IN ALBIS

(lat. en blanco.)

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¿A quién consumirás en libertad,

con la escoria y el terror de tu cuerpo,

desde que tu fuego ha fracasado en mí?

¿Qué hombre se inclinará sobre tu carne

para penetrarla con la gimiente cruz?

Fragmento de Últimas palabras a Miriam, D.H. Lawrence.

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Para Althariel Tasartir, hic et nunc

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1. Im dreaming of a white Christmas

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(…)No es que crea, no creo, si inclinado
sobre mis manos te sentí divino,
y me embriagué. Comprendo que este vino
no es para mí, mas juega y rueda el dado (…)

Fragmento de Tú, que nunca serás, Alfonsina Storni.

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Con los pocos que quedaban en el Santuario, después del cisma, de que aquellos caballerangos de bronce habían arrasado con todo, se respiraba un ambiente nostálgico, triste. Apenas unos copos de nieve caen, ha empezado el tiempo gélido y la nieve, particularmente no siente frío, está habituado a frío o calor, sin embargo, por dentro, abúlico en su totalidad, pareciera que un hueco está abierto en donde el peto de la armadura sagrada protege el pecho… justo donde un ennegrecimiento extraño parece marcar el corazón, como sí… por dentro algo o alguien la hubiese quemado cósmicamente y la armadura, en honor a esa afrenta, nunca perdió ese mohín algo parecido a un incendio desde su interior.

Desconocía el hecho, cuando él la usó por primera vez se dio cuenta de eso, pero nunca preguntó.

Quizás los portadores dejaban un poco de sí mismos en los tótems, o al menos eso le gustaba pensar. No sabía que le podría transmitir a su propio tótem… que no sea lujuria y el denuedo de sus muchas ganas cada vez… bueno, cada vez que algo llamaba su atención.

Suspiró.

Estaba como esos gatos de las fotos, observando en el pronaos, recargado en una de las columnas, sin realmente tener atención en nada, salvo en los copos de nieve que caían desperdigados como una triste despedida.

Y él llevaba su triste despedida a cuestas, de no haber sido por el cojonudo de Aioria, su parabatai, quién sabe qué diablos habría sido de él hasta entonces.

—¡Por la verga de Zeus! —Exhaló.

Sus sentidos se alertaron de pronto, alguien estaba por atravesar el templo del Escorpión, provenía de Sagitario, es decir, bajaba seguramente desde el templo de Atenea.

El cosmos de aquel visitante se incendió, ligeramente, lo suficiente para cumplir con el protocolo entre anfitriones, solicitando el paso libre por el octavo templo, tratándose de un aliado y no de un enemigo, se adentró apenas unos metros hacia el interior.

Por supuesto que, para Milo, cuyos sentidos eran bastante agudos, era identificable.

—¿Quién no reconocería un jodido aire gélido como ese? —Preguntó para sí, mientras avanzaba al interior del templo.

Sin prisa, anduvo hacia el templo del Escorpión, haciendo eco con sus pasos, el ropaje dorado que vestía orgulloso, repiqueteaba contra las baldosas.

Y sí, ahí estaba, de frente a él, con su andar dubitativo.

De alguna manera le molestó, le fastidió mucho más allá de lo socialmente aceptable. Y le jodía porque el marsellés, había abdicado a su favor ¡A favor de ese condenado niño, que parecía a penas haber abandonado el pecho de su madre!

Apretó los puños hasta que los nudillos se volvieron blancos y los huesos parecían querer salírsele de las manos.

—Permítame… —farfulló el joven ruso.

—Ya, ya, pásate y deja de estar sosteniendo la vela ahí, ¿qué quieres? —Fanfarroneó, regodeándose de la mirada esquiva del joven imberbe.

Rubio, bonito, con aquella mirada azul tan transparente, tan sin filtros, como la mirada de Camus, quién nada ocultaba, en un estilo diferente, por supuesto, pero al final tan parecido. Hyoga Vólkov, tenía algo que le irritaba, tanto que no sabía cómo explicarlo, la simple palabra misós, esa tal vez sería la definición precisa de su drama particular, de esos que los coros cantarían en las obras de Eurípides.

Algo tenía que reconocerle, y tal vez lo único: que tuviese tamañas pelotas como para ir a plantarse otra vez en su recinto, así como que, no queriendo la cosa, el pequeño granuja asesino.

La prueba de bóreas y la verga de Hefesto…

Y hablando de ello, no pudo abstraerse, en medio de su análisis y el desmenuzar de sus pareceres con la sonrisa cruel en los labios, la beldad de ese niño ahí entre las columnas de su templo… y la figura escultural de su cuerpo, a penas oculto por la ropa que llevaba: ajustada al delgado cuerpo, y si bajaba un poco más por los músculos del abdomen, la curva que dibujaba su sexo…

Casi pudo imaginar un miembro de mediano tamaño, coronado por una ligera pelusa rubia en el pubis, se preguntó si esos muslos delgados, delicadamente musculosos, se habían abierto para el embate amoroso.

Tal vez no. Tal vez como el retorcido de Camus, estaba esperando arrastrar en medio de sus pasiones a todo aquel que le mirase, como él… ¡Claro! Porque para eso, los jodidos hijos de Ganímedes se pintaban solos, para que los demás besaran las baldosas que pisaban, lamieran su mano, y tal vez algo más.

—Yo, sólo quería saber… —tartamudeo, sintiendo que las mejillas se le incendiaban ante el escrutinio del griego.

—Por supuesto, tú y los otros sólo querían saber, ¿y qué es lo que quieres saber, pato? —Dijo burlándose del pobre que con trabajos se sostenía indemne.

—No me llames así —le soltó, exigente.

—¡Bah! Como sea, ¿qué necesitas?

Ni siquiera esperó su respuesta, echó a andar hacia el interior del templo, dándole la espalda, para dejar de observarlo y esperando que tomara aquella grosería suya como una afrenta personal, y lo era, para al fin marcharse y dejarlo regodearse en su dolor.

Ese que ni Aioria había logrado desprenderle.

—Yo… bueno… la armadura… quería decirte… —alcanzó a balbucear mientras tomaba como invitación el hecho de que le diese la espalda.

—¿Ajá? —Contestó sin matiz alguno en la voz.

—Quería saber cómo estás, y darte las gracias…

—¿Querías o quieres? —Se burló, apenas observando por el rabillo del ojo.

Buscando entre los cajones revueltos de la cómoda antiquísima que estaba cercana a uno de los libreros, también revueltos, por cierto. Encontró con los dedos lo que buscaba: la caja con los cigarros y el encendedor. Sin importarle un rábano, sacó uno y lo prendió.

—¿No te hace daño eso? —Contestó el ruso ignorando el mohín de ironía del otro, frunció el ceño, sus cejas rubias casi se tocaban la una a la otra.

—Aquí cada quién hace lo que le pega la gana, y sobrevivimos como podemos, ¿no lo sabías? Nadie es el manto de pureza que dice ser, pato… concesiones les llaman —soltó el humo en volutas que se desvanecieron en el ambiente—, por ejemplo, el hecho de que nos dejen tener un serrallo de hetairas si queremos… o de efebos…

Lo cual era en parte cierto, no significaba que pudiesen tener un symposion en los templos sagrados, con hetairas y vino sin aguar, pero sí había personas dedicadas a ciertos placeres de aquellos hombres, eso y todo lo que sucedía en los templos y que nadie se atrevía a mencionar.

Hyoga bajó la vista y negó.

—Gracias, por lo de la armadura… —murmuró bajito, tan bajo, que Milo aguzando el oído tuvo problemas para escucharle.

—Si por mí fuese, no lo habría hecho, pero estaba obligado —le respondió contrariado, dando una profunda calada al cigarrillo, siendo innecesariamente cruel.

—Lo sé, lo escuché mientras se lo graznabas a Aioria —contestó mordaz, sacando el valor, quién sabe de dónde—, pronto será Navidad… de cualquier modo: gracias.

Milo guardó silencio, un silencio profundo, por él, por todo… le hubiese encantado estrellar esa rubia cabeza otra vez en sus baldosas y hacer un festín de sangre.

¡Cómo le hubiese gustado lanzarle unas cuantas defixiones! ¡Y él se sabía más de dos docenas! Entonces sí que Ares le tuviese piedad.