La Propuesta
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Capitulo 17
-Parece que ha llegado la primavera. No pasará mucho tiempo antes de que oigamos a los ruiseñores por la mañana.
Naruto se puso el abrigo y se apartó de la ventana.
-Yo vi un par la semana pasada -le respondió ella desde la despensa.
-Seguramente vuelven para anidar en casa. A estas alturas, en Sunagakure ya tendría labrada la tierra. Me gustaba ver a los ruiseñores que seguían al arado por los surcos buscando gusanos. ¿Crees que podríamos desayunar tortitas hoy?
Hinata levantó la vista del saco de harina.
-Supongo que sí.
Naruto llevaba observándola de cerca desde que se habían levantado. Consciente de sus miradas, Hinata se había vestido tras el biombo para ponerse el mismo traje del día anterior porque no quería llevar el de los domingo para cocinar.
Naruto la imitó y bajaron juntos las escaleras. Ahora, mientras se abrigaba para salir a ordeñar seguía mirándola.
Hinata tuvo que apretarse contra él para salir de la despensa, pero se negó a devolverle la mirada.
-El desayuno estará listo para cuando acabes con las vacas.
Desde luego, era una invitación para que se marchara. Con una sonrisa ladeada, Naruto la siguió por la cocina.
-¿Hinata?
A ella le costaba trabajo mirarlo. Desde el momento en que había abierto los ojos supo que el recuerdo de la noche anterior iba a interponerse entre ellos. Naruto tampoco parecía dispuesto a dejarlo correr. Hinata se mordió los labios y se limpió las manos en el delantal.
-No creo que quiera hablar de eso, Naruto.
La conversación giraba en torno a las tortitas y los ruiseñores, pero la mente de Hinata estaba en un sitio completamente distinto y era consciente de que a él le ocurría lo mismo.
Naruto se inclinó para besarla en la frente, una caricia que hablaba de comprensión.
-Sólo una cosa más, Hina. Te prometo que no volveré a mencionarlo. Hinata respiró hondo.
-Muy bien. ¿De qué se trata?
-No quiero que te inquietes por lo que sucedió anoche.
Hinata apartó los ojos, como si no pudiera soportar el calor de su mirada.
-No... Yo...
Naruto le puso la mano en la mejilla y extendió los dedos para sostenerle la barbilla.
-Jamás te avergüences de tus sentimientos, Hina. Lo que hay entre nosotros es privado, lo que compartimos es sagrado para nuestro matrimonio.
-Lo que quiero decir...
Pero Hinata volvió a atragantarse con las palabras y él se acercó aún más.
-Me dijiste que me necesitabas. Yo te había dicho lo mismo un poco antes. Nada de lo que digas o hagas debería avergonzarte. Estamos casados y que hagamos el amor es lo correcto y lo decente. Lo de anoche fue tan bueno como siempre, en lo que a mí se refiere.
Naruto le dedicó una sonrisa pícara y ladeada que suplicaba una respuesta.
-No me explico cómo... pude portarme de esa manera contigo -dijo angustiada, implorándole comprensión-. Todavía me siento... confusa. Sigo enfadada contigo.
-Lo sé. Ya verás como todo se arregla, Hina. Nosotros lo conseguiremos.
Una vez más, se inclinó hacia ella para darle un beso breve. Como si aquel beso sellara un pacto entre ellos, Naruto le puso las manos sobre los hombros y se los
apretó ligeramente. Hinata bajó la cabeza, se pasó la lengua por los labios y se apartó de él.
-Será mejor que vayas a ordeñar. Me encargaré de que los niños echen de comer a las gallinas y recojan los huevos.
-Me parece que hoy voy a subir a Misuke a la yegua, quizá después de comer. Eso alegraría un poco este domingo, ¿no te parece?
Hinata levantó los ojos y su expresión se iluminó al imaginar la reacción del niño.
-Le va a encantar. Me ocuparé de decírselo.
-Habría que despertarlos -dijo Naruto-, ¿Quieres que vaya yo antes de salir?
-No, tú ve a ordeñar. No llegaremos a tiempo a la iglesia como no nos demos prisa.
Naruto asintió, se puso el sombrero y salió al patio.
Hinata se dio cuenta de que había sido un error decírselo a Misuke antes del servicio. El niño estuvo inquieto durante todo el sermón. Las palabras del reverendo le entraban por un oído y salían por el otro, no dejaba de mover las piernas y de retorcerse los dedos. El sermón trataba sobre la primavera, la renovación y la maravilla de la Pascua que se avecinaba, pero Hinata sabía que la cabeza del niño estaba rebosante de imágenes en las que se veía a lomos de la yegua alazana.
Le puso una mano sobre la rodilla, aquietando el balanceo de sus piernas. Misuke la miró y parpadeó como si acabara de sacarlo de una ensoñación. Un gesto apenas perceptible de Hinata bastó para que él sonriera y bajara la cabeza. Naruto se inclinó para susurrarle al oído.
-No deja de pensar en la yegua.
-Ya lo sé -dijo ella en un hilo de voz, consciente de la mirada reprobatoria de Machiko.
Con una disculpa silenciosa, Hinata se mordió los labios y asintió ante aquella mujer procurando disimular su sonrisa. Las piernas de Misuke volvían a columpiarse, rozando la falda de Hinata que suspiró en silencio y aceptó definitivamente que el niño se hallaba perdido en su propio mundo. Le dio unas palmaditas en el muslo,
sonriendo cuando él la miró con expresión culpable. Misuke aceptó el contacto con otra sonrisa.
El reverendo también se hallaba perdido en el sermón, amonestando y advirtiendo a sus feligreses para que no descuidaran sus deberes y tampoco dejaran de prestar atención a la belleza de la tierra, la llegada de la primavera y la renovación de la vida. Entonces, pidiéndoles que se levantaran, les dirigió en un himno que la pianista aporreó en el piano con más pasión que destreza.
Pero no importaba que la mujer del jefe de estación no fuera una intérprete consumada. Hinata sintió que su alma se elevaba con la música. La letra, que ella cantaba de memoria, su voz fusionándose con el tono de barítono de su marido, bastaba para llenar su corazón de alegría por el reverdecer de los campos.
-¡Señor de los cielos y la tierra, a ti elevamos nuestro himno de alabanza y agradecimiento!
Al parecer, enseñar a montar a Misuke requería la asistencia de toda la familia. Hinata había dejado los platos en remojo porque Misuke la apremiaba con la cara pegada a la mosquitera. Arashi ya estaba allí, sentado en un barrilete, observando cómo su padre ensillaba la yegua.
El corazón de Hinata se aceleró de anticipación mientras cruzaba el patio con Misuke, el chal colgando de sus hombros. El sol de marzo anunciaba la llegada de días más cálidos, reconfortando sus cuerpos. Naruto sacó la yegua del establo, sujetándola firmemente del bocado.
-¿Crees que podrás subir, hijo?
Misuke asintió mientras tragaba saliva y echaba a andar.
-¿No deberíamos ayudarlo? -pregunto ella, contemplando recelosa la lucha del niño por llegar al estribo.
Naruto hizo un gesto negativo y llevó la yegua hasta un gran tronco que había puesto allí a propósito.
-Vamos, mete el pie en el estribo, Misuke.
La alazana estaba quieta, tranquilizada con las palabras suaves de su dueño, sin preocuparse del peso del niño que saltó rápidamente a la silla.
-Toma las riendas.
Sin dejar aquel tono tranquilizador, las órdenes de Naruto formaban parte del mismo proceso que había seguido con la yegua. Mientras echaba a andar con ella, hablándole continuamente, vigilaba cualquier cambio de humor en el animal al que controlaba con una cuerda.
Misuke parecía perdido en lo alto de la silla. Hinata pensó que iba a sentirse más tranquila cuando llegara la otra que Naruto había encargado. Sin embargo, la expresión de Misuke era resplandeciente, a pesar de que sus pies apenas rozaban los estribos.
Demostraba una emoción que raramente exteriorizaba y sostenía las riendas sin darse cuenta de que sólo representaba un peso muerto y que era su padre quien dominaba la situación.
-Papá, ¿puedo montar yo también? -gimoteó Arashi saltando al ver el triunfo de su hermano.
-Después, Arashi -dijo su padre-. Te dejaré subir conmigo, pero aún no puedes montar solo.
-Ven aquí Arashi -dijo Hinata extendiendo una mano que el niño corrió a tomar-. Deja que te tome en brazos para que puedas ver mejor.
Naruto hacía que la yegua describiera un círculo, acelerando poco a poco el paso hasta llegar a un trote ligero. En la silla, Misuke botaba al compás de los cascos mientras trataba en vano de sujetarse con las rodillas.
-¡No puedo conseguir que el trasero se me quede en la silla!
-Tranquilo, hijo -dijo Naruto sonriendo-. Ya aprenderás. Hace falta un poco de tiempo. No trates de apretar las rodillas.
Naruto se acercó para enseñarle la manera de hacerlo. Al cabo, detuvo la yegua frente a Hinata. La testuz del animal a unos pocos centímetros de la mano de Arashi.
-Puedes acariciarla si quieres, hijo -dijo Naruto.
Cuando los deditos gordezuelos tocaron el morro aterciopelado, el niño se echó a reír.
-Es tan suave como los gatitos. Aunque no huele como ellos, ¿verdad?
La risa de Naruto se alzó en el aire. Sosteniendo a Arashi, Hinata dejó que aquel sonido la invadiera por completo.
-No, ella huele como deben oler los caballos.
-Me gusta -dijo Arashi frotando su mejilla contra ella, como si encontrarse en los brazos de Hinata le infundiera valor.
Naruto extendió el brazo para descargar a Hinata de parte del peso del pequeño.
-A mí también, hijo -dijo con la mirada fija en su mujer-. Pero creo que ya pesas demasiado para que Hinata te tenga tanto tiempo en brazos. Baja al suelo.
-De acuerdo -dijo Arashi que obedeció a su padre, pero no soltó la mano de Hinata-. ¡Guau! La yegua parece mucho más grande desde aquí abajo.
Misuke acarició las crines del animal y lanzó a su hermano una mirada impaciente.
-¿Podemos seguir un poco más?
Naruto le entregó la cuerda a Hinata.
-Antes tenemos que hablar de un par de cosas, Misuke. Sujétala, Hina. Creo que está muy tranquila, acepta a los niños perfectamente.
Arashi alzó la mano para sujetar el extremo de la rienda con una expresión radiante. Juntos escucharon las instrucciones de Naruto para que Misuke sujetara la brida y se sentara correctamente. Los círculos volvieron a comenzar, aunque ésta vez Naruto dio más cuerda. El sol brillaba, el azul del cielo era inmaculado, era un momento de perfección y belleza para atesorar en la memoria.
-¿Señorita Hinata? ¿Cuándo te toca a ti? - preguntó Arashi.
-Hoy no, cariñito -dijo ella sonriendo-. Tu padre ya tiene bastante con una clase.
-Te he oído, Hina.
Naruto recogió la cuerda, reduciendo el radio de los círculos hasta que la yegua acabó deteniéndose a su lado.
-Cuando quieras que se detenga, debes tirar suavemente de la brida, Misuke, y decir ¡soo!
Misuke asintió solemnemente. Estaba muy emocionado con la responsabilidad que había ganado aquel día.
-Ahora, trata de bajar y vamos a dejarle el turno a Hinata.
-Tengo las piernas raras, papá -dijo Misuke cuando se deslizó al suelo-. Parece que todavía vaya ahí arriba.
-¡Ya sabía yo que tenía que tocarte! -exclamó Arashi tirando de su mano-.
Vamos, vamos.
-Creo que soy demasiado mayor para aprender, Naruto -dijo ella, que no quería mostrarse cobarde delante los niños.
-Quizá lo necesites algún día -dijo Naruto muy serio-. No puedo creer que tu padre no te subiera a un caballo cuando eras pequeña. Ya verás cómo te diviertes cuando le pilles el truco. Venga, te echaré una mano.
Hinata frunció el ceño y contempló su vestido.
-No estoy segura de que esto vaya a funcionar.
-Confía en mí.
Ahora que tenía que subir a aquella grupa, la alazana tomaba unas proporciones gigantescas ante sus ojos. Hinata tragó saliva para dominar el terror, decidida a no mostrarse miedosa ante Naruto y los chicos.
-¿Cómo vamos a hacerlo?
-Quizá no sea tan buena idea -dijo lentamente Naruto, pensando que quizá fuera demasiado arriesgado.
De repente, caía en la cuenta de que ella llevaba un hijo suyo en el vientre, que no tenía sentido tentar a la suerte.
-Sí, pensándolo mejor, lo intentaremos en otra ocasión, Hina.
Ella suspiró aliviada, pero Arashi reclamó para sí el privilegio y Naruto se apiadó de su impaciencia.
-Vale, puedes montar, Arashi. Ven aquí y háblale a la yegua.
Naruto hizo que el animal bajara la testuz a nivel del niño, que abrió mucho los ojos y la acarició encantado.
-Le gusto, ¿a que sí, papá?
-Desde luego. Ahora deja que te ponga en la silla y yo subiré detrás.
Naruto soltó la cuerda con la que había controlado al paciente animal y se la dio a Hinata. Después, montó sin esfuerzo, subió a su hijo y lo sentó sobre sus muslos. Con un brazo alrededor de la cintura del niño, hizo que la yegua volviera grupas y cabalgó hacia el camino con las piernas sueltas, ya que los estribos estaba recogidos y quedaban muy cortos para él.
-¡Mírame! ¡Mira, señorita Hinata! -gritó Arashi triunfalmente.
Hinata se echó a reír compartiendo su alegría. Misuke se acercó a ella.
-Yo podré montar solo dentro de poco, ¿verdad?
-Seguro que sí -dijo ella, poniéndole una mano sobre los hombros-. Aunque no me extrañaría si vuelves a montar hoy. Tu padre ha dicho que quería trabajar contigo.
-Estoy pensando que necesitamos ponerle un nombre. Sería más fácil montarla si supiera cómo llamarla. ¿No crees?
Misuke tenía una expresión reconcentrada mientras expresaba sus pensamientos.
-¿Por qué no lo hablas con tu hermano después? Yo creo que a tu padre le gustará que tenga un nombre -dijo ella, rezando en silencio para que Naruto estuviera de acuerdo.
-¡Claro! ¡Eso es lo que vamos a hacer! - exclamó entusiasmado-. Seguro que me deja volver a montar.
Hinata se atrevió a apretarle el hombro y luego le acarició la cabeza, deleitándose con la suavidad de aquellos cabellos ondulados que tanto se parecían a los de su padre. Buscó la mirada de Naruto cuando volvían y trató de hacerle llegar un mensaje silencioso.
-Creo que Misuke está listo para una lección un poco más larga, si es que tienes tiempo, Naruto.
«Di que sí», le decía Hinata con los ojos.
-La verdad es que yo estaba pensando lo mismo -contestó él-. Tenemos toda la tarde. Quizá le ponga las bridas a mi yegua y cabalgue un poco con Misuke. Solía ser muy bueno montando a pelo cuando era más joven.
El trino de un ruiseñor se extendió por el patio cuando ella volvía a casa.
Hinata se protegió los ojos con la mano para buscar al pájaro.
-Por ahí no. Al otro lado, en el arce -dijo Naruto señalándole el ave encaramada a una rama desnuda-. Está llamando a su pareja.
-¿Cómo lo sabes? -preguntó Misuke con interés. Naruto se encogió de hombros.
-Conozco la letra de esa canción, hijo.
Y entonces, con una última mirada a Hinata que hacía verdaderos esfuerzos para no sonreír, puso al niño en la silla una vez más.
-Ha sido un buen día, ¿verdad, Hina?
En su postura habitual, con las manos tras la nuca, Naruto contemplaba el techo de la habitación mientras su esposa se desvestía para meterse en la cama. De no haber estado tras el biombo, Hinata estaba segura de que no le habría quitado los ojos de encima. De aquel modo, Naruto sólo podía recurrir a la memoria y a la imaginación.
-Sí. Misuke todavía estaba buscando un nombre cuando lo has mandado a la cama - dijo ella, luchando contra las capas de su vestido para sacárselo por la cabeza.
Naruto sonrió al oír su voz apagada, imaginándose las maniobras a las que se veía obligada al otro lado del biombo.
-No me importaría ayudarte sí te acercas.
-Puedo hacerlo sola, gracias. Hace veintiséis años que me desvisto sola.
Hinata colgó la ropa en la mampara y se quedó quieta. Antes de que ella empezara a desvestirse, Naruto había escondido el camisón entre las sábanas y ahora lo sacó.
-Te has dejado el camisón aquí fuera, Hina.
Hinata se asomó por una esquina del biombo, los hombros desnudos, excepto por el tirante de su camisola. Frunció el ceño contemplando la prenda que él tenía entre las manos.
-Creía que lo había colgado aquí.
Entonces se contempló a sí misma y decidió que su atuendo era lo bastante decente como para presentarse ante él. Salió de su refugio y avanzó hacia la cama con la mano extendida.
Naruto se sentó, manteniendo el camisón fuera de su alcance, contemplando detenidamente sus curvas, desde las bragas que llevaba atadas por debajo de la rodilla, a la camisola que apenas le cubría el busto.
-Tienes una figura maravillosa, señora Namikaze -le dijo con un candor inconfundible.
Hinata se sonrojó y evitó sus ojos mientras trataba de recuperar el camisón. Pero eso era algo que el destino no tenía previsto. Naruto la sujetó por el brazo y tiró de ella, haciéndola caer sobre la cama
-¡Naruto!
Era una advertencia, medio en broma, medio en serio, Hinata inclinó la cabeza para ofrecerle la boca.
-No creo que necesites este engorro esta noche, señora Namikaze.
La prenda en cuestión cayó al suelo. Naruto, con la mano libre, tiró de la cinta de su cintura, haciendo que las bragas resbalaran por sus piernas. Hinata intentó sujetarlas, aferrándose a ellas con ambas manos y apretándolas contra su vientre.
-¡Naruto!
-No dejaré que tengas frío.
Era un susurro, una promesa seductora que ella comprendía perfectamente, pero Hinata sacudió la cabeza.
-No puedo hacer esto, Naruto. Devuélveme mi camisón.
-Apagaré la lámpara, Hina -dijo él con una sonrisa pícara y arrebatadora.
Hinata lo miró y su rubor se hizo más intenso. Aferró con más fuerza la prenda que estaba sujetando mientras se mordía los labios. Naruto hizo que se sentara entre sus piernas. Se inclinó hacia delante hasta apoyar la cara en su cintura y dejó que sus labios rozaran la piel desnuda. Su aliento era cálido y ella se estremeció, apretándose contra sus muslos.
-Levanta la mano y apaga la lámpara, Hina.
Naruto había conseguido acceder a su cuerpo con ambas manos y la abrazó con ternura mientras le deslizaba aquella prenda larga sobre las piernas. Dándose cuenta de la amenaza que eso suponía a su recato, Hinata apagó enseguida la luz, dejando la habitación a oscuras.
-¿Te sientes mejor ahora?
Los dedos ágiles acabaron de quitarle las bragas y las calcetas, pidiéndole que se moviera conforme a sus necesidades. Hinata pasó los labios ardientes por el borde de la camisola mientras la levantaba sobre la redondez de sus senos.
-Levanta los brazos. Vamos a quitarte esto.
Obedientemente ella hizo lo que le pedía, consciente sólo de la fuerza viril del hombre que tenía ante sí, afinando sus sentidos con él, sabiendo que aquel rumbo sólo tenía un destino posible.
Y ella no podía negárselo. Había sido un día colmado de pura felicidad desde el amanecer al ocaso.
Naruto la había cubierto de atenciones, mimándola con sonrisas y miradas furtivas, compartiendo con ella el placer sencillo de educar a sus hijos. La disputa había quedado en suspenso y ambos habían olvidado las tensiones de su desavenencia. De mutuo acuerdo las habían dejado a un lado para disfrutar de su familia.
Ahora, ella lo obedecía, aunque también sabía que habría una recompensa. Sus brazos la acunarían y su piel iba a ser acariciada por aquellas manos ásperas. El roce de los labios contra sus senos era una promesa de placeres por venir y sus susurros eran juramentos que Naruto pretendía cumplir si ella cedía a sus mimos.
Cuando bajó los brazos, vio que la camisola volaba al suelo. Hinata le puso las manos sobre los hombros y frotó la mejilla contra sus cabellos. Los labios de Naruto la acariciaron, tironeando de sus pezones. Hinata se estremeció cuando él empezó a sorber, rindiéndole culto con las caricias más sensuales.
-Túmbate conmigo, Hina. Por favor.
Naruto se había erguido, dejándole la posibilidad de elegir. Ella respondió rodeándole el cuello con los brazos, inclinándose para besarlo en la boca.
