La Locura del Lord
23| GRACIAS
Fellows clavó los ojos en Hinata. Naruto se incorporó, abandonando su desgarbada y negligente postura, para centrar repentinamente toda su atención en ella.
—¿De qué secreto se trata? —exigió Naruto.
—Usted no sabe nada —afirmó Fellows con un acento cockney tan marcado como el de Shino.
Sâra atravesó la estancia llevando el paquete que su ama le había pedido. Tenía una expresión de curiosidad. Hinata no le había confiado de qué se trataba y estaba un tanto molesta.
—¿Se refiere a esto? —dijo la chica—. ¿Tiene pensado ir a un baile de disfraces o algo por el estilo?
Naruto se levantó y se inclinó sobre su esposa, tan lleno de curiosidad y desconcertado como la doncella. Hinata cogió el paquete y lo abrió sobre el asiento de la chaise antes de darse la vuelta con el contenido en la mano.
—¿Haría una cosa por mí, inspector? ¿Se pondría esto?
La cara de Fellows había perdido cualquier rastro de color y mostraba una mirada tan huidiza como la de un animal acorralado.
—No —repuso.
—Creo que será mejor que lo haga —indicó Menma en voz baja. Cruzó de nuevo los brazos sobre el pecho y se apartó de la pared para colocarse detrás del policía.
Hinata se acercó al inspector. Éste retrocedió con rapidez, pero lo único que consiguió fue chocar contra Menma. Naruto también avanzó hacia él para cortarle cualquier retirada.
—Haga lo que ella dice —ordenó Naruto.
Fellows se quedó inmóvil, rígido. Hinata alzó la mano con la barba y los bigotes falsos que Sâra le había comprado y cubrió con ellos la cara del policía.
—¿A quién se les parece?. —preguntó ella, luego agrego.—Ignoren el parche y el color del cabello, pero sus facciones...
En la habitación no se escuchó ni el vuelo de una mosca durante un buen rato.
—¡Joder! —susurró Menma.
—¡Caray! —exclamó Sâra—. Si es igualito que ese horrible retrato del hombre barbudo que hay en las escaleras de Rasengan. Me pone la piel de gallina sólo verlo. Parece como si sus ojos te siguieran a todas partes.
—Puede que haya un cierto parecido —afirmó Fellows a Hinata—. ¿Y qué?
Hinata bajó los brazos. Fellows estaba sudando.
—Es mejor que se lo cuente usted —indicó Hinata—. Si no, lo haré yo. Mi amiga Molly conoce a su madre.
—Mi madre no tiene nada que ver con las mujeres de la calle.
—Entonces, ¿por qué sabe lo que es Molly?
Fellows la miró lleno de furia.
—Porque soy policía.
—Usted es detective y Molly jamás trabajó en su distrito cuando era oficial. Me lo dijo.
—¿Quién es su madre? —preguntó Menma con sequedad.
—¿Quiere decir que realmente no lo saben? —Fellows se dio la vuelta para mirar a los dos MacUzumaki—. Tras tantos años burlándose de mí, de pasarme ante las narices sus riquezas y privilegios; de casi hacerme perder mi trabajo… ¡Maldita sea!, mi única manera de ganarme la vida… ¿Lo único que les importa es saber quién es mi madre?
—En realidad no saben nada, inspector —intervino Hinata. Guardó la barba y el bigote en la bolsa y se la dio a Sâra, que no perdía detalle—. Los hombres, a menudo, no ven ni lo que tienen delante de las narices.
—Soy un artista —gimió Menma—. Se supone que soy un buen fisonomista, y jamás me di cuenta.
—Pero tú pintas mujeres —explicó Hinata—. He visto tus cuadros y si aparece en ellos algún hombre, es de manera ambigua en el fondo.
—Bueno, es que el bello sexo es mucho más interesante —concedió Menma.
—Cuando vi el retrato del anterior duque en Rasengan, el parecido me sorprendió. —Sonrió—. El inspector es vuestro hermanastro.
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Todos los MacUzumaki se reunieron en la sala. Shino iba y venía entre ellos, y otros tres criados revoloteaban en la puerta, preocupados pero incapaces de contener la curiosidad.
Hinata jadeaba, todavía aturdida por el esfuerzo que había supuesto bajar la escalera, e Naruto la obligó a sentarse a su lado en el sofá. Él todavía no sabía por qué creía que podría mantenerla alejada de los problemas. Era terca y poseía una voluntad de acero. Su madre, la duquesa, fue víctima de su marido y vivió aterrada por él. La propia madre de Hinata también había sido sometida, pero Hinata había logrado superar los horrores de su infancia. Se crecía ante las dificultades y era entonces cuando mostraba todo su coraje; esos dones se habrían desperdiciado junto al idiota de Akatsuki. Hinata era una mujer que merecía ser protegida y valorada como la más preciosa de las porcelanas.
Nagato fue el último en entrar y su penetrante mirada se clavó uno por uno en todos los presentes. El detective se enfrentó a todos de pie.
—¿Quién es su madre? —preguntó Nagato con su gélida voz ducal.
—Se llama Catherine Fellows y tiene una pensión cerca del cementerio de la iglesia de St. Paul —respondió Hinata, en vez del inspector.
Nagato clavó los ojos en Fellows, mirándole de arriba abajo como si lo viera por primera vez.
—Tendremos que buscarle otro lugar.
—¿Por qué demonios debería abandonar su casa? —saltó Fellows—. ¿Acaso usted no soporta la vergüenza de que alguien llegue a enterarse?.
—No —repuso Nagato—. Porque se merece algo mejor. Si soportó a mi padre y luego se vio abandonada por él, debería vivir en un palacio.
—Todo debería ser nuestro. Sus casas, sus carruajes, su maldito castillo de Rasengan. Y sin embargo, mi madre tuvo que dejarse las manos en carne viva para poder alimentarme mientras ustedes comían en platos de oro.
—Ninguno de nosotros comió en platos de oro —intervino Yahiko en tono suave—. En la habitación infantil de casa había una taza de porcelana china que me gustaba, pero acabó hecha trizas.
—Sabe de sobra a qué me refiero —dijo Fellows—. Ustedes disfrutaron de todo lo que debería haber tenido yo.
—Si hubiera sabido que mi padre dejó embarazada a una mujer y que no se había ocupado de ella y el niño, hubiera hecho algo al respecto hace mucho tiempo—aseguró Nagato—. Debería haber hablado conmigo.
—¿Y arrastrarme ante un MacUzumaki?
—Nos habríamos evitado muchos problemas.
—Tengo un trabajo honrado. Me gano bien la vida, algo que usted se ha esmerado en impedir. Soy cuatro años mayor que usted, Nagato MacUzumaki. El ducado debería ser mío.
Nagato se acercó al aparador detrás del sofá y abrió una licorera.
—Es posible que tenga razón, pero las leyes en Inglaterra no funcionan así. Mis padres se casaron cuatro años antes de que yo naciera. Es posible que los hijos ilegítimos reciban en herencia algún dinero, pero nunca un título como un ducado.
—Además, estoy seguro de que no le gustaría —intervino Yahiko—. Da más quebraderos de cabeza de los que parece. Y por el amor de Dios, no se le ocurra asesinar a Nagato o lo heredaré yo.
Fellows apretó los puños. Miró a su alrededor y clavó la vista en el techo, cinco metros por encima de su cabeza. Observó los retratos de algunos miembros de la familia y el de los cinco perros MacUzumaki que había pintado Menma. Los había plasmado con tanta pericia que Naruto casi esperaba que salieran de la pintura y comenzaran a lamerle las botas.
—Yo no soy uno de ustedes… —comenzó Fellows.
—Claro que lo es —afirmó Naruto. Hinata olía tan bien. Llevaba el pelo suelto sobre los hombros, caprichosas mechas oscuras que cubrían también la bata de seda dorada—. No quiere serlo porque eso significaría que está tan loco como nosotros.
—Yo no estoy loco —replicó Fellows—. En esta habitación sólo hay un loco, milord.
—Cada uno tenemos nuestra propia locura personal —comentó Naruto—. Yo tengo una memoria que no olvida ni el más mínimo detalle. Nagato está obsesionado por la política y el dinero. Yahiko es un genio con los caballos, y Menma no piensa más que en pintar, algo que, por otro lado, se le da muy bien. Y a usted le gustar hurgar en sus casos hasta descubrir detalles que a otros se les escapan. Está obsesionado por la justicia y por obtener lo que cree que se merece. Todos tenemos un punto de locura, sólo que la mía es más evidente.
Todos los presentes clavaron los ojos en él, incluyendo a Hinata. Tanto escrutinio le hizo sentir incómodo, por lo que ocultó el rostro en el pelo de su esposa.
Fue Menma quien tomó la palabra tras un largo silencio.
—Eso demuestra por qué siempre deberíamos escuchar las perlas de sabiduría que nos regala Naruto.
Fellows emitió un sonido impaciente.
—¿Así que ahora somos una gran familia feliz? ¿Se lo comunicará a los periódicos, milord? ¿Me convertirá en un caso de caridad? ¿El hermano perdido al que Su Excelencia acoge con los brazos abiertos? No, gracias.
Nagato cogió un cigarro, prendió una cerilla y lo encendió.
—No. En los periódicos nunca aparece la realidad de nuestras vidas privadas porque están demasiado ocupados con lo que hacemos en público. Pero ahora pertenece a la familia y nosotros cuidamos de los nuestros.
—Entonces ¿de que se trata? ¿Piensa sobornarme? ¿Va a ofrecerme un poco de su lujo para tenerme contento cuando debería haber recibido la misma educación que ustedes y disfrutado de su dinero?
—Oh, por el amor de Dios, inspector —intervino Hinata—. Su padre se portó mal y ahora quieren arreglarlo. No van a ofrecerle falso afecto, pero al menos intentarán hacer lo correcto.
—Todos odiamos a nuestro padre más de lo que jamás podría imaginar — informó Menma—. A usted le abandonó, pero nosotros tuvimos que vivir con él.
—Es a su padre a quien odia —dijo Hinata—. No le culpo, la verdad. A mí misma me gustaría poder tener quince minutos a solas con él para ponerle los puntos sobre las íes.
—No, no te gustaría —afirmó Yahiko, acercándose también al aparador—.Créeme.
—Está muerto y enterrado; ya no puede hacer daño a nadie —comentó Hinata—.¿Para qué recordar todas sus maldades?
—Está usted tratando de engatusarme, milady. Pero ya ha unido su suerte a la de ellos, ¿por qué debería dejar que me convenciera?
Naruto levantó de nuevo la cabeza.
—Porque tiene razón. Nuestro padre está muerto y enterrado. Nos hizo sufrir a todos y no deberíamos permitir que siguiera haciéndolo desde la tumba. Hinata y yo volveremos a casarnos en mi casa en Escocia dentro de unas semanas. Todos nos reuniremos allí de nuevo, a partir de entonces no volveremos a recordar a papá.
Hinata le miró con ojos brillantes como estrellas.
—Comprendes por qué te amo tanto, Naruto MacUzumaki.
Naruto no tenía ni idea de qué era eso que a ella le parecía tan importante y no respondió. Los demás comenzaron a hablar a la vez. Naruto les ignoró, abrazando a Hinata. Deseaba con todas sus fuerzas estar a solas con ella, pero no quería hacerle daño. El calor y el perfume de su esposa ahogaba todo lo demás, la necesitaba.
—¡Por todos los demonios! —exclamó Fellows—. ¡Están todos locos!
—Y usted es uno más —replicó Nagato con una mueca de desagrado—. Hay que tener cuidado con lo que se desea.
Yahiko soltó una carcajada.
—Nagato, dale al pobre hombre una copa, parece a punto de desmayarse.
—Tendrá acento escocés antes de que se dé cuenta —bromeó Menma—. Pero no se preocupe, Fellows, a las mujeres les gusta.
—Santo Dios, no…
Konohamaru se rio entre dientes.
—Querrá decir, och, noe…
A Menma y a Yahiko les dio un ataque de risa.
—Creo que deberíamos celebrarlo —gritó Konohamaru—. Con un buen trago de whisky, ¿no crees, papá?
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Una semana más tarde, el carruaje ducal dejó a Naruto y a Hinata, junto con Shino y Sâra, en la estación Euston para tomar el tren hacia el norte. Los demás MacUzumaki y Sumire prometieron que se desplazarían a Escocia unas semanas más tarde para asistir a la elaborada boda que él había prometido a Hinata.
Había comenzado a llover e Naruto estaba ansioso por regresar a los vastos espacios escoceses. Ya en la estación, mientras Shino conseguía los billetes y tras acomodar a Hinata en la sala de espera de primera clase, vio que Nagato le aguardaba en el andén, bajo la lluvia.
La niebla cubría los hombros de su hermano, envolviéndole como si le apartara del resto del mundo. Muchos giraban la cabeza hacia él y se le quedaban mirando como si reconocieran al poderoso y famoso duque de Rasengan.
—Quiero hablar contigo antes de que te vayas —le pidió Nagato con rigidez—.Has estado evitándome.
—Sí. —No le gustaba la furia que le invadía cada vez que se encontraba a solas con su hermano mayor, así que había buscado la manera de que no se quedaran nunca solos.
Nagato intentó apartarle de la multitud que se arremolinaba en la estación, pero él permaneció tercamente en medio del andén mientras la gente pasaba a su alrededor.
—Tienes razón en que soy un bastardo cruel y manipulador. Ni siquiera llegué a imaginar que llevabas cinco años tratando de protegerme —vaciló, apartando la mirada como hacía siempre Naruto antes de continuar—. Lo siento.
Naruto estudió el vapor que emanaba del tren y subía al andén.
—Lamento la muerte de la señora Palmer. —Se fijó en cómo se hinchaba una voluta blanca antes de evaporarse—. Ella te amaba, pero tú a ella no.
—¿Qué quieres decir? Fue mi amante durante años. ¿Realmente piensas que su muerte no me afecta?
—Sí, la echarás de menos y te preocupabas por ella, pero no la amabas. —Miró a Nagato, sosteniéndole la mirada durante un breve instante—. Ahora conozco la diferencia.
A Nagato le palpitó un músculo en la mandíbula al oír aquella respuesta.
—Maldito seas, Naruto. No, no la amaba. Sí, me importaba, pero eso no impidió que la utilizara y, antes de que me lo recuerdes, sí, también utilicé a mi mujer. Y las dos lo pagaron con creces. ¿Quieres hacerme sentir culpable?
—No lo sé.
Naruto estudió a su hermano, atisbando por primera vez tras la severa y fría fachada que mostraba al mundo. Vio a Nagato, el hombre que tenía su mismo apellido y que se angustiaba y enfadaba igual que él.
Naruto le puso la mano en el hombro.
—Creo que deberías haberte casado con Eleanor hace muchos años. Tu vida habría sido mucho más feliz —aseguró Naruto.
—Mi sabio hermano pequeño. No sé si recuerdas que fue Eleanor quien me dejó plantado. Sin remisión.
Naruto encogió los hombros.
—Deberías haber insistido. Hubiera sido mejor para los dos.
—Puedo manejar a la reina de Inglaterra. Puedo manipular al primer ministro Gladstone. Incluso puedo conseguir que la Cámara de los Lores vote lo que a mí me conviene —Nagato negó con la cabeza—, pero no puedo conseguir que lady Eleanor Ramsay haga lo que yo quiero.
Naruto se encogió de nuevo de hombros y le apartó la mano. Sus pensamientos ya habían olvidado a Nagato y a sus problemas; se habían centrado en que Hinata le esperaba en la cálida sala de espera.
—Tengo que subir al tren.
—Espera un momento. —Nagato le bloqueó el paso. Eran de la misma altura y sus rostros quedaron a la par, aunque Naruto desplazó la mirada hasta el pómulo de su hermano—. Quiero decirte algo más. Hinata también tenía razón con respecto a otra cosa. Te he utilizado sin pudor, pero hay algo más. —Nagato le puso las manos en los hombros—. Te quiero, no me da vergüenza decirlo. No te saqué del sanatorio sólo para que me ayudaras en mis asuntos; lo hice porque no soportaba que siguieras en ese infierno; quería ofrecerte la posibilidad de vivir una vida normal.
—Lo sé —dijo Naruto—. Yo tampoco te ayudo porque me lo órdenes.
Vio que a Nagato se le humedecían los ojos y, de repente, se vio atrapado en un abrazo de oso. La gente pasaba junto a ellos mirándoles, sonriendo o arqueando las cejas.
Naruto le abrazó a su vez, apretando los puños contra la espalda de su hermano. Se soltaron al mismo tiempo, pero Nagato le agarró por los brazos.
—Ve con Hinata y sé feliz. Todo ha acabado.
Naruto lanzó una mirada por encima del hombro y observó que Shino abría la puerta de la sala de espera para que saliera su esposa. Ella le miró y sonrió.
—Quizá haya acabado para ti, pero para mí está a punto de empezar.
Nagato pareció sorprenderse, pero luego asintió con la cabeza al ver que Hinata se acercaba a ellos con las manos abiertas y una sonrisa sugerente en la cara. Al llegar a su lado, Hinata se giró y le dio a Nagato un beso en la mejilla para despedirse, luego se agarró del brazo de su marido y permitió que la escoltara hasta el tren.
Ya dentro del compartimiento, Shino se aseguró de que disponían de todas las comodidades necesarias para el largo trayecto hacia el norte hasta que Naruto le ordenó que saliera. La lluvia vespertina hacía que el cielo estuviera todavía más oscuro. Hinata se acomodó sobre los cojines y observó cómo Naruto cerraba bruscamente las cortinas impidiendo la vista de la oscuridad exterior.
El tren emitió un pitido, siseó el vapor y la enorme máquina se puso en movimiento con una sacudida. Naruto se apoyó contra el cristal mientras se alejaban de la estación.
Hinata suspiró entre los cojines.
—Sería mucho esperar que Shino se hubiera acordado de dejarme un libro o algo por el estilo —se quejó—. Ojalá hubiera traído mi costura.
—¿Por qué?
—Porque tú te vas a poner a dar vueltas de un lado a otro y necesito entretenerme en algo.
—No voy a pasearme por el tren —respondió Naruto, cerrando bruscamente el pestillo de la puerta—. Tú estás aquí.
—¿Quieres decir que te quedarás conmigo? ¿Sin nadie que nos acompañe?
A pesar del interludio en el dormitorio el día en que salió a la luz el secreto de Fellows, Naruto había seguido manteniéndose a distancia.
—Tengo que hacerte una pregunta.
Hinata estiró el brazo sobre el asiento adoptando una pose que esperaba fuera provocativa.
—¿De qué se trata, marido?
Naruto se inclinó sobre ella, abrumándola con su cuerpo, y apoyó las manos en el respaldo a ambos lados de su espalda.
—¿Te amo?
A Hinata le dio un vuelco el corazón.
—Menuda pregunta…
—Cuando estuviste tan enferma después de que la señora Palmer te hiriera, supe que me moriría si te perdía. No quedaría nada en mi interior, sólo un agujero.
—Exactamente lo mismo que hubiera sentido yo si el inspector Fellows te hubiera llevado a la horca o te hubieran devuelto al sanatorio —dijo Hinata con suavidad.
—Jamás había sentido algo semejante. Es como si se unieran el miedo y la esperanza, el calor y el frío.
—Lo sé.
Él le encerró la cara entre las manos.
—No quiero hacerte daño. No quiero lastimarte nunca.
—Naruto, tú no eres como tu padre. Por lo que has contado, te aseguro que no te pareces a él. Escapaste de Sally en vez de lastimarla. Protegiste a Nagato de Fellows y también hiciste lo que pudiste con Lily. Tu intención ha sido siempre ayudar a la gente, no le has hecho daño a nadie.
Él se incorporó en silencio y la miró como si dudara entre creerla o no.
—Tengo la furia en mi interior.
—Pero sabes controlarla. Tu padre no sabía. Ahí radica la diferencia.
—¿Cómo puedo estar seguro?
—Confía en mí. Tú mismo has dicho que él les causó mucho sufrimiento a ti y a tus hermanos, que necesitaban poner fin a todo eso. Olvídate de él.
Naruto cerró los ojos. Hinata leyó en su cara las emociones que le atravesaban: incertidumbre, obstinación, el absoluto dolor con el que llevaba tanto tiempo viviendo. Él no siempre lograba expresar sus emociones, pero ella sabía que eso no quería decir que no las sintiera intensamente. Cuando abrió lentamente los ojos, clavó en ella la mirada. Se la sostuvo con firmeza, sin parpadear ni mirar a otro lado.
—Te amo —dijo sencillamente.
Hinata contuvo el aliento y, de repente, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Te amo —repitió Naruto. Siguió clavando en ella las pupilas con una intensidad que ni Nagato podría superar—. Te amo, te amo, teamo, teamo, teamo, teamo, teamoteamoteamoteamo…
—Naruto… —Hinata se rio.
—Te amo —murmuró contra sus labios, en su cara, en la curva del cuello—. Te amo.
—Yo también te amo. ¿Lo vas a decir durante toda la noche?
—Lo repetiré hasta que esté tan duro en tu interior que no pueda hablar.
—Supongo que podré resistirlo. Puede que me resulte algo difícil, aunque no me importará comprobarlo.
Él hizo una pausa.
—¿Estás bromeando?
Hinata se rio hasta que se cayó del asiento, pero cuando aterrizó en el suelo, Naruto se dejó caer a su lado.
—Sí. Estaba bromeando. —Le cogió de las solapas—. Definitivamente, creo que se hace necesaria un poco de carnalidad. Quizá deberíamos decirle a Shino que nos prepare la cama.
Naruto se puso en pie con prontitud, lanzó los cojines al otro asiento y desbloqueó los ganchos para convertir el lugar en una cama.
—No necesito a Shino.
—Ya veo.
Naruto acabó de asegurar bruscamente el lecho. Luego levantó a Hinata y la puso sobre el colchón. Le desató los botines con bruscos tirones antes de desabrochar lo más rápido que pudo la ropa de viaje.
Unos momentos después, Hinata estaba desnuda bajo el frío aire nocturno. Se llevó una mano a la cabeza, exhibiendo los pechos ante la mirada de Naruto, que era tan caliente como una manta. Se arqueó, apoyando el pie en las sábanas de tal manera que él pudiera ver el lugar entre sus piernas. Era una sensación excitante y embriagadora provocar de esa manera a Naruto MacUzumaki, dejándole ver lo que iba a disfrutar.
—¿Todavía me amas? —le preguntó—. ¿O es sólo deseo?
—Las dos cosas.
Naruto se arrancó la chaqueta, la corbata, el cuello rígido y el chaleco con bruscos movimientos, y desabrochó los puños y la pechera de la camisa antes de que ella pudiera parpadear. Hinata observó la «V» de vello del torso de Naruto, y luego los muslos firmes cuando se quitó los pantalones y los calzoncillos. La camisa fue lo último en desaparecer. Miró fascinada cómo ondeaban los músculos cuando tiró la prenda a un lado.
Naruto no le dio tiempo a disfrutar lo que veía. Se subió a la cama y se acercó a ella.
—¿Quieres carnalidad? —repitió.
Hinata supo que aquél no era el momento más adecuado para bromear.
—Sí. Ahora. Por favor.
Naruto le deslizó la mano entre las piernas, esparciendo la humedad que encontró a su paso.
—¿Me amas?
—Sí, te amo, Naruto.
Él retiró los dedos y los lamió uno por uno.
—No hay sabor mejor que éste.
—¿Mejor que el whisky de malta de los MacUzumaki?
—Prefiero tu sabor al del whisky.
—¿Siendo escocés? Debes de estar enamorado.
—Sí.
Hinata apretó los labios temblorosos cuando él inclinó la cabeza y comenzó a lamer entre sus piernas. La saboreó con los ojos cerrados antes de comenzar a chupar meticulosamente. El tren traqueteaba con un ritmo constante, pero le pareció como si el compartimiento comenzara a dar vueltas.
—Naruto, por favor.
Él se apoyó sobre manos y rodillas otra vez, su rígido miembro apuntaba hacia ella.
—Ábrete para mí.
Naruto no esperó, no fue lento. Le alzó las caderas con mano firme y se sumergió en ella por completo. El tren pasaba sobre un puente en el momento en que él comenzó a moverse apoyado en los brazos, con los músculos tensos y la piel brillante de sudor.
—Te amo —dijo con cada empuje—. Te amo, te amo, te amo…
—Naruto. —Él siguió embistiendo con dureza y rapidez, y ella se rindió a él, ardiente, húmeda y resbaladiza.
Las palabras se convirtieron en gruñidos y, muy pronto, los sonidos que ella emitía fueron igual de incoherentes. Él siguió moviendo las caderas, penetrándola cada vez con más fuerza.
Naruto se quedó inmóvil sobre ella de repente, con el pecho, caliente y resbaladizo de sudor, pegado al de ella. Él apretó los dientes y la miró fijamente.
—Te-a-mo.
El hombre que no era capaz de mirar a nadie a los ojos se entregaba a ella por entero, sin reservarse nada. Le ofrecía el mayor regalo del mundo, le regalaba su corazón. A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y no fue necesario nada más para que la atravesaran las primeras oleadas del éxtasis absoluto.
—Te amo, Naruto MacUzumaki.
Una embestida más, otra, y él echó la cabeza hacia atrás con los tendones del cuello totalmente en tensión. La inundó con su semilla y luego se dejó caer sobre ella para quedar enredados en una amalgama de brazos y piernas, de labios y lenguas.
—Mi Hinata —susurró él con cálido aliento sobre sus hinchados labios—. Gracias.
—¿Por qué? —Hinata no podía dejar de llorar, pero también sonreía.
—Por hacerme ser libre.
Hinata sabía que no se refería a que hubiera evitado que volviera al sanatorio. La besó otra vez, comiéndole los labios a bocados, hundiendo la lengua en su boca. Sus acalorados cuerpos seguían unidos y ellos no dejaron de acariciarse, de estrecharse, de tocarse.
—De nada —respondió ella.
Y FUERON FELICES
