La Locura del Lord
17| SE HA IDO
Estar solo no le apaciguaba.
Naruto observó el correr del agua por el fondo del desfiladero; tenía las botas llenas de lodo y el bajo del kilt mojado por la salpicadura de la corriente. Por una vez en su vida, pescar en el desfiladero Abernathy, rodeado de cielo, agua y viento, no resultaba tan perfecto como siempre. Se sentía agotado y vacío.
No estaba exactamente solo. El viejo Hiruzen pescaba desde una roca no muy lejos de él, con la caña colgando de sus manos arrugadas. Hacía mucho tiempo, Hiruzen había trabajado para su padre, pero ahora se había retirado para vivir en la soledad de la montaña, alejado de todo. Su casa era una diminuta edificación oculta a todo el mundo. Hiruzen era demasiado antisocial incluso para contratar a alguien que le ayudara a mantener el lugar.
Poco después de que Nagato le liberara del sanatorio, se había tropezado por casualidad con el refugio de Hiruzen. En aquella época, Naruto era un ser aún más volátil e inquieto, que se enervaba por el continuo escrutinio de su familia y los sirvientes. Se escapaba y vagaba solo por el bosque. En una de esas ocasiones acabó, sediento y con los pies destrozados, ante el umbral de la pequeña casa de piedra. Hiruzen le había abierto la puerta y aliviado su sed con agua y whisky. Después le había permitido quedarse.
Hiruzen, el hombre taciturno que le enseñó a pescar cuando era un niño, no le hizo ninguna pregunta. Él le ayudó a reparar una parte del tejado de la casita y, a cambio, el anciano le alimentó y dejó dormir en una esquina. Naruto se quedó allí hasta que se sintió capaz de lidiar con el mundo; entonces regresó a casa.
Para Naruto se había convertido en un hábito subir allí cuando los acontecimientos le sobrepasaban. Ayudaba a Hiruzen en las reparaciones que fueran necesarias y el anciano le sosegaba con su silencio.
Naruto había llegado allí esa mañana temprano. Tras quitarse la camisa, se puso a reparar los muros de la casa de Hiruzen para que ese invierno no entrara el gélido viento de la montaña. El anciano estaba ya demasiado débil para realizar el trabajo y permaneció sentado fumando su pipa; en silencio, como siempre.
Después de que Naruto terminara, Hiruzen y él cargaron al hombro las cañas de pesar y se encaminaron sin hablar hasta el desfiladero Abernathy.
«A Hinata le encantaría todo esto».
Aquel pensamiento surgió de la nada, pero era cierto. Le gustaría el rápido torrente, la belleza del brezo entre las rocas, la fragancia del aire. Sonreiría y, tras mirarlo todo, entendería por qué él iba allí. Luego, probablemente, haría una broma que él no comprendería.
Naruto miró a Hiruzen. El anciano estaba sentado sobre una peña con un raído kilt. Sostenía la caña con desidia entre las manos mientras sujetaba entre los dientes su inevitable pipa.
—Me he casado —informó Naruto.
La expresión de Hiruzen no cambió. Se limitó a sacar la pipa de la boca antes de hablar.
—¿Ah, sí? —Luego volvió a colocarla de nuevo entre los labios.
—Sí. —Naruto permaneció un rato en silencio—. Con una mujer muy hermosa.
Hiruzen gruñó y volvió a centrar la atención en la pesca, poniendo fin a la conversación. Sin embargo, Naruto notó que el anciano tenía curiosidad. Incluso había hablado.
Naruto siguió pescando un rato más, pero se dio cuenta de que los sonidos del desfiladero no aquietaban su mente y no alcanzaba la paz que siempre encontraba pescando. Recordó la escena acaecida con Hinata y que había culminado con aquel embrollo con los revólveres. Después habían hecho dulcemente el amor, pero cuando despertó seguía sintiéndose inquieto.
Ella conocía las sombras de su alma, la oscuridad de sus ojos. Naruto recordó cómo le miraba Hinata, aquella interesada inocencia con la que le observó la noche que la conoció en la ópera y supo que jamás volvería a mirarle así. Todo había cambiado.
¡Maldito Fellows!
La tarde empezó a caer, aunque el sol veraniego de las Highlands todavía estaba en lo alto del cielo. Hinata estaría preparándose para la cena aunque, si fuera sensata, comería sola en su cámara. Ver la mirada de Nagato al otro lado de la mesa podía quitarle el apetito a cualquiera.
Se la imaginó sentada ante el tocador, cepillándose el pelo hasta dejarlo cepillado y brillante. A él le encantaba su suavidad; era como seda caliente entre los dedos. Quiso acostarse con ella contra su cuerpo, sintiendo la cálida humedad de sus curvas. El aire veraniego entraría por la ventana y él podría aspirar su perfume unido al de ella.
Tiró del hilo de la caña.
—Tengo que volver a casa.
Hiruzen apenas movió la cabeza para asentir.
—Regresas con tu mujer —dijo, sosteniendo la pipa con los dientes.
—Sí. —Naruto le brindó una amplia sonrisa, cogió sus enseres y comenzó a alejarse del desfiladero a grandes zancadas.
.
.
.
—Está aquí —susurró Sâra—. En la salita.
Hinata se levantó y se miró con atención en el espejo. Se colocó un mechon y salió del dormitorio.
—No vengas conmigo.
—No me verá en ningún lugar cerca de ese hombre. —Sâra se desplomó pesadamente en la única silla del dormitorio de Hinata de la casa de Belgrave Square—.La esperaré aquí.
Hinata salió apresuradamente, presionando las faldas con las manos para que no susurraran. La escalera y el vestíbulo estaban llenos de luz; había dicho a los criados de la señora Barrington que quería que estuvieran bien iluminados cuando subiera y bajara las escaleras. El anciano mayordomo se había reído entre dientes antes de toser, pero acató las órdenes sin rechistar.
El inspector Fellows se dio la vuelta cuando ella entró. Hinata recordó el día que le conoció en la salita de Sumire, en París; la agitación y la sorpresa que sintió al escuchar lo que él le había contado sobre los MacUzumaki. Estaba preparada para conducirse con un poco más de compostura en esta ocasión.
Fellows estaba casi igual que en aquel primer encuentro. El traje oscuro era barato pero bien cuidado. Su mirada era intensa igual a la de Nagato.
—Señora Õtsutsuki.
—Mi matrimonio es legal —aclaró Hinata, cerrando las puertas—. Así que ya no soy la señora Õtsutsuki. Todavía no me he acostumbrado a ser lady Hinata MacUzumaki, pero si lo desea puede llamarme «milady».
Fellows esbozó una sonrisa irónica.
—Todavía en guardia. ¿Por qué me ha hecho venir? Hinata arqueó las cejas.
—Puede que haya crecido en los barrios bajos pero, al parecer, tengo mejores modales que usted, señor Fellows. ¿Tomamos asiento?
Fellows esperó teatralmente a que ella se sentara antes de hacerlo él en el borde de una silla con reposabrazos. El mobiliario de la señora Barrington era muy incómodo y Hinata observó con cierto regocijo que el policía intentaba acomodarse sobre la dura superficie de madera del asiento sin conseguirlo.
—Ríndase, inspector. Es imposible estar cómodo en estas sillas. Si no quiere tomar el té, le explicaré el porqué de mi llamada. —Hinata se inclinó hacia delante—. Quiero que me cuente todo lo que sabe sobre el asesinato de hace cinco años en High Holborn. Empiece desde el principio, sin dejarse nada en el tintero.
Fellows pareció sorprendido.
—Suponía que era usted quien me iba a contar lo que sabía.
—Bueno, ¿en serio? Quizá si usted me explicara lo que sabe, yo podría compartir lo que he averiguado. Pero quiero que empiece usted.
Él clavó la mirada en ella durante un momento, luego curvó los labios.
—Es una dura negociadora, señora Õtsu…, perdón, lady MacUzumaki. ¿Ya ha conocido la decadencia de los MacUzumaki?
—Encuentro muy caballerosa la decadencia de los MacUzumaki. Se preocupan mucho los unos por los otros, y ahora también por mí. Además, adoran a sus perros.
Fellows no pareció impresionado.
—¿De verdad tiene ganas de escuchar toda la historia? Algunas partes son estremecedoras.
—No se guarde nada, inspector.
La mirada de Fellows indicaba que no iba a tener escrúpulos.
—De acuerdo. Hace cinco años me ordenaron que fuera a investigar un crimen acaecido en un burdel de lujo en High Holborn. Una joven, Sally Tate, había sido apuñalada cinco veces en el corazón, según me indicó el forense. Estaba casi desangrada y había sangre por todas partes, incluidas las paredes.
«Intenté limpiarme las manos en las paredes, en las sábanas…»
Hinata cerró los ojos, tratando de olvidar el sonido de la voz de Naruto cuando escupió las palabras a borbotones.
Fellows continuó.
—Me llevó mucho tiempo conseguir que la señora Palmer, la dueña, me dijera los nombres de los caballeros que habían estado allí la noche anterior. ¿Sabía que aquel lugar fue en su día propiedad de Nagato MacUzumaki? Lo compró para mantener a la señora Palmer, una famosa cortesana que había tomado como amante. Se lo vendió a ella misma cuando comenzó a ascender en su carrera política.
—¿Supongo que descubrió quién estaba allí?
—Oh, sí. Fueron cinco los caballeros que pasaron por el salón de la señora Palmer la noche anterior. Nagato y Naruto MacUzumaki; un caballero llamado señor Hidan Stephenson, con el que Nagato compartía algún asunto financiero; el coronel Kabuto Harrison, que frecuentaba a la señora Palmer y a sus chicas, y su amigo, el mayor Jûgo Thompkins.
»Al parecer todos habían abandonado el lugar convenientemente antes del asesinato. Pude entrevistarme con cada uno de ellos a la mañana siguiente, salvo con Naruto MacUzumaki, que había salido apresuradamente hacia Escocia por orden de su hermano Nagato.
Hinata se alisó la falda.
—Habla de ellos con mucha familiaridad, inspector. Les llama Naruto y Nagato en lugar de Su Excelencia y milord.
Ao le lanzó una mirada desaprobadora.
—Pienso en los MacUzumaki más a menudo que en mi propia familia.
—Me pregunto por qué. Él enrojeció.
—Porque son dañinos para la sociedad, por eso. Los hombres ricos que gastan su dinero en mujeres, ropa y caballos no hacen un trabajo honrado. Son inútiles. Me sorprende que sienta tal inclinación por ellos, usted sabe lo que es tener que trabajar honestamente para ganarse la vida. Ellos no hacen nada.
Sus palabras estaban llenas de amargura. Hinata le miró fijamente y él se sonrojó todavía más e intentó recuperar la compostura.
—Muy bien —le animó ella—. Entrevistó a todos los caballeros salvo a Naruto. ¿Por qué no sospecha de ellos?
—Son respetables —dijo Fellows.
—¿Cree que visitar un burdel es respetable? —preguntó con su mejor tono de viuda de vicario, arqueando las cejas.
—Todos estaban solteros. No les esperaba en casa una esposa a la que pudieran romper el corazón. Al señor Stephenson y a los dos militares les sorprendió saber del
asesinato y me dieron cuenta satisfactoriamente sobre sus movimientos. Ninguno de ellos se había acercado a Sally Tate y habían salido de allí poco después de medianoche. Según el médico, Sally fue asesinada alrededor de las cinco de la madrugada. A esas horas sólo quedaban allí Nagato y Naruto. Perdón, Su Excelencia y milord.
—Y los sirvientes de Naruto declararon bajo juramento que Naruto había vuelto a casa a las dos —meditó Hinata, recordando lo que Fellows le había dicho en la anterior ocasión.
—Pero mienten. —Fellows se echó hacia delante—. Voy a contarle la secuencia de los hechos según he podido deducir. Nagato MacUzumaki acude con su amigo Stephenson y su hermano Naruto a pasar la velada con unas cortesanas de lujo. A eso de las diez, los cuatro hombres, Nagato, Stephenson, Thompkins y Harrison, se ponen a jugar al whist. Naruto no entra en la partida y se dedica a leer el periódico. Según el mayor Thompkins, Sally Tate se sentó cerca de Naruto y comenzó a hablar con él. Charlan animadamente, bromeando durante un cuarto de hora, luego ella lo convence para ir arriba.
—¿Dice que Naruto estuvo hablando y bromeando durante un cuarto de hora?
Fellows sonrió débilmente.
—Supongo que fue Sally la que llevó la voz cantante durante casi todo el rato.
Hinata permaneció callada. Por dentro la consumían las llamas al pensar en Naruto yéndose a la cama con otra mujer, aunque se recordó a sí misma que entonces no le conocía. No es que tuviera que serle fiel en ese momento; tener celos era absurdo.
Se obligó a reconsiderar todo lo que Fellows había dicho. Sally había hablado con Naruto durante un cuarto de hora, pero no había podido estar seduciéndole durante todo ese tiempo. Hinata sabía por experiencia que convencer a Naruto MacUzumaki para que hiciera algo que no quería era misión imposible. Si quería acostarse con Sally habría tomado la decisión al principio; es decir, que habría ido arriba con ella al principio o nunca. Entonces, si Sally no había estado intentando convencerle, ¿de qué habían hablado?
Respiró hondo.
—¿Y después?
—Los otros cuatro caballeros se quedaron abajo jugando a las cartas. Según me contó todo el mundo: chicas, caballeros y sirvientes, ninguno subió. Sólo Naruto y Sally Tate.
—¿Y todos se fueron después de medianoche?
—Stephenson, Harrison y Thompkins estaban disfrutando tanto de su conversación que se desplazaron juntos a casa de Harrison. Según su declaración, Nagato fue con ellos, pero regresó casi de inmediato diciendo que tenía que reunirse con su hermano.
—¿Y lo hizo?
—Según la señora Palmer, Nagato regresó a la una, esperó a Naruto, que bajó a las dos, y ambos hermanos se fueron juntos. —Fellows sonrió—. Pero aquí es donde nos encontramos con la primera contradicción. Una de las doncellas declaró que Nagato había subido en algún momento, pero que se fue solo. Cuando presioné a la chica, estaba algo confundida pero su declaración era clara. Un poco más tarde, después de que la señora Palmer hablara a solas con la joven, ésta cambió de historia y dijo que Nagato y Naruto habían salido juntos a las dos.
Hinata se mordió los labios. Fellows no era estúpido y el cambio de declaración de la muchacha habría hecho sospechar a cualquiera.
—¿Qué le contó Naruto?
—No tuve oportunidad de entrevistarme con su marido hasta dos semanas después. Para entonces, él no podía recordar nada.
Hinata comenzó a sentir una opresión en el corazón. Naruto nunca olvidaba nada.
—Así que —continuó Fellows—, pensé que tenía suficientes pruebas para investigarle, pero de repente, mi jefe me apartó del caso y me obligó a entregarle todas las notas. Me aseguró que el asesinato de Sally había sido cosa de un vagabundo de paso y falseó la prueba que lo confirmaba. El caso se barrió debajo de la alfombra y, por fin, se cerró.
Hinata se forzó a seguir pensando.
—¿Qué ocurrió cuando se encontró a Sally?
Fellows se recostó en la silla con una expresión de frustración.
—Lo que a mí me contaron fue que la encontró una criada y comenzó a gritar, alertando a los demás, que acudieron corriendo. La señora Palmer envió a por la policía. —Fellows hizo una pausa y la miró penetrantemente—. Lo que creo es que Naruto se encontraba en la habitación de Sally y ésta estaba muerta. Pero las mujeres de ese burdel son leales a Nagato MacUzumaki, así que enviaron a buscar a Nagato, que limpió a Naruto y lo sacó de allí. Luego llamaron a la policía. Cuando llegaron los agentes, Naruto estaba en un tren rumbo a Escocia, y se les dijo a los criados que juraran que había dormido en casa.
«¡Maldición!»
Hinata sabía que había ocurrido justo como él relataba. A Naruto tenían que apartarlo de allí porque no sabía mentir. Le habría contado a Fellows toda la verdad y le hubieran arrestado, quizá ahorcado, por un asesinato que no cometió. Entonces ella jamás le habría conocido, no habría podido ver aquellos ojos azules de mirada fugaz, no podría haber besado sus labios, jamás le habría oído susurrar su nombre por la noche. Su vida estaría hueca, vacía, y no sabría cuál era la causa.
—Inspector, es usted imbécil —le espetó, dejándose llevar por la vehemencia. Él la miró con el ceño fruncido.
—Las damas respetables no usan ese vocabulario, señora Õtsutsuki.
—Sí, si son provocadas. Usted me ha arrojado a la cara todo mi historial, así que ahora me va a escuchar a mí para variar. Es usted imbécil. Se ha empecinado tanto en culpar a Naruto que ha dejado suelto al verdadero asesino; que probablemente es uno de los otros tres caballeros o la propia señora Palmer. Nagato podría haberle dicho a Naruto que mintiera, pero ¿sabe qué? Naruto no lo habría hecho. Él no ve el mundo como el resto de nosotros, no sabe que la gente no dice la verdad si puede evitarlo. Él piensa que somos nosotros los locos, y tiene razón.
Fellows resopló.
—Naruto MacUzumaki dirá lo que Su Excelencia le ordene, y usted lo sabe tan bien como yo. Sean mentiras o no.
—Se ve que no conoce demasiado bien a los MacUzumaki si cree eso. Naruto no obedece a Nagato. Hace lo que le da la gana. —Hinata lo comprendía ahora muy bien—. Si le ayuda en algo es porque le está agradecido por haberle sacado de ese horrible sanatorio.
—Y lamerá las botas de Nagato por ello durante el resto de su vida —agregó Fellows bruscamente. Se puso en pie—. Es usted una ilusa, milady. La utilizan como a todos los demás. ¿Por qué piensa que fracasan todos los matrimonios de los MacUzumaki? Porque las mujeres se dan cuenta finalmente de que están siendo utilizadas por la maquinaria bien engrasada que son Nagato y su familia.
—Fue usted mismo el que me dijo que la mujer de Nagato murió de parto — repuso Hinata, levantándose para mirarle a la cara—. Es imposible que la mataran.
—Esa mujer sentía terror por el duque y, si hacemos caso a las murmuraciones, apenas se soportaban el uno al otro. Su Excelencia se sintió más que aliviado cuando ella murió.
—Eso ha sido cruel, inspector.
—Pero cierto. Nagato necesitaba una esposa adecuada para su carrera política. No le importaba si hablaba o no con ella con tal de que fuera una buena anfitriona en los acontecimientos sociales y le daba un heredero. Una vez que comprobó que no podía, se alegró de verla muerta.
—Eso es una monstruosidad.
—Ahórreme todos los discursitos sobre lo incomprendidos que son. Los MacUzumaki son unos bastardos despiadados y cuanto antes se dé usted cuenta, mejor.
Hinata se estremeció de furia.
—Creo que ya ha sido suficiente. Por favor, váyase.
—Le digo todo esto por su bien, señora Õtsutsuki.
—No, me lo dice para convencerme de que le ayude a hacerles daño. Fellows se rindió.
—Tiene razón. Pero no quiero hacerles daño, quiero destruirles.
Hinata le miró con ira. Tras haber discutido con Nagato MacUzumaki, el inspector Fellows no le daba ningún miedo.
—¿Por qué?
Fellows abrió la boca para hablar, pero la cerró bruscamente. Tenía la cara roja y le temblaba los labios.
—Así que usted no se asusta fácilmente, ¿eh? —dijo—. Ya veo que no piensa creer lo que le he dicho. Será fatal para usted, acabarán matándola. Recuerde mis palabras. —La observó durante un instante más antes de darse la vuelta—. Buenos días, señora Õtsutsuki.
Él se dirigió hacia la puerta y la abrió bruscamente. Al cabo de un momento, Hinata escuchó el portazo de salida. Entonces se dejó caer en una silla ante las ventanas y observó cómo el inspector se alejaba a paso airado hasta perderse entre los remolinos de niebla. Se recostó en el respaldo y se puso a pensar en todo lo que habían hablado.
—¿Milady? —Sâra metió la cabeza en la sala—. ¿Es seguro entrar ahora?
—Él ya se ha ido, si es eso lo que preguntas. —Hinata se levantó, sintiéndose repentinamente agotada—. Ve a buscar las capas, Sâra. Vamos a salir.
Sâra lanzó una mirada de menosprecio a la oscura niebla al otro lado de la ventana.
—¿Ahora? ¿Adónde?
—Al East End.
Sâra parpadeó.
—¿Por qué quiere ir a ese infierno? ¿Por los viejos tiempos?
—No —respondió Hinata—. Quiero obtener algunas respuestas.
.
.
.
—¿Se ha ido? —Naruto sacudió la cabeza empapada y clavó una mirada incrédula en Shino—. ¿Adónde?
—A Londres, milord. —Shino se apartó un paso de la bañera donde estaba sumergido Naruto, sabiendo por experiencia que era mejor estar lo más lejos posible cuando Naruto recibía malas noticias.
Naruto se levantó, con el pelo ahora goteando sobre su pecho desnudo. Estaba quitándose el polvo acumulado en casa de Hiruzen cuando le preguntó a Shino dónde estaba Hinata.
Había esperado que el ayuda de cámara le dijera que paseando por el jardín, explorando la casa o recibiendo una lección de Yahiko. No un «Bueno, milord, la cosa es que se ha ido».
—¿A Londres? —exigió Naruto—. ¿Para qué?
Shino encogió los hombros.
—No lo sé. ¿De compras?
—¿Por qué demonios iba a ir hasta Londres para ir de compras? ¿Por qué no la detuviste?
—Yo no soy quién para detenerla, ¿no cree? Ella es muy capaz de decidir qué quiere hacer. Es una dama.
—¡Maldito idiota!
—¿Qué esperaba que hiciera? —escupió Shino, lanzándole una toalla seca—.¿Que la encerrara en un calabozo?
—Sí.
—Ella dijo que regresaría, jefe…
Naruto le inmovilizó con la mirada.
—No regresará, idiota. Se ha ido, tú la has dejado marchar.
—Pero, milord…
Naruto ya no le escuchaba. Tenía un agujero en el pecho que amenazaba con tragarse sus entrañas. Hinata se había ido, y el vacío que sentía dolía como no le había dolido ninguna otra cosa en su vida.
Shino retrocedió de un salto cuando él se volvió hacia el tocador y arrojó al suelo con el brazo todos los malditos objetos que había encima. La opresión en el pecho le resultaba insoportable. Le latían las sienes y la omnipresente migraña se volvió inaguantable. Golpeó la mesilla de noche con los puños, hiriéndose las manos con las astillas. Hinata había sido testigo de un vislumbre de su locura; ¿podía culparla por escaparse de él?
Naruto observó las gotas escarlata en sus dedos y recordó sus manos cubiertas por la sangre de Sally Tate y el horror que había sentido al encontrar su cuerpo destrozado. Imaginó a Hinata en el lugar de Sally. Los hermosos ojos de Hinata ciegos y un cuchillo clavado en su pecho.
Podía ocurrir. Naruto contuvo el aliento cuando una oleada de pánico sustituyó a la furia. Había metido a Hinata en su vida, la había expuesto al inspector Fellows; la había hecho tan vulnerable como a Lily Martin.
Se vistió sin hacer caso de las bienintencionadas manos de Shino, esquivó a Yahiko, que había acudido a ver qué ocurría, y salió corriendo por la puerta.
—Naruto, ¿adónde vas? —exigió Yahiko, alcanzándole antes de llegar a las escaleras.
—A Londres. No se lo digas a Nagato ni intentes detenerme o te daré una paliza.
Yahiko se mantuvo a su par.
—Iré contigo.
«Sí, claro». Sabía que Yahiko sólo quería vigilarle, pero podría serle útil. Sabía pelear y no le daba miedo nada. Asintió con la cabeza bruscamente.
—Además —continuó Yahiko—, Shino me ha dicho que Konohamaru se fue con ella. Estoy seguro de que estará convirtiendo su vida en un infierno.
Naruto no dijo nada. Salió en tromba de la casa y se dirigió a los establos con Yahiko pisándole los talones.
Continuará...
