La Propuesta
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Capitulo 19
-La tía Sāra va a quedarse otra semana - anunció Misuke cruzando la cocina mientras la mosquitera se cerraba con un portazo-. Tengo que buscar mi cuerda. Vamos a hacer una cometa.
Sāra la maravillosa volvía a ser innovadora y atenta. ¡Cometas! Para Hinata, lo importante era que la comida estuviera preparada a su hora. Jugar con los niños era bueno, pero sus estómagos necesitaban buenos alimentos tres veces al día.
¡No era justo! El grito de Hinata no fue menos desgarrador por silencioso. Las lágrimas brotaron sin que ella dejara de hacer la comida.
Trató de imaginarse a Sāra como una pobre viuda que había ido de visita y tuvo que echarse a reír ante su propia estupidez. ¡La pobre viuda! Con todo, era cierto que el interés de Naruto por su cuñada se había desvanecido. El trabajo cada vez lo llevaba más lejos de casa. Durante la primera semana de su visita, le había gustado hacer el papel de anfitrión.
Sin embargo, desde el lunes por la mañana, se había apoderado de él la impaciencia por dejar los campos listos para la siembra y, aprovechando el viaje a la ciudad, compró varios sacos de semillas de maíz.
-Son de una variedad nueva que quiero probar -dijo él, respondiendo a sus preguntas.
-Mi padre siempre utilizaba las suyas -insistió ella, pensando en el dinero que se había gastado.
-Ya te he dicho que yo no soy tu padre, Hinata.
Después de aquello, hicieron el resto del viaje en silencio, a excepción del tintineo de los cascabeles.
Kurenai se había mostrado compasiva cuando Hinata pasó a recoger el correo.
-¿Se va a quedar mucho tiempo esa mujer? - le preguntó en un tono casual.
-Ya lleva demasiado tiempo aquí -le confesó Hinata en voz baja.
La última hazaña de Sāra había sido gastar todo su cambio en caramelos para los niños. Pero fue Hinata quien tuvo que atender el dolor de estómago de Arashi durante la noche.
-Los niños no están acostumbrados a tantos dulces, Sāra -le había dicho Naruto con una sonrisa al día siguiente.
Pero Sāra se había limitado a intercambiar miradas cómplices con sus compinches.
-¡Tonterías! Un poco de dulce nunca les ha hecho daño. Creo que Hinata es una mala influencia para ti, Naruto. Antes no eras tan tacaño con el azúcar.
Una ceja arqueada y una mirada cargada de intención acompañaron a aquella frase. Naruto lanzó una rápida mirada a su esposa y guardó silencio. Ahora, Hinata le daba vueltas a la frasecita. ¿A qué clase de «azúcar» se había referido?
Tuvo que preguntarse si consideraba a Naruto capaz de llegar a esos extremos. Se respondió a sí misma que no, que Naruto jamás faltaría a sus votos matrimoniales. Hinata descubrió que estaba dispuesta a apostar su vida a que no.
-¿Hina?
El susurro la sacó de sus pensamientos. Naruto estaba a su espalda. Su sonrisa era tímida, como si dudara de ser bien recibido en la cocina. Hinata se extrañó, nunca antes se había comportado así.
-Cariño, he estado meditando algo, pero quiero estar seguro de que te gusta la idea antes de ponerla en práctica.
Hinata pensó que no se había equivocado, buscaba que le diera su aprobación para su próximo proyecto.
-No iras a comprar otro toro, ¿verdad, Naruto?
La risa de su marido sonaba apagada, como si no quisiera llamar la atención en su presencia. Hinata frunció el ceño.
-No, aunque el tiempo me dará la razón. Ese negocio ya ha causado bastantes problemas por el momento.
Su mirada era tierna, casi anhelante cuando la abrazó. Hinata levantó el brazo y le acarició el vello rizado del dorso de la mano.
-Creo que ya hemos superado eso, Naruto.
-¡Dios bendito! ¡Eso espero! Pero se trata de otra cosa, Hina. Naruto la obligó a salir al porche.
-He encontrado un nogal caído en el linde del bosque y pensaba cortarlo para leña, pero mira - dijo pasando la mano por el corte de un trozo que había llevado-. Tiene un grano excelente. Y fíjate en las líneas de la madera.
Hinata lo miró perpleja. La madera servía para hacer leña o muebles. ¿Acaso pretendía hacerle una mesa?
-¿Qué se te ha ocurrido, Naruto?
-He pensado que...
Sheba empezó a ladrar y un grito de alegría se elevó del campo cercano, atrayendo su atención.
-¡Papá, mira! ¡Mira qué cometa! -chillaba Misuke mientras corría.
Por encima de las cabezas y los gritos de los niños, volaba una cometa con una cola de lazos majestuosa. Hinata metió las manos en los bolsillos del delantal y trató de que su voz no reflejara animadversión.
-¡ Sāra sí que sabe hacer cometas! Naruto se echó a reír.
-Es asombrosa, ¿verdad? Cualquiera diría que no es sino una chiquilla por el modo en que se comporta con los niños. Es una pena que no sirva para mucho más.
Hinata irguió la espalda al oír aquel comentario y dio media vuelta.
-Tengo que vigilar que las patatas no se queden sin agua. La cena estará lista dentro de quince minutos. Si esos niños quieren comer, será mejor que bajen la cometa y se laven las manos.
-¡Hina!
Naruto apretó los labios al ver que no le respondió. El proyecto quedó olvidado, al menos por parte de ella. Naruto recogió el trozo de madera y lo guardó envuelto en el granero, dejándolo junto al banco del taller. Esperaría a tenerlo acabado para volver a enseñárselo. Si Hinata no aprobaba su decisión, que fuera lo que ella dijera. No le hacía mucha gracia tener que ver la expresión de sus hijos cuando les dijera que dejaran la cometa, pero ya se encargaría Sāra de que no se hicieran los remolones.
-Jugar a las cucharas no es tan divertido sin ti, papá -dijo Misuke haciendo pucheros.
Naruto cerró la puerta con pestillo y contempló el juego que se desarrollaba en torno a la mesa.
-A mí me parece que lo estáis haciendo muy bien.
-Creía que ya habías acabado de trabajar por hoy -dijo Sāra, la barbilla apoyada entre las manos, mirando cómo se lavaba Naruto en la palangana.
-Sí. Esto es algo que estoy haciendo para Hinata. A propósito, ¿dónde está?
-Se ha ido a la cama -dijo Arashi-. Tenía sueño.
-Ya es hora de que vosotros hagáis lo mismo, chicos. Mañana será otro día.
Acostumbrado a obedecer, Misuke se bajó de la silla, aunque estaba claro que a él le parecía que no era tan tarde. Hizo un gesto hacia su hermano.
-Vamos, Arashi.
-Yo os acompañaré arriba -dijo Naruto-. Necesitaréis un poco de luz.
-La señorita Hinata ha dicho que iba a dejar encendida una lámpara en el pasillo -le informó Misuke.
-Bien. En ese caso, iré a daros las buenas noches después.
-Siéntate a hablar conmigo un rato, ¿quieres? -dijo Sāra. Naruto se puso una taza de café antes de sentarse a la mesa.
-Desde luego. Lo que pasa es que me temo que, una vez que me siente, ya no quiera levantarme. Sāra hizo un pucherito comprensivo.
-¿Nunca has pensado en emprender un negocio? No sé, quizá en la ciudad. Un sitio donde no tengas que trabajar de sol a sol, como haces ahora.
-No -contestó él sacudiendo la cabeza.
-Con lo listo que eres, podrías triunfar en lo que te propusieras. Te garantizo que podrías competir con cualquier comerciante.
-Sí, pero llevar un cuello duro y estar encerrado todo el día no le sentaría bien a mi alma.
Naruto tomó un sorbo de café, hizo una mueca y se quedó mirando la taza.
-Está fuerte. Hinata debe haberle añadido un puñado de más. Sāra trató de sonreír.
-No se parece en nada a Shion, ¿eh? Es una mujer con los pies en la tierra.
-¿Con los pies en la tierra? Sí, supongo que es una manera de describirla, Sāra.
-Pero no le dedica mucho tiempo a los niños, ¿verdad? Naruto lo consideró un momento.
-Pues no sé. Ayuda a Misuke con las letras y los números. Ya sabes, le está enseñando a leer. Les ayuda en las faenas de la granja, les lava la ropa y les hace de comer. Supongo que se las arregla para dedicarles bastante tiempo.
La voz de Sāra se suavizó.
-Necesitan algo más que eso, Naruto. ¡Necesitan amor!
Naruto alzó la cabeza bruscamente. Sus ojos se endurecieron.
-El amor es algo más que jugar con los niños, Sāra. No dudes por un instante de que Hinata ama a mis chicos.
Sāra se echó a reír, un sonido gorjeante y agudo. A la fuerza tenía que escucharse desde las habitaciones de arriba.
Hinata se tapó la cabeza con el edredón. Por el conducto de la calefacción, podía oír sus voces, aunque no distinguía las palabras. Sin embargo, cada vez que Sāra hablaba, era otro puñal que se clavaba en sus ya maltrechos sentimientos.
-¡Seguro que tienen mucho de qué hablar! - masculló.
No tenía sueño. La verdad era que no podía soportar más a Sāra y sus jueguecitos. No era sólo la hilaridad de jugar con las cucharas, sino los continuos recordatorios a la vida que Naruto había llevado. El juego de relegarla a ella a los infiernos mientras Sāra pavoneaba su atractivo ante los hombres de la casa.
Otra carcajada prístina en la cocina echó leña al resentimiento que ardía en su corazón. Cerró los ojos y se obligó a dejar de pensar en que aquella mujer ocupaba su cocina.
-Tengo que irme a la cama -le dijo Naruto abajo.
-Todavía no me has contado cómo te hiciste con esos caballos -ronroneó ella con otro puchero.
Los ojos de Naruto se encendieron al recordarlo y se acomodó en la silla.
El tren del lunes por la noche iba a recoger una pasajera en Konoha. Sāra se iría al día siguiente y Hinata sentía que le habían quitado una losa del corazón. Cuando acabó de ordenar la cocina después de comer, se asomó a la puerta. El patio estaba desierto. A Través de la puerta del establo, alcanzó a ver a Arashi que jugaba con uno de sus gatos. Empezarían a tener cachorros por su cuenta antes de que acabara el año.
Al otro lado del establo, Naruto hablaba y Misuke y Sāra reían mientras trabajaban con las yeguas. Sorprendentemente, Sāra se había revelado como una amante de aquellos animales, buena amazona y poseedora de una falda abierta de montar. Seguramente se estaban preparando para dar un paseo a caballo.
-Sí, quizá yo también dé un paseo. Andando - dijo Hinata en voz alta.
Entonces se echó a reír. Volvía a su vieja costumbre de hablar sola. Antes de salir, se echó el chal sobre los hombros. Era abril y hacía buen tiempo, pero las nubes que crecían en el oeste podían enfriar el aire en un par de horas.
Se dijo que debía haber lirios y violetas en las vaguadas. Con la visita de Sāra no había tenido tiempo de recoger sus flores preferidas.
«¡No! ¡Hoy no!», se juró a sí misma. «Voy a dar un paseo y a recoger flores, a ver si se me pasa el mal humor».
No tardó en llegar a una vaguada que corría detrás de los arces. Se puso la primera violeta que encontró en el ojal y saludó a un azulejo que vigilaba desde una rama.
-Seguro que estás buscando un sitio donde hacer tu nido.
El sol calentaba su cuerpo, aunque la brisa que desordenaba sus cabellos era fría. Entonces, soltó las horquillas que los sujetaban y los dejó sueltos. Se sentía libre, atrevida, aventurera.
-Creo que voy a dejar que sea la maravillosa Sāra la que prepare la cena de esta noche -le confesó a un conejo que la observaba desde una maraña de raíces.
Un macizo de violetas llamó su atención. Empezaba a recogerlas cuando pensó en Kurenai. Con las prisas, aquella mañana apenas había podido saludarla con la mano.
Miró hacia la granja, pero estaba demasiado lejos. Por primera vez en muchos meses, Hinata se descubrió pensando únicamente en el placer del momento. Se le escapó una risilla que al principio le pareció de otra persona. A Hinata Hyūga jamás se le había escapado una risilla.
-Pero ya no soy Hinata Hyūga -se recordó en voz alta-. Por eso creo que voy a hacer una visita. Apretó el paso, volvió al camino y se dirigió a Konoha con un ramo de violetas en la mano.
-Papá, la señorita Hinata no está en la casa y la cocina se ha apagado -anunció Misuke antes de que desmontaran de las yeguas.
-¿Has mirado a ver si estaba en la habitación, hijo? -preguntó Naruto mientras empezaba a secar el sudor de los animales-. Quizá se haya echado en la cama.
-No, la he llamado. Además, también he mirado en vuestra habitación. Tampoco está en el desván.
-Puede que esté en la lechería. Quizá haya decidido hacer mantequilla hoy en vez de mañana.
-Es domingo, papá -dijo Misuke, mirando a su padre como si no pudiera creer lo que oía-. La señorita Hinata dice que es un día para descansar. Sāra se echó a reír y se sentó en un taburete de ordeñar.
-Quizá se haya fugado, Naruto. No parece que tengas mucha suerte con tus esposas, ¿eh?
-Eso no tiene gracia, Sāra -dijo él con una mirada tajante-. Hinata no se parece lo más mínimo a tu hermana, y tú lo sabes. Además, tenemos público y no me gusta hablar del pasado.
-De todas maneras, tendrán que enterarse tarde o temprano -dijo ella con una sonrisa indiferente.
Naruto empezaba a pensar que la presencia de Sāra era excesivamente empalagosa. Contempló su cuerpo esbelto. Desde luego, era estupenda con sus chicos, siempre lo había sido. Pero era difícil de aguantar. Shion decía que era superficial, y él le había dado la razón en aquella época. Ahora empezaba a ver por sí mismo que aquella mujer era toda fachada.
Poco a poco, las pasadas de su mano sobre la yegua se hicieron más espaciadas cuando empezó a pensar en su mujer. ¿Dónde se había metido Hinata? No era propio de ella dejar la cocina a media tarde.
-Tampoco está en la lechería -gritó Misuke que llegaba a la carrera. Tenía una expresión preocupada y miró a su padre muy serio-. ¿De verdad crees que nos ha dejado, papá?
-¡No! Y tú lo sabes de sobra -dijo Naruto sacudiendo la cabeza. Arashi se levantó de un salto con una mueca de horror en su cara.
-¡Tenemos que encontrarla! Tiene que hacerme la cena. Naruto lo miró ceñudo.
-La señorita Hinata no tiene que hacer nada de eso, Arashi. Ella nos cuida porque le gusta.
-Porque nos quiere, Arashi -añadió Misuke. Sāra se levantó y se desperezó lentamente.
-¡Huy, huy, huy! ¡Todo un testimonio de las virtudes de la señorita Hinata! No sé tú, pero yo estoy cansada de ese paseo, Naruto. Creo que voy a ir a echarme un rato mientras tú buscas a tu mujercita perdida.
-Misuke, echa leña a la cocina -dijo Naruto mientras sacaba la yegua del establo-. Arashi, ayuda a tu hermano. Voy a tratar de encontrarla antes de que esas nubes de lluvia se nos echen encima.
-Tendrás que ensillar otra vez, papá -dijo Misuke. Naruto montó la yegua a pelo.
-Ya ves que no, hijo. No tardaré mucho. Sāra, ¿qué te parece si te olvidas de tu siesta y le echas un ojo a los niños mientras vuelvo?
-Hay veces en que me pregunto si Naruto y los niños no habrían hecho mejor quedándose en Sunagakure. Era la segunda taza de té que aceptaba y por la pinta que tenía el cielo al oeste, sería mejor que fuera la última. Kurenai se balanceó en el columpio del porche mientras aspiraba la fragancia de las violetas.
-Yo creo que Naruto está bien donde está, Hinata. Sabes que es un hombre de los que sólo hay uno en un millón. Es más, creo que él es consciente de la suerte que ha tenido al encontrarte.
-Nos llevamos bien -dijo Hinata.
Kurenai se echó a reír sin empacho. Habían decidido tutearse.
-A juzgar por el modo en que te mira, yo diría que os lleváis perfectamente. Hinata adoptó una expresión pensativa, aunque no por eso dejó de sonreír.
-Nunca creí que podría estar tan enamorada. Yo... Kurenai la miró. Hinata se mordía los labios.
-Tú pensaste que Sasuke Uchiha te había roto el corazón para siempre a los dieciséis años, que nunca te repondrías de tanto dolor, ¿verdad?
-De eso hace algún tiempo. A veces me olvido de que haya existido.
-Sin embargo, me temo que te dejó un recuerdo duradero de su presencia en tu vida -dijo Kurenai mirándola fijamente-. No sabes el miedo que he pasado por ti. Creía que nunca dejarías atrás la miseria de aquellos días.
-¿Lo sabías?
Kurenai asintió.
-Sospechaba que estabas embarazada, tengo un sexto sentido para esas cosas.
En realidad, creo que es lo que te ocurre en estos momentos.
Volvió a reír ante la cara de pasmo de Hinata y tuvo que serenarse antes de continuar.
-Me imaginé que habías perdido aquel niño, Hina. Pero sabía que tu padre me impediría hacer cualquier cosa por ayudarte. Eras demasiado joven. Lo cierto es que no me sorprendió. Esas cosas pasan... aunque esta vez era diferente.
-Yo creía que nadie se había enterado -susurró Hinata apartando la mirada.
-Dudo que alguien más lo sepa.
Kurenai se levantó del columpio y fue a sentarse en los escalones con su invitada.
-Voy a contarte una cosa que únicamente conoce otra persona en todo Konoha Hinata. A mí me dejaron plantada ante el altar cuando tenía diecinueve años. Aquel hombre robó un coche y huyó, dejándome sola con un hijo suyo en el vientre.
-¿Tuviste un hijo sin casarte? ¿Pero dónde...? La voz de Kurenai rezumaba tristeza.
-Di a mi hijita el mismo día en que nació. Nunca la he vuelto a ver y nunca la veré.
A Hinata se le llenaron los ojos de lágrimas. Sin embargo, tomó la mano de Kurenai entre las suyas.
-¿Y nunca te casaste? ¿Él nunca regresó?
-No, me fui de Grand Rapids y me vine aquí, a vivir con mi tía. Mis padres no podían soportar aquella deshonra. Luego, cuando tía Millie murió, seguí adelante. Entonces me enteré de que necesitaban un encargado en la oficina de correos y me presenté para el puesto -dijo con una sonrisa agridulce-. No es cosa de todos
los días que las mujeres como tú y yo encuentren un hombre dispuesto a olvidar su pasado.
-Naruto sabe lo de mi hijo. Sarutobi... ¿Se lo has contado, Kurenai?
-Sí, y dice que me quiere y que no le importa lo que pasara hace veinte años.
Nos casamos el mes que viene. Lo anunciarán el próximo domingo en la iglesia.
Las noticias alegraron el corazón de Hinata. Aquel día había estado lleno de descubrimientos, de confesiones, de secretos compartidos.
-Tienes razón, Kurenai. Estoy embarazada. Sólo me he dado cuenta hace unos días. No sé cómo has podido adivinarlo.
-Es algo que hay en ti, Hinata. A veces, sé cosas de la gente. Asuma dice que soy muy perceptiva. El primer día que me acompañó a casa desde la iglesia, supe que acabaría casándome con él. Creo que es mi alma gemela.
-Nunca había oído esa expresión -dijo Hinata saboreando la frase-. ¿Sabes? Me preocupaba pensar que Naruto debería haberse casado con Sāra en vez de conmigo. Ella es muy buena con los niños, muy hermosa y Dios sabe que está enamorada de él. Pero creo que Naruto y yo estábamos destinados a conocernos, quizá nosotros también seamos almas gemelas.
-Hablando de almas gemelas, por ahí viene la tuya, montando a pelo en una de sus yeguas nuevas.
Kurenai se levantó y saludó a Naruto con la mano cuando él se detuvo junto a la verja de su casa.
-¡Está aquí, Naruto! -dijo Kurenai alegremente. Hinata miró la cara sombría de su marido.
-Ya voy -le dijo antes de volverse a Kurenai-. Creo que está enfadado conmigo. Kurenai la abrazó mientras se reía.
-Quizá, pero estoy segura de que sabrás manejarlo.
-¿Estabas preocupado por mí? -preguntó Hinata cuando llegó a su lado-.
Supongo que debería haber dejado una nota.
Naruto le ofreció una mano y sacó el pie para que ella pudiera subir detrás de él. Las faldas le llegaron a la altura de las rodillas. Naruto se despidió de Kurenai con un gesto y tomó el camino de la granja.
-Naruto, ¿estás enfadado?
-¿A ti qué te parece? No te sueltes de mí. Va a llover. Hubieras pasado un mal rato para llegar a casa.
Para cuando entraron en el establo, la llovizna se había convertido en chaparrón. Naruto se apresuró a secar a la yegua.
-¿Por qué te has soltado el pelo? -preguntó en un gruñido.
-Me apetecía.
-Los niños tenían miedo de que te hubieras escapado, Hina.
Se quedaron un rato en silencio. Hinata no dejaba de mirarlo.
-¿Y qué piensas tú, Naruto?
Naruto alzó la vista y admiró la gracia femenina de su figura, sus cabellos sueltos y mojados.
-Creo que Hinata Namikaze jamás huiría de mí. Se quedaría a mi lado y me daría lo mejor de sí misma. Esta vez no me he equivocado al casarme, Hina.
Hinata se quedó muy quieta, rodeada por el halo de cabellos negros, los ojos perlas refulgían con un deseo que no trató de ocultar.
-Yo nunca te he herido como Shion, Naruto - dijo acercándose y pasándole la mano por la cicatriz-. Sāra me contó lo que ocurrió, que Shion te lo hizo.
-A Sāra le gusta hablar demasiado.
Naruto le sujetó la mano y se la llevó a los labios. Habló contra su palma, como si le costara trabajo encontrar las palabras.
-Tendría que habértelo contado yo, cariño. Pero no podía porque las explicaciones me parecen interminables. Para empezar, hubo algunos tipos que fueron a por mí después de que Shion muriera. Pensaban que yo era el responsable de su muerte. Supongo que eso es verdad en cierto sentido.
Hinata sacudió la cabeza, incapaz de permanecer callada.
-Dudo que hubieras podido detenerla, Naruto. Presiento que se sentía culpable por haberte hecho tanto daño.
-No tan culpable como me sentí yo.
-Shion no era feliz, Naruto. No puedes considerarte responsable de eso. Cada cual somos responsables de nuestra propia felicidad. Tenemos que encontrarla donde podamos y, por lo que sé, Shion no se tomó mucho trabajo en la búsqueda.
-Estaba muy lejos de ser feliz, cariño. Lo que no me explico es qué hice para inspirarle tanto aborrecimiento. Yo no quería admitir que alguien pudiera despreciarme tanto como ella, supongo. Lo peor es que nunca sabré si se ahogó por accidente o se tiró intencionadamente al río. He tenido que vivir con esa culpa desde que sucedió. Siento que esta cicatriz es la penitencia que ella me impuso por arruinar su vida.
-¿Penitencia? Lo dudo. Sólo hacemos penitencia por los pecados que cometemos y tú sólo trataste de hacer el bien por ella. Además...
Hinata se soltó y volvió a pasar la mano por la cicatriz.
-Creo que te hace parecer un hombre misterioso y... ¡Oh, bueno! Quizá atrevido y hasta peligroso.
Sus palabras se transformaron en risa cuando vio la mueca incrédula de Naruto. Pero entonces, el ceño se relajó para convertirse en una sonrisa pícara mientras abrazaba a la mujer que lo había sacado de las tinieblas.
-No te muevas de donde estás, señora Namikaze. Voy a meter a esta yegua en su cuadra. Me encargaré de ti dentro de un momento.
-¿No sería mejor que fuera a preparar la cena?
-No, lo mejor es que te quedes con tu marido. Sube al pajar, anda.
-¿Puede saberse para qué, señor Namikaze?
-Esta vez no tienes excusa, Hinata. Sāra no está al otro lado del pasillo ni a Arashi le duele la tripa. No, no vas a hacer la cena. Tú y yo tenemos una cuenta que saldar.
Hinata empezó a subir riendo, pero tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para concentrarse bajo las caricias de Naruto, que escalaba pegado a ella. Cuando consiguieron llegar arriba, Naruto la tomó en brazos y la llevó a un montón de heno fragante de la última cosecha.
-El día en que subimos el heno, no podía pensar en otra cosa que hacerte el amor aquí.
Los escalofríos recorrieron a Hinata cuando empezó a besarla. Naruto la sujetó con fuerza y ella separó las piernas para dar la bienvenida a su peso. Naruto la besó
en la garganta, mordisqueando el trozo de piel que el primer botón del corpiño dejaba al descubierto.
-No te imaginas cuánto te deseo, cariño.
-Naruto... -dijo ella mientras le acariciaba el pelo-. Estaba celosa de Sāra - confesó Hinata que necesitaba limpiar su corazón antes de seguir adelante.
- Sāra es una... ¡Bueno! Sólo te voy a decir que no tenías motivos para estar celosa. Si la hubiera deseado, la habría tenido hace años, antes de casarme con Shion. Supongo que estoy en deuda con ella por haber sido tan buena con mis chicos, pero nunca la he deseado. No como te deseo a ti, como te he deseado desde que te vi salir del huerto con un ceño en la frente y el sol en la cara. Te convencí para que hiciéramos un trato, pero tenía la esperanza de que no me exigieras que lo cumpliera.
-Esto no formaba parte de nuestro pacto -le recordó ella-. En realidad, dijiste que no necesitabas una mujer en tu cama.
-No, cariño. Dije que no necesitaba en mi cama una mujer que no quisiera estar.
Lo único que tenía que hacer era convencerte de que quisieras.
-No te costó mucho convencerme, ¿verdad?
-A mí me pareció una eternidad. Y deja que te diga otra cosa, estas dos últimas semanas me has parecido otra. ¿No podemos olvidarnos de todo lo que nos dijimos la noche que nos peleamos? Siento no haberte dicho antes lo que querías saber, Hina. Y siento no haberte explicado mejor mis planes. No era justo esperar que te quedaras de brazos cruzados y me dejaras llevar la iniciativa sin decir nada. Por favor, Hina, confía en mí.
-Confío en ti. Te quiero, Naruto Namikaze - dijo ella sin el menor esfuerzo.
Se retorció bajo su cuerpo y cerró los ojos cuando una oleada de deseo la sorprendió desprevenida. Naruto podía avivar sus fuegos con esa facilidad. Hinata no deseaba otra cosa que sus caricias.
-Hace días que me muero por ti, Hina.
Hinata abrió los ojos y lo miró en la penumbra del pajar.
-Bueno, no seré yo la que te haga seguir esperando, Namikaze.
-¿Qué crees que estarán haciendo papá y la señorita Hinata tanto rato en el establo, tía Sāra? -preguntó Misuke sin dejar de mirar por la ventana.
Sāra removió las gachas de avena y se negó a mirar lo que llevaba siendo el centro de atención de Misuke durante la última media hora.
-Estarán ocupados con alguna faena propia de la granja -respondió secamente.
-No me gustan las gachas para cenar -lloriqueó Arashi-. La señorita Hinata las preparó una vez y a papá tampoco le gustaron.
-Pues esta noche no hay otra cosa. Tengo que hacer la maleta.
-¿Es que te vas, tía Sāra? -preguntó Arashi.
-Sí -dijo Sāra -. Ya no soporto vivir sin grifos, tener que darle a la dichosa bomba cada vez que necesitas agua.
-A la señorita Hinata no le importa- dijo Misuke.
-Será porque es más buena que yo.
-Ella no sabe hacer cometas, pero es una buena mamá -dijo Arashi-. Nos quiere.
-Ella no es tu mamá -sentenció Sāra tercamente.
-Sí, sí que lo es -protestó Misuke-. No la llamamos así, pero de todas maneras es nuestra mamá.
Sāra levantó la barbilla y puso las gachas sobre la mesa. Añadió crema en cada cuenco y los espolvoreó con azúcar.
-Siéntate bien, Arashi. Ahí tenéis -dijo mirando por la ventana hacia el establo-. Ya podéis cenar.
