Aclaración: Los personajes e historia original pertenecen a Kafka Asagiri, Sango Harukawa, la editorial Kadokawa Shoten y el estudio BONES.
ARMONÍA
1. Estridencia
« The Last Time de One Ok Rock »
Los latidos del corazón son melodía cambiante, pensó Dazai Osamu, pero constante en la variación de tono, de ritmo, de intensidad, conservando una escala. Rara vez abandonamos la zona de confort y con frecuencia transcurrimos en dicha monotonía sin percatarnos, sentados al centro de una habitación monocromática a ojos cerrados, escuchando una incesante repetición, inmersos en los extremos del sopor, la melancolía o una tenue satisfacción.
Emociones reguladas en un marco.
Nada nos desnivela, no hay amenaza al balance que nos haga saltar del punto medio, un rasgar de cuerda potente trozando el blanco y el gris escarchando de colores reales, ensordecedores en su estridencia y cegadores en su potencia.
Hablamos de emociones, las experimentamos, las anhelamos, las representamos, cómodos en la conformidad y la seguridad de lo establecido.
Sospechamos de un pulso variante y disminuimos el volumen, no dejándonos llevar. Nos aferramos al control, adelantamos la pista, la suprimimos o presionamos el botón de mute. Vida plana exenta de riesgo.
Los latidos aceleran en el pentagrama de un patrón evidente impidiendo la distorsión de sentidos, la ruptura de lo predefinido como hermoso, explorado hasta el hartazgo y, aun así, respetado a falta de valor a aventurarnos en lo desconocido y la saturación del deseo.
Con los pies plantados en la loseta genérica del elevador ascendiendo al piso 21 del edificio Yukimane, las manos en los bolsillos y la vista recargada sobre el atardecer del distrito Kanagawa, sus pensamientos viajaron enredándose a libertad en su alborotada cabellera y en torno a las cuerdas de la guitarra colgándole a la espalda, dentro de una llamativa funda dorada.
El sol tocaba a la ciudad refractando el atardecer en los vidrios, haciendo brillar el granito y el acero, confiriendo a la urbe un halo de magnificencia. Embriagante estampa. Yokohama era, en cada uno de sus 18 distritos, un pez abisal. Sus luces, de día o de noche, engañaban a los incautos y sus fauces los devoraban. Era una trampa y él pretendía alejarse de la mentira de su luz apreciando la profundidad de la oscuridad, recluido entre notas rebuscadas intentando sentir algo más que el frío de la continuidad.
En la quietud de sus parpados percibió la frecuencia cardiaca de la vida, redundancia palpable, masa informe e insípida. Alzó el mentón, huyendo, pero su viscosidad se adhirió a sus piernas trepándole por los brazos hasta apretarle el aliento, buscando metérsele por las fosas nasales ahogando la grisácea mota de interés que le impedía morir. Así había sido desde que tenía uso de razón y algún día cedería. Las estrofas a su alrededor no bastaban para atarlo, carecían de brío y significado.
Estaba vacío. Donde debía haber un corazón latiendo, había un hueco.
Lo llamaban genio por crear las melodías pegadizas que lanzaron a su grupo al estrellato internacional. Era la cabeza, sí, más no el corazón. Sus composiciones eran lógicas, estructuradas, perfectas en planeación, completamente desprovistas de la genuinidad procedente de lo espontaneo. Secuencia de éxito, no de perpetuidad. El don de Atsushi y Chuuya de moverse dentro de la norma y disfrutarla, ¡endiosarla!, dotaba de peso a sus ritmos, aunque fuese —a su ver— con letras sosas.
Regulado el enojo surgido en su pecho como fuego, lo encaminó y extinguió. Decepcionante la futilidad de sus emociones y la facilidad de manipulación.
¿Dónde se hallaba la nota que lo sacaría del estándar lanzándolo fuera de la apatía, descontrolándolo y avasallándolo?, ¿existía o no?, ¿o es que, más que pender de una partitura el desequilibrio deseado, la disonancia destructora de confines que le zumbaría en los oídos, desbordándolo en confusión absoluta y embeleso de locura; dependía de dejarse llevar?, ¿era el mínimo soplo de inestabilidad capaz de ocasionar un terremoto?, ojalá no. Si dependía de su habilidad para perder el control el no tener control, el experimentar en carne propia el escalofrío derivado de las vibraciones de la vida, estaba —¡oh, triste ironía!— perdido. No valdría continuar esperando lo imposible y sería mejor recurrir a la salida fácil.
El éxito de una canción proviene de las perturbaciones en cinco líneas. Una constancia produce una tonadilla desabrida, aburrida, plana… como él.
¿Encontraré mi estruendo?, preguntó.
—Nunca —se respondió fatalista, las letras enterradas en la conversación de los adolescentes y el oficinista al teléfono.
Nada es imposible, dicen, y si alguien ama demostrarlo es el destino, porque cuando perdemos la esperanza y estamos hundidos en la desesperación, es cuando suele aparecer. Y puede hacerlo de modo caótico y benevolente, o sutil y sádico.
El elevador llegó al piso 20, en ascenso por la derecha, continuando al 25. En ese piso, a la izquierda, coincidió con uno en descenso. El cruce habría pasado inadvertido para los pasajeros en circunstancias diferentes, y en esas, no. Dos sintieron resonar sus almas en la fugaz intersección.
Las cuerdas de un instrumento más tenue que la guitarra fueron rasgadas por las cerdas de crin de un arco. Un violín entonando. La estridencia los sacudió de tal forma que entendieron que ahí, a metros de distancia, se hallaba su complemento. Partes de un todo hasta entonces inconexas e incompletas.
Confundidos, desorientados, giraron. Las cuerdas de sus corazones tensas por las clavijas de una simple y compleja casualidad.
Un segundo o menos les cortó el aliento presionando el diapasón sobre el que yacía un hilo rojo. Las vibraciones se extendieron al alma y el cordal, despojándolos de la fuerza y la cordura, transformándolas en necesidad.
Pese a las paredes de cristal, más allá de intuirse… no se vieron.
—¡A un lado! —gritó apartando a la gente a su alrededor al detenerse el ascensor.
A cuatro zancadas fue a las puertas del otro elevador.
Presionó repetidas veces el botón de llamado. Levantó la vista a la franja anunciando la ubicación, y al verlo a mitad de camino hacia abajo, abandonó la idea y optó por las escaleras. Abrió la puerta tras batallar con el picaporte. Ignoró los letreros de "no correr" y saltó de dos en dos los peldaños evadiendo oficinistas, recibiendo una llovizna de palabras altisonantes, sin pronunciar disculpas o explicaciones, sin parar a ayudar a quienes hacia tirar carpetas y bolsas.
¡Corrió como jamás!, con el espíritu puesto en los pies, el pecho pesado y cargado de una asfixiante sensación.
¡Tenía que encontrarlo!
¿A quién?, ¡no tenía idea!
¿En qué piso?, ¡no sabía!
¿Para qué?, ¡para todo!
Sufriendo las consecuencias de su nula resistencia, hizo un alto. Maldijo la negativa a llevar una vida fitness rechazando la propuesta de Chuuya de incluirse en los entrenamientos físicos. "Soy músico, no importa si aguanto o no 30 minutos en una caminadora", ¡caro le estaba saliendo el chistecito!
Inhaló, doblado al frente, las piernas temblándole, la garganta ardiéndole del esfuerzo, agarrado a su pecho. La guitarra lo aplastaba. No tuvo cabeza para quitársela de encima y así, casi de inmediato, retomó la carrera apremiado por una fuerza superior a su voluntad.
Al final de las escaleras estrelló el hombro a la pared, la vista nublada por el sudor y el esfuerzo. Apretó dientes, empujándose. Le quemaban los muslos, las pantorrillas y las plantas de los pies. Su cuerpo le pedía rendirse, caer en el lobby y desfallecer. Su alma lo instaba a morir, si se requería, por continuar.
Chocó con un grupo de traje, una pareja de ropa desgarbada, con una chica de gafas cargando una caja y contra un chico aferrado a un bajo.
Las puertas de cristal lo condujeron a un amplio descanso guarecido a la sombra de frondosas parras. Se detuvo a la orilla de los cinco peldaños a la calle.
¿Derecha?, ¿izquierda?, ¿por el cruce peatonal?, ¿por dónde?, ¡¿qué rumbo había de seguir para encontrarlo?!, ¡¿a quién buscaba?!
En medio del flujo de gente juzgándolo de reojo, tembloroso, retrocedió y cayó de rodillas. Lo sentía alejarse, perderse en la ciudad, desaparecer, desvanecerse junto con la esperanza.
La estridencia enmudecía, retornándolo al monocroma de tiempo en fingido movimiento.
Notas:
El presente fanfic nació como un intento mío de escapar de la paranoia de la pandemia. Originalmente iba a actualizar el fanfic de Aquelarre, que sólo he publicado en fanfiction y ao3, debido a su contenido, y para que wttp no me regañe; no obstante, la temática se me hizo en exceso agobiante por el estrés de la situación y no pude. Armonía fue, entonces, mi escape, y un escape con tintes soft, ligero, tierno. Es a cuanto apunta, no a más. Ojalá les agrade, lo puedan disfrutar, y les ayude con un segundo de distracción del mundo y su caos actual.
Los capítulos fueron escritos con una canción especifica de fondo. La letra no tiene mucho que ver con la trama, pero el ritmo es lo que importa, pues el flujo al que se mueve el fragmento de historia que leerán, y por eso estaré anexando el nombre de la canción y el grupo al inicio, como una especie de subtítulo.
Sin más que añadir, agradeciendo sus lecturas, favoritos y comentarios, donde quiera que estén, mis mejores deseos para ustedes y los suyos. Un abrazo gigante. Cuídense mucho, por favor. Los amo.
