La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capitulo 15

Hinata había pensado preparar una gran comida de bienvenida. Sin embargo, se inventó una excusa lastimosa para no hacerla. La expresión incrédula de Naruto cuando le presentó las sobras de la cena del miércoles con una sopa de patatas, estuvo a punto de hacer que se sintiera avergonzada de sí misma. Con todo, consiguió poner unas lonchas de carne sobre pan y tomar un cuenco de salsa de manzanas y otro de sopa antes de levantarse de la mesa e irse al establo.

«Mejor», pensó Hinata furiosa. «Así irá pensando en hacer un sitio para ese monstruo». Y por lo que Arashi le contó, no se equivocaba. No contento con un cercado de postes, lo reforzó con alambre de púas al que añadió un cobertizo para proteger su compra del mal tiempo.

Para la cena hubo gachas de avena, una lata de melocotones y manzanas fritas. Naruto les explicó alegremente a los niños las virtudes de los cereales y la fruta, animándolos a que probaran a mezclarlos. Arashi se quejó diciendo que las gachas de avena eran para el desayuno, pero se calló cuando su padre le lanzó una mirada de desaprobación.

Naruto tuvo que recurrir al pan cuando termino su cuenco de gachas. Hinata experimentó una agobiante sensación de vergüenza ante su propia testarudez.

Podría haber preparado una cena de verdad. Aquel hombre llevaba todo el día trabajando.

Naruto no hizo ni dijo nada que pudiera ser interpretado como protesta. Hinata se dio cuenta de que, por muy furiosa que se sintiera, estaba obligada a mantener su parte del trato, y eso incluía preparar buenas comidas. Acabó decidiendo que mañana sería otra historia.

Subió los peldaños de la escalera en silencio pero con pasos que reflejaban todo el abatimiento que arrastraba. Sentía el desengaño como una losa sobre los hombros y sólo el convencimiento de que tenía razón sustentaba su ira.

Naruto había llevado aquella criatura deforme y le había construido una fortaleza. Sin decirle una sola palabra, había decidido cruzar sus vacas con un pomposo toro de la gran ciudad, comprado con el dinero de la hipoteca. Era un insulto demasiado grave para soportarlo.

Llegó al último peldaño haciendo un esfuerzo por ignorar las agujetas que le habían quedado de la caminata. No le debía nada, ella era quien cuidaba de sus hijos, de sus ropas. «Sí, con la lavadora que él te compró sin rechistar», se recordó con sinceridad.

Abrió la puerta del cuarto de costura. Ni si quiera se le había ocurrido declararla suya aquella habitación, a pesar de las semanas que había dormido allí, de las noches de insomnio que había pasado pensando en él, mirando por la misma ventana que su madre, guardando la ropa en el mismo cofre.

Seguía siendo el cuarto de costura de Hanna Hyūga, por muchas noches que hubiera pasado allí. Y las que le quedaban, porque ya no iba a acurrucarse contra aquel cuerpo fuerte ni a dormirse entre sus brazos que la protegían de la oscuridad y las pesadillas.

Sacudió la cabeza y cerró la puerta. Tonterías. Había dormido sola toda la vida, no tardaría en olvidar unas pocas noches con él. Se desató las ropas y se puso el camisón antes de quitárselas.

Tiritando, entró en la cama helada y se tapó. No tardó en oírlo subir las escaleras. Naruto pasó a dar las buenas noches a los niños, advirtiéndoles de que se durmieran enseguida. Y entonces abrió la puerta del dormitorio principal, justo enfrente del cuarto de costura.

Hinata aguzó el oído en medio del silencio y cerró los ojos para concentrarse en cualquier exclamación que pudiera proferir, cualquier paso que pudiera dar.

El tirador se movió y se abrió la puerta. Aun con los ojos cerrados podía sentir la luz del dormitorio principal sobre los párpados. Sintió que ponía una mano sobre las suyas, que aferraban con fuerza el edredón por debajo de la barbilla.

-Hinata. Sólo voy a decírtelo una vez. Tú duermes en mi cama, vas a levantarte y mover tu trasero ahora mismo. Me importa un rábano lo enfadada que estés ni lo mucho que puedas levantar esa preciosa barbilla que tienes. Sigues siendo mi esposa y no vas a dormir en ningún otro sitio que no sea a mi lado.

La mano sujetó el edredón y lo apartó de golpe, descubriendo su figura menuda acurrucada. Tiró de ella hasta obligarla a sentarse.

-Y ahora, levántate.

Era la orden de un hombre que no estaba dispuesto a tolerar sutilezas a una mujer que acababa de encontrar una nueva fuente con la que alimentar su ira. Y que él se atreviera a entrar en su habitación, a ponerle las manos encima y a darle órdenes como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo, era más de lo que ella podía tolerar.

Abrió la boca para decírselo y volvió a cerrarla al pensar en los niños. Estaban despiertos y seguramente escuchaban. Lo último que Hinata deseaba era causarles más angustia de la que ya habían sufrido.

Empezó a levantarse, algo difícil con Naruto delante de ella. Pero su marido resolvió el problema. Como si hubiera estado esperando a ver en ella alguna señal de acatamiento, la alzó en brazos, la apretó contra su pecho sin dejarle otra alternativa y la llevó a su habitación.

Allí la depositó sobre la cama antes de darle la espalda para apagar la lámpara y desnudarse. Cuando él se quedó en ropa interior, Hinata ya estaba hecha un ovillo en el borde mismo del colchón, tapada apretadamente con las mantas.

Naruto gruñó al verla. Un brazo la arrastró sobre la sábana hasta ponerla exactamente donde él quería que estuviera, con el trasero contra su ingle, la espalda contra el vientre y el pecho, y una mano en torno a su seno.

Hinata respiró trémulamente.

-No digas una palabra, señora Namikaze. Sólo cierra la boca y los ojos y ponte a dormir. Estoy demasiado cansado y hambriento como para discutir contigo esta noche.

Hinata decidió que las palabras que acababa de murmurar junto a su oído eran extrañamente reconfortantes. Naruto había resuelto el problema limpiamente.

Mañana, cuando estuviera más preparada para la batalla, vería hasta qué punto llegaba su furia. Por aquella noche, podía dejarlo pensar que la había dejado muda.

La oscuridad se pobló de sonidos familiares, la respiración de Naruto, sus murmullos de satisfacción al relajarse y cambiar de postura. Y luego, su ronquido tenue, el aliento cálido que proyectaba sobre su cuello, la presión íntima de la mano alrededor de su pecho.

Hinata se dio cuenta de que iba a ser muy difícil mantener su enfado. En realidad, aquella noche ni siquiera lo intentó.


El desayuno fue una comida de proporciones monstruosas. Enfadada o no, se había jurado cumplir su parte del trato. Estaba decidida a no darle motivos para subterfugios.

Pero Naruto se limitó a rezar una plegaria de agradecimiento y se puso a desayunar tranquilamente. Se comió cuatro huevos, media bandeja de bacon y seis tostadas. Cuando sólo quedó una tostada en la cesta, Naruto se apropió de ella sin siquiera ofrecérsela.

-¿Hay mermelada? -eran sus primeras palabras desde la noche anterior.

Hinata dio un respingo.

-Sí, claro.

Sintiendo sus ojos clavados en ella, sacó un frasco de mermelada de frambuesa de la despensa y lo puso delante de él. Hinata se apresuró a apartarse.

Reconocía aquella sensación. Naruto llevaba varios días sin saciarse con ella, lo veía en el tono encendido de sus mejillas, en el brillo azul de los ojos que la miraban con avidez. Empezó a temblar.

No parecía importarle que ella estuviera furiosa, aunque él tampoco parecía sentirse feliz. Sin embargo, mientras masticaba la tostada y se pasaba la lengua por los labios, no dejaba de mirarla. Terminó chupándose el pulgar.

-Me gustaría que hubiera pollo para comer - anunció mientras se levantaba de la mesa.

Hinata abrió la boca para protestar. Que él creyera que podía ordenarle lo que tenía que cocinar, era un insulto que no estaba dispuesta a tolerar.

-¡Guau! ¿Pollo frito, papá? -preguntó Arashi extasiado.

-Hace mucho tiempo que no comemos pollo frito -añadió Misuke en tono quejumbroso, lanzando una mirada lúgubre hacia Hinata.

-Fue lo que comimos el domingo.

Hinata apretó los dientes y comenzó a recoger los platos con movimientos más bruscos de lo habitual.

-Pues volveremos a repetir esta noche -dijo Naruto desde su superior estatura.

Los dos niños se levantaron, perfectamente conscientes de que los dos adultos de su vida no se comportaban con normalidad.

-¿Señorita Hinata? -preguntó Arashi, tirándole de la falda para recabar su atención-. ¿Has lavado mi gorra vieja como dijiste?

Hinata lo miró y dejó a un lado su rabia. Por el momento.

-Está detrás de la cocina, Arashi. En el tendedero. La lavé ayer por la mañana.

Arashi inclinó la cabeza en un gesto de agradecimiento y ella le puso la mano encima, dándose cuenta de la inquietud que evidenciaban aquellos hombros caídos.

-Yo te la traeré.

Dejó los platos sobre la mesa y fue a buscarla. Era de lana basta y estaba muy usada. Decidió dedicar aquella noche a hacerle una nueva. Se la entregó sonriendo.

-¿Te gustaría una nuevecita? ¿Qué te parece una roja para que pueda verte mejor cuando juegues en el patio?

Le puso la gorra con ternura y le recogió los cabellos sueltos bajo la lana.

-¿Una nueva? Esta todavía está bien, señorita Hinata.

Apenas tenía cuatro años, pero parecía que había aprendido bien la lección de ser práctico. Hinata se agachó para darle un beso en la frente.

-Una roja sería mejor.

Misuke, que observaba la escena desde el otro lado de la mesa, sacó su gorra del bolsillo de la chaqueta y se la encasquetó con una mirada furibunda a su hermano.

-La mía tiene un agujero y no me quejo -dijo furioso.

-Arashi no se ha quejado -dijo Hinata-. Y si tú también quieres una gorra nueva, sólo tienes que decirlo, Misuke.

-Ésta me la hizo mi tía Sāra. A mí me gusta. Y como si eso fuera lo único que cabía decir sobre el asunto, Misuke dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta.

-No seas grosero, Misuke -le reconvino suavemente su padre.

-Te pido disculpas -se apresuró a decir, obedeciendo la orden silenciosa de Naruto.

-La verdad es que me encantaría hacerte una gorra nueva, Misuke -insistió ella-.

Tengo lana azul y verde. ¿No te gustaría una a rayas?

Misuke miró a su padre un momento y apretó los labios.

-Sí, señorita. Me gustaría -murmuró antes de salir. -¿No quieres que me encargue de matar un pollo antes de salir? -preguntó Naruto.

La mirada de soslayo que le lanzó Hinata no tenía nada de benevolente. La ternura con que trataba a Arashi, la comprensión que le ofrecía a Misuke, habían desaparecido. Para Naruto sólo quedaba el resentimiento. Con los labios apretados y los ojos echando chispas, se encaró con él.

-Yo me encargaba de atrapar y matar los pollos antes de que tú pusieras los pies en esta granja, Naruto Namikaze. Ve a cuidar de tu toro, yo me encargaré de preparar la comida que has ordenado.

Una persiana pareció caer tras los ojos azules, oscureciéndolos hasta un negro metálico.

-Sí, señora Namikaze. Encárgate de tan gran tarea. Volveré al mediodía.

Procura que la comida esté lista.

Hinata cerró los ojos y oyó que la puerta se cerraba despacio. Pensó que Naruto estaba demasiado enfadado como para permitirse el desahogo de dar un portazo. Nunca había visto en él aquella tranquilidad gélida. Quizá había ido demasiado lejos. Si su instinto no la engañaba, Naruto estaba deseando hacer las paces. Si no hubiera ordenado la comida como si estuviera en el restaurante del hotel...

Puso los platos a remojo. Al recoger la taza de Naruto, apuró un resto de café que quedaba en el fondo. Le pareció reconocer el sabor de su boca, pero decidió que era una tontería y dejó la taza en el barreño.

Tomó la hachuela que había colgada entre dos clavos. Quedaban dos pollos de la primavera anterior. Con un instinto vengativo, producto de su enfrentamiento con Naruto, se dirigió hacia las dos criaturas desprevenidas.


-¿Has echado al correo la carta para Sāra?

Naruto se limpió la boca con la servilleta. El pollo estaba delicioso, las patatas cremosas, las verduras, sazonadas con grasa de tocino y cebollas, llevaban toda la mañana haciéndose a fuego lento. Había disfrutado con cada bocado, pero era la hora de la verdad. Le había dicho que escribiera la carta, concediéndole tres días para que cumpliera su deseo.

-La llevé a la ciudad ayer, pero me olvidé de echarla al correo -contestó ella-.

Podemos hacerlo el lunes.

Naruto asintió, consciente de que el enfado que mantenían habían borrado la carta de la mente de su esposa. Era una mujer honesta, si Hinata decía que lo había olvidado, eso era exactamente lo que había sucedido.

-La cena estaba deliciosa, gracias. ¿Hay pastel de postre?

-Sí.

Mientras Hinata servía, un espasmo. Una náusea, le atenazó la garganta. Se dio cuenta de que no era la primera vez que le ocurría, le había pasado el día anterior y una semana antes. No parecía que últimamente le apetecieran mucho los dulces. Sin embargo, la tarta de manzana era su preferida y no sentía el menor deseo de probarla.

Hinata acabó de servir el postre y le puso más café a Naruto.

-¿Te encuentras bien?

-Sí, por supuesto.

Pero no era verdad y la mentira hizo que se sonrojara. Aun así no se detuvo y preparó agua caliente para los platos. Cuando quiso darse cuenta, Naruto estaba a su espalda.

-¿Hina?

Una mano grande se posó sobre su hombro, apretando suavemente, provocándole escalofríos. Hinata cerró los ojos y apretó los dientes ante aquella oleada de deseo que no quería sentir. No quería que él pudiera rendirla con tanta facilidad.

-¡Hina! Mírame.

Naruto le quitó el cacharro que estaba fregando de las manos y la obligó a darse la vuelta, atrapándola entre su cuerpo y el fregadero. Hinata sintió que el corazón se le subía a la garganta. Naruto le puso la mano en la mejilla, mimándola hasta que ella lo miró.

-Estoy bien, estoy bien.

Como ráfagas de viento, las palabras brotaron de sus labios. Tuvo que mordérselos para contener unas lágrimas que no había sentido llegar. Detestaba que las manos de Naruto fueran tan cálidas, que sus ojos la miraran con tanta preocupación. Sí sólo...

-¿Chicos? -dijo Naruto con una voz cuidadosamente controlada-. Misuke, lleva a tu hermano al salón. Tomad un libro y le explicas a Arashi los dibujos, ¿quieres?

Los niños apuraron los últimos bocados de sus platos y obedecieron rápidamente.

-Naruto, déjame -dijo ella, poniéndole las manos en el pecho.

Pero no fue capaz de empujarlo. Parpadeando, Hinata clavó los ojos en el cuarto botón de la camisa, negándose a mirarlo, desesperada.

-Hina... -dijo en un tono suplicante que estuvo a punto de derretirla-. No soporto verte así. Ya sé que estás enfadada conmigo, pero necesito que aclaremos las cosas entre nosotros.

-Has levantado una hipoteca sobre mi granja. No importa lo que puedas decirme, Naruto. No puedes negar lo que has hecho. Pactamos que librarías de la hipoteca la casa y la propiedad. Y ahora, a mis espaldas, vas y...

-¿Crees que no voy a pagar ésta? ¿No confías en mí? ¿Crees que no soy capaz de efectuar los pagos en las fechas debidas?

Aunque hablaba en susurros, Naruto la zarandeó, firme y rápidamente. Hinata lo miró sobresaltada.

-¿Tienes idea de lo que ese toro puede hacer por tu ganado? ¿Tienes la más remota idea de lo mucho que un shorthorn de pura sangre revalorizará la granja?

-¡No! ¡Claro que no! ¿Cómo voy a saberlo? Te fuiste a Iwagakure... ¿De verdad fuiste allí? De todas maneras, da igual adónde fueras, compraste un toro, lo trajiste aquí y ni siquiera me lo consultaste.

Naruto estaba pasmado. Sus ojos reflejaban la incredulidad que sentía.

-¡Era una sorpresa! Además, mi parte del trato es encargarme de la compra y venta del ganado. A mí no se me ocurriría poner en duda tus decisiones en la tienda o en la casa, ni dudar del uso que hagas del dinero de la mantequilla y los huevos. Ni una sola vez te he pedido cuentas, ¿o sí?

-No -dijo ella moviendo la cabeza-. Pero tampoco he decidido por mi cuenta y riesgo pedir dinero al banco para financiar mis planes.

-Da igual, el señor Sarutobi no te lo prestaría - dijo él. Naruto la miró con una expresión hosca, exasperada.

-Por eso me casé contigo, Naruto. Porque una mujer sola no tiene nada. Ni seguridad, ni voz en los asuntos financieros, ni influencia cuando hay que tratar con el banco, el molino o los mataderos.

Su frustración había llegado al límite. Hinata se soltó de él, sin importarle las marcas que pudiera llevar al día siguiente ni la expresión apabullada de Naruto.

-¿Eso es lo que significo para ti? ¿Seguridad? ¿Influencia? ¿Un hombre que cumple al pie de la letra tus deseos y tus órdenes?

Naruto la tenía atrapada con la fuerza de su cuerpo mientras apretaba los puños. Al escucharlo, Hinata se dio cuenta por primera vez de la ventaja injusta con la que ella contaba. La boca se le secó. Necesitaba pensar, considerar lo que había hecho, librarse de su presencia. Pero, sobre todo, necesitaba espacio para respirar.

-¡Maldición!

Fueron los brazos de Naruto los que impidieron que cayera al suelo. Hinata quedó exánime. Pero él reconoció los síntomas, la respiración acelerada, el balanceo de la cabeza, Hinata iba a desmayarse. Sin perder un segundo, Naruto se sentó en una silla y se la puso en el regazo.

-¡Hinata! -susurró mientras le acariciaba la frente con los labios-. Ten, toma un trago de café.

Ella obedeció y dio un sorbo de aquel brebaje tibio. Enseguida trató de levantarse.

-Estoy bien.

-¡Estate quieta! Lo digo en serio. Estate quieta un rato hasta que te recuperes. Naruto le puso la taza en los labios y ella bebió un poco más.

-No vamos a seguir hablando de esto hoy. Ahora vas a subir y a tumbarte un rato, ¿me oyes? Quiero que te acuestes en mi cama y te quedes allí una hora por lo menos.

Con un brazo en su cintura y echándose el de Hinata por el hombro, Naruto medio la ayudó, medio cargó con ella escaleras arriba. La acostó en la cama, le quitó los zapatos y la arropó. Estaba pálida, no tenía color en los labios y en sus ojos había una mirada extraviada.

-Quédate aquí, ¿entendido? -dijo él con un último beso-. Ya sé que estás furiosa conmigo y no me importa. Pero ahora vas a olvidarte de todo y descansar.

-La cena...

-Has hecho pollo suficiente como para alimentar un regimiento. Lo tomaremos frío. Ya verás cómo entre todos nos arreglamos.

Además, Naruto se dio cuenta de que si ella comía en la cena lo mismo que al mediodía, no tendrían que trabajar demasiado. A Hinata le ocurría algo. Pero, cualquiera que fuera el motivo, no le gustaba el aspecto que tenía, toda pálida y temblorosa. Cualquiera diría que sufría mareos matinales o algo parecido.

Naruto se quedó paralizado un momento y volvió volando junto a su esposa. ¿Sería posible? «Naturalmente», contestó su sentido común. Llevaban haciendo el amor tres meses. Ahora que lo pensaba, lo extraño era que su semilla no hubiera echado raíces antes.

Y, sin embargo, todo indicaba que a ella ni siquiera se le había pasado por la cabeza esa idea.

Trató de recordar en vano si últimamente había menstruado. No, por lo menos en dos meses, no. Aquello resolvía el misterio, al menos en lo que a él se refería.

La contempló y se fijó en que el color empezaba a aparecer en sus mejillas. Tenía los labios entreabiertos, su busto se movía plácidamente, el cansancio había podido con ella. Era una chiquilla fuerte su Hinata. Su Hinata.

Era probable que Hinata llevara en las entrañas un hijo suyo.

Era más de lo que podía soportar, una alegría súbita estalló en su pecho y salió a toda prisa de la habitación para no ponerse a lanzar gritos y despertar a la mujer que dormía sobre su almohada.