La Locura del Lord
22| MI HINATA
Hinata despertó de su inconsciencia. Estaba empapada en sudor y le dolía todo el cuerpo, pero en lo más profundo de su interior sabía, de alguna manera, que lo peor había pasado.
Y tenía hambre.
Giró la cabeza y vio a Naruto en la silla, junto a la cama, con la cabeza caída sobre el pecho y los ojos cerrados. Sólo llevaba puestos unos pantalones y la camisa, remangada y abierta hasta el ombligo. Le sostenía la mano firmemente entre las suyas, pero emitía un suave ronquido.
Apretó los dedos de Naruto dispuesta a bromear por la desgarbada postura de su cuerpo en la silla. Oh, ojalá tuviera fuerzas para salir de la cama y sentarse en su regazo, donde podría rodearla con sus firmes brazos.
—Naruto —susurró.
Ante aquel leve sonido él abrió los ojos de golpe. Deslizó sobre ella sus azules iris y, al instante, se inclinó sobre la cama con un vaso de agua en la mano.
—Bebe.
—Quiero comer algo.
—¡Bebe, maldita sea!
—Sí, marido.
Hinata bebió lentamente, disfrutando de la humedad en la boca seca. Naruto no apartó la mirada de sus labios. Se preguntó si él llegaría al extremo de taparle la nariz para obligarla a tragar si no era capaz de apurar el vaso con la suficiente rapidez.
—Ahora toma pan —ordenó Naruto, rompiendo un pedazo diminuto y metiéndoselo en la boca.
Hinata masticó, incapaz de contener una sonrisa.
—Esto me recuerda a nuestra estancia en Rasengan. Me dabas el desayuno de tu mano.
Naruto cogió otro trocito de pan sin contestar, observando cómo masticaba y tragaba.
—Me siento mejor —dijo ella cuando hubo comido varios pedazos—. Sin embargo, estoy cansadísima.
Naruto le tocó la frente y la cara.
—Ya no tienes fiebre.
—Gracias a Dios…
Se interrumpió cuando él la rodeó bruscamente con sus brazos. La camisa se le abrió sin querer y el calor de su pecho desnudo la cubrió como una manta.
Naruto intentó besar sus labios resecos, pero ella se apartó.
—No, Naruto, debo de estar asquerosa. Necesito bañarme. —Naruto le apartó el pelo de la frente con los ojos húmedos.
—Primero descansa. Duerme un poco.
—Tú también.
—Yo ya he dormido —discutió él.
—Me refiero a que duermas en condiciones, en una cama. Dile a una criada que venga a cambiar las sábanas y luego túmbate aquí conmigo. —Le enjugó una lágrima de la mejilla, atesorando aquella rara señal de emoción—. Quiero abrazarte.
—Yo cambiaré las sábanas —indicó—. Lo he hecho hasta ahora.
—Las criadas de planta no estarán muy contentas si tú realizas su trabajo. Son muy celosas de sus labores. Las de este piso son muy estiradas.
Él negó con la cabeza.
—No comprendo nada de lo que dices.
—Entonces realmente debo de estar mejor.
Naruto cogió sábanas de una alacena. Comenzó a cambiarlas por un lado de la cama sin decir palabra. Hinata intentó ayudarle, pero se dio por vencida al percatarse de que ni siquiera era capaz de levantar una esquina.
Naruto deshizo con habilidad un lado de la cama y puso las sábanas limpias. Luego la tomó en brazos y la puso sobre ellas para repetir la acción en el otro lado.
—Vaya, realmente sabes lo que haces —observó ella mientras él remetía las mantas a su alrededor—. Quizá podrías abrir una academia para criadas.
—Libros.
Ella esperó que se explicara, pero él se limitó a dejar en el pasillo la ropa sucia y a cerrar la puerta otra vez.
—¿Perdón?
—En los libros viene la manera de mudar la cama de un enfermo.
—Los has leído, ¿verdad?
—Lo leo todo. —Se quitó las botas y se tumbó a su lado. A ella le agradó sentir el calor de su cuerpo.
Hinata recordaba vagamente haberse despertado en mitad de la noche; entonces, Naruto la había mirado fijamente a los ojos. Su mirada azul mostraba tal aflicción que ella también la había sentido. Ahora, la mirada de su marido volvía a ser esquiva, y no le dejaba atraparla.
—No es justo que sólo me mires cuando estoy muy enferma —protestó Hinata—.Ahora que estoy mucho mejor y despierta, vuelves a mirar hacia otro sitio.
—Porque cuando te miro me olvido de todo lo demás. Pierdo el hilo de lo que estoy haciendo o diciendo. Sólo puedo pensar en tus ojos. —Naruto puso la cabeza sobre la almohada y le cubrió el pecho con la mano—. Tienes unos ojos preciosos.
A ella se le aceleró el corazón.
—Y ahora te dedicas a halagarme para que no sea capaz de reñirte.
—Jamás te he halagado.
Hinata le acarició la mejilla.
—Sabes que eres el mejor hombre del mundo, ¿verdad?
Él no respondió. Hinata sintió su cálido aliento sobre la piel. Estaba cansada, pero no muerta, y notó un placentero apretón entre las piernas. Lo que había ocurrido en la iglesia inundó su mente; el horrible dolor y la desesperación de la señora Palmer, entremezclados con los olores de su antigua vida.
—Está muerta ¿verdad? Me refiero a la señora Palmer.
—Sí.
—Pobre mujer. Amaba tanto a Nagato…
—Era una asesina y casi te mató.
—Bueno, no es que me haya gustado la experiencia, claro. No fue ella la que mató a Sally, ¿sabes? Lo hizo Lily.
Naruto parpadeó.
—No hables. Estás demasiado débil.
—Es la verdad, Naruto MacUzumaki. Sally abandonó a Lily e iba a quedarse con todo el dinero del chantaje. Lily debió de enfadarse mucho. Tú dijiste que rondaba alrededor del dormitorio. Mientras tú esperabas en la sala y después de que Nagato abandonara la estancia, entró, discutió con Sally acaloradamente y la apuñaló. No es de extrañar que Lily estuviera de acuerdo en ocultarse en esa casa de Covent Garden.
Naruto se recostó contra ella.
—Ahora mismo me importa un bledo quién mató a Sally.
Hinata pareció dolida.
—Pero solucioné el misterio. Cuéntaselo al inspector Fellows.
—El inspector Fellows puede irse al infierno.
—Naruto…
—Si es tan buen detective como cree, lo descubrirá por su cuenta. Descansa.
—Pero me siento mejor.
Naruto la miró con irritación, pero sus ojos no buscaron los de ella.
—No importa.
Hinata se recostó obedientemente en las almohadas, pero no se pudo resistir a acariciarle la mejilla. Tenía la mandíbula oscurecida y áspera por la barba que demostraba que llevaba un tiempo sin afeitarse.
—¿Cómo supiste que estaba en la iglesia? —preguntó Hinata—. ¿Cómo lo dedujiste?
—Fellows dio con alguien que escuchó que la señora Palmer ordenaba a un conductor de alquiler que los llevara hasta Bethnal Green. Nagato sabía que una hermana de la señora Palmer vivía por allí. Cuando descubrimos que no estaban en su casa, imaginé que si lograbas escapar de la señora Palmer te dirigirías a la iglesia en la que fue vicario tu marido. —Apartó la mirada—. Sabía que allí habías sido feliz.
—Pero ¿cómo sabías dónde estaba la capilla?
—He explorado todas las zonas de Londres. Esa también.
Hinata se recostó en su pecho, aspirando el olor a limpio de la camisa.
—Benditos sean tú y tu memoria, Naruto. Jamás dejará de asombrarme.
—¿Te asombra?
—Sí, hasta ahora no le había dado más importancia que si fuera un truco de circo. Cielo Santo, ¡ni que fueras un mono de feria!
—Un mono…
—No importa. Naruto MacUzumaki, gracias por encontrarme. Gracias por no haber matado a Sally Tate. Gracias por ser tan condenadamente noble y concienzudo.
—Algunas veces estuve muy preocupado. —Naruto se frotó la frente con un gesto que indicaba que padecía una de sus dolorosas migrañas—. Algunas veces llegué a convencerme de que no había sido Nagato, sino yo en uno de mis ataques de furia y había bloqueado la imagen para no recordarla.
Hinata le apretó la mano.
—Pero no lo hiciste. Las dos asesinas están muertas; caso cerrado.
—Ya me viste cuando ataqué a Fellows. Fue necesario que Shino y Menma unieran sus fuerzas para conseguir que le soltara.
—Debes admitir que el inspector Fellows te estaba provocando —dijo Hinata, intentando mantener un tono ligero.
—Al principio de mi estancia en el sanatorio, luchaba contra mis cuidadores. Hice daño a más de uno. Tuvieron que atarme a la cama para aplicarme los tratamientos.
—¿Cuidadores? —Hinata intentó incorporarse en la cama, pero el dolor la obligó a renunciar—. Tú no eres un animal.
—¿De veras?
—No se debe atar a nadie. Ni golpearle o darle corrientes.
—Tenía horribles dolores de cabeza y les atacaba. —Apartó la mirada—. No siempre soy capaz de contener los ataques de furia. ¿Y si te hago daño?
A Hinata le dio un vuelco el corazón al ver el miedo en sus ojos.
—Tú no eres como tu padre.
—¿No lo soy? Me encerró porque presencié cómo mataba a mi madre, pero no fue la única razón. Tampoco fui capaz de convencer a la Comisión de que estaba cuerdo… Estaba tan enfadado que lo único que hice fue repetir el primer verso de una poesía una y otra vez a pesar de que intentaba refrenarme. —Naruto le cogió una mano y la llevó a los labios—. Hinata, ¿y si me enfado contigo? ¿Y si te hago daño? ¿Y si un día abro los ojos y te estoy rodeando la…?
Se interrumpió y apretó los ojos con fuerza.
—No, Naruto, no me dejes fuera.
—Estaba muy enfadado con Sally. Y soy tan fuerte…
—Por eso te fuiste. Saliste de esa habitación para intentar tranquilizarte, y lo conseguiste. —Hinata le besó el puño cerrado—. Necesito hablar con el inspector Fellows —añadió.
De repente, se encontró inmovilizada sobre el colchón. Naruto volvía a tener los ojos abiertos, el miedo había desaparecido. Pero a pesar de la fuerza con la que le sujetaba las muñecas, se había asegurado de que no le hacía daño con su peso en el costado herido.
—No quiero que vuelvas a hablar con él. No quiero que le vuelvas a ver.
—Pero…
—No —gruñó.
Naruto le impidió decir las siguientes palabras acallándola con sus labios, y a Hinata no le importó rendirse. No volvió a mencionar el tema, pero hacía planes al respecto. Necesitaba mantener una larga charla con el inspector Fellows, y la tendría.
Hinata se recobró con rapidez de la fiebre, pero la puñalada llevó más tiempo. Aguantó otra semana en la cama, pero el dolor no se iba y se cansaba con rapidez. Cojeaba por la enorme mansión de Nagato con los sirvientes revoloteando a su alrededor, dispuestos a llevarle cualquier cosa que necesitara. Pero todo aquello solo la ponía más nerviosa, no estaba acostumbrada a tantas atenciones.
También se sentía frustrada porque después de aquel beso para mantenerla en silencio, Naruto se había distanciado de ella. Le dijo que quería darle la oportunidad de curarse por completo, pero ella sabía que todavía estaba preocupado por sus ataques de ira.
El padre de Hinata había sido propenso a dejarse llevar por la furia cuando estaba borracho, momentos en los que no le importaba utilizar los puños. Pero Naruto no era así… Comprendía la necesidad de controlarse, y no bebía.
Ella sabía que no serviría de nada intentar tranquilizarle. No podía negar que los MacUzumaki habían visto y provocado bastantes dosis de violencia. Pero entonces recordaba la angustia en la cara de Nagato cuando murió su amante. Él la había abrazado con tanta ternura que la señora Palmer supo que estaría a su lado hasta el final. Naruto poseía la misma naturaleza protectora; de hecho, había desafiado abiertamente a Nagato para protegerla. Y Hinata se moría por Naruto, ardía por él, pero todas las noches se mantenía alejado de su cama.
Hinata recibió muchas visitas; todos, desde Sumire a Konohamaru, se mostraron ansiosos por conocer cómo se encontraba. Nunca había tenido antes una familia ni se había preocupado por ella más de una persona al mismo tiempo; a menudo ni siquiera eso. La aceptación de los MacUzumaki la calentaba por dentro. Sumire tenía razón al decir que ninguno de los cuatro hermanos observaba la conducta adecuada delante de las damas, pero a Hinata no le importaba. Le gustaba que Menma y Yahiko se sintieran lo suficientemente a gusto con ella para ser ellos mismos, y sabía que sus rudos modales ocultaban un buen corazón.
Como Naruto continuaba insistiendo en mantenerla encarcelada, Hinata comenzó a sentirse prisionera en una especie de jaula de oro. Tuvo que sobornar a Shino para llevar a cabo sus planes.
—Milord me matará —aseguró Shino con convencimiento al escuchar las instrucciones.
—Sólo quiero hablar con él. Tienes que traerlo aquí.
—Oh, claro. Muy sencillo. Y luego… ¡milord me matará! Por no mencionar lo que hará Su Excelencia.
—Por favor, Shino. Y me olvidaré de lo que te vi haciendo con Sâra en la escalera de servicio.
El hombre se puso como la grana.
—Es usted dura, ¿verdad? ¿Mi señor ya sabe lo que le espera?
—Crecí en los barrios bajos igual que tú. Tuve que aprender a ser dura.
—Perdone, pero no es lo mismo, milady. Puede que los dos creciéramos en el East End, pero usted no procede de allí. Su madre era hija de un caballero y tuvo una educación.
—Perdona, Shino. No era mi intención insultarte.
Él sonrió ampliamente.
—De acuerdo. Pero no vuelva a decir eso. —Se puso serio—. ¡Oh, Dios! Él me matará.
—Yo me encargaré de Naruto —dijo Hinata—. Tú haz lo que te he dicho.
Una semana después del comienzo de la recuperación de Hinata, Naruto abrió la puerta del dormitorio de su esposa y tuvo que apartarse con rapidez para que Shino no le atropellara. Durante los últimos días se había fijado en que su ayuda de cámara entraba y salía de la habitación mirándole de manera furtiva. Igual que acababa de hacer ahora.
—¿Adónde demonios vas? —le preguntó.
—Tengo cosas que hacer —respondió Shino sin detenerse, antes de desaparecer por el pasillo.
En el interior, Hinata estaba recostada en la chaise, con la cara brillante y la respiración jadeante. Se acercó a ella en dos pasos y le puso la mano en la frente, pero no notó fiebre. Se sentó en el borde del sofá junto a ella, disfrutando del contacto de su cuerpo contra el suyo.
—Nos iremos a Escocia la semana que viene. Espero que entonces ya hayas recuperado las fuerzas.
—¿Es una orden, marido?
Naruto le pasó la mano por el pelo. La deseaba, pero estaba dispuesto a privarse del placer para no hacerle daño.
—Te gustará mi casa en Escocia. Nos casaremos allí.
—Te recuerdo que ya estamos casados.
—Quiero que tengas una boda de verdad, vestida de blanco y con lirios del valle, como me dijiste en la ópera.
Ella arqueó las cejas.
—¿Te acuerdas de eso? Claro que te acuerdas. Me parece encantador.
Naruto se levantó.
—Descansa.
Hinata le cogió la mano. Su contacto le hizo hervir la sangre y la deseó con anhelo.
—Naruto, no te vayas. —Él intentó liberarse de su mano, pero ella le retuvo con fuerza—. Por favor, quédate conmigo. Podemos simplemente… hablar.
—Es mejor que no.
Vio que a Hinata se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Por favor.
Ella creía que la rechazaba. Naruto se inclinó sobre ella apoyando las manos a ambos lados de su cuerpo.
—Si me quedo, no será para hablar. No podré evitar hacerte lo que deseo.
A Hinata se le abrieron los ojos.
—No me importaría.
Naruto le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Puedo protegerte de los demás, pero ¿quién te protege de mí?
A Hinata le temblaban los labios cuando le sostuvo la mirada. Él apartó la vista. Ella aprovechó el momento de distracción para rodearle el cuello con los brazos y besarle de pleno en la boca.
«Traidora».
Se encontró con su lengua buscando la suya, con sus labios cálidos y expertos haciéndole lo que él le había enseñado. Le distrajo otra vez mordiéndole el labio inferior mientras le acariciaba la erección por encima de la ropa.
—No —gimió Naruto.
Hinata deslizó los dedos por los botones de la bragueta y los abrió uno a uno.
—Tengo que hablar con quienquiera que diseñe la ropa masculina. Le diré lo difícil que resulta quitarla en determinadas circunstancias.
Naruto estaba tan duro que le dolía. Ella cerró los dedos con atrevimiento alrededor de su miembro y rozó la punta con el pulgar. Apretó los dientes cuando ella comenzó a dibujar remolinos con la yema de los dedos en el borde, jugueteando con la sensible piel. Antes de darse cuenta, se encontró con las manos enredadas en los cabellos de Hinata; la soltó antes de perder el control y clavó los dedos en su hombro, apresando la suave seda de la bata.
—¿Te gusta esto? —susurró ella.
Naruto no pudo responder. Arqueó las caderas involuntariamente.
—Me encanta hacerte esto —siguió hablando Hinata—. Me encanta lo duro que te pones y lo sedosa que es aquí tu piel. Recuerdo lo que sentí cuando te tomé con la boca. —Ella debía de querer matarle. Naruto cerró los ojos, apretó los dientes y deseó tener la suficiente fuerza de voluntad para detenerla—. Estabas caliente y un poco salado —continuó ella—. Recuerdo que comparé tu sabor con el de la crema agria. — Se rio—. Cuando tragué tu semilla fue la primera vez que hacía algo semejante. Pero quería tragar todo lo que fuera posible de ti.
La voz de Hinata era tímida y ardiente al mismo tiempo, sus dedos tan expertos como los de una cortesana. Mejores todavía, porque Hinata no lo hacía por dinero, sino porque quería. Era un regalo.
—Estoy tratando de aprender a mantener una conversación obscena —se rio ella—. ¿Qué tal me sale?
—Bien. —Casi jadeó la palabra.
Se inclinó sobre su boca y le dio un beso largo y profundo. Hinata abrió los labios para él sin dejar de sonreír.
—¿Me dirás obscenidades tú a mí? —le preguntó—. Parece que me gusta.
Naruto acercó los labios a su oreja y comenzó a decirle en términos muy explícitos lo que quería hacerle exactamente, y dónde, cómo y con qué. Hinata se puso como la grana, pero tenía los ojos brillantes como estrellas.
—¡Cómo me fastidia estar tan débil! —exclamó—. Tienes que acordarte de hacerme todas esas cosas cuando esté bien.
Naruto le pasó la lengua por la oreja, ya sin palabras. Hinata le apretó la erección con fuerza. Ella estaría bien muy pronto y, entonces, él la tumbaría en el suelo y procedería a realizar todo lo que le había prometido.
Ella le acarició de arriba abajo cada vez más rápido; haciéndole arder. Naruto ya no contenía los empujes. Cerró la mano sobre la de ella y la ayudó a acariciarle, a apretar. Dejó caer la cabeza hacia atrás y la habitación comenzó a dar vueltas cuando alcanzó la liberación. Su cálida y húmeda semilla se derramó sobre sus manos unidas.
—Hinata —le dijo al oído—. Mi Hinata.
Ella buscó sus labios y sus lenguas se enredaron. Él le acarició el brillante pelo, besándola repetidas veces hasta que su boca estuvo tan hinchada como la de ella.
—Espero que te haya gustado —le azuzó ella con un provocador destello en los ojos.
Naruto apenas podía hablar. Tenía el corazón desbocado y la respiración entrecortada, pero no estaba, ni mucho menos, saciado. Sin embargo, aquello era hermoso. La besó una vez más antes de acercarse al lavabo para coger una toalla y limpiarles a ambos.
—Gracias —susurró.
Alguien llamó inesperadamente a la puerta. Hinata contuvo el aliento, pero Naruto dejó la toalla a un lado con serenidad y se abrochó los pantalones.
—Adelante —dijo.
Fue Menma quien entró. A Hinata le ardía la cara, pero Naruto no parecía avergonzado de haber sido pillado en mangas de camisa y con su esposa sentada en el regazo.
—Ese maldito inspector está abajo —informó Menma—. Intenté echarle, pero insiste en que has sido tú quien envió a buscarle.
Naruto comenzó a gruñir, pero Hinata intervino con rapidez.
—Está bien. Yo le he invitado. Sintió el peso de la mirada de Naruto.
—¿No hemos tenido suficiente de él? —preguntó Menma.
—Quiero preguntarle una cosa —explicó ella—, y como Naruto no me deja salir, tuve que conseguir que viniera él.
Su marido entrecerró los ojos.
—Shino te ayudó.
Hinata se levantó de su regazo.
—Ven conmigo —dijo con rapidez—. Le veremos juntos. Naruto la rodeó con los brazos.
—Ordena que suba.
—Pero apenas estamos decentes.
—Pues tendrá que aguantarse. No estás lo suficientemente bien para arreglarte para verle.
Hinata tuvo que conformarse, sabiendo que si Naruto ordenaba a los lacayos que echaran a Fellows a la calle, le escucharían a él y no a ella. Menma se encogió de hombros y se apoyó en la pared. Hinata intentó arreglar con los dedos los cabellos que se habían soltado de la trenza.
—Debo parecer una cortesana que acaba de estar con su amante.
—Estás muy guapa —aseguró Naruto.
La sostenía sin fuerza contra su cuerpo, pero Hinata sabía que sus brazos se convertirían en cadenas si ella intentaba levantarse y alejarse de él.
La puerta se abrió otra vez.
—De verdad, esto es muy impropio —jadeó Ao.
El inspector mantenía las manos en la espalda, donde sostenía con fuerza el sombrero. Menma cruzó los brazos y observó al policía como si no quisiera perderle de vista.
—Perdone, inspector, pero mi marido se ha negado a permitir que me levantara y bajara a recibirle como corresponde a una buena anfitriona.
—Sí, bueno. —Fellows permaneció inquieto en medio de la habitación sin mirarla a los ojos—. ¿Se encuentra mejor, milady? Lamenté mucho escuchar que estaba enferma.
Sorprendentemente parecía sincero.
—Sí, gracias —respondió ella con calidez—. ¿Y bien?
—He estudiado su teoría sobre Lily Martin —comenzó Fellows—. Registré la habitación de la señora Palmer y encontré el retrato de Sally Tate que pertenecía a Lily, justo como usted dijo. Estaba firmado por detrás, «De Sally, con todo mi amor», también encontré una carta de amor en el interior del marco.
—¿Una carta? ¿Qué decía?
—Era una carta de amor de Sally a Lily. Estaba mal escrita, pero la esencia del asunto resultaba evidente. Lily había atravesado las líneas con tachones y escrito «te lo merecías».
—¿Son pruebas suficientes? —preguntó Naruto. Fellows frunció el ceño.
—Tendrán que serlo, ¿verdad? A Scotland Yard le gusta la solución del caso porque los lores implicados salen bien parados. Pero en mi informe escribiré todos los nombres para quién le interese leerlo.
Menma emitió una risita burlona.
—Como si a alguien le gustara rebuscar entre los informes policiales.
—Pues a los periodistas, por ejemplo, les interesará lo que pone allí —aseguró Fellows.
—Como siempre —convino Naruto en voz baja—. Jamás se han callado y nunca lo harán.
—Escribir sobre lores arrogantes siempre vende periódicos —aseveró Hinata—.No me importa lo que digan siempre que sea la verdad, inspector. Naruto no mató a nadie ni tampoco lo hizo Nagato. Y usted ha estado ladrando todo el tiempo en el lado incorrecto del árbol.
Le dirigió al inspector una brillante sonrisa y él frunció el ceño otra vez. Era evidente que estar allí dentro le resultaba bastante incómodo, pero a Hinata no le daba pena. Se lo merecía por todo lo que había hecho pasar a Naruto.
Fellows todavía no era capaz de mirar a Hinata y a Naruto, así que clavó los ojos en Menma.
—Puede que no hayan sido los MacUzumaki quienes llevaron a cabo el asesinato, pero estaban involucrados hasta el cuello. La próxima vez que den un paso en falso estaré esperando y les atraparé. Les prometo que la próxima vez reuniré las pruebas que sean necesarias.
Tenía la cara roja y se le notaban las venas en el cuello. Menma arqueó las cejas y Naruto le ignoró olímpicamente, acariciando el pelo de Hinata con la nariz.
Hinata se zafó con esfuerzo de los brazos de su marido y se puso en pie. Se tambaleó un poco y apoyó la mano en el firme hombro de Naruto para recuperar el equilibrio.
—Deberías tomártelo en serio —le dijo a Menma. Luego señaló a Fellows con el dedo—. Y usted no se dedicará a buscar pruebas de nada. Les dejará en paz y se consagrará a perseguir a los auténticos criminales. A los que delinquen realmente.
Fellows la miró por fin directamente; la cólera había vencido al pudor.
—Oh, ¿de verdad?
—Tiene que poner fin a esa obsesión.
—Señora Õtsutsuki.
—Soy lady MacUzumaki —le corrigió Hinata al tiempo que tiraba con fuerza del cordón de la campanilla que había detrás de Naruto—. Y, de ahora en adelante, va a hacer justo lo que le digo.
La cara de Fellows adquirió un tono púrpura.
—Sé que la han embaucado a pesar de todos mis esfuerzos, pero deme una buena razón por la que no debería dedicarme a exponer sus maldades, sus trapicheos, o la manera en la que utilizan manifiestamente su poder para manipular las altas esferas; cómo ellos…
—Basta. Entiendo lo que quiere decir, pero debe dejar de hacerlo, inspector.
—¿Por qué?
Hinata sonrió.
—Porque conozco su secreto. Fellows entrecerró los ojos.
—¿A qué secreto se refiere?
—A uno muy secreto. Ah, Sâra, por favor, tráeme el paquete que te hice comprar el otro día.
Continuará...
