La Propuesta
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Capítulo 5
-¿No le habías dicho a Misuke que nos casábamos hoy?
Hinata no había sido capaz de mirarle a la cara desde la ceremonia y ahora le hablaba dándole la espalda, mientras movía la salsa de carne y vigilaba el puchero de alubias. La cara hosca de Misuke no se le iba de la cabeza, una sorpresa con la que no había contado.
-Hay veces en que Misuke es bastante difícil de meter en vereda -dijo Naruto tranquilamente-. Me escuchó cuando le dije que íbamos a casarnos, pero no era lo que quería oír. Sospecho que se dijo a sí mismo que no iba a suceder.
-¿Pensaba que ibais a quedaros aquí sin más?
-¿Quién sabe lo que pasa por la cabeza de un niño? -dijo él, sacudiendo la suya-. Estaba contento de estar aquí, eso por descontado. Dudo que se le ocurriera que podía volver a casarme. No es la primera vez que hablamos de encontrar a alguien que los cuidara a los dos -añadió con voz más suave-. Sinceramente, Hinata, hasta que te vi, volver a casarme no me preocupaba demasiado. Me hubiera conformado con una mujer que se encargara de la casa.
-¿Hasta que me viste a mí o a la granja?
-Puede que ambas cosas. Supe que éste era el sitio en el que quería echar raíces y no me preguntes cómo porque no podría decírtelo. Tampoco puedo explicarte por qué supe que eras la mujer con la que podría casarme, ya te di una retahíla de razones por las que me gustabas para ser la madre de mis hijos -dijo mientras ladeaba la cabeza y la observaba con una mirada deliberada-. Quizá sólo quería hacerlo permanente, como tú dijiste, para que no pudieras escabullirte si las cosas se ponían feas.
La cuchara daba vueltas lentamente, removiendo metódicamente la salsa que espesaba poco a poco, una tarea que ella podía realizar sin tener que concentrarse. Era una suerte porque sus pensamientos eran un torbellino desde que Naruto la había besado en la boca, sellando su trato ante Dios y los hombres.
Hinata esperaba que le rozara la mejilla, incluso la comisura de la boca y tan sólo para mantener las apariencias. Lo que no se esperaba era el ardor de sus labios, ni la suavidad con que la acariciaron antes de encontrar el punto donde querían posarse, ni el impacto que aquel olor masculino tuvo en su olfato. Dejó de respirar al sentir su boca y, con aquel gesto, dejó grabado el su mente el olor de su jabón de afeitar y el aroma del pelo y la piel recién lavados.
Sólo fueron un par de segundos, pero aquel beso espontáneo y seguro era algo tan vivo en su recuerdo que le hacía dudar de su propia cordura.
La habían besado antes, mucho más tiempo y con más detenimiento. Un hombre experto en aquellos juegos la había seducido. Su cuerpo había conocido la posesión de aquel hombre hasta rendirse al fin ante su fuerza superior.
Hinata había soportado el sometimiento de su carne así como la rendición de su inocencia ante la rapiña.
Con todo, nada de aquello le había llegado tan al fondo del corazón como la caricia ardiente de aquel beso. Algo que a ella le había hablado de compromiso, como si con aquel gesto Naruto hubiera querido hacerse cargo de sus problemas, de sus deudas, sus preocupaciones y desgracias. Por un instante, Hinata se sintió a salvo, segura, mientras él le sujetaba los brazos e inclinaba la cabeza para saludarla con el beso de desposados. Hinata se había sentido como una novia, o casi.
Sin soltarle el brazo, Naruto la había conducido por delante de las mujeres que se habrían deshecho en felicitaciones y consejos de haberles dado la oportunidad. Sin embargo, dos de ellas no tardaron en salir a la puerta. Naruto había recogido a sus hijos en el pasillo y los subió al carro con una economía de movimientos que Hinata no tenía más remedio que admirar. Debía reconocer que aquel hombre sabía cómo hacer una salida. Como si presintiera su poca disposición para charlas inconsecuentes, había tomado las riendas de la situación con estilo y carácter. Estaban de camino a casa antes de que el reverendo dispersara los restos del rebaño congregado ante la puerta de la iglesia.
-¿Vas a pasarte removiendo la salsa todo el día, o vamos a poder acompañar las patatas?
Naruto se había levantado de la mesa y estaba detrás de ella.
-Ya está lista.
A Hinata le agradó comprobar que su voz era completamente normal. Sus manos hacían los movimientos habituales con los cacharros, sirviendo las verduras, vertiendo la salsa perfecta y suave en la salsera de su madre y poniendo la mesa. Y todo sin mirar una sola vez al hombre que observaba el menor de sus gestos como si tratara de ver a través de su piel.
-Estás molesta con esta situación, ¿verdad, Hinata? Necesitamos sentirnos cómodos entre nosotros. No podemos vivir en la misma casa como dos desconocidos.
-No veo cómo puede ser de otra manera, al menos por ahora -contestó ella mientras abría el horno y rescataba la bandeja de galletas justo a tiempo-. La verdad es que somos dos desconocidos.
La mujer que llevaba dos días grabada a fuego en su mente había decidido ignorarlo desde que formularan los votos, apenas dos horas antes. Esperaba que ella charlara mientras cocinaba, que le hablara de las personas que habían asistido a la ceremonia improvisada. Incluso podía haberle contado cosas de la granja.
¡Demonios! Ni siquiera se había dignado a decirle cuántas cabezas tenía, sino que había tenido que contarlas por sí mismo. «No muchas», había dicho ella, induciéndolo a pensar que sólo habría un par de docenas de novillos y vacas lecheras en los pastos. El rebaño del pasto más lejano constaba de treinta, como poco.
-Puede que seamos dos desconocidos, Hinata, pero estamos casados. Tenemos que hablar de varias cosas.
Bajo aquellas palabras afables, había un tono de voz que durante años había obligado a la gente a levantarse y prestarle atención. No se sorprendió al ver que ella cuadraba los hombros y enderezaba la espalda. Hinata había captado el mensaje. Naruto Namikaze estaba listo para poner en marcha aquel matrimonio, no iba a sufrir su silencio por más tiempo.
Hinata dejó el asado de cerdo sobre la mesa, con cuidado de centrar la bandeja sobre la almohadilla. Naruto vio cómo ella revisaba cada plato, dándose cuenta de que se esmeraba por que todo se encontrara en su sitio. Sin embargo, aquellos ojos grises seguían evitándolo. Sin apartar la mirada del segundo botón de su camisa, Hinata le dijo que la cena estaba lista en un tono bajo y controlado, sólo el palpitar de una vena en su garganta delataba su inquietud.
Se compadeció de ella. Estaba arrepintiéndose de lo que había hecho y su presencia en la cocina no ayudaba a aliviar la situación. La petición directa de que conversaran tampoco le había sentado bien. En realidad, si no se equivocaba, estaba a punto de echar a correr y eso no podía permitirlo.
-Hina.
Hinata abrió mucho los ojos y los levantó desde su pecho a la cara, como si el diminutivo la hubiera sorprendido. Parpadeó, su atención estaba completamente concentrada en él por primera vez desde que habían salido de la iglesia.
-No te estoy presionando para que tengamos relaciones íntimas. Sólo quiero que hablemos y nos comportemos como cualquier otra familia en su hogar. ¿No puedes fingir que soy tu hermano o tu tío durante una hora siquiera? Háblame como si me conocieras hace años, como hablabas con tu padre durante las comidas.
Naruto la observaba detenidamente, fijándose en el rubor que se elevaba por su cuello.
-Mi padre y yo casi no hablábamos Naruto, no teníamos mucho que decirnos. Ya te he contado cuánto lo afectó la muerte de mi madre.
Hablaba despacio, con palabras entrecortadas, como si titubeara en admitir que no se había sentido unida a su padre.
-¿No te relacionas con nadie de los alrededores? ¿Nunca viene nadie a comer los domingos?
-Le doy de comer a los vagabundos en el patio, bajo los árboles. Una vez, tras la muerte de mi madre, Kurenai vino a visitarme. Pero mi padre le dijo que no estábamos acostumbrados a ver gente por aquí. Desde entonces no ha vuelto a venir.
Una oleada de compasión por la mujer con quien se había casado golpeó a Naruto con la fuerza de una tormenta vespertina. Llevaba años sola, viviendo con su padre, sí, pero tan sola como podía soportar un ser humano. De repente, el muro de palabras hirientes y cortantes que ella había erigido la primera vez que se encontraron adquirió un nuevo sentido. Hinata era mucho más que una mujer solitaria, estaba herida y recelaba de que otra gente se le acercara.
-¿Ya es la hora de comer?
La voz trémula de Arashi rompió el silencio desde la mosquitera. Con la nariz apretada contra la rejilla metálica, guiñaba los ojos para ajustarlos a la luz tenue de la cocina.
-Pasad, chicos.
Hinata les sonrió, agradeciendo su llegada. A ellos sí podía enfrentarse, hablarles, servirles la comida y utilizarlos para mantener el menor contacto posible con su padre. Misuke abrió la puerta, estirando el muelle todo lo que pudo para dejar pasar a su hermano y dando un portazo a su espalda. Sus ojos se iluminaron con cierta satisfacción cuando echó una ojeada furtiva hacia ella.
-La próxima vez, procura no dar portazos - dijo Naruto con firmeza.
-Sí señor -dijo el niño, inclinando deliberadamente la cabeza.
-¿Te has lavado las manos? -preguntó el padre, refiriéndose al mayor.
-Yo sí -dijo Arashi mientras levantaba las suyas que aún estaban mojadas.
-¿Misuke?
-Están limpias, papá. Hemos usado la bomba del patio. Hinata apartó la silla que estaba a su derecha.
-Siéntate aquí, ¿quieres, Arashi? Y tú, Misuke, enfrente de tu hermano.
Hinata juntó las manos al frente, esperando a que los niños la obedecieran, consciente de la mirada intensa de Naruto.
-Siéntate, Hinata. Todo está perfecto. Vamos a comer antes de que se enfríe.
Naruto le había impedido la huida, sólo la presencia de los niños hizo soportable que comiera con una apariencia de tranquilidad. Aguardó a que Naruto acabara de bendecir la comida y se dedicó a servirle a Arashi. El día anterior se había dado cuenta de que su barbilla estaba a pocos centímetros del borde de la mesa. Tenía que inclinarla para llevarse un trozo de patata a la boca.
-¿No estaría más cómodo con una almohada debajo?
-Yo creo que con un par de trozos de leña bastará -dijo Naruto con una sonrisa.
-Puedo ponerme de rodillas -dijo el pequeño alegremente.
Arashi así lo hizo, sentándose sobre los talones. Se puso a comer con entusiasmo renovado, ahora que alcanzaba fácilmente al plato.
-¡Qué hambre tengo, señorita Hinata!
Por primera vez en muchos días, Hinata sonrió con auténtico humor. La alegría del niño era contagiosa.
-Me alegro, Arashi. Me gusta cocinar para los hombres que tienen apetito.
Misuke comía lentamente, como si detestara cada bocado que pasaba entre sus labios. Tenía los ojos clavados en el plato, el tenedor sujeto con el puño, como si fuera un arma, todos sus gestos destilaban hostilidad.
Hinata lo observó con disimulo, deseando desesperadamente decir su nombre, que la mirara abiertamente con alegría, aunque sabía que no debía inmiscuirse en su mal humor. Estaba tan lejos de encontrarse alegre como el este del oeste y no iba a ser ella quien lo metiera en problemas con su padre.
-¿Has traído todo lo que había en el granero, Misuke?
La pregunta de Naruto era afable, como si no se diera cuenta de la hostilidad de su hijo.
-Sí, señor. Lo he dejado en el porche, como me dijiste.
-Yo también. He traído mis cosas, mi almohada y todo -dijo Arashi con una sonrisa que abarcaba a sus tres compañeros de mesa-. ¿Cuándo podremos entrar las camas y todo lo que hemos traído?
Hinata levantó la cabeza y miró a Naruto.
-¿Habéis traído muebles en el carro?
-Algunos -dijo él asintiendo-. No sabía si los íbamos a necesitar, ni siquiera sabía adónde íbamos. También hay algunas herramientas. Los niños quisieron conservar sus camas, las almohadas de plumas que les hizo su tía Sāra y unos baúles que les hice yo.
Hinata pensó en la cama doble que había preparado con sábanas limpias en la que había sido su habitación.
-No me lo dijiste. Podíamos haber metido sus cosas anoche.
-Ya teníamos bastante trabajo con preparar el cuarto de costura para ti.
-Bueno, estoy segura de que podremos meter las cosas de los niños después de cenar. Querrán poner su ropa en el armario y en la cómoda.
-La mía está sucia, papá tiene que lavarla - refunfuñó Misuke-. Hace mucho que no nos paramos a lavar la ropa.
Naruto sonreía de buen humor.
-No iba a decírselo a la señorita Hinata hasta mañana, hijo mío. No es razonable asustarla el primer día. Hará falta una mañana entera para frotar el montón que hemos acumulado.
-Estoy acostumbrada a hacer la colada. Mi tabla funciona perfectamente.
Entrad vuestras cosas y dejadlas en el lavadero.
-¿Lavas dentro de la casa durante todo el año? -preguntó Naruto.
-Casi siempre. Ahí fuera hace frío por la mañana. No estamos muy lejos del lago y no me gusta meter las manos en el agua cuando sopla el viento del oeste. Mi padre levantó un lavadero para mamá cuando construyó esta casa. Ya es bastante malo tender la ropa fuera durante el invierno. Mamá tendía en el desván de vez en cuando, cuando el tiempo era verdaderamente malo. Ponía una cuerda para colgar la ropa.
-¿Y no has pensado nunca en poner un tendedero detrás de la estufa? - preguntó Naruto contemplando el espacio que había entre la cocina y la pared, midiéndolo mentalmente.
-La verdad es que no.
-Yo te haré uno. No podrás tenderlo todo a la vez, pero la ropa se seca bastante bien. Es mucho mejor que salir a colgar una sábana cuando el viento sopla con fuerza.
-¿Puedo tomar un poco de pastel?
Evidentemente, Arashi estaba aburrido de la conversación y trataba de cambiar de tema con voz quejumbrosa. Tenía el plato limpio, el tenedor en la mano y los ojos clavados en la tarta de manzana que había sobre la alacena. Hinata se levanto de la mesa.
-Deja que primero aparte estas cosas. Sujeta fuerte el tenedor, Arashi. Lo necesitarás para la tarta.
-Mi tía Sāra sí que hace la tarta buena - masculló Misuke.
Hinata buscó la mirada de Naruto. Esta vez le resultó más fácil.
-¿Teníais manzanos en vuestra casa?
-No, Sāra las compraba en la tienda. Las secaba para utilizarlas en invierno.
Los chicos pasaban temporadas con ella, le gustaba cuidar de ellos.
-Podríamos habernos quedado allí, papá. La tía Sāra dijo que podíamos, ¿te acuerdas? -insistió Misuke.
-No era una buena idea, hijo.
Ante las palabras firmes del padre, el niño suspiró, ganándose otra mirada dura de Naruto.
Hinata pensó con tristeza que la boda lo había cambiado. El niño alegre de la noche anterior se había desvanecido y a ella le dolía. Temía que fuera muy doloroso conseguir que regresara. Se levantó de la mesa, recogió los platos y volvió con la tarta. La jarra de crema estaba medio llena, seguramente alcanzaría para la tarta de Naruto. Observó cómo se metía el tenedor en los labios y masticaba el primer bocado. Una alegría burbujeante se adueñó de ella cuando vio su sonrisa de aprobación.
-Es tan buena como la de tía Sāra, ¿verdad, Naruto?
El niño comía despacio y en silencio, como si no quisiera que se le notara el entusiasmo. Arashi no tuvo reparos en dar el visto bueno.
-Eres una buena cocinera, señorita Hinata.
En realidad, era un gran halago, expresado con un floreo del tenedor, con los ojos brillantes y la boca rodeada de migajas.
-¿A que sí? -dijo Naruto.
Hinata sintió que se sonrojaba. Había recibido más cumplidos en aquellos dos días que en los últimos diez años. Aunque sólo fuera eso, Naruto iba a ganarse un lugar en su corazón a base de modales corteses y sonrisas amables.
El sol se había puesto en un estallido de colores, dejando tras sí una helada de otoño. Hinata había ido a buscar el chal al salón, donde cubría el sillón mullido de su madre esperando a que ella se lo pusiera en las noches de frío. Salió al porche para ver cómo Naruto acababa de sacar las cosas del granero. Definitivamente se estaba instalando en la casa y Hinata sintió una punzada de aprensión al pensarlo.
-Esto es lo último -dijo él, plantando un pie sobre el primer escalón-. ¿Qué te pasa, Hinata? ¿Tienes miedo de que olvide el trato que hemos hecho? ¿De qué olvide en qué habitaciones de la casa soy bienvenido y en cuál tengo prohibida la entrada?
Hinata no esperaba aquella capacidad de leerle el pensamiento. Se arrebujó en el chal, como si el viento la helara.
-No, no tengo miedo de ti. Ya te lo he dicho. Me he dado cuenta de que eres un caballero, estoy segura de que cumplirás con tu parte del trato.
-Ábreme la puerta, ¿quieres? -dijo subiendo los escalones-. Esta vez voy cargado de verdad, no quería dejarme nada.
-Esas cajas parecen pesadas. ¿Quieres que te ayude?
-No. Casi todas son de libros. También hay algunos periódicos y el contenido de mi escritorio. Es un mueble grande. Seguramente fue una tontería echarlo a la carreta pero no soportaba dejarlo atrás. En él están todas las cuentas y los documentos necesarios para mantener una granja y una familia en Sunagakure.
-Hay una habitación pequeña junto al comedor que puedes utilizar si quieres.
De repente, su expresión se hizo pensativa al recordar todas las tardes que había pasado sola en aquellos diez años, preguntándose qué hacía su padre metido en aquel cuarto mientras ella permanecía sentada en la cocina o en el salón.
-¿Hay muebles?
-Unos pocos, pero creo que cabrán estas cosas. Hinata le indicó el camino a través de la cocina y de un comedor, que se utilizaba tan poco que los muebles estaban cubiertos con sábanas. Pasando delante de tres amplias ventanas había una puerta que ella abrió.
-Está oscuro, pero no hay mucho con lo que tropezar -dijo ella-. Mi padre sólo tenía una silla y una otomana junto a la ventana y una mesa para la lámpara y los libros de contabilidad.
Un aire estancado, mohoso, asaltó a Naruto haciéndole arrugar la nariz.
-Por la mañana habrá que abrir las ventanas y dejar que entre el sol y el viento
-dijo, dejando las cajas contra una pared.
-No había entrado aquí desde que murió. Era su habitación. Supongo que no me sentía bienvenida, ni siquiera después de que él ya no estuviera.
-Ahora sí que lo serás.
La afirmación no podía ser más clara. Naruto no estaba dispuesto a tener secretos con su esposa. Hinata dudaba que dejara la puerta de su habitación abierta para que ella pudiera curiosear, pero aquel cuarto volvería a formar parte de la casa una vez más. Incluso podía quitar las sábanas del comedor y utilizarlo para los domingos, como hacían cuando su madre vivía. Aquella idea la alegró.
-Ésta es tu casa, Hinata. Cuando la semana que viene pague tu hipoteca, también será mía, pero siempre se hará en ella lo que tú quieras hacer.
Hinata lo miró, esforzándose por distinguir sus rasgos en la penumbra.
-Eso está muy bien, Naruto. Sin embargo, como hombre, siempre tendrás más derechos de los que yo nunca he tenido. No hubiera accedido a esto si no estuviera plenamente segura de ti. Hasta donde yo sé, la mujer sólo disfruta de los derechos que su marido le concede, por mucho que digan las escrituras.
-Es una cuestión de confianza, ¿no? A la hora de la verdad, Hinata, tendrás que confiar en mí. ¿Te crees capaz de eso?
-¿Que si puedo confiar en que mantengas la granja? Supongo que sí, pero no esperes nada más. Con los años he aprendido a cuidar de mi misma. No necesito que nadie se ocupe de mí. Estoy encantada de que te encargues del trabajo duro, pero no pienso depender de ti, Naruto. He aprendido bien esa lección. Ya cometí el error de... preocuparme por la gente. No volverá a ocurrir.
-Sin embargo, te preocupas por mis hijos.
-Ahí tienes razón, son jóvenes y desvalidos. Necesitan que alguien cuide de ellos.
-¿Y tú no?
-¿Que si no necesito que se encarguen de mí? No, ya te he dicho que no volveré a cometer la misma equivocación.
Hinata cruzó los brazos a la altura de la cintura mientras un escalofrío le recorría la espalda a pesar del chal. Naruto captó el temor de su cuerpo, aun en las sombras de la habitación.
-Tienes frío, Hinata. Dejemos esto por ahora. Ya habrá tiempo mañana de ordenarlo.
Hinata salió delante de él y se encaminó a la escalera.
-No oigo a los niños. Deben haberse metido en la cama -dijo mirando hacia las escaleras y luego al hombre que la observaba a la luz de la lámpara.
-Buenas noches, Naruto. ¿Quieres apagar la lámpara cuando te retires? Yo puedo acostarme a oscuras. Me levanto temprano. Haré el desayuno en cuanto las vacas estén ordeñadas.
-De ahora en adelante, ordeño yo -le recordó él-. Quizá no sea tan rápido como tú, pero trataré de refrescarme la memoria.
Hinata se recogió la falda para subir el primer escalón.
-Lo harás muy bien. Y no te preocupes, te esperaremos. Si veo que tardas demasiado, iré a echarte una mano.
-Estoy bromeando, Hinata. El ordeño no tiene secretos para mí. Tú haz un desayuno copioso, pienso salir del establo con hambre.
-Llevo preparándotelo dos días, ya me he hecho una idea de tu apetito, señor Namikaze.
Naruto la vio subir las escaleras y se fijó en el suave cimbreo de sus caderas bajo el vestido de muselina. Alcanzó a verle los tobillos por encima de los zapatos bajos que llevaba en casa. Delineadas a la luz de la lámpara, sus formas lo atraían como un imán, sus cabellos parecía un halo tenue en aquella luz suave, confiriéndole una elegancia etérea.
-No señora -murmuró para sí-. No tienes ni idea de cuáles son mis apetitos. En realidad, hasta este mismo instante, no estaba seguro de que me quedara alguno.
Y, con una sonrisa renuente, se dio cuenta de que era la pura verdad. Oyó que ella corría el cerrojo de su habitación.
-Buenas noches, señora Namikaze -añadió a pesar de todo.
