La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capitulo 7

-¿Quieres llevar la carreta tú esta mañana? - preguntó desde la puerta de la cocina con las botas embarradas-. El chaparrón de ayer fue sólo una broma. Se acerca una tormenta de verdad y tenemos que recoger el heno del campo o lo perderemos todo.

Hinata se apresuró a secarse las manos en el delantal.

-Sólo tengo que cambiarme de zapatos y ponerme el chal.

-Mejor que traigas el chaquetón. Hace un viento helado esta mañana. Cuando salga el sol no hará tanto frío.

Naruto contemplo sus movimientos sin apartar la vista de la curva de sus posaderas. Sabía que ella le hubiera propinado una buena bofetada de haberse dado cuenta.

Era el primer instante de jovialidad desde el fracaso de la noche anterior. Había pasado una noche miserable, consciente de que había traspasado los límites que él mismo se había impuesto, sabiendo perfectamente los estragos que había causado.

El beso había sido un impulso ciego. Una vez tuvo a Hinata entre sus brazos, no había sido capaz de contenerse. Sólo su inocencia había evitado que la llevara en brazos a su habitación. Se merecía algo mejor que un revolcón improvisado aquella virgen recatada con la estaba casado. Y, a juzgar por su actitud hacia él aquella mañana, sería mejor que fuera haciéndose a la idea de pasar largos meses solo en aquella gran habitación. ¡Demonios! Hubiera dado cualquier cosa con tal de volver a estipular su pacto.

Hinata era una mujer deseable, una vez que se aprendía a mirar más allá de aquella lengua afilada y del genio vivo que la alimentaba. El sí había aprendido a reconocer a la mujer solitaria que tenía las mismas necesidades y anhelos que todas las demás. Y anhelante ni siquiera empezaba a describir el estado en que él se encontraba desde anoche. Que Hinata no hubiera vuelto a mencionarlo, era una verdadera sorpresa.

-¿Dónde te has embarrado tanto? -preguntó ella-. El patio está bastante seco.

-La carreta estaba en un charco detrás del granero. He tenido que enganchar los caballos para sacarla de ahí. Sin embargo, el campo está casi seco. No tardaremos mucho.

Naruto le sonrió mientras doblaban la esquina del establo.

-Pondremos a Misuke en lo alto para que pisotee el montón conforme avanzamos.

Tiene muchas ganas de ayudar.

Para Hinata, Misuke no había tenido muchas ganas de nada últimamente. Arashi, por el contrario, se comportaba como de costumbre y se mostraba cariñoso con ella sin reparos. Incluso le había dejado que le atara los zapatos y le abotonara la chaqueta.

-¿Dónde está Arashi? No lo he visto desde el desayuno.

-Me ha estado ayudando a echar heno a las vacas. Sospecho que sigue en el mismo sitio.

-¿Puede subir a la carreta conmigo? - Preguntó ella.

La idea de tener al pequeño junto a ella mientras recogían el heno segado le resultaba atractiva.

-Claro. Además, es el mejor sitio para él, así nos lo quitaremos de en medio.

Naruto silbó una llamada de tres notas y volvió a sonreírle. Hinata se dio cuenta de que era la segunda vez que lo hacía en menos de cinco minutos.

-¿Me llamabas, papá?

La voz les llegó desde arriba. Hinata levantó los ojos y parpadeó. El niño se asomaba por la ventana del pajar del establo.

-¡Señorita Hinata! ¿Sabes qué? He encontrado a la dichosa gata en un rincón, tiene tres gatitos. Una risa espontánea brotó de su garganta al oír el entusiasmo del niño.

-Deben tener unas pocas horas, Arashi. Anoche, Luna todavía estaba bastante gorda.

-¿No quieres subir a verlos?

En aquel momento, Arashi se asomó aún más por la ventana. Hinata contuvo el aliento.

-No te preocupes, Hina -dijo Naruto-. No le pasará nada. No te asomes tanto, Arashi. Te romperás el cuello si caes desde ahí y hoy tengo demasiado trabajo como para llevarte al médico.

-¡No lo dices en serio! -dijo el niño obedeciendo.

-Anda, ven aquí -dijo Naruto-. Puedes ir en la carreta con la señorita Hinata y ayudarla a manejar los caballos.

-¿Por qué no puedo conducir la carreta yo? - se quejó Misuke detrás de ellos.

-Ven aquí, hijo -dijo Naruto acariciándole el pelo-. Te necesito para que pisotees la carga mientras yo la subo con la horquilla. ¿Podrás hacerlo?

-El año pasado te vi hacerlo. Ahora soy mayor.

-Sí, estás creciendo como una mala hierba, hijo mío. Ya falta poco para que puedas manejar la horquilla como un hombre.

Los ojos del niño resplandecieron al oírlo y se acercó más a su padre.

-Arashi aún es demasiado pequeño para ayudar, ¿verdad?

-No es verdad -protestó el pequeño apareciendo por la esquina a toda velocidad-. Papá ha dicho que puedo llevar la carreta -dijo sin detenerse y empezando a subir-. Señorita Hinata, espera a ver esos gatitos. Son chiquitajos y tienen los ojillos cerrados. Hay dos negros y uno de varios colores. ¿Nos vamos

a quedar con todos? -prosiguió el crío mientras balanceaba las piernas en el aire-. La tía Sāra dice que con un gato hay de sobra, ¿verdad, papá? Pero yo creo que hay sitio en el granero para más de uno. Es mucho más grande que el cobertizo de la tía Sāra.

-Sí, pero la tía Sāra también tiene un perro -dijo Misuke.

Hinata pensó en lo mucho que los dos niños se habían divertido con Sheba.

-Vosotros también tenéis una perra.

-Es suya, señorita Hinata -refunfuñó Misuke con amargura-. Papá lo ha dicho. Hinata se encogió de hombros.

-Ella sigue cumpliendo con su trabajo, ¿no es cierto, Misuke?

Esta vez, la sonrisa que Naruto le dirigió al darse cuenta de la flexibilidad que implicaban sus palabras, fue bien recibida.

-Es una buena perra pastora, Hina. Aunque los niños la mimen un poco.


-Me temo que va a ser una comida tardía - dijo Hinata, cortando la carne de cerdo rápidamente.

-No te preocupes. Como tú nos has ayudado en el campo, nosotros te ayudaremos en la cocina. ¿Qué os parece, chicos?

La piel de Naruto había tomado color con el sol y el viento. Se movía silenciosamente por la cocina, había dejado las botas en el porche, pero Hinata presintió que estaba justo a su espalda.

-¿Nos podrías hacer unos huevos con esa carne? Los que hemos recogido esta mañana están limpios.

-Tendría que utilizar los menos frescos antes -dijo ella, mirándolo por encima del hombro.

-Que sea al revés, Hina. Le llevaré los otros al señor Yamanaka. No notará la diferencia y a mí tampoco me importa. Estará encantado de todas maneras. Me comentó el otro día que nunca ha encontrado un huevo pasado en tu cesta, que podía tener la seguridad de que todos son frescos.

Hinata se apartó de él mientras trataba de dominar el sonrojo de orgullo que provocaban sus halagos. Desde la noche anterior, casi no había podido pensar en otra cosa que en Naruto. Por mucho que intentara quitárselo de la cabeza, volvía a aparecer al instante. Apretó los labios y sacudió la cabeza para alejar aquel recuerdo.

-¿Vas a cocinar con la sartén o a atizarme en la cabeza?

Sorprendida, Hinata se dio la vuelta y vio que él se agachaba para esquivar el golpe. Sus manos temblorosas la dejaron caer al suelo.

-¡Oh! ¡Mira lo que has conseguido! -exclamó agachándose a recogerla oyéndolo reír.

-Tienes que concentrarte en lo que haces. Has estado a punto de tirar los huevos.

-Pues quítate de mi camino cuando estoy cocinando.

Su voz era firme y Naruto se plegó ante su autoridad.

-Tú eres la jefa aquí. Me sentaré a mirarte mientras tú me preparas la comida.

Furiosa, lo vio caminar en calcetas hasta ocupar el sitio principal a la mesa, el que le pertenecía por ser el hombre de la casa. Hinata pensó en lo distinto que era del último que había ostentado aquel título.

No recordaba una sola vez en que su padre le hubiera hecho un cumplido ni en que se hubiera hecho cargo de la granja como Naruto lo estaba haciendo. Y mucho menos, que conversara durante las comidas o que tratara a su hija como una persona merecedora de amor.

Arashi llegó y les comunicó las últimas noticias sobre los gatitos con una expresión radiante. Misuke estuvo a punto de no poder ocultar su sonrisa cuando Hinata le felicitó por el trabajo que había hecho apisonando el heno. Y Naruto agradeció de todo corazón en sus oraciones que el Creador hubiera detenido la tormenta hasta que acabaron de almacenar el heno. En realidad, tan efusivo fue con sus agradecimientos, que estuvo a punto de olvidarse de dar las gracias por la comida, provocando las risas de su familia.

Muy dentro de sí, Naruto experimentó una explosión de calor que lo inundó por entero. La vida se estaba portando bien con ellos. No le extrañaba tener la sensación de que el sol estaba saliendo a pesar de que oía el repiqueteo de la lluvia. En los ojos de Hinata, buscó la aprobación que ella le brindaba con miradas de soslayo sobre todo.

Sí señor, las cosas iban mejorando.


Cuando Hinata salió de la lechería con un cesto de mantequilla, vio un coche negro y reluciente aparcado junto a la casa y supo que tenían compañía. Sobre el pescante del buggy, Machiko Akimichi empezaba a bajar.

-¡Yuju, Hinata! -llamó, atenta al escalón.

-¡Estoy aquí! ¿Ocurre algo, señora Akimichi?

Machiko le respondió con una risa cordial.

-¡Cielos, no! ¿Es que no se te puede hacer una visita sin una razón concreta, Hinata? Simplemente, he pensado que ya era hora de que pasara a verte.

Ya que aquella señora no le había hecho una visita en más años de los que Hinata podía contar, la teoría tenía sus fallos, pero trató de no prestar atención a esos detalles.

-¿No quiere pasar? Preparé un poco de té. Machiko rechazó la invitación a pasar al salón en favor del calor y el aroma de la comida que reinaba en la cocina.

-De verdad, Hinata. Me cuesta trabajo acostumbrarme a pensar que tienes toda una familia de repente. Precisamente el otro día le decía a Azami lo mucho que me alegraba por ti, después de que el chico de los Uchiha te rompiera el corazón. Si parece que fue hace una eternidad.

-Siglos, sí. Casi lo había olvidado. Machiko le lanzó una mirada incrédula.

-¿En serio? Yo creía que estabas coladita por él. Si hasta llegaste a planear la boda, ¿verdad?

Hinata sirvió el té y mantuvo los ojos fijos en la taza mientras se encogía de hombros.

-Bueno, llegamos a hablar de eso, pero yo era demasiado joven. Además, mi padre me necesitaba aquí.

-Bueno, pelillos a la mar. De todos modos, ha llegado este encantador señor Namikaze y se ha quedado contigo. Nos hemos fijado en que te lleva bastante a la ciudad. A pocos hombres se les ocurre sacar así a sus mujeres.

-Es todo un caballero -concedió Hinata-. Supongo que soy muy afortunada.

Machiko siguió parloteando, pasando sin transición de una idea a otra, quejándose del precio de las telas y de los apuros que pasaban al tener que depender de los granjeros que llevaban la cosecha al molino.

Hinata refrenó su temperamento, sabiendo perfectamente que la situación era la inversa, y era el señor Akimichi quien tenía cautivos a los granjeros, siendo como era el único molinero en aquella parte del condado.

-¿El señor Namikaze está en el granero? - preguntó Machiko cuando se disponía a irse, una vez que terminaron el té y ella se las hubo arreglado para engullir media docena de galletas.

-No, ha ido a la ciudad para hablar con el herrero.

-Pues no me lo he cruzado por el camino. Hinata se puso el chal para acompañarla al coche, a pesar de que se le acababa la paciencia con aquella mujer parlanchina.

-No tardará en llegar.

-¡Vaya, mira allí! -dijo Machiko cuando tuvo las riendas en la mano-. ¿No es tu marido ése que viene por el camino? ¡Y menuda recua de caballos que trae!

Hinata se quedó con la boca abierta. Montado en una de sus yeguas, conducía una reata de tres caballos, uno de ellos enorme, un semental, si no la engañaban sus ojos.

-Sí, ya veo -murmuró ella, despidiéndose sin darse cuenta.

Si no se hubiera obligado a esperar a que Machiko se perdiera de vista, habría llegado antes que él al establo. Sin embargo, fue Naruto quien llegó primero.

Naruto la vio venir y se dio cuenta de que echaba chispas. Parecía una tormenta andante, sus pies levantaban el polvo a su paso y sus vestidos susurraban al viento. Tenía los labios apretados y sus ojos relampagueaban. Así era Hinata enfadada.

-¿De dónde has sacado la idea de que necesitábamos tres caballos más? Tenemos los dos que trajiste y a mí me parece que ya son bastantes para alimentar. Además, sólo podemos usarlos de dos en dos para tirar de la carreta.

Naruto admiró el color intenso de sus mejillas, el modo en que su pecho subía y bajada, presa de la agitación.

-No pretendo utilizarlos para el tiro, Hinata. La verdad es que este semental se sentiría insultado si intentara ponerle el arnés.

-¿Y para qué demonios quieres un semental, Naruto Namikaze?

-Vaya, incluso una dama como tú debería saber la respuesta a eso, Hina.

El sonrojo de Hinata fue en aumento, provocando la sonrisa de Naruto. Trató de impedir que se convirtiera en carcajada mordiéndose el puño.

-Ya sé para qué sirven los sementales. Lo que no entiendo es para qué lo necesitamos nosotros.

Naruto se acercó a ella para susurrarle al oído.

-Quiero convertir a las dos yeguas que he traído en mamás. Hay un buen dinero en la cría de caballos, Hina.

Hinata se estremeció al sentir su aliento en el cuello, cosa que sólo sirvió para aumentar su hilaridad. Se apartó bruscamente de él y estampó el pie en el suelo.

-No tienes derecho a comprar animales sin consultarme primero. Creía que éramos socios en esta granja.

Naruto le puso las manos en las caderas y la obligó a mirarle a la cara.

-Un hombre que se ha detenido en la herrería me ha ofrecido las yeguas a muy buen precio. Estaba de paso por la ciudad de camino al este, necesitaba sacarles algún dinero. Los vendía por una ganga, Hina. Sólo he aprovechado la oportunidad que se me presentaba. El otoño que viene necesitaremos otro caballo para llevar los niños a la escuela. Y ya que hablamos de dinero, voy a gastar un poco más esta semana. He encargado un coche de cuatro plazas para ir a la ciudad y a la iglesia los domingos.

-¿Un surrey?

Aquélla era una tentación a la que ella no podía resistirse y ni siquiera lo intentó. Hinata se relajó y respiró hondo. Sin embargo, aún quedaba otra batalla por librar.

-¿Qué pasa con el semental?

La sonrisa pícara de Naruto volvió a aparecer y, para su consternación, Hinata la recibió agradecida.

-Lo he pedido prestado, lo justo para que preste sus servicios y luego se lo devolveré al dueño. Lo ha comprado un tipo que vive al otro lado de la ciudad, formaba parte del trato. Sólo estará aquí un par de semanas, como máximo. Lo que estas dos damas tarden en estar listas.

El sonrojo subió de tono.

-No quiero escuchar más, Naruto. Sólo procura que los niños no te oigan esas expresiones.

-¿Así lo llamas? Supongo que podría decirlo con otras palabras, pero dejémoslo así, señora Namikaze.

Con un movimiento rápido que ella no hubiera podido esquivar, Naruto le plantó un beso en la boca abierta. Y entonces, al cabo de un segundo, mientras que ella parpadeaba recuperándose de la sorpresa, volvió a por otro.

-Los niños...

Fue todo lo que ella pudo murmurar cuando Naruto se retiraba por segunda vez.

-Están en el granero, con los gatitos -dijo él entre risas-. A propósito, esta mañana le he explicado a Arashi lo que ocurre entre los gatos y las gatas.

-¿Ah, sí?

Hinata unió su risa a la de él y Naruto a duras penas pudo resistir la tentación que veía en sus ojos brillantes y su sonrisa luminosa.

-Sí, señora. Ahora sólo quiere averiguar quién puede ser el padre de esos gatitos. Yo he tenido que admitir mi ignorancia. Le he dicho que eso tendría que preguntártelo a ti.

-¡Dios mío! Seguramente habrá sido el viejo gatazo de los Nara. Hace un par de meses estuvo merodeando por aquí. Supongo que fue entonces cuando... ¡Bueno, ya te imaginas!

Naruto se apiadó de su esposa y le puso la mano sobre los labios, más para ocultar la tentación que suponían que para evitar sus explicaciones.

-Sé a lo que te refieres, Hinata. Si los niños te preguntan, diles que el padre vive en casa de los Nara. No ahondarán en la cuestión.

Naruto movió la mano para abarcar la barbilla y contempló sus labios húmedos con nostalgia.

-¡No te atrevas, Naruto!

Hinata miraba hacia todas partes, excepto donde él quería. Sonrió ante su recato. Qué inocente era, qué poco sabía de sus apetitos varoniles... Qué fresca y pura era la mirada de sus ojos perlas. El impulso de estrecharla entre sus brazos casi era irresistible y sólo la posibilidad de que los niños aparecieran consiguió refrenarlo.

Se conformó con volver a pasar la boca sobre sus labios, con paladear una vez más la dulzura que ella le negaba. Hinata había salido de la casa como un puercoespín furioso y ahora, como si fuera una cierva domesticada, lo contemplaba recelosa y titubeante.

-No deberías besarme así -dijo ella al cabo de un momento, apartándose de él.

-Estamos casados, Hinata -respondió Naruto mientras le arreglaba el chal sobre los hombros y le abrigaba la garganta.

-No realmente -replicó ella con los ojos fijos en el tercer botón de su camisa.

-De acuerdo con la ley, lo estamos.

-Sabes de sobra a qué me refiero, Naruto. Tenemos un trato.

Naruto embutió sus manos grandes en los bolsillos, amenazando con reventar las costuras de la chaqueta. Era la única manera de tenerlas quietas.

-Estoy dispuesto a hacer algunos cambios en ese trato.

Hinata se apartó aún más de él, agachó la cabeza y echó a andar rápidamente hacia la casa.

-Yo no, Naruto.

El garañón relinchó estruendosamente. Hinata se sobresaltó con aquel sonido.

-Será mejor que busques un sitio seguro para ese animal. Sólo nos faltaba un macho en celo suelto por aquí.