La Locura del Lord
14| EL DUQUE DE RASENGAN
Nagato MacUzumaki, duque de Rasengan, no era muy parecido a sus hermanos. Estaba sentado cerca de la chimenea, detrás de un escritorio tan elaboradamente ornamentado como el resto de la sala. Escribía con gran concentración y no levantó la cabeza cuando entraron.
La enorme estancia en la que esperaron a que Su Excelencia les prestara atención era tan grande como tres habitaciones juntas. El techo estaba mucho más alto que cualquier otro que ella hubiera visto antes y en él había una pintura al fresco de dioses retozando en el Paraíso.
Las paredes también estaban cubiertas de cuadros. Había bocetos de Rasengan en épocas pasadas y muchos retratos de damas y caballeros, casi todos vestidos según la usanza escocesa o siguiendo las distintas modas imperantes. Hinata llegó a la conclusión de que se podría aprender la historia del vestido con sólo observar las figuras de los cuadros colgados de ese lugar.
Naruto había cerrado la puerta dejando fuera a los cinco perros, y éstos habían parecido resignados, como si supieran que no podían traspasar el umbral de tan magnífico lugar.
Ella pensó con irritación que Nagato les iba a hacer esperar como si fueran dos escolares que tuvieran que ser reprendidos.
—Excelencia… —dijo ella.
El duque alzó su penetrante mirada que brillaba con intensidad, a Hinata le recordaron los ojos de un halcón.
Naruto no habló y permaneció quieto sin inmutarse. Nagato soltó la pluma en la bandeja con un golpe seco antes de levantarse.
Era alto, como todos los MacUzumaki, con el pelo rojo. Tenía los hombros anchos y la misma constitución poderosa que sus hermanos, así como la mandíbula cuadrada. Llevaba puesto un kilt formal con los colores de los MacUzumaki, cuadros azules y verdes con líneas naranjas y blancas. La chaqueta oscura le cubría como una segunda piel; probablemente había sido hecha a medida por el mejor sastre de Edimburgo.
Sin embargo, su expresión no recordaba a ninguno de sus hermanos. La cara de Menma mostraba la aburrida e inquieta obsesión de un artista. La de Yahiko era más basta, más bruta, por culpa de la cicatriz; parecía un rufián.
Nagato también; pero en él el efecto se veía realzado por la confianza en sí mismo que transmitían cada uno de sus gestos. Aquel hombre no tenía ninguna duda de que todas sus órdenes serían cumplidas. No se trataba de prepotencia, sino de fría certeza.
Dominaba cada aspecto de aquella estancia… excepto a Naruto. Las oleadas de arrogante confianza que Nagato emitía parecían fraccionarse y fluir alrededor de su hermano menor sin que éste sintiera su efecto.
El duque apartó finalmente su penetrante mirada de ella y la posó sobre Naruto.
—¿No había otra manera? —Habló como si estuvieran en mitad de una conversación, pero Naruto pareció entenderle porque negó con la cabeza.
—Fellows habría encontrado la manera de utilizarla. O la hubiera convertido en una excusa para arrestarme.
—Ese hombre es un cerdo. —Nagato volvió a mirar a Hinata de soslayo antes de dirigirse a Naruto—. Ella ha sido dama de compañía, ¿verdad? ¿Por qué Sumire se hizo amiga suya?
Hinata se separó de Naruto y se adelantó unos pasos, tendiéndole la mano.
—Estoy bien, muchas gracias por preguntar. El viaje fue algo cansado pero no tuvimos incidentes ni problemas en el trayecto. Tampoco explotó una bomba de los fenianos en ninguna de las estaciones.
Nagato lanzó a Naruto una mirada ceñuda.
—Le gustan las bromas —informó Naruto.
—¿De verdad? —respondió Nagato en tono helado.
—También me gusta el chocolate fundido y la crema de fresas. —Hinata dejó caer la mano que él había ignorado—. Pero de momento me conformaré con un vaso de agua fría y una cama cómoda.
—No recuerdo haber ordenado que viniera, señora Õtsutsuki. —Para variar, Nagato se dirigió a ella directamente—. Podría estar arriba descansando en una cómoda cama si hubiera seguido a la doncella.
A Hinata se le aceleró el corazón.
—A la única persona que le permití darme órdenes, Excelencia, fue a la señora Chiyo Barrington, y sólo porque me pagaba un sueldo.
Nagato arqueó las cejas con ferocidad.
—Déjala en paz, Nagato —dijo Naruto.
El duque miró a su hermano con rapidez y luego volvió a centrarse en Hinata.
Leyó en sus ojos que Nagato no sabía qué hacer con ella ni lo que significaba para Naruto.
Tampoco es que ella estuviera segura de qué pensaba su marido, pero notó que al duque no le gustaba no saberlo. Quería catalogarla de inmediato y clasificarla a su antojo; de hecho, lo más probable es que ya lo hubiera hecho antes de verla, y que tener que reconsiderar ahora su postura le irritara sobremanera.
—Ahora que ya ha demostrado que es usted una mujer independiente —se burló Nagato con sorna—, ¿podría dejarnos solos un instante? Me gustaría hablar con Naruto en privado.
Era un hombre acostumbrado a salirse siempre con la suya. Hinata abrió la boca para responder con un educado «por supuesto», pero Naruto se le adelantó.
—No.
—¿Qué? —Nagato clavó en él la mirada, aguda como las de un águila.
—Quiero acompañar a Hinata arriba y ayudarla a acomodarse. Podremos hablar durante la cena.
—Para eso están las doncellas.
—Quiero hacerlo yo.
Nagato se dio por vencido, pero no ocultó su frustración.
—El gong sonará a las siete cuarenta y cinco y la cena se servirá a las ocho. Vestimos formalmente, señora Õtsutsuki. No se retrase.
Hinata deslizó la mano en la de Naruto intentando ocultar su nerviosismo.
—Llámeme Hinata, por favor —le invitó—. Ya no soy la señora Õtsutsuki. Para mi profundo asombro, y supongo que también para el suyo, ahora soy su cuñada.
Nagato se quedó paralizado. Naruto arqueó las cejas al notarlo y luego se dio la vuelta para llevarse a Hinata fuera de allí. Cuando salieron les rodearon los perros que seguían esperando pacientemente. Lanzó a su marido una mirada llena de preocupación, pero él mostraba la sonrisa más amplia que ella le hubiera visto nunca.
Hinata era maravillosa, asombrosa. A Naruto le dio un vuelco el corazón cuando la vio salir del vestidor envuelta en seda de profundo color azul. El corpiño dejaba al descubierto el nacimiento del pecho, y resultaba el marco perfecto para el collar de diamantes que acababa de regalarle. Ella le miró con serenidad cuando él le ofreció el brazo para escoltarla hasta el comedor.
El collar había pertenecido a su madre. Naruto recordaba cómo había presumido su padre de la belleza de su esposa, y los celosos arrebatos que sufría cuando la miraba otro hombre. Había sido propenso a dejarse llevar por incontrolables ataques de furia que acabaron teniendo funestas consecuencias.
Cualquier otra mujer se habría caído redonda de miedo si Nagato hubiera clavado en ella aquella famosa mirada suya. Incluso la propia esposa de su hermano se había desmayado en más de una ocasión cuando éste la miraba así. Pero su Hinata, no. Ella se había enfrentado a él con la cabeza alta y la espalda recta y le había dicho lo que pensaba sin pelos en la lengua.
Naruto quiso reírse hasta que los retratos de sus ilustres antepasados cayeran de las paredes. Algunas veces, Nagato necesitaba que le dieran una buena patada en el culo y si Hinata estaba dispuesta a ello, ¿quién era él para impedirlo?
Nagato guardó silencio cuando entraron en el comedor y se quedó de pie hasta que Naruto ayudó a Hinata a sentarse. El duque asumió la presidencia de la mesa y ellos se sentaron a ambos lados, a cierta distancia de él.
Si Nagato no hubiera estado allí, hubieran podido cenar a solas en el pequeño comedor de su ala de la casa. Podrían haberse sentado juntos, deleitándose en la privacidad. Había querido demorarse en el vestidor con ella y ayudarla a cambiarse de ropa para la cena, pero Shino llegó con su kilt sobre el brazo e insistió en que debía bañarse y afeitarse.
Cuando se retiraran esa noche, pensaba despedir a todo aquel personal demasiado servicial y desvestirla él mismo. Estaba decidido a dormir con ella entre sus brazos y a despertarse de la misma manera.
—¿Me has oído? —dijo Nagato con voz aguda.
Naruto cortó el filete en el plato y revisó mentalmente con rapidez lo que su hermano había dicho mientras él pensaba en Hinata.
—El tratado que has firmado en Roma. Quieres que me lo lea y me lo aprenda de memoria. Lo haré después de la cena.
—¿Naruto tiene almacenados en la cabeza muchos tratados extranjeros? —preguntó Hinata. Su tono era inocente, pero sus ojos perlados brillaban con intensidad.
Nagato le lanzó una dura mirada.
—Los tratados tienen la peculiaridad de que cambian de sentido según quién los interpreta, un matiz aquí o allá. Naruto recuerda cada palabra exacta del original.
Hinata le guiñó un ojo a su marido.
—Estoy segura de que resultará una conversación fascinante a la hora del té. Naruto no pudo contener una amplia sonrisa. Hacía mucho tiempo que no veía a Nagato tan irritado.
El duque lanzó una gélida y penetrante mirada a su esposa, pero ella le ignoró con desparpajo.
—¿Tus tazas han sobrevivido al viaje intactas? —le preguntó Hinata.
Se le aceleró el corazón al recordar el frío roce de la porcelana en la punta de los dedos, la satisfacción al observar el desconcierto en la cara de Akatsuki.
—Las desenvolví y las guardé donde corresponde. Están perfectamente.
—¿Has comprado más tazas? —intervino Nagato.
Hinata asintió con la cabeza al ver que Naruto guardaba silencio.
—Ha comprado dos tazas preciosas. Una es blanca con flores azules enlazadas; la otra tiene flores rojas y la porcelana parece más fina. Si lo he entendido bien, la pintura y la exquisitez de la loza indican que podría tratarse de porcelana imperial.
—Correcto —dijo Naruto.
—Me leí un libro en París sobre el tema —confesó Hinata con una descarada sonrisa.
Naruto la miró y se olvidó de todo lo demás. Supo inconscientemente que Nagato le estudiaba con atención, pero le hizo el mismo caso que a un insecto zumbándole al oído.
¿Cómo se las arreglaba Hinata para decir siempre las palabras que él necesitaba escuchar justo en el momento oportuno? Ni siquiera Shino se anticipaba de esa manera.
Hinata observó todo lo que la rodeaba. El elegante comedor, la mesa alargada, los brillantes bajoplatos de plata, los cuadros de los antepasados de los MacUzumaki, de las propiedades de los MacUzumaki, de los perros de los MacUzumaki, los lacayos de guantes blancos que revoloteaban a su alrededor.
—Me sorprende que no tenga un gaitero —le comentó a Nagato—. Supuse que en la cena nos acompañaría una banda de gaitas.
Nagato la miró con palpable desaprobación.
—No se toca la gaita en el interior de la casa. Es un sonido demasiado estruendoso.
—Papá sí lo permitía —señaló Naruto—. Me provocaban dolores de cabeza.
—Por eso lo he prohibido —apostilló Nagato.
—No somos la típica familia escocesa de los cuentos en los que todos llevan colgada su claymore y añoran los días de Bonnie Prince Charlie. La reina puede construir un castillo en Balmoral y vestirse con un kilt, pero eso no la convierte en escocesa.
—¿Qué es lo que te convierte en escocés?
—El corazón —dijo el duque de Rasengan—. Nacer en el seno de un clan escocés y llevar su esencia en el alma.
—Saber que comer gachas no mata —añadió Naruto. Lo había dicho en serio; su intención era impedir que Nagato comenzara un sermón sobre lo que significaba ser escocés, pero le agradó arrancar a Hinata una hermosa sonrisa. Aunque Nagato podía hablar inglés sin el más leve acento escocés, había estudiado en Cambridge y se sentaba en la Cámara de los Lores británica, atesoraba unas firmes ideas sobre Escocia y lo que quería para ella. Y podía disertar sobre ello durante horas.
Nagato le miró con el ceño fruncido antes de clavar la vista en la comida. Hinata le dirigió otra sonrisa que hizo que su imaginación se desbocara.
Continuaron cenando en silencio. El único sonido que se escuchaba era el tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana. Hinata resultaba hermosa bajo las luces de las velas; las perlas brillaban con la misma intensidad que sus ojos. Cuando por fin abandonaron la mesa, Nagato les recordó con voz seca algo sobre su condenado tratado.
—Está bien —aceptó Hinata con rapidez—. Me gustaría dar una vuelta por los jardines antes de dormir. No importa, ¿verdad?
Naruto la escoltó hasta la puerta de la terraza. Los perros comenzaron a moverse a su alrededor agitando las colas. Le gustaría llevar a Hinata a la sala de billar, se le habían ocurrido algunas cosas muy imaginativas que podrían realizar allí, pero si ella quería dar un paseo, no sería él quién se lo impidiera. Los jardines podían resultar igual de entretenidos.
Hinata le apretó el brazo antes de que él pudiera decir nada y desapareció por la puerta. Los cinco perros la siguieron cuando comenzó a pasear por el sendero.
Naruto cogió el tratado que le tendía Nagato y le siguió a la sala de billar, esperando que aquella puñetera cosa no fuera demasiado larga.
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—Es usted una joven muy lista.
Hinata se dio la vuelta al oír la voz de Nagato. Los perros la habían escoltado a lo largo del sendero que llevaba hasta una fuente desde la que caía un chorro de agua a un estanque de mármol. Aún no había anochecido a pesar de que pasaban de las nueve. No había estado nunca tan al norte pero, por lo que había leído, sabía que allí el sol apenas desaparecía unas horas durante los meses de verano.
Se había entretenido intentando adivinar de qué raza era cada perro. Ruby y Ben eran perros de presa; Achilles un setter negro con una pata blanca; McNab un spaniel de pelo largo y Fergus un diminuto terrier.
Nagato deslizó la mirada por la fuente mientras la punta de su cigarro se iluminaba al aspirar el humo. Los canes se arremolinaron a su alrededor moviendo las colas con frenesí. Como él no les hizo caso, se alejaron para explorar los jardines.
—No me considero especialmente lista. —Hinata había pensado que sería una noche cálida, pero en ese momento echaba de menos un chal—. Me temo que ni siquiera acabé la escuela.
—Dejémonos ya de frivolidades. Es evidente que usted ha embaucado a Menma y a Sumire, pero yo no soy tan ingenuo.
—¿Y qué me dice de Naruto? ¿A él también le he embaucado?
—¿Acaso no lo ha hecho? —La voz de Nagato era calmada pero letal.
—Recuerdo haberle dicho a Naruto muy explícitamente que no tenía ningún interés en casarme otra vez. Y, de repente, me encontré firmando una licencia especial y repitiendo que estaría con él hasta que la muerte nos separara. Creo que fue Naruto el que me embaucó a mí.
—Naruto es… —Nagato se interrumpió y levantó la cabeza para mirar ensimismado el cielo multicolor.
—¿Qué? ¿Un loco?
—No. —La palabra fue rotunda—. Es… vulnerable.
—Es terco y listo, y hace justo lo que le da la gana. Nagato la inmovilizó con la mirada.
—¿Cuánto tiempo hace que le conoce? ¿Unas semanas? Lo único que usted ha visto es que Naruto es rico y está loco, y no ha podido resistirse a hacerse con una presa tan fácil.
Hinata notó que su temperamento amenazaba con tomar el control.
—Si se hubiera molestado en informarse, se habría dado cuenta de que ya soy rica. Muy rica. No necesito el dinero de Naruto.
—Sí, ha heredado cien mil guineas y una casa en Belgrave Square de una viuda solitaria conocida como señora Barrington. Realmente admirable. Pero la fortuna de Naruto es diez veces eso y, cuando usted lo supo, no perdió tiempo en deshacerse de Deidara Akatsuki y perseguir a Naruto hasta llevarle al altar.
Hinata se retorció las manos.
—No, resulta que yo me fui a París y Naruto me siguió.
—Realmente ha sido una buena táctica ganarse la confianza de Sumire. Tiene un corazón demasiado bueno para su bien, y estoy seguro de que ella le facilitó sus planes para llegar hasta él. Y también la habrá ayudado Menma. Lo que no entiendo es cómo logró ganárselo a él.
—¿Se refiere a que me gané su confianza? Yo no sé hacer eso. Ni siquiera estoy demasiado segura de qué está insinuando.
—Conozco sus antecedentes, señora Õtsutsuki. Sé que su padre no era más que un tunante mentiroso y que su madre cayó en sus redes. Tal insensatez les condujo directamente a un asilo de beneficencia. Estoy seguro de que allí aprendió mucho.
Hinata notó que le ardía la cara.
—Bueno, ¡cuánta gente investigando en mi pasado! Debería haber hablado con Shino. Al parecer posee un expediente completo sobre mí.
Nagato dejó caer el cigarro y lo pisó con el talón. Se inclinó hacia ella y le habló al oído, envolviéndola con su aliento con aroma a tabaco.
—No permitiré que una cazafortunas arruine a mi hermano aunque sea lo último que haga.
—Se lo aseguro, Excelencia: jamás he cazado una fortuna en mi vida.
—No me tome el pelo. Haré anular el matrimonio. Puedo hacerlo. Y usted se irá, será como si nunca hubiera ocurrido nada.
Hinata tuvo que recurrir a todo su coraje para enfrentarse a los ojos de halcon de Nagato MacUzumaki.
—¿No puede considerar que quizá me haya enamorado de él?
«Profunda, dramática y estúpidamente enamorada».
—No.
—¿Por qué no?
Nagato respiró hondo, pero no habló. Le palpitó un músculo en la mandíbula.
—Ya entiendo —dijo Hinata con suavidad—, usted cree que él está loco y que ninguna mujer podría amarle.
—Naruto está loco. Lo aseguró la comisión que le examinó. Yo estaba allí. Fui testigo de ello.
—Entonces, si cree que realmente está loco, ¿por qué lo sacó del sanatorio?
—Porque sé lo que le estaban haciendo. —Bajo la suave luz del crepúsculo, el poderoso duque de Rasengan pareció repentinamente angustiado—. Vi lo que los malditos matasanos le hacían. Si no hubiera estado ya loco cuando entró allí, aquel lugar le habría destrozado el juicio.
—Los baños helados —se lamentó Hinata—. Las corrientes eléctricas.
—Es todavía peor que eso. Santo Dios, a partir de los doce años le obligaban a tumbarse desnudo sobre la cama todas las noches y le ataban, según dijeron era para silenciar sus sueños. Mi padre no hizo nada. Yo tampoco pude actuar; no tenía poder. El mismo día que mi padre se cayó del caballo y se rompió el cuello, fui al sanatorio y saqué a Naruto de allí.
Hinata se sobresaltó por la vehemencia del duque pero, a la vez, notó un calorcillo en el corazón.
—Y Naruto le agradece que lo hiciera.
—Naruto no hablaba. No respondía cuando nos dirigíamos a él ni contestaba nuestras preguntas. Era como si su cuerpo estuviera con nosotros pero su mente hubiera ido muy lejos.
—Sí, le he visto hacer eso.
—Estuvo así tres meses. Entonces, un día en el desayuno, miró a Shino y le preguntó si había tostadas. —Nagato apartó la mirada, pero Hinata alcanzó a vislumbrar que tenía los ojos húmedos—. Como si no hubiera pasado nada, como si lo más natural del mundo fuera pedir una tostada.
Se levantó una suave brisa vespertina que le acarició el pelo y le apartó los menchones de la frente mientras observaba cómo uno de los duques más poderosos del mundo parpadeaba para hacer desaparecer las lágrimas.
—Mañana ordenaré que venga mi abogado —continuó él bruscamente—.Encontraré la manera de invalidar el matrimonio sin que usted se vea arruinada.
—Sé que no me cree, pero jamás le haría daño a Naruto.
—Tiene razón. No la creo.
El viento sopló con más fuerza, haciendo que a Hinata le cayeran unas frías gotitas del agua de la fuente sobre la cara. Nagato se volvió para regresar a la casa, pero se tropezó con Naruto. Un sólido muro.
—Te he dicho que la dejaras en paz —repitió en voz baja. Nagato tensó la espalda.
—Naruto, no puedes confiar en ella.
Naruto dio un paso hacia Nagato. Aunque no le miró a los ojos, no había manera de malinterpretar la cólera que inundaba sus gestos y su voz.
—Es mi mujer, está bajo mi protección. La única manera que tienes de acabar con mi matrimonio es volviéndome a encerrar de nuevo.
Nagato se puso rojo.
—Naruto, escúchame…
—Deseo que sea mi esposa. Es mi mujer. —Naruto suavizó un poco la voz—. Ahora es una MacUzumaki, trátala como tal.
Nagato clavó los ojos en Naruto, luego miró a Hinata. Ella intentó mostrar entereza, pero su corazón latía a toda velocidad y el deseo de escapar de aquella depredadora mirada fue muy intenso.
Resultaba extraño, pero cuando Naruto le dijo que iban a casarse, ella se había negado; sin embargo, ahora que Nagato parecía tan empecinado en separarlos, supo que haría cualquier cosa para permanecer casada.
—Soy la esposa de Naruto porque quiero serlo —afirmó—. Me da igual que vivamos en una grandiosa mansión o en una diminuta pensión.
—¿O en una vicaría? —señaló Nagato con el ceño fruncido.
—Fui muy feliz en esa vicaría del East End, Excelencia.
—Y allí había ratas —apostilló Naruto.
Hinata le miró sorprendida. El informe de Shino debía ser muy detallado.
—En efecto, había una familia de roedores —confesó ella—. Nebuchadnezzar, su esposa, y sus tres hijos, Shadrash, Meshach y Abednego.
Los dos hombres clavaron los ojos en ella.
—Era una broma que teníamos —explicó ella vacilante—. Las ratas resultan mucho más tolerables cuando tienen nombre propio.
—Aquí no hay ratas —aseguró Naruto—. Jamás tendrás que preocuparte de nuevo por ellas.
—Al menos, no por las de cuatro patas —bromeó Hinata—. El inspector Fellows
me recuerda un poco a Meshach, sus ojos resplandecen y mueve la nariz de la misma manera que él cuando miraba un trocito de queso particularmente delicioso.
Naruto frunció el ceño y Nagato no supo qué expresión adoptar.
—Imagino que, sin embargo, aquí sí hay serpientes —continuó ella, con la boca seca—. Después de todo, estamos en el campo. Y habrá ratones de campo y otros animales. Debo confesar que no estoy acostumbrada al campo. Mi madre nació en una granja, pero yo he vivido en Londres desde que nací y sólo salía de la ciudad cuando la señora Barrington decidía ir a Brighton a aparentar que le gustaba el mar.
Naruto entrecerró los ojos y puso aquella expresión que ponía cuando había dejado de escucharla. Sabía que no la oía, pero que al cabo de una semana podría sacar a relucir una frase en particular y recordársela.
Cerró la boca con esfuerzo. Nagato la miraba como si estuviera a punto de ordenar que viniera una Comisión al día siguiente para juzgar si estaba loca.
Naruto salió de su ensimismamiento y la cogió por el brazo.
—Mañana te enseñaré el resto de Rasengan. Pasaremos la noche en nuestras habitaciones.
—¿Nos han preparado una habitación?
—Shino se encargó de todo mientras cenábamos.
—Shino vale su peso en oro. ¿Qué haríamos sin él?
Nagato le lanzó una mirada penetrante, como si ella hubiera dicho algo significativo. Naruto le deslizó el brazo por la cintura y la hizo girar para guiarla hasta la casa. El calor que emanaba de su cuerpo alejó el frescor de la tarde y la protegió del viento.
Un puerto seguro. En el transcurso de su vida, Hinata se había sentido a salvo muy pocas veces. Ahora, Naruto estaba cerca, protegiéndola, pero sintió la aguda mirada de Nagato en la espalda hasta que llegaron a la casa.
La casa engulló a Hinata. Naruto la guio al piso de arriba por la amplia escalinata, meticulosamente decorada, llevándola consigo al más profundo interior de sus fauces.
Colgaban tantos cuadros en las paredes del vestíbulo y de la escalera que apenas se veía el empapelado que había debajo. Hinata apenas pudo leer las etiquetas mientras Naruto la empujaba hacia arriba: Stubbs, Ramsay, Reynolds… También había algunos óleos de caballos y perros firmados por Menma MacUzumaki. En el primer descansillo estaba el retrato del actual duque, Nagato, con sus ojos de halcon, tan formidables en pintura como en persona.
En el segundo descansillo se mostraba el retrato de un hombre de mediana edad, que parecía tan confiado y arrogante como Nagato. Sujetaba con ferocidad un kilt con los colores MacUzumaki y lucía una barba poblada, bigote y patillas.
Hinata lo había visto antes, cuando bajaron a cenar, pero ahora se detuvo ante él.
—¿Quién es ése?
Naruto ni siquiera lanzó una mirada hacia el cuadro.
—Mi padre.
—Oh. Era muy… peludo.
—Por eso a todos nos gusta ir bien afeitados.
Hinata miró con el ceño fruncido al hombre que había causado tanto dolor a su marido.
—Si era tan horrible, ¿por qué ocupa un lugar de honor? Escondedlo en el ático para no tener que verlo.
—Es la tradición. El duque actual en el primer descansillo, el anterior en el segundo. Mi abuelo está allí arriba. —Señaló la siguiente meseta—. El bisabuelo en el siguiente, y así sucesivamente. Nagato no romperá esas reglas.
—Así que cada vez que subes, la mirada furiosa de todos los duques de Rasengan sigue tus pasos.
Naruto la condujo más arriba, hacia el abuelo MacUzumaki.
—Esa es la razón por la que todos tenemos nuestra propia casa. En Rasengan utilizo un ala propia con diez habitaciones, pero me gusta disfrutar de más privacidad.
—¿Diez habitaciones? —preguntó Hinata con debilidad—. ¿Sólo?
—Cada uno de nosotros tiene a su disposición un ala de la casa. Si tenemos invitados, los alojamos en nuestras habitaciones y nos ocupamos de ellos.
—¿Tienes invitados a menudo?
—No. —Naruto condujo a Hinata al vestidor donde se había cambiado de ropa para la cena. Ella había pensado que era una estancia pequeña, pero su marido le mostró que al lado había un dormitorio tan grande que habría ocupado el primer piso completo de la casa de la señora Barrington—. Eres la primera.
Hinata miró al techo, la enorme cama, las tres ventanas con asientos.
—Si es necesario estar casada contigo para obtener una invitación, no me sorprende que no te haya visitado más gente.
Naruto deslizó sobre ella su mirada azulada y luego observó la cama.
—¿Estás bromeando otra vez?
—Sí. No me lo tomes en cuenta.
—Nunca te lo tomo en cuenta.
A Hinata se le aceleró el corazón.
—¿Este es tu dormitorio?
—Es nuestro dormitorio.
Ella observó con nerviosismo el dosel de la cama, con pilares de nogal repujados.
—Había oído decir que todos los matrimonios de las clases altas tienen habitaciones separadas. La señora Barrington no lo aprobaba. Decía que era un frívolo desperdicio de dinero y espacio.
Naruto abrió otra puerta.
—Este es tu tocador, pero dormirás conmigo. Hinata miró a su alrededor con atención.
—¡Caramba! —exclamó al observar la elegante habitación con cómodos sillones y un asiento junto a la ventana. Luego, refiriéndose al tema anterior, agregó—: La verdad es que no me importa, de hecho, lo prefiero.
—Shino te ayudará a decorarlo como desees. Es tan sencillo como decirle lo que quieres y él lo arreglará.
—Comienzo a considerar que Shino es un mago. —Hinata esperó que le respondiera, pero Naruto no dijo nada. Mostraba otra vez una mirada distante—. Creo que vas a correr un riesgo horrible —continuó—. He leído en alguna parte que compartir dormitorio con una mujer es peligroso porque exhalamos vapores nocivos mientras dormimos. Cuando se lo conté a la señora Barrington lo consideró un disparate absoluto; al parecer el señor Barrington durmió a su lado durante treinta años y jamás se puso enfermo.
Naruto la rodeó con sus brazos y el calor de su cuerpo apartó de la mente de Hinata cualquier pensamiento.
—Los matasanos son capaces de decir cualquier cosa para conseguir dinero para sus investigaciones.
—¿Es lo que hacían en el sanatorio?
—Probaron conmigo todo tipo de experimentos para curarme la locura. Pero nunca vi que ninguno funcionara.
—Fueron crueles.
—Pensaban que me ayudaban.
Hinata le puso las manos en los brazos.
—No seas tan condenadamente caritativo. Tu padre te encerró y esa gente te torturó en nombre de la ciencia. Les odio por haberlo hecho. Me gustaría ir a ese sanatorio y dar a tu médico, sea quien sea, un poco de su propia medicina.
Naruto le cubrió los labios con los dedos.
—No quiero que vayas allí.
—Igual que no quieres que indague sobre el asesinato en High Holborn. La frialdad se adueñó poco a poco de su mirada hasta entonces ardiente.
—Eso no tiene nada que ver contigo. Quiero que te mantengas alejada. Quiero recordarte a ti, no quiero que te vincules a mi pasado.
—Deseas crear recuerdos diferentes —meditó ella, pensando que le entendía.
—Mi memoria es demasiado buena. No puedo olvidar nada. Quiero recordarte aquí, a solas conmigo, o en esa pensión en París. Tú y yo solos, sin Fellows, Akatsuki o mi hermano; lejos de High Holborn…
Sus palabras se desvanecieron y comenzó a frotarse la sien, con los ojos brillantes de frustración. Hinata le cubrió la mano con la suya.
—No pienses en eso.
—Lo recuerdo todo una y otra vez, como una melodía que no se interrumpe. — Hinata le acarició la frente con suavidad, sus dedos duros bajo los de ella. Él la abrazó—. Cuando estás conmigo se detiene. Es como cuando sostengo una taza Ming; la toco, la acaricio y me olvido de todo. Nada importa. Contigo me ocurre lo mismo. Por eso te traje aquí, para que estés conmigo. Donde puedes conseguir que… todo… se interrumpa.
Continuará...
