La Locura del Lord


20| ENCUÉNTRELA


El carruaje en el que iba Hinata se detuvo ante una casa en High Holborn, cerca de Chancery Lane. El barrio parecía un lugar respetable y la casa estaba cuidada.

Ao accionó la manilla de la puerta del carruaje, pero antes de que pudiera abrirla, le fue arrancada de los dedos y un par de manos firmes la atraparon. Hinata se encontró de pie en la acera, ante su marido. Los ojos de Naruto estaban oscuros de furia, y comenzó a arrastrarla sin decir palabra.

Ella intentó resistirse.

—Espera. Debemos entrar.

—No, tú te vas a casa.

Había otro vehículo aparcado en la calle; éste era más lujoso. Tenía las cortinillas echadas y un escudo de armas en la puerta.

—¿De quién es este carruaje?

—De Nagato. —Naruto la arrastró hacia allí—. Su cochero te llevará de regreso a Belgrave Square, y me esperarás allí.

—¿Cómo una buena esposa? Naruto, escúchame.

Naruto abrió bruscamente la puerta, revelando un interior dorado tan opulento como la salita de un príncipe. Hinata apoyó las manos en el lateral del coche.

—Si yo me voy a casa, tú te vienes conmigo.

Naruto la alzó en brazos y la depositó sobre un asiento suave.

—No con el inspector Fellows aquí.

—No ha venido para arrestar a Nagato.

Naruto cerró de golpe la puerta del carruaje, quedándose fuera, y Hinata se abalanzó hacia allí.

—Te lo prometo, no ha venido para arrestar a nadie, sino a investigar de nuevo la escena del crimen e interrogar a la señora Palmer. Me lo ha dicho.

La alta figura de Naruto cubrió por completo el hueco de la ventanilla mientras apoyaba una mano en el marco. Estaba a contraluz, por lo que ella no podía ver su cara ni el destello de sus ojos.

—¿Te lo ha dicho?

—Sí, hay muchos más sospechosos, ¿sabes? En especial la señora Palmer. El burdel es suyo y oportunidad no le faltó.

—La señora Palmer —repitió Naruto. Su voz no tenía inflexión alguna y ella no fue capaz de adivinar lo que pensaba.

Hinata abrió la puerta y comenzó a bajar.

—Debemos entrar.

Se dio de bruces contra el pecho de Naruto, que la cogió por la parte superior de los brazos.

—No pienso permitir que entres en un burdel.

—Mi querido Naruto, crecí rodeada de mujeres de la calle y prostitutas. No me dan miedo.

—Eso no importa.

—Naruto. —Hinata intentó apartarle, pero hubiera sido más fácil mover un muro de ladrillo.

—Ve a casa, Hinata. Ya has hecho suficiente. —La empujó de nuevo dentro del carruaje—. Quédate ahí, por el amor de Dios.

Se escuchó un grito agudo y prolongado.

—Es Sâra —jadeó Hinata.

Naruto se fundió con las sombras. Maldiciendo, Hinata se precipitó tras él. Escuchó que su marido gritaba al cochero que la detuviera, pero éste estaba demasiado ocupado sujetando los caballos y no le dio tiempo a correr tras ella. No había ninguna farola cerca de la casa. Hinata traspasó el umbral de la puerta que Naruto había dejado abierta. Una vez dentro se detuvo, intentando adivinar hacia dónde habían ido los demás.

El vestíbulo estaba profusamente iluminado pero vacío. Lo atravesó corriendo hasta llegar a otro recibidor revestido de elegantes paneles de madera oscura donde encontró una escalera que conducía a las plantas superiores. Hinata escuchó gritos arriba… Sâra, Naruto, Fellows. Se sorprendió por el ruido.

Oyó los pasos amortiguados por la alfombra de una persona que corría por el piso superior y luego un portazo. ¿Estaría alguien intentando escapar del inspector?

Subió las escaleras lo más rápido que pudo y recorrió el pasillo hasta llegar a una puerta cerrada, al fondo. La abrió y vio una escalera de servicio. Alguien estaba bajando; alguien que huía.

—¡Naruto! —gritó—. ¡Inspector! ¡Ayuda!

Sus gritos quedaban ahogados por nuevos chillidos, hombres de voz atronadora y mujeres gimiendo. ¡Maldita sea! Se recogió las faldas y se lanzó escaleras abajo. Sintió el frío aire nocturno en la cara cuando se abrió una puerta exterior. Al llegar al pie de las escaleras, le dio tiempo de ver a una mujer de cabello corto en mitad del patio.

Hinata apuró el paso. El patio tenía una salida a la trasera de las casas donde se expulsaban las aguas fecales. La mujer tanteaba en busca del picaporte cuando Hinata la atrapó. La sujetó por las muñecas. Su presa tenía las manos cubiertas de anillos. La miró fijamente a la cara; ésa debía de ser la señora Palmer, la antigua amante de Nagato y dueña del burdel. Sylvia le había dicho que rondaba los cincuenta años, pero todavía era una mujer muy hermosa. Tenía el pelo de tono azul y se mantenía delgada. Sus ojos ambar eran preciosos pero duros como ágatas.

—Está loca —siseó la señora Palmer—. ¿Por qué ha traído al inspector? Lo ha echado todo a perder.

—No permitiré que Naruto pague por un asesinato que no cometió —jadeó Hinata.

—¿Cree que voy a hacerlo yo?

—¿De qué está habl…? —Hinata se interrumpió al ver que la luz de la casa se reflejaba en un cuchillo. Lo vio bajar antes de poder apartarse.

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Naruto se irritó al enterarse de que Sâra había gritado porque vio salir a Yahiko precipitadamente de una de las habitaciones. Estaba oscuro, Yahiko era un hombre muy grande, tenía la cara marcada, y Sâra se asustaba con facilidad. Había demasiadas mujeres gritonas en la planta de arriba, cuyos alaridos se unieron a los de Sâra y a los bramidos de Yahiko hasta que un ruido ensordecedor resonó en toda la casa. Nagato y Yahiko consiguieron por fin silenciarlos a todos, pero para entonces a él le palpitaba la cabeza.

—Ahora ya estamos todos aquí —dijo el inspector Fellows de mal humor, mirando fijamente a los tres MacUzumaki que tenía ante sí—. Al parecer su esposa tiene la teoría de que a Lily Martin y a Sally Tate las mató la señora Palmer para proteger al duque, aquí presente.

—¿Konan? —preguntó Nagato en tono de burla—. ¿De dónde sacó Hinata esa idea?

—Lady Hinata interrogó a algunas prostitutas del East End que conocía —explicó Fellows—. En realidad debería tener más cuidado de con quién permite que se relacione su cuñada, Excelencia.

—Hinata es muy igualitaria —explicó Nagato secamente.

—¿Qué fue lo que le dijo Hinata? —les interrumpió Naruto. Si ella tenía razón… No, si pudieran convencer a Fellows de que Hinata tenía razón, el inspector alejaría su atención de Nagato.

—Al parecer le explicaron que la devoción que Konan Palmer siente por Nagato MacUzumaki es tan fuerte como para matar por él.

—Eso es ridículo —aseguró Nagato—. Habría tenido cientos de oportunidades de matar a Sally cuando no había nadie en la casa. No tenía que hacerlo cuando pudieran acusar a Naruto.

—¿No? —le interrumpió Yahiko, con una mirada severa—. Ella te ama, Nagato. ¿Por qué no conseguir que culparan a Naruto y consolarte cuando le perdieras?

—Entonces, ¿por qué me habría ayudado a…? —le lanzó a Fellows una mirada penetrante.

Fellows se balanceó sobre los talones.

—Oh, sé de sobra lo que ha hecho, Excelencia. Mandó a su hermano a Escocia para que no le pudiera interrogar. Podía hablar de más, ¿verdad?

—¿Por qué no traemos aquí a la señora Palmer y le preguntamos directamente?—sugirió Yahiko—. Si alguien está al tanto de todo lo que ocurre en esta casa es ella.

—Es una mujer dura —intervino Fellows—. Ya lo he intentado. Es tan difícil conseguir que hable como acceder a sus hermanos Nagato y Naruto, cómplices en el crimen.

Yahiko se acercó a él de manera amenazadora.

—Nadie le ha enseñado que hay que mostrar cierto respeto, ¿verdad?

—¡Alto! —Naruto cerró los puños y se interpuso entre ellos—. Yahiko, tienes razón. Nagato, ve a buscar a la señora Palmer. Si no fuiste tú quien asesinó a Sally Tate, tuvo que ser ella.

—¿O fue usted, milord? —interrogó Fellows a Naruto con los ojos brillantes.

—Yo no quise en ningún momento matar a Sally. Tuve que alejarme por lo furioso que me puso, pero no me hubiera importado sobornarla, enviarla a Australia o a cualquier otro sitio. —Naruto miró a Nagato—. Si lo hizo la señora Palmer, tiene que confesarlo. Ya nos ha causado demasiado dolor.

—Konan no está aquí. —La voz de Nagato rezumaba frialdad.

—Qué conveniente —se burló Fellows—. ¿Qué está haciendo a estas horas de la noche? ¿Ha salido de compras?

El duque se encogió de hombros provocando que la incontenible furia de Naruto creciera todavía más. Durante todos esos años él había temido que encarcelaran a Nagato por asesinato; al querido hermano que le liberó de su prisión. Se había esforzado por engañar a Fellows con pistas falsas, impidiendo que hablara con la única testigo que podría culparle. Y durante todos esos años, su hermano había pensado que él estaba lo suficientemente loco como para haber apuñalado a Sally en uno de sus ataques. La señora Palmer era la única persona que podría exculparlos a los dos, y ahora él la protegía.

Nagato mentía. La señora Palmer estaba todavía en algún lugar de la casa. Y Hinata estaba fuera.

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Hinata se retorció, intentando mantenerse alejada de la señora Palmer sin soltarla, pero el filo del cuchillo resbaló por el corsé y la hirió en el costado, justo encima de la cadera. El dolor fue intenso y rápido, y la hizo contener el aliento. Clavó los dedos en las muñecas de la otra mujer y esperó.

—Suélteme, zorra, o la mato. —Hinata intentó gritar, pero se le aflojaron las piernas al atacarla una repentina debilidad—. No se muera, pequeña estúpida — siseó la señora Palmer en su oreja.

Hinata notó que la otra mujer la arrastraba por el portón y se vio envuelta por el hedor del estrecho pasaje. El pánico hizo que se le acelerara el corazón. La señora Palmer era peligrosa, pero Hinata sólo había pensado en la mejor manera de exonerar a Naruto.

—Será una rehén estupenda —decía la mujer con frialdad—. Nagato me ha dicho que Naruto adora a su esposa. Imagino que hará cualquier cosa por recuperarla, incluyendo ayudarme a escapar de Inglaterra.

La señora Palmer era demasiado fuerte y Hinata no podía luchar contra ella. La arrastró por el callejón hasta llegar a otra calle; si no se había desorientado, se trataba de Chancery Lane. Pero estaba todo tan oscuro que no estaba segura. Sentía las manos muy frías.

Escuchó que la señora Palmer se reía, un sonido fuerte, casi ebrio. Pero aquella mujer no había estado bebiendo, ¿verdad? A Hinata le daba vueltas la cabeza cuando vio que se detenía delante de ellas un carruaje; la amante de Nagato la obligó a subir en él.

—A Bethnal Green, cariño —le indicó al cochero, todavía riéndose—. No te preocupes, puedo pagar. De prisa. Tengo que llevar a mi hermana a casa.

Hinata cayó sobre el asiento y la señora Palmer las cubrió a ambas con una manta. La tela olía a polvo, sudor y humedad. Hinata tosió y, al instante, gimió de dolor.

—Nos encontrarán —dijo Hinata con voz ronca—. En cuanto descubran que he desaparecido, comenzarán a buscarme.

—Ya lo sé —aseguró la señora Palmer—. Tranquila, después se sentirá mejor.

Eso era lo que le decía un tiburón a un pez que estuviera a punto de engullir. La señora Palmer apretó los labios a partir de ese instante, negándose a comentar nada más. Hinata cerró los ojos pero fue consciente de que el vehículo comenzaba a traquetear. Se preguntó si aquella herida la mataría con rapidez.

—Necesito un médico —gimió.

—Ya le he dicho que después se sentirá mejor.

Hinata apretó la mano contra el costado y se dejó ir. Tenía náuseas y notaba las piernas entumecidas, estaba helada pero el sudor le perlaba la frente.

El carruaje se detuvo por fin. El cochero dijo algo a la señora Palmer con voz profunda y se escuchó el tintineo de unas monedas. Hinata estuvo a punto de caerse, pero la mujer la sujetó y la condujo calle abajo rodeándole la cintura con un brazo.

—Odio ver borrachas a dos mujeres hermosas —escuchó que decía el conductor.

La señora Palmer se rio alocadamente, pero se alejó con Hinata hasta la esquina. Había luces en algunas ventanas, pero no había farolas en los barrios bajos. Los edificios de ladrillo se habían teñido de negro por el humo del carbón y la suciedad. Las calles y las pocas personas con las que se cruzaron estaban cubiertas de mugre. Se toparon con algunos borrachos y con gente que se apresuraba, espantada, hacia el refugio más cercano.

La amante de Nagato la arrastró por diferentes callejones que se retorcían en un sinuoso trazado laberíntico. Hinata se dio cuenta de que la señora Palmer estaba tratando de desorientarla, pero ella conocía Bethnal Green como la palma de su mano. Había crecido allí, era donde había luchado por su vida y donde, en una ocasión, había sido feliz.

—¿Dónde estamos? —jadeó, fingiendo confusión—. ¿Adónde vamos?

—A casa de mi hermana. Deje de hacer preguntas.

—Nagato conocerá a su hermana, sabrá donde vive, ¿verdad? Sé que no me va a curar cuando lleguemos. Me matará. Y ella le ayudará.

Los dedos de la mujer eran como tenazas.

—No puedo correr el riesgo de liberarla hasta que esté lejos. Enviaré una confesión explicando lo que hice una vez me encuentre a salvo, en ella les diré donde está.

—No la creo —sollozó Hinata, intentando que su voz sonara lo más dramática posible—. Dejará que acusen a Naruto de un crimen que no cometió.

—Es a Nagato al que intento salvar, pequeña estúpida, y no me importa a quién cuelguen en su lugar. Nagato es lo único que me importa.

Una vez más apretó los labios y arrastró consigo a una tambaleante Hinata.

Su mayor temor era que la señora Palmer la dejara tirada en la calle, herida y sola. Hinata sabía de sobra que los habitantes de esa parte de Londres robarían a cualquiera en un minuto y que luego le abandonarían a su suerte. Quizá la encontrara algún alma caritativa que llamara a un oficial de policía, pero sería demasiado tarde.

—Por favor —intentó de nuevo—. Lléveme a la… a la iglesia. Déjeme allí y huya. No sabré adónde ha ido.

La señora Palmer gruñó por lo bajo.

—No sé por qué los MacUzumaki se atan a unas mujeres tan pusilánimes. A Nagato le destrozó la vida esa horrible criatura insustancial con la que se casó; la muy estúpida tuvo que morirse y dejarle sumido en los remordimientos. Y la zorra que le dejó plantado antes no era mejor; le rompió el corazón. Las odio por hacerle eso a mi pobre hombre. —Su voz estaba llena de furia cuando volvió a tirar del brazo de Hinata.

Hinata entendió entonces lo que le había dicho Sylvia. Esa mujer era capaz de cualquier cosa por el hombre al que amaba. Asesinar, mentir e, incluso, ir a la horca por él.

Pero Hinata sólo necesitaba que cargara con ella unas calles más.

—Ahí hay una iglesia. —Hinata se dejó caer pesadamente sobre la señora Palmer, señalando el ladrillo gris de la que había sido la parroquia de Toneri—. Lléveme ahí. Por favor, no me deje sola en este infierno. Me volvería loca, lo sé.

La señora Palmer murmuró algo por lo bajo y la arrastró hacia la iglesia. Pero no se acercó a la puerta principal, sino que la empujó por un estrecho callejón. El pequeño cementerio estaba ubicado en la parte trasera, escondido entre las paredes de los edificios y la propia iglesia. Cuando Hinata vivía allí, la puerta de atrás de la capilla siempre permanecía abierta porque a Toneri le gustaba ir de la vicaría a la sacristía a través del camposanto y siempre se olvidaba la llave.

La señora Palmer cerró la mano en torno al picaporte y abrió la puerta. Empujó a Hinata por el estrecho pasaje que conducía a la sacristía.

Familiares olores a velas, polvo, libros y telas la rodearon, inundándola de recuerdos de cuando era la esposa del vicario. Habían sido días de paz y tranquilidad, en los que un ciclo litúrgico daba paso al siguiente como las perlas de un collar. Advenimiento, Navidad, Epifanía, Pascua, Pentecostés… Sabía lo que tenía que leer en cada ocasión, qué comer y qué vestir; las flores que debía poner en la iglesia y los colores del altar. Levantarse al amanecer en Pascua, acostarse tarde en Nochebuena. No comer carne en Cuaresma, festejar el martes de Carnaval. Rezar por la mañana, por la noche y durante el servicio de los domingos.

No había suficiente dinero para un órgano, así que Toneri tocaba la flauta y la congregación cantaba alegremente himnos que salían del corazón.

Oh, Dios Todopoderoso ayúdanos a envejecer, Sé nuestra esperanza en los años venideros, Nuestro refugio en la tormenta, Nuestra casa eterna.

Hinata casi podía escuchar el ritmo constante de la lenta letanía, el cascado gorjeo de la señora Whetherby en la primera fila.

La iglesia estaba vacía. Las paredes encaladas se veían igual que antes, lo mismo que el púlpito situado a la derecha del altar. Hinata se preguntó si los goznes de la puertecilla del púlpito todavía rechinarían como cuando Toneri la abría para subir la pequeña escalera.

Él la llamaba «el triunfo del destino».

Cuando Hinata sugirió aceitar los goznes, Toneri le respondió que si lo hacían no habría nada que despertara a sus feligreses después del sermón. Ahora escucharían los sermones del viejo vicario.

Todos los rincones de la pequeña iglesia le hablaban de Toneri y de su antigua vida, de la felicidad que había encontrado allí. Pero aquello había sido hacía mucho tiempo y ya no era posible escuchar la voz del que había sido su marido. Ahora, ella estaba herida y sola, y temía no volver a ver jamás a Naruto, el hombre al que amaba con todo su corazón.

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Naruto se abrió paso a empujones entre Yahiko y Fellows y salió de la estancia.

—Detenedle —escuchó que ordenaba Nagato.

Yahiko le persiguió pero él fue más rápido. Bajó las escaleras y atravesó la puerta antes de que su hermano pudiera darle alcance. Se subió con rapidez en el carruaje de Nagato. Abrió bruscamente la puerta y vio a Sâra dormida en uno de los lujosos asientos. Estaba sola y la sacudió para despertarla.

—¿Dónde está Hinata?

Sâra le miró somnolienta.

—No lo sé. Pensé que estaba con usted.

A Naruto se le aceleró el corazón. Cerró de un portazo y se acercó al cochero que estaba apoyado en la fachada cerca de los caballos mascando tabaco.

—¿Dónde está ella? —Los caballos se removieron nerviosos al oír la voz de Naruto.

—¿Su esposa? Le siguió, entró detrás de usted, jefe. Pensé que…

Naruto no esperó a que terminara de explicarse.

Corrió de nuevo al interior de la casa gritando el nombre de Hinata. Nagato le observó desde el piso superior con Fellows a su lado. Dos mujeres salieron de una habitación una planta más arriba.

—¿Dónde está ella? —les gritó.

Nagato y Fellows le miraron fijamente, pero una de las chicas respondió.

—No está aquí, cielo.

—¿La has visto?

—Vi que la señora Palmer se largaba por la escalera de servicio —dijo la otra joven—. Supongo que no quería toparse con el inspector.

El miedo y la ira le inundaron.

«Hinata. Tengo que encontrarla».

—¡Naruto!

El grito de Yahiko provenía del fondo de la escalera de servicio, la que conducía a la cocina. Naruto bajó los escalones lo más deprisa que pudo, atravesó la silenciosa cocina y traspasó la puerta trasera. Yahiko estaba en el diminuto patio de la casa con una linterna que había cogido en la casa.

Naruto miró fijamente lo que había captado la atención de su hermano. Había una mancha parda en los ladrillos, brillante entre la suciedad del muro.

—Sangre —explicó Yahiko en voz baja—. Y hay otra mancha en el portón.

A Naruto se le aceleró el corazón de tal manera que pensó que se desmayaría. Cuando Fellows salió a ver qué ocurría, Naruto le atrapó por el cuello y le pegó la cara a las manchas.

—Por todos los demonios, milord —gritó el inspector.

—Encuéntrela —le ordenó Naruto. Le sacudió con fuerza y le obligó a incorporarse—. Usted es detective. Haga su trabajo.

Yahiko abrió el portón y salió al callejón.

—Naruto tiene razón, Fellows. Haga su maldito trabajo.

Naruto notó que Nagato le ponía la mano en el hombro.

—Naruto…

Se zafó de su hermano, incapaz de soportar su contacto. Si Hinata hubiera muerto…

Ao se apartó con rapidez.

—No le irá a dar uno de sus condenados ataques de locura, ¿verdad?

Naruto dio la espalda a Nagato.

—No. —Atravesó el portón con rapidez y se unió a Yahiko, empujando a Ao con él.

—Encuéntrela.

—No soy un sabueso, milord.

—¡Guau, guau! —se burló Yahiko con una sonrisa diabólica—. Buen perrito.

Continuará...