La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capitulo 18

Recibieron la carta de Sāra menos de una semana antes de que ella en persona bajara del tren en la estación de Konoha. Los grupos de gente habituales aguardaban la llegada del tren de los martes por la mañana procedente de Grand Rapids.

Entre ellos se encontraba Kurenai, que hablaba con el señor Yamanaka al final del andén, sosteniendo la saca vacía del correo en sus manos.

A Udon Ise, el barbero, le habían avisado de que llegaba el segundo sillón para su negocio y su emoción resultaba contagiosa, extendiéndose hasta alcanzar a Moegi Kazamatsuri y un grupo de sus alumnos.

Les iban a permitir que subieran diez minutos al vagón correo, ya que todos ellos mantenían correspondencia con alguien que vivía lejos. A los que no tenían amigos o parientes fuera de Konoha se les había facilitado los nombres de otros niños de la ciudad natal de su maestra. Los más pequeños ya estaban calculando el tiempo que habrían de esperar antes de que aquel mismo tren les trajera las respuestas.

Udon manifestaba un interés evidente por la señorita Moegi Kazamatsuri. Udon estaba inspeccionando su aspecto en el cristal de la ventana, cuidando de que su cuello estuviera rígido, su corbata derecha y cada pelo de su cabeza bien empastado en su sitio con fijador. Sólo cuando estuvo satisfecho se mezcló con el grupo de la maestra.

Hinata observaba las idas y venidas desde el surrey, sintiéndose distante, como si estuviera esperando que un golpe fatal del destino cayera sobre ella de un momento a otro. Hacía días que no pensaba en otra cosa que no fuera la llegada de Sāra, y tenía buenas razones. Misuke y Arashi no habían dejado de hablar de su tía y su excitación aquella mañana estaba llegando al punto culminante.

Habían desayunado y cumplido con sus tareas de la mañana a la velocidad del rayo y esperaban a Naruto en el porche una hora antes de que su padre estuviera listo para salir. Y Naruto no era ningún consuelo, pensó Hinata deprimida. Aquella mujer debía ser una santa, a juzgar por la incesante charla de tía Sāra esto y tía Sāra lo de más allá.

Hinata estaba dispuesta a declarar ante un jurado que Sāra era el más admirable ejemplo de mujer en todo el continente, además de una cocinera consumada e incansable, si la ingente cantidad de pasteles, galletas y dulces que preparaba y servía a los niños podía ser cierta. Se la imaginaba como la hermana mayor de Shion, una señora con el pelo gris y aires de abuela. Los niños amaban tiernamente a su tía y Hinata trataba por todos los medios de sentirse agradecida ante la preocupación que demostraba por sus sobrinos.

Naruto tampoco se encontraba más tranquilo. Le preocupaba que no se sintiera cómoda en el cuarto de costura, ya que estaba acostumbrada a una cama más grande. Hinata había apretado los dientes, negándose a hacer comentarios al respecto, aunque lo consideró una crítica velada a su propia casa.

Mientras esperaban la llegada del tren, se aferraba a la esperanza de que ser más joven y esbelta que la maravillosa Sāra Hoshigaki, por lo menos en los lugares verdaderamente importantes, le evitara tener que regresar a la granja andando.

Los raíles se perdían en el horizonte trazando una línea perfectamente recta. Una persona que estuviera en el andén y mirara hacia el sur podía ver la columna de vapor de la máquina a muchos kilómetros de distancia. Misuke fue el primero en descubrir la nubecilla en la lejanía. Su grito atrajo a Naruto, que dejó la puerta de la recepción y se acercó a sus hijos que esperaban en el andén.

Asuma Sarutobi apareció en el otro extremo y fue directamente hacia Kurenai, ante quien se quitó el sombrero, quedándose tan cerca de ella como la etiqueta y las buenas costumbres lo permitían. Kurenai se sonrojó. Incluso desde el coche, Hinata alcanzó a ver el rubor, el revoloteo de las pestañas. Vaticinó que habría una boda en un futuro no muy lejano y se disgustó consigo misma al darse cuenta del poco tiempo que le había dedicado últimamente a la encargada de la oficina de correos.

Cuando el tren entró en la estación, Arashi apenas podía controlar sus propios pies. Misuke se balanceaba tratando de ver a los pasajeros. Cuando el revisor puso una plataforma para que los viajeros descendieran, echó a correr hacia él a todo lo que daban sus piernas. Una dama aceptó la mano del ferroviario para bajar colocando esmeradamente sus botines abotonados lateralmente en la rampa, como si temiera que se mancillara su superficie reluciente.

A Hinata se le paró el corazón. No, aquélla no podía ser la misma tía Sāra con la que le habían machacado los oídos en los últimos días. Aquélla era una mujer alta, esbelta, vestida a la última moda con un vestido de tafetán a rayas y un parasol que parecía recién comprado en Nueva York. Llevaba un peinado a base de bucles que se amontonaban sobre la coronilla. Encima de todo lucía un sombrero adornado con plumas y gasas que debía costar una pequeña fortuna.

Hinata sabía que tenía la boca abierta. Kisame Hoshigaki no llevaba muerto más de unas semanas y su viuda se vestía como el anuncio de alguna revista de Iwagakure. Sólo había visto unas cuantas ilustraciones de aquella clase, pero estaba segura de que el atuendo de Sāra no podía ser considerado como luto.

Con una sonrisa cálida, la mujer abrió sus brazos a los niños que corrían hacia ella. Los alzó apretándolos contra su busto, sumándose a sus gritos. Incluso Naruto fue admitido en aquella reunión. Sāra lo saludó con un roce de mejillas cuando él le puso la mano en el hombro.

Hinata contempló el vestido de muselina corriente que ella llevaba. Nada elegante y sofisticado, sino el vestido de diario que cualquier granjera se pondría para ir a la ciudad. En verano haría tres años desde que lo comprara en la tienda. Lo único que podía decir en su favor era que estaba limpio y era decente. Se llevó una mano a la frente para apartar un mechón de pelo errante. Era lo mismo, llevaba el pelo limpio y presentable, nada que se pudiera comparar con los resplandecientes bucles rojos que asomaban bajo el sombrero de lujo.

Con todo, asumió sus obligaciones como esposa de Naruto, bajó del coche y echó a andar hacia la pequeña reunión que tenía lugar en el andén, frente a una docena de conciudadanos. Kurenai, obviamente intrigada con aquella visitante, lanzó a Hinata una mirada en la que se mezclaban el recelo y la conmiseración.

-¡Hinata! Ven a conocer a Sāra -dijo Naruto extendiendo una mano hacia ella.

Aquello la reconfortó. Necesitaba que él le tomara la mano para poder mostrarse correcta y educada.

-Encantada de conocerla, Sāra.

Hinata tenía que echar la cabeza hacia atrás para poder mirar a la cara de la otra mujer. ¿Y ésa era la mujer que ella había querido reconfortar cuando murió su esposo? De haber sido Naruto el fallecido, Hinata sabía que ella todavía no habría tenido tiempo de recuperarse y guardaría un luto riguroso. Pero ése no era el caso de la maravillosa, Sāra. Sin abandonar su sonrisa, la visitante se inclinó para dejar a los niños en el suelo y extendió una mano hacia Hinata.

-Me preguntaba qué clase de mujer podía haber interesado a Naruto. Ahora ya lo sé.

Hinata se sintió abochornada con aquel saludo. Las palabras suaves, casi ronroneantes, acompañadas por una mirada especulativa, hicieron que se sintiera como si hubiera olvidado abotonarse el corpiño o reventado el traje por las costuras. Jamás en su vida se había sentido tan fuera de lugar. Se preguntó cómo había podido Naruto casarse con ella cuando aquella preciosa criatura vivía al otro extremo del las vías, en el sur de Sunagakure. Pero claro, entonces Sāra estaba casada. Cuando Naruto había emprendido la búsqueda de un lugar en el que establecerse, Sāra era la esposa de Kisame Hoshigaki. Ahora, Kisame Hoshigaki estaba muerto.

Naruto conducía a su grupo hacia el coche, una vez que recogió la maleta tapizada de Sāra del andén. Llevó a Hinata de la mano y la ayudó a subir ala asiento delantero. Sāra fue persuadida de que se sentara entre sus sobrinos y la maleta quedó depositada atrás.

Por fortuna, nadie trató de que Hinata interviniera en la conversación mientras el surrey avanzaba hacia la granja. Naruto mantenía las yeguas a un trote rápido, como si también ellas estuvieran obligadas a causar una buena impresión. Los grandes animales alzaban las colas y cabeceaban agitando las crines con un aire señorial.

Sāra añadía « ¡Oohs!» y « ¡Aahs!» frente al ganado y los pastos, y se mostró adecuadamente impresionada con el shorthorn que Naruto había dejado suelto en el cercado más cercano a la casa, donde el toro no había perdido tiempo en tomar posesión de su harén y su territorio.

-Cuento con que nos proporcione al menos tres docenas de terneros para la próxima primavera. Dijo Naruto por encima del hombro. Por su parte,

Sāra parecía extasiada en la contemplación de aquella criatura.

-¡Papá! ¿De dónde ha salido aquella vaca grande y negra?

Naruto entornó los párpados y miró en la dirección que Misuke le indicaba. Al final tuvo que protegerse con la mano.

-A mí me parece que es el toro viejo. ¿Tú qué crees, Hinata?

-Hace años que no lo veo. Mi padre siempre lo tenía cerca de las ciénagas. Sin embargo, sólo entonces presintió la inquietud de su marido.

-¿No debería estar aquí, Naruto?

-Quería evitar que los dos se pelearan por la posesión de la manada. Dos toros en el mismo prado no se llevan bien. Lo mejor será que nos apresuremos y arreglemos esto -dijo con un chasquido de las riendas.

Hinata se quedó encargada de enseñarle a Sāra la casa. Naruto murmuró que lo excusaran, ensilló la yegua alazana y salió al galope con el rifle en una mano.

-Comeremos dentro de una hora, más o menos, Sāra -dijo Hinata mientras abría la puerta del cuarto de costura.

Siempre había sido pequeño y recogido, pero aquel día le pareció impresentable. Hinata dejó la maleta de su invitada junto al baúl. Sāra echó un rápido vistazo a su alrededor.

-Una habitación encantadora. Me alegro de que hayáis podido hacerme un sitio.

Espero que no te haya supuesto demasiado trabajo, Hinata.

¿De modo que ahora se tuteaban? A pesar del detalle del luto, Hinata no pudo evitar una sonrisa.

La cena estaba haciéndose cuando Naruto volvió y se limpió las botas ruidosamente en el porche.

-¿Qué pasa? -preguntó ella.

Los niños corrían hacia la casa desde el granero. Arashi llevaba un gatito en brazos.

-¡Maldita bestia! Estos toros nunca hacen lo que tú quieres. El viejo ha entrado en el cercado y desafió a mi shorthorn. Lo único que ha conseguido es llevarse una cornada. He tenido que rematarlo.

-¿El toro nuevo está bien? -preguntó Hinata, temblando al pensar en el dinero y los disgustos que estaba costando aquella montaña de carne.

-Sólo tiene unos rasguños. Nada de lo que no pueda ocuparme con un poco de ungüento. Necesito tu cuchillo grande. Hay que limpiar el animal para poder aprovechar la carne. No quiero decir con eso que no vaya a estar dura, claro.

¿Quieres guardar el rifle?

Hinata tomó el arma y la sopesó con inquietud.

-¿Qué vamos a hacer con él?

La idea de tener que ocuparse de la carne con todo lo que tenía que hacer, le atraía bien poco. Naruto tampoco estaba de buen humor y no era muy propenso a las respuestas en aquel momento.

-Ya se me ocurrirá algo. Hazme un emparedado de carne, ¿quieres? Es para llevármelo.

-Yo te lo haré, Naruto -salmodió la voz melodiosa de Sāra.

Hinata se tragó sus comentarios. Pero Naruto le sonrió a su cuñada.

-Gracias. Hinata, ¿qué pasa con ese cuchillo?

Hinata había tenido que dejar el rifle en la despensa y estaba afilando el cuchillo con la piedra de amolar. Sāra se llevaba las mieles y ella las hieles. Naruto asomó la cabeza por la puerta.

-Voy un momento al granero por una cuerda para traerlo a la casa. ¿Falta mucho con ese emparedado, Sāra?

-Estará listo cuando tú lo estés, Naruto.

Sāra puso una cantidad generosa de carne entre dos trozos de pan y lo envolvió en un paño de cocina. Misuke miraba a su padre con los ojos muy abiertos.

-¿Puedo ir contigo?

-No, vuelve a la casa y come con tu tía Sāra, hijo.

Naruto sólo pensaba en el trabajo que lo esperaba y su contestación fue cortante. Misuke se detuvo en seco, dio media vuelta y volvió al porche, pateando el polvo por el camino.

Arashi estaba allí, con el gatito a su lado. Le contaba a su tía la historia de la camada, de la que sólo quedaban dos, ya que una familia de la ciudad se había quedado con uno de los cachorros. Hinata descendió los escalones con el largo cuchillo en la mano.

-Ve a lavarte para la comida, Arashi. Tú también, Misuke -añadió cuando lo vio llegar envuelto en una nube de polvo.

-¡No tengo las manos sucias! -replicó, dolido por la respuesta de su padre.

-¡No discutas, Misuke!

Hinata no estaba de humor para niños enfurrufiados y pasó a su lado sin prestarle más atención.

Naruto salió del establo con la cuerda, tomó el cuchillo y siguió andando hacia el porche, dejando que ella lo siguiera.

Sāra esperaba en los peldaños para darle el emparedado. Hablaron un momento en voz tan baja que Hinata no alcanzó a entender lo que decían. Sin embargo, no quería parecer fisgona y aminoró el paso para darles tiempo. Vio que Naruto asentía y se dirigía a su caballo. Salió al galope sin dirigir a su esposa una sola mirada.

Todo el día había sido un desastre. Naruto había ido a casa de Nara para ofrecerle el toro y ayudarle a cargarlo. Cuando oyó los detalles horribles con que

los dos niños se entretenían a propósito del cuerpo, sintió que nunca más tendría estómago para cocinar con carne de res.

Cenaron tarde. Naruto tuvo que quedarse trabajando hasta que oscureció. De no haber sido por la alegría de que hizo gala Sāra, hubieran cenado en silencio. En resumen, con el enfado de Misuke con su padre, Hinata con arcadas, y el mal humor que se le quedó a Naruto después de haber matado al toro, las cosas habían ido cuesta abajo.

-No me importa recoger la cocina, Hinata - dijo Sāra tras el postre-. ¿Por qué no vas al salón y te sientas a descansar un rato? No tienes buena cara.

Disgustada con los acontecimientos del día, Hinata le tomó la palabra sólo para enfadarse más cuando oyó lo mucho que se divertían ayudando en la cocina los tres hombres de la casa, algo que Hinata no había pensado que pudieran hacer ni en sueños. Era demasiado. Sāra no sólo era una belleza radiante, sino que además ordenó su cocina sin hacer preguntas, demostrando su capacidad. Para colmo, había ganado la batalla de aquel día sin levantar una sola mano.

¿La batalla? ¿Por qué tenía que tomarse la visita de Sāra como si fuera una lucha? Aquella mujer había sido amable y considerada, se había ofrecido a coser el edredón preferido de Arashi, había admirado los álbumes de cartas de Misuke y había puesto a Naruto por las nubes al alabar las mejoras que había acometido en la granja y en el ganado.

Asintió con aires de entendida mientras Naruto le explicaba su teoría sobre la mejora de la cabaña. Abrazó entusiásticamente a Arashi cuando él hizo un cumplido sobre su vestido. Incluso convenció a Naruto de que le dejara cortarle el pelo antes de la cena.

-¿Cómo has dejado que lleve este pelo, Naruto? Si parece un salvaje -dijo mirando de reojo a Hinata-. Nunca estuvo tan descuidado mientras...

Entonces se calló. Lanzó una mirada de disculpa a Hinata y se encogió de hombros. Hacía meses que Hinata quería hacerlo, pero el niño se había mostrado inflexible con que sólo su padre podía tocarle el pelo. A Sāra le había costado menos de un minuto envolverlo en una toalla y sentarlo mientras ella manejaba las tijeras y el peine.

Hinata pensó que nunca había estado sentada tanto tiempo seguido en la mecedora. Dejó que las sombras crecieran en el salón sin preocuparse de encender la chimenea, meciéndose rítmicamente.

-Hina, ¿qué haces ahí sentada a oscuras? -preguntó Naruto desde la puerta.

-Disfrutar de la tranquilidad y del silencio - contestó ella, alterando el ritmo de la mecedora.

-Sal de ahí y ven con nosotros. Vamos a jugar a la cuchara.

-Quiero acostarme temprano. Mañana será un día duro.

Un estallido de risas surgió de la cocina. Naruto titubeó y volvió a mirarla.

-¿Estás segura, cariño? Parecías cansada durante la cena, pero no me gusta que te pierdas lo más divertido.

-Estoy segura de que también os lo pasaréis bien sin mí.

Hinata se levantó. Naruto se apartó para dejarla pasar. Sin rozarlo, fue a las escaleras.

-Yo no tardaré en subir, Hina. Los niños tendrán que acostarse dentro de un rato. Y, después del viaje, Sāra también estará deseando acostarse.

-Tarda el tiempo que quieras, Naruto.

Hinata se levantó la falda y empezó a subir los peldaños. Le parecía que sus pies pesaban una tonelada. Se sentía cansada hasta la médula y se apoyó en la barandilla, ignorando al hombre que la contemplaba desde abajo.


Cuando terminó la semana, Hinata se había encerrado en un humor hosco del que no parecía capaz de salir. Se sentía fuera de lugar y más una criada que la dueña de la casa y de una próspera granja. De repente descubría que estaba trabajando más de lo necesario.

Mandó a Sāra a pasear con los niños y restregó toda la cocina hasta dejarse la piel. Sāra había presumido que acababa de amueblar su cocina con papel pintado y todo. A Hinata le sonaba como una maravilla del diseño moderno.

El viernes, lavó las cortinas, dando vueltas a la manivela de la lavadora como si se tratara de una venganza. Luego tuvo que enjuagarlas y almidonarlas, tenderlas a secar y plancharlas antes de la cena. Pero sólo consiguió enfurruñarse más porque Naruto ni siquiera se dio cuenta.

Sāra se había quedado mirándola ociosamente mientras ella accionaba la manivela.

-El mes pasado, me compré el equipo completo de Acme. Me dijeron que la Fulton que tú tienes destroza la ropa.

-¿De verdad?

Respondió Hinata, decidida a evitar una confrontación directa con ella. Por lo visto, para Sāra, la vida era un día de campo después de enterrar a su esposo. En realidad, si había que creer en lo que decía, su casa de Sunagakure estaba literalmente atestada hasta el techo de toda clase de máquinas que ahorraban trabajo. Eso sin olvidarse de la nueva Singer con la que había hecho camisas nuevas para los dos niños.

Y Hinata, que había descubierto hacía mucho tiempo que coser no era una de sus cualidades, se había visto obligada a admirar el trabajo de Sāra con un entusiasmo fingido.

-¿No opinas que uno de los deberes de una buena esposa es ahorrar el dinero que se gasta en ropa? -preguntó Sāra a Hinata durante la cena-. Yo les hacía muchas cosas a estos niños cuando los tenía cerca.

-Estoy segura -murmuró Hinata, ignorando la mirada reprobatoria de su marido.

Otro día, Sāra engatusaba a los niños con las maravillas de su nueva bicicleta, que naturalmente podrían usar si algún día iban a visitarla. Estaba claro, Kisame, a pesar de su inclinación a empinar el codo, la había dejado muy bien situada. Si Naruto se hubiera quedado en Sunagakure habría dispuesto de un dulce puerto donde atracar, pensó Hinata echando chispas.

No sólo los niños hubieran tenido a la maravillosa tía Sāra para estar pendiente de sus menores caprichos, sino que también habría cuidado de Naruto como si fuera un rajá. Desde luego, no dejaba de hacer toda clase de galletas y pasteles en la cocina de Hinata, para disfrute y alborozo de los críos.

-No veo nada malo en un poco de tarta de manzana cada día -masculló mientras ponía un puñado de manzanas secas a remojo.

Le quedaba el consuelo de que Sāra no podía compararse con ella en la comida diaria. Además, presumía alegremente de que los postres eran su especialidad porque para eso disponía de una cocinera a tiempo parcial y de un ama de llaves que le hacía la compra.

Hinata se tragaba la ira lo mejor que podía y se empeñaba en poner buena cara. Sin embargo, llegó un día en que fue imposible. Llevaba toda la mañana con el desayuno en la garganta, con un sabor ácido y metálico en la boca.

Por mucho que le fastidiara admitirlo, acabó reconociendo que lo más razonable era aliviar su estómago. Echó a andar hacia el lavadero en el momento en que las arcadas la asaltaron en oleadas intensas hasta el punto de marearla.

Se dejó caer junto a un cubo de echar comida a los cerdos. Su frente estaba perlada de un sudor frío. Perdió el desayuno entre convulsiones, junto con los restos de buen humor que había logrado mantener y su apetito.

-¿Hinata? ¿Te encuentras bien?

Era Sāra que llegaba de enseñar a los niños a jugar al croquet porque les había comprado el juego en la tienda del señor Yamanaka.

-Sí -mintió Hinata, limpiándose con la manga. Se quedó sentada sobre sus talones y respiró hondo-. Me temo que algo me ha sentado mal.

-¿Estás segura de que se trata de eso? -preguntó Sāra intencionadamente.

-Por supuesto -respondió Hinata enfadada-. ¿Qué iba a ser si no?

Sāra se apoyó contra la pared y se miró las uñas antes de contemplar a Hinata con una sonrisa cómplice.

-Le he oído decir a Naruto que no quería tener más hijos. Hinata se giró hacia ella con los ojos muy abiertos.

-¿Qué tiene eso que ver con... nada? ¿Y cómo sabes tú tanto de lo que Naruto quiere o deja de querer?

-Hace años que lo conozco. Estaba casado con mi hermana.

-Yo no creo que el matrimonio con Shion hiciera de él el hombre más feliz del mundo.

En aquel instante, Hinata se dio cuenta de que seguía en el suelo, frente a los restos de su última comida.

-Bueno, a Shion tampoco la hacía muy feliz verse obligada a vivir en aquella granja dejada de la mano de Dios. Siempre he creído que yo podría haber convencido a Naruto de que se viniera a vivir a la ciudad. Shion no sabía cómo manejarlo. Y después de que lo atacara con el cuchillo... Bueno, a Naruto le quedo un mal sabor de boca.

-¿Con un cuchillo? -repitió Hinata.

-claro, ¿no te ha contado Naruto su batalla final? El pobre tuvo suerte de salir con vida. Y luego, cuando se fue de la casa, se desataron las habladurías sobre cómo había muerto Shion, ahogada en el río sin que hubiera testigos. Y Naruto con la cara cortada.

-Me parece que no quiero escuchar esa historia, Sāra. Ya me...

-Naruto no va a contártela. Además, ni por un segundo creo lo que dice la gente. Claro que tuvieron una pelea pero, a fin de cuentas, fue Shion la que acabó muerta.

-Naruto es incapaz de hacerle daño a nadie. Me cuesta trabajo pensar que eres capaz de repetir esos chismorreos.

Hinata fue a lavarse. La náusea había pasado, pero la había dejado débil y tuvo que apoyarse en el escurridor.

-Lo siento si te he molestado, Hinata. Creí que lo sabías todo sobre Naruto. La verdad es que yo esperaba que abriera los ojos y dejara de vagabundear, que volviera a su verdadera casa y se olvidara de todo esto -dijo con mal disimulada satisfacción al ver el estado en que Hinata se encontraba-. De todos modos, las murmuraciones casi han cesado por allá.

Sāra se acercó y habló en un tono más íntimo, como si realmente confiara en Hinata.

-Mira, me quedé muy sorprendida de que se casara para conseguir el trozo de tierra que quería. Yo le hubiera comprado cien acres para que jugara. Ya que el señor Hoshigaki pasó a mejor vida, a mí me hubiera hecho feliz cuidar de sus hijos.

-¿Y por qué no has tenido hijos tú, Sāra? Me doy cuenta de que quieres mucho a Misuke y a Arashi. La sonrisa de Sāra se esfumó.

-Si no podía tener un hijo de Naruto, no quería ninguno. Shion lo pescó primero, me lo quitó delante de las narices y yo tuve que ver cómo mi hermana convertía su vida en un infierno. Nunca supo cómo manejarlo. Yo no hubiera tardado nada en tenerlo trabajando en un banco o dirigiendo el hotel.

-Naruto es un granjero de los pies a la cabeza - dijo Hinata con todo su corazón.

Sin embargo, las palabras de Sāra estaban envenenadas. Si le hubiera convencido para trabajar en la ciudad, ningún otro hombre habría tenido su aplomo y su elegancia natural.

-¡Tía Sāra! ¡Ven, corre! ¿Qué haces ahí? - llamó Misuke desde el porche-. Arashi dice que le hago trampas.

-¿Lo ves? -dijo Sāra con una mirada oscura-. Cualquiera se daría cuenta de que para ellos soy la favorita.

-Sí, Sāra. Creo que puedes decirlo.


Llovía, y Hinata se levantó a cerrar la ventana, aunque no del todo. Contemplando el patio, su corazón se llenó de una extraña tristeza. Las esperanzas de alcanzar la felicidad que había estado alimentando durante los últimos meses se habían agostado con las confesiones de Sāra. Ni siquiera podía explicarse cómo una mujer tan taimada podía tener a Naruto y a los niños encantados.

Incluso había tenido el valor de insinuar que Naruto tenía algo que ver con la muerte de Shion.

Cualquiera que lo conociera sabía que podía confiar en que... Hinata cerró los ojos. Si no confiaba en él para llevar los asuntos de la granja, ¿cómo iba a confiar en que había hecho lo correcto? Pero, en aquel momento, descubrió la verdad en su interior.

Confiaba en Naruto, con su granja, con su vida, con todo su amor. En cierto modo, el veneno de Sāra la había ayudado a solucionar aquel problema. Ahora, sólo tenía que aceptar que estaba embarazada.

-¿Hinata? -llamó Naruto, adormilado.

Hinata se volvió hacia él, convencida de que la oscuridad ocultaría sus lágrimas.

-Sí, Naruto. Me he levantado a entornar la ventana, estaba entrando la lluvia.

Se le habían mojado los pies en el suelo y se sentó en la cama para secárselos en la alfombra.

-Llueve a base de bien. La tierra quedará empapada.

-Lo necesitábamos. Eso nos facilitará la labranza la semana que viene.

-¿Vas a arar tan pronto? -preguntó ella mientras se metía en la cama.

-Ajá. La primavera va a llegar adelantada. Habrá que plantar el maíz a primeros de mes. ¿No tienes sueño, Hina? -preguntó abrazándola.

-No, Naruto. No con Sāra al otro lado del pasillo.

-Vamos, cariño. ¿Qué pasa? No has querido que te tocara desde que ella llegó.

-Supongo que estoy cansada. Por favor, estate quieto.

-Como tú digas, cariño. Sé que has tenido una semana dura. Trabajas mucho últimamente.

-Yo no me he quejado.

-Vamos, duérmete -dijo él, palmeándole la espalda.

-Sí...

Hinata cerró los ojos, pero atrapada entre los suaves ronquidos de Naruto y la convicción de que llevaba un hijo en el vientre, no pudo relajarse. Al final, dándose cuenta de que no iba a conciliar el sueño, se quedó mirando la lluvia que golpeaba la ventana hasta que salió el sol.