3. Cadencia

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La espalda recta contra el respaldo del asiento del metro, las piernas en una sólida postura, bien plantados los pies al suelo y los brazos cruzados sobre el pecho, le confirieron al hombre trajeado, abogado junior de una afamada firma con oficinas en los límites entre los distritos de Kanagawa y Nishi, un aire intimidante. Ningún pasajero del vagón se atrevió a siquiera considerar compartir asiento. La gente a su alrededor prefirió apretujarse en los sitios colindantes, o ir de pie.

Cerca de la estación, a tres cuadras de las oficinas del bufete Mikanagi & Shoutou, Akutagawa abrió los ojos frunciendo el ceño. La expresión en su rostro se tornó más hostil, por simple consecuencia, obligando a los estudiantes que veían su semi-dormir, a desviar la mirada, aterrados.

Se levantó, sujetó el portafolios, y descendió junto a un par de pasajeros al detenerse el metro. Hombres y mujeres se apartaron, por miedo y para contemplarlo. Belleza fría y calculadora. Descripción parca de algunas de las razones por las cuales poseía una reputación compleja, dentro y fuera de tribunales. Sus rasgos sobresalían por mucho de la media, con una fisionomía afilada, engalanada por un aire refinado, casi soberbio, bien justificado en una agresiva labia y sagaz mente, capaz de abrirse paso a brutales ataques por los casos más peliagudos.

En el exterior de la estación, la música proveniente de los cantantes callejeros, la mayoría alumnos de la YNU (Yokohama National University), recibieron su inmutable andar, ajeno por completo a los placeres mundanos. No por menospreciarlos, sólo por falta de interés genuino.

En el lobby del edificio Crimson, aguardó fuera de los elevadores a que uno de los tres abriera sus puertas, rodeado de grupos reducidos y animados de los trabajadores y oficinistas de las empresas con quienes compartían los 30 pisos el bufete.

Dio un vistazo a su reloj. Estaba a tiempo. Su jefa podría revisar los documentos y ordenar la minuta antes de presentar el caso en la reunión.

Enderezó el cuello. Le dolía. Llevaba dos días sin dormir.

Maldijo para sus adentros su molesta condición humana.

—Es una canción preciosa —comentó una chica a otra, ambas luciendo el uniforme de una de las empresas de telecomunicaciones de los últimos pisos—. Me llegó mucho, y me hizo llorar.

—No me sorprende. Lloras por todo.

—¡Esta vez es en serio! —repeló, ofendida—, la canción es preciosa y la melodía... es profunda y melancólica.

—¿Profunda y melancólica? —la amiga aguantó una risita—, sí te hiciste fan.

—No es eso —intervino una tercera voz femenina—. ¿Cómo te lo explico?

El elevador se abrió. Akutagawa entró, confiando en no tener escuchar el resto de la charla, decepcionado en cuanto se situaron delante de él.

—Desde hace tres años —prosiguió la tercera— cambió el grupo, y su música se hizo...

—La música. ¡La melodía! —rectificó la primera— Es como si de pronto tuviera ritmo y ¡alma! —enfatizó y apuntó con un dedo a la nada.

—¡Sí! —concordó la tercera, a pesar del claro escepticismo de la segunda—. Si mal no recuerdo, sucedió en la época en que se dieron los rumores sobre el guitarrista, que es el compositor, ¿no? —preguntó a la primera, obteniendo un asentimiento vehemente.

—Decían que dejó de ser un donjuán de la noche a la mañana. ¡Hasta se rumoreó un romance o boda secreta! —suspiró encantada la primera— Al parecer alguna afortunada logró...

—Domarlo —completó la segunda, la risa reforzada por la tercera, rompiendo la burbuja de fantasía romántica de la primera.

—Aburridas —la chica les enseñó la lengua.

El gesto no tardó en ser razón para molestarla con etiquetas de "inmadurez", que desviaron la conversación a una variedad mayor de temas. De sus respectivas comidas, a la dificultad de conseguir un departamento barato y cercano al trabajo, con la expansión de Kanagawa.

En ocasiones, la mente de Akutagawa tomaba un desvío de su flujo normal, oscilando del estrés del trabajo al embate de sus demonios internos, y de ahí a los tópicos ajenos a su rutina. La música colada en su día, a modo de chismes de farándula.

No le dio grandes vueltas al asunto, descartándolo de inmediato al aparecer la resonancia del koto.

Rígido, inspiró largo.

Controló sus piernas.

A veces la melodía retumbaba en su ser más lejos o más cerca, o era un trinar que languidecía veloz o lento. Su respuesta también variaba —podía quedarse quieto o escapar—, jamás acercándose, siempre presente la pregunta: ¿los dedos del instrumentista de su desconcierto, rasgaban las cuerdas interpretando una sonata de dicha o de miseria?

Una suave melodía no es sinónimo de felicidad, se decía, desoyendo a sus monstruos privados corearle la palabra "cobarde".

Llegó a las oficinas del bufete.

Ahí está, y prefieres darle la espalda, reclamó una voz. Como a todo en esta vida.

En vez de arriesgarte a vivir, te acurrucas en la aprobación de un camino establecido, se rio otra. Qué triste excusa de ser humano.

Muy valiente para pararte ante un juez, y tan cobarde para enfrentar tus propios deseos, increpó una tercera.

Patético, le dijeron al unísono, clavando las garras al lado de los dulces sonidos del koto, en la piel sensible de su alma sacudida por el bramar de las notas.


En descenso, Atsushi y Chuuya empujaron a Dazai a la salida del edificio Crimson.

De la nada, el despreocupado y extrovertido guitarrista fue del ensimismamiento a un arrebato de locura, un lapsus usual. Interrogado al respecto, ni él era capaz de explicarse ni el mundo de entenderlo.

Atsushi opinaba que se trababa de las rarezas propias de los genios, brotes de una mente distinta. Chuuya, por su lado, creía que su amigo de la infancia estaba enloqueciendo, como había estado seguro que ocurriría algún día, luego de los cientos de intentos suicidas dañando su cerebro.

—¡Dazai-san, por favor! —imploró Atsushi, sosteniéndolo en un abrazo frontal.

Chuuya abrió la puerta de la camioneta y golpeó en la parte trasera de la cabeza a Dazai. Por suerte, el primer vocalista era un maestro de las artes marciales.

Dazai se desplomó sobre Atsushi. El chico, el menor de la banda, emitió un gritito de sorpresa y reclamó la brusquedad contraria.

—Ya no pone resistencia —justificó Chuuya y sacó un paquete de cigarros—. Mételo, antes de que piensen que lo estamos secuestrando —con una mirada acalló los murmullos de los transeúntes—, y se nos haga más tarde para el rodaje.

—Es que eso es lo que estamos haciendo —respondió Atsushi.

—No es secuestro si tiene un contrato.

—Dudo que funcione así, Nakahara-san —río nervioso, echando a Dazai al asiento trasero. Saludó al chofer, habituado a ese tipo de escenas, y se acomodó junto al desmayado.

Adueñándose del asiento frente a él, cara a cara, Chuuya caló el cigarro y expulsó el humo por la ventana abierta, al arrancar la camioneta. Observó a Dazai.

—Dijo: "Aquí está él" —frunció el ceño—, ¿cierto?

Asintiendo, Atsushi abrió una botella de agua y dio un sorbo. El calor de primavera era agotador:

—"Aquí está él, ¡tengo que encontrarlo!" —citó completo.

—¿A quién se referirá? —cuestionó Chuuya, tras una corta reflexión.

Aunque trataban los episodios de Dazai como demencia, se preocupaban por él y sospechaban, reticentes a admitirlo dadas las implicaciones mágicas, siendo escépticos por mucho que sus canciones hablaran de amores imposibles, predestinados y fantásticos; que eran algo distinto a fallas en esa cabeza excéntrica y diestra. No podían explicarlo, y reconocían una conexión con el repentino cambio de tres años atrás, su renunciar de andar de cama en cama y la manifestación milagrosa de una sinergia absurda, ¡vibrante!, estridente, en sus composiciones.

La camioneta cruzó las calles y avenidas hasta los estudios de una popular televisora, donde se rodaba el documental de C.A.D./encia, el trío de rock que inició en un departamento, en las calles y en los bares de alterne, escalando a la cima, consagrado leyenda. Sueño de muchos, realidad de pocos.

A Dazai el triunfo le era indiferente. Su contribución al éxito de C.A.D/encia era más una ineludible consecuencia de su habilidad —y caprichosa personalidad—, que el resultado de un deseo nato de resaltar, prefiriendo las sombras. Por ello no aspiraba al foco de un micrófono, conforme con permanecer en la esquina de los reflectores, en el fluctuar de la guitarra. Ni al límite del escenario ni al centro.

Así era él, así era para él, y en la oscuridad del desmayo, sus pies oníricos corriendo a través de una oscura neblina de inconsciencia, fue a la zaga del único sonido estremecedor de su alma, que no eran las ruidosas notas de una guitarra eléctrica. Era el sutil y elegante, soberbio y suave, tañer de un violín.

Presionó el ceño entre la vigilia y el desmayo.

Sus labios formaron un nombre sin silabas, sin letras, tejido en un hilo invisible y rojo.

Nadie, ni él, escuchó o recordó el nombre de la persona que buscaba, de quién estuvo a metros de distancia, y con quién habría coincidido en el salón de juntas del bufete encargado de representarlos, si tan sólo hubiera habido un apresurar o un retrasar en sus destinos.

Sin embargo, pese a la urgencia de conocerse, de romper la distancia, no era el momento, no estaban preparados. El amor no llega nunca cuando queremos o lo buscamos. El amor posee su propia cadencia, salvaje, indomable, y nos taclea inesperadamente. Puede ser muy temprano, justo a tiempo... o demasiado tarde.