Buenas, este es mi primer intento escribiendo una historia mas o menos larga así que probablemente no sea para nada una maravilla, así que si de igual forma ésto te llamó la atención y decidiste darle una oportunidad ¡Gracias!
Voy a intentar subir un capítulo todos los sábados de ser posible, deja un review si te apetece ya que me interesa saber lo que piensen y nada, los dejo con el prólogo. ¡Nos leemos!
Aclaración: Esta historia transcurre como si Voldemort hubiera muerto definitivamente esa noche que atacó a Harry y a sus padres, es decir no hay segunda guerra mágica.
Disclaimer: Mundo, personajes y todo lo reconocible se encuentran bajo la propiedad de J.K Rowling.
3 meses antes
Draco Malfoy observaba la tumba frente a si con parsimonia, no sabiendo que sentir y sintiéndose culpable por ello. Al fin y al cabo era su padre. Uno no muy bueno y nada paternal, pero padre a fin de cuentas.
Lucius Malfoy había muerto en Azkaban luego de ser sentenciado al beso del dementor, pagando así sus crímenes contra la comunidad mágica y sus crímenes de odio en general, todos cometidos bajo las órdenes del ahora derrotado señor tenebroso.
Draco no lloró cuando se enteró de la sentencia, de la misma forma que no lo hacía en ese momento. Pero su madre era otra historia.
Ella lo había amado con toda la pasión que una mujer de su altura y clase social podía permitirse.
Draco nunca había visto a su madre desmoronarse como aquel día, había llorado en brazos de su hijo hasta la última lágrima, para luego erguirse con su característica aristocracia y cubrir su rostro con una máscara de indiferencia.
Pero Draco sabía que su madre sufría por dentro.
Los Malfoy nunca fueron una familia cariñosa, ni de demostrar ninguna clase de emoción en realidad. Los pocos retazos de felicidad de Draco se remontan a su niñez, cuando su madre lo consolaba tras caerse de su escoba y le hacia creer que estaba a salvo de todo. Falsa ilusión.
—Él te quería ¿Sabes?
El caminar de Narcissa Malfoy era tranquilo y casi imperceptible, por lo que Draco no se sorprendió de ver a su madre parada a su lado, con la ligera brisa que azotaba la mansión Malfoy corriéndole mechones del rubio cabello hacia atrás.
Sin mirarla contestó:
—No era muy bueno demostrándolo.
Draco la vió voltear la cabeza para mirarlo desde el rabillo del ojo.
Con una mano, Narcissa tomó la mejilla de su hijo y lo hizo voltear para que la viera a los ojos.
Draco vió el dolor reflejado en aquella mirada brillosa.
—No seas duro con tu padre Draco. No ahora.
A Draco le hubiera gustado responder muchas cosas; como que Lucius si había sido duro con él, y muchas veces cruel sin miramientos. Pero sin ánimos de incordiar a su madre, decidió morderse la lengua.
—¿Querias decirme alguna otra cosa madre?— Inquirió Draco cambiando de tema.
Con un suspiro, la mujer redirigió la mirada a la tumba de su esposo.
—No puedo seguir viviendo en esta casa, hijo.
Draco no apartó la mirada de su madre. La confusión tiñendo su semblante.
—¿De que hablas? ¿Nos vamos?
Narcissa se volvió lentamente y lo enfrentó.
—No, Draco—La emoción se adueñó de su mirada. Draco no había visto a su madre con los sentimientos tan a flor de piel nunca en toda su vida, no desde que su padre muriera. —Yo me voy.
Y con un beso en la mejilla y una disculpa susurrada, Narcissa Malfoy se desapareció ondeando su negro vestido en esa cálida tarde de junio.
*
Dos semanas después
Resulta, para fastidio de Draco, que su madre no lo había dejado sin más con la mansión Malfoy a su disposición, claro que no. Había hablado con su hermana Andrómeda, con la que no había tenido relación en años, y le había pedido que buscara a Draco luego de que ella se fuera y lo llevara a vivir con ella hasta que volviera.
Draco no estaba nada contento. Se había negado en redondo cuando esa bruja, su tía, con la que nunca había cruzado más de dos palabras, se presentó en su casa con órdenes expresas de su madre y un documento firmado por el ministerio en el que se afirmaba que Draco no podía vivir sin supervisión adulta hasta cumplir los 17 años, para lo que aún faltaba un año entero.
Frustrado y sin ganas de averiguar las consecuencias de oponerse a una orden del ministerio, Draco ordenó a los elfos domésticos que armaran sus valijas y se dispuso a acompañar a la irritantemente amable señora.
Dos semana después ya se encontraba instalado en una habitación de la pequeña casa de su tía, demasiado pequeña para su desgracia. Se encontraba a la mujer en todas partes, y la primera semana eso había sido extremadamente molesto, pero ahora debía admitir que se había acostumbrado un poco a la actitud hogareña de Andrómeda.
Draco suponía que la señora estaba algo sola luego de la muerte de su esposo y la partida de su hija, por lo que volcaba en él sus instintos maternales. Y que llegara a ese tipo de conclusiones era prueba de uno de sus mayores problemas: Estaba mortalmente aburrido.
Sus amigos de Slytherin estaban en sus lujosas vacaciones y se había quedado sin opciones. Patético.
Irritado, se levantó de su cama, salió de su cuartucho ubicado en el segundo piso y se dispuso a buscar algún libro que lo entretuviese al menos un poco.
Bajando las escaleras, sus pies lo llevaron al rinconcito de lectura en la habitación adyacente a la sala de estar, donde los libros estaban perfectamente colocados en estanterías que llegaban hasta el techo y donde había unos mullidos sofás de un color mostaza apagado, que para Draco eran de pésimo gusto, situados a unos pasos de ellas.
Draco observó de refilón la chimenea que en ese momento se hallaba apagada por el calor propio del verano, y lo invadió la repentina verdad de que aquel lugar que no estaba ni de cerca de igualar la magestuosidad de la biblioteca de la mansión Malfoy, si que era mil veces más acogedora y agradable. Pero dejaría de apellidarse Malfoy antes que admitirlo en voz alta.
Revisando entre los viejos tomos que, según su tía, habían pertenecido a su difunto marido Ted Tonks, encontró un libro de pociones con muy buena pinta.
A Draco nunca se le habían dado mal las pociones, de hecho era de sus asignaturas predilectas y disfrutaba bastante leyendo sobre el tema, por lo que, libro en mano, tomó asiento en uno de esos horrendos sofás y lo abrió en la primera página.
—El solía sentarse justo ahí, con ese mismo libro no hace mucho tiempo atrás.
Draco intentó disimular el susto de muerte que le había dado la bruja, y suspirando con hastío y sin cerrar el libro, levantó la mirada y la observó por entre sus pestañas.
—¿A si?—Respondió en un tono que denotaba que quería ser dejado en paz, pero si la mujer se dio cuenta no lo demostró. Internándose mas en el cuarto tomó lugar en el asiento vacío.
Al ver esto Draco volvió a cerrar el libro y lo apoyó sobre sus piernas. Sería imposible leer allí al parecer.
Antes de que el rubio se levantara dispuesto a volver a su cuarto, la mujer siguió hablando, a él o al recuerdo, no lo tenía claro.
—Yo me sentaba en este mismo sillón y lo observaba leer, la visión me maravillaba cada vez. Después de lo que nos costó estar juntos— Sacudió la cabeza—Quizás no podía creer que fuera mío.
Draco la observaba sin entender por que le contaba todo esto, ¿Qué parte de él daba a entender que le importaba una mínima lo que esta mujer tuviera que contar sobre su esposo muerto? Pero de igual forma, y sin saber por qué, quizás por educación, se quedó y escuchó.
Finalmente, la bruja volvió sus ojos a él.
—Es increíble. ¿No te has quedado alguna vez tan maravillado hasta al punto de quedarte sin palabras, por la simple visión de alguien?
Draco tenía la negativa en la punta de la lengua, pero sin su permiso se colaron recuerdos de cierto baile hacia dos años atrás, en el que cierta castaña de Gryffindor lo había dejado anonadado ante una belleza de la que el Slytherin nunca la había creido capaz.
Pero tan pronto llegaron esos pensamientos los apartó y los volvió a enterrar muy profundo en su memoria.
—No, claro que no.
