La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capítulo 2

El primogénito se llamaba Misuke. Tenía siete años y, como declaró orgullosamente, era mucho mayor que su hermano. Arashi tenía cuatro, dijo de mala gana Naruto Namikaze, aun cuando cuatro dedos regordetes se alzaron en confirmación de las palabras de su padre. El niño todavía conservaba un poco de la redondez de los bebés y le sonrió a Hinata con franca inocencia, seduciéndola con sus ojos azules y mejillas sonrosadas.

Hinata les ofreció leche en gruesas tazas de porcelana y una bandeja pequeña de galletas. Luego, los condujo al porche para que se sentaran. Arashi, aferrando con ambas manos la taza, bebió ávidamente la leche fresca y sonrió con la boca bordeada de blanco. Después, Hinata, al recordar la escena, sintió que un calor extraño la embargaba.

Al otro lado de la mesa, Naruto Namikaze se quitó el sombrero y se desabrochó la chaqueta, lo último como concesión al calor que reinaba en la cocina. Se había quitado el sombrero de ala ancha al inclinarse para pasar por la puerta, sujetándolo contra la pierna mientras aceptaba la silla que ella le ofrecía. Sus ojos escrutaron la habitación, deteniéndose en el hornillo, donde un pollo se cocía a fuego lento. Hinata lo había puesto al fuego antes de salir al huerto y ahora su aroma llenaba la cocina con una combinación de ajo y cebolla que despertaba el apetito.

Hinata, sin decidirse a romper el silencio, miró a Namikaze. Aquel hombre había invadido su territorio, por así decirlo. Que fuera él el primero en mover ficha. Con todo, una punzada de curiosidad acicateaba su interés mientras esperaba. ¿Qué era lo que había dicho? Que estaba buscando unos terrenos en los que invertir, probablemente querría comprarle la granja. Pero no... Tampoco era eso.

-Hinata, ¿no va a escuchar lo que este caballero tiene que decirle?

Ansioso, Iruka Umino habló desde la espalda de Naruto. También sujetaba el sombrero entre las manos y movía los dedos sobre el fieltro sin poder ocultar su agitación. Hinata asintió, mirando al reverendo y al hombre que se sentaba a su mesa.

-No creo que nos haga daño -contestó un tanto crispada.

En el mismo instante en que entró en su cocina, ella había sentido su presencia, aspirando su olor sutil, aquel olor almizclado, viril, a espacio abierto, que algunos hombres tenían. Se sentía involuntariamente atraída; los recuerdos que durante tanto tiempo había reprimido despertaron a la vida cuando ella se enfrentó a su presencia imponente al otro lado del mantel de hule.

-Soy Naruto Namikaze. Hasta ahora vivía en el sur de Sunagakure. Ya conoce a mis hijos, son la única familia que tengo. Mi esposa murió.

Naruto hizo una pausa y contempló las manos que ella había entrelazado sobre el hule de cuadros azules.

-He decidido que mis hijos necesitan empezar de nuevo y olvidar los malos recuerdos. Llevamos varias semanas por los caminos, deteniéndonos aquí y allá, buscando un lugar donde instalarnos.

Hinata miraba su boca mientras hablaba y entrevió unos dientes blancos y regulares tras aquellos labios llenos. Una línea delgada y lívida llegaba hasta el labio superior, una vieja cicatriz. No era tan obvia como la otra, sino mucho más reciente y era la que podría haber estropeado su atractivo masculino, aunque no fuera el caso.

-¿Y le parece que éste es el lugar adecuado? - habló ella, sin apenas inflexión en la voz.

Naruto presentía su renuencia, la había sentido desde el principio, cuando ella salió del manzanar caminando entre la hierba. Ahora, aquella animosidad se hallaba en pleno apogeo entre ellos, un instinto de auto-conservación femenino que impedía que ella lo aceptara sin reservas. Naruto no podía reprochárselo, pero el impulso de aprovechar la ventaja que suponía encontrarse en el interior de la casa era lo prioritario en su mente.

Para él, conducir el carro hacia la casa había sido como regresar al hogar. Era una construcción de dos pisos, deteriorada en las esquinas, aunque de contornos airosos. Había sentido una atracción hacia ella que no había experimentado en ningún otro sitio. Los altos arces levantaban sus copas protectoras por encima de la casa, las hojas que empezaban a enrojecer le habían dado la bienvenida. Al contrario de la mujer, que lo había saludado irritada con su presencia.

Los había inspeccionado, a él y a sus pertenencias, con ojos recelosos y sólo se había mostrado un poco más humana al ver a los niños. Con todo, había sido más que generosa con ellos, ofreciéndoles leche y galletas que a él le hacían la boca agua. La mujer era fuerte, pero esbelta de cintura, cuya estrechez remarcaba el delantal y sus pechos eran abundantes. A Hinata Hyūga se la podía describir como muy femenina. Además tenía un nombre bonito. Lo único que le cabía esperar era que fuera todo lo razonable que debía serlo una mujer en sus circunstancias.

Mientras hacía una mueca, decidió que su actitud hacia él podía describirse como irritada y beligerante. Quizá no fuera en absoluto receptiva a su propuesta. Y ésa era la única palabra que se le ocurría para calificar el trato que estaba a punto de poner sobre la mesa.

-Usted cultiva manzanas, señorita Hyūga. Naruto hizo un gesto hacia el frutero rebosante que había sobre el aparador. La piel rubicunda de aquella variedad brillaba bajo el torrente de sol que entraba por la ventana.

-Yo las recojo -puntualizó ella-. Crecen ellas solas, con la ayuda del Señor. Naruto ladeó la boca, esta vez en una mueca de humor.

-Estoy de acuerdo. Me he dado cuenta de que la mayoría de los granjeros se consideran colaboradores del Todopoderoso. Sin embargo, parece que no siempre cuida de sus asuntos, como, por ejemplo, con el tiempo seco que hemos tenido este año.

-La agricultura es un juego de azar -repuso ella-. Pero las manzanas es un cultivo bastante seguro. Procure poner una colmena cerca y ellas se cuidarán solas, una vez que las flores hayan caído y el fruto empiece a crecer.

-¿No se ocupa ya de los cereales?

-El heno está listo para la última siega -dijo ella, encogiéndose de hombros-. El señor Akimichi, el molinero, hizo un trato conmigo la última vez. Ahora será lo mismo, espero. Tengo ochenta y seis acres, cincuenta de pastos para el ganado. Mantengo algunas vacas junto al granero. Mi padre valló una parcela de diez acres y me siento mejor teniéndolas cerca ahora que se aproxima el invierno.

-¿Cuántas cabezas tiene?

-No quedan muchas en el pastizal, además del toro. Vendí los novillos el mes pasado.

-Eso no me dice mucho -dijo Naruto, meneando la cabeza.

-Sólo ordeño seis vacas -dijo ella, la exasperación patente en su voz-. Tengo más que no producen y que deben parir en primavera. ¿Por qué lo pregunta?

-Quiero hacerle una proposición, señorita Hyūga

Hinata aguardó. Se fijó en el ligero ceño que arrugaba su frente, en el temblor de un párpado mientras se erguía en la silla. Naruto cruzó los brazos sobre el pecho en un gesto que Hinata presintió como algo característico en él, como si levantara una muralla su alrededor. Ella también enderezó más la espalda, negándose a darle ánimos con sus palabras.

-Llevo algún tiempo buscando una granja en la que invertir, aunque debe tratarse de una situación muy especial para que pueda rendirme beneficios. Había pensado en contratar a una mujer para que viviera con nosotros y se ocupara de los niños y de la casa.

Namikaze alzó un hombro, indicando que hasta ese momento sus esfuerzos no habían dado resultado.

-Cuando su reverendo me habló de esta casa, pensé que merecía la pena echar un vistazo. Pero luego añadió que usted no quería marcharse ni vender la propiedad.

Hinata asintió con un solo movimiento de cabeza. Por lo visto, al fin había conseguido meter en la cabeza a la gente de la ciudad que estaba decidida a quedarse. Al menos el predicador sí había captado el mensaje. Una risilla subió a su garganta y tuvo que bajar la cabeza para refrenarla antes de que se le escapara.

Naruto Namikaze se levantó de la silla, se acercó al fogón y levantó la tapa de la olla para echar un vistazo al guiso. El vapor se alzó, un suculento aroma a pollo tentó sus sentidos. Volvió a tapar la olla y lanzó una mirada de soslayo hacia Hinata.

-¿Le gusta cocinar?

Sin aguardar una respuesta, fue a la puerta a ver qué hacían los niños y volvió a la mesa. Apretaba los labios, proyectando hacia afuera el inferior, como si estuviera considerando lo que debía decir a continuación.

-¿Ha pensado en casarse, señorita Hyūga?

Hinata arqueó las cejas al tiempo que sus ojos se dilataban. Si se había creído inmune a toda sorpresa, Namikaze acababa de hacer añicos su teoría.

-Últimamente no.

Era un cálculo a la baja, como poco. Más adecuado habría sido decir que nada en absoluto. Al menos, en los últimos diez años.

-Lo que tengo en mente es un acuerdo de negocios -dijo él con tranquilidad, volviendo junto a su silla.

La enderezó con un movimiento rápido y se sentó en ella con las manos apretadas sobre los muslos.

-Yo estaría dispuesto a pagar su hipoteca...

-¿Por qué piensa que la tengo? -lo interrumpió ella.

Namikaze la miró y vio el rubor que afloraba a sus mejillas.

-Lo siento. Me temo que anoche interrogué en demasía a su reverendo. Cuando me habló de su casa, de la situación en la que usted se encuentra, le hice muchas preguntas. Por lo visto, la gente de la ciudad está al tanto de sus circunstancias, de los apuros que pasa tras la muerte de su padre y de su necesidad de ayuda para mantener esta propiedad. No es ningún secreto que su padre...

Las mejillas le ardían de vergüenza y ultraje y le hizo callar con un gesto de la mano.

-No tiene ningún derecho a entrometerse en mis asuntos. Ni siquiera me conoce -clamó antes de volverse hacia el reverendo que se había atrincherado en un rincón, cerca de la ventana-. ¡Y usted! Usted no tiene derecho a contarle mis problemas al primero que pasa. ¡A un completo desconocido! ¿Cómo ha podido ser tan... tan...?

Su voz se quebró y a punto estuvo de balbucear de dolor mientras se enfrentaba al clérigo que la había traicionado.

-¡Mi querida Hinata! Sólo pensaba en ayudar. El señor Namikaze trae cartas de recomendación de los banqueros y reverendos de su ciudad natal. Su búsqueda es legítima y mi única intención fue prestar la ayuda que fuera necesaria.

El reverendo Umino estaba turbado por su acusación, la consternación era evidente en su cara juvenil.

-Ha sido culpa mía, señorita -dijo Namikaze-. No tenía que haberme dado tanta prisa en revelar que conocía su situación. Sólo pensaba exponerle mis intenciones para que las considerara. He venido para proponerle matrimonio, señorita.

-¡Matrimonio! ¿Casarme con usted?

Hinata estaba horrorizada. Aquel hombre era un extraño que en menos de quince minutos le había propuesto hacerse cargo de su hipoteca y casarse con ella por añadidura. Naruto asentía.

-Sería un trato de negocios. Yo necesito que alguien cuide de mis hijos y les haga sentir lo que es un hogar. A la larga, casarnos sería mucho mejor que contratar una aya.

Hinata resopló sin preocuparse por las buenas formas.

-Lo que quiere decir es que yo no podría dejar de trabajar aunque estuviera hasta el moño, ¿no?

Namikaze no pudo evitar una sonrisa ante su forma de expresarse.

-Supongo que es una manera de decirlo -dijo amablemente.

-¡Esto es ridículo! -exclamó ella, sacudiendo la cabeza-. No tengo intención de casarme. ¡Jamás!

-¿No le gustan los hombres?

Era una pregunta sencilla, pensaba él. Y si la respuesta no era de su gusto, se pondría en camino de inmediato. Sin embargo, Hinata estaba desconcertada, la pregunta había dispersado sus ideas. ¿Qué quería decir?

-¿Qué tienen de bueno los hombres? Les encanta meterse en líos, que les traten como a nobles y malgastar el tiempo en la taberna.

-¿A todos? -insistió él alzando las cejas-. Quizá se haya relacionado con la clase equivocada de hombres, señorita Hyūga.

Hinata cedió un poco, reconociendo que se había precipitado.

-Mi padre no fue el mismo en estos últimos años. Quizá esté resentida por su comportamiento -dijo a regañadientes.

-Todavía quedan hombres buenos -aventuró el reverendo desde su rincón.

-Sí, conocí algunos en mi época -admitió antes de contemplar a Namikaze con una mirada cautelosa-. Aceptaré la palabra del reverendo sobre su reputación, pero no estoy interesada en casarme.

Namikaze asintió educadamente.

-Quizá si le explicara detalladamente mi idea, podría considerarla más despacio

-dijo mientras miraba al clérigo-. ¿Le importaría dejarnos a solas unos minutos, señor? Creo que esta conversación ha de ser reservada.

Iruka Umino asintió de buen talante y salió al porche. Naruto se inclinó sobre la mesa y contempló a Hinata de cerca. Si ella quería, podía ponerlo de patitas en la calle, pero merecía la pena intentarlo. El recuerdo de la primera vez que había divisado la casa y a aquella mujer hacendosa que luchaba por mantenerse a flote le proporcionó el ímpetu preciso para decir lo que pensaba.

-Podría ser un buen acuerdo, señorita Hyūga. Estoy dispuesto a asumir cualquier carga financiera que usted pueda tener a cambio de la propiedad compartida de la granja. Usted cuidaría de los chicos y de la casa y se ocuparía de las tareas que quisiera. Yo me encargaré de que esto marche mejor de lo que ha funcionado nunca, y lo haré bien. No le daré motivos para que se avergüence de mí. No bebo y no persigo a las mujeres. No esperaré que comparta mi cama ni le pondré la mano encima cuando me enfade.

Los ojos grises de Hinata parpadearon, se dilataron y volvieron a parpadear.

-¡Vaya!

Pronunciada con énfasis, aquella palabra vibraba de significado. Tenía las ideas revueltas, pasmada con aquella lista de reglas y normas para regular el matrimonio que él le proponía.

-Pero dígame, ¿qué espera de una esposa, señor Namikaze? -preguntó al final.

Si aquel hombre no quería una mujer en su cama, tampoco se iba a conformar con una simple aya cuando todo estuviera dicho y hecho.

-Tengo dos hijos, señorita. No me hacen falta más, sólo necesito que estos dos estén bien alimentados y vestidos, y que vayan a la escuela como es debido.

-¿Y no necesita nada para sí mismo?

Un ligero rubor se extendió por sus mejillas, acentuando la cicatriz.

-Necesitaría que alguien me preparara la comida y se ocupara de lavar y planchar mi ropa. Ya he ido a la escuela.

-¿Me está diciendo que no necesita una mujer? -insistió ella, inclinando hacia un lado la cabeza.

-Si no es de buen grado, no.

Hinata alzó la mirada lentamente, como si le resultara doloroso enfrentarse a él, aunque sabía que debía hacerlo.

-Pues yo no acepto de buen grado y creo que nunca lo aceptaré. Nunca he tratado de casarme.

-De acuerdo -dijo él, asintiendo despacio-. Puedo admitirlo.

La visión de las cajas rebosantes de manzanas que la esperaban en el huerto estalló en su mente. Pensó en las vacas, ansiosas de que las ordeñaran noche y día. En el campo de heno, que aguardaba la segadora y en las miradas especulativas que le lanzaban los hombres de la ciudad, sabiendo que era una mujer soltera y sola.

Unas imágenes de Naruto Namikaze, alto y robusto, trabajando en el huerto, sembrando y segando, haciendo tratos con el tendero y con el molinero, pasaron, raudas y profusas, por su mente. Miró aquellas manos de venas prominentes, anchas y capaces, con las uñas limpias y los dedos largos y rectos. Tendría que verificar sus cartas de recomendación, pero sabía instintivamente que era un hombre de honor. Pero, por qué estaba tan segura, no acertaba a explicárselo. Había algo en él, su dignidad innata, sus modales caballerosos, su mirada orgullosa, su preocupación por los pequeños que manejaba con mano suave, hablaban de un hombre en quien se podía confiar.

-Le daré mi respuesta mañana.

Era más de lo que él había esperado. El pastor le había advertido que Hinata era una mujer muy obstinada, que había rechazado numerosas propuestas de compra y que la gente de los alrededores la consideraba una solterona. Esperaba encontrarse con un ejemplo de mujer seca y amargada. Se había preparado para echarle una ojeada y marcharse de allí, si los años de vida dura que soportaba la habían convertido en una persona poco atractiva para sus propósitos.

Ninguna de aquellas dos cosas había resultado ser cierta. Al contrario, descubría una mujer esbelta y resuelta que había tenido que someterse a los sucesos de la vida y, no obstante, se las había arreglado para superar los problemas en que la había sumido la muerte de su padre. Descubría una mujer con fuerza y coraje, dispuesta a trabajar hasta el agotamiento con tal de conservar su granja. Una mujer que merecía algo mejor que lo que le había deparado el destino.

-Mañana -repitió él con firmeza-. Y, mientras tanto, ¿podemos pasar la noche en su granero? Me evitaría tener que volver a la ciudad.

Hinata lo contempló un momento, sus ojos azules escondían toda emoción y sólo dejaron entrever una débil aprobación cuando le sostuvo la mirada. Llevaba el pelo dorado echado hacia atrás, descubriendo una frente ancha, bronceada por el sol. Parecía que no llevaba siempre el sombrero. Su mandíbula era cuadrada y decidida, la nariz un tanto torcida y prominente, aunque en absoluto desproporcionada en un hombre de su envergadura. Podría considerársele guapo, o al menos atractivo, decidió. Supuso que si una mujer buscaba marido, él sería un candidato probable.

-De acuerdo -dijo Hinata-. Puede usar el granero. Mañana le haré saber lo que he decidido. Namikaze dejó escapar el aliento en un suspiro silencioso.

-Gracias por su consideración. Ahora, voy a ocuparme de mis hijos.

Se levantó de la silla y ella lo imitó, de pie con la mesa por medio, volvió a tener conciencia de su altura, uno noventa por lo menos.

-No me importa compartir la cena con usted y sus niños. Namikaze titubeó en la puerta antes de volverse.

-Es muy amable por su parte -dijo mientras se encasquetaba el sombrero y se despedía con un gesto brusco de la cabeza-. Estaré en el granero.

Hinata lo siguió al porche y recogió las tazas de los niños. Los críos se las devolvieron con miradas tímidas y unas gracias desmañadas y torpes ante los apremios de su padre. Hinata les sonrió.

Brincaron por el patio junto a su padre mientras ella se apoyaba en un poste de la esquina para mirarlos. Eran como dos cachorrillos, juguetones y vivarachos. Él les hablaba en un tono tranquilo mientras caminaban y entonces, cuando llegaron a la puerta del granero, hincó la rodilla en tierra y les pasó un brazo por los hombros. Sus palabras hicieron que ambos asintieran y sus expresiones se volvieran serias. Hinata decidió que les estaba dando instrucciones para que se comportaran. Después, los niños y el hombre entraron en las sombras del granero.

Si se casaba con él... Aquella idea giró enloquecida en su mente. Si se casaba con él, aquellos niños serían suyos, con sus cabellos rubios y sus cuerpecitos fuertes y erguidos. Era un argumento de peso a favor de su propuesta, la alegría de cuidar a los niños que el destino le había negado. En realidad, hasta la misma idea de tener un hijo propio le había sido negada durante diez años. Nunca sería posible. Pero ahora, ahora podía cuidar de aquellas dos criaturas, quizá incluso ganarse su amor.

Una amarga punzada de arrepentimiento la llenó hasta rebosar. Bajó los escalones del porche para no exponerse a miradas indiscretas. Ahora no, no cuando los viejos recuerdos amenazaban con reventar el oscuro lugar de olvido al que los había desterrado para toda la eternidad.

-Tengo que marcharme, señorita Hinata.

La voz joven del reverendo penetró en sus pensamientos. Levantó la mirada para ver que ya había subido al caballo y sostenía las riendas.

-Estaré ansioso hasta que conozca su decisión. Con un gesto cortés, se llevó la mano al sombrero y volvió grupas.

Hinata lo vio alejarse, soportando el torbellino en que se habían convertido sus pensamientos. ¿Tendría tiempo suficiente hasta el próximo amanecer para decidir todo su futuro? Alzó los ojos hacia la colina que se levantaba cerca de la casa, donde una cerca baja cobijaba el cementerio familiar. Se levantó las faldas unos centímetros por encima de las hierbas y subió con facilidad a la colina para arrodillarse junto a la tumba de su madre.

Cortó un algodoncillo que había crecido hacía poco. Con los dedos pegajosos por el látex, se los limpió distraída en el delantal.

-Mamá, un hombre quiere casarse conmigo. Hablaba en voz baja, para sí misma. Empleaba mucho tiempo en aquellas conversaciones a solas con su madre, a quien había ayudado a enterrar diez años atrás. A veces creía oír una voz remota en su interior que repetía algunas de las consejas favoritas de su madre.

«Nunca ha de saberlo, mamá. Jamás se lo confesaré. Además, dice que no quiere una verdadera esposa, sólo alguien que cocine y que se ocupe de sus niños. Eso sí puedo hacerlo, ¿verdad?»

Se frotó los ojos, no quería derramar las lágrimas que siempre contenía hasta que llegaba a aquel lugar. Un sitio solitario en el que se encontraban enterradas las tres personas más importantes para ella. Había dos tumbas cuidadas con esmero y una tercera que sólo estaba señalada por un pequeño rosal. Y fue hacia ese lugar al que se dirigió sin hacer caso de las manchas de hierba en su vestido. Arrancó las dos últimas rosas, las últimas del verano, ya alcanzadas por las primeras heladas nocturnas del otoño.

-Niño mío, tu mamá...

La voz se le quebró al pronunciar las palabras que ningún otro ser humano había oído salir de sus labios. Y entonces, las lágrimas que sólo derramaba en aquel lugar volvieron a correr mientras acariciaba la tierra que cubría a su pequeño.