La Locura del Lord
16| SOMOS UN MATRIMONIO
Hinata yacía entre las sombras que arrojaba el dosel de la cama, su pelo oscuro cubría la almohada. Naruto paseó la mirada por los largos mechones, sedosos hilos negro azulados sobre la funda blanca. Había seis sobre la tela, siete sobre ellos formando extraños ángulos y siete más sobre el pálido camisón. Le gustó el dibujo que hacían. Lo estudió durante largo rato.
A Hinata se le había subido y retorcido el camisón, dejando al descubierto sus pantorrillas, más tonificadas ahora tras las lecciones de equitación. Se inclinó y rozó su piel. Al momento comenzó a preocuparse cuando la encontró húmeda, pegajosa y fría.
—Hinata, ¿te encuentras bien?
Hinata parpadeó, pero no le miró.
—Sí.
Naruto se quedó quieto. Comenzaba a dolerle la cabeza. Siempre tenía dificultades para descifrar los sentimientos de otra persona, pero el desasosiego que percibió en ella traspasó incluso la neblina de su mente.
—¿Te has caído? —Se sentó en la cama, junto a ella—. ¿Te has asustado? Dime.
Hinata se sentó en la cama y el hermoso pelo cayó sobre sus generosos pechos.
—Naruto, por favor, cuéntame lo que ocurrió esa noche en High Holborn.
Él había comenzado a negar con la cabeza antes de que terminara de hablar. Demasiada gente quería saberlo… Fellows, Nagato, Hinata. Su hermano le había vuelto a preguntar sobre lo que él había hecho allí aquella noche, reclamando una parte de los recuerdos que él quería mantener bajo llave para siempre.
«No me hagas recordar…»
Hinata deslizó los dedos bajo los suyos.
—Por favor. Necesito saber qué ocurrió.
—No es cierto.
—Sí. Necesito entender.
—Olvídalo. —Sus palabras resonaron en el silencio—. Quiero que me mires como hiciste cuando me conociste, antes de saber nada.
—¿Cómo podría? ¿Por qué no puedo saberlo? Soy tu mujer. —Hinata le soltó la mano—. No me lo contarás ¿verdad? ¿Y si Fellows lo descubre? ¿Cuánto tiempo seguirás entonces guardando silencio?
—Tanto como pueda.
—¿No confías en mí?
Naruto apartó la mirada cuando las angulosas sombras de las hojas de los árboles que se dibujaban contra la persiana atraparon su atención.
—En este tema, no confío en nadie.
—Salvo en Nagato.
—Sobre todo, no confío en Nagato. —Las palabras eran siniestras.
—¿Crees que le repetiría a alguien lo que me contaras?
Él la miró por un instante y luego apartó la vista antes de poder darse cuenta de que ella tenía los ojos llenos de lágrimas no derramadas.
—Fellows te preguntará.
—¿Y crees que se lo contaría? Sé que lo crees. Pero Fellows no puede obligarme a testificar, ¿verdad? Una esposa no puede declarar contra su marido. Te escuché explicárselo a Nagato.
A Naruto se le aceleró el corazón, repasó mentalmente cada palabra que había intercambiado con Nagato en el capricho. Ella había estado allí; debía de haberse acercado a caballo y los había escuchado hablar.
—¿Dónde estaba Yahiko? ¿Te acompañaba? ¿También me escuchó él?
Hinata agrandó los ojos.
—No, su caballo perdió una herradura. Sólo los he oído yo. Te escuché hablar de sangre. Que le decías a Nagato que te habías casado conmigo para que Fellows no pudiera utilizarme en tu contra. ¿Es verdad? —Ella emitió una amarga risa—. Por supuesto que es verdad. No sabes mentir.
Los recuerdos se abalanzaron sobre él, horriblemente vívidos. Volvió a estar en aquella habitación, con el cuerpo de Sally pálido contra las sábanas. La sorpresa en la cara de la mujer, la sangre que cubría sus extremidades, el pelo teñido de rojo cubriendo la almohada con un dibujo similar al que había formado el de Hinata hacía sólo un momento.
—No pude ayudarla. Le fallé.
Le había fallado también a Lily Martin, la mujer que había estado en el pasillo, junto a la puerta de la habitación con los ojos llenos de terror. Ella lo había visto. Ella lo había sabido. Ella no se lo había contado al oficial de policía. Había ocultado a Lily durante casi cinco años, pero al final, también estaba muerta.
Y ahora Hinata… Si ella conociera la realidad también correría peligro.
—Ayúdame a entenderlo —imploró Hinata—. Cuéntame por qué estás tan asustado, por qué me haces esto.
—Debería haberlo sabido. Debería haberlo detenido.
—¿Detener a quién? ¿Saber el qué?
Naruto le puso las manos en los hombros y apretó hasta que ella dio un respingo.
Entonces él la soltó y se puso en pie.
—Deja de hacerme preguntas.
—Naruto, soy tu mujer. Te prometo que no iré corriendo junto al inspector Fellows para contarle lo que sabes. Ya se lo dije a él el día que me lo pidió.
—Me importa un bledo el inspector Fellows.
Ella se rio y él no pudo comprender qué era lo que le hacía tanta gracia.
—Pero sin embargo, te casaste conmigo para que no le contara tus secretos. ¿Por qué otra razón te habrías casado con una vieja e ingenua viuda?
Naruto no sabía de qué estaba hablando.
—Me casé contigo para protegerte. Para alejarte de idiotas como Akatsuki. El nombre de Nagato nos protege a todos, así que te convertí en parte de la familia. En una MacUzumaki. Nadie toca a los MacUzumaki.
—¿Porque el poderoso duque de Rasengan tiene línea directa con el Ministerio del Interior?
—Sí.
Los ojos de Hinata eran grises. Las lágrimas hacían que adquirieran una tonalidad plateada, incluso todavía más blanco si cabe. La migraña le atravesó las sienes y se las frotó.
—Quiero ayudarte a averiguar lo que ocurrió —dijo Hinata—. Ayudarte a enterrarlo todo.
¡Oh, Santo Dios!
—No, no, no. Déjalo estar.
—¿Cómo puedo hacer tal cosa? Te destroza a ti, me destroza a mí. Si me cuentas lo que ocurrió, si pensamos juntos sobre ello, quizá podamos deducir qué pasó realmente.
Naruto se apartó.
—Esto no es una maldita novela policíaca.
Hinata se mordió el labio; sus dientes eran muy blancos en contraste con el rojo y su deseo por ella creció rápida e inconvenientemente. Si hacía el amor con ella, si la poseía hasta que ya no pudiera respirar, Hinata dejaría de hacerle preguntas, dejaría de pensar, de estar pendiente de él.
—He vivido en el East End —estaba diciendo Hinata; su voz flotaba hasta él—. Conocí a muchas chicas de la calle y me llevo bien con ellas, no tienen resentimiento hacia mí, al menos eso creo. Quizá alguna conociera a Sally Tate, quizá sepan quién la siguió y la golpeó, quizá fuera por celos y…
Naruto centró finalmente la atención en sus palabras. La cogió de las muñecas.
—¡No! —Miró ensimismado sus iris. Ahora blancos, tan hermosos como la luna nueva…
Naruto cerró los ojos de golpe.
—Mantente apartada de todo eso. Olvídalo. ¿Por qué crees que murió Lily Martin?
Silencio. Por fin Naruto alzó los párpados y se encontró a Hinata frente a él con los labios entreabiertos. Sus pechos asomaban por el escote del camisón, suaves y blancos, reclamándole.
—Murió porque vio demasiado —continuó—. No la pude salvar. No quiero que a ti te ocurra lo mismo.
Hinata abrió los ojos como platos.
—Entonces, ¿piensas que volverá a ocurrir?
La respiración de Naruto era jadeante. Se alejó de ella apretando los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.
—Olvídalo. Esto no tiene nada que ver contigo.
—Me convertiste en tu esposa. Claro que tiene que ver conmigo.
—Y como mi esposa, tienes que obedecerme. Hinata puso los brazos en jarras y arqueó las cejas.
—No sabes demasiado sobre el matrimonio, ¿verdad?
—No sé nada.
—Se comparten las cargas. Las esposas apoyan a sus maridos. Y los maridos a las esposas…
—¡Oh, por el amor de Dios! —Naruto se dio la vuelta, incapaz de quedarse quieto—. Yo no soy Toneri. Jamás seré como él. Y sé que tú nunca me mirarás de la manera en la que le mirabas a él.
Hinata le observó fijamente con la cara pálida.
—¿Qué quieres decir? Naruto se volvió hacia ella.
—Me miras como al Loco MacUzumaki. Es algo que ronda tu mente todo el rato.—Se dio un toquecito con el dedo en la sien—. No puedes olvidarte nunca de mi locura y me compadeces por ello.
Hinata parpadeó varias veces pero guardó silencio. Su Hinata, que podía charlar sin parar sobre cualquier cosa, se había quedado sin palabras.
Porque él decía la verdad. Ella había perdido a su primer marido. Naruto sabía mucho sobre el amor aunque no pudiera sentirlo. Había visto la desolación de sus hermanos por culpa de ese sentimiento, la pena que les provocó, y sabía que Hinata también había pasado por lo mismo.
—Jamás podré darte lo que él te dio. —Notó un intenso dolor en el pecho—. Tú le amabas y sé que nunca sentirás eso por mí.
—Estás equivocado —susurró ella—. Yo te amo, Naruto.
Él apretó los puños contra el pecho.
—Aquí dentro no hay nada que amar. Nada. Estoy loco. Mi padre lo sabía. Nagato lo sabe. No esperes que recobre la cordura. Tengo los mismos ataques de ira que mi padre y jamás podrás estar segura de lo que voy a hacer… —Se interrumpió. La jaqueca hacía que le latiera la cabeza. Se frotó con furia la sien, enfadado por el dolor.
—Naruto…
El resto de su cuerpo deseaba a Hinata y no podía comprender por qué aquella cólera le detenía. Quería poner fin a aquella estúpida discusión y tumbarla sobre la cama.
Los pechos de Hinata se agitaban al compás de su agitada respiración y el pelo se le había desparramado por los pálidos hombros. Si la tomaba, ella dejaría de hablar sobre el asesinato y el amor. Sólo sería suya.
«No es una prostituta —susurró una voz en su cabeza—. No puedes usarla. Es Hinata».
Naruto la agarró por los hombros y la apretó con fuerza contra su cuerpo a la vez que inclinaba la cabeza hacia ella. La forzó a separar los labios con un beso salvaje y brutal. Los puños de Hinata se relajaron contra su pecho, pero siguió agitándose.
Él apresó su boca con avidez, queriendo metérsela dentro, o entrar él dentro de ella. Si podía formar parte de Hinata, todo estaría bien. Él estaría bien. El horror que su secreto le provocaba se desvanecería.
Pero sabía que no pasaría eso. Su condenada memoria seguiría tan nítida como si hubiera ocurrido ayer. Y Hinata todavía le miraría como si fuera un ser patético al que hubiera encontrado en una cuneta del East End.
El calor de Hinata le cubrió como si fuera agua hirviendo, como los baños calientes de su infancia. Nadie le había creído cuando gritaba que se quemaba… Lo metían a la fuerza en el agua y él gritaba hasta que se quedaba sin voz, con la garganta en carne viva.
La apartó con fuerza. Ella levantó la mirada hacia él con los labios hinchados y rojos, con los ojos abiertos como platos.
Se alejó de ella.
Su mundo se volvió muy concreto, incluso el dibujo de la alfombra señalaba el camino hacia la puerta. Le resultó una agonía mover los pies hacia allí, pero tenía que salir de esa habitación y escapar de la cólera y el dolor.
Vio a Shino en el pasillo; sin duda se había apresurado al oír el griterío. Todos se preocupaban por él: Shino, Hinata, Nagato, Yahiko… Todos le protegían, le acosaban, le encarcelaban. Pasó junto al ayuda de cámara sin decir nada y siguió andando.
—¿Adónde va, jefe? —le preguntó, pero Naruto no respondió.
Siguió caminando por el pasillo colocando los pies con precisión en el borde de la alfombra. Al llegar a las escaleras, giró noventa grados y siguió la línea hacia abajo.
Shino se puso a su par jadeante.
—Iré con usted. —Naruto le ignoró.
Cruzó el suelo ajedrezado del vestíbulo de mármol pisando sólo las baldosas blancas y salió por la puerta trasera en dirección a los jardines.
Caminó y caminó hasta la casa del administrador y entró en la caseta donde se guardaban las armas para cazar faisanes y las pistolas. Sabía dónde estaba la llave y cogió dos revólveres antes de que Shino, de piernas más cortas, pudiera darle alcance.
—Jefe…
—Llévame esto. Shino alzó las manos.
—No.
Naruto se volvió. Buscó la munición y, cuando la encontró, se metió una caja en el bolsillo antes de salir de allí.
En su recorrido por los jardines se tropezó con un joven jardinero podando un rosal que se le quedó mirando con la boca abierta. Naruto le agarró por el hombro y le arrastró consigo.
El joven dejó caer las tijeras y corrió obedientemente a su lado. Shino les siguió, jadeando.
—Déjalo —dijo el ayuda de cámara al jardinero—. Regresa al trabajo, venga.
Naruto no sabía con quién hablaba Shino, pero no soltó el brazo del joven trabajador. Era un muchacho joven, fuerte como un buey.
Al llegar al fondo del jardín, Naruto tendió al jardinero uno de los revólveres descargado. Sacó la caja de balas, la abrió y dejó caer un montoncito en la palma del muchacho.
Las balas eran brillantes y reflejaban la luz del sol. Naruto admiró su forma perfecta, su punta afilada, la base recta. La manera en que ocupaban el lugar en el tambor de la pistola.
—Cárgalo —ordenó al sirviente.
El chico comenzó a obedecerle con dedos temblorosos.
—Para —indicó Shino—. No hagas lo que te dice.
Naruto apartó la mano del joven para colocar él mismo la bala en la recámara. Se trataba de un Webleys, un revólver de apertura vertical con extracción automática.
—Cuidado —dijo Naruto—. No se te vaya a disparar.
—Deja esa cosa en el suelo, muchacho, o te harás daño. El joven lanzó a Shino una mirada llena de terror.
—Haz lo que te digo —ordenó Naruto.
El joven tragó saliva.
—Sí, milord.
Naruto cerró el revolver e hizo girar el tambor, luego apuntó y disparó a una roca pequeña que había sobre otra más grande, a unos veinte metros. Disparó una y otra vez hasta que sonó el clic que avisaba que se habían terminado las balas.
Tiró el revolver al suelo y cogió el otro.
—Cárgalo —ordenó, clavando la mirada en el arma.
Naruto disparó seis veces más, haciendo añicos la roca. Tomó la primera arma y apuntó a otra piedra mientras el joven cargaba la segunda. Oyó débilmente que Shino le gritaba, que gritaba al jardinero; pero no le encontraba sentido a las palabras. Oyó más voces detrás de él. Yahiko. Nagato.
Su mundo se redujo al brillante acero del cañón de la pistola, a las diminutas explosiones de la roca, al ruido del gatillo. Sintió la sólida cacha del revólver contra la palma y el acre olor a pólvora quemada le irritó los ojos. Cambió el peso de pierna. Disparó, apuntó. Disparó otra vez. Una y otra vez. Le dolían las manos, le lloraban los ojos, pero siguió disparando.
—Jefe —gritó Shino—. ¡Deténgase, por el amor de Dios!
Naruto apuntó y apretó el gatillo. Le temblaba el brazo, lo afianzó y disparó otra vez.
Unas manos fuertes le agarraron por los hombros. La voz de Nagato, atronadora y furiosa. Naruto se zafó de él y siguió disparando. Bala, mano en el revolver, otro revolver, apuntar, fuego.
—Naruto.
El tono afectuoso de Hinata atravesó la neblina que le envolvía. La fría mano de su esposa cubrió la suya. El mundo comenzó a regresar.
Ahora era casi de noche, el crepúsculo había sustituido a la tarde brillante. El joven jardinero sollozaba a su lado. Dejó caer el revolver descargado y se apretó la cara entre las manos. Le dolían los brazos. Soltó lentamente el arma cuando Shino se la quitó de la mano y observó que tenía las palmas llenas de ampollas y en carne viva.
Hinata le acarició la cara.
—Naruto…
Adoraba cómo decía su nombre. Susurraba las sílabas con suavidad; su voz siempre era tierna, envolvente.
Nagato surgió amenazadoramente tras ella, pero Naruto se derrumbó sobre Hinata. Le deslizó los brazos alrededor de la cintura y enterró la cara en su cuello.
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—Cuando vuelva y no la encuentre, me estrangulará a mí —gimió Shino—. Eso hará.
Hinata le tendió a Sâra la maleta de mano y se ajustó los guantes.
—Tú mismo me has dicho que cuando desaparece de esta manera, a menudo es por varios días. Regresaré antes que él.
La mirada testaruda de Shino que casi rompian las gafas, decía que no lo creía.
Naruto había dormido con Hinata. Habían hecho el amor después de que el ayuda de cámara le vendara las manos heridas, pero cuando Hinata despertó, Naruto se había ido; no sólo del dormitorio, sino que había abandonado la casa e incluso los jardines. No faltaba ninguno de los caballos; nadie le había visto marchar.
Nagato palideció al saberlo y quiso disponer una partida de búsqueda. Yahiko y Shino le persuadieron para que le dejara en paz. Regresaría cuando estuviera preparado. ¿Acaso no era eso lo que hacía siempre? La mirada que el duque dirigió a Hinata decía que ella tenía la culpa de todo.
—Hace usted bien, milady —le murmuró Sâra al oído cuando se subían al carruaje—. Siempre he pensado que está chiflado.
—No le estoy abandonando —dijo Hinata al instante, con la voz lo suficientemente alta para que la oyera el cochero—. Sólo voy a Londres a encargarme de unos asuntos.
Sâra lanzó una mirada al cochero y guiñó el ojo a su ama.
—Tiene razón, milady.
Hinata cerró la boca a la vez que el cochero ponía en movimiento a los caballos. Sintió una punzada de nostalgia. Ya añoraba Rasengan.
El trayecto hasta la estación del ferrocarril se desarrolló sin incidentes. Cuando el cochero descargó las maletas, Konohamaru, el hijo de Yahiko, apareció repentinamente del fondo del maletero, donde se había escondido.
—Llévame contigo —farfulló.
Hinata todavía no había catalogado a Konohamaru. Según le había contado Shino, su madre había sido famosa por su belleza, muy celebre en su época.
«Típico de nuestro lord Yahiko casarse con una mujer salvaje como ella —había reflexionado Shino—. Cualquier cosa que irritara a su padre».
La manera en que Konohamaru intentaba imitar a Yahiko en todos los aspectos le oprimía el corazón. El chico quería la atención y aprobación de su padre, era evidente, y Yahiko no siempre respondía cómo debía.
—No estoy segura de que a tu padre le gustara —intentó Hinata.
Konohamaru torció el gesto.
—Por favor. Me resultará deprimente quedarme aquí habiéndose marchado Naruto, con Nagato volviendo loco a todo el mundo y papá gruñendo como una tormenta. Cuando tú no estés, será todavía peor.
Hinata sospechó que Konohamaru se encontraría en medio de todo. Se mostraría irritable y rebelde, lo que haría que Nagato y Yahiko fueran más duros con él.
—De acuerdo —capituló Hinata—. No habrás tenido la precaución de traer una maleta ¿verdad?
—No, pero tengo ropa en la casa de Londres. —Konohamaru corrió unos pasos e hizo una pirueta—. Me portaré bien, te lo prometo.
—¿Se ha vuelto loca? —siseó Sâra cuando Hinata se volvió hacia la taquilla—.¿Por qué quiere verse con las manos atadas por culpa de este demonio?
—Me será útil y siento lástima por él.
Sâra puso los ojos en blanco.
—Será una molestia, se lo aseguro. Su padre debería usar el látigo con él.
—Es muy complicado ser padre.
—Oh, ¿de verdad? ¿Ha tenido usted algún hijo?
Hinata ocultó con rapidez el dolor de su corazón.
—No, pero he conocido a muchos padres. —Sonrió al jefe de estación cuando se acercó al mostrador.
El hombre apuntó el billete de Konohamaru en la cuenta de Rasengan, pareciendo algo sorprendido de que fuera Hinata la que lo comprara en lugar de enviar a un criado. La idea de que una dama adquiriera algo por sí misma parecía horrorizar a todo el mundo.
—También me gustaría enviar un telegrama —dijo con rapidez. Esperó a que el complaciente jefe de estación fuera a por lápiz y papel.
—¿A quién irá dirigido, milady?
—Al inspector Ao Fellows —respondió—. De Scotland Yard, Londres.
Continuará...
Hoy espero traerles el final de esta historia :3
