Escalinata

.

.

.

Caras agrias, en sombra, el deseo encendió.

(Cuántos hijos tirados en paredes,

pañuelos, muslos, manos, por Dios!)

Jaime Sabines.

.

.

.

Afrodita deslizó la punta de los dedos por la espalda del amante inesperado, recorriendo hasta la curva de las nalgas, promontorios de lo divino, entre ellas un templo que le encantaría adorar. Ese griego era un hombre perfecto, desnudo, deseable en el tálamo del Strategos. Se sintió tan extasiado cuando las cosas se salieron de control en una discusión con el "Patriarca", cuando se negó a ejecutar una orden por fuerza de ser irracional, logrando que hombre perdiera sus santos cabales y saliera a la luz su —frunció la nariz— feo secretito, que lo llevó hasta esa cama, en un encuentro un tanto violento pero no menos agradable, porque había que confesarlo: a él le gustaba rudo…

.

—Saga... follas como los dioses… porque los hombres "muertos" no lo hacen así... —murmuró bajito, sólo para él y salió del lecho con los muslos adolorados.

.

Comenzó a vestirse para huir cuando lo escuchó balbucear cosas, perdido como estaba en los brazos de Oneiros. Intrigado, se inclinó hasta el rostro velado por el cabello que a veces parecía ceniciento:

.

—Aioros se la llevó consigo... —susurró iracundo. —A Atenea la condenaremos nosotros por impostora… —se respondió a sí mismo con voz ronca, desagradable. —Provocaremos una guerra… y perecerán muchos… sobrevivirán sólo los más fuertes… —concluyó siniestro. —La Tierra será nuestra…

.

El sueco estaba tan sorprendido de haber escuchado aquello que no pudo sino retirar los largos mechones de cabello que cubrían el rostro del griego para cerciorarse de quién era la persona con la que yació. El rostro de Saga mostraba un delirante rictus de dolor. Sus ojos temblaban bajo los párpados y sus labios seguían moviéndose ininteligiblemente.

.

Daba vueltas a la información, calculaba las posibilidades: si Atenea no estaba en el Refugio, todos ellos estaban bajo el comando de Saga, una fuerza bélica incomparable, y si él estaba del lado del Arconte de Géminis… bueno… eso ya sería una ventaja… también podría traicionarlo y tener otra tipo de ventaja. De pronto una garra fuerte apresó su brazo. Descubierto en maquinaciones retorcidas Afrodita clavó sus ojos azul imposible en los del amante que se había incorporado y al parecer leía su mente. La mirada de Saga podría congelar la sangre a cualquiera, incluso él que estaba tan lejos de ser cualquiera se sintió incómodo.

.

—Estoy contigo… de su lado, Patriarca... —las palabras salieron de su garganta seca, casi paralizado.

.

No obtuvo respuesta alguna, Saga seguía estrujándolo dolorosamente, creyó que le rompería el brazo. No entendía cuál era el problema: una vez que él se decantaba por una opción, no la abandonaba jamás.

.

—Demuéstralo.

.

—Suéltame…

.

La cuestión es que no lo soltaron, lo arrastraron al lecho una vez más y lo hicieron azotar el colchón una vez más, sus gemidos podían escucharse entre las columnas y los techos, no todos fueron necesariamente de placer, pero no podía quejarse, aunque con cierta rudeza simplista se había corrido como orate en las sábanas blancas. Consiguió salir ileso de la cámara privada del Patriarca con una sola encomienda: demostrar su lealtad.

.

Por supuesto, lo haría a su manera, y sería un breve recordatorio del pacto entre ambos.

.

Bajó las escaleras hasta llegar a su templo, el último bastión que ocultaría el feo secretito del Patriarca y la ausencia de la diosa. Encendió su cosmos, poco a poco en las escalinatas camino a la cámara del Pontífice comenzó a crecer un arbusto espinado, salvaje, violento, terrible, cual si se tratara de un cuento de hadas.

.

Detrás de la máscara que a veces parecía ahogarlo, Saga observó todos los días aquel espectáculo tenebroso sin entender en qué le beneficiaba un maldito arbusto. Afrodita todos los días picaba las puntas de sus dedos con una aguja muy fina y regaba gotas de sangre en el nacimiento de los arbustos. Varias semanas más tarde, justo cuando estaba pensando en deshacerse del sueco, antes de que se le ocurriera abrir la boca con alguno de los otros dorados, en la noche, las rosas florecieron llenando el pasaje, la explanada de su templo y su habitación con aroma a rosas y un escondido dejo de amargura y veneno.

.

Esa noche Afrodita volvió a su cama a azotar el colchón y, antes de marcharse, dejó una de las rosas recién florecidas en la mesita al lado de su cama.

.

A la mañana siguiente, Saga no necesitó acercarse a olerla para saber que estaba envenenada. Sonrió. Entendió claro el mensaje del sueco, su lealtad era de una deliciosa locura y le había ganado el perdón para su vida.

.

.

.

FIN