La Locura del Lord
21| SOMBRÍO PANORAMA
Hinata gritó de dolor cuando la señora Palmer la hizo caer sobre la dura madera de un banco de la iglesia. Allí no había nadie, ni el sacristán barriendo el suelo ni el viejo vicario que había sustituido a Toneri nueve años antes.
Hinata agarró a la señora Palmer por la muñeca.
—No, no me deje.
—No sea estúpida. Alguien la encontrará.
Hinata lo esperaba con todas sus fuerzas.
—Por favor, no me deje aquí sola. Espere al vicario conmigo. Por favor. No quiero morir sola.
Ahora las lágrimas eran reales. El dolor era más intenso y la atravesaba en oleadas. ¿Adivinaría Naruto dónde estaba? ¿La encontraría? A pesar de todas sus obsesivas manías, de tonto no tenía un pelo y podía solucionar peliagudos problemas matemáticos y aprenderse de memoria complejos tratados. Pero ¿sería capaz de ensamblar todas las piezas y adivinar la respuesta a ese acertijo?
La señora Palmer hizo un sonido exasperado pero se sentó con un susurro de faldas. Hinata se apoyó contra ella, incapaz de mantenerse derecha.
—¿Fue usted quién mató a Lily Martin? —preguntó Hinata en un susurro, demasiado entumecida para tener miedo. Si esa mujer hubiera querido matarla, ya estaría muerta. La señora Palmer tenía miedo y Hinata tuvo la corazonada de que ahora temía más a Nagato que a ser atrapada por el inspector Fellows. Sabía que Nagato jamás le perdonaría que la dejara sola a ella, la esposa de su adorado hermano.
—Por supuesto que maté a Lily —afirmó la mujer con indiferencia—. Vio el asesinato de Sally.
—Entonces cree realmente que Nagato mató a Sally.
—Nagato estaba enfadado con Sally. Esa zorrita quería chantajearle para obtener dinero con el que poder huir de mí. Nagato me dijo que se vengaría de ella, que le haría lamentar haber intentado presionarlo.
—También usted estaba enfadada con Sally.
—Si Sally quería tanto el dinero, se lo podía haber pedido a Nagato. Pero eso no era suficiente, además quería tener poder sobre él. Como si ella pudiera controlar a alguien como él. Es un líder nato. Lo supe en el momento en que le conocí y entonces sólo tenía veinte años. —Su voz adquirió un matiz de cariño—. Era un hermoso hombre. Tan guapo y encantador, tan inocente antes de que la gente le hiciera daño.
Hinata se encontró con la cabeza sobre el regazo de la señora Palmer, apoyada en la tela a cuadros de su manto, mirando la cara de la mujer. Supuso que era el tartán de los MacUzumaki, cuadros azules y verdes con rayas blancas y naranjas.
—Lo siento —susurró Hinata—. Debe de amarle mucho.
—No lo he mantenido en secreto.
—No debió de ser fácil ver cómo se casaba, ver cómo la apartaba de su vida.
Hinata pensó que no había dicho lo más adecuado, pero había perdido el control sobre sus palabras.
—Sabía que tendría que casarse algún día —explicó la mujer con voz serena—.no pertenezco a su misma clase social. Nagato necesitaba casarse con la hija de una familia importante, alguien que fuera su anfitriona en bailes y veladas y que hechizara a sus amigos. Jamás podría llegar a ser Primer Ministro si se atara a una mujer como yo.
—Pero muchos caballeros mantienen a sus amantes después de casarse. Por lo menos eso le gustaba decir a la señora Barrington.
—¿Quién demonios es la señora Barrington? —Hinata estaba demasiado cansada para responder y la señora Palmer continuó con su discurso—. Nadie le echaría en cara a Nagato que tuviera una amante, ya lo sé. Pero es más que eso.
—¿Porque es su amo y señor? —Recordó las palabras de Naruto y la curiosidad atravesó su dolor—. ¿Qué le hace él exactamente?
—Si no conoce esa vida, no lo entenderá.
—No, supongo que no. —Volvió a centrarse en el tema anterior—. No creo que Nagato la matara —dijo, alarmándose por lo débil que se había vuelto su voz—. Habría esperado a que Naruto se marchara de allí. Pero es posible que otra persona se dejara llevar por el pánico y acuchillara a Sally.
—Alguien como yo —sugirió la señora Palmer—. Quizá la maté, sí.
Para proteger a Nagato. Hinata cerró los ojos. Intentó imaginar la escena. Naruto asomando la cabeza por la puerta entreabierta, Nagato sobre Sally con un cuchillo en la mano. Lily Martin revoloteando por el pasillo, detrás de Naruto. Algo no encajaba. Ojalá pudiera mantenerse despierta para averiguarlo…
La señora Palmer se puso en pie bruscamente, como si hubiera oído algo, pero nadie entró en la capilla. La cabeza de Hinata rebotó contra el duro banco y apretó los dientes para contener un gemido.
—Estará bien aquí —aseguró la mujer—. Alguien la encontrará.
—No —susurró Hinata aterrada. Trató de apresar la mano de la mujer—. No me deje morir sola.
Si pudiera conseguir que la señora Palmer se quedara el tiempo suficiente para que Naruto averiguara donde estaba y trajera al inspector, podría conseguir que fuera eximido de cualquier acusación, estaría a salvo de Fellows para siempre. La señora Palmer miró a su alrededor y se estremeció como si la hubiera apresado un vendaval.
—¿Por qué debería quedarme? Si lo hago, acabarán atrapándome.
—Porque lo hizo sin querer. Pensó que Lily traicionaría a Nagato y se asustó.
La señora Palmer se mordió el labio.
—Tiene razón. Me reuní con ella para averiguar lo que sabía, y comenzó a decir que el dinero que Naruto le daba no era suficiente. Las tijeras estaban en el costurero, al lado. Las cogí y…
Ella clavó los ojos en su mano, flexionándola en muda admiración.
—Nagato la ayudará —aseguró Hinata.
—No, no lo hará. Lo he echado todo a perder. La muerte de Lily ha puesto a Fellows sobre la pista. Nagato jamás me perdonará.
Hinata se aferró al borde del banco, intentando no perder la consciencia. El sueño la atraía, un dulce sueño en el que no hubiera dolor.
—¿Mató a Sally?
—Da igual, ¿verdad? Iré al cadalso por Nagato y él comprenderá cuánto le amo.
—Lily y Sally eran amantes —susurró Hinata. Trató de recordar algo más, pero no fue capaz. Se le nubló la vista.
La señora Palmer bufó.
—Lily tenía un retrato de Sally en la salita, ¿se lo puede creer? Habiendo pasado tantos años e incluso después de que la hubiera dejado. Me lo llevé conmigo, por supuesto. No quería que la policía relacionara las dos muertes, sin embargo lo hicieron.
—Sally y Lily —susurró Hinata.
Cerró los ojos y volvió a imaginar la escena en su mente. Lily mirando mientras Nagato estaba con Sally, observando cómo él se iba. Quizá pensando que Nagato ya le había dado dinero a su amante. Lily furiosa porque Sally la había dejado, quedándose sin ella y sin el dinero. El cuchillo en la alfombra, junto a la cama y Lily cogiéndolo con rapidez. Naruto estaba en la sala cuando Nagato salió de la casa. Lily habría visto a Naruto en el pasillo, pensaría que sería un testigo adecuado, que imaginaría que el crimen lo había cometido su hermano.
—Tengo que huir.
Notó que la señora Palmer metía las manos en sus bolsillos y le quitaba la bolsa con el dinero. Luego le cogió la mano e intentó robarle el anillo de plata con un pequeño diamante que lucía en el dedo meñique.
—Me lo llevaré. Podré venderlo cuando llegue al Continente. Y también los pendientes.
—No. —Hinata intentó cerrar el puño, pero tenía la mano helada y débil—. Es un recuerdo de mi primer marido.
—Un pequeño precio por no haberla matado.
La mujer le arrancó también los pendientes; un pinchazo que apenas le dolió. Sumire se los había regalado en París cuando ella le dijo que le gustaban.
«Quédatelos, querida —le había dicho con generosa despreocupación—. Te quedan mejor que a mí».
La señora Palmer se incorporó. Se la veía más vieja en esa postura. Resultaba más joven gracias al maquillaje y la perseverancia. Ahora parecía cansada, alguien que se había obsesionado por algo durante demasiado tiempo.
—Amo a Nagato MacUzumaki —aseguró con voz aguda—. Siempre le he amado. Me aseguraré de que esa zorrita de Sally no le arruina la vida después de tantos años, igual que me aseguré de que no lo hacía Lily.
—Quédese y explíqueme cómo —jadeó Hinata.
En un arrebato de cólera, la señora Palmer la cogió por el pelo. Hinata gritó al notar un ardiente dolor en el costado.
—Tuvo que desenterrarlo todo, ¿verdad? Tuvo que llevar al inspector a mi casa. Es usted tan culpable como yo. —Tenía espuma en la comisura de los labios.
Hinata ya no podía seguir luchando. Su cuerpo quería descansar, detenerse. Se moriría allí, en la pequeña iglesia de Toneri, a no más de diez metros de donde él reposaba. Creyó escuchar el chirrido de la puerta del púlpito, y vio a Toneri, mirándola con aquella blanca sotana que ella había zurcido tantas veces. Tenía canas en las sienes y tiernos ojos azules.
«Se valiente, mi Hinata —creyó oírle decir—. Ya casi ha acabado todo».
—Naruto…
La señora Palmer miró a su alrededor sin soltarle el cabello.
—¿Con quién habla?
Un griterío la interrumpió, atronadoras voces masculinas, una de ellas la de Naruto.
La señora Palmer gritó y tiró de ella para ponérsela delante como un escudo.
Hinata gimió de agonía.
Naruto, con la cara pálida, las miró de manera salvaje, antes de lanzarse hacia la señora Palmer. Gritaba algo, pero Hinata no lograba entenderle, no comprendía las palabras. La otra mujer tropezó y chilló, pero a ella la sujetó él. De repente, Naruto estaba a su lado, sólido, cálido y real. Intentó abrazarle, pero las extremidades no le respondieron. Él la alzó y la acunó contra su pecho sobre un banco de la iglesia. Tenía los ojos muy abiertos, eran totalmente azules cuando la miró fijamente.
—Naruto. —Hinata sonrió y le acarició la cara. Casi no podía creer que fuera ella la que desviara la mirada.
Por el rabillo del ojo, Hinata vio que Nagato entraba en la iglesia, seguido de Yahiko y Fellows. La señora Palmer se apretaba contra la pared.
—No permitiré que me cuelguen por culpa de una mujerzuela —gritó. El cuchillo brilló entre sus manos antes de clavárselo entre los pechos.
Hinata escuchó el gemido de Nagato, vio que a la mujer le fallaban las rodillas y que se deslizaba por la pared.
La señora Palmer miró a Nagato.
—Te amo.
—No hables —pidió el duque con increíble ternura—. Iré a buscar a un médico.
Ella negó con la cabeza y sonrió débilmente.
—Ahora todo está oscuro. No puedo verte la cara —le buscó a tientas—. Nagato, abrázame.
—Aquí estoy —Nagato la apretó contra su pecho, besándola en el pelo—. Aquí estoy, cariño. No te dejaré sola.
Naruto ni siquiera les miraba. Tenía los ojos cerrados mientras la acunaba. Hinata intentó decirle que sabía que la encontraría, pero la oscuridad se cernió sobre ella y no pudo mover los labios. Se deslizó en la inconsciencia al mismo tiempo que la señora Palmer exhalaba su último aliento.
Naruto utilizó el opulento carruaje de Nagato para llevar a Hinata a la mansión ducal en Grosvenor Square. Ahí siempre había personal dispuesto a llevar a cabo cualquier necesidad que surgiera. Atravesó el umbral con Hinata en brazos y los bien entrenados sirvientes se atropellaron para obedecer sus frenéticas órdenes.
La llevó al dormitorio contiguo al suyo. Un médico limpió y cosió la herida de Hinata, pero ella no despertó.
Yahiko y Nagato se habían quedado con el inspector Fellows en la iglesia para ayudarle a esbozar un informe racional sobre lo ocurrido. Pero a él no le importaba lo que hubiera sucedido. Todo había acabado, la señora Palmer estaba muerta y Hinata había resultado herida intentando aclararlo todo. Fellows podía hacer lo que le saliera de las narices.
Hinata permanecía en un estado febril y sudaba sin cesar. No importaba las veces que él mojara la herida, estaba hinchada y enrojecida, y la fiebre no bajaba.
Naruto permaneció a su lado toda la noche. Escuchó que regresaban sus hermanos, la voz ronca de Yahiko y la más tranquila de Nagato hablando con los criados. Cubrió la frente de Hinata con un paño frío, deseando poder bajarle la fiebre por pura fuerza de voluntad. Notó que la puerta se abría a su espalda y percibió el paso pesado de Nagato, pero no levantó la mirada.
—¿Cómo está? —le preguntó su hermano en voz baja.
—Muriéndose.
Nagato rodeó la cama y la observó moverse entre las sábanas. Naruto estaba pálido y tenso.
Hinata ardía. Gemía sin dejar de mover la cabeza de un lado a otro. Lloriqueaba cuando las sábanas le rozaban la herida, como si así pudiera librarse de aquel lacerante dolor.
Naruto miró a su hermano con ira.
—Tú y tus jodidas mujeres. Las considerabas de tu propiedad y ahora han matado a Hinata.
Nagato se estremeció.
—¡Maldita sea, Naruto!
—Pensabas que Hinata quería mi dinero, nuestro nombre. ¿Para qué iba a quererlo?
—Lo pensé al principio. Pero ya no lo pienso.
—Demasiado tarde. Ella jamás quiso nada, nunca nos exigió nada. Tú no sabes qué hacer con la gente así.
—Te aseguro que no quiero que se muera.
Nagato le puso la mano en el hombro, pero él se zafó.
—Me llevaste a ese burdel para que fuera tu espía. Me utilizaste, como haces cada vez que te conviene. Me sacaste del sanatorio para que te ayudara, pero jamás has creído que no estoy loco. Lo único que quieres es lo que puedo hacer por ti.
—No es exactamente así —dijo Nagato en voz baja.
—Pero se acerca mucho a la verdad. Pensabas que estaba lo suficientemente loco como para matar a Sally. Hice lo que me dijiste porque estaba agradecido y quería protegerte. Te admiraba y adoraba igual que tus mujeres.
Naruto jadeaba por la ira, pero acarició el pelo de Hinata con suavidad.
—Por el amor de Dios, Naruto.
—No pienso volver a ayudarte. Tu cruel despotismo ha matado a mi Hinata.
Nagato se quedó paralizado, con los ojos clavados en ella.
—Lo sé. Déjame ayudarla.
—No puedes ayudarla. Está más allá de tu poder. —Naruto clavó los ojos en él durante un fugaz momento y, por primera vez en su vida, fue Nagato quien no pudo sostenerle la mirada.
—Vete —ordenó Naruto—. No te quiero aquí si tengo que despedirme de ella.
Nagato permaneció rígido e inmóvil durante unos momentos. Luego se dio la vuelta y salió de la habitación silenciosamente.
Durante la semana siguiente, Naruto sólo abandonó el dormitorio para llamar a voces a Shino si el hombre no acudía lo suficientemente deprisa cuando tocaba la campanilla. Hinata seguía en cama, acalorada y sudorosa, gimiendo cada vez que algo le rozaba el costado. Él a veces dormitaba tumbado a su lado y, cuando ella estaba demasiado inquieta, se sentaba en la silla. Shino intentó obligarle a pasar la noche en el dormitorio contiguo para que pudiera descansar un poco mientras una criada, Sâra o él mismo velaban a Hinata, pero se negó en redondo.
Había leído todos los libros de la vasta biblioteca de Nagato y bastantes más en el sanatorio, por lo que tenía archivados en su memoria muchos remedios e innovaciones médicas. Puso en práctica distintos métodos para curar heridas infectadas, para bajar la fiebre, para tranquilizar al paciente y alimentarlo.
El médico llevó sanguijuelas, que ayudaron a bajar un poco la hinchazón, sin embargo no le gustaron los ungüentos y pociones del galeno ni las jeringuillas con las que pretendía pinchar a Hinata, por lo que no permitió que se acercara demasiado a ella; lo que dio lugar a ruidosas discusiones entre el médico y un intratable Nagato.
La aseaba todos los días, limpiaba la purulenta herida; le refrescaba la cara con agua fría e intentaba alimentarla con caldo, forzándola a abrir la boca para tragarlo cuando ella giraba la cara. Ordenó a Shino que le llevara hielo que apretó contra la lesión para aliviar la hinchazón y también lo utilizó para enfriar el agua con que le mojaba la frente.
Deseaba poder llevársela lejos de Londres, donde el humo del carbón y el hollín se filtraban por las ventanas, pero temía que las sacudidas del viaje fueran todavía peores. Le trenzaba el pelo para que no sintiera calor en el cuello, y llegó incluso a plantearse cortar aquellas hermosas mechas si la fiebre no remitía.
El médico se aventuró a proponer experimentar algunos tratamientos innovadores que implicaban la aplicación de suero obtenido de glándulas de mono y otras barbaridades semejantes. Al parecer eran unos remedios que estaba experimentando junto con unos especialistas suizos. Pero el galeno sólo quería salvar a la cuñada del duque de Rasengan para alcanzar la fama.
Él le echó de la habitación con cajas destempladas.
El sexto día, la fiebre no había remitido todavía. Naruto se sentaba al lado de Hinata y le sostenía la mano entre las suyas muerto de miedo. Estaba convencido de que acabaría perdiéndola.
—¿Es esto lo que llamas amor? —le murmuró al oído—. No me gusta, mi Hinata. Se sufre demasiado.
Hinata no respondió. Tenía los ojos entreabiertos y los párpados hinchados, pero el brillo febril de los ojos indicaba que no le veía. Ese día no había logrado alimentarla.
Naruto estaba mareado y tenía el estómago tan revuelto que tuvo que salir corriendo para vomitar. Cuando regresó no se había producido ningún cambio. La respiración de Hinata seguía siendo superficial y jadeante, y su piel continuaba preocupantemente caliente.
Hinata había irrumpido en su vida de repente sólo unas semanas atrás, y parecía que le abandonaría con la misma prontitud. La sensación de pérdida le aterraba. Jamás había sentido antes tal cosa, ni siquiera la soledad y el miedo que le inundaron en el sanatorio eran comparables a eso. Aquel miedo le había servido para sobrevivir; el que sentía ahora era un vacío tan inmenso que parecía que tenía un agujero en el pecho.
Sentado en aquella habitación a oscuras, los peores recuerdos de su vida inundaron su mente. La increíble retentiva que poseía jugó claramente en su contra, poco atenuada por los siete años y medio que llevaba fuera del sanatorio. Recordó los baños helados al amanecer, los controlados paseos por el jardín, acompañado por un hombre con una vara. Para sus adentros siempre le había llamado El Pastor, pues era quien enviaba a los pacientes al interior si lo consideraba necesario.
Cuando otros médicos insignes les visitaban, el doctor Edwards exponía elaboradas conferencias sobre su caso obligándole a permanecer sentado en una silla junto al estrado mientras disertaba. Aquel maldito matasanos le hacía aprenderse el nombre de cada miembro de la audiencia para más tarde recitarlos como un loro. Luego, le ordenaba que escuchara una conversación entre dos voluntarios para repetirla palabra por palabra. A veces sacaba una pizarra y le exigía que resolviera complicados problemas matemáticos en unos segundos. Presumía ante su público diciendo que era su entrenador.
—»Es un caso típico; el resentimiento encona arrogantemente su cerebro. Fíjense en cómo evita mirar a los ojos, no confía en sí mismo, sabe que carece de veracidad. Tomen nota de que su atención vaga erráticamente cuando se le habla, que interrumpe con un comentario inapropiado o que pregunta algo que no tiene nada que ver con el tema que se trata. Su arrogancia roza casi la histeria… El paciente ya no puede relacionarse con personas que considera por debajo de él.
»Tratamiento: paseos, baños fríos, ejercicio, corrientes eléctricas para estimular el resto de las funciones. Palizas para doblegar la furia. Y el método funciona, caballeros. Se ha calmado considerablemente desde que llegó aquí.
Sí, claro que se «calmó». Porque se dio cuenta enseguida de que si contenía la furia y las palabras, le dejaban en paz. Había aprendido a ser un autómata, un robot que se movía y hablaba de una manera concreta. Saltarse esas costumbres significaba pasarse horas encerrado en un cuartito diminuto, que le suministraran corrientes, o que le dieran palizas. Sólo le dejaban tranquilo cuando se convertía en una especie de zombi.
Al menos le permitieron leer y tomar lecciones con un tutor. Naruto poseía una mente inquieta e interesada que absorbió todo lo que cayó a su alcance. Dominó con maestría cualquier lengua en cuestión de días. Progresó desde la aritmética básica al más complicado cálculo infinitesimal en solo un año. Leyó un libro al día y logró recitar párrafos enteros sobre catéteres, sondas o bujías como si los hubiera inventado él mismo. Encontró cierto refugio en la música y en las melodías que escuchaba tocar, pero jamás aprendió a leer una partitura. Las notas y los pentagramas no eran más que líneas y manchas negras para él.
También logró dominar como un maestro temas como la lógica, la ética o la filosofía. Aprendió frases de Aristóteles, Sócrates o Platón, pero nunca fue capaz de comprenderlas e interpretarlas.
—»La arrogancia de los de su clase, unida al resentimiento que siente hacia su familia, ha formado una obstrucción en su cerebro —recitaba el doctor Edwards a una entusiasmada audiencia—. Puede leer y recordar, pero no entiende. No muestra interés por su padre, jamás pregunta por él ni le escribe, ni siquiera cuando se lo sugiero. Tampoco muestra señal alguna de dolor por la reciente pérdida de su madre.
El doctor Edwards jamás le vio sollozar con el rostro enterrado en la almohada por las noches, cuando estaba solo y temía la oscuridad, sabiendo que si su padre iba a buscarle sería para matarle por lo que había visto.
Sus únicos amigos fueron los sirvientes del asilo, las criadas que le pasaban dulces y vino de contrabando. Los que le ayudaron a esconder los cigarros que Menma le llevaba o los libros eróticos que le daba Yahiko cuando iba a verle.
—»Léelos —le susurraba Yahiko, guiñándole el ojo—. Necesitas saber para qué sirven las mujeres y qué hacer con ellas.
Y lo aprendió a los diecisiete años gracias a la criada rubia de formas rotundas que limpiaba la chimenea todas las mañanas. Ella mantuvo la relación en secreto durante dos años, luego se casó con el cochero y se alejó en busca de una vida mejor. Había escrito a Nagato para que le regalara varios cientos de guineas por la boda, pero jamás le explicó por qué.
Había pasado mucho tiempo de todo aquello.
Regresó lentamente al presente, pero éste era sombrío y aterrador. Permaneció sentado en la oscuridad, con las cortinas corridas, mientras Hinata intentaba aferrarse a la vida con todas sus fuerzas. Si ella se moría le daría igual que volvieran a encerrarle en el sanatorio, porque si tenía que vivir sin ella perdería realmente la razón.
Sumire no tardó mucho en llegar. Entró en el dormitorio con un suave susurro de seda. Se le llenaron los ojos de lágrimas en cuanto vio a Hinata en la cama.
—Naruto, lo siento tanto…
Él no pudo responder. Sumire parecía exhausta. La vio acariciar la mano de Hinata y llevársela a los labios.
—Me he cruzado abajo con el médico —dijo ella con la voz ronca por las lágrimas—. Me ha dicho que no tenía demasiadas esperanzas.
—El médico es idiota.
—Hinata está ardiendo a causa de la fiebre.
—No permitiré que se muera.
Sumire se sentó en el borde de la cama con la mano de Hinata entre las suyas.
—Suele ocurrirle a las mejores personas. Nos las arrebatan para que aprendamos a ser humildes. —Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Memeces.
Sumire le observó con una triste sonrisa.
—Eres tan testarudo como un MacUzumaki.
—Soy un MacUzumaki. —Menuda chorrada—. No permitiré que muera. No puedo.
Hinata se removió con indiferencia en la cama, emitiendo unos suaves quejidos.
—Está delirando —susurró Sumire.
Naruto empapó una tela y la acercó a los labios de Hinata, que murmuraba incoherencias con la voz rota. La vio lamer las gotitas que cayeron en el interior de la boca con un gemido.
Sumire se enjugó una lágrima y se levantó de la cama para dirigirse a ciegas hacia la puerta. Menma no tardó mucho en aparecer. Mostraba una expresión ojerosa.
—¿Algún cambio? —preguntó.
—No. —Naruto no levantó la vista ocupado en apretar el paño envuelto en hielo contra la frente de su esposa—. ¿Has venido con Sumire?
Menma soltó un bufido.
—¿Tú que crees? Trenes diferentes, barcos diferentes, se cambió de hotel en cuanto se enteró de que yo también había hecho allí una reserva…
—Eres tonto; los dos lo son. No deberías permitir que siguiera alejada de ti.
Menma arqueó las cejas.
—Me abandonó hace tres años y no se puede decir que haya querido volver conmigo.
—Ni siquiera has intentado recuperarla —dijo Naruto, enfadado—. Jamás pensé que fueras tan imbécil.
Menma pareció sorprendido.
—Es posible que tengas razón —repuso lentamente.
Naruto volvió a centrar la atención en Hinata. Que alguien pudiera encontrar el amor y no luchara por conservarlo estaba más allá de su entendimiento.
Menma se frotó la frente.
—Hablando de imbéciles, Nagato acaba de despedir al médico. Menos mal, estaba a punto de estrangularle.
—Bien.
Su hermano le puso la mano en el hombro y le dio un apretón de ánimo.
—Lo siento. ¡No hay derecho! De todos nosotros eres quien más se merece ser feliz.
Naruto no respondió. Aquello no tenía nada que ver con ser feliz, sino con salvar a Hinata. Menma le acompañó durante un rato, observando a Hinata, luego se fue. Le reemplazaron otras visitas a lo largo del día y la noche; Yahiko, Konohamaru, Sâra; Shino, Sumire otra vez… Todos hicieron la misma pregunta: «¿Hay algún cambio?». Naruto negaba con la cabeza y se marchaban. De madrugada, cuando la casa estaba dormida todavía, el reloj dorado de la repisa de la chimenea repicó dos veces y Hinata se incorporó en la cama.
—¡Naruto!
Tenía la piel roja y brillante, y los ojos refulgían. Naruto se sentó en la cama.
—Aquí estoy.
—Naruto, me voy a morir.
Él la rodeó con los brazos y la estrechó.
—No lo permitiré.
Ella se apartó.
—Naruto, dime que me perdonas. —Ella le atrapó la mirada y él no pudo apartar la vista.
Los ojos de Hinata eran grises y estaban anegados de lágrimas. Podría mirarlos durante horas, fascinado por su color. Había leído que los ojos eran las ventanas del alma y la de su esposa era honesta y dulce.
Hinata era pura e inocente, pero él tenía un monstruo acechando en su interior, el mismo que había vivido dentro de su padre, y podría hacer daño con facilidad si se dejaba llevar por la ira. No permitiría que eso ocurriera… nunca.
—No hay nada que perdonar, cariño.
—Por haber llevado al inspector Fellows. Por revolverlo todo otra vez. Por matar a la señora Palmer. Está muerta, ¿verdad?
—Sí.
—Pero si yo no hubiera regresado a Londres, todavía estaría viva.
—Y Fellows seguiría pensando que yo era el culpable. O que lo había hecho Nagato. No es necesario pedir perdón por conseguir que la verdad viera la luz, Hinata.
Ella no pareció oírle.
—Lo siento tanto… —sollozó, con la voz ronca por la fiebre.
Él le puso la mano en el pecho y enterró la cara en su hombro. La abrazó con el corazón desbocado. Cuando la alzó contra sí para besarla, vio que había vuelto a cerrar los ojos sumiéndose de nuevo en la inconsciencia. La acomodó sobre las almohadas mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas hasta caer sobre la ardiente piel de Hinata.
Continuará...
