La Locura del Lord
15| LÁGRIMAS
Hinata lo miró fijamente, con los ojos perlas llenos de lágrimas.
—Dime cómo.
Él le sostuvo la cara entre las manos, aquel hermoso rostro que había irrumpido en el clamor que resonaba en su cabeza desde el día que la conoció en la ópera de Covent Garden. Ella fue lo único auténtico para él en el palco de Deidara Akatsuki; todo lo demás habían sido sombras.
—Quedándote conmigo.
—Estamos casados —susurró ella—. Por supuesto que me quedaré.
—Podrías dejarme.
Apoyó la frente en la de ella, recordando el horrible día en que había acudido a casa de Menma con la carta de despedida de Sumire. No había podido olvidar la devastación de su hermano al saber que su esposa le había abandonado.
—No lo haré.
—Prométemelo.
—Ya lo he prometido. Te lo juro.
Su voz rezumaba sinceridad con los dulces ojos muy abiertos. Él la besó en los labios, asegurándose de que ella no pudiera mentir. Sumire había amado a Menma con desesperación y, a pesar de ello, le había dejado.
—Quédate conmigo —repitió.
Ella asintió con la cabeza mientras respondía a su beso. La apretó contra su cuerpo para buscar los botones que cerraban el corpiño. Los senos de Hinata aparecieron ante sus ojos y se inclinó para besarlos. Ella emitió un suave sonido mientras él lamía su piel, marcándola una vez más.
Naruto sintió que Hinata le abría la ropa, buscando entre las capas de tela hasta encontrar su carne, entonces ella apretó la boca contra su pecho justo debajo del hueco de la garganta y él respiró hondo. La esencia del pelo de su esposa inundó sus fosas nasales, llevándole al límite de la locura.
La alzó contra su cuerpo y la besó, separando sus labios al tiempo que le presionaba con los pulgares las comisuras de la boca. Era su esposa y la deseaba. Ahora y siempre. Le abrió con rapidez el resto del corpiño y después desató el corsé con pequeños tirones. Lo arrancó de su cuerpo antes de desabrocharle la camisola, atrapando los pechos desnudos entre las manos. Ella se arqueó cuando él la besó otra vez, presionando los arrugados pezones con las palmas.
Desatarle y quitarle las faldas y enaguas le llevó bastante tiempo de febril actividad, y comenzó a impacientarse, por lo que desgarró la tela mientras ella ahogaba una protesta. Entonces la alzó y la llevó a la cama, despojándose de su propia ropa con agitación. Se colocó sobre ella sin molestarse en apartar las mantas. Cuando ella comenzó a hablar, la silenció con un intenso beso.
Naruto le abrió las piernas y la penetró, encontrándola mojada para él. Hinata alzó las caderas y él embistió una y otra vez como sabía que ella necesitaba. La poseyó primero con rapidez y luego más despacio, apoyándose en los brazos a ambos lados. Besó los hinchados labios de su esposa antes de comenzar a darle mordiscos de amor en el cuello, lamiendo su piel húmeda de sudor.
Una vez que pasó el frenesí inicial, se mostró más suave y juguetón. Se envolvió en el largo pelo de Hinata, acariciándolo, enroscándolo, besándolo.
La besó y la amó en absoluto silencio. No existía nada más que aquella habitación en penumbra y Hinata bajo su cuerpo… Ni Nagato, ni Fellows, ni los asesinatos.
Notó que ella intentaba que la mirara directamente a los ojos, pero no lo hizo. Si la miraba se perdería en ella, y no quería distraerse de la realidad física de perderse en su interior.
La amó hasta que el cielo volvió a iluminarse tras la corta noche escocesa. Ella le sonrió somnolienta cuando se retiró la última vez, y la besó de nuevo antes de dejarse caer en la cama, a su lado.
La rodeó con un brazo atrayendo la espalda de Hinata contra su torso caliente. El bien proporcionado trasero femenino encajó entre sus caderas, dándole nuevas ideas para la próxima vez que la amara.
Él miró su propia mano, grande y firme, cubriendo la delgada cintura de su esposa, su piel morena contra la otra más cremosa. Naruto podría mantenerla a salvo allí con él, tan segura que ella nunca, jamás, querría dejarle.
Cuando Hinata despertó, se encontró bajo las sábanas con Naruto todavía abrazándola. Antes de que pudiera preguntarle por el desayuno, la sonrisa de su marido se volvió depredadora. Le dio la vuelta sobre las almohadas y le hizo de nuevo el amor con rapidez e intensidad, hasta dejarla jadeante.
—Deberíamos levantarnos ahora —susurró Hinata cuando él se quedó inmóvil otra vez encima de ella para besarla pausadamente en el cuello.
—¿Por qué?
—¿No nos espera tu hermano para desayunar?
—Le ordené a Shino que nos sirviera el desayuno aquí dentro. Hinata le acarició la mejilla.
—De verdad espero que le pagues un buen sueldo.
—No tiene queja.
—¿Estuvo en el sanatorio contigo?
—Yahiko lo envió para que cuidara de mí cuando cumplí quince años. Decidió que necesitaba que alguien me afeitara y se ocupara de mi ropa. Tenía razón, andaba hecho un desastre.
Shino entró en ese momento, cargando una pesada bandeja de plata con los servicios del desayuno. Naruto no se levantó de la cama, pero Hinata se aseguró de estar bien cubierta mientras Shino acercaba una mesita a la misma y ponía la bandeja encima de ella.
Como había hecho en París, el ayuda de cámara simuló no ver a Hinata cuando sirvió el humeante té en las tazas. Incluso había traído consigo la prensa de Londres y Edimburgo, que estaba doblada al lado de los platos junto a algunas cartas.
Hinata se sintió una dama decadente, holgazaneando entre las sábanas mientras un sirviente le llevaba comida. La señora Barrington no era partidaria de desayunar en la cama y sólo lo había hecho durante los últimos meses de su vida, cuando ya se encontraba muy mal.
Naruto observó la amplia sonrisa de Shino antes de salir del dormitorio y decidió que daría de comer a Hinata en la cama en vez de levantarse y sentarse a la mesa.
Se le dio bastante bien. Fue metiéndole pedacitos de pan con mantequilla en la boca y ofreciéndole un poco de huevo con el tenedor. Ella intentó coger el cubierto y comenzó a reírse cuando él se negó a dárselo.
Naruto también sonrió y permitió que Hinata le diera de comer a él. Le gustó que se sentara en su regazo para hacerlo.
Y así transcurrió el día. Haciendo el amor una y otra vez, descansando en la cama mientras leían los periódicos o comiendo las viandas que Shino les traía.
—Me gusta esto de ser una dama de la aristocracia —comentó Hinata cuando la tarde tocaba a su fin—. Aunque todavía no me acostumbro a no tener que levantarme al amanecer para cuidar de otra persona.
—Son mis sirvientes los que te cuidarán a ti a partir de ahora.
—Parecen muy contentos de que así sea. —Las doncellas pelirrojas que habían entrado a avivar el fuego y recoger la habitación le mostraron unas amplias sonrisas cuando ella les dio las gracias. Sonrisas sinceras y felices, sin pizca de desprecio.
—Les gustas —dijo Naruto.
—No saben nada de mí. Podría ser una tirana o dedicarme a regañarles sin parar día y noche.
—¿Lo harías?
—Claro que no, pero ¿cómo lo saben? A menos, por supuesto, que Shino les haya leído mi expediente.
—Confían en la opinión de Shino.
—Al parecer lo hace todo el mundo.
—Son familias que llevan toda la vida sirviendo a los MacUzumaki. Forman parte del clan y siempre han trabajado nuestras tierras, luchado a nuestro lado, siguiéndonos donde fuera durante generaciones.
—Tengo que acostumbrarme a tantas cosas…
Naruto no añadió nada y se limitó a distraerla de la charla deslizando las manos bajo sus pechos y besándola.
Más tarde, Naruto la llevó hasta el lugar donde guardaba su colección.
Hinata tuvo la sensación de haber entrado en un santuario. Los estantes, poco profundos, tenían puertas de vidrio y cubrían las paredes de la enorme estancia. En el centro de la misma había más vitrinas. En ellas se veían tazas de la dinastía Ming de todos tamaños y colores sobre pequeños pedestales, todos con la correspondiente etiqueta que indicaba la fecha aproximada de fabricación y otras peculiaridades. Aún quedaban algunos lugares vacíos esperando nuevas adquisiciones para la colección.
—Es como un museo. —Hinata se paseó por la estancia, admirando lo que la rodeaba—. ¿Dónde están las que compraste en Londres?
A ella todos los anaqueles le parecían iguales, pero Naruto se acercó a uno con seguridad y sacó la taza con detalles rojos que le había comprado a Akatsuki.
Hinata pensaba que cada una de esas piezas eran preciosas, pero no comprendía qué era lo que atraía tanto a Naruto como para tener más de cien. Ni para que las cuidara con tanto mimo. Vio que su marido dejaba la taza en su lugar y que se dirigía a otro estante para coger otra porcelana. Esta era verde jade y había tres dragones grises correteando por el exterior.
—¡Qué preciosidad! —se admiró Hinata, retorciendo las manos.
—Es tuya.
—¿Qué? —Se quedó inmóvil.
Naruto deslizó la mirada a su alrededor aunque sus manos permanecieron inmóviles.
—Te la doy. Un regalo de bodas.
Hinata estudió la taza. Era un frágil trozo del pasado, un delicado objeto entre los elegantes y largos dedos de Naruto.
—¿Estás seguro?
—Por supuesto que estoy seguro. —Frunció el ceño—. ¿No la quieres?
—Claro que la quiero —se apresuró a decir Hinata, tendiéndole las manos—. Me siento muy honrada.
El ceño fruncido de Naruto fue sustituido por una rara sonrisa.
—¿Es mejor tener esa taza que un carruaje con caballos nuevo o una docena de vestidos de fiesta?
—Pero, ¿qué dices? Es cien veces mejor.
—Sólo es una taza.
—Es una taza especial para ti y me la has regalado. —Hinata la tomó con sumo cuidado y sonrió mientras admiraba los dragones que se perseguían con eterna determinación—. Es el mejor regalo del mundo.
Naruto la recuperó con suavidad y la devolvió a su lugar. Era lo más sensato; allí estaría a salvo y no se rompería.
Pero el beso que Naruto le dio después fue cualquier cosa menos sensato. Fue provocativo y violento, y Hinata no supo por qué él esbozaba aquella sonrisa de triunfo.
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—Ha llegado Yahiko.
Unos días después, mientras se abrochaba la camisa que acababa de ponerse, Naruto observó la llegada de su hermano desde la puerta de la terraza. A su espalda, Shino preparaba el resto de la ropa de Naruto mientras Hinata, envuelta en una bata de seda roja, disfrutaba del té matutino ante la pequeña mesa.
Hacía tres días que estaban allí, y se habían pasado casi todo el tiempo encerrados en sus aposentos haciendo el amor. También habían recorrido la mansión y los jardines mientras enseñaba a Hinata el lugar, pero la mayor parte del tiempo lo pasaron en la cama. Naruto sabía que tarde o temprano tendrían que regresar al mundo real, con Nagato, pero jamás olvidaría la felicidad que había encontrado en aquella burbuja atemporal. Cada vez que las cosas se volvieran a poner feas —y no tenía duda de que lo harían—, tendría algo bueno que recordar.
Yahiko traía consigo una potrilla joven, de aproximadamente un año; Naruto y Hinata se acercaron a saludarle.
Yahiko estaba vigilando cómo descargaban el animal de un carruaje especial para caballos cuando se acercaron. Su hermano maldijo floridamente al ver las acciones de los sirvientes antes de ponerse a realizar él mismo la tarea.
—Jamás había visto antes un carruaje para caballos —comentó Hinata mientras estudiaba la aparición de la nerviosa potra—. Ha sido transportada en vez de transportar.
La yegua poseía una delicada constitución. Su hocico era de un suave tono rosado, el pelaje era castaño y negras la testuz y la cola, que caían como una brillante capa de marta. El animal se quedó mirando a Hinata con interés, con unos suaves ojos marrones.
—Es que no es un caballo de tiro —aclaró Yahiko, con la voz todavía más ronca de lo habitual por el polvo del camino—. Es una pura sangre y ganará docenas de carreras, ¿verdad que lo harás, preciosa? Después, parirá más ganadores.
Yahiko le acarició suavemente el morro.
—¿Por qué no te casas con ella, papá? —preguntó Konohamaru, apoyándose contra el remolque para caballos—. No ha hecho más que decirle halagos a ese caballo desde que salimos. Es asqueroso.
Yahiko ignoró a su hijo y se acercó a Hinata. Se inclinó para besarla en la mejilla y luego dio una sonora palmada a Naruto en el hombro, envolviéndoles en su penetrante olor a caballo y sudor.
—Bienvenida a la familia, Hinata. No te importe darle una bofetada a mi hijo cuando se lo merezca. Carece de educación.
—Eso es culpa tuya, papá.
—¿Va todo bien? —preguntó Yahiko a Naruto de manera casual. Era evidente que quería saber cómo se había tomado Nagato las noticias.
—Nagato vendrá ahora —dijo Naruto.
—No le hemos visto mucho durante estos días —añadió Hinata.
—¿Ah, no? ¿Se han estado escondiendo de él?
—No, hemos… —Hinata se interrumpió y se puso roja como la grana.
Yahiko la miró y luego observó a Naruto, que no podía contener una amplia sonrisa, y estalló en risas. Las carcajadas de Yahiko resonaron en el aire haciendo que la potrilla sacudiera la cabeza con irritación.
—Oh, quieres decir que estuvieron en la cama. Bien por ti, Naruto. Eso quiere decir que pronto tendré un primito, ¿verdad? —inquirió Konohamaru.
—Vaya diablillo descarado —gruñó Yahiko de buen humor—. No se le dice eso a una dama.
—¿En cambio está bien reírse al pensarlo? —arguyó Konohamaru.
—¿Entiendes ahora lo que te decía? —preguntó Yahiko a Hinata—. Tiene una lengua demasiado aguda e impertinente, y todo es culpa mía. Ignórale. ¿La has llevado ya a montar a caballo, Naruto? ¿Has elegido un buen animal para ella?
Hinata palideció.
—Oh, no monto a caballo.
Los tres MacUzumaki clavaron los ojos en ella.
—¿No sabes montar? —preguntó Konohamaru anonadado. Hinata deslizó la mano en la de Naruto.
—No hay muchas oportunidades de aprender a hacer cabriolas en Rotten Row si eres la esposa de un pobre vicario. Y, cuando trabajé para la señora Barrington, hacía muchos años que ésta había dejado atrás sus días de amazona. En París alquilé un pequeño cabriolé para desplazarme.
Tanto Yahiko como Konohamaru le dirigieron una mirada compasiva.
—Estás de suerte —dijo el padre—. La compensación por casarse con un MacUzumaki es que te conviertes en la cuñada del mejor entrenador de caballos de las Islas Británicas. Elegiré un caballo para ti y comenzaré a darte lecciones mañana por la mañana.
Hinata apretó con fuerza los dedos de Naruto.
—Que sea un pony muy tranquilo, por favor. De todas maneras, creo que no necesito aprender a montar. Me siento muy feliz caminando.
—Convéncela tú, Naruto.
Hinata le miró con los ojos muy abiertos y él se olvidó por completo de qué estaban hablando; no le importaba demasiado si ella quería montar a caballo o prefería ir andando. Él sólo quería rodearla con los brazos y estrecharla, continuar con lo que estaban haciendo antes de que la llegada de Yahiko les interrumpiera. Se inclinó y la besó.
—No permitiré que te hagas daño —aseguró.
—Qué reconfortante —respondió Hinata con debilidad.
El caballo que Yahiko eligió para ella no era exactamente un viejo pony, sino una hermosa yegua que hacía tiempo que había dejado atrás sus años como caballo de carreras. Mucho más grande que el dulce animal que ella había imaginado, era más alta que Yahiko y tenía unas pezuñas enormes.
—Es casi un caballo de tiro —explicó Yahiko—. La monto en algunas ocasiones para saltar y cabalgar. Es muy tranquila. Venga, arriba.
La silla se veía diminuta en el inmenso lomo de la yegua. Había un estribo y un surco en el que Hinata debía poner la pierna derecha.
—¿Por qué las mujeres no pueden montar como los hombres? —murmuró ella mientras Yahiko la ayudaba a subir. Perdió el equilibrio y soltó un pequeño chillido cuando se cayó por el otro lado, pero Naruto la atrapó entre sus brazos.
—¿Quieres cabalgar con un caballo entre las piernas? —Los ojos azul oscuro de Yahiko la miraron con diversión antes de cubrirse los labios con los dedos como si fuera una horrorizada y anciana damisela—. ¿Con qué clase de mujer te has casado, Naruto?
—Con una práctica —respondió Hinata. Luchó contra la falda de su nuevo traje de montar y estiró el pie para volver a subir.
Naruto le sujetó la espalda con mano firme mientras Yahiko le cogía el tobillo y lo colocaba en el estribo.
—Así. ¿Preparada?
—Oh, por supuesto. Vayamos al Derby. —Hinata intentó coger las riendas pero su cuñado no se las dio.
—Hoy no llevarás tú las riendas, sino yo.
Hinata le miró horrorizada. Naruto estaba a su lado, una reconfortante presencia, pero ella estaba sentada por encima de su cabeza.
—Me caeré si no sujeto las riendas —protestó—. ¿Dónde me agarro?
—No puedes sujetarte ni siquiera a la cabeza del caballo —aclaró Naruto—. Tienes que aprender a mantener el equilibrio en el animal. A balancearte.
—Algo que jamás se me ha dado bien.
—Pues ahora aprenderás —dijo Yahiko.
Sin esperar más, Yahiko hizo que la yegua comenzara a andar lentamente. Hinata se deslizó al instante hacia un lado, pero Naruto la atrapó y la empujó de nuevo a la silla. Tenía una amplia sonrisa. Se reía de su pobre esposa.
Un montón de mozos de cuadra y criados de la mansión pululaban a su alrededor. Algunos fingían atravesar los jardines en dirección a alguna parte y otros se habían subido a la valla que separaba los jardines de los establos para mirar descaradamente. Animaron a su nueva señora con consejos y palabras de aliento y aplaudieron cuando logró mantenerse sobre la yegua al comenzar a trotar.
Al final de la lección, Hinata había aprendido al menos a balancearse sobre la silla y a utilizar las piernas para sostenerse. Los criados la ovacionaron cuando Naruto la bajó del caballo.
Sus afectuosas muestras de cariño fueron un sombrío contraste con la frialdad que reinó más tarde en el comedor. Nagato se mantuvo sentado en un gélido silencio. Los lacayos que habían jaleado a Hinata con entusiasmo escocés, ahora parecían sometidos y acobardados.
A Hinata le dolían los músculos de las piernas, no acostumbrados a tal ejercicio. Cuando se dejó caer en la silla que Naruto le ofreció en el comedor, dio un brinco al tiempo que emitía un leve gemido. Las firmes manos de su marido la sostuvieron cuando se volvió a poner de pie.
—¿Te encuentras bien?
—Perfectamente. —Hinata se mordió los labios—. Creo que Yahiko debería buscar un caballo más suave para mí.
Naruto sonrió y luego no pudo contener una carcajada. Su risa era cálida y aterciopelada, tan maravillosa que ella se quedó quieta para disfrutarla. Hinata le sonrió y volvió a intentar sentarse con cuidado.
—Ya puedes ir dejando de reírte de mí, Naruto MacUzumaki. Sólo ha sido la primera lección.
Él se inclinó sobre ella.
—Ya tienes un buen asiento, Hinata.
—Espero que te estés refiriendo a la silla de montar.
Naruto la besó en la mejilla y se acercó a su lugar, todavía con una sonrisa en la cara. Se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y se sentó.
—A Hinata le gustan las bromas —aclaró sin mirar a los demás.
Hinata sintió el hielo de la penetrante mirada de Nagato. Konohamaru tenía la boca abierta por la sorpresa y Yahiko parecía paralizado. Había ocurrido algo y Hinata no sabía lo que era.
El resto de la cena resultó tenso, aunque Naruto no se dio cuenta. Comió lentamente, casi olvidándose de hacerlo. En ocasiones miraba a Hinata con una sonrisa feliz y, una vez, cuando los demás no miraban, le sacó la lengua. Hinata se puso roja como una remolacha y bajó la mirada a la comida.
Cuando los lacayos retiraron por fin el último plato, Nagato se puso en pie y lanzó la servilleta sobre la mesa.
—Naruto, te necesito —dijo antes de salir del comedor.
Yahiko cogió una botella del aparador. Konohamaru no le siguió ni se sorprendió por la brusca salida de Nagato. Cuando Naruto se levantó para seguir a su hermano mayor, Hinata saltó de su silla y fue tras éste a toda velocidad.
—Hinata… —escuchó que la llamaba Naruto, pero ella corrió por el pasillo muy por delante de él y entró en el estudio privado del duque. Nagato se giró en mitad de la estancia.
—Naruto no es su criado —explicó Hinata precipitadamente.
Nagato la inmovilizó con su aguda mirada.
—¿Qué demonios…?
—Se dirige a él de la misma manera en que llamaría a un lacayo para que le limpiara las botas.
A Nagato le palpitó un músculo en la mejilla.
—Señora Õtsutsuki, lleva en nuestra familia apenas una semana. Naruto y yo trabajamos juntos en amor y compañía desde mucho antes de que usted apareciera en el horizonte.
—Es su hermano, no su secretario.
—Está acabando con mi paciencia.
—Le quiere, ¿por qué no se lo demuestra?
Nagato se acercó a ella con los labios apretados y la agarró por los hombros. Era muy fuerte.
—Señora Õtsutsuki…
—Me llamo Hinata.
La puerta se abrió bruscamente y Naruto entró en tromba. Se acercó a Nagato y le empujó lejos de Hinata.
—No la toques.
Nagato se zafó de su hermano.
—¿Qué demonios te pasa?
—Hinata, aléjate de él.
A Hinata se le había acelerado el corazón.
—Naruto, lo siento, sólo quería… —Naruto le hizo un gesto con la cabeza pero no la miró.
—¡Vete!
Hinata se entretuvo, aturdida durante un instante más, antes de salir corriendo
del estudio. Yahiko pareció alarmarse cuando la vio en el pasillo.
—¡Demonios! —dijo, antes de dirigirse hacia el estudio de Nagato. El portazo resonó en todo el corredor.
Hinata logró llegar a la escalinata antes de que le diera un vahído por culpa del ardor que notaba en los pulmones. Apenas podía respirar; llevaba el corsé muy apretado.
Alguien se acercó a ella.
—¿Te encuentras bien, tía Hinata? ¿Quieres una copa o alguna otra cosa?
Ella quiso reírse de puro histerismo al oír que la llamaba «tía Hinata», pero se contuvo.
—Sí, gracias, Konohamaru. Una copa me sentará bien.
—De acuerdo. ¡Angus, trae una copa de… whisky! —gritó por encima del pasamanos.
El corpulento lacayo que atravesaba el vestíbulo en ese momento, se dio la vuelta y volvió al comedor.
—¿Siempre se portan así? —preguntó Hinata, respirando todo lo hondo que podía.
—¿Te refieres a si se lanzan a la garganta del otro? Oh, sí. Siempre están gritando y peleándose. Ya te acostumbrarás.
—¿De verdad?
—Tendrás que hacerlo, ¿no? Pero han sido muy infelices. Hinata parpadeó para hacer desaparecer las lágrimas.
—¿A qué te refieres? ¿Tú eres infeliz?
—¿Lo dices porque mi madre intentó asesinarnos a mi padre y a mí y luego se suicidó? —Konohamaru encogió los delgados hombros—. No la conocí y mi padre ya lo ha superado.
Aquella despreocupada aceptación de la violencia de su madre oprimió el corazón de Hinata. Había visto la misma actitud en algunas niñas de diez años del East End, cuyas madres, prostitutas, desaparecían sin más. Ellas también se encogían de hombros y decían sin inmutarse: «Era una puta. ¿Qué esperabas?»
Sin percibir su piedad, Konohamaru cogió el vaso corto que trajo Angus y se lo ofreció. Hinata bebió y el agradable sabor acre del whisky inundó su boca. Escuchó la voz de la señora Barrington en su mente: «las damas no beben licores». Pero sabía que la anciana guardaba una botella de brandy escondida en la mesilla.
—Explícame una cosa, Konohamaru —dijo Hinata con aire cansado—. Cuando estábamos en el comedor, Naruto se rio de mí y todos se miraron como si se hubiera caído el cielo. ¿Por qué?
Konohamaru arrugó la nariz.
—¿Que por qué? Porque Naruto se rio. No creo que ninguno hayamos oído reírse a carcajadas al tío Naruto. Al menos, no desde que salió del sanatorio.
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Hinata hizo muchos progresos en las lecciones de equitación hasta que, al final de la semana, podía montar sin ayuda siempre y cuando Yahiko o Naruto fueran a su lado. Aprendió a usar las piernas para guiar al caballo y a no agitar o tirar demasiado fuerte de las riendas para mantener el equilibrio.
Las agujetas comenzaron a desaparecer cuando sus músculos se acostumbraron al ejercicio. Al principio de la segunda semana de entrenamiento, pudo subirse a la cama con sólo un leve gemido de dolor. Naruto resultó ser un masajista muy capaz para hacer desaparecer la rigidez.
Acabó tomándole cariño a la yegua que montaba. El animal tenía un larguísimo nombre, según rezaba en su pedigrí, pero los mozos de cuadras la llamaban simplemente Emmie. Mientras ella y Emmie recorrían a paso lento las vastas tierras de Rasengan, Naruto y Yahiko galopaban a toda velocidad y saltaban las vallas que se encontraban a su paso. Naruto era un excelente jinete, pero Yahiko era todavía mejor, parecía formar parte del caballo. Cuando no le daba lecciones, se dedicaba a entrenar a la potrilla que había traído consigo, permitiendo que el animal corriera a placer bajo sus competentes manos.
—Es un don —le dijo Naruto una mañana mientras le observaban—. Yahiko es capaz de lograr cualquier cosa de un caballo. Los animales le adoran.
Con las personas, sin embargo, Yahiko era rudo y a menudo brusco y no hacía más que soltar maldiciones. Al principio se disculpaba por ello ante Hinata, pero al poco tiempo dejó de hacerlo. Hinata recordó lo que Sumire le había comentado en una ocasión: los MacUzumaki habían vivido solos durante tanto tiempo que no se les ocurría suavizar los modales delante de las damas. Hinata, acostumbrada a las frases malsonantes del East End, decidió que podía soportarlo. Como le había dicho al inspector Fellows, no era una dulce flor de invernadero que debiera ser protegida.
Aprendió a atesorar las conversaciones que mantenía con Naruto, como ésa sobre Yahiko, porque apenas le veía fuera del dormitorio. Durante las dos semanas siguientes él estuvo encerrado con Nagato; cuando no salían los dos solos de la casa sin decir a nadie adonde iban.
Yahiko continuó con las lecciones sin mostrar ninguna señal de que hubiera algo inusual. Hinata intentó preguntarle a Naruto en una ocasión qué era lo que hacía con Nagato.
—Negocios —había respondido lacónicamente, antes de sumirse en uno de sus
ensimismados silencios.
Le volvía loca no saber a qué se dedicaban, pero odiaba curiosear. Nagato tenía razón al menos en una cosa: apenas conocía a Naruto, y quizá fuera así como se comportaban siempre.
«No puedes esperar que cambie su vida por ti —se recriminó a sí misma, aunque por otro lado se decía—, pero es mi marido».
Las cosas continuaron así hasta que una tarde Yahiko le dijo que irían con los caballos más allá del parque, a las colinas.
Era un hermoso día y una suave brisa veraniega bailaba entre los árboles. Las cimas de las montañas continuaban nevadas, como siempre; parecía que el sol jamás calentaba lo suficiente para derretir aquellos blancos picos.
—Hay un capricho en medio del bosque —dijo Yahiko, cabalgando a su lado. Montaba un lustroso garañón negro. A los mozos de cuadras les daba miedo aquella bestia, pero el animal obedecía a Yahiko sin rechistar—. Mi padre lo construyó para mi madre. Al parecer no había suficientes castillos en ruinas en las Highlands, así que decidió edificar uno de mentira.
Ninguno de los hermanos hablaba demasiado de su madre, aunque tampoco lo hacían de su padre. El retrato del anterior y barbado duque la observaba cada día desde el segundo rellano de la escalera, pero Hinata jamás había visto un cuadro de la madre. Le indicó a Emmie que acelerara el paso, interesada.
A su espalda, el caballo de Yahiko tropezó. Hinata giró la cabeza alarmada y se encontró con que su cuñado ya se había bajado del garañón y le examinaba la pezuña.
—¿Está herido? —preguntó a la amplia espalda de Yahiko.
—No, está bien. Se le ha caído una herradura, ¿no es cierto, viejo amigo? — Palmeó el cuello del caballo—. Sigue hasta el capricho. Emmie conoce el camino.
Hinata tragó saliva. Nunca se había aventurado sola tan lejos, pero decidió que aquélla era una ocasión tan buena como cualquier otra. Sacudió las riendas de Emmie para continuar, y la yegua siguió el camino hasta la cima de la colina a paso lento.
Hacía calor a pesar de la brisa entre los árboles. Se le había humedecido la cara de sudor mientras cabalgaba. Esperaba que en el capricho hiciera más fresco.
Lo vio mucho antes de llegar. Era una pintoresca edificación de piedra cubierta de musgo. Las fachadas laterales tenían diminutas ventanas con ladrillos artísticamente desmoronados. Se dio cuenta al instante de por qué lo habían levantado en aquel lugar en particular. La vista era impresionante. Ante sus pies se extendían kilómetros y kilómetros de ondulaciones verdes que se alejaban hacia el mar grisáceo que se intuía a lo lejos. Había un riachuelo saltarín justo al lado, que caía en cascada junto a la fachada principal.
—¿Estás seguro de que Fellows no tiene nada nuevo? —La voz de Nagato resonó en el interior del capricho, y Hinata se quedó paralizada.
—Ya te lo he dicho —respondió Naruto.
—No has dicho nada de nada. Tenemos que hablar de esto. ¿Por qué no me contaste nada sobre Lily Martin?
—Quería protegerla. —Hubo un silencio—. Pero no lo conseguí.
Hinata recordó que Lily Martin era el nombre de la mujer que asesinaron en Covent Garden la noche que Naruto había salido con destino a París. Fellows estaba convencido de que fue Naruto quien la mató.
—¿Por qué no me lo has dicho? —repitió Nagato.
—Tenía que protegerla —contestó Naruto con énfasis.
—¿De Fellows?
—En parte.
—¿De quién la mató? —tanteó Nagato con voz aguda.
Hubo otro silencio en el que se escuchó el alegre barboteo ahogado del riachuelo.
—Naruto, ¿qué es lo que sabes? —La voz de Nagato era ahora más calmada, más suave.
—Sé lo que vi.
—¿Qué viste? —preguntó el duque, impaciente.
—Sangre. Estaba cubierta de sangre. Me manché las manos; intenté limpiarlas en las paredes, en las sábanas. Era como pintura…
—Naruto. Concéntrate en mí.
Naruto se cerró en sí mismo mientras las palabras se desvanecían.
—Sé lo que vi —dijo en voz baja.
—Pero ¿lo sabe Fellows?
Naruto volvió a quedarse callado y, cuando habló, su voz era más estable.
—No.
—Entonces, ¿por qué quiere a Hinata?
—No lo sé. Pero no la tendrá, no le dejaré tenerla.
—Muy noble por tu parte. —El tono de Nagato era ahora cortante.
—Si está casada conmigo, tu nombre la protege a ella también. Ao Fellows no puede acercarse a la familia del duque de Rasengan.
—Lo sé.
—Intentó obligarla a espiarme —continuó Naruto.
—¿En serio? —La voz de Nagato era más aguda.
—Hinata se negó. —Naruto parecía feliz—. Le despidió con cajas destempladas. A mi Hinata no le da miedo.
—¿Estás seguro de que ella se negó?
—Estaba allí. Pero por si acaso… —Otra pausa más, y Hinata contuvo el aliento.
—¿Por si acaso qué? —le apremió Nagato.
—Una esposa no puede testificar contra su marido, ¿verdad?
Nagato se mantuvo callado durante un momento.
—Debo inclinarme ante ti, Naruto. Algunas veces se me olvida lo inteligente que eres.
Naruto no respondió.
—Tienes razón, Naruto —continuó Nagato—. Es mucho más conveniente que ella esté de nuestra parte. Pero en el momento en que te haga infeliz, me ocuparé de anular el matrimonio. Podemos obligarla a mantener la boca cerrada si le ofrecemos el dinero necesario. Todo el mundo tiene su precio.
Hinata contuvo el aliento al notar que el mundo parecía moverse a su alrededor. Le indicó a Emmie que diera la vuelta casi a ciegas, agradeciendo que las pezuñas de la yegua no hicieran ruido sobre la húmeda hojarasca.
Notó que le entraban náuseas y se aferró a las crines rojizas de Emmie, dejando que el animal encontrara solo el camino de vuelta. Hinata apenas recordó después cómo había regresado a Rasengan. Sólo supo que, de repente, estaba delante de la alargada mansión que se extendía hacia el valle, con sus ventanas brillando como ojos vigilantes.
Yahiko no estaba a la vista, probablemente estuviera entretenido con la herradura perdida del garañón, lo que a ella le vino muy bien. Apareció ante ella un mozo alto y pelirrojo, que sujetó las riendas de Emmie, y se escuchó darle las gracias. Los perros se acercaron para reclamar su atención, pero no estaba de humor para hacerles carantoñas, así que se dieron la vuelta y trotaron de regreso a los establos.
Hinata logró llegar hasta la casa y se dirigió a la cámara que compartía con Naruto. Cerró la puerta ante las narices de la doncella que había llegado para ayudarla, se desnudó hasta quedar en camisola y se tumbó en la cama.
Era tarde, pero el sol todavía brillaba al otro lado de las ventanas con todo su esplendor. Ella se quedó inmóvil, con un brazo cruzado sobre el abdomen. Se había quitado el corsé y por fin podía respirar. Comenzaron a deslizársele lágrimas por las mejillas, pero las contuvo con rapidez a pesar del ardor que sentía en los ojos. Creyó escuchar el eco del burlón cacareo de la señora Barrington.
Se quedó inmóvil hasta que oyó llegar a Naruto. Entonces cerró los ojos; no quería verle.
Continuará...
