La Locura del Lord
5| UNA ADVERTENCIA
Naruto estudió los ágiles dedos de Hinata mientras se deslizaban sobre las teclas del piano. Tenía las uñas pequeñas y redondeadas, muy bien cuidadas; el único adorno era un anillo de plata en el meñique de la mano izquierda.
Su voz de contralto fluyó sobre él, sin embargo no se molestó en encontrar sentido a las palabras.
—«Soy muy bueno en cálculo integral y diferencial; conozco los nombres científicos de los animalocus…»
El camafeo azul que llevaba prendido en el pecho se movía al ritmo de su respiración mientras cantaba, y el codo de la joven se rozó con su chaleco cuando ella estiró el brazo sobre el teclado. Una brillante seda azul le cubría el regazo; nada de grises monótonos para Hinata Õtsutsuki. Sumire debía haberse encargado de ello.
Vio que le caía un mechon sobre la mejilla. Lo observó balancearse contra su piel, la observó entonar las palabras. Quiso coger el mechón entre los labios y apartarlo.
Al final de la alegre melodía ella subió el tono.
—«Soy un modelo de moderno general de división».
Unos alocados acordes pusieron punto final a la pieza. Hinata le sonrió con la respiración entrecortada.
—Hace mucho que no practico. Ahora no tengo ninguna excusa para no hacerlo, Sumire mantiene el piano bien afinado.
Naruto puso los dedos sobre las teclas que Hinata había tocado.
—¿Se supone que la canción debe tener sentido?
—¿Está diciéndome que jamás ha asistido a una representación de Los piratas de Penzance? La señora Barrington me arrastró con ella cuatro veces. Se sabía toda la opereta de memoria y la cantaba al compás, para sorpresa de la gente que nos rodeaba.
Naruto había ido con sus hermanos al teatro o la ópera, pero no le importaba mucho lo que allí veía. Sin embargo, pensar en llevar a Hinata a ver un espectáculo de ese tipo le atraía de una manera inexplicable.
Recordó las notas tal cual las había tocado ella y las repitió. Cantó las palabras sin preocuparse de lo que querían decir.
Hinata sonrió al verle, y luego se sumó a él.
—«Y compruebo optimista el cuadrado de la hipotenusa…»
Continuaron con la opereta, con Hinata cantándole al oído. Quería girarse hacia ella y besarla, pero no podía detenerse en medio de un verso. Tenía que llegar al final de la canción.
La remató con un floreo.
—Ha sido…
Naruto interrumpió sus palabras al sostenerle la nuca con una mano y cubrirle la boca en un intenso beso.
Naruto sabía a brandy y le arañó la piel con la barba incipiente. Le deslizó los dedos en el pelo, buscando con las yemas la sensible piel.
Supo que él la besaba como a una amante, como si ella fuera una cortesana. Imaginó a esas sensuales y brillantes mujeres derritiéndose como el hielo en una acera caliente cuando Naruto las excitaba. Él le cubrió las mejillas de besos. Su aliento era cálido y ella sintió que su cuerpo se aflojaba, que fluía como si se hubiera convertido en agua.
—No debería permitir que hiciera esto —susurró.
—¿Por qué no?
—Porque creo que podría llegar a romperme el corazón.
Él le pasó el dedo alrededor de los labios, dibujando la hendidura del labio superior y la curva redonda del inferior. Le miró fijamente la boca mientras le deslizaba una de sus grandes manos por el muslo.
—¿Estás mojada? —susurró, rozándole el lóbulo con los dientes.
—Sí. —Ella intentó tragar saliva—. Si quiere saberlo, estoy muy, muy mojada.
—Bien. —Le pasó la cálida lengua por la oreja—. Lo comprendes. Sabes por qué necesitas estar mojada.
—Mi marido me lo explicó en nuestra noche de bodas. Pensaba que la ignorancia sobre estos temas provocaba a las mujeres un sufrimiento innecesario.
—Un vicario inusual.
—Oh, Toneri era muy innovador. Una espinita para el obispo a causa de sus modernos puntos de vista.
—Me gustaría enseñarte más aún —susurró Naruto—. En un lugar más privado que éste.
—Será un placer. —Hinata se rio—. Es una suerte que no sea una dama melindrosa y asustadiza. Si lo fuera, estaría en el suelo, inconsciente, con los criados de Sumire abanicándome.
A Naruto le brillaron los ojos.
—¿Quieres decir que no estás enfadada?
—No, pero jamás hable así a una dama cuando esté en una salita repleta de figuras de porcelana, se lo ruego. Se produciría un horrible desorden.
Él le acarició el pelo con la nariz.
—Jamás antes he estado con una dama. No conozco las reglas.
—Tiene suerte, yo soy una mujer inusual. La señora Barrington intentó cambiarme pero, bendita sea, no tuvo demasiado éxito.
—¿Por qué quería cambiarte? Hinata se ruborizó, encantada.
—Creo que es el hombre más adulador que conozco. Naruto se quedó quieto con una expresión ilegible.
—Digo la verdad. Eres perfecta tal y como eres. Quiero verte desnuda, deseo besarte el clítoris.
Notó allí una ardiente llamarada.
—Como siempre, no sé si huir de usted o quedarme y deleitarme con sus atenciones.
—Sé qué responder a eso. —Le rodeó la muñeca con dedos firmes—. Quédate.
—La mano era pesada y caliente, y dibujó un círculo en la parte interior del brazo.
—Debo reconocer que es refrescante que hable tan claro después de las acrobacias verbales que debo realizar para ponerme a la par de los amigos de Sumire.
—Dile a los caballeros que conoce Sumire que se mantengan alejados de ti. No quiero que te toquen.
Sus dedos se cerraron con más fuerza y ella lanzó una mirada mordaz a la enorme mano que todavía permanecía sobre su falda.
—¿Sólo me puede tocar usted?
Él asintió con la cabeza arqueando las cejas.
—Sí.
—No creo que me importe —dijo ella con suavidad.
—Bien.
Él la acomodó con habilidad sobre su regazo, aunque el polisón no permitía demasiadas libertades. Malditas cosas los polisones…
El broche azul quedó aplastado contra el chaleco de Naruto cuando él le puso la mano en el trasero. Hinata no discutió, no contuvo el aliento al ver que él se tomaba todas esas libertades.
Ella quería tomarse aún más libertades con él. Quería desabrocharle los botones del pantalón y meter la mano dentro. Quería deslizaría entre las capas de tela hasta poder acariciarle el hinchado miembro, sentirlo contra sus dedos. No pensó que estaban en la sala de Sumire frente a una ventana; ni que las cortinas estaban abiertas de par en par ante una bulliciosa calle de París.
—Soy una desvergonzada, una absoluta desvergonzada —murmuró ella—.Béseme otra vez.
Él se inclinó con rapidez y, sin añadir nada más, le cubrió los labios. Le introdujo la lengua en la boca y le presionó con los dedos la comisura de los labios para que los separara más.
Aquéllos no eran los besos de un hombre gentil, sino los que daría un hombre que quisiera poseerla; uno que quisiera aprovechar el momento y al diablo con las consecuencias. Cada parte de su cuerpo que él tocaba vibraba en respuesta.
—Deberíamos detenernos —susurró ella.
—¿Por qué?
A Hinata no se le ocurrió ninguna razón. «Soy una viuda que ya ha dejado atrás la edad de la inocencia. ¿Por qué debería dejar de besar a un hombre atractivo en una salita? Un poco de lujuria no hace daño a nadie».
Deslizó la mano, lasciva, entre sus muslos, buscando la dura cordillera debajo del pantalón.
—Mmm… —Naruto curvó los labios—. ¿Quieres tocarme?
«Sí, por supuesto», dijo la desvergonzada que vivía en su interior.
—Estoy oyendo cómo se rompe la porcelana.
—¿Qué? —Él arqueó las cejas.
—No importa. Es usted un aprovechado y un sinvergüenza, y me encanta.
—No comprendo.
Ella le encerró la cara entre las manos.
—No importa, no importa. Lamento haber hablado.
Hinata sentía los labios sensibles e hinchados por los besos. Le lamió la curva del labio inferior, le saboreó las comisuras de la boca como él había hecho antes con ella. Y Naruto le succionó la lengua, se la acarició con la suya antes de lamer cada milímetro.
«Naruto quiere que le invite a mi cama y no me siento avergonzada».
Ese era un mundo que no conocía, uno que sólo había vislumbrado a través de las cortinas entreabiertas, un mundo en el que mujeres engalanadas con diamantes sonreían a través del humo de los cigarros de los caballeros más atrevidos. Tantas casas, tantas ventanas, tanta pasión en el interior, y ésa era la primera vez que la invitaban a entrar.
La puerta se abrió de golpe y Sumire entró en la estancia envuelta en una bata de seda azul marino. Hinata intentó alejarse de Naruto, pero él la sujetaba con demasiada fuerza. Acabó medio sentada sobre una de sus rodillas. Sumire les miró con atención; parecía cansada.
—Naruto, cielo, ¿qué haces aquí tocando a Gilbert y Sullivan al amanecer? Pensé que era una pesadilla.
Hinata logró ponerse finalmente en pie con la cara encendida como un tomate.
—Perdona, Sumire. No teníamos intención de despertarte.
Sumire abrió los ojos como platos.
—Ya veo. Perdonen que los haya interrumpido.
«Gracias a Dios que existen los corsés», pensó Hinata distraídamente. Sus pezones eran duros picos presionando contra la tela, pero la prenda interior los ocultaba.
Naruto no se levantó. Apoyando un codo en el piano, estudió las molduras detrás de Sumire.
—¿Te quedarás a desayunar, Naruto? —preguntó Sumire—. Intentaré mantener los ojos abiertos el tiempo suficiente para unirme a ustedes.
Él negó con la cabeza.
—He venido a entregarle un mensaje a Hinata.
—¿De verdad? —preguntó la aludida. Qué ridiculez, no se le había ocurrido preguntar a Naruto por qué había aparecido tan repentinamente en la salita de su cuñada.
—De Menma —continuó Naruto, mirando fijamente la estancia—. Dice que estará preparado para comenzar las lecciones de dibujo dentro de tres días. Antes quiere terminar la pintura en la que está trabajando.
Sumire respondió antes que Hinata tuviera la oportunidad.
—¿De verdad? Mi marido siempre se las arregló bien para hacer dos cosas a la vez. —Su voz estaba llena de tensión.
—La modelo es Cybele —respondió Naruto—. Menma no quiere a Hinata por allí mientras esté ella.
Un ramalazo de dolor brilló como un relámpago en los ojos de Sumire.
—Jamás se preocupó por ese tipo de cosas conmigo. Naruto no respondió y Hinata no pudo evitar preguntar.
—¿Es tan horrible esa Cybele?
—Es una grosera —dijo Sumire—. Menma me la presentó cuando nos casamos para sacarme de mis casillas. Le gustaba hacerme perder el control. Era su razón de ser.
Naruto había girado la cabeza para mirar a través de la ventana, como si la conversación ya no le interesara. El deleite de Sumire se evaporó y pareció malhumorada y cansada.
—Oh, bueno, Naruto, si no te quedas a desayunar, me vuelvo a la cama. Buenos días.
Salió, dejando la puerta abierta. Hinata la observó marchar; no le gustaba nada verla tan infeliz.
—¿No puede quedarse a desayunar? —preguntó a Naruto.
Él negó con la cabeza y se puso en pie. ¿Lamentaría marcharse o por el contrario estaría deseándolo?
—Menma me está esperando en su estudio. Se preocupará si tardo.
—A sus hermanos les gusta cuidar de usted. —Hinata sintió una punzada de envidia. Había crecido sola, sin hermanos ni amigos en los que poder confiar.
—Tienen miedo.
—¿De qué?
Naruto seguía mirando por la ventana como si no la oyese.
—Quiero volver a verte.
Las cien educadas maneras de rechazarle que la señora Barrington había repetido machaconamente atravesaron su mente.
—Sí, a mí también me gustaría verle otra vez.
—Le enviaré un mensaje con Shino.
—Su omnipresente señor Shino. Él no la escuchó.
—La soprano —dijo. Hinata parpadeó.
—¿Perdón? —Ella recordó el artículo en el periódico que tanto le había molestado el día que conoció a Menma—. Ah, se refiere a esa soprano.
—Le pedí a Yahiko que fingiera pelearse conmigo a causa de ella. Quería que la gente se fijara en la cantante y se olvidaran de ti. Mi hermano se mostró encantado de complacerme. De hecho, disfrutó mucho.
La gente debía de haberla visto entrar en el palco de los MacUzumaki y quizá también subir al carruaje de Yahiko. Naruto había fingido discutir en público con su hermano para desviar la atención hacia la familia, famosa por sus sórdidos asuntos.
—Lástima —dijo Hinata débilmente—. Era una historia muy creíble.
—No es cierta.
—Ya me doy cuenta. Me siento abrumada.
—¿Por qué?
—Mi querido lord Naruto, una acompañante a sueldo es de la última persona de la que alguien quisiera murmurar. Es un ser monótono y anodino… Realmente es culpa suya si nadie quiere casarse con ella.
—¿Quién demonios ha dicho eso?
—La estimada señora Barrington, aunque lo hizo con otras palabras. Me dijo que debía ser contenida y olvidable. Pero lo hizo con la mejor de las intenciones. En realidad estaba tratando de protegerme ¿entiende?
—No. —Clavó los ojos en ella y las pupilas fueron a dar sobre uno de los mechones que se rizaban sobre su oreja—. No lo entiendo.
—Está bien. Tampoco es necesario que lo entienda.
Naruto se quedó silencioso de nuevo, perdido en sus pensamientos. Entonces la miró bruscamente, la abrazó con fuerza y le plantó un beso en la boca.
Antes de que Hinata pudiera recuperar el aliento, él se separó de ella y salió de la sala. Permaneció allí quieta, con los labios ardiendo, hasta que un golpe seco en la puerta principal anunció que él había salido.
—Querida, qué encantador —dijo Sumire esa misma tarde, tendiendo el brazo para que su doncella pudiera deslizar el guante—. Tú y Naruto. —Sus ojos violetas brillaban, pero había sombras empañando su expresión—. Me siento tan feliz.
—No hay nada encantador en ello —repuso Hinata—. Es horriblemente escandaloso.
Sumire le dirigió una pícara sonrisa.
—Lo que tú digas. Espero que me mantengas al día del asunto.
—¿No llegas tarde a un baile, Sumire?
Sumire la besó en las mejillas, envolviéndola en una nube de perfume.
—¿Estás segura de que no te importa que me marche, querida? Odio que te quedes aquí sola.
—No, no. Ve y pásalo bien. Estoy cansada. Esta noche, me vendrá bien tener un rato para pensar a solas.
Hinata quería pasar una noche tranquila, sin sentir el escrutinio de París, agobiante a pesar de contar con la protección de Sumire. Su nueva amiga conocía a
«absolutamente todo el mundo» y la había incluido en su círculo con entusiasmo. Había dado a entender que ella era una misteriosa heredera recién llegada de Inglaterra, lo que parecía despertar del interés de los artistas, escritores y poetas que seguían a Sumire a todas partes.
Pero aquella noche, estaba más que dispuesta a privarse de ese encanto. Escribiría unas líneas en su diario y luego se retiraría a la cama, donde se permitiría recrearse en algunas fantasías con Naruto MacUzumaki. No debería hacerlo, pero le daba igual.
Una vez que Sumire se fue, le pidió al mayordomo que le subiera una cena fría a su habitación y se dirigió hacia allí. Entró, cogió una pluma y se inclinó sobre el diario. Había empezado uno relatando sus aventuras en París, y escribía en él cada vez que tenía un momento. Mientras masticaba lentamente un trozo de pastel de carne, buscó las últimas páginas del cuaderno para continuar en el punto en que lo había dejado.
No estoy segura de lo que me hace sentir —escribió—. Sus manos son grandes y firmes, y deseo con anhelo que las lleve a mis pechos. Quiero que los presione con sus palmas. Quiero sentir el calor de sus manos desnudas contra los pezones. Mi cuerpo lo suplica a gritos, pero hoy me negué a dejarme llevar por mis deseos sabiendo que eran imposibles de satisfacer, dado el momento y el lugar.
¿Quiere eso decir que no me importaría hacer todas esas cosas en otro sitio y en otro instante?
Quiero quitarme el vestido para él. Quiero que me desate el corsé y libere mi cuerpo. Que me toque como hace años que no me tocan. Lo anhelo.
No le veo como el aristocrático lord Naruto MacUzumaki, hermano de un duque, un caballero inalcanzable para mí, ni tampoco como el Loco MacUzumaki, un excéntrico individuo de mirada perdida, origen de multitud de rumores.
No, para mí es simplemente Naruto.
—Señora. —Sâra la llamó desde la puerta. Hinata dio un respingo y cerró de golpe el diario.
—Santo Cielo, Sâra, ¡qué susto me has dado! ¿Ocurre algo?
—El lacayo dice que ha venido a verla un caballero.
Hinata se levantó. Tenía una cuchara sobre la falda y cayó al suelo, repicando.
—¿De quién se trata? ¿Es lord Naruto?
—Si se tratara de él se lo habría dicho de inmediato, ¿no cree? No, Henri dice que es un agente de policía.
Hinata arqueó las cejas.
—¿Un agente? ¿Para qué querrá verme un policía?
—No lo sé, señora. En realidad ha dicho que es inspector o algo por el estilo, y es inglés, no francés. Se lo prometo, no he robado nada desde que usted me atrapó cuando tenía quince años. Ni una maldita cosa.
—No seas ridícula. —Hinata recogió la cuchara con mano temblorosa—. No creo que haber robado naranjas en Covent Garden hace diez años sea el motivo de que esta noche haya aparecido un inspector británico en París.
—Espero que tenga razón —dijo Sâra con desconfianza.
Hinata depositó el diario en el joyero y lo cerró con una llave que se guardó en el bolsillo antes de bajar las escaleras. El lacayo francés le hizo una reverencia antes de abrirle la puerta y Hinata se lo agradeció en su idioma.
Un hombre vestido con un gastado traje negro se apartó del fuego cuando ella entró.
—¿Señora Õtsutsuki?
Era un individuo alto, casi tanto como Naruto. Llevaba el pelo azul peinado hacia arriba, su ojo izquierdo de un color azul y en el derecho tapado con un parche. Aparentaba unos cuarenta años. Era un hombre apuesto.
Hinata se detuvo en el umbral.
—¿Sí? Mi doncella me ha dicho que es usted policía.
—Me llamo Ao Fellows. Con su permiso, he venido a realizar unas preguntas. Le tendió una tarjeta de color marfil que había conocido días mejores.
Inspector Ao Fellows. Scotland Yard. Londres.
—Ya veo. —Hinata le devolvió la tarjeta. No le gustó nada la sensación que produjo en su mano.
—¿Podemos sentarnos, señora Õtsutsuki? No es necesario que estemos incómodos.
Él le señaló un lujoso sillón y Hinata se acomodó en él. Fellows cogió una silla del escritorio y la giró hacia ella antes de sentarse; parecía completamente sereno.
—No me quedaré mucho rato, así que no será necesario que me ofrezca té. —La miró con entusiasmo—. He venido a preguntarle cuánto tiempo hace que conoce a lord Naruto MacUzumaki.
—¿A lord Naruto? —Hinata le miró con sorpresa.
—El hermano pequeño del duque de Rasengan, cuñado de la propietaria de la casa en la que se aloja.
El tono fue brusco y sarcástico, pero la mirada en su ojo era… extraña.
—Sí, sé de quién me habla, inspector.
—Creo que le conoció en Londres.
—No creo que sea asunto suyo pero sí, le conocí en Londres, y a su hermano y a su cuñada aquí, en París. No creo que vaya en contra de la ley.
—Hoy mismo estuvo hablando con lord Naruto en esta casa.
A Hinata se le aceleró el corazón.
—¿Me ha estado espiando? —pensó en que esa mañana habían estado las cortinas abiertas. Y en ella sentada en las rodillas de Naruto, besándole alocadamente.
Fellows se inclinó hacia delante con una expresión ilegible.
—No he venido aquí a acusarle de nada, señora Õtsutsuki. Mi visita es sólo para advertirla.
—¿Contra qué? ¿Contra el cuñado de mi amiga en su propia casa?
—De que relacionarse con la compañía equivocada podría arruinarla, joven. Acuérdese de mis palabras.
Hinata se removió en el asiento, incómoda.
—Por favor, vaya al grano, señor Fellows. Se está haciendo tarde y me gustaría retirarme.
—No es necesario mostrarse arrogante. Sólo me preocupan sus intereses. Dígame, ¿ha leído algo sobre un asesinato acaecido en una pensión cercana a St. Paul, en Covent Garden, hace una semana?
Hinata frunció el ceño y negó con la cabeza.
—Hace una semana estaba de viaje. No me he enterado de esa noticia.
—Se trataba de una mujer insignificante, así que los periódicos ingleses no le dieron mucha importancia, y los franceses ninguna. —Se frotó el menton con el dedo pulgar—. Usted habla francés con fluidez, ¿verdad?
—Me parece que sabe muchas cosas sobre mí. —Sus modales y la arrogancia que mostraba, en la propia sala de Sumire, le irritaban—. Mi padre me enseño, así que sí, hablo bien el idioma. Es una de las razones por las que decidí visitar París, ¿sabe?
Fellows sacó un pequeño cuaderno de apuntes del bolsillo y comenzó a pasar las páginas en silencio.
—Su padre se hacía llamar Hiashi Villiers, vizconde Theriault. —La miró—. Es divertido, no he encontrado pruebas en ningún registro de que en Francia viviera tal persona.
A Hinata se le aceleró el pulso.
—Mi padre se fue de aquí hace mucho tiempo. Por culpa de la revolución del cuarenta y ocho, creo.
—No fue por eso, señora. Hiashi Villiers nunca existió. Sin embargo, Hiashi Hyûga era buscado por robo, fraude y extorsión. Escapó a Inglaterra y jamás se volvió a saber de él. —Fellows pasó otra página—. Creo que los dos sabemos muy bien lo que ocurrió, señora Õtsutsuki.
Hinata no dijo nada. No podía negar la verdad sobre su padre y tampoco deseaba ponerse histérica delante del señor Fellows.
—¿Qué tiene que ver todo esto con lord Naruto MacUzumaki?
—A eso voy. —Fellows consultó de nuevo sus notas—. Aquí tengo apuntado que a su madre la arrestaron en una ocasión por prostitución. ¿Es correcto?
Hinata se sonrojó.
—Estaba desesperada, inspector. Mi padre acababa de fallecer y nos moríamos de hambre. Gracias a Dios se le dio muy mal y la primera vez que se acercó a un hombre resultó ser un oficial de policía fuera de servicio.
—En efecto, parece que el magistrado quedó tan conmovido por sus súplicas que la dejó en libertad. Ella prometió comportarse como una mujer decente y no volver a hacerlo jamás.
—Y cumplió su promesa. ¿Podríamos no hablar de mi madre, inspector? Déjela descansar en paz. Hizo todo lo que pudo en unas circunstancias difíciles.
—Cierto, la señora Hyûga no tuvo tanta fortuna como usted —convino Fellows—. Y es que usted ha tenido una fortuna fuera de lo común. Primero se casó con un respetable caballero que se hizo cargo de usted. Luego se convirtió en la acompañante de una anciana rica, que al morir le dejó todos sus bienes. Ahora se codea con la aristocracia inglesa en París. Decididamente, toda una hazaña para una chica criada en un asilo de beneficencia, ¿verdad?
—No creo que mi vida sea asunto suyo —dijo Hinata secamente—. Dígame, ¿por qué está interesado en ella un inspector de policía?
—No, no lo es, pero un asesinato sí lo es.
Hinata se puso rígida de los pies a la cabeza, estaba tensa como un animal acorralado.
—Yo no he cometido ningún asesinato, señor Fellows —replicó, forzando una sonrisa—. Si está sugiriendo que tuve algo que ver con la muerte de la señora Barrington, no es cierto. Ella era vieja y estaba enferma, le tenía mucho afecto y no tenía ni idea de que ella pensaba dejarme todas sus posesiones.
—Lo sé. Lo investigué.
—Bueno, ¡vaya suerte la mía! Se lo confieso, inspector, no logro imaginar adonde quiere ir a parar.
—He mencionado a sus padres porque quiero hablar claro con usted sobre algunos temas que harían que una dama se desmayara. Doy por supuesto que es usted una mujer de mundo que no perderá el sentido por lo que voy a decir.
Hinata le clavó una gélida mirada.
—No se preocupe, no me desmayaré. Puede que llame a los lacayos para que le echen, pero no me desmayaré.
Ao levantó una mano.
—Por favor, escúcheme, señora. La mujer a la que mataron en Covent Garden se llamaba Lily Martin.
Hinata le miró sin comprender.
—No conozco a nadie que se llame así.
—Hace cinco años, trabajaba en un burdel en High Holborn. Fellows esperó impaciente, pero Hinata negó de nuevo con la cabeza.
—¿Me está preguntado si mi madre la conocía?
—No, en absoluto. ¿Recuerda que hace cinco años asesinaron a una cortesana en un burdel de lujo en High Holborn?
—¿Ambos hechos están relacionados?
—En efecto. Voy a relatarle unas cosas muy poco agradables. Hace cinco años, una joven llamada Sally Tate, una de las jóvenes que trabajaba en ese burdel, fue hallada muerta en su cama una mañana. La habían apuñalado en el corazón y luego mancharon con su sangre el papel de la pared y el armazón de la cama.
—¡Qué horror! —Hinata se llevó la mano a la garganta.
Fellows se inclinó hacia delante y se sentó en el mismo borde de la silla.
—Estoy seguro, segurísimo, de que lo hizo Naruto MacUzumaki.
Hinata sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Intentó tomar aire pero los pulmones no respondieron y la habitación comenzó a dar vueltas.
—Por favor, señora Õtsutsuki, me había prometido no desmayarse.
Se encontró a Fellows a su lado, sujetándole el codo con la mano. Hinata jadeó.
—Es absurdo —dijo con voz aguda—. Si lord Naruto hubiera cometido un asesinato, los periódicos se habrían hecho eco de la noticia. La señora Barrington no se habría perdido tal acontecimiento.
Fellows negó con la cabeza.
—Jamás le acusaron ni le arrestaron. Nadie mencionó una sola palabra a los periodistas. —Se volvió a sentar en su silla con una expresión que dejaba traslucir su impaciencia y frustración—. Pero sé que fue él quien la asesinó. Estuvo allí esa noche. Por la mañana, lord Naruto había desaparecido, no le encontré por ningún lado. Se marchó a Escocia, fuera de mi alcance.
Hinata trató de aferrarse a un clavo ardiendo.
—Entonces, quizá cuando ocurrió ya se había ido.
—Sus sirvientes me dijeron que regresó a casa antes de las dos de la madrugada, que se acostó con normalidad y que salió hacia Escocia en el primer tren de la mañana. Mentían. Lo siento en mis entrañas. Sin embargo, su hermano, el duque, me impidió encontrar cualquier prueba de ello. Quería arrestar a Naruto, pero no tenía nada que probara su culpa ante mi jefe y los MacUzumaki son gente importante. Su madre era amiga personal de la reina. El duque tiene cierto peso en el Ministerio del Interior y se ocupó de que mis superiores me apartaran del caso. El nombre de Naruto jamás salió a la luz ni en los periódicos ni en los informes de Scotland Yard. En otras palabras, logró evadir cualquier responsabilidad.
Unas lucecitas flotaron ante sus ojos cuando se puso en pie para alejarse de Fellows. Pensó en Naruto, en su mirada titubeante y en sus ojos intensamente azules, en sus firmes besos y en la presión de sus manos.
Se le ocurrió que ésa era la segunda ocasión en pocas semanas que un hombre le advertía sobre otro. Pero, así como cuando Naruto le había hablado de Akatsuki ella le había creído a pies juntillas, ahora no quería más que negar todo lo que el inspector Fellows había contado sobre Naruto.
—Está equivocado —aseguró—. Naruto jamás haría eso.
—¿No me ha dicho que le conoce desde hace poco? Llevo vigilando a la familia MacUzumaki desde hace muchos años. Sé de qué son capaces.
—He conocido a muchos hombres violentos en mi vida, inspector, y Naruto MacUzumaki no es uno de ellos.
Hinata había crecido entre individuos que resolvían sus problemas con los puños, su padre incluido. Hiashi Hyûga podía resultar encantador cuando estaba sobrio, pero una vez que ingería ginebra se convertía en un monstruo.
Fellows no pareció convencido.
—La otra chica, Lilly, la que murió en Covent Garden, trabajaba en High Holborn hace cinco años. Desapareció después del asesinato y nunca pude encontrarla. Resulta que se había mudado a ese lugar en Covent Garden; un protector pagaba su alojamiento y le facilitaba dinero para vivir y mantenerse callada. El ama de llaves dijo que un caballero la visitaba de vez de cuando, siempre por la noche, y que partía antes del amanecer. Jamás le vio la cara. Pero un testigo vio a un hombre en esa casa la noche en que a Lily le clavaron las tijeras en el pecho, y no era otro que lord Naruto MacUzumaki.
El suelo volvió a moverse bajo sus pies, pero mantuvo la cabeza alta.
—No puede probar sus sospechas. ¿Y si el testigo no vio bien?
—Venga, señora Õtsutsuki. Debe admitir que lord Naruto es inconfundible.
Hinata no podía negarlo. También sabía que la policía podía conseguir que un testigo dijera que había visto lo que ellos querían que viera.
—No puedo entender por qué ha venido aquí esta noche a contarme esta historia —dijo en tono frío.
—Por dos razones. Una es avisarla de que se ha hecho amiga de un asesino. La segunda es pedirle que observe a lord Naruto y me avise de cualquier cosa extraña. Fue él quien mató a ambas chicas y tengo intención de probarlo.
Hinata clavó los ojos en él.
—¿No pretenderá que espíe al cuñado de la mujer que me ha acogido en su casa, verdad? ¿A una familia que hasta ahora no me ha mostrado más que bondad?
—Le pido que me ayude a atrapar a un asesino.
—No soy empleada de Scotland Yard ni de la policía francesa, inspector. Tendrá que recurrir a otra persona para que le haga el trabajo sucio.
Fellows meneó la cabeza con fingido pesar.
—Lamento esa actitud, señora Õtsutsuki. Si se niega a ayudarme, la arrestaré como cómplice cuando detenga a lord Naruto.
—Tengo un buen abogado, señor Fellows. Quizá debería hablar con él. Incluso le daré su dirección en Londres.
Fellows sonrió.
—Me agrada observar que no se deja intimidar. Pero considere una cosa… Estoy seguro de que no querrá que sus nuevos e importantes amigos le den la espalda cuando se enteren de que usted es un fraude. Hija de un embaucador de poca monta y una prostituta, que se ha introducido con mentiras en el corazón de la aristocracia. Querida, querida… —Chasqueó la lengua.
—Tampoco tengo por costumbre ceder a los chantajes. Aceptaré su advertencia como preocupación por mi seguridad y no volveremos a hablar del tema.
—Creo que nos vamos comprendiendo, señora Õtsutsuki.
—Váyase —dijo Hinata en un tono gélido que habría hecho que la señora Barrington se sintiera orgullosa—. Y no nos comprendemos en absoluto.
Fellows se negó a parecer derrotado. De hecho, le brindó una amplia sonrisa mientras recogía el sombrero y se acercaba a la puerta de la sala.
—Si cambia de idea, me hospedo en el hotel Gare du Nord. Buenas noches.
Abrió brusca y teatralmente las puertas de la estancia, pero se topó con la pared que era el pecho de Naruto MacUzumaki. Antes de que Hinata pudiera decir una sola palabra, Naruto cogió a Fellows por el gaznate y le empujó dentro de la sala.
Continuará...
