La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capítulo 6

Había sobrevivido a dos semanas de matrimonio y Hinata marcó mentalmente aquella fecha en el calendario con una sonrisa de satisfacción. También habían sido unos días muy atareados en los que había tenido que ir varias veces a la ciudad y enfrentarse a las miradas de curiosidad por primera vez. Pero, desde entonces, las cosas habían sido más fáciles.

Incluso el domingo, en la iglesia, todos los saludaron y apenas hubo expresiones de extrañeza ante lo precipitado de su boda.

Naruto era un hombre ambicioso, tenía que reconocerlo, y trabajaba de sol a sol. Aquel día no era una excepción, había salido a trabajar apenas acabó de desayunar. Sólo se había quedado el tiempo suficiente para poner una mano cálida sobre su hombro para recordarle que la tarde anterior había perdido un botón de la camisa. Ella dijo que lo cosería, pero su mente estaba obnubilada con el contacto de aquella mano y sus mejillas sonrojadas y ardientes. Luego Naruto salió, dejándola sola y pensando en la extraña excitación que despertaba en sus entrañas. Naruto era un hombre cariñoso, lo había notado con los niños y cada día que pasaba sus caricias se hacían más frecuentes.

Desde fuera le llegó una risa aguda y el grito de Arashi a su hermano.

-¡Mírame ahora!

Con una sonrisa, pensó que los dos bribonzuelos se estaban divirtiendo de lo lindo. Sonaron más carcajadas. Hinata dejó el fregadero y se secó las manos en el delantal.

Desde la puerta, vio que Misuke corría con las manos llenas de paja y la arrojaba al aire intentando sin demasiado éxito mantener alguna brizna flotando con sus soplidos. Hinata se echó a reír al contemplar su expresión despreocupada, aliviada al pensar que el ceño, que había sido su adorno preferido durante aquellas dos semanas, había desaparecido.

-¡Mira cómo me tiro! -gritó Arashi una vez más.

¿Tirarse? ¿Qué diablos podía estar haciendo? ¿Dónde estaba jugando? Lo único que había tras aquella esquina del granero era un almiar...

Y en aquel momento lo supo.

Giró sobre sus talones y echó a correr. Desde la esquina del granero, Misuke la vio acercarse, dejó caer la paja que tenía entre las manos y observó su avance con una expresión hostil.

-Misuke, ¿habéis estado jugando en el pajar?

Sin embargo, no se detuvo a esperar su respuesta, sino que siguió corriendo, convencida de lo que iba a descubrir en cuanto doblara la esquina.

-¡Misuke! ¿Me estás mirando?

Hundiéndose hasta las rodillas, Arashi trepaba por el otro lado del montón, riéndose alegremente mientras se lanzaba entre la paja mullida. Hinata se llevó la mano a la boca, su irritación por la ruina del montón diluida ante el placer del niño. Que se volviera a lanzar una vez más no podía causar más daño del que ya había hecho, pensó haciendo una mueca de desánimo.

Arashi llegó a la cima y con un grito final se deslizó pendiente abajo para detenerse contra un montón de paja amarilla. Se llevó ambas manos a la cara para quitarse los trozos mientras parpadeaba. Entonces la vio.

-¿Te has fijado, señorita Hinata?

El orgullo y la satisfacción se mezclaban en su pregunta mientras se arrodillaba al pie del pajar derruido.

-Sí, me he fijado, Arashi-dijo con una voz dura y sin aliento por la carrera-. No teníais que subir al henar. Lo habéis llenado de agujeros y se echará a perder si no lo tapamos antes del próximo chaparrón. Vuestro papá ya tiene bastantes cosas que hacer sin que encima le deis más trabajo.

A sus espaldas, un resoplido impaciente anunció la presencia de Misuke.

-Tú no quieres que juguemos, sólo que trabajemos todo el rato en tu dichosa granja.

Hinata giró en redondo. El niño la miraba con los ojos entornados por el sol y un gesto acusador. Tenía las manos metidas en los bolsillos, las piernas separadas y un desafío escrito en los ojos.

-¿Tú no sabías que no debéis jugar en el henar, Misuke?

Habiendo vivido en una granja, le extrañaba que su padre no se lo hubiera advertido. La lona era un artículo difícil de conseguir, pero una vez echada a perder la superficie del almiar era el único modo de que no se pudriera con las lluvias.

-Papá siempre nos dejaba jugar en casa -dijo el niño.

-Y yo quiero que juguéis aquí. Pero no a costa de...

Hinata tomó aliento. No servía de nada regañarlos, sólo iba a conseguir que Misuke se pusiera más furioso. Y el pobre Arashi, estaba encogido sobre el montón de paja, como si en cualquier momento fueran a rebanarle la cabellera.

-Siento haberos gritado. Lo hecho, hecho está -dijo extendiendo una mano hacia Arashi-. Es hora de comer. Vamos a casa a lavaros.

Hinata esperó con la mano tendida. Con una mirada rápida a su hermano, Arashi asintió y la aceptó.

-Sólo jugábamos a escalar la montaña.

El niño fruncía la frente y arrugaba la nariz, como si quisiera quitarse alguna brizna de paja invisible. Hinata le revolvió el pelo con la mano libre para ayudarlo. Aquel niño se ganaba su corazón con la inocencia de sus ojos azules como el cielo del verano.

-Sólo estábamos jugando y a mi padre no le va a gustar que nos hayas gritado.

-Tu padre tendrá que encontrar una pieza de lona para tapar el henar antes de esta tarde y será mejor que tú vayas pensando en ayudarlo -contestó ella con voz serena, habiendo dominado su irritación.

Un silbido agudo les llegó desde el manzanar. La figura alta de Naruto caminaba hacia ellos con un sombrero de ala ancha en la cabeza. Saludó con una mano, en la otra llevaba un cubo lleno de manzanas.

El corazón de Hinata se aceleró. Las largas piernas de Naruto lo llevaban deprisa, una sonrisa satisfecha curvaba sus labios. Había encontrado su lugar en la granja con la misma rapidez con que se había instalado en todos sus pensamientos.

Hinata sacudió la cabeza, deseando dominar aquel cosquilleo de placer. Era todo un espectáculo contemplarlo, pero ella no tenía derecho a... ¿a qué? No hacía ningún daño con admirar la anchura de sus hombros y sus largas zancadas.

Ya no podía explicarse cómo había podido considerar casarse con Sasuke Uchiha diez años atrás. Claro que ahora había conocido a Naruto, el hombre que caminaba hacia ella por el prado como un coloso a través del campo de batalla.

-Te he traído un cubo con las primeras baldwins, Hinata. He pensado que podías asar unas cuantas para la cena.

-Desde luego. Siempre he dicho que cualquiera que se pase la mañana recogiendo manzanas merece probar el fruto de su trabajo.

La risa de Naruto era juvenil y exultante, como si no tuviera ninguna preocupación. Hinata se sintió abrumada ante el atractivo del hombre con el que se había casado. La brisa agitaba su pelo, el sudor marcaba unos semicírculos en su camisa en torno a las axilas y, con las manos manchadas por el trabajo honrado, componía una imagen admirable.

-Te las dejaré en la cocina, señora Namikaze -dijo él sin dejar de sonreír.

El hombre sombrío que había visto por primera vez en el pescante de la carreta estaba muy lejos del que la miraba sonriente. A Naruto le sentaba bien el trabajo duro. El amanecer lo encontraba en el establo, ordeñando y alimentando a las vacas. Al contrario de lo que había insinuado en sus bromas, era un granjero experto. Silbaba suavemente y engatusaba a los animales con frases amables y mimosas. Realizaba todo tipo de tareas y daba cuenta de la comida que ella preparaba como si hiciera años que no se hubiera sentado a una mesa decente. Hinata disfrutaba cocinando para él. Las comidas de medio día eran apresuradas, pero las cenas eran otra cuestión. A Naruto le gustaba observar sus movimientos desde su silla mientras le contaba los trabajos que había acometido durante el día, las cercas arregladas, las manzanas recogidas y almacenadas, el heno segado y apilado en filas ordenadas.

Su capacidad de trabajo la tenía asombrada. La alegría que le proporcionaban aquellas labores interminables la maravillaba. La ternura que demostraba con sus hijos la reconfortaba. Y las ocasionales miradas de admiración que le lanzaba despertaban su curiosidad. Sin embargo, tal como había prometido, no intentaba propasarse, no le pedía nada que no hubiera estipulado en su trato. Todas las noches se despedía de ella al pie de las escaleras y le daba los buenos días en la cocina, cuando volvía dé ordeñar.

Hinata lo siguió al porche y esperó a que dejara el cubo de fruta sobre los tablones del suelo.

-La comida está casi lista -dijo mientras se levantaba la falda para subir los escalones-. Sólo tengo que acabar de lavar los platos.

-Y nosotros vamos a lavarnos en la bomba. Parece que estos chicos se hayan estado revolcando en el polvo.

Con una mano sobre cada niño, Naruto los condujo a la bomba de agua. Hinata oyó los gritos alegres de Arashi al sentir el agua sobre la cara y las manos. Sonrió al imaginárselos salpicándose en torno al surtidor, bombeando el agua por turnos mientras los otros dos se enjabonaban y enjuagaban. ¡Qué diferente de la vida seca y formal que había llevado con su padre durante diez años!

-Señor, bendice los alimentos que vamos a recibir -rezaba Naruto ante la mesa, las manos unidas sobre el plato.

Hinata, que lo miraba a través de las pestañas entornadas, se apresuró a ponerse la servilleta sobre el regazo, para evitar que la descubriera.

-Cerrar nuestros ojos mientras rezamos es una muestra de respeto -dijo Naruto en tono de reproche. Hinata alzó la cabeza y buscó su mirada. ¡Era imposible que se hubiera dado cuenta!

-Yo siempre los cierro, papá -dijo Arashi, demostrándoselo.

-¿Crees que a Dios le importa? -preguntó Misuke en tono malhumorado, como si le trajera sin cuidado lo que pudiera parecerle importante al Todopoderoso-. Creo que nos deberíamos preocupar más por otras cosas.

-Yo he pensado lo mismo muchas veces -dijo Hinata, sirviendo patatas en el plato de Arashi. Misuke giró la cabeza con los ojos muy abiertos.

-¿De verdad crees que tiene cosas más importantes de las que ocuparse? Hinata asintió, el plato se llenó con una cantidad generosa de verduras.

-Me preguntaba por qué no había cuidado mejor de mi madre, por qué no había dejado que viviera un poquito más. Yo recé mucho por ella, pero murió de todas maneras.

-¿Tu mamá murió? ¿Cuántos años tenías?

Los ojos del pequeño seguían muy abiertos, la cara sombría era expectante.

-Era bastante vieja... dieciséis. Pero nunca nos hacemos tan mayores que no echemos de menos a nuestra madre cuando la perdemos.

Manteniendo la mirada apartada de Misuke deliberadamente, Hinata cortó la comida de Arashi en trozos diminutos.

-¿Es que se ahogó?

Era una pregunta conmovedora, expresada con una voz apenas audible. El corazón de Hinata se partió mientras negaba con la cabeza. Quizá pudiera dejar pasar el asunto de la paja hasta el día siguiente, le parecía que una regañina de su padre sería más de lo que Misuke podría soportar. El pajar parecía un asunto trivial comparado con la terrible pérdida que había sufrido el niño.

-Come, Misuke. Tenemos mucho trabajo que hacer esta tarde.

-Ya, tenemos que limpiar el estropicio que hemos montado en el pajar -dijo Arashi en su tono alegre-. La señorita Hinata nos ha gritado, papá.

Unos ojos azules se clavaron en ella haciendo que se ruborizara. Naruto se limpió los labios con la servilleta.

-¿Qué ha pasado?

-Yo me encargaré de eso -contestó ella, evitando su mirada-. Los niños se han puesto a jugar en el almiar esta mañana. Me parece que podré arreglarlo, si Misuke me ayuda.

-¿Misuke?

La mirada de Misuke era firme. Arashi dejó caer los hombros, sostenía el tenedor en el aire, cargado de patatas.

-Escalábamos la montaña, papá -insistió Arashi.

-¿Y habéis hecho agujeros en la paja?

-Sí, señor -dijo Misuke asintiendo.

Naruto tomó otro bocado de comida y lo masticó pensativamente. Lo tragó y tomó la taza de café.

-Yo me ocuparé de eso, Hinata. Los niños saben que no deben jugar junto al granero.

-Deja que lo haga yo -insistió ella con voz tranquila, consciente de que se encontraba irritado.

-Mis chicos han causado el problema y me concierne a mí repararlo.

Hinata juntó las manos sobre el regazo. Sin darse cuenta, había pasado de ser la portadora de las malas noticias a convertirse en la defensora de los culpables.

-Y yo tendría que haberlos vigilado, Naruto. También son mi responsabilidad.

Misuke se apoyó contra el respaldo de la silla. Escuchaba a los adultos con una expresión temerosa en los ojos.

-¿Hay lonas en el granero? -preguntó Naruto.

-Tendré que mirar. Mi padre tenía, pero las cosas cambiaron mucho durante el último año. Puede que no sea fácil encontrar alguna.

Naruto alzó las cejas, como si cuestionara su manera de describir el orden en el almacén de su padre. Hinata se levantó de la mesa, miró a Misuke y le hizo un gesto hacia el plato en una advertencia muda. Obedientemente, el niño se inclinó hacia delante y se metió el tenedor en la boca.

-Tú me vas a ayudar con el trabajo, Misuke. Y tú también, Arashi anunció Naruto-. Y será mejor que nos pongamos manos a la obra cuanto antes-. No me gustan las nubes que he visto venir por el oeste, no podemos permitirnos perder toda esa paja.

-Creía que iba a ser una tormenta de verdad - dijo Hinata mirando al granero.

La tierra sedienta absorbía los chaparrones conforme llegaban al suelo. Naruto asintió.

-Parece que va a parar, mejor así. El heno que segué el otro día va a necesitar un día más para secarse antes de que podamos guardarlo. Hinata, no deberías mimar a los chicos.

Hinata apretó los labios, consciente de que le había recordado precisamente el tema que ella quería evitar.

-Eso parece una orden.

-Te habrías cargado a las espaldas este trabajo si yo no llego a enterarme de lo sucedido.

-Seguramente -asintió ella-. Ya les he soltado un sermón, Naruto. He herido los sentimientos de Misuke.

-Han de aprender. La vida no es fácil y Misuke tiene tendencia a hacer lo que le da la gana.

Una ráfaga de viento se coló bajo el porche, mojando a Naruto que retrocedió.

Apenas podía ver a Hinata a la luz que salía por la ventana de la cocina.

-Echa de menos a su madre -susurró ella, esperando inquieta su reacción.

-Puede que sí. Quizá sea que echa de menos la idea de tener una madre. Shion no se ocupaba de los niños, dejaba que su hermana Sāra cuidara de ellos. En realidad, a Shion no le gustaba nada de su vida conmigo.

-¿No le gustaba la granja?

-Era una chica de ciudad. No sé cómo pude pensar en hacer de ella una granjera. Tendría que habérmelo imaginado, supongo. Su hermana vivía en la ciudad y Shion nunca dejó de envidiar que Sāra tuviera vecinos y una tienda al otro lado de la calle.

-¿Nunca pensaste en irte a la ciudad con ella? Hinata observó que Naruto embutía las manos en los bolsillos y se encogía de hombros.

-La verdad es que no. Yo había nacido y crecido allí. Era lo único que sabía hacer. Pensé que se adaptaría a esa clase de vida cuando nos casáramos. Le compré una cocina nueva, armarios de cocina y llevé el agua al interior de la casa.

-¿La echas de menos?

Era una pregunta descarada, pero mantuvo la voz firme porque también era importante para ella. De repente, se dio cuenta de que no podría soportar que Naruto añorara a su primera esposa. Si pensaba en Shion cada vez que la miraba a ella... si recordaba los buenos tiempos con Shion cada vez que se iba a la cama...

-¿Echarla de menos? -repitió él con un movimiento negativo de la cabeza-. Nos llevábamos bastante mal, sobre todo al final.

Naruto se sacó una mano del bolsillo y se palpó la cicatriz de la mejilla. Se rascó como si le picara. Entornó los ojos y apretó los labios.

-¿Qué pasó Naruto? ¿Cómo te hiciste esa cicatriz?

-Fue un accidente con un cuchillo.

Hinata dejó de mover la mecedora. Naruto la contemplaba.

-¿Te heriste tú solo?

-Tienes frío, Hinata. Será mejor que entremos en casa.

Ella siguió mirándole a los ojos un momento y acabó aceptando la mano que le ofrecía.

-Sí, hace un viento helado.

Sintió los callos de su mano y un calor hormigueante se propagó por su cuerpo. Dejó que la ayudara a levantarse, más consciente de él que nunca y trató de buscar sus ojos en la oscuridad. Naruto la protegió de las rachas con su cuerpo mientras abría la puerta de la cocina. Sin embargo, no la soltó cuando entraron y se volvió a cerrar la puerta.

-Creo que necesito irme a descansar -susurró ella.

Hinata tiró para que la soltara, pero él no estaba dispuesto a dejar que se escapara con tanta facilidad.

-¡Naruto!

Al arriesgarse una vez más a mirarlo, Hinata se vio atrapada en la seriedad de su expresión, en la línea dura de sus labios, en la fuerza penetrante de sus ojos.

Naruto la contempló un instante como si estuviera sopesando lo que iba a decir y aquellas palabras sonaron desgarradoras en el silencio de la casa.

-No echo de menos a Shion, Hinata. Cuando murió, hacía mucho tiempo que había dejado de amarla -añadió mientras apretaba sus dedos con fuerza-. Hace años que no le hago el amor a una mujer.

Hablaba en voz baja, con palabras duras y honestas. Naruto se puso su mano sobre el pecho. Con el corazón desbocado, Hinata trató de que la soltara.

-¡No quiero oírlo! ¡No quiero saber nada de las mujeres que ha habido en tu vida!

-Me has preguntado si la echaba de menos y te estoy contestando.

-Me has dicho mucho más de lo que quería saber -dijo ella dolida mientras se apartaba de él.

-¿Tienes miedo de mí, Hinata?

Una vez más, ella trató de soltarse, pero se dio cuenta de que no servía para nada. Acabó relajándose, consciente de que no se vería libre hasta que él así lo quisiera y cerró los ojos.

-Hasta este momento, no. No te tenía miedo. Ahora...

Los labios de Naruto se distendieron en una sonrisa carente de humor.

-¿Y ahora? No puedo creer que te asuste. ¿Acaso no ha habido otro hombre en tu vida?

Hinata sintió que la sangre se le bajaba a los pies, que la vergüenza se apoderaba de ella. Abrió los ojos y sacudió la cabeza.

-Suéltame, Naruto, por favor. No tienes derecho.

La mano que la sujetaba aflojó su presión, pero sólo para deslizarse sobre su espalda y atraerla hacia él.

-¡Ah, pero sí que lo tengo, señora Namikaze! Tengo todo el derecho del mundo. Eres mi esposa, ¿recuerdas?

La estrechó contra sí. Hinata le puso las manos contra el pecho, sintiendo cómo su cuerpo se amoldaba al suyo con la única barrera de las ropas. Naruto la sujetó sin esfuerzo hasta que su calor corporal la alcanzó, impregnando cada rincón de su ser. Era un abrazo que ella no esperaba, pero aquel calor era una tentación y se dejó caer contra él cerrando los ojos.

Había mentido. Hinata se aferró a su camisa admitiendo la verdad para sí misma. En su corazón, no había la menor sombra de miedo por aquel hombre, sólo un anhelo de conocer sus caricias, su calor.

-No voy a hacerte daño, Hinata.

Sus palabras eran solemnes, como un voto susurrado junto a su frente. Y entonces, como en un sueño, Hinata oyó aquellas mismas palabras repetidas con otra voz más gutural que casi había olvidado. Sasuke Uchiha le había suplicado de la misma manera diez años antes hasta que ella cedió a sus dulces ruegos.

Sintió la boca de Naruto sobre la mejilla, buscando sus labios. Con un escalofrío, Hinata apartó la cara y sólo alcanzó a besarla en la oreja. Sin embargo, Naruto se echó a reír cuando sintió que se estremecía, una risilla retumbante que ella notó vibrar en sus pechos. Naruto le sujetó la cara y la obligó a mirarlo una vez más.

Hinata sólo alcanzó a verlo un instante antes de que sus bocas se encontraran con besos tiernos y susurrantes. Naruto hablaba junto a sus labios con palabras ahogadas, con sonidos que ella no podía comprender. Sólo experimentaba una sensación maravillosa de placer al sentirse saboreada, al notar la caricia suave de sus labios, la punta de la lengua que recorría cautelosamente su labio inferior.

-¿Sigues asustada de mí?

-No -respondió ella con un suspiro entrecortado.

Naruto sonrió ante su sinceridad. Volvió a buscar la suavidad de su piel, abrió la boca contra su mejilla. Musitando su nombre, volvió a saborearla, aspirando su aroma entre gemidos de placer.

-¿Naruto?

El oyó aquella súplica, pero siguió restregando el rostro contra su garganta. Hinata inclinó la cabeza, le parecía que su cuello era incapaz de sostenerla. Con un gruñido satisfecho, Naruto buscó el pulso que latía junto a la piel exquisita de su garganta.

-Hinata, ¿me tienes miedo ahora? -dijo con una voz que rezumaba satisfacción.

-Sí...

Y, una vez más, Hinata mintió y luchó por contener las lágrimas que pugnaban por brotar. Aquello no era lo que él esperaba oír. Los brazos aflojaron su presión, levantó la cabeza y apartó la boca de ella.

Hinata obligó a reaccionar a sus músculos anhelantes que se lamentaban de la pérdida de aquel calor, del alejamiento de aquel cuerpo fuerte que se apretaba contra sus zonas más íntimas. Y con aquel lamento, Hinata se dio cuenta de que nunca podría aceptar lo que Naruto le estaba ofreciendo.

No dudaba que él hubiera sido tierno, que sus manos la hubieran tratado con dulzura, pero también estaba absolutamente convencida de que él esperaba descubrir una virgen en su cama.

Y ella no era virgen, ni siquiera de lejos. No podía soportar la idea de que la repudiara y tuvo que cerrar los párpados con fuerza para no echarse a llorar.

Hinata había sellado su propio destino una noche, diez años antes. Jezabel, la había llamado su padre. Y quizá fuera eso lo mínimo que Naruto le diría si llegaba a saber la verdad.

-Ve, Hinata. Vete a la cama.

Naruto dejó caer los brazos y ella retrocedió, parpadeando furiosamente, negándose a, buscar su mirada. Le dio la espalda en silencio. Consciente de lo que podría haber sido, admitiendo que jamás podría ser, subió las escaleras hacia la soledad de su cama.


Jezabel: Reina de Israel del siglo IX antes de Cristo, mala como una araña, ramera, instigadora de crímenes, y según el Tanaj (las Escrituras hebreas) y el Antiguo Testamento (Reyes I y II), de una belleza y poder de seducción tan irresistibles como malditos.


Continuará...