La Locura del Lord


19| SIEMPRE TE PROTEGERÉ


Hinata se despertó, Naruto dormía a su lado; su cuerpo desnudo quedaba iluminado por la luz de la lámpara y le brillaban los músculos debido al sudor de la pasión. Cuando él alcanzó el clímax en su interior, la miró casi tan fijamente como la otra vez, aunque cerró los ojos en el último momento. Ahora estaba dormido, y Hinata se acurrucó contra su calidez, afligida.

Puede que Naruto no quisiera saber la verdad, pero lo cierto era que Sally Tate y Lily Martin estaban muertas; alguien les había arrebatado la vida. Hinata conocía a suficientes mujeres de la calle como para saber que, a menos que encontraran un protector rico que las mantuviera, sus vidas podían resultar breves y brutales. Un cliente equivocado podía matarlas sin más y no le importaría a nadie. A fin de cuentas, sólo eran prostitutas.

Incluso las que lograban trabajar en un burdel de más categoría, cuando envejecían y su belleza se marchitaba acababan de nuevo en las calles. Las que conseguían tener un protector vivían un poco mejor, pero sólo si éste las trataba bien. Hinata sabía de sobra que, si no hubiera sido por un designio divino y por la bondad de Toneri Õtsutsuki y la señora Barrington, podría haberse convertido en

una de ellas.

A Fellows no le importaban las mujeres asesinadas, él sólo quería vengarse de los MacUzumaki. En cambio a Naruto sí —era evidente su pesar por Sally, Lily y su madre—, pero su hermano le importaba todavía más. A fin de cuentas, era quien le había arrancado del infierno.

Maldito fuera su padre que le encerró allí por presenciar lo que no debía. Maldito fuera Nagato MacUzumaki por enredarle en sus juegos de poder. Y maldito fuera el propio Naruto por sentir aquella imperecedera gratitud hacia su hermano.

Hinata no había comprendido al principio por qué Sumire abandonó a Menma cuando era evidente que todavía le amaba. Ahora lo entendía un poco mejor. No estaba segura de qué había hecho Menma para contrariar tanto a Sumire, pero entonces él era un notorio calavera, además de un terco MacUzumaki. ¿No era suficiente? Una dulce debutante como era Sumire en aquellos momentos, no habría tenido ninguna posibilidad de resistirse a él.

Hinata se levantó de la cama y se vistió. Se había acostumbrado a vestirse de manera sencilla y con rapidez cuando trabajaba para la señora Barrington y tenía que ocuparse de ella a cualquier hora del día o la noche.

Naruto no se despertó. Estaba tumbado boca abajo, relajado, con los ojos cerrados. La luz de la lámpara acariciaba las firmes curvas de sus nalgas, el hueco de su cintura, los tensos músculos de sus hombros. Era un hombre grande y hermoso, fuerte pero muy, muy vulnerable. Eso había dicho Nagato. Y aún así, él le había hecho todavía más vulnerable.

«Te amo, Naruto MacUzumaki». A Hinata le dolió el corazón.

Salió silenciosamente del dormitorio y bajó la escalera. Miró a su alrededor para asegurarse de que no la veía nadie y se apresuró hacia la puerta que comunicaba el salón con la escalera de servicio.

La cocinera dedicaba sus energías a limpiar los restos de la cena que acababa de ofrecer a Yahiko y Konohamaru. La mujer le dirigió una amplia sonrisa cuando la vio entrar en la cocina, igual que en los viejos tiempos.

—Es agradable ver a hombres con tan buen apetito —comentó—. Se lo acabaron todo en un santiamén y repitieron. No se puede pedir más. Y sin embargo, usted ni siquiera ha bajado a cenar. ¿Quiere que le caliente algo?

—No, gracias, señora Donnelly. Estoy buscando a Sâra.

—Ahora, usted es la dueña de la casa. Debería llamarla con la campanilla.

—¿La ha visto? —preguntó Hinata, impaciente.

—Está en las escaleras de la despensa. —La mujer mostraba una actitud desaprobadora—. Acompañada de alguien no demasiado recomendable, si le digo la verdad. Yo no permitiría entrar en mi casa a nadie de esa calaña.

A Hinata le dio un vuelco el corazón.

—No se preocupe. Es uno de mis casos de beneficencia.

—Es usted demasiado buena para su bien. Sâra, pase, pero la otra es dura y altiva. No necesita de su caridad.

Hinata ignoró a la señora Donnelly y se dirigió a la despensa y a las escaleras que conducían a la calle. Sâra estaba sentada sobre los escalones, rezumando furia irlandesa por los cuatro costados.

—Bien, aquí está, como le dije.

—Gracias, Sâra. Déjame sola con ella.

—Ni hablar. No me fío de ella en absoluto y no pienso dejarlas.

La joven en cuestión sí que alzaba la nariz altivamente, una nariz afilada y empolvada. El resto de la cara también estaba cubierta de polvos y colorete. Llevaba diamantes en el cuello y las orejas. No era guapa, pero sí sensualmente atractiva y lo sabía. La vio curvar los labios, rojos y exuberantes, con una sonrisa de superioridad al ver su sencillo vestido.

—Molly me contó que era usted una duquesa —dijo—. Pero no la creí.

—Sería mejor que cuidaras tus modales —espetó Sâra—. Es una dama.

—Cállate, Sâra. ¿Cómo te llamas?

—Sylvia. Es lo único que necesita saber.

—Encantada de conocerte, Sylvia. Lamento molestarte, pero me gustaría hacerte unas preguntas.

—¿Aquí? ¿En la escalera? Esa cochina mujer no me dejó entrar en su cocina, pero yo quiero sentarme en la sala, le guste a ella o no. Si no, no diré nada.

—Cierra el pico —intervino Sâra—. No eres digna de sentarte en la sala de mi señora. Nos quedaremos aquí, en las sombras, para que nadie sepa que ha hablado contigo.

Hinata levantó las manos.

—Haya paz. Sólo te robaré unos minutos, Sylvia, sé que estás dispuesta a hablar. Imagino que sabes de qué se trata.

Sylvia pareció satisfecha con la adulación.

—Quiere que le hable sobre un burdel en High Holborn. Conozco muy bien ese lugar, y también a la bruja que lo dirige. ¿Qué desea saber?

—Todo.

En respuesta a sus preguntas, Sylvia confirmó lo que Fellows le había contado. La señora Palmer había sido amante de Nagato y fue él quien adquirió en su día la propiedad.

—Se conocieron cuando él estaba todavía en la Universidad, ella ya tenía sus años, ¿sabe usted? —aclaró Sylvia—. No he visto ningún amor como el que Konan Palmer sentía por él. Se desvivía por Su Excelencia de tal manera que sería capaz de beberse sus orines si él se lo pidiera.

—Pero he sabido que él le vendió el lugar al cabo de algún tiempo —dijo Hinata—. Me había hecho a la idea de que para entonces ya no eran amantes.

—Oh, él le dio la patada, claro está, y ella se convirtió en una mujer de negocios, ya me entiende. Tampoco es que aquel fuera un mal sitio, pero la señora Palmer y yo no nos llevábamos demasiado bien. Me largué de allí en cuanto pude. —Lanzó una cariñosa mirada a sus anillos de diamantes.

—Así que es cierto que entre ellos ya no hay nada —meditó Hinata.

—Bueno, puede que lo haya por parte de ella, pero no de él. El duque comenzó a mostrarse más arrogante, a codearse con la reina. Necesitaba una dama joven y bella, para lo que quería no le valía su antigua amante de tantos años. Yo me lo hubiera tomado muy mal, pero la señora Palmer fue más comprensiva. Siguió amándole en silencio, aunque se le rompiera el corazón. Si alguna vez decíamos algo contra el duque, nos tiraba de las orejas.

Hinata miró pensativamente la barandilla de hierro forjado de la escalera.

—¿Quieres decir que ella haría cualquier cosa por el duque?

—Estoy segura. Con él se comporta como una muchacha inocente a pesar de que ya debe de rondar los cincuenta.

A Hinata se le arremolinaban los pensamientos en la cabeza. ¿Sería posible que la señora Palmer se hubiera enterado de que Sally quería chantajear a Nagato? Pero, si ése era el caso, ¿por qué no esperar a que Naruto se hubiera ido también y no involucrar a ningún MacUzumaki? ¿O quizá es que le traía al fresco a quién atribuyeran el crimen, siempre y cuando no fuera a Nagato? Se moría por encontrarse con aquella mujer e interrogarla.

—¿Cuánto tiempo hace que trabajaste allí, Sylvia?

—Oh, fue hace seis o siete años.

—¿Conociste a Sally Tate?

—¿A esa zorra? No me sorprende que la mataran.

—¿Estabas allí cuando la asesinaron?

—No, ya había seguido mi camino. Pero me enteré de todo lo que se decía del asunto. Sally se lo merecía, señora. Puede que hiciera todo lo que pedían los hombres, pero los odiaba a muerte. Conseguía hechizarles y que le dieran todo el dinero del mundo, pero prefería a las mujeres. Discutía a menudo con la señora Palmer porque no quería compartir con ella las ganancias. Decía que las necesitaba para conseguir un castillo para su enamorada en el que vivirían felices para siempre.

Sâra ya no pudo seguir conteniéndose.

—Eso es asqueroso, milady. Usted no debería estar aquí escuchando estas guarradas.

Sylvia encogió los hombros.

—Bueno, una se cansa de que los hombres le paguen, ¿no es cierto? Por lo menos algunas. Fíjese en mí, me agencié un caballero atractivo.

—No te preocupes por eso —dijo Hinata con impaciencia—. ¿Quién era la enamorada de Sally Tate? ¿La conoces?

—Era otra de las chicas que vivía allí. Solían encerrarse en una habitación de la planta de arriba para hacerse arrumacos. Sally siempre juró que llevaría a esa chica a una casita en el campo y que plantarían rosas, y otros disparates por el estilo. No es que fuera muy probable, ¿verdad? Ninguna persona decente de un pueblo dejaría una casa a una pareja de lesbianas que antes trabajaban de prostitutas. —Sylvia se dio unos toquecitos en el labio—. Bueno… ¿cómo se llamaba? Ah, sí, ya recuerdo. Lily. Sally siempre decía que tendrían un estanque con lirios en su honor. Ya le digo que estaban como cencerros.

—¿Lily Martin? —preguntó Hinata, aguantando la respiración.

—Eso es. Lily Martin. Ahora, ¿me da mi dinero, milady? Me espera un largo camino, está helando, y la seda de mi vestido quedará arruinada.

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Naruto se despertó justo cuando el reloj daba las diez. Se estiró envuelto en una sensación de calidez, y rodó para atrapar a Hinata entre sus brazos.

La cama estaba vacía.

Abrió los ojos decepcionado. Quizá ella se hubiera levantado para conseguir algo de comer. Seguramente tendría hambre. Naruto se pasó la mano por la cara, intentando alejar los recuerdos de la discusión. Le había contado cosas que jamás hubiera querido decirle, cosas que no quería que ella supiera sobre él y su monstruosa familia. Pero al menos había logrado hacerle entender.

Naruto se incorporó y se sentó en el borde de la cama para levantarse. No quería esperar a que regresara; la necesitaba ahora. La encontraría y le diría a Shino que les llevara algo que comer. Le gustaría sentar a Hinata en su regazo y darle de comer con su propia mano. Ya habían disfrutado de eso en Rasengan y no veía ninguna razón para no volver a hacerlo ahora. Se puso los pantalones y la camisa, recordando cómo había ayudado a Hinata a desnudarle sólo unas horas antes. Sus caricias habían sido suaves, pero él estaba impaciente; la deseaba con fiera intensidad.

Naruto se calzó y se peinó con los dedos antes de girarse hacia la puerta. Agarró el pomo de porcelana y lo giró. La puerta no se movió. Accionó la manilla una y otra vez y empujó la puerta, pero no consiguió nada.

Con el corazón desbocado, Naruto se inclinó y acercó el ojo a la cerradura. La llave no estaba puesta al otro lado. Alguien le había encerrado y se la había llevado. Una ciega sensación de pánico le inundó. Estaba encerrado, no podía escapar; estaba atrapado.

«Por favor, por favor, por favor, seré bueno…»

Respiró hondo varias veces, intentando controlar aquel frío terror. Pensó en el calor de Hinata, en el sabor de su boca, en lo que sentía enterrado en su cuerpo; rodeado por ella…

Se puso en cuclillas y acercó la boca a la cerradura.

—¿Hinata?

Silencio. Escuchó voces en la calle, pero no en el interior. Tiró bruscamente del cordón al lado de la cama y se volvió a acercar a la puerta.

—¡Shino! —gritó, golpeando la pesada madera—. ¡Shino, maldita sea!

No obtuvo respuesta.

Se acercó a la ventana y descorrió las cortinas. La niebla se arremolinaba alrededor de las farolas. Los carruajes pasaban por la calle, y la neblina hacía que el sonido de las pezuñas de los caballos pareciera una voz cavernosa.

Escuchó pasos en el pasillo y, al instante, le llegó la voz de Shino a través de la puerta.

—¿Milord? ¿Está usted ahí?

—Por supuesto que estoy aquí. Ella ha cerrado la puerta con llave. Ábreme.

—¿Se encuentra bien? —La voz del ayuda de cámara contenía una nota de alarma.

—Busca la maldita llave.

—Bueno, parece que sí está bien. —Escuchó sus pasos alejándose.

Naruto se vio envuelto por nuevas sensaciones de temor, pero ninguna era provocada por estar recluido en aquella estancia. Hinata había salido y le había encerrado porque no quería que se lo impidiera. ¡Maldita fuera!, ¿por qué no le hacía caso?

Habría ido a hablar con Fellows, o a entrevistarse con los hombres que estaban en el burdel cinco años antes o, peor todavía, al propio burdel en High Holborn para hablar con la señora Palmer. ¡Joder!

—¡Shino! —comenzó a golpear la puerta.

—Mantenga la calma. Estoy buscando una llave.

Tardaba demasiado tiempo. Naruto estaba cada vez más irritado, su temperamento comenzaba a descontrolarse. Al otro lado de la madera, Shino maldecía y gruñía entre dientes.

Por fin, escuchó que introducían una llave en el cerrojo y la giraban. Abrió la puerta bruscamente.

Shino, Yahiko y Konohamaru rodeaban al anciano mayordomo, que se mostraba aturdido por los golpes, a la regordeta cocinera y a dos doncellas con los ojos como platos.

—¿Dónde está Hinata? —exigió, pasando entre ellos con rapidez.

—No me gusta nada, milord. —La cocinera cruzó los brazos sobre sus amplios pechos—. Ha ido a ayudar a las desfavorecidas, siempre ha sentido lástima por ellas. ¿Por qué esas mujeres no buscan un trabajo decente? Eso es lo que quiero saber.

Las palabras no tenían sentido para él, pero tenía el presentimiento de que eran importantes.

—¿De qué habla? ¿A qué mujeres se refiere?

—A los proyectos de caridad de la señora Õtsutsuki. Todas esas prostitutas y cortesanas pintarrajeadas. Hoy mismo ha venido una a la puerta de la cocina, ¿se imagina? Y la señora y la señorita Sâra se fueron con ella en un cabriolé de alquiler.

—¿Adónde?

—No estoy segura.

Naruto le lanzó una mirada aniquiladora y la mujer se encogió.

—Lo siento, milord. De veras que no lo sé.

—Alguien debe de haberla visto —retumbó la voz de Yahiko—.Preguntaremos en la calle a ver si alguien escuchó qué dirección daba.

—Yo sé adonde ha ido —dijo Naruto con desagrado. «Maldita sea. Maldita sea»—.Shino, consigue un carruaje. Ya.

Apartó a todos para pasar y bajó las escaleras seguido por Shino, que lanzaba órdenes a diestro y siniestro con su acento cockney.

—Voy contigo —se apuntó Yahiko.

—Yo también —aseguró Konohamaru, sin perder el paso.

—Que te has creído tú eso —aseguró Yahiko a su hijo—. Tú te quedas aquí por si regresa.

—Pero, papá…

—Por una vez en tu vida, vas a hacer lo que te digo.

Yahiko arrebató los guantes y el sombrero de las manos del anciano mayordomo. Naruto ni se molestó. Konohamaru los siguió hasta la puerta con el ceño fruncido, pero no salió.

—¿Cómo sabes dónde está? —Yahiko sacudió el sombrero y se dirigió a paso vivo al carruaje que Shino detuvo con un silbido.

Naruto se montó antes que Yahiko.

—A High Holborn —indicó al cochero antes de que el vehículo se pusiera en marcha y se incorporara al tráfico.

—¿A High Holborn? —repitió Yahiko, alarmado.

—Se ha ido a jugar a los detectives. —«Pequeña tonta». Si le ocurriese algo… Naruto no pudo terminar el pensamiento, no podía imaginar cómo se sentiría si la encontraba muerta con una puñalada en el pecho, como a Sally o a Lily.

Yahiko le puso la mano en el hombro.

—La encontraremos.

—¿Por qué es tan terca y desobediente?

Yahiko soltó una carcajada.

—Porque los MacUzumaki siempre acabamos con mujeres tercas. No esperarías de verdad que te obedeciera, ¿no? Les da igual lo que digan los votos matrimoniales.

—Esperaba poder protegerla.

—Se enfrentó a Nagato. Es raro que una mujer se atreva a hacer eso.

Lo que demostraba lo tonta que era. Naruto permaneció en silencio deseando con todas sus fuerzas que el carruaje fuera más deprisa.

Había mucho tráfico; por alguna razón desconocida parecía que los londinenses habían salido esa noche en manada. El vehículo recorrió lentamente Park Lane, donde estaba la casa del maldito Deidara Akatsuki. Esperaba que las mil doscientas guineas que le había dado por la taza le mantuvieran apaciguado. Hinata no necesitaba más problemas, y menos con él.

El coche alcanzó por fin Oxford Street y la recorrió hasta llegar a High Holborn. Hacía cinco años que Naruto no veía aquella casa de apariencia inocente cerca de Chancery Lane. Pero unos siniestros recuerdos le inundaron cuando Yahiko y él entraron sin anunciarse. En el interior todo estaba igual. Naruto atravesó el vestíbulo de madera oscura y abrió la misma puerta de vidriera de colores que llevaba al vestíbulo interior donde estaba la escalinata de nogal.

No conocía a la doncella que les recibió, tomándoles, evidentemente, por clientes. Naruto quiso empujarla a un lado y subir corriendo las escaleras, pero Yahiko le puso la mano en el hombro y negó con la cabeza.

—Lo intentaremos antes por las buenas —le dijo su hermano al oído—. Si no nos ayudan, lo haremos por las malas.

Naruto asintió con la cabeza, el sudor le resbalaba por la espalda. Cuando entraron había tenido la sensación de que alguien le observaba; corazonada que no hizo más que aumentar cuando la criada les guio escaleras arriba.

La joven abrió la puerta de una sala para que entraran. Naruto se detuvo tan bruscamente que Yahiko chocó contra él.

Nagato MacUzumaki estaba sentado en un lujoso sillón con un cigarro en una mano y un vaso corto de whisky en la otra. Konan Palmer, su amante de cabello celeste, todavía hermosa a pesar de tener casi cincuenta años, estaba de pie junto al brazo del sillón con una mano apoyada en su hombro.

—Naruto —dijo Nagato con serenidad—. Te esperaba. Siéntate. Quiero hablar contigo.

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Hinata se retorció las manos enguantadas en el regazo mientras el carruaje avanzaba lentamente por Whitehall hacia High Holborn. Sâra se encogía a su lado, incómoda, y Ao Fellows la miraba con el ceño fruncido desde el asiento de enfrente.

—¿Qué le hace pensar que no investigué a fondo ese lugar hace cinco años? — preguntó el inspector.

—Podría haber pasado algo por alto. Sería razonable. Usted sólo se fijó en todo aquello que demostraría que los MacUzumaki estaban involucrados.

Él la miró enfadado.

—Cómo se nota que no me conoce. Y no supe que los MacUzumaki estaban involucrados hasta después de haber investigado a fondo. Y ni siquiera lo habría sabido si esa joven no hubiera estado tan nerviosa como para meter la pata.

—Me parece que para usted fue muy conveniente que la metiera; le dio una razón para canalizar sus esfuerzos en Nagato y Naruto. Creo que se cegó.

Fellows entrecerró su ojo.

—Es mucho más complicado que eso.

—Lo cierto es que no. Usted estaba tan complacido ante la posibilidad de destrozar la vida a Nagato MacUzumaki que no consideró necesario ir más allá. Había comenzado a sentir simpatía por usted, señor Fellows, pero he cambiado de idea.

Fellows miró al techo.

—Santo Dios, ¿de dónde sacarán los MacUzumaki a sus mujeres? Jamás he visto hembras más mandonas.

—No estoy segura de si lady Sumire se sentiría halagada con ese comentario — dijo Hinata—. Además, he oído que la esposa de Nagato era suave y mansa.

—¿Y adónde la llevó eso?

—Exactamente, inspector. Por eso Sumire y yo nos mantenemos firmes.

Fellows miró por la ventanilla.

—No podrá salvarles, ¿sabe? Están más allá de la redención. Si no son culpables de este asesinato, lo son de otras muchas cosas. Los MacUzumaki están en el mundo para destruirlo.

«Destruimos todo lo que tocamos».

—Quizá no los pueda salvar de sí mismos —replicó Hinata—. Pero intentaré salvarlos de usted.

Fellows apretó los labios y volvió a mirar hacia la calle.

—Malditas mujeres —masculló.

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Naruto clavó los ojos en Nagato y la señora Palmer durante unos breves instantes.

—¿Dónde está Hinata? —exigió.

Nagato arqueó las cejas.

—No está aquí.

Naruto se volvió hacia la puerta.

—Entonces estoy demasiado ocupado para hablar contigo.

—Es de Hinata de quien quiero hablarte.

Naruto se detuvo en seco y se giró. La señora Palmer se había desplazado detrás del sillón para servir un poco de whisky en un vaso limpio y el sonido fue igual que el de la lluvia contra el cristal. Nagato la observó durante un momento; era la mirada de un hombre estudiando a la mujer con la que se había acostado muchas veces.

—Hinata no entiende —dijo Naruto.

—Ya lo suponía —afirmó Nagato—. Te has casado con una mujer muy perceptiva e incluso podría decirse que tenaz. No sé si eso es bueno o malo para la familia.

—Condenadamente bueno, diría yo —intervino Yahiko desde atrás—. Iré a buscarla —añadió, apartándose de la puerta.

Naruto quería irse con él, pero sabía que Yahiko sería minucioso. Yahiko podía llegar a ser más aterrador que Nagato cuando quería.

Naruto miró al duque de soslayo y luego clavó la mirada en el whisky que sostenía la señora Palmer.

—Da igual lo que pienses de ella, Hinata es mi mujer. Eso quiere decir que la protejo de todo, incluso de ti.

—Y, ¿quién la protege de ti, Naruto?

Naruto apretó los dientes. La señora Palmer le ofreció el vaso de whisky y la luz reflejada en las facetas de cristal atrapó su mirada. Había oído que el cristal lanzaba destellos plateados, como los ojos de Hinata, un color que jamás se veía a menos que el ángulo de la luz fuera el correcto.

Siguió los cambiantes colores del whisky, desde al ámbar hasta el dorado. El mejor cristal atrapaba la luz y la refractaba en todos los colores del arco iris, pero siempre resultaba más difícil ver el plateado.

—Naruto.

Él arrancó la mirada del vaso. La señora Palmer había regresado junto a Nagato. La vio inclinarse sobre el respaldo de la silla y deslizar las manos por las solapas de la chaqueta negra de su hermano.

—¿Qué?

—Te he dicho que quiero hablar contigo. —Nagato estiró las largas piernas. Su pelo era pelirrojo y le caía un mechón sobre la frente.

La gente decía que Nagato MacUzumaki era bien parecido, pero Naruto nunca había pensado eso. Sabía que los ojos de su hermano podían ser tan fríos como el hielo, que su gesto se podía endurecer como el granito. Su padre poseía la misma cualidad.

Nagato era la única persona en el mundo que podía calmarle de muchacho cuando le entraba un ataque de pánico. Cuando estaba confuso, o en medio de una multitud, cuando no podía entender las palabras que decían a su alrededor, siempre pensaba en huir. Se había escapado de las cenas familiares, de las clases a las que le enviaba su padre, del banco de la familia en la iglesia abarrotada. Nagato siempre le había buscado para sentarse a su lado, ya fuera para hablarle indirectamente del pánico o sólo para estar con él hasta que se tranquilizara.

Ahora, Naruto sólo quería recorrer aquel lugar gritando el nombre de su esposa, pero la mirada de Nagato le decía que sería inútil.

Se sentó. Lanzó un inquieto vistazo a la señora Palmer.

—Déjanos solos, cariño —le dijo Nagato.

—Por supuesto. —Konan Palmer asintió con la cabeza y sonrió antes de inclinarse para besarle en los labios—. Si me necesitas, sólo tienes que llamarme.

Nagato le sostuvo brevemente la mano cuando se incorporó; luego dejó ir sus dedos. Habían mantenido una relación con altibajos a lo largo de muchos años, durante casi toda la vida adulta de Nagato. Durante su desafortunado matrimonio, al convertirse en duque, en su ascenso en la política; cuando él decidió distanciarse de ella, Konan aceptó su decisión sin ningún tipo de reproche.

La señora Palmer le lanzó una mirada antes de salir. Naruto no se la devolvió, pero sintió la gélida frialdad de la mujer sobre él y también percibió su… ¿miedo? Ella se alejó y salió de la estancia.

—Nunca hemos hablado de esto, ¿verdad? —preguntó Nagato una vez que la puerta se cerró con suavidad.

Allí mismo, cinco años antes, cuatro hombres habían reído y hablado alrededor de una mesa de cartas frente a la chimenea mientras Naruto holgazaneaba en un sillón junto a la puerta, leyendo el periódico. Los demás le habían ignorado, lo que le parecía muy bien. Entonces, Sally había acercado una silla y se recostó sobre su brazo para comenzar a murmurarle al oído.

Nagato le arrancó de sus pensamientos.

—Siempre he pensado que era mejor no tratar el tema.

Naruto asintió con la cabeza.

—Yo también.

—Pero se lo has contado todo a Hinata.

Naruto se preguntó cómo lo sabría. ¿La habría encontrado y obligado a decírselo?¿Tendría espías en casa de Hinata?

—Si le haces daño, te mataré.

—Jamás le haré daño, Naruto. Te lo prometo.

—A ti te gusta provocar dolor. Controlar. Te gusta tener a la gente a tus pies, peleándose por lamerte las botas.

A Nagato le brillaron los ojos.

—Parece que esta noche no te vas a andar con rodeos, ¿eh?

—Siempre he hecho lo que me pedías porque te preocupaste por mí.

—Y siempre me preocuparé por ti, Naruto.

—Porque te conviene. Siempre haces lo que te conviene, igual que papá.

Nagato frunció el ceño.

—No me importa que me digas otras cosas, pero no me compares con nuestro padre. Era un cruel hijo de perra, y espero que esté pudriéndose en el infierno.

—Él tenía ataques de furia, igual que yo. Jamás aprendió a controlarse.

—¿Y tú sí has aprendido? —preguntó Nagato con la voz llena de inquietud.

Naruto se frotó la sien suavemente.

—No lo sé. No sé si lograré aprender a controlarme por completo. Pero tengo a Shino, a Hinata y a ustedes para ayudarme. Papá no tenía a nadie.

—No estarás defendiéndole, ¿verdad? Incluso Naruto percibió su tono de incredulidad.

—No. Pero somos sus hijos; es lógico que todos tengamos algo de él. Era cruel, manipulador, despiadado…

—Se supone que he venido a hablar contigo, no a que me largues un sermón.

—Hinata es perspicaz. —Naruto bajó la mano—. ¿Dónde demonios está?

—No está aquí, ya te lo he dicho.

—¿Qué has hecho con ella?

—Nada. —Nagato dejó caer el cigarro en un cenicero y una delgada espiral de humo ascendió hasta el techo—. Te juro que no sé dónde está. ¿Por qué piensas que ha venido aquí?

—Quiere investigar.

—Ah, por supuesto. —Nagato apuró el whisky y dejó el vaso en la mesita—. Ella desea que seas inocente. Te ama.

—No, ella ama a su marido.

—Que eres tú.

—Me refería a su primer marido. Toneri Õtsutsuki. Le ama y siempre lo hará.

—Supongo que sí —concedió Nagato—, pero he visto cómo te mira. Te ama y quiere salvarte. Tú le has dicho que no lo intentara, sin embargo, ¿me equivoco si pienso que no te ha hecho caso?

Naruto asintió con la cabeza.

—Es tenaz.

Nagato sonrió genuinamente.

—Como un perro detrás de un zorro. Si descubre las pruebas de la verdad, ¿qué harás?

—Llevármela de aquí. Podemos vivir en París o en Roma. Jamás podremos regresar a Inglaterra o Escocia.

—¿Crees que estarán a salvo en París o en Roma?

Naruto entrecerró los ojos.

—Si tú nos dejas, creo que sí.

Nagato se levantó; la chaqueta se amoldaba a sus anchos hombros como una segunda piel.

—No quiero que sufras, Naruto. Jamás lo he querido. Lo lamento tanto.

Naruto se aferró con tanta fuerza a los brazos de la silla que temió romper la madera.

—Nunca regresaré al sanatorio. Ni siquiera por ti.

—Yo tampoco quiero que lo hagas. Sé lo que te hicieron allí… —Nagato se interrumpió bruscamente—. Coge a Hinata y llévala lejos. A Nueva York quizá, dónde tú quieras. Quiero que estés a salvo, lejos de mí.

—¿Por qué has venido aquí esta noche? —preguntó Naruto. No podía creer que Nagato hubiera acudido desde Escocia para beber y fumar en un burdel que en tiempos había sido suyo. Su hermano debía de haber tomado el tren justo después que ellos, era la única manera de que hubiera llegado tan rápido.

—Para atar cabos —explicó Nagato—. Para ponerlo todo en orden. Luego podremos olvidarlo para siempre.

—Sally no debería ser olvidada, ni tampoco Lily. Hinata tiene razón. Las mataron y debería importarnos.

—Eran putas —la voz de Nagato tenía un filo cruel.

Naruto se puso en pie.

—Me trajiste aquí esa noche para que pudiera sonsacar lo que sabía Sally, para estar al tanto de cualquier cosa que pudiera afectar a tu vida política. Para que te contara lo que ella me susurraba en la cama. Para ser tu espía.

—Y lo hiciste.

—Resultó fácil, ella no hacía más que jactarse de ello. Quería arruinarte.

—Lo sé —dijo Nagato lacónicamente—. Se lo impedí, y eso la irritó mucho.

—¿Fue entonces cuando lo hiciste? ¿Cuándo te aseguraste de que los sucios secretos que ella conocía siguieran siendo secretos?

Nagato negó con la cabeza.

—Me importaba muy poco si Sally quería pregonar a los cuatro vientos que esta casa fue mía y lo que hice en ella durante años. Todo el mundo lo sabía. Incluso me haría ganar un cierto respeto entre los miembros más impasibles del Consejo de Ministros, si es que eso fuera posible. Había hecho lo que ellos siempre soñaron hacer y no se atrevieron.

—Sally me dijo que podía arruinarte.

—En sus sueños.

—Y después estaba muerta.

Nagato se quedó paralizado. Naruto escuchó los pasos de Yahiko en el piso superior. Su voz de barítono resonaba en todo el edificio, le respondió una mujer con una risita nerviosa y luego otra.

—Oh, Dios mío, Naruto —susurró Nagato—. ¿Fue por eso por lo que lo hiciste?

Continuará...


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