La Locura del Lord


13| TU Y YO ENCAJAMOS


Todos clavaron los ojos en ella. Shino con diversión, el sacerdote con el ceño fruncido de preocupación, Bee parecía desconcertado y Menma, impaciente. Sólo Naruto permaneció inexpresivo. Podría ser un hombre esperando que alguien le dijera si había huevos escalfados para desayunar.

—¿Por qué demonios no? —preguntó Menma—. Le gustas a Naruto y tú tampoco le haces ascos. Y necesita una esposa.

Hinata se apretó las manos.

—Sí, pero quizá yo no necesito un marido.

—Un marido es justo lo que necesitas —gruñó Menma—. Así impediremos que corretees con mi mujer por casinos ilegales.

—Menma. —La voz de Naruto permaneció inalterable—. Quiero hablar con Hinata a solas.

Menma se pasó las manos por el pelo oscuro.

—Lo siento —le dijo a Hinata—. Tengo los nervios de punta. Por favor, cásate con él. Necesitamos al menos a una persona sensata en la familia.

Sin esperar su respuesta, indicó al sacerdote, a la doncella y a los dos ayudas de cámara que salieran del cuarto y cerraran la puerta.

La lluvia golpeaba las ventanas y el rítmico sonido llenaba el silencio. Ella se dio cuenta de que Naruto la taladraba con la mirada pero, por una vez, quien no podía mirarle era ella.

—Estoy determinada a no volver a casarme. —Hinata intentó sonar decidida y no lo consiguió—. He resuelto llevar la vida de una viuda rica: viajar, divertirme y ayudar a los demás.

Sus palabras sonaron débiles incluso ante sí misma.

—Una vez que seas mi mujer, Fellows no podrá tocarte —dijo Naruto como si no hubiera escuchado nada de lo que ella había dicho—. Sus superiores le ordenaron mantenerse apartado de mi familia y, cuando te cases conmigo, serás parte de ella. No podrá arrestarte ni acosarte. Mi protección, la protección de Nagato, se hará extensible a ti.

—Eso no ha impedido que te moleste a ti, ¿verdad?

—No le está permitido pisar los terrenos de Rasengan, y Nagato le causará problemas si intenta acercarse en cualquier otro lugar. Te lo prometo.

—¿No has dicho que Nagato está en Roma? ¿Y si no quiere extender su protección sobre mí?

—Claro que lo hará. Odia a Fellows y hará lo que sea para impedir que se salga con la suya.

—Pero…

El apresuramiento de todo aquello la dejaba sin palabras y buscó desesperadamente una excusa.

—Naruto, hay algo que no sabes de mí. Mi padre no fue un aristócrata japones. Cuando llegó a Inglaterra hizo creer a todo el mundo que era vizconde real. Sabía imitar muy bien los modales de la nobleza. Pero sus orígenes eran tan humildes como los de cualquiera que haya nacido en el East End.

Naruto apartó la mirada de ella.

—Lo sé. Era un conocido embaucador que huyó para que no le arrestaran.

Hinata se quedó sin respiración.

—¿Lo sabías?

—Cuando investigo a alguien, me entero de todo. Ella notó un nudo en la garganta.

—¿Lo saben tus hermanos?

—No encontré razones para decírselo.

—Y sabiendo eso, ¿sigues queriendo casarte conmigo?

—Sí, ¿por qué no?

—Porque no soy el tipo de mujer con quien debería casarse el hijo de un duque

—casi gritó—. Mis antecedentes son demasiado sórdidos… No son mejores que los de una criada. Te llevaré a la ruina.

Él se encogió de hombros en un gesto característico suyo.

—Todo el mundo piensa que eres hija de un vizconde. Será suficiente para los ingleses más conservadores.

—Pero es mentira.

—Tú y yo sabemos la verdad, y quien prefiera creer lo otro también quedará satisfecho.

—Naruto, tienes más confianza en mí de la que merezco, soy hija de mi padre. No soy mejor que él.

—Claro que eres mejor. Cien veces mejor.

—Pero si alguien lo descubriera… Oh, Naruto, sería horrible. Los periódicos… Él no la escuchaba.

—Nosotros encajamos, tú y yo —explicó él—. Los dos somos extraños con los que nadie sabe qué hacer. Pero encajamos juntos. —Le cogió la mano y apretó sus palmas antes de entrelazar sus dedos—. Encajamos.

Él le estaba diciendo: «somos dos seres que van a la deriva y a los que nadie quiere, así que bien podemos ir a la deriva juntos».

No le decía: «Por favor, cásate conmigo, Hinata. Te amo».

Naruto le había confesado aquella primera noche en el teatro que nunca podría amar. Que no esperara amor de él. Pero, por otra parte, tal como había dicho Menma, ella no le hacía ascos. Hinata había aprendido a no molestarse por los abruptos comentarios de Naruto, a no sentirse ofendida cuando parecía que él no había escuchado ni una palabra de lo que había dicho.

—El sacerdote es católico —dijo débilmente—. Yo soy anglicana.

—El matrimonio será legal. Menma se ha encargado de ello. Pero podemos volver a casarnos cuando lleguemos a Escocia.

—A Escocia —repitió ella—. ¿No iremos a Inglaterra?

—Iremos a Rasengan. A partir de ahora ése será tu hogar.

—Desde luego, Naruto, cada vez me haces sentir mejor.

Él frunció el ceño. Como siempre, se había tomado literalmente sus palabras.

—A una mujer le gusta que le hagan un poco la corte antes de casarse — continuó ella—. Que le regalen un anillo de diamantes y esas cosas.

Naruto le apretó la mano.

—Te compraré la sortija más grande que hayas visto, llena de diamantes y perlas a juego con tus ojos.

A Hinata le dio un vuelco el corazón. La mirada de Naruto era muy intensa a pesar de que no era capaz de mirarla directamente.

Recordó aquel arrebatador instante, cuando estaban haciendo el amor y él clavó los ojos en los suyos. Sus ojos habían sido hermosos y la había hecho sentir como la única mujer del mundo. La única que le importaba.

Daría cualquier cosa para que Naruto volviera a mirarla de esa manera. Todo lo que tenía.

—Maldito seas, Naruto MacUzumaki —susurró.

Se escuchó un golpe la puerta antes de que Shino introdujera la cabeza por la rendija.

—Está dejando de llover y el bueno del inspector comienza a perder la paciencia.

—Hinata… —dijo Naruto, apretándole la mano.

Ella cerró los ojos. Se aferró a los dedos de Naruto como si él fuera lo único que le impidiera ahogarse en un mar embravecido.

—Está bien, de acuerdo —cedió con la voz tan agitada como su cuerpo—. Será mejor que lo hagamos de una vez, antes de que el inspector asalte las almenas.

Y lo hicieron. El corazón de Hinata asomaba a sus ojos perlas cuando repitió los votos. Después de que el matrimonio fuera bendecido por el sacerdote, con Shino, Menma y Bee de testigos, Naruto le deslizó en el dedo la sencilla alianza que le había mandado conseguir a Shino, ocupando el lugar en el que quería poner una sortija llena de perlas. Al besarla, saboreó en sus labios la calidez que permanecía en ella tras hacer el amor, y también su nerviosismo.

Salieron juntos de la pensión. Naruto sujetaba el paraguas cubriendo a ambos e ignoró con mordacidad a Fellows y al pequeño grupo, formado por gendarmes parisienses y periodistas, que ocupaban la acera opuesta.

El carruaje de Naruto se detuvo en medio de la calle, bloqueando la vista del inspector. El hombre rodeó el vehículo y se plantó ante ellos cuando Naruto ayudaba a Hinata a subir al mismo.

Fellows mostraba una mirada sombría y tenía el cabello empapado por la lluvia. Su furiosa irritación era la que correspondía a un hombre que llevaba toda la noche persiguiendo a su presa y ahora veía que se le escapaba.

—Naruto MacUzumaki —escupió con voz firme—. Estos gendarmes han venido a arrestarle por secuestrar a la señora Hinata Õtsutsuki y mantenerla de rehén en esta pensión.

Hinata le miró desde el interior del carruaje; un cálido refugio a salvo de la lluvia.

—Oh, no sea ridículo, inspector. Naruto no me ha secuestrado.

—Tengo testigos que vieron cómo la sacaba a la fuerza del casino y la traía aquí. Naruto plegó lentamente el paraguas y lo sacudió antes de meterlo en el vehículo.

—La señora Hinata Õtsutsuki ya no existe —explicó, clavando los ojos en la puerta de la pensión—. Ahora es lady Hinata MacUzumaki.

Se giró y se subió al coche antes de que Fellows pudiera comenzar a balbucear. Menma salió de la pensión con una amplia sonrisa en la cara, seguido por Shino que portaba una maleta de mano, y de Bee con una botella de vino y un bollo de pan que Naruto había comprado al dueño del negocio.

—Pierde este round, Fellows —se regodeó Menma, dando una ruidosa palmada en el hombro empapado del inspector—. Más suerte la próxima vez.

Se subió al carruaje, sentándose enfrente de Hinata y Naruto, a los que dirigió una amplia sonrisa. Bee se acomodó con el cochero, pero Shino trepó también a la cabina de pasajeros y cerró la puerta ante las narices del inspector.

La mirada del policía eran como duras ágatas, y Naruto supo que sólo había conseguido frustrar brevemente a aquel hombre. Había ganado una batalla, pero la guerra continuaría.

Partieron de inmediato hacia Escocia. Hinata sólo dispuso de unas horas para hacer el equipaje y despedirse de Sumire, porque Naruto mostró de repente una prisa vertiginosa.

—Oh, querida, soy tan feliz. —Las lágrimas mojaban las pestañas de Sumire cuando envolvió a Hinata en un abrazo—. Siempre te he querido como a una hermana y ahora ya lo eres. —Sostuvo a su amiga a una prudente distancia—. Hazle feliz. Naruto se merece ser feliz más que cualquiera de ellos.

—Lo intentaré —prometió Hinata. Sumire sonrió mostrando sus hoyuelos.

—Cuando regrese a Londres, tienes que venir desde Escocia, nos lo pasaremos muy bien.

Hinata agarró las manos de la otra joven.

—¿De verdad no quieres venir con nosotros? Te voy a echar de menos.

—Yo también te echaré de menos, querida, pero no. Naruto y tú necesitan estar solos y Rasengan… —se interrumpió con una mirada de dolor—. Me traería demasiados recuerdos. Todavía no puedo ir allí.

Se abrazaron una vez más. Hinata no se había dado cuenta del gran cariño que había llegado a sentir por Sumire, la generosa joven que la tomó bajo su ala para mostrarle un nuevo y asombroso mundo.

Sumire abrazó también a Naruto, repitiéndole lo feliz que estaba por ellos. Por fin, Hinata y Naruto llegaron a la estación de tren acompañados de Shino, Sâra y otro carruaje lleno de cajas y bolsas. Hinata aprendió con rapidez lo fácil que resultaba todo para los aristócratas cuando Naruto la guio al compartimiento de primera clase, dejando a Shino a cargo del equipaje, los billetes y Sâra.

A pesar de todas las afirmaciones de Naruto de que él estaba cómodo en cualquier lugar, seguía siendo un lord, hermano de un duque; un aristócrata lo suficientemente rico como para ignorar los pequeños detalles de la vida. Pagaba a gente para que se ocupara de todas esas nimiedades.

La voz de la señora Barrington se había debilitado en la cabeza de Hinata durante los últimos días, y en ese momento la escuchó muy lejana.

«Nunca te creas superior a lo que eres, niña. No sería positivo para ti».

Se preguntó qué habría dicho Toneri al respecto y no pudo imaginarlo. Las lágrimas nublaron la imagen de la estación, que se deslizaba tras las ventanillas cuando el tren se puso en movimiento.

Naruto ni siquiera se molestó en enterarse de si Shino había subido a bordo antes de partir. Hinata comparó aquella experiencia con la suya al salir de la estación Victoria. El jadeante mayordomo de la señora Barrington era demasiado mayor y, a pesar de que intentaba ayudar, dejaba caer más cosas de las que debía. Sâra estaba convencida de que les robarían el equipaje y jamás volverían a verlo. Y la doncella que Hinata había contratado, histérica por tener que partir al extranjero, había desaparecido en el último momento.

Por supuesto, Shino no tuvo ninguno de esos problemas. Apareció tranquilamente en la puerta del compartimiento cuando salían de París para decirles que pronto les servirían el té y que ya se había ocupado de los billetes, antes de preguntarles si querían algo más. Eficiente, tranquilo como si su señor no acabara de precipitarse en un apresurado matrimonio y no se extendieran ante ellos centenares de kilómetros de viaje.

Poco después de dejar París atrás, mientras atravesaban una Francia empapada por la lluvia, Hinata descubrió lo alterado que podía llegar a sentirse Naruto. Tras pasar sólo media hora en aquel compartimiento privado, su flamante esposo comenzó a vagar por el tren, paseándose por el pasillo de arriba abajo. Cuando llegaron a Calais y subieron al barco que los llevaría a Inglaterra, recorrió la cubierta dejando que Hinata pasara la noche a solas en el camarote.

Por fin, durante el trayecto entre Dover y la estación Victoria, Hinata se puso en pie cuando él se levantó de nuevo con intención de salir del compartimiento.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó—. ¿Por qué no quieres estar sentado conmigo?

—No me gusta estar encerrado. —Naruto abrió la puerta del pasillo mientras hablaba, con el labio superior perlado de sudor.

—No te importa ir en carruaje.

—Porque puedo hacer que se detenga cuando quiera, pero no puedo bajarme de un tren o un barco en marcha.

—Cierto. —Hinata se pasó el dedo por el labio—. Quizá podríamos encontrar algo en lo que mantenerte ocupado.

Naruto cerró bruscamente la puerta.

—También salgo al pasillo porque mantener las manos alejadas de ti es una tortura.

—Aún estaremos algunas horas más en el tren. Estoy segura de que Shino impedirá que nos molesten.

Naruto bajó las cortinas y la miró.

—¿En qué estás pensando?

Hinata nunca hubiera imaginado la cantidad de cosas que podían hacerse en un compartimiento de tren, pero Naruto resultó ser muy imaginativo. Al poco rato estaba medio desnuda y le rodeaba con las piernas mientras él se encontraba arrodillado frente a ella. En esa posición sus caras quedaban a la misma altura y Hinata pudo estudiarle los ojos, esperando que él la mirara de nuevo como la vez anterior. Pero en esta ocasión, cuando alcanzaron el clímax, Naruto cerró los ojos y giró la cabeza.

Sólo unos minutos después, una jadeante Hinata volvía a estar vestida y sentada en el compartimiento, y Naruto salía a pasearse por el pasillo.

Cuando compartía cama con su primer esposo habían mantenido unas relaciones menos intensas, más convencionales, pero al final se besaban entre susurros murmurándose lo mucho que se amaban. Ahora Naruto vagaba por el tren y Hinata permanecía sentada a solas, observando los verdes campos ingleses por la ventanilla. En su mente resonaron las declaraciones que Naruto le había hecho semanas antes: «No espero amor de ti. No podría corresponderte».

El equipaje llegó sano y salvo a la estación, pero cuando se subieron a un elegante vehículo alquilado por Shino, Hinata notó que se dirigían hacia el Strand en vez de a la estación Euston.

—¿Vamos a detenernos en Londres? —preguntó Hinata sorprendida.

Naruto respondió con una leve inclinación de cabeza. Hinata miró a través de la ventanilla un Londres lluvioso que le pareció más sucio y monótono que antes de haber visto los anchos boulevares de París.

—¿Tu casa está cerca de aquí?

—Los enseres de mi vivienda en Londres han sido empaquetados y enviados a Escocia mientras estaba en Francia.

—Entonces, ¿adónde vamos?

—Vamos a visitar una tienda.

Entendió a qué se refería cuando la condujo a un pequeño local en el Strand, lleno de curiosidades orientales del suelo al techo.

—Oh, vas a comprar más porcelana de la dinastía Ming —dedujo ella—. ¿Una jarra quizá?

—Una taza. No sé nada de jarras Ming.

—¿No es lo mismo?

La mirada que le dirigió preguntaba si se había vuelto loca, así que Hinata cerró la

boca y se mantuvo en silencio. El comerciante, un hombre corpulento de pelo amarillento y bigote despoblado, intentó que Naruto se interesara por una jarra que era a todas luces mucho menos valiosa que la taza que quería ver Naruto, pero él ignoró sus maniobras.

Hinata observó con fascinación cómo su marido sostenía una delicada taza con las yemas de sus dedos mientras la examinaba concienzudamente. No pasó nada por alto, ninguna fisura ni desconchado. La olió, la lamió, cerró los ojos y apoyó la fina porcelana contra la mejilla.

—Seiscientas guineas —ofreció.

El corpulento comerciante pareció sorprendido.

—Santo Dios, hombre, se arruinará. Si le soy franco iba a pedirle trescientas. Tiene muchas faltas.

—Es una pieza rara —aseguró Naruto—. Vale seiscientas.

—Bueno —replicó el comerciante con una amplia sonrisa—. Seiscientas entonces. No vamos a discutir. No querría echarle un vistazo al resto de mi colección ¿verdad?

Naruto depositó con mucha delicadeza la taza en un tapete de terciopelo que el comerciante puso en el mostrador.

—No tengo tiempo. Tengo que partir con mi nueva esposa hacia Escocia esta misma noche.

—Oh. —El hombre observó a Hinata con renovado interés—. Perdone, milady, no me he dado cuenta. Felicidades.

—Ha sido todo muy repentino —le disculpó Hinata con voz débil.

El comerciante arqueó las cejas y miró a Naruto, que cubría la taza con la mano.

—Me siento encantado de que se haya tomado tiempo para detenerse aquí a considerar mi oferta.

—Somos afortunados de haberle encontrado —aseguró Hinata—, y de que la taza todavía estuviera aquí.

El hombre pareció asombrado.

—No ha sido cuestión de suerte. Lord Naruto me envió un telegrama desde París diciéndome que se la reservara.

—Oh. —Hinata notó que se ruborizaba—. Sí, claro, por supuesto.

Hinata no se había separado de Naruto desde su apresurado enlace, salvo cuando él recorría los pasillos de los trenes y barcos. El eficiente Shino debía de haber enviado el telegrama desde alguna estación de paso. Eran detalles de los que Naruto no se preocupaba.

El ayudante del comerciante empaquetó la porcelana bajo el ojo atento de Naruto. El propietario del negocio se inclinó en una reverencia después de que su marido dijera que su hombre de confianza traería el dinero enseguida.

—Por supuesto, milord. Felicidades de nuevo, milady.

El ayudante les sostuvo la puerta abierta, pero apenas habían dejado atrás el local cuando Deidara Akatsuki salió de un carruaje frente a ellos. El hombre, rubio y apuesto, se detuvo en seco al verles y pareció como si su rostro adquiriera un peculiar tono verdoso.

Hinata tenía la mano en el hueco del brazo de Naruto y éste la apretó tan bruscamente contra su cuerpo que ella cayó contra él. Akatsuki miró lleno de furia la caja que Naruto llevaba bajo el brazo.

—Maldita sea, ¿es ésa mi taza?

—El precio habría sido demasiado alto para usted —respondió Naruto.

Akatsuki se quedó boquiabierto y clavó los ojos en Hinata, que quiso lanzarse de cabeza hacia el carruaje más próximo y escapar de allí. Sin embargo, alzó la barbilla y mantuvo la compostura.

—Señora Õtsutsuki —dijo Akatsuki con rigidez—. Debería tener en cuenta su reputación. La gente podría comenzar a decir que son amantes.

Por «gente» Akatsuki debía estar refiriéndose a sí mismo. Antes de que Hinata pudiera responderle, Naruto tomó la palabra.

—Hinata es mi esposa.

—No. —La cara de Akatsuki comenzó a ponerse de color púrpura—. ¡Oh, es usted un bastardo! Les demandaré a ambos. Por incumplimiento de contrato y todo eso.

Hinata imaginó la humillación que supondría que los jueces y abogados indagaran en su pasado, revelando lo desgraciado que sería su matrimonio para Naruto.

—Ha venido a vender algo —interrumpió Naruto a Akatsuki.

—¿Eh? —Akatsuki apretó los puños—. ¿Qué dice?

—El propietario me ha dicho que esperaba que le trajeran una taza de un momento a otro. Al parecer usted quería intercambiar la suya por ésta.

—¿Y qué pasa? Esta tienda es de un coleccionista.

—Enséñemela.

El temblor de Akatsuki resultó casi cómico. Abrió y cerró la boca repetidas veces, pero Hinata observó que la avaricia y la desesperación sustituían con rapidez a la indignación. Akatsuki chasqueó los dedos y su lacayo se aproximó con una bolsa desde el carruaje. Naruto señaló la tienda con la cabeza y volvieron a entrar.

El propietario pareció sorprenderse de verles regresar, pero envió a su ayudante a por otro tapete de terciopelo, y Akatsuki sacó la taza de la bolsa.

Esta pieza era diferente, tenía camelias rojas pintadas en el exterior. No estaba descascarillada como la otra y brillaba bajo la luz de la lámpara.

Naruto la alzó y la examinó con el mismo cuidado que la anterior.

—Vale mil doscientas guineas —anunció.

Los labios de Akatsuki formaron una «o» perfecta.

—Sí —balbuceó.

—Por supuesto.

Hinata tragó saliva. Si lo había comprendido bien, Akatsuki había estado a punto de cambiar una taza cuyo valor eran mil doscientas guineas por una que no valía más que seiscientas. No era de extrañar que Naruto se riera de él. No dudaba de cuál valoración era la correcta.

—Se la compro —dijo su marido. Giró la cabeza hacia el propietario de la tienda—. ¿Se encarga usted de la transacción?

—Naruto —susurró Hinata—. ¿No es demasiado dinero?

Él no respondió. Hinata apretó los labios y observó sin abrir la boca cómo su marido tramitaba una transacción de mil doscientas guineas más cien de comisión para el propietario, que no había hecho otra cosa que permanecer de pie junto a ellos. Ella había vivido con frugalidad durante tanto tiempo, que observar el comportamiento de alguien como Naruto, que gastaba el dinero a manos llenas, la hizo estremecer. Y él ni siquiera pestañeó durante todo el proceso.

Akatsuki, sin embargo, sudaba cuando cogió el cheque de Naruto. Sin duda correría a hacerlo efectivo al banco más cercano en cuanto saliera de allí.

Naruto abandonó la tienda sin despedirse siquiera de Deidara y ayudó a Hinata a subir al carruaje. Shino le entregó las dos cajas con una amplia y descarada sonrisa.

—Bueno, ha sido toda una aventura —aseguró Hinata—. Acabas de darle a Deidara Akatsuki mil doscientas guineas.

—Quería esa taza.

—¿Cómo sabías que estaba allí la primera taza? ¿O que Akatsuki traía otra? Llevas semanas en París.

Naruto miró por la ventanilla.

—Tengo a un hombre en Londres pendiente de este tipo de transacciones. Me envió un telegrama la noche que fuimos al casino. Me comunicaba que en esta tienda había una taza a la que Akatsuki le había echado el ojo.

Hinata clavó en él los ojos sintiendo que su vida comenzaba a escapar a su control.

—Eso quiere decir que tú habrías dejado París a la mañana siguiente, te hubieras casado conmigo o no.

Naruto la miró brevemente, luego volvió la vista a las calles.

—Te habría traído conmigo de cualquier forma. No te habría dejado allí sola.

Casarme contigo era la mejor manera de frustrar a Fellows.

—Ya entiendo. —Hinata se estremeció—. Frustrar a Akatsuki fue una gratificación mayor, ¿verdad?

—Tenía intención de frustrar a Akatsuki de todas maneras.

Hinata le estudió en silencio, el poderoso perfil, la gran mano que reposaba sobre la caja que estaba junto a él en el asiento.

—Yo no soy una taza de porcelana, Naruto —dijo ella con suavidad.

Naruto la miró con el ceño fruncido.

—¿Ahora también estás bromeando?

—Tú no querías que Akatsuki tuviera las tazas, igual que no querías que me tuviera a mí.

Él la observó fijamente durante un momento antes de inclinarse sobre ella de repente con una expresión feroz.

—En cuanto te vi, supe que tenía que apartarte de él. Akatsuki no tenía ni idea de lo que valías, igual que no sabe valorar las malditas tazas. Es un completo ignorante.

—Creo que me siento un poco mejor.

Naruto volvió a mirar por la ventana como si la conversación hubiera terminado. Ella estudió su ancho pecho, las largas piernas que apenas podía estirar en el interior del carruaje. Sus pensamientos se desviaron cuando pensó en aquellas mismas extremidades estiradas junto a las suyas en la cama.

—Supongo que estará bien permanecer algunas noches en Londres —observó ella—. Tengo que comprar algunas cosas antes de partir hacia Escocia… Supongo que allí hará bastante más frío.

—No vamos a quedarnos en Londres. Cogeremos el tren hoy mismo. Shino se está ocupando de los billetes.

Hinata parpadeó.

—Pensé que cuando dijiste que nos íbamos a detener en Londres, querías decir que sería por un par de noches. No que sería visto y no visto.

—Tenemos que ir a Rasengan.

—Entiendo. —Notó un frío nudo en el pecho—. ¿Qué haremos cuándo lleguemos allí?

—Esperar.

—¿Esperar a qué?

—Esperar a que pase el tiempo.

Hinata esperó, pero él no dijo nada más.

—Eres exasperante, Naruto.

Él siguió en silencio.

—Bueno. —Hinata se recostó en el asiento, notaba una opresión en el pecho—.Por lo que veo éste será un matrimonio muy diferente a lo que yo conozco.

—Estarás a salvo. El nombre de MacUzumaki te protegerá. Por eso Menma no se divorcia de Sumire… Para que ella pueda disponer de dinero y esté a salvo.

Hinata pensó en la alegre Sumire y en el sufrimiento que había visto en sus ojos.

—Qué considerado por su parte.

—No seré tu ruina.

—¿Incluso aunque tenga que comunicarme contigo por notas a través de Shino?

Él arqueó las cejas y Hinata le cogió la mano.

—No importa, estaba bromeando otra vez. Jamás he ido en un tren nocturno a Escocia. Bueno, jamás he ido a Escocia. Será toda una aventura. ¿Las literas serán tan interesantes como el compartimiento del trayecto desde Dover? Lo dudo mucho.

Llegaron a Glasgow por la mañana, y el tren siguió camino hacia el Oeste. Cuando entró en Edimburgo, Hinata miró a su alrededor con ojos voraces. La ciudad estaba bañada en niebla, pero no por ello carecía de belleza. Ella apenas tuvo tiempo de divisar el castillo en la colina y la avenida que transcurría entre el castillo y el palacio, antes de subirse a toda prisa, con la mirada legañosa, a otro tren que seguía trayecto hacia el Norte.

Al final, tras muchos kilómetros e incontables horas desde que dejaron París, el tren se detuvo en una pequeña estación desierta. Había una agreste montaña al Norte y, al Oeste, un enorme paredón de piedra desde donde llegaba una fría brisa a pesar de ser pleno verano.

Naruto regresó de su paseo por el pasillo para decirle que tenían que bajarse del tren allí. El letrero de la estación anunciaba que habían llegado a Rasengan Halt, pero era lo único que se veía en el andén. Un poco más allá había una diminuta caseta, ante la cual el jefe de estación agitaba una bandera para indicar al tren que prosiguiera su camino.

Naruto tomó el brazo de Hinata y la ayudó a bajar las escaleras que conducían desde la caseta a un camino de tierra donde les esperaba un carruaje, un lujoso tílburi con la parte superior abatida para dejar al descubierto los asientos de brillante terciopelo. Los caballos eran unos impresionantes bayos con resplandecientes arneses. El cochero, vestido con una librea roja y un sombrero alto, bajó del pescante y dejó las riendas a un chico que se subió para ocupar su lugar.

—Por fin han llegado, milord —dijo el cochero con una ancha sonrisa y marcado acento escocés—. Milady.

Les abrió la puerta del carruaje y Hinata precedió a Naruto al interior. Ella se sentó, sorprendida de encontrar un vehículo tan lujoso en un lugar tan apartado.

Pero Rasengan pertenecía a un duque, uno de los duques más prominentes de Gran Bretaña. Por lo que le había contado Sumire, sólo el duque de Nolfolk y el arzobispo de Canterbury eran más importantes que el duque de Rasengan. Aquel tílburi era el vehículo más suntuoso en el que ella se hubiera subido.

—Supongo que Shino también se ocupó de arreglar esto —dijo a Naruto mientras el cochero regresaba al pescante.

—Incluso en Rasengan hay telégrafo —respondió Naruto con seriedad. Hinata se rio.

—Naruto MacUzumaki, has hecho un chiste.

Él no respondió.

Atravesaron un pueblo de casas blancas, un pub típico y una edificación alargada de planta baja que bien podía ser una escuela, una casa social o ambas cosas a la vez. Un poco más lejos del pueblo, el camino pasaba ante una iglesia de piedra con el tejado nuevo y un campanario. Más allá, el sendero seguía en paralelo el curso de un río y se internaba en un valle arbolado. Cruzaron un puente sobre una corriente revuelta y subieron otra vez las colinas, donde el terreno se ondulaba en verdes oleadas con las afiladas montañas como fondo. Las lejanas cimas estaban cubiertas de niebla, pero sobre ellos brillaba el suave sol de la tarde.

El carruaje dejó el sendero para internarse en un ancho camino, con árboles a la derecha. Hinata se recostó en el respaldo y aspiró el aire puro. El ritmo que Naruto había mantenido desde que abandonaron París la había agotado. Ahora, en aquel lugar tranquilo podría por fin descansar arropada por el trino de los pájaros. El cochero atravesó un ancho portón y condujo el vehículo a través de un amplio parque. La casa del guarda era pequeña y cuadrada, y encima de ella ondulaba una bandera con dos zorros y un remolino sobre fondo rojo. El camino trazaba una curva hacia la mansión que se vislumbraba ante las colinas.

Hinata se incorporó en el asiento y se apretó el pecho con las manos.

—¡Oh, Santo Dios!

Aquel lugar era enorme. El edificio tenía cuatro plantas; asomaban diminutas ventanas en redondas cúpulas sobre la enorme cubierta. Desde el rectángulo central de la edificación partían varias alas a la izquierda, como brazos que intentaran abarcar el valle. Las ventanas brillaban con intensidad en medio de aquella monstruosidad, como si fueran exclamaciones sobre puertas y balcones.

Era la mansión más grande que ella hubiera visto nunca, sólo comparable al Louvre, que acababa de conocer en París. Pero esto no era un inalcanzable palacio al que no sería invitada, eso era Rasengan. Su nuevo hogar.

El cochero señaló un montón de casas con el látigo.

—Rasengan se construyó un poco antes del reinado de Bonnie Prince Charlie, milady. El duque no quería un gélido castillo. Empleó a todos los obreros y trabajadores de los alrededores. Los malditos ingleses quemaron el lugar después de Culloden, pero el duque lo hizo resurgir de sus cenizas y su hijo continuó su trabajo. Nada detiene a un MacUzumaki.

El orgullo que rezumaba su voz era inconfundible. El muchacho que le acompañaba en el pescante sonrió ampliamente.

—Él también pertenece al clan MacUzumaki —dijo el niño—. Se atribuye el mérito como si hubiera estado allí.

—Cierra la boca, chico —gruñó el cochero.

Naruto no dijo nada, sólo se ajustó el sombrero sobre los ojos como si se dispusiera a dormir un poco. La inquietud que le mantuvo deambulando por los trenes había desaparecido.

Hinata se agarró con firmeza a los bordes del asiento y miró hacia la mansión fijamente, con la boca seca. Reconoció ciertas características de estilo palladiano, como ventanas ovales con guirnaldas talladas en piedra, frontones arqueados y disposición simétrica en las ventanas y puertas de la fachada. Las generaciones posteriores habían añadido más elementos, como la balaustrada de piedra que adornaba la entrada de mármol o el moderno timbre junto a la puerta principal.

Pero Hinata no tuvo que llamar para entrar. Mientras Naruto la ayudaba a bajar del vehículo, las puertas se abrieron para revelar a un alto y elegante mayordomo que aguardaba junto a veinte sirvientes en fila en el vestíbulo de mármol. Los criados parecían todos escoceses; delgados pelirrojos que esbozaron enormes sonrisas cuando Naruto la guio hasta la puerta.

Naruto no la presentó, pero cada uno de los sirvientes, cada doncella, hizo una reverencia. El efecto formal de la ceremonia se vio arruinado cuando cinco perros de diversos tamaños atravesaron corriendo el vestíbulo en dirección a Naruto.

Poco acostumbrada a los animales, Hinata se echó hacia atrás, pero se rio cuando vio que comenzaban a saltar alrededor de su marido enterrándole en un mar de patas y rabos oscilantes. Naruto bajó la cara y sonrió. Y, para su sorpresa, les miró fijamente.

—¿Qué tal, mis lindos muchachos? —preguntó.

El mayordomo ignoró lo ocurrido, como si aquella calurosa bienvenida canina fuera de lo más común.

—Milady —Se inclinó ante ella en una reverencia—. Me gustaría transmitirle en nombre de todo el personal de Rasengan lo mucho que nos alegra su presencia aquí.

Por las sonrisas que le dirigió todo el mundo, estaban de acuerdo con él. Nadie se había alegrado antes de ver llegar a Hinata Õtsutsuki.

«Lady Hinata MacUzumaki», se corrigió a sí misma. Había sabido desde que conoció a Naruto MacUzumaki que él le complicaría la vida. Sintió que una maraña de encontradas emociones crecía en su interior y la envolvía.

—Morag la guiará a sus habitaciones, milady —continuó el mayordomo. Era alto y de huesos grandes, como todos los demás; su pelo, de un tono rubio rojizo, comenzaba a estar veteado por algunas canas—. Le hemos preparado un baño y las habitaciones están dispuestas para que pueda descansar después de tan largo viaje.

—Le hizo una reverencia a Naruto—. Milord, el duque le espera en la sala de abajo. Dijo que se reuniera con él en cuanto llegara.

Hinata, que ya había dado dos pasos hacia la radiante Morag, se detuvo de golpe, llena de alarma.

—¿El duque?

—El duque de Rasengan, milady —explicó el mayordomo pacientemente. Hinata lanzó a Naruto una mirada de pánico.

—Pensé que estaba en Roma.

—No, está aquí.

—Pero ¿no me dijiste que…? Un momento, ¿recibió Shino algún telegrama? ¿Por qué no me has advertido?

Naruto negó con la cabeza, su rubio pelo se onduló contra el cuello.

—No lo he sabido hasta que atravesamos el portón y vi ondear la bandera. Sólo está izada cuando Nagato está en casa.

—Oh, por supuesto. ¿Cómo no me di cuenta antes?

Naruto le tendió la mano.

—Ven conmigo. Querrá conocerte.

Naruto, como siempre, no demostró lo que pensaba, pero Hinata tuvo la sospecha de que aquel giro de los acontecimientos no le hacía demasiado feliz. A pesar de la reciente tranquilidad que había mostrado en el carruaje, estaba otra vez tan tenso y nervioso como cuando se paseaba por los pasillos de los trenes.

Hinata deslizó sus dedos fríos como el hielo en la cálida mano masculina.

—Muy bien. Supongo que será mejor acabar cuanto antes.

Él esbozó una débil sonrisa y le apretó la mano antes de guiarla al interior de la casa. Los cinco perros les siguieron con las garras resonando en el suelo color pizarra.

Continuará...