La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capítulo 4

-Desde luego, no me esperaba que pusieras tu habitación en el desván.

Hinata contuvo la respiración cuando aquella voz profunda interrumpió sus pensamientos. Luchando contra las faldas, se volvió hacia el hombre que la estaba mirando. Naruto sólo tenía la cabeza y los hombros por encima del nivel del suelo, los pies firmemente plantados en las escaleras y un brazo sobre el entablado.

-¡No me des estos sustos! -exclamó ella, llevándose la mano a la garganta.

-Lo siento. Creía que me habías oído llamarte desde abajo.

-Ni siquiera te he oído llegar -contestó ella mientras se metía las manos en los bolsillos con una indiferencia calculada.

Naruto contemplaba el desorden de aquella habitación hasta centrar la mirada en la cama que ocupaba una pared. Frunció el ceño.

-¿Qué haces aquí arriba, Hinata?

-Ordenando.

Había comenzado por mover una vieja cómoda y, entonces, asaltada por unos recuerdos agridulces, había abierto uno de los cajones. La ropa de su interior seguía impecablemente doblada, tal como la había dejado diez años antes, aún impregnados con el olor de los saquitos aromáticos de su madre. Se llevó una enagua desgastada y suave a la cara e inhaló profundamente. Tuvo que cerrar los ojos cuando se llenaron de lágrimas, aunque permitió que los recuerdos tristes fluyeran libremente un momento.

Volvió a dejar la prenda en el cajón, se secó los ojos y se sonó la nariz ferozmente antes de volver a cerrarlo. Y entonces había sido cuando Naruto la interrumpió y sobresaltó, obligándola a responderle bruscamente. Tenía que disculparse. Cruzó los brazos sobre el pecho y señaló con un gesto a la cabecera que había junto a la cómoda.

-Estoy tratando de decidir cómo colocar esta cama.

-¿Cuál es el problema?

Un brillo de desafío relampagueó en sus ojos.

-¿Sigues pensando que el desván no es el sitio más apropiado para mí?

-Creo que me sentiría mejor si durmieras abajo, como nosotros.

El ceño había desaparecido mientras Naruto hablaba, sustituido por una expresión humorística que arrugaba las comisuras de sus ojos.

-Pero tendría que ocupar el cuarto de costura de mi madre.

-Tu madre se fue hace mucho tiempo, Hinata -dijo él con una sonrisa tierna-. Dudo que le hubiera gustado que convirtieras su cuarto de la costura en un santuario -añadió mientras acababa de subir los últimos escalones y se acercaba a ella.

-Si quieres, te ayudaré a bajar el cabecero.

-Sé perfectamente cuánto tiempo hace que murió mi madre, señor Namikaze. Y si quiero bajar la cama, me las arreglaré para hacerlo sola, del mismo modo que me las arreglé para subirla hasta aquí.

Aunque tuvo que inclinarse para evitar las vigas del techo, Naruto le puso la mano en el hombro y la atrajo hacia sí, descubriendo las sombras de sus ojeras.

-No será necesario que muevas los muebles mientras yo esté aquí, Hinata. Si voy a ser el hombre de la casa, déjame que me encargue del trabajo pesado.

Hinata se mantuvo firme en su sitio, consciente de su envergadura, del peso masculino de la mano sobre su hombro, de la fragilidad de sus huesos de mujer. Contrajo los músculos del hombro para apartar aquel peso, pero no merecía la pena intentarlo.

-Como gustes.

Apartó la mirada de sus ojos, aunque retuvo en la memoria las sombras que los poblaban. Era probable que Naruto no hubiera dormido bien en el granero. Quizá sus noches, como las de ella, fueran presas ocasionales de los demonios que robaban el sueño.

-¿Vas a necesitar ayuda para hacernos sitio en la casa? Los niños están deseando ver dónde van a dormir, creo que la vida sin comodidades no les parece tan emocionante como al principio.

-Se quedarán en mi habitación. Hay una cama grande. Supongo que podrán entrar sus cosas en cuanto saque las mías de la cómoda y del armario.

-Son unos chicos sencillos -dijo él, no sin orgullo-. Se contentarán con cualquier cosa, siempre que puedan dormir sobre algo más blando que el suelo.

Hinata se apartó, Naruto cargaba el cabecero sin esfuerzo y lo bajaba por la escalera.

-¿A qué habitación lo llevo?

-Al final del pasillo, a la derecha.

Cerró la puerta del desván, le adelantó apretándose contra la pared y le abrió la puerta del cuarto de costura mientras le despejaba el camino. Él se detuvo en la puerta y silbó por lo bajo.

-Tampoco hay demasiado espacio aquí, ¿no?

Cuidadosamente doblado sobre la máquina de coser, en un rincón, había un chal. El pedal estaba inclinado, como si algún pie femenino acabara de abandonarlo. El otro rincón lo ocupaba un armario y en la pared de la puerta había una cómoda con un tapete de ganchillo encima. Bajo la ventana, sobre una mesa, vio un alfiletero. Era obvio que Hinata no utilizaba demasiado el cuarto de su madre. O eso, o era la mujer más ordenada y limpia que había conocido.

Un olor tenue, quizá pétalos de rosa, llamó su atención y, por un momento, sintió otra presencia, como si la antigua propietaria de la habitación siguiera allí. Cuando Hinata se movió, la sensación se desvaneció.

-Yo creo que habrá suficiente cuando subamos la mesa y la máquina de coser - dijo ella, mirándolo expectante, como si aguardara su decisión.

-Lo que a ti te parezca, Hinata.

Naruto había decidido ser todo lo complaciente que pudiera. La casa era el dominio de Hinata, los otros límites no tardarían en aclararse en cuanto se tratara de dirigir la granja.

-Lo guardaré todo en el desván -dijo ella mientras quitaba una mota de polvo de la cómoda. Esta cómoda bastará para mis cosas.

-Yo me encargaré de lo más pesado. ¿Dónde quieres que deje la cama?

-¡Oh, ponla contra la pared! Antes tendremos que sacar la mesa y la máquina,

¿no? Vaciaré los cajones en cuanto pueda -dijo mientras seguía acariciando la superficie de la cómoda.

Naruto dejó el pesado cabecero donde le indicaba y se enderezó.

-Si me dices cómo se desmonta esta mesa, la llevaré arriba y, de paso, bajaré el resto de la cama. Hinata observó que ponía una rodilla en el suelo y se agachaba para ver los pernos que sujetaban las patas en su sitio.

-Mi padre la hizo para mi madre igual que la que tenía en la ciudad. ¿Quieres que te traiga las herramientas?

-Yo diría que tu padre hizo un buen trabajo - dijo Naruto, ambas rodillas en tierra-. Estos trastos son más duros que el pellejo de...

-¿De una solterona?

Naruto sacó la cabeza de debajo de la mesa con una sonrisa forzada en los labios.

-Sí, eso era lo que iba a decir antes de pensármelo mejor.

-Yo soy una solterona y no me avergüenzo.

-Sí, pero no por mucho tiempo.

La sonrisa desapareció cuando se fijó en la expresión sombría de Hinata. Apretó las mandíbulas al darse cuenta de la inquietud que ella luchaba por ocultar. Tenía las manos escondidas en los pliegues del delantal, sin duda, con los puños

apretados. Hinata estaba corriendo un gran riesgo al casarse con un desconocido y a él le correspondía tratarla con guantes de seda, al menos hasta que todo hubiera acabado.

-No tardaré mucho con las herramientas. Quiero ir a la ciudad en cuanto acabe de mover esto. El reverendo estará esperándome para que le cuente lo que hemos decidido. No estaría bien que me quedara aquí sin legalizar nuestra situación.

Naruto se levantó y le ofreció la mano para que ella hiciera lo mismo. Hinata la aceptó con cautela y sintió que él tiraba con una fuerza contenida.

-¿No estarás cambiando de parecer?

Naruto no le había soltado la mano y ahora apretaba sus dedos contra el pecho. Hinata abrió mucho los ojos ante aquel gesto, su pulso se aceleró. Naruto era un hombre alto, un hombre grande que le sacaba la cabeza y los hombros. Podría ser intimidante de haberlo querido, pero la mano que sostenía la suya era tierna. Hinata sacudió la cabeza.

-No, nada de eso. Y sí, si nos vamos a casar mañana, estoy de acuerdo en que vayas a hablar con el reverendo Umino enseguida. No quiero dar pie a murmuraciones. El cielo sabe que ya daremos bastantes motivos mañana. Ni siquiera estoy segura de que a la gente le parezca bien que te quedes aquí esta noche.

-Bueno, no me parece que pasar otra noche en tu granero vaya a arruinar tu reputación sin remedio. De todas maneras, sospecho que, a estas alturas, todo el mundo estará enterado de que me encuentro aquí.

-Probablemente tengas razón -dijo ella con una mueca de disgusto-. No dejarán de mirarte en la iglesia, por no hablar de los murmullos que despertaremos cuando subamos al altar después del servicio dominical.

Naruto apretó levemente su mano mientras la miraba. Unos mechones de pelo se ondulaban sobre sus sienes, una mancha de polvo evidenciaba su incursión en el desván. Y sus mejillas, teñidas de un tenue rubor, delataban las emociones contradictorias con las que estaba batallando.

-Yo estaré contigo, Hinata. Los niños y yo recorreremos contigo el pasillo de la iglesia, como una verdadera familia.

-Cuento con eso, señor Namikaze.

Sintiendo su inquietud, Naruto le soltó la mano.

-Anoche era Naruto. ¿Qué ha pasado para que vuelvas a convertirme en el señor Namikaze?

-Nada, supongo. Está bien, Naruto, voy a por la llave inglesa.

-Quisiera estar en la ciudad al mediodía, Hinata. Subiré la máquina de coser ahora mismo. Mientras, decide qué más quieres mover. Si llamas a los chicos, ellos prepararán la mantequilla y los huevos para que me los lleve.

-Sí, muy bien.

Su voz flotó hasta él por la escalera mientras

Hinata bajaba a toda prisa. Naruto sonrió al oírla. Tenía la impresión de que no siempre era una mujer tan complaciente. La verdad era que, o mucho se equivocaba, o Hinata era una contrincante digna de cualquier hombre. No importaba, Naruto jamás había rehuido un enfrentamiento. Casarse con ella podía significar una verdadera batalla, pero se encontraba más que dispuesto a combatir. Iba a ser una buena madre para Misuke y Arashi. Y, en cuanto a él, tendría una granja que sacar adelante y comidas calientes y ropa limpia todos los días.

Iba a ser difícil subir aquella máquina de coser, pero nada que él no pudiera manejar. Pensó con humor que se parecía al acuerdo al que había llegado con ella. Iba a resultar difícil en ocasiones, pero ya se encargaría él de manejarla. En realidad, ajustarle las cuentas a Hinata Hyūga podía ser lo más interesante de aquel negocio.


-Bendito el vínculo que une..

Las voces se elevaban a su alrededor. Hinata, con la boca demasiado seca para hablar, se limitaba a mover los labios. El libro de salmos que compartía con el hombre que estaba a su lado, habría sido imposible de leer si lo hubiera sostenido sola. Tenía las manos frías, los dedos le temblaban y únicamente la seguridad de Naruto evitaba que el libro cayera al suelo.

-...nuestros corazones en un amor cristiano...-cantaba él con voz profunda.

Hinata pensó que, por lo menos, era capaz de afinar. Una cosa más que sabía de él. No, ya sabía que le gustaba el café con crema y que era generoso con el azúcar, si el desayuno de aquella mañana servía para hacerse una idea. Se había comido dos cuencos de gachas de avena con azúcar morena y media docena de galletas recién sacadas del horno. Luego, no había escatimado elogios para su forma de cocinar.

Naruto le quitó el libro de las manos y ella lo miró sorprendida. El himno final había terminado. Dejó el libro sobre el banco y se acercó un poco más a ella. La falda y los pantalones se rozaban, envolvió el codo con la palma de su mano mientras bajaba la cabeza para hablarle en privado.

-No has cantado.

Hinata contuvo el aliento. Deseó estar en su casa, echándole de comer a las gallinas, ordeñando las vacas, o incluso llevando las dichosas manzanas a la bodega.

-¿Te encuentras bien, Hinata?

El tono humorístico había desaparecido, reemplazado por la preocupación.

Hinata se aclaró la garganta.

-Sí, me encuentro bien. Sólo me preguntaba qué vamos a hacer ahora.

Naruto miró por encima de su hombro. La gente iba saliendo, aunque había sentido las miradas de curiosidad clavadas en su espalda durante todo el servicio. Los susurros y las conjeturas habían acompañado al piano e, incluso ahora, media docena de mujeres se congregaban junto a la puerta trasera con las cabezas muy juntas. Si hubiera sido tan listo como siempre se había considerado, se habría encargado de que Hinata y él fueran a la casa del reverendo tras el servicio.

-¿Padre, nos vamos ya? -preguntó Misuke en un susurro impaciente.

Naruto se inclinó por delante de Hinata para hablar con el niño.

-Dentro de un rato, Misuke. ¿No te acuerdas de lo que te he dicho? La señorita Hinata y yo tenemos que hablar con el reverendo.

El pequeño volvió a sentarse en el banco con las manos colgando entre las rodillas y un gesto de desagrado. Junto a él, Arashi bostezó sin recato y trató de aplastar una mosca que se había posado a su alcance. Trató de espantarla con la gorra mientras el insecto volaba en torno a su cabeza para después quedarse embelesado con las partículas de polvo que flotaban en el rayo de sol que entraba por la ventana.

-¿Se lo has dicho?

Naruto asintió brevemente y le lanzó una mirada de advertencia al ver que tres parroquianas se acercaban por el pasillo.

-¡Vaya, pero si es Hinata Hyūga Nos alegramos de verte en la iglesia - salmodió Azami Yamanaka en voz alta-. Creíamos que ya habías olvidado el camino.

Kurenai Yūhi clavó una mirada exasperada en su amiga.

-Sabes perfectamente que Hinata ya no tiene coche ni caballo, Azami. Bastante hace con ir y venir andando durante la semana -dijo antes de volver hacia Hinata sus ojos oscuros y sagaces-. Me alegro mucho de verte, criatura. Casi te has convertido en una desconocida.

Machiko Akimichi se ajustó el sombrero de plumas, encajándolo sobre la frente mientras se tocaba el labio superior con la punta de la lengua.

-Me he enterado de que va a haber una boda ahora mismo. ¿A que no sabéis de quién?

Su gesto era triunfal. Que les había ganado la mano era obvio por la sorpresa que las demás ni siquiera se molestaban en disimular.

-¿Que te vas a casar? -graznó Azami-. ¿Con este caballero, Hinata?

-Cielos - jadeó Kurenai sin aliento-. Te juro que no me habrías podido sorprender más, aunque hubieras querido, criatura.

-Lo decidimos ayer -dijo Hinata, consciente del contacto cálido de Naruto en su brazo.

Y entonces, aquella misma mano se deslizó sobre su espalda para posarse en de su cintura. Hinata contuvo la respiración y lo miró. Tenía una sonrisa resplandeciente, como si fuera un novio auténtico ansioso por que empezara la boda.

-La señorita Hinata y yo estamos esperando nuestro turno. En cuanto el reverendo acabe de despedirse en la puerta, volverá para casarme con esta dama. A mí y a mis dos hijos, quiero decir. Ella nos ha aceptado a los tres y tratará de meternos un poco en cintura.

Mientras ofrecía su explicación, su sonrisa era ancha y sus ojos chispeaban con humor.

-Pero bueno, ¿quién lo iba a decir? -exclamó Azami-. ¿Y vas a casarte sin una ceremonia en regla, Hinata?

-No sé por qué no has podido avisar a tus amigas -dijo Machiko, disgustada. Kurenai se acercó un poco más a Hinata.

-Quizá prefieras hacerlo en privado, ¿eh? Siempre has sido una chica muy discreta.

Hinata negó con la cabeza.

-Sí... quiero decir, no. No me importa que se queden a la ceremonia, Machiko. Ni usted, Azami. Ni usted, añadió al final, poniendo la mano sobre el brazo de Kurenai.

-Sigo diciendo que me parece muy precipitado -dijo Machiko, clavando los ojos en el hombre que había desatado las lenguas durante la última hora.

-Me llamo Naruto Namikaze, señora. Siempre he tenido fama de tomar decisiones rápidas. Ésta promete ser la mejor que haya tomado nunca. La señorita Hinata ha accedido a ser mi esposa y a mí me gustaría invitar a sus amigas a acompañarnos.

-¿Es usted nuevo en la ciudad, señor Namikaze? -gorjeó Azami.

-Exactamente, sin embargo me encuentro en una posición desahogada. Mi dinero está en el banco, por lo que supongo que estoy camino de convertirme en un ciudadano de pro. Ya dispongo de cuenta en la tienda de su marido, señora Yamanaka, y aquí me tienen, en la iglesia. ¿Qué más se le puede pedir a un hombre?

- Machiko, los niños esperan en la carreta. Si no quieres volver andando a casa, será mejor que te des prisa.

Machiko se volvió hacia su marido.

-Va a celebrarse una boda, Chōza. ¿Por qué no vuelves a meter a los niños?

-¿Usted es el novio? -preguntó el señor Akimichi abruptamente, traspasando a Naruto con la mirada-. ¿Se va a casar con la chica de Hiashi Hyūga?

Ante la sonrisa de Naruto, Chōza asintió vigorosamente.

-Ya era hora de que encontrara un hombre. Es demasiado joven para consumirse trabajando en la granja.

Naruto reprimió una carcajada. Desde luego, el señor Chōza era una persona directa.

-Para mí es un honor casarme con ella. Además, ha aceptado ser una madre para mis hijos.

Desde el otro lado, Hinata oyó una exclamación ahogada que sonaba tan horrible como las palabras que ella nunca se había permitido pronunciar. Arashi asentía con la cabeza mientras balanceaba las piernas. Misuke tenía los ojos clavados en el suelo, se mordía el labio superior y sus mejillas estaban rojas de rabia.

-¿Misuke? -susurró ella, recordando que su padre les había comunicado que iban a casarse. Unos ojos azules la miraron. Misuke hizo un puchero.

-No necesito una madre, tengo a mi padre.

Hinata también se mordió los labios. Fuera lo que fuese lo que les hubiera dicho su padre, obviamente no había preparado a Misuke para este momento.

-¡Oh, Misuke! ¿Podemos hablar dentro de un rato? -preguntó ella, abandonando la seguridad del brazo de Naruto para inclinarse junto al niño.

-No servirá de nada.

El corazón de Hinata dio un vuelco pero se sentó en el banco.

-Quizá podamos ser amigos, Misuke.

-No quiero tener amigos.

-Pero yo sí.

Fueron tres palabras apenas audibles, dichas sin pensar y sólo después de haberlas pronunciado se dio cuenta de la verdad que encerraban. No tenía ninguna amiga íntima. Kurenai siempre había sido amable con ella. Las señoras de la ciudad la saludaban y conversaban con ella educadamente, pero ninguna era una verdadera amiga.

Al otro lado de Misuke, Arashi extendió la mano hasta ponerla en su regazo, a pesar del peligro de caerse del banco y le sonrió somnoliento.

-Yo seré tu amigo, señorita Hinata.

Sintió que la garganta se le cerraba con unas lágrimas que no estaba dispuesta a derramar. Parpadeó vigorosamente.

-Me gustaría mucho.

Misuke apartó el brazo de su hermano sin contemplaciones.

-Tu amigo soy yo, Arashi.

Hinata le sonrió al pequeño, pero su sonrisa se esfumó cuando miró al padre.

Con el ceño fruncido, se inclinó hacia los tres.

-¿Va todo bien, Hinata? El reverendo ya viene. ¿Estás preparada?

¿Lo estaba? Sólo Dios sabía que necesitaba sacar fuerzas de algún sitio. El hijo mayor de Naruto acababa de rechazarla y, para colmo, llevaba toda la mañana luchando contra un nudo de nervios que se había asentado en su estómago. Tenía la impresión de que las piernas no iban a sostenerla. Con todo, trató de sonreír.

-Estoy bien, Naruto -dijo aunque su corazón la acusaba a gritos de embustera.

Naruto le tomó ambas manos y la ayudó a levantarse para llevarla al altar donde los esperaba el reverendo.

-Es tu última oportunidad para echarte atrás, Hinata -musitó de modo que nadie más que ella pudiera oírlo.

Hinata pensó en las vacas que él había ordeñado aquella mañana, en el heno que había llevado con la horquilla a los pesebres. Recordó la facilidad con la que había levantado los muebles el día anterior, cómo le había dado las gracias al servirle la cena. Se imaginó subiendo la escalera para recoger las manzanas, cuidando las vacas durante todo el invierno, cuando el viento del oeste arrastraba la nieve desde el gran lago. Y entonces, acalló sus dudas y aceptó la mano que él le ofrecía.

Naruto le pasó el brazo por la cintura mientras entrelazaba los dedos con los suyos. Hinata decidió que todo saldría bien, que aquel matrimonio era un buen trato. Tomando aliento, fijó la mirada en Iruka Umino, observando cómo abría el libro que había sacado de un bolsillo. Con una sonrisa reconfortante, buscó la página que había señalado de antemano. Con una última mirada a la pareja que tenía ante sí, respiró hondo y comenzó.

-Queridos hermanos...