La Propuesta
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Capitulo 16
Fiel a su palabra, Naruto trabajó codo con codo con Hinata para preparar la cena. Había dormido mucho más de una hora, el sol ya se ponía cuando ella se despertó. Estaba encendiendo la lámpara de la cocina cuando llegó Naruto con los niños, todos con un hambre de lobo.
-Me alegro de que hayas frito dos pollos esta mañana, señorita Hinata.
Misuke parecía decidido a mostrarse simpático, lo que ella le agradeció de todo corazón. Esperaba sentado a la mesa, incapaz de apartar los ojos de la comida, mientras a Hinata iban ocurriéndosele cosas que poner en la mesa.
-¿Nos queda jarabe de arce, Hina? -preguntó Naruto desde la despensa.
Hinata se secó rápidamente las manos en el delantal y se reunió con él en la diminuta habitación.
-Sí claro. Debe andar por alguna parte. Lo utilizamos para las tortitas que hicimos mientras estabas de viaje.
-¿Hicisteis tortitas sin mi? -bromeó él, clavando en Hinata una mirada intensa.
-Los chicos las pidieron -murmuró ella.
Encontró la lata y se apresuró a volver a la cocina. Naruto la siguió sabiendo que aquello era una retirada. Aún no estaba lista para ofrecerle una tregua, por lo que tuvo que sentarse a la mesa y contentarse con contemplar sus evoluciones. Parecía que estaba más recuperada, su color era normal, las ojeras habían desaparecido. Quizá aquella noche... Quizá pudieran llegar a un entendimiento.
Pero no lo quiso el destino. Cuando Naruto por fin se levantó del escritorio y subió a la habitación, la encontró profundamente dormida.
Hinata murmuraba palabras sueltas, el nombre de Naruto entre ellas, pero se acurrucó contra su cuerpo con un suspiro de satisfacción inequívoco. Quizá con el sueño pudiera librarse de la ira que la había hecho tan infeliz durante los últimos días. Quizá mañana fuera otro día y Hinata lo buscara. Naruto la había echado de menos cada momento, pero Hinata ya no le lanzaba miradas furibundas, lo que suponía un alivio.
Hinata había acabado siendo tolerante con él. Al día siguiente trataría de que fuera amistosa.
Cuando la semana iba a terminar, Naruto se dio cuenta de que «tolerante» era lo máximo que iba a conseguir. El deseo lo abrasaba y, aunque le encantaba que Hinata se acurrucara contra él para dormir, no estaba seguro de cuánto tiempo podría seguir dominándose.
Y Hinata no le daba ánimos.
Llevó el taburete de ordeñar hasta la siguiente vaca, el orgullo de Hinata, una jersey pequeña y dulce. El sonido de los animales rumiando, el olor de la leche espumeante en el balde, lo rodeaban y confortaban con la familiaridad de una tarea bien conocida.
Cerró los ojos para pensar en Hinata. Ella había mantenido su parte del trato con creces, las comidas de los últimos tiempos superaban todas sus expectativas. Era como si tratara de compensarlo por su rebelión. Se mostraba cariñosa con los niños, dulce como un pastel con Azami Yamanaka y definitivamente entusiasmada cada vez que veía a Kurenai.
Un poco a regañadientes, había accedido ir a la fiesta de la parroquia que se celebraba el sábado. Naruto le había pedido un baile, pero ella se había excusado educadamente para dedicarse a preparar las mesas de la comida.
Kurenai sí había aceptado su solicitud con buen humor. De ella pasó a Machiko y luego a Azami, bailando con brío, haciendo que sus faldas volaran. Naruto alzó la cabeza de la última vaca y dejó escapar un suspiro. Tenían que hablar. No sólo un
«Pásame la leche» o un « ¿No te parece que hace más calor hoy?» Era hora de que Hinata abriera los ojos a ciertas cosas, necesitaba saber qué razones había tenido Naruto para actuar como lo había hecho.
Pensó en mostrarle un poco del caos que su padre había dejado en el escritorio. Nunca había visto algo igual. Se pasaba las noches tratando de sacar algo en claro, aunque casi siempre acababa frustrado. Por lo que pudo averiguar, Hiashi Hyūga había tocado fondo financiero en la fecha de su muerte.
Excepto las vacas lecheras que Hinata había insistido en conservar, el resto del ganado no era rentable. Por eso había decidido incorporar sangre nueva a la cabaña y, precisamente por eso, la compra del toro había sido una buena inversión. En un par de años, los terneros que ese toro produciría, amortizarían lo que había costado. Los novillos tendrían más peso, las vacas más leche y los terneros serían más fuertes.
Llevó los cubos a la lechería. Sheba estaba echada en la puerta, como si cuidara de su dueña.
Dentro, Hinata levantaba la tapa de la mantequera para comprobar sus progresos. El sol de la mañana arrancaba reflejos azulados de su pelo. Simplemente se lo había recogido en lo alto de la cabeza para no perder tiempo haciéndose una trenza.
-Has empezado a trabajar muy temprano, ¿no? -preguntó él, deteniéndose en la puerta.
-Sí, me apetecía.
-Si quieres, yo le llevaré el suero a los cerdos -se ofreció él para que Hinata no tuviera que cargar con el peso de la mantequera.
-Naruto, puedo hacerlo sola -dijo ella, abriendo mucho los ojos cuando él se acercó.
-Ya sé que puedes, sólo pretendía ayudar. Me gustaría que no cargaras con esas mantequeras tan pesadas.
Hinata dejó escapar una risa tensa.
-Las he cargado más pesadas durante años. El matrimonio no ha menguado mis fuerzas. Soy una granjera fuerte, Naruto.
Naruto la contempló despacio. Los pechos presionaban contra la tela del vestido. Su esposa tenía una figura espléndida y, a menos que se equivocara, llenaba el vestido más de lo habitual. ¿Cómo era posible que no se diera cuenta? Volvió a mirarla a la cara y sonrió.
-Desde luego, a mí me pareces una mujer fuerte y sana. En realidad, yo diría que eres de las que tira de espaldas.
El sonrojo de Hinata fue instantáneo. Subió por el cuello hasta teñir sus mejillas de un color rosa intenso. Sus ojos refulgían. Naruto sabía que quizá se sentía ofendida, pero no por eso dejaba de estar tentadora. Era más de lo que él podía resistir. Dejó la mantequera en el suelo y se limpió las manos en los pantalones sin quitarle los ojos de encima. Entonces rodeó su cintura y la alzó, apoyándola contra su pecho, hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura.
-¡Naruto! ¡Suéltame ahora mismo!
Hinata, obligada a mantener el equilibrio, le puso las manos en los hombros.
-¡Te necesito, Hinata!
La respuesta de su cuerpo fue rápida y primitiva. Los pantalones se tensaron con la presión de su erección y fue él quien tuvo que separar los pies para mantener el equilibrio. La cicatriz aparecía lívida sobre las mejillas rubicundas, sus ojos se oscurecieron.
-¡Naruto, déjame en el suelo! -susurró ella. Había cambiado el tono de su voz como si presintiera que él ya no podía seguir soportando aquella tensión. No dejaba de lanzar frenéticas miradas hacia la puerta.
-Van a vernos los niños, Naruto.
-Bésame, Hinata.
Naruto hablaba como si no la hubiera escuchado y apretó los dedos, hundiéndolos en su carne. Sintió cómo ella se estremecía mientras sacudía la cabeza.
-No, aquí no.
-Sólo es un beso.
Naruto se frotó contra ella, le pasó los labios ardientes por la mejilla mientras Hinata trataba de apartarse de él.
-Primero, déjame en el suelo.
Con músculos que temblaban, Naruto hizo lo que le pedía pero deslizó las manos hasta dejarlas sobre su espalda. Sin darle tregua, se inclinó sobre ella para arrebatarle la caricia que le reclamaba.
Hinata se mantuvo rígida entre sus brazos, aunque sólo unos instantes. Al cabo, se suavizó, apoyándose contra él, inclinando hacia un lado la cabeza para recibirlo mejor. Su necesidad femenina estalló en sus entrañas, la tentación de aquellas manos ásperas, la presión ardiente y húmeda de sus labios, atizaron los
fuegos. Había aprendido bien las lecciones que él le había enseñado durante las largas horas de la noche y su cuerpo respondió ante la familiaridad de sus caricias.
-¡Hinata!
Era un grito ahogado de tormento. Naruto ocultó el rostro contra su garganta como si la tentación de sus labios fuera excesiva para él. Entonces, lentamente, la soltó.
Se apartó de ella y recogió el balde del suero en el que flotaban algunos grumos de mantequilla.
-Voy a echarle esto a los cerdos -dijo con voz estremecida de emoción.
-El desayuno está listo, Naruto. Lo dejé sobre el horno antes de venir.
-Tenemos que hablar, Hinata. Hay muchas cosas que necesitas entender sobre esta granja y el modo en que tu padre la administraba.
-¿Después del desayuno?
-Tengo muchas cosas que hacer esta mañana. Que sea esta noche, después de cenar, cuando los chicos se hayan ido a la cama.
-De acuerdo. Después de cenar.
Naruto estaba sentado delante del escritorio. Hinata ocupaba una silla a su lado.
-Tenemos que aclarar las cosas entre nosotros. ¿Has revisado alguna vez los libros de cuentas de tu padre?
-No, él administraba el dinero. Yo sólo sabía que su cartilla del banco estaba en el cajón. Cuando vi lo poco que tenía en la cuenta, pensé que la granja no funcionaba demasiado bien.
-Hundió el ganado que tenía, Hina. Ese viejo toro que anda por ahí, está a punto de caerse muerto. Tendría que haberse librado de él hace tiempo. Los novillos que vendía no rendían lo suficiente para mantener la explotación. Por eso levantó una hipoteca hace un par de años. Estuvo viviendo de ese dinero desde entonces sin salir adelante.
El ceño de Hinata se hizo más profundo.
-¿Qué podemos hacer?
La noticia de que su padre había desatendido la granja no era ninguna sorpresa. Había constatado el descuido y el abandono que reinaba en las cercas y en los edificios, pero ella tenía bastante con mantener la casa y el huerto. Además, Hiashi Hyūga no agradecía que nadie diera su opinión sobre la granja. Y menos que nadie, la hija a la que llevaba diez años ignorando.
-Ya lo he hecho, Hinata. El shorthorn ha sido lo mejor que se me podía ocurrir. El ganado necesita sangre nueva. Nos dará novillos grandes y las terneras se convertirán en mejores vacas lecheras. De todos modos, habrá que deshacerse de las viejas. Será mejor dedicarlas a cría cuando tengamos las del toro nuevo.
-¿Por qué no me has dicho todo esto desde el principio?
Con un gesto tenso y testarudo en los labios, Hinata lo miró sin disimular su enfado. En lo que a ella se refería, la discusión no se había solucionado.
-Ya tuvimos esa conversación, Hinata. Hice lo que me pareció más correcto y no voy a pedir disculpas.
Hinata se levantó de la silla y se puso las manos en las caderas.
-¿Qué conversación? No será que siempre me cuentas la misma historia cuando te pido una respuesta, ¿verdad? No, lo que pasa es que hay que hacer lo que tú dices. ¿Es eso, no? Como si yo no tuviera nada que decir sobre la granja.
Naruto la miró y dejó escapar un suspiro condescendiente.
-Escucha. Ya sé que no te sientes bien, pero no hay motivo para que no seas razonable.
-¡Ah, claro! ¿Crees que no soy razonable porque no estoy de acuerdo con tus ideas sobre el derroche?
-¡Espera un momento! -exclamó él poniéndose en pie.
Hinata retrocedió, tropezó con una arruga de la alfombra y empezó a caer. En un movimiento automático, Naruto la sujetó por el brazo y no la soltó hasta que recuperó el equilibrio. Pero entonces, Hinata rechazó su ayuda con una mirada de desprecio.
-No me toques, Naruto. Crees que puedes ablandarme con tus halagos y tus palabras bonitas, pero no va a funcionar. Simplemente, no me puedo creer que
hayas actuado a mis espaldas para poner en peligro mi granja. Desde que mi padre murió, he vivido con el corazón en un puño, sin saber si iba a perderla. El único motivo de que me casara fue para no tener que preocuparme nunca más de que eso pudiera pasar.
-O sea, que no me crees capaz de cumplir con los pagos, ¿verdad?
-¡Y qué! Tú no confiaste en mí lo suficiente como para contarme...
Hinata cerró la boca de repente, aunque no por eso abandonó su expresión hostil.
-¡Vamos! ¿Qué tenía que contarte?
-¡Lo de la cicatriz! ¡Lo que pasó con tu esposa!
-Mi esposa eres tú. Shion pertenece al pasado -rezongó él mientras bajaba el tono y lanzaba una mirada a la puerta abierta.
-Sabes perfectamente a qué me refiero. Bien, ya veo que no hay mucho que contar. Tienes una respuesta para cualquier cosa, ¿eh? Yo podía contarte todo lo que se refería a...
Su voz se quebró, las palabras se le escapaban. Sacudió la cabeza, desanimada.
-Me voy a la cama, Naruto -dijo dándole la espalda.
-Subo ahora mismo. Deja la silla aquí. Ya la sacaré yo cuando acabe.
Hinata escapó sintiendo aquellos ojos en su espalda. Era completamente distinto a su padre. Naruto era todo orden y meticulosidad en los libros, los lápices, incluso en las lentes que utilizaba para trabajar y que siempre guardaba en su funda de cuero. El orden alcanzaba a los temas, libros sobre cuidados y razas de animales de granja, revistas, folletos. Los catálogos de Sears habían sido añadidos a la colección. Y sobre todo, los días en que se le negaba la entrada al santuario del hombre de la casa se habían terminado. La propia casa era diferente desde que Naruto vivía en ella, convirtiéndola en un lugar mejor.
Subió las escaleras sumida en una confusión de pensamientos, tratando vanamente de alimentar la ira que llevaba una semana cultivando. Quizá hubiera hecho bien en comprar el toro. Si sólo hubiera hablado con ella antes de levantar la hipoteca. Pero, en tal caso, ¿habría estado conforme con seguir adelante?
No, pero de todas maneras habría debido decírselo. Testarudamente se aferraba a aquella idea. Había actuado a sus espaldas y, una vez más, Hinata se hallaba a merced del banco.
Se desvistió lentamente y se metió en la cama. Se despertaba cada mañana entre los brazos de Naruto sin poder recordar cómo había llegado allí. Él no daba excusas y sólo la dejaba levantarse de mala gana. Naruto subió las escaleras. Hinata había dejado la lámpara encendida. Con los párpados casi cerrados, contempló cómo se quitaba los tirantes y se desabrochaba el pantalón. Se desnudaba frente a ella como si lo hiciera a propósito. Hinata supo que se había dado cuenta. Con todo, no pudo apartar la mirada. Naruto apagó la lámpara y se metió en la cama con ropa interior. Su cuerpo grande llenaba el colchón en toda su longitud.
-¿Naruto? Lo siento. Yo...
La voz y las palabras volvían a fallarle.
-¿Que lo sientes?
El movimiento de Naruto fue instantáneo. Se incorporó a medias, ocultando la luz de la ventana que había detrás de él. Ella volvió a intentarlo. Se humedeció los labios y cerró los ojos, como si no verlo cerniéndose por encima de ella le hiciera más fácil hablar.
-Quiero decir que... no he sido una esposa para ti desde que te fuiste a Iwagakure.
-Eso es muy cierto -refunfuñó él, acercándose un poco más-. ¿Me estás proponiendo que hagamos el amor, Hina? Porque si es así, no me negaré. Y si no, será mejor que te apartes y te parapetes tras el colchón antes de darme más ideas de las que ya tengo.
-¿Ya las tienes?
Le temblaba la voz, pero abrió los ojos y repitió aquellas últimas palabras como si no pudiera pensar por sí misma. El cerebro se le quedaba en blanco al sentirlo tan cerca, lo único que quería hacer era tocarlo, sentir aquellas manos grandes y fuertes sobre la piel.
Estuvo a punto de echarse a llorar cuando trató de imaginarse un futuro sin Naruto. Incluso un solo día más sin que la abrazara y se entregara a ella era más de lo que podía soportar.
-Hinata, si no quieres que lo haga, será mejor que te apartes porque yo me he mantenido lejos de ti todo lo que soy capaz de aguantar.
Aquel susurro enronquecido era una advertencia. Pero el corazón de Hinata latía con un ritmo desaforado y extraño que resonaba en sus oídos. Tenía los ojos
empañados de lágrimas que no podía controlar por mucho que parpadeara. Su cuerpo era flexible, se amoldó a Naruto en cuanto se acercó a él, abrazándolo en un frenesí desesperado.
-Te necesito, Naruto -sollozó contra su hombro.
Sin saberlo, estaba siendo el eco de los gritos silenciosos de Naruto en la lechería. Mientras lloraba, le clavó los dedos en los hombros. Buscaba una unión de los cuerpos que las capas de ropa frustraban.
-Vamos, Hinata. Siéntate, pequeña.
Naruto le hablaba al oído mientras trataba de sacarle el camisón por encima de la cabeza. Se enganchó. Naruto intentó acabar de desabrochar los botones pero acabó rasgando la tela para liberarla de aquella prenda engorrosa y enorme.
Arrodillado a su lado, la levantó hasta que ella también estuvo arrodillada. Sólo entonces buscó sus senos con la boca, las manos los cubrieron por completo, sosteniéndolos ante él como si fueran un banquete y abrió la boca.
Los labios de Naruto eran ardientes y ávidos sobre su piel. Hinata gritó, un sonido agudo y femenino que la obligó a echar la cabeza hacia atrás y a cerrar los ojos. Las lágrimas corrían en un arroyo incesante por sus mejillas. Sus sollozos ahogados iban acompañados por el sonido de su nombre pronunciado en susurros anhelantes.
-¡Naruto! ¡Naruto!
Hinata se retorció contra él mientras arrullaba frenéticamente.
-Sí... Por favor. Ahí... ahí...
Le sujetó la cabeza entre las manos, como si temiera que pudiera escaparse. Se inclinó sobre él para descargar incontables besos sobre su cabello, sus sienes. Dondequiera que pudiera encontrar un sitio para poner los labios. Como si acunara a un niño contra sus senos, se balanceó, dándole placer con la boca y las manos, mientras enredaba los dedos en su pelo y le decía frases sin sentido.
Pero entonces, Naruto desapareció... Se había librado de su abrazo para quitarse la ropa interior. Sus manos tiraron la camiseta al suelo y volvieron para bajarse los pantalones. Hinata lo contemplaba sin poder respirar.
La luz de la luna delineaba su silueta enmarcada en la ventana, como un gigante mítico del tiempo de las leyendas, dispuesto a conquistar a la mujer que tenía ante sí. La anchura de sus hombros y la estrechez de su cintura eran una sinfonía de fuerza, los brazos y las manos, abiertos para ella, una extensión de aquel
poder. Por eso, cuando la atrajo hacia sí, el gemido de placer de Hinata fue exultante.
El tacto ardiente de su piel la deleitaba, los rizos tersos de su vello rozaban contra sus senos la incitaban a apretarse más contra su cuerpo. Naruto cerró los brazos y una mano se desplegó sobre la curva de su trasero, apretando la urgente necesidad de su masculinidad contra la carne tierna de su vientre suave. Rígido y palpitante, el miembro era una cuña entre ellos que la abrasaba, seduciéndola con su promesa de plenitud.
Las noches pasadas entre sus brazos sólo habían servido para prepararla para este momento. El recuerdo de las horas vividas entre sus abrazos la rodeaba, tentándola con una promesa sensual a la que no podía resistirse. Era una cautiva gozosa y se rindió, abrazándose a él, sollozando, moviendo frenéticamente las manos mientras gemía de deseo.
Cayeron juntos sobre la cama. Naruto descargó el peso sobre sus brazos para no aplastarla contra el colchón, pero ella era como un fluido bajo su cuerpo que se amoldaba perfectamente a su forma. Naruto bebió sus gritos y se los devolvió multiplicados.
Pero ya no podía aguantar más, los días y las noches de abstinencia lo habían llevado más allá de los límites de su control. Le separó las piernas con las rodillas y ella se dejó guiar. Lanzándose contra la parte más suave de su cuerpo, Naruto la sujetó con la fuerza de su potencia viril. Parecía que necesitaba hacer suya a su esposa sin preliminares, sin frases tiernas, sin suplicar sus favores. Sólo quedaba la urgencia primitiva de un hombre angustiado por una ausencia demasiado larga de su compañera.
Y, con todo, era algo más que eso, porque Naruto podía vivir sin el alivio que el cuerpo de Hinata le ofrecía. En el momento en que tomó posesión de ella, supo que la fuerza que lo dominaba exigía algo más que la satisfacción del deseo, más que el alivio de una necesidad física.
El ímpetu era el propio de un profundo sentido de la satisfacción. Sin aquella mujer estaba disminuido. Sin Hinata a su lado estaba condenado por siempre a buscar una unión esquiva que sólo habían empezado a forjar entre ellos durante las últimas semanas.
Alzando las nalgas para recibir sus embates, Hinata contuvo el aliento y se retorció para acomodarse a él mientras el corazón le martilleaba contra las costillas. Sollozando, luchó por acomodar su masculinidad en su interior, aferrándose a él para evitar que se retirara y la privara de su presencia reconfortante.
-¡Hinata!
Era el grito ronco de un hombre que había sufrido una larga privación, de un hombre que había buscado y, en aquella búsqueda, había hallado al fin la satisfacción que tanto anhelaba. Con un poderoso espasmo que sacudió a ambos, Naruto se derramó en ella.
Hinata gritó mientras ocultaba la cara contra su hombro. Clavó los dientes en su carne, abrasada por un placer tan puro que creyó morir de dolor. Por un instante, se dejó llevar por aquel dolor con los ojos cerrados, absorbiendo las oleadas estremecedoras del éxtasis que le provocaba.
Naruto era pesado y ella se regocijó con aquel peso. Pero los labios eran suaves sobre su piel y ella los lamió con ternura. Las manos estaban relajadas, los dedos enredados en su pelo. Hinata frotó la cabeza contra él, buscando la posesión de sus caricias.
Naruto se dejó caer a un lado llevándola consigo, envolviéndola en su abrazo y tapándoles para protegerse del frío de la noche.
-Naruto...
Hinata empezó a susurrar su nombre, pero él la hizo callar con una sola palabra.
-No.
Naruto no podía hablar, no podía escuchar, sólo podía abrazarla, buscar el consuelo de su cuerpo durante el resto de la noche. Porque, aunque se habían dado asilo y pasión, la razón para su distanciamiento seguía viva. Naruto temía la llegada del día, cuando la mujer que tenía entre los brazos se revistiera con la armadura de la desconfianza y blandiera ese recelo como un arma contra él.
Hinata tenía que aprender a su propio ritmo y nada de lo que él hiciera iba a ayudarla a acortar aquel camino. Casi se arrepentía de los instantes de pasión que habían compartido. Se había comportado como el garañón con las yeguas, tomando y conquistando sin los mimos y caricias que una mujer se merecía.
La abrazó más fuerte, sabiendo que volvería hacer lo mismo si pudiera revivir aquellos minutos de posesión, los escasos instantes en que se habían convertido en uno solo, en el sentido más bíblico de la palabra. Cuando cada parte de uno había estado en completa armonía con el otro, cuando sus cuerpos habían hallado la plenitud en la unión de macho y hembra. Cuando, por un instante, había encontrado un sabor que debía ser el del propio cielo.
