, verá que no hay peligro, por lo que se sentará entre las primeras filas, porque ya que está aquí, se aprovecha. En el momento justo, en el que su peso haya sido completamente depositado en la butaca, empezará a sonar una movida música, con ese ritmo tan pegajoso que te obliga a bailar sin parar, pero que a los pocos segundos se frenará, justo cuando la bella señorita se haya dado la vuelta. Cuando esto suceda, la música empezará de nuevo y saldrán unos acróbatas de entre el decorado, los cuales harán numerosas peripecias durante algunos minutos, hasta que a usted haya empezado a sudar por el miedo del que se rompiera alguno la crisma y después debiera de dar explicaciones a la policía imaginaria de su cerebro.
Este final de la actuación, le supondrá un inmenso alivio, que se verá remplazado por la inquietud, en el momento en el que sus ojos se fijen en el pequeño trozo de papel que, probablemente, aquella señorita haya dejado caer durante el momento en el que se retiraba lo más discretamente posible del escenario.
Durante algunos segundos, reflexionará sobre si merece la pena la acción que está por realizar, pero, como está en un teatro creado por su propia mente, piensa que no corre ningún riesgo (¡pobre iluso!). A continuación, se acerca al pequeño trozo de papel, después de haber subido trabajosamente al escenario, , dice para sí airadamente, mas todos esos pensamientos se desvanecen inmediatamente. La frente se le perla de sudor y desencaja los ojos como un poseso, pues sabe que la frase que en ese papel está escrita, será el principio de su locura, lo que haga que quede irremediablemente amarrado a esta historia hasta que se termine.
¡Que empiece la extravaganza!
N/A
¿Qué tal están, ladies and gentlemen? Por fin, publico esta historia. Es que desde que empecé con Sherlock he visto muchas historias, y hasta que no se me han acabado, no me he SENTIDO EN LA OBLIGACIÓN de escribir algo.
Así que, nada, que espero que os guste y que no confiéis en que publicaré todos los domingos, pero los capítulos serán lo suficientemente largos para, en el caso de que os dé por continuar eh EH, tengáis suficiente material para no aburriros.
Aquí os deja su servidora.
