La Propuesta
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Capitulo 3
Para cuando terminó de lavarse los ojos con agua fría, cambiarse el vestido y recogerse el pelo en un moño respetable, a Hinata se le había acabado el tiempo. Claro que también había frotado las manchas de hierba del vestido y lo había dejado a remojo en un barreño.
Tenía que darse prisa en preparar la cena. Aquellos dos pequeños debían estar hambrientos con sólo unas galletas y un vaso de leche en sus estómagos desde el mediodía. La imagen de Naruto Namikaze surgió irrefrenable en su mente y se descubrió pensando en aquellas manos blandiendo el cuchillo y el tenedor en su mesa. Cerró los ojos, alimentando la visión, apoyándose en la puerta de la despensa.
Tan real era la escena que casi podía distinguir su olor, aquel aroma almizclado y campestre que ya antes había colmado sus pulmones. Respiró profundamente y abrió los ojos.
-¿Señorita? No pretendía molestarla.
Namikaze estaba en la puerta trasera, con una mano apoyada en el quicio y la otra metida en el bolsillo. La contemplaba a menos de un metro de la despensa, con aquella mirada oscura e intensa fija en su rostro.
-¿Señorita?
Namikaze cambió el peso de un pie a otro y dejó resbalar la mirada lentamente sobre su persona. No de una manera amenazadora, sino como si necesitara comprobar que todas las partes se hallaban en su sitio, como si valorara sus formas femeninas.
Hinata sintió el rubor que surgía de sus pechos subirle por el cuello esbelto hasta apoderarse de las mejillas.
-¿Le parezco bien, señor Namikaze? -preguntó ácidamente-. ¿Le parezco lo bastante fuerte para ocuparme de la casa y de los niños?
Namikaze la miró a la cara una vez más, una cara que se había pasado lavando quince minutos para borrar de ella toda huella de llanto. Hinata se apartó un mechón de cabello oscuro que había escapado de la severidad del
peinado, pasándose la yema del índice sobre la mejilla. No, no había ninguna hinchazón delatora bajo los ojos, ninguna evidencia de su breve pero desgarrador desliz. Aquel alivio le dio fuerzas para volverle la espalda a Namikaze.
Con su cuenco más grande en la mano, entró en la despensa, las estanterías la rodearon por tres lados, exhibiendo su carga de alimentos al alcance de la mano. Los sacos de harina, café, azúcar y sal estaban al nivel de la cintura, donde podía alcanzarlos con facilidad para su uso cotidiano. Encima, de modo que tenía que estirarse para sujetarlos bien, estaban los tarros de un cuarto de galón en las que había hecho las conservas de la huerta en las últimas semanas.
Arrastró el saco de harina al borde de la estantería y tomó una buena cantidad que acompañó con una porción de manteca. Una empanada de pollo no tardaría en hacerse, una vez que tuviera la masa y hubiera salteado unas cuantas verduras. Se volvió para salir de la despensa con una sensación familiar de satisfacción que levantaba su ánimo. Había algo reconfortante en verse rodeada por el trabajo de sus manos, en saber que no tendría que preocuparse por la comida durante los largos meses del invierno.
-¿Puedo ayudar en algo?
Namikaze estaba allí, bloqueándole el paso. Hinata parpadeó y el corazón le dio un vuelco.
-No pretendía insultarla antes. Y, para contestar su pregunta, sí, parece muy capaz de estar a la altura de lo que pido. Es usted una mujer muy bonita, Señorita.
Por primera vez, Hinata notó una suavización en sus rasgos, una atenuación en la rigidez con que contenía sus emociones mientras se disculpaba. Ella asintió aceptando sus excusas y llevó el cuenco a la mesa, donde lo dejó despacio. Había dicho que era una mujer bonita. Hinata sabía que sus dientes eran rectos y blancos, se los cepillaba todos los días con polvos dentífricos. Sus cabellos eran negros con hebras azules por efecto del sol y también espesos, además tenía los ojos bien separados, grises como los de su madre. Si eso la convertía en una mujer bonita, podía aceptar el cumplido sin reservas.
-¿Quiere que encienda el fuego en la cocina? -dijo él, mientras vigilaba a través de la puerta a los niños que gritaban y jugaban cerca del granero-. Los niños no corren peligro con el perro, ¿verdad?
Hinata se dio la vuelta rápidamente.
-Sheba no les tolerará las tonterías, pero no muerde. Es una perra pastora, señor Namikaze, no una mascota.
No esperaba provocar una sonrisa y saboreó su calor inesperado por un instante.
-Me parece que la perra no lo sabe, señorita. Está jugando a traerle un palo a Arashi.
Hinata apretó los labios. Sería mejor que dejaran las cosas claras enseguida.
-Los animales son tan útiles como usted les exija. No puedo permitirme alimentar a un perro que no me sirva para nada y eso es lo que ocurrirá si Sheba se encariña con los niños y descuida sus deberes.
La sonrisa de Namikaze se esfumó, en sus ojos apareció una mirada cautelosa y el placer que ella había visto allí fue sustituido por una oscuridad severa.
-Me ocuparé de eso.
De repente, el hombre que se había relajado en su cocina, se convirtió en el extraño frío que le había parecí do al principio.
-Yo me ocuparé del fuego, señor Namikaze. Si no es molestia, puede abrir la puerta trasera del granero. Dentro de poco, las vacas querrán entrar para que las ordeñen.
Cuando se dio la vuelta de nuevo, él se había ido. Desde la puerta, vio a escondidas cómo cruzaba el patio. Sintió remordimientos, no era la primera vez que se lamentaba de la rapidez de su lengua. Los niños no hacían ningún daño jugando con Sheba. La perra era lo bastante mayor como para saber cuál era su trabajo e incluso el más estúpido de los animales merecía que le prestaran un poco de atención de vez en cuando. Estuvo a punto de llamarlo para retirar sus palabras duras, pero, tras unos instantes de duda, se dio cuenta de que era mejor que empezara del mismo modo que pensaba continuar.
Y entonces ahogó una exclamación al darse cuenta de que su decisión estaba tomada. Iba a casarse con Naruto Namikaze, iba a aceptar a sus hijos como si fueran suyos. Sería la señora Namikaze, su esposa, aunque sólo fuera en el tratamiento. Si él sólo le pedía eso, Hinata nunca tendría que confesar la vergüenza que pesaba como una losa sobre su conciencia. La indignidad de una mujer caída. Una Jezabel, había dicho su padre.
-Me gustaría ver las cartas que ha traído, señor Namikaze -dijo sirviéndole con generosidad.
A continuación, regó el plato con un cacillo de salsa, lo tapó con la masa crujiente y se lo pasó. Le había servido primero para que Namikaze encontrara la masa entera y apetitosa. Era un pequeño gesto, el mismo que su madre repetía a menudo.
Al cabeza de familia se le reservaba el mejor trozo de carne, el pan más fresco. Su café era el primero, sus camisas se planchaban antes que nada, cuando el hierro se había enfriado lo suficiente para no quemarlas. Era lo que su padre esperaba, un honor que le correspondía como hombre de la casa. Naruto Namikaze, al contrario, parecía un tanto sorprendido por la atención que le prestaba su anfitriona. Hinata había colocado la mantequilla fresca frente a su plato, había puesto unas rebanadas de pan en una bandeja acompañándolas con un tarro de mermelada de fresas y otro de miel. Su taza estaba llena hasta el borde de café caliente. Namikaze se sentó y asintió dando las gracias con las cejas alzadas y una media sonrisa que evidenciaba su sorpresa.
Junto con Misuke y Arashi formaban una imagen que ella no tenía más remedio que agradecer. Parecían una familia, los cuatro en torno a la mesa, bajo la lámpara de queroseno que los envolvía en una insinuación cálida. Los niños le acercaron sus platos y ella les sirvió antes de sentarse y extender la servilleta sobre el regazo.
Arashi la observaba detenidamente y tomó la suya para imitarla. Ella le sonrió con aprobación. Los dientes diminutos y perfectos asomaron un instante entre los labios cuando el niño le devolvió la sonrisa antes de concentrarse en su comida.
-Se las traeré después de la cena. Cocina estupendamente, señorita Hyūga - añadió Naruto, como si tuviera facilidad para los cumplidos.
Era el segundo que le dedicaba, ambos en el mismo día. Decidió que Namikaze era un caballero. Los pantalones de lana fina habían dado paso a un mono de granjero y había sustituido la chaqueta por una camisa de franela. Sin embargo comía con las manos limpias y buenos modales en la mesa.
-¿Puedo ponerme mermelada en el pan, papá? -preguntó Misuke, que ya había dado cuenta de la mitad de su plato.
Hinata pensó que no se había equivocado, los niños estaban más que hambrientos. En adelante, tendría que acordarse de darles manzanas por la tarde. O quizá... La cabeza le daba vueltas a pensar que tendría tres hombres que cuidar, el trabajo que implicaba su bienestar, la ropa que habría que lavar, las comidas que tendría que preparar.
¿Y dónde iban a dormir? Cuando se casara con su padre, los niños podían compartir su antigua habitación, con su cama doble y su cómoda tallada a mano.
¿Y ella? ¿Iba a dormir en el desván? ¿En el cuarto de costura de su madre? Naturalmente, ni pensar en el dormitorio al final de las escaleras, donde sus padres habían compartido un matrimonio durante casi veinte años. Esa sería la habitación de Naruto Namikaze. Se lo merecía como cabeza de familia.
-He dicho que no me importaría un poco más de esa empanada, si a usted no le molesta, señorita Hyūga.
Su voz era serena y parecía divertirse a sus expensas, como si Namikaze supiera que la había descubierto soñando despierta. Desde luego, había trabajado lo suyo durante el día pero, por lo general, a esas horas, se encontraba demasiado cansada para pensar en otra cosa que no fuera ordenar la cocina e irse a la cama.
Le sirvió otra porción en el plato y él le dio las gracias en un murmullo. Con manos hábiles, extendió mermelada sobre una rebanada de pan y se la dio a Misuke. Luego hizo lo mismo por Arashi. Hinata pensó distraída que estaba acostumbrado a cuidar de ellos. Se notaba en la manera en que los vigilaba, sin importunarlos pero siempre alerta, atento a su comportamiento, asintiendo con aprobación o con un ligero movimiento negativo de la cabeza cuando Arashi trató de comer con glotonería.
-Me alegro de que sus hijos coman tan bien - dijo ella-. ¿Les gustarán las gachas de avena para desayunar? ¿O preferirán salchichas con huevos? ¿Quieres más leche, Misuke?
Con una mirada a su padre en busca de consentimiento, consiguió permiso y el niño asintió. Tragó saliva y completó su gesto mudo con un: «Sí, señorita».
Hinata se levantó para llenar los vasos de los dos niños. El de Arashi no del todo, en consideración a su juventud y a sus manos más pequeñas.
-A mí también me gustaría un poco, si no es molestia -dijo el padre.
-¿No prefiere café? Yo había pensado... Mi padre siempre tomaba café en la cena.
Hinata sacó otro vaso fuerte de la alacena y lo llenó hasta el borde, llevándoselo mientras hablaba.
-Me gustan las dos cosas. El café siempre, sobre todo en el desayuno. Y comemos lo que haya por las mañanas, sean gachas de avena o cualquier otra cosa. Pero siéntese, señorita Hyūga. Tenemos que hablar.
Ella obedeció y llevó un plato con galletas que había sacado del tarro donde las guardaba para mantenerlas frescas. Los ojos de los pequeños se iluminaron mientras estiraban el cuello para ver mejor. Arashi fue el primero en acabar la cena. Recogió con la lengua una migaja que se le había quedado en los labios y extendió la mano hacia el plato de galletas.
-Pide primero, hijo.
Aunque la voz era tranquila, no por eso dejaba de ser una regañina y el niño movió la cabeza afirmativamente.
-Por favor, señorita, ¿puedo? -susurró mientras clavaba la mirada en ella.
-Os podéis tomar una de cada clase, si a vuestro padre le parece bien -dijo ella, presintiendo la indecisión de Namikaze.
Con una sonrisa radiante, el niño aceptó la propuesta.
-¿Señorita...? -se limitó a decir el mayor. Hinata le alcanzó el tarro y Misuke se apresuró a meter la mano. Naruto se levantó de la mesa.
-Voy a ir un momento al granero, señorita Hyūga. Vosotros, chicos, comeos las galletas y luego salid. Ya os he dicho que no os acerquéis a la parte trasera del granero.
Los dos niños asintieron a la vez con la boca llena, Arashi balanceaba los pies por debajo de la mesa. Hinata sentía el roce de sus botas contra la falda mientras seguía un ritmo que sólo él podía oír. Era un roce ridículamente reconfortante, pero ella se mantuvo inmóvil hasta que los niños hubieron acabado con la última migaja de las galletas y la última gota de leche.
-Ya podéis iros, chicos -dijo mientras empezaba a recoger la mesa.
Por instinto, dejó la taza en el sitio de Namikaze. Todavía no había tomado postre y quizá quisiera un poco más de café para acompañarlo.
Estaba ocupada en el fregadero cuando le oyó volver. Una mirada le bastó para comprobar que tenía razón, Namikaze llevó la cafetera a la mesa y se llenó la taza. En la mano derecha tenía un sobre abultado y lo señaló con un gesto mientras ella miraba.
-Aquí están las cartas de recomendación de las que le he hablado. Encontrará dos de los reverendos de la ciudad de la que venimos y otras del banquero, del tendero y del médico.
Hinata se ruborizó, adelantándose al azoramiento de leer cosas personales sobre aquel hombre. Desde luego que tenía derecho a saber todo lo que pudiera sobre él, pero tenía la sensación de que era algo parecido a espiar por la ventana o a leer el correo de otra persona. Se secó las manos y, volviendo a la mesa, tomó el sobre.
-Adelante -dijo él-. No le tomará mucho tiempo. Sólo se trata de la información que se puede esperar de un médico o de un banquero. Descubrirá que estoy sano, que tengo una cuenta bancaria decente y que pago mis deudas en la tienda a su debido tiempo y en su totalidad. Mi reverendo ha anotado incluso la cantidad que entregué el año pasado para la construcción de la nueva iglesia.
Su boca se había torcido en un gesto irónico mientras la contemplaba, y ella se dio cuenta de que aquellas cartas escritas en su beneficio también le hacían sentirse incómodo.
Hinata apretó el sobre entre las manos y le devolvió la mirada. Los ojos de Namikaze eran azules, con algunas motas grises en torno a la pupila. A veces eran duros e inexpresivos, como cuando había ido a hablar con los niños sobre el perro. Ahora parecían más suaves, más vulnerables, como si recelara de someter aquel sobre, el que contenía la historia de su vida, a su examen.
-Quisiera hacerle un par de preguntas, señor Namikaze.
-¿Cree que podrá llamarme Naruto y tutearme cuando nos casemos? En realidad, pienso que deberíamos empezar ahora mismo.
Hinata se mordió los labios.
-No me parece apropiado utilizar su nombre de pila.
-Inténtalo.
Sus ojos le suplicaban y ella apartó la mirada y la fijó en aquellas manos fuertes y bien formadas, limpias, con una sombra de vello rizado en el dorso. Supuso que también tendría los brazos cubiertos de aquel suave vello. Cerró los ojos cuando reconoció el rumbo que tomaban sus pensamientos, lo que su camisa cubría no era asunto suyo.
-Inténtalo, Hinata -insistió y ella suspiró al darse cuenta de que no iba a ceder en su empeño.
-De acuerdo. Quiero saber cuánto tiempo hace que murió tu esposa, Naruto.
-Un año y medio. Se ahogó en las inundaciones de primavera.
Era más de lo que ella había preguntado y, de alguna manera, tuvo ganas de llorar al pensar en una mujer a la que no conocía arrastrada por las aguas. Sin embargo, apretó los dientes y lo miró.
-Para los niños debió ser duro perder a su madre así.
-Estaban pasando unos días con su tía cuando ocurrió. La verdad es que no parecieron tomárselo muy a pecho, aunque estaban muy unidos a Sāra, su tía. Se quedaron con ella una semana más.
Hinata sintió un vacío helado en el estómago.
-¿Por qué estaban con su tía? ¿No quería su madre tenerlos en casa?
Naruto separó las manos para apretar los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
-Mi esposa no se encontraba bien en los últimos tiempos, ni siquiera era ella misma.
-¿Estaba enferma?
Naruto sacudió la cabeza y su mirada la traspasó, impulsándola a recorrer con la vista la anchura de su pecho, la garganta y el mentón. Tenía dilatadas las ventanas de la nariz y su expresión era fría.
-Tenía problemas, se sentía infeliz con su vida y había veces en que los chicos cargaban con las culpas. Su hermana... Bueno, su hermana lo comprendía y, cuando las cosas se pusieron difíciles, se llevó a Misuke y a Arashi a su casa.
-¿Se trataba de un padecimiento mental?
Namikaze apretó los dientes, se apoyó en el borde de la mesa y echó su silla hacia atrás.
-¿Es necesario que hablemos de esto? Creo que para ti es suficiente con saber que algunas veces no era ella misma.
-No, supongo que no es necesario que volvamos a hablar de esto, sólo me preguntaba...
-Lo siento, Hinata. No pretendía ser descortés. Lo que sucede es que no es uno de mis mejores recuerdos. Sucedió y cambió nuestras vidas. Mis hijos necesitan una madre. La verdad es que, en cuanto te vi, decidí que eras una mujer fuerte, con una mente clara. Tus ojos me parecen sinceros y amables. Y eso es lo que yo busco para los chicos.
-¿Supiste todo eso sólo con mirarme desde el carro?
-Cuando te acercaste a paso vivo desde el huerto -dijo él asintiendo-. Cualquier mujer que pensara cargar con todas esas manzanas hasta la casa había de ser fuerte. Una mujer que ha sido capaz de mantener la granja en funcionamiento, obviamente ha de tener una mente despejada. Y tienes los ojos más grises y penetrantes que yo haya visto en mi vida. Cuando descubriste a mis hijos, la ternura pareció brillar a través de tu enfado. Luego, cuando me dijiste que esperara, supe que era porque te habías dado cuenta de lo cansados que estaban de viajar en el carro.
-Me gustan tus hijos, Naruto.
Aquella vez le costó mucho menos trabajo decir su nombre.
-O mucho me equivoco, o has nacido para ser madre. Hace tiempo que deberías haberte casado, a estas alturas deberías tener un montón de hijos propios.
Hinata se envaró, sintiendo que toda su espina dorsal se convertía en hielo.
-Ya te he dicho que nunca he pensado en casarme.
-Yo no pretendo hacerte cambiar de opinión, Hinata.
Aquellas palabras eran como una promesa. Casi como un prefacio a los votos matrimoniales que pronunciarían en breve.
-Entonces, yo tampoco te haré esperar hasta mañana para darte mi respuesta - dijo ella con una voz tensa y dura que parecía de otra persona.
Namikaze se quedó inmóvil, como un venado en el linde del bosque. Hinata oyó que respiraba hondo y dejaba salir el aire en un suspiro.
-Todavía no has leído las cartas.
-No necesito leerlas, me basta con la aprobación del reverendo Umino -dijo ella, devolviéndoselas con movimientos bruscos-. Si no empezamos esto con un poco de confianza, nos aguardarán tiempos difíciles. Quizá algún día quiera leerlas, pero que me las hayas ofrecido sin reparos me parece suficiente.
-Entonces, ¿quieres casarte conmigo?
-Tienes un cuerpo fuerte y unas manos limpias, Naruto. Tratas bien a tus hijos y vienes muy bien recomendado, a juzgar por lo que dice el reverendo. Me has dicho que dispondré de una habitación para mí sola y que no debo temer nada de ti - dijo, mirándole directamente a los ojos-. Tampoco me asusta el trabajo duro,
aunque estoy hastiada de tanto trabajar. Te lo digo de antemano, he acarreado mi última espuerta de manzanas. Mañana, en cuanto acabes de descargar el carro, puedes ir al huerto y hacer tú los honores. Será bueno volver a contar con un caballo y un carro en la granja.
-¿Cuándo podemos casarnos?
También las palabras de Naruto sonaron duras, como si contuviera una emoción que le hacía sentirse incómodo.
-El domingo por la mañana, tras el servicio, si es que te parece bien.
Hinata volvió a morderse los labios, súbitamente consciente del paso que estaba dando.
Naruto le tomó la mano, envolviéndola con la suya, que era enorme, cálida, áspera y callosa en la palma. Hinata estaba muy quieta, sintiendo el contacto pero como si tuviera miedo de acariciarlo. Era la primera vez en muchos años que tocaba a un hombre, excepto cuando había ayudado a vestir a su padre para enterrarlo con el traje de los domingos.
Sintió la presión de aquella mano, el roce del pulgar sobre sus nudillos y cerró los ojos ante la sensación de calor hormigueante que la invadía.
-Hinata, te pediría que me trataras cariñosamente cuando haya gente, ya sabes, como si estuviéramos casados de verdad. Y si te acaricio o te trato con cariño, podrías...
-¿Actuar como si nos hubiéramos casado por amor? ¿No quieres que la gente se dé cuenta de que no estamos casados... en realidad? ¿Te refieres a eso? -dijo ruborizándose mientras le proporcionaba las palabras que él no había sabido encontrar-. De acuerdo, Naruto. No creo que nuestros tratos sean asunto de nadie. Te tomaré del brazo cuando entremos en la iglesia
-Nunca te pediré más de lo que te he dicho esta tarde -dijo soltando su mano y poniéndose en pie-. Hoy es viernes. Mañana iré a la ciudad y le diré al predicador que nos casaremos el domingo.
-Bien. Y ya que estás, puedes llevar los huevos y la mantequilla a la tienda, si no te importa. De paso, le podemos ahorrar un viaje al señor Yamanaka si le llevas un par de cajas de manzanas para que las venda.
Namikaze asintió mientras iba a la puerta.
-Bien, me voy al granero. Ya es demasiado tarde para que los chicos estén despiertos. Nos lavaremos en la parte de atrás.
Hinata estaba subiendo las escaleras cuando oyó una exclamación contenida de alegría infantil. Cruzaba su habitación hacia la ventana cuando volvió a oírla. Los niños estaban delante del granero, Arashi en el suelo, con la perra. Sheba movía el rabo con entusiasmo, las manos del crío estaban hundidas en su pelambre.
El corazón le dio un vuelco a Hinata y las dudas que la habían asaltado durante toda la tarde desaparecieron con el sol poniente. Merecería la pena mudarse al cuarto de costura, o incluso al desván. Y más aún limpiar el barro de las ropas de faena de un hombre, prepararle tres comidas al día. Por fin iba a tener niños, conocería la suavidad y el calor de unos brazos menudos en torno a su cuello. Arashi era lo bastante pequeño como para necesitar que lo abrazaran.
Mirando al hombre fuerte que entraba en el granero, se preguntó cómo sería sentir aquel cuerpo musculoso y masculino abrazándola. Apretó los labios y le dio la espalda a la ventana bruscamente.
-Ya has pasado por eso, Hinata Hyūga y ¿qué conseguiste además de un sufrimiento insoportable? Confórmate con lo que este hombre te ofrece y date por afortunada.
