2. Silencio
« STAND-ALONE de Aimer »
Acosado por cientos de simultáneos pensamientos surgidos de la penumbra, allanando feroces su mente, se arrinconó en una esquina de la habitación, en su cama, con la luz apagada. La ventana cerrada amortiguó la fresca juventud de la noche y su bullicio. Bastante tenía con los demonios internos como para lidiar con los externos.
Abrazó sus rodillas, ocultando el rostro en el espacio ofrecido por el ángulo formado, regulando el ritmo de su respiración.
Inhaló despacio, exhaló suave, presintiendo las variaciones de sus emociones hirviendo, previniendo el estallido al apretar dientes, puños y parpados.
Contrólate, se pidió, abrumado por las dudas y los miedos de la vida, suplicando a las voces detuvieran la lucha que iba tornándose difícil ganar.
La ira le tensó las mejillas.
No eres suficiente, dijo una voz.
Tienes que conseguir serlo a como dé lugar, confirmó otra.
No puedes equivocarte, tienes que ser más capaz y duro para sobrevivir y que, sin importar si vales o no, nadie pueda negarte, murmuró la quincuagésima, escarbando en la profundidad de su inestabilidad.
Debes ganar el derecho a existir, dijo una nonagésima.
Las voces venían de una infancia en la calle, peleando por las sobras con los perros, escondiéndose de los peligros al asecho de los desamparados; y de la crudeza del orfanato, añorando el reconocimiento de quienes se supone debían rescatarlo y sólo se hicieron cargo de su cuerpo. Los granizos de la realidad destruyeron la frágil película de su estabilidad, impidiendo a la calma otorgándole un segundo, un espacio minúsculo de relajación. Vetada la paz de su mente, sólo le quedaba la interminable guerra pagada con el sueño y la capacidad de disfruta de los placeres seguros de la vida, como el de estar con su hermana, la única constante a la que se ceñía precario.
Desesperado, rodeó su nuca presionando la cabeza contra las piernas.
El ruido aumentó.
¿Por qué no se callaban las voces?, ¿por qué el estruendo no acababa?, ¡¿qué querían de él los murmullos que lo hacían trizas, lento?!, no muy lento para recuperarse, ni muy rápido para matarlo, lo justo para enloquecerlo y agonizar.
Odiaba el descontrol en su cabeza, la ausencia de freno y las riendas en una mano fantasma espoleando sobre su persona una manada salvaje de demonios, cuyas pesuñas atestaban el silencio convirtiéndolo en su enemigo. No soportaba el silencio, y por las heridas de su pasado, tampoco a la gente. Paradoja asesina, asilándolo en el desasosiego y el dolor.
—Gin —masculló el futuro abogado, Akutagawa Ryunosuke, sometido por las voces como pocas veces en fechas recientes, orillado al pánico que empezó una hora atrás.
No fue el silencio el causante del pavor, fue una serenidad fugaz que lo sacudió y aterró en el elevador, una nota proveniente del cimbrar de una cuerda paralizando su entorno.
Un koto.
Un remedio a su caos.
Un instante, de pie al interior de la caja metálica que bajaba de las oficinas de una disquera, visita obligada de las prácticas de derecho comercial. El mutismo social entorno al individuo agitado por una diminuta melodía, que cambió de tono a sus voces privadas. Su timbre se tornó amable, agradable, manejable, y repentinamente pactaron coexistir en la avenencia del inesperado instrumento… Luego desaparecieron.
Cordial silencio.
Miedo.
¿De dónde provino aquel sonido?, ¿de dónde vino su calma?, ¿qué tocó la nota… o quién?
¿Por qué?
Se giró, buscando el origen, halado por la cuerda invisible del sedante en su pecho, las vibraciones haciendo temblar sus piernas.
Sin embargo, en vez de atender al llamado delicado y etéreo del koto retumbando en su corazón, con el trinar de una floreciente primavera, huyó veloz de los pétalos cayendo en las cuerdas, cual si se trataran de ascuas de un bestial incendio pisándole los talones.
No le interesaba la música, no la entendía y en definitiva no era parte su vida. Pese a eso, ahí, en ese piso, anheló la melodía, previo a precipitarse por las puertas del ascensor en cuanto se detuvieron en la recepción.
En una contradicción, del deseo al impulso, huyó…
¿De quién o qué?, ni idea.
En su mente no batalló contra enemigos conocidos. Estos se apartaron cediendo terreno a las nuevas interrogantes, al dulce desconcierto persiguiéndolo a la estación del metro.
Apenas controlando los dedos para teclear, compró un boleto.
Inquieto, se mantuvo detrás de la línea amarilla soportando los minutos hasta la llegada del tren.
Entró, tropezando con el filo del acceso al vagón acomodándose la mochila al hombro.
En la ansiosa seguridad de su asiento apretujó los dedos encima de las piernas rígidas, el pecho doliéndole por el golpeteo acelerado de los latidos y el esfuerzo de la prisa. Un sudor frío lo cubrió, los labios le temblaron y hubo lágrimas al borde de sus ojos.
Lágrimas, las nombró para sí, estupefacto.
Había colapsado, ¡enloquecido!, y algunos pasajeros lo notaban manteniendo distancia, dudando de si debían avisar a la policía o no. No los escuchaba, ni siquiera los veía, más conocía suficiente a las personas para deducir que la imagen ofrecida, sentado y tembloroso, cabizbajo, no era de fiar.
Estrujó puños.
Patético, se reclamó y enderezó la espalda.
Los monstruos conocidos volvieron a casa, con él, a su habitación. Debajo del clamor avivado por la negativa a pensar en lo sucedido, una corriente fluctuó exasperada al ser ignorada.
—Los vocalistas son muy guapos —opinó una chica, sentada detrás de él.
—Sí, pero prefiero al guitarrista —contestó, descarado, su amigo.
—Es el que compone las melodías, ¿no?, se ve que es un donjuán.
—Si estuviera la mitad de bueno que él, también lo sería —defendió el chico—, pero como no, no me queda más que caer rendido a sus pies y que haga conmigo lo que quiera.
La chica le dio un codazo juguetón, riendo, y él continuó:
—Ya, hablando en serio —Akutagawa alzó una ceja. ¿Podía hablarse en serio de un grupo musical?—, el tal Dazai tiene un aire misterioso.
—Triste —añadió la chica.
Con un asentimiento mudo, el amigo concedió y cambió de tema.
Quisiera o no las conversaciones vanas de sus congéneres solían atraer su atención de vez en cuando. Una especie de germen que se le pegaba al oído, por mucho que se esforzara en mantenerse alejado del fango social.
No le dio vueltas al asunto, tomándolo como un respiro de las varias lecturas esparcidas por su lugar de trabajo, subrayadas, tachadas, dobladas, transcritas. Incluso él requería despejarse.
¿Puedes darte ese lujo?, inquirió uno de sus demonios, ¿en serio puedes hacerlo?, que confianza, se burló, azuzando la ira en su pecho.
Incrustó las uñas en la palma de las manos al retraer los dedos. Alzó el rostro, el ceño fruncido y los dientes chirreando al chocar la hilera inferior contra la superior. Los pulmones se le hincharon de oxígeno y el alma se le envenenó de furia, por mayor empeño puesto en controlarse y tener a los demonios quietos.
El profesor entró anunciando el número de caso a revisar. De la impresión, el compañero que sostuvo la cháchara de música lazó el lapicero con que jugaba, y este voló a su cabeza, que ya era un bullicio al límite, a punto de derramarse.
La emoción se astringió, absorbiendo la energía para expandirse en una devastadora explosión… y la cuerda del koto emitió una delicada y exquisita nota, atenuando la detonación.
El recuerdo del elevador bastó para serenarlo.
Asustado por haberle tocado un pelo al Abogado del Diablo, el chico se apresuró a pedir disculpas, recibiendo el lapicero que la compañera sentada al lado de Akutagawa levantó, temerosa.
El ruido en el salón fue aminorando conforme la clase encontró el caso y se acomodó. En el fuero interno de Akutagawa, la evocación de la paz trajo nostalgia.
—No debí irme —un susurro tenue como intenso el arrepentimiento.
Un año había transcurrido.
Las voces surgían con normalidad.
El resentimiento se sucedía en la persistencia de los días.
La única variante estaba ahí, al pie del cañón. No es que de improviso emergiera un oasis de serenidad para sus monstruos, regalándole una intervención a su favor. No. Lo que tomó posesión de la linde alrededor del sobre erosionado cráter de su corta mecha, fue una dulce fragancia de sotobosque cristalizada en una fresca nota, una ilusión que lo contenía.
Al principio, lo atemorizó. En la consecución de los meses, fue acostumbrándose y aceptando su existencia balsámica.
Dio un vistazo a la esquina de su escritorio, de soslayo.
Nada.
Akutagawa volvió la vista al material de estudio.
No había nadie ahí, al filo del escritorio, sentado en una desgarbada, impropia e impertinente posición, como su corazón aseguró que encontraría al dueño del koto, cuyo canto reverberaba paseándose en la espesura de sus pensamientos, retando a sus demonios, confrontando a sus monstruos, acallando voces, brindándole paz fugaz.
Silencio fugaz, sí.
Silencio sin perpetuidad.
Espejismo.
Silencio, al fin y al cabo.
