La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capitulo 20

El cuarto de costura había cambiado, ya no quedaban huellas de su madre. En la puerta, Hinata sólo pudo percibir el perfume de Sāra, el recuerdo de su extravagancia, de sus vestidos sofisticados y de la risa gorjeante con la que hipnotizaba a los hombres de su casa.

-Adiós, tía Sāra -murmuró.

Con una mueca victoriosa, se remangó hasta los codos y se puso a ordenar. Barrió vigorosamente. Se las había arreglado para levantar una buena nube de polvo cuando Naruto asomó la cabeza.

-¿Limpieza de primavera?

Hinata lo miró y sacudió la cabeza.

-Sólo trato de limpiar un poco esta habitación para airearla.

-¿Por qué no nos llevamos la alfombra al tendedero y yo la sacudiré por ti?

-No seré yo la que rechace una oferta como ésa. Además, le vendría bien una buena ración de aire fresco.

Naruto sonrió con picardía.

-Me olvidaba de Sāra y su perfume. Huele bien al principio, pero, a la larga, yo prefiero el jabón que tú utilizas.

Hinata sonrió ante aquel halago indirecto. Desde su encuentro en el pajar, sentía un deseo nuevo en las miradas de Naruto, una nota de intimidad en sus comentarios. Era como si quisiera compensarla por no haberla cortejado, la acariciaba con manos tiernas cada vez que se encontraban por la casa. Sus dedos le acariciaban el hombro, le rozaban la cintura, le apartaban un mechón de pelo suelto de la frente.

Alababa la sopa del domingo y volvía a hacerlo con el sobrante el lunes por la noche, después de tomar dos platos. La miraba mientras se preparaba para ir a la cama y le decía que sus cabellos eran hermosos. Ella dejaba de cepillarse y se volvía hacia él con una expresión incrédula, granjeándose una risilla juguetona por sus esfuerzos. La besaba con decoro y la acurrucaba contra sí durante las largas noches, dejando que se extrañara con su comedimiento.

En otras palabras, se las había arreglado para convertir su mente en un torbellino, llenando sus pensamientos con pequeños detalles de cariño, dejando que sus halagos la envolvieran durante los dos últimos días.

Ahora entró en el cuarto de costura, llenándolo con su presencia para quitarle la escoba de las manos y dejarla contra la pared.

-Voy a levantar los pies de la cama para que puedas sacar la alfombra, Hina.

Luego la bajaremos y buscaremos a Misuke para que trabaje con el atizador.

-¿Creía que lo ibas a hacer tú?

-A Misuke también le vendrá bien echar una mano. Tiene que desarrollar los músculos.

Alzó la pesada cama con facilidad y esperó a que ella cumpliera sus indicaciones. Sin embargo, Hinata enrolló la alfombra con el pie.

-¿Crees que la podrás llevar solo, señor Namikaze, o tendré que echarte una mano?

-Podré apañármelas. ¿Qué más quieres que haga?

-Pienso lavar toda la ropa de cama y sacar lustre a los muebles. Supongo que al suelo le vendría bien que le pasaran una mopa. ¿Tienes mucho que hacer hoy?

-Siempre hay algo que hacer en unan granja. Lo sabes perfectamente. Desde que Sāra llegó, tenemos seis o siete terneras nuevas en los prados y algunas de las vacas parecen a punto de parir. Tengo que ir a ver a Nara para pedirle que me ayude. Antes del fin de semana quiero encalar la lechera y el secadero de maíz tiene un par de travesaños rotos que hay que arreglar.

Hinata se lo quedó mirando con ojos recelosos.

-Entonces, ¿qué narices haces aquí estorbándome, cuando tienes montones de trabajo?

Naruto se echó la alfombra al hombro y le sonrió provocativamente.

-Quizá sea que me gusta tu olor, señora Namikaze.

Se inclinó sobre ella para olisquear apreciativamente su cuello, atrapándola contra la pared. La alfombra golpeó contra la puerta y Hinata lo empujó poniéndole las manos en el pecho.

-Saca ese trasto de aquí antes de que armes un desastre.

Sin embargo, mientras lo seguía por el pasillo, sus ojos brillaban de deleite con sus locuras.

-¿Quieres mandarme a arashi? Puede bajar la ropa de cama al lavadero.

-Sí, señora.

La mirada de Hinata se suavizó cuando se permitió disfrutar con la imagen de su marido. Tenía una buena figura, unos músculos largos y potentes y una carne firme, era un hombre en la flor de la vida.

-Y es todo mío, tía Sāra -dijo en voz baja.-Todo mío.


Los terneros recién nacidos eran encantadores con sus carreras desmañadas por los pastos, doblando las largas patas en ángulos extraños para mamar de sus pacientes madres, exhibiendo su manía de chupar cualquier dedo descuidado que un humano pusiera a su alcance. Aquel rasgo iba a salvarle la vida a una ternera, pensó Hinata mientras trataba de engatusarla para que se acercara al cubo de leche que tenía entre las piernas.

Había quedado abandonada en el prado cuando su madre no sobrevivió al parto, algo que ocurría rara vez, según su padre. Naruto, con un gesto crispado, la había llevado al establo para limpiarla, dejando su alimentación a cargo de Hinata. Misuke ayudaba a empujarla para tratar de poner al testarudo animal en posición correcta.

Hinata le hablaba con tonos melosos, empujando la cabeza al cubo, donde movía los dedos por debajo de la superficie para que la ternera los chupara. Una boca caliente se adueñó de su dedo índice y Hinata sonrió.

-Así se hace, pequeña. Ya lo tienes.

La ternera dio un resoplido y saltó hacia atrás, la leche chorreaba de su morro.

Entonces una lengua larga limpió los restos y la ternera se animó.

Hinata repitió el proceso hasta que el animal se bebió una buena cantidad de leche.

-No sabía que se hacía así -dijo Misuke, fascinado con la operación-. Eres una buena mamá incluso para las vaquitas.

A Hinata se le escapó una carcajada.

-Mucho me temo que no soy tan buena mamá como tú crees, Misuke. Esta chica no me necesitará durante mucho tiempo. Ya verás qué pronto aprende a hacerlo sola.

Misuke apretó los labios en un gesto defensivo.

-Tú eres nuestra mamá. Arashi y yo se los dijimos a la tía Sāra. Hace mucho tiempo que papá nos prometió que ibas a ser nuestra nueva madre.

Hinata se hallaba dividida entre el asombro y la incredulidad.

-Le dijisteis a tía Sāra... Misuke asintió.

-Sí. No dejaba de protestar la otra noche cuando tuvo que preparar la cena.

-¿Y le dijisteis que yo era vuestra mamá? - repitió ella una vez más.

-Hicimos ben, ¿verdad que sí? Arashi y yo creemos que eres una buena mamá para nosotros.

-¡Oh, sí!

Hinata acarició la testuz de la ternera. La becerra no dejaba de olisquear el cubo. Se apiadó de ella y volvió a enseñarle cómo debía mamar. Se inclinó y frotó la mejilla contra la cabeza del animal.

-¡Oh, sí! -repitió con el corazón lleno de alegría.

-Has dejado el cuarto de costura como una patena.

Naruto se bajó los tirantes y empezó a desabrocharse los botones de la camisa mientras miraba cómo su esposa se quitaba las calcetas. Al cabo, ella alzó la vista.

-Me parece que lo siguiente será el salón. Quizá hayas establecido un precedente peligroso al ayudarme.

-Mañana no podré. Tengo un montón de cosas que hacer.

Naruto se lavó las manos en la palangana. Luego enjabonó un trapo y se lo pasó por los brazos, un ritual que a Hinata le encantaba contemplar.

-Creo que podré hacer casi todo sola.

Se levantó de la cama y se quitó el vestido que había llevado durante todo el día, que fue a parar a un cesto tras el biombo. La ropa interior no tardó en acompañarlo.

-Misuke dice que soy su mamá.

No pudo hacer nada por evitar que aquellas palabras salieran de sus labios. Esperó la respuesta de Naruto mientras apretaba el camisón contra el pecho tras el refugio del biombo.

-¿Misuke te lo ha dicho?

Con el tono de sorpresa, Naruto en persona apareció tras el biombo. Su mirada era intensa. Ella asintió.

-Arashi y él le dijeron a Sāra que yo era su mamá.

-¿Ah, sí? -preguntó él sonriendo-. ¿Cómo es eso?

-¡Naruto! Me estoy desvistiendo -protestó ella, agitando una mano para echarle de su rincón privado del dormitorio.

Naruto alzó una ceja y se puso ante ella.

-Encantado de ayudarte.

Sin esfuerzo, le arrebató el camisón que ella sostenía. Le puso las manos sobre los hombros desnudos y las dejó resbalar sobre sus senos mientras trataba de asomarse desde atrás. Carraspeó mientras la contemplaba sin ropa.

-La verdad es que ya has hecho todo el trabajo.

-¡Naruto!

El grito quedó ahogado por un beso que acalló toda protesta. Estaba entre sus brazos, de nuevo una cautiva voluntaria. Hinata se puso de puntillas, restregándose contra su cuerpo, deleitándose con el tacto de su vello rizado y los músculos firmes que le acariciaban los pechos.

Naruto la levantó en brazos sin esfuerzo y la llevó a la cama. La acostó suavemente en el centro del colchón. Su mirada la abrasaba con una pasión que no pretendía disimular. Sin quitar los ojos de ella, se despojó de los calzones. De repente estaba sobre Hinata, separándole las piernas, explorando con manos apremiantes la piel de su cuerpo.

Le acarició las nalgas, la curva de las caderas, las redondeces de los hombros hasta colmar las manos con la plenitud suave de sus pechos. Aquel cuerpo lo intrigaba, lo hechizaba, como si acabara de descubrir sus maravillas por primera vez.

-Estoy a punto de volverme loco contigo, Hinata

Trató de arrullarla, de incitarla con sus caricias, pero cuando ella abrió los brazos y onduló su cuerpo en unos movimientos sinuosos, Naruto estuvo perdido. Le levantó las nalgas y entró en ella. Tuvo que cerrar los ojos ante la explosión de puro placer que lo sacudió.

Estaba atrapado en la respuesta regocijada de la mujer que con tanta prisa había tomado. Los gritos suaves de Hinata lo apremiaban. Se inclinó sobre ella, reclamando su cuerpo con la boca y las manos, amoldándola a su deseo, encendiendo sus fuegos. Hinata lo recibió y se lanzó contra él hasta que un grito de plenitud se escapó de su garganta cuando sintió que se derrababa en sus entrañas.

-Voy a aplastarte contra el colchón -susurró él al cabo.

Tenía los ojos cerrados, las ventanas de la nariz dilatadas y jadeaba buscando el aire que faltaba en sus pulmones. Ella sacudió la cabeza y le rodeó el cuello con sus brazos. Sus piernas eran las que ahora le mantenían cautivo y él lo permitía. Naruto se dejó llevar por la sensación de estar muy dentro de ella, de amarla.

-Te amo, Hina.

Lo dijo sin titubeos, haciendo brotar las palabras de lo más hondo de su ser mientras besaba su frente húmeda. Y entonces, repitió la frase, despacio, como si quisiera que a ella se le quedara grabada.

Era mucho más de lo que Hinata esperaba. Él había sido exigente al hacerse con el control de la granja, pasando por encima de sus preocupaciones y demandándole que ella aprobara las suyas. Pero se había ganado su corazón con cariño para luego conquistar su cuerpo con ternura y arrullos.

Y durante todo aquel tiempo, se había ganado cantidades iguales de su amor y de su ira, pero decidió que siempre tendrían tiempo para solucionar sus diferencias. Lo que nunca podría negar era el abismo de pasión que sentía entre sus brazos.

-Pensaba que no sucedería nunca -dijo Hinata.

-¿Qué? ¿Qué te quisiera? ¿Cómo podía evitarlo? -preguntó con una risilla-.

Eres todo lo que he deseando siempre en una mujer, Hina.

-Soy una mujer sencilla. Lo más seguro es que nunca tenga un vestido de tafetán.

-¿Qué demonios tiene que ver eso con lo que estamos hablando? -dijo Naruto mientras rodaba con ella hasta quedar cara a cara-. De todos modos, tienes uno.

O casi. Está debajo de la cama, en un paquete de Sears. Pensaba devolverlo, creo que no te lo vas a poder poner en una temporada.

-¿Cómo que no? ¿Y qué vestido es ése? - graznó ella.

-Te lo enseñaré después -dijo él, sujetándola-. Ahora quiero hablar de tu aspecto.

-¿De mi aspecto? -repitió ella como una boba, abriendo mucho los ojos.

-Quiero decirte que no eres una mujer sencilla con esa melena de oscura que con los rayos del sol reflejaban hebras azules y con esos enormes ojos grises. Y con estos preciosos y suaves...

Su dedo índice trazó una línea sobre el seno izquierdo. Llevó los labios al lugar por donde había pasado el dedo.

-Misuke tiene razón -dijo contra su pecho-. Eres una buena mamá.

-¡Naruto! -gritó ella en una mezcla de deleite y desazón-. ¿De qué estás hablando?

-Seguro que nuestro hijo va a adorar estos pechos tuyos tanto como su padre - dijo mirándola desde abajo con una sonrisa maliciosa.

-¿Qué hijo?

Hinata intentó escaparse, pero Naruto fue rápido y la huida terminó antes de empezar. La inmovilizó contra su cuerpo y apoyó la nariz contra la suya.

-Lo sabes perfectamente. El que empezamos a hacer en esta misma cama hace un par de meses. ¿Cuándo pensabas decírmelo?

-Enseguida. La verdad es que me he dado cuenta hace poco.

-¿Te hace feliz?

Hinata tuvo que parpadear para cerciorarse de que la arruga que veía en su frente era de preocupación. ¿Tan importante era para Naruto que a ella le hiciera feliz tener aquel hijo?

-Hinata, esta vez será distinto. Yo estaré a tu lado.

Lentas y reconfortantes, como si pretendiera disipar cualquier temor que pudiera tener, sus palabras se extendieron sobre ella como un manto de consuelo.

-Eres la primera persona que está dispuesta a quedarse a mi lado. Mi madre no pudo evitar morirse, aunque creo que yo me lo tomé como algo personal. La verdad es que, además de echarla terriblemente de menos, estaba furiosa con ella. Casi no pude soportarlo. Y entonces apareció Sasuke.

-No te merecía, Hina. Un hombre capaz de dejar sola a una mujer que está embarazada de él no merece ni la pólvora que hace falta para pegarle un tiro.

Bueno... Incluso aquel niño...

-Aquel pobrecito no tuvo oportunidad -dijo Naruto recogiendo una lágrima que resbalaba por su mejilla-. Vas a ser una madre maravillosa.

Hinata le sonrió y parpadeó sin tratar de evitar el torrente que fluía.

-Y luego mi padre... Nunca le importé. Y no sólo yo, tampoco se interesó por nada desde la muerte de mi madre. Sentía que nunca iba a tener a alguien a mi lado.

-Yo estoy aquí y no pienso ir a ninguna parte. Era una afirmación simple. Sus labios eran firmes cuando buscaron su boca, como si Naruto buscara el lugar más adecuado donde dejar constancia de su juramento.

-Nunca te dejaré, Hinata. Soy un hombre que cree que el amor es para siempre, sobre todo si es contigo. ¿Sabes una cosa? Tengo algo para ti, algo que he hecho yo mismo. Creo que ahora es el momento. Teníamos que estar a solas para esto y durante el día eso es imposible en esta casa.

Hinata se sentó con la espalda apoyada en el cabecero y se cubrió los pechos con la sábana.

-Muy bien, señor Namikaze. Enséñamelo. Naruto le sonrió pícaramente.

-Me temo que para eso tendremos que vestirnos, cariño. Quizá baste con el camisón y esa bata de franela.

Sin esperar su respuesta, Naruto saltó de la cama y se puso los pantalones.

-¿Estás seguro de que es una buena idea?

Hinata ignoraba el paradero de su camisón, pero debía estar en el rincón detrás del biombo, donde él la había interrumpido. Los ojos de Naruto se iluminaron al comprender qué le pasaba.

-Yo te lo traigo.

Aterrizó en su regazo hecho una bola. Se lo puso con parsimonia, a sabiendas de que los ojos de Naruto estaban pendientes del menor de sus movimientos.

-Tienes un bonito par de... tobillos.

-¡Naruto! -exclamó ella, consternada-. ¿Qué estamos haciendo?

-Salir de casa -dijo él, abriendo la puerta de la habitación y cediéndole el paso.

-Está bien.

A esas alturas, Hinata estaba dispuesta a seguir a su marido a cualquier parte, por mucho que la gente decente estuviera durmiendo a esas horas. Salieron de la casa bajo la luz de la luna. Naruto le dio la mano y la condujo hacia la colina, donde unas lápidas de granito señalaban las tumbas de Hanna y Hiashi Hyūga. Bajo el pálido resplandor de la luna y las estrellas, subieron hacia el cielo, unas figuras apenas visibles desde la casa.

Naruto le pasó el brazo por los hombros. Hinata empezó a sentir la sensación de opresión en el pecho que siempre sufría cuando se acercaba a aquel lugar. Sin embargo, era distinta, se había aliviado la carga. Era como si aquel hombre hubiera tomado una parte para sí y aquel gesto aliviara su pena.

-Mira, Hina. Ahí, junto a la tumba del pequeño.

Naruto se detuvo unos cuantos metros antes y la estrechó contra su cuerpo. Sobre la fosa del pequeño al que sólo su madre había llorado hasta ahora había una lápida tallada en nogal.

-¿Qué pone? -preguntó ella-. Hay una inscripción.

-Pone, «A mi hijo bien amado». Nada más, Hina. Si quieres añadir algo más, tendré que tallarlo.

-¿Cuándo la has hecho, Naruto? ¿Es el trozo de madera que me enseñaste el otro día?

-Sí. Lo terminé anoche y lo he colocado esta tarde. Es muy bonito. Tengo que darle un barniz y ponerle una base de cemento para que no se caiga.

-¿Y si los niños preguntan?

-Entonces les diremos la verdad -dijo él, dándole un beso en la mejilla-. Que una vez, hace mucho tiempo, un niñito nació y murió, pero su mamá aún lo recuerda.

-Naruto, ya no me duele tanto como antes.

-El dolor se alivia con el tiempo, cariño. Y es más fácil cuando lo compartes con alguien.

Hinata se estremeció al ver la vida que le esperaba antes de que Naruto apareciera para quedarse. Se abrazó contra él, ocultando el rostro en su cuello.

-Te Amo -dijo antes de sellar sus palabras con un beso en los labios.

-Yo también te Amo. ¿Me has perdonado ya por lo del toro? -preguntó con una sonrisa.

-Confío en ti, Naruto. Es el punto de partida. No me habría puesto así si lo hubieras consultado conmigo. No lo vuelvas a hacer, Naruto Namikaze.

-No te preocupes, he aprendido la lección. Hina, en realidad nunca he tenido un socio.

-Pues ahora lo tienes.

Volvieron a sellar su pacto y entonces él le hizo en susurros una proposición tan descarada, que ella lo empujó, excitada y escandalizada a la vez.

-De acuerdo -dijo Hinata al cabo-. Pero estás loco, ¿lo sabes?

Naruto le pasó el brazo por la cintura y la llevó colina abajo. Detrás de ellos, la luna suavizaba los contornos de las lápidas, como si los cielos lavaran las penas que allí se habían acumulado, dejando sólo paz.