2. Just like the ones I used to know
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(…)En ti se acumularon las guerras y los vuelos.
De ti alzaron las alas los pájaros del canto.
Todo te lo tragaste, como la lejanía.
Como el mar, como el tiempo. ¡Todo en ti fue naufragio! (…)
Fragmento de La canción desesperada, Pablo Neruda.
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Un año antes de la llegada de Saori al Santuario de Atenas.
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Taberna Erotes…
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—¿Vas a seguir embriagándote aquí? —Cuestionó Milo, también un poco alcoholizado, por el vino sin aguar que habían encontrado a bien empinarse los dos.
Afortunadamente, sólo iban a tomarse un par de vasos, pero el par de vasos se convirtió muy pronto en un par de ánforas, ahí estaban los dos como celebrando la batalla ganada de Maratón, más o menos en el mismo tenor que en esos ayeres.
Lo único que les faltaba era proponer un brindis por la polis griega, pero hubiesen sido un poco anacrónicos, aunque huelga decir que anacrónicos ya eran.
—¡Oh, vamos! Si la noche recién comienza —balbuceó Aioria sosteniéndose de la silla, como si su vida dependiese de ello, y tal vez sí, de otra manera iría a parar de culo al piso.
El melio levantó la mano e hizo un gesto negativo con ella.
—Tengo que irme, y si me dices que te quieres quedar aquí, tendré que marcharme —confesó—, es Navidad, y prometí estar con él.
Adoraba estar con él, en todos los sentidos, en su cama, en sus brazos, en su entre pierna, en su templo en… se invadían mutuamente en todos lados.
—¡Oh, vamos! No seas aguafiestas —Increpó el ateniense, entornando los ojos verdes.
Se rio, y volvió a negar con la cabeza, para entonces la taberna parecía ya un concierto de Queen, y todos estaban esperando Bohemian Rhapsody, pero con gorritos ridículos de navidad. Así o más fuera de tiempo.
Ellos tan entregados a los dioses, a las viejas costumbres y la antigua orden, en los albores de la modernidad y la tecnología.
Suspiró.
Entendía que para Aioria aquella época era un poco complicada, aunque jamás le hablaba de eso. Sabía que su mejor amigo había crecido en una familia que acogía aquellas viejas costumbres de reunirse, esas que él mismo no conocía. También sabía que recordaba a su hermano, aunque tampoco hablaban de ello.
Sorpresivamente los labios de Aioria le despidieron con un beso irrespetuoso en la boca, en un remolino torpe con la lengua y el regusto del vino de Ática, tan inconfundible.
—Vale, pequeño sopla pollas, anda y ve.
—Nos vemos mañana —respondió lamiéndose el labio inferior— o pasado… —susurró indicándole con la mirada a una jovencita, extranjera evidentemente, que parecía más que interesada en Aioria.
Ya lo imaginaba: acabaría hasta el culo y luego acostado babeando en salva sea la parte de la otra persona.
Rio sólo de imaginarlo.
Se puso la chaqueta y salió del lugar para echar a andar hacia el Refugio, con el cigarrillo colgando de los labios, y un frío de los mil carajos, aunque para él, era algo perfectamente tolerable.
Era temprano en realidad, ni siquiera eran las diez de la noche.
Mientras caminaba por las calles llenas de algarabía, observó a su paso aquellas casas que estaban iluminadas, en donde en su interior caliente se reunían las familias, reían, brindaban.
Se cruzó con un niño que algo vendía, no se entretuvo mucho, tampoco puso atención. Pero algo le hizo volver la cabeza mientras observaba al menor, con trabajos cubierto, en medio de una noche particularmente fría y donde la nieve empezaba a caer.
—¡Oye, niño! —Gritó, el pequeño andrajoso fue hacia su interlocutor —¿Qué es lo que vendes? —Preguntó observando la pequeña canasta que llevaba en el brazo, cubierta con una raída tela.
—Jabón, señor, jabón de aceite de olivo…
Ladeó su bello rostro, de belleza arrebatadora, suavizó la mirada.
—Vale ¿Cómo cuántos traes?
—Son como doce…
—¿Cuánto quieres por todos?
—¿Todos? —Preguntó incrédulo, sorbiendo la humedad de la nariz, provocada por el frío—, pues unos veinte euros…
—Bueno, vamos a suponer que yo te creo que eso cuestan, y que no estás tratando de verme cara de estúpido… —el melio torció la boca y sacó la cartera para tenderle los veinte euros.
El niño sacó los doce jabones y los puso en una maltrecha bolsa de plástico, se la tendió a Milo.
—Vete a casa, chiquillo.
El jovencito asintió contento y se fue corriendo calle abajo, Milo lo observó hasta que se perdió al doblar la calle. Observó la maltrecha bolsa y siguió su camino.
—Podría ir repartiendo jabones por todos los templos, como duende de Navidad —mencionó en voz alta, ahogando una risa tonta en su garganta.
Para cuando llegó a su templo, después de las consabidas felicitaciones por Navidad, de todos los que se topó en el camino, entre guardias, sirvientes, y de más población del Refugio, era relativamente tarde, así que ya se imaginaba a Camus con cara de pocos amigos, ignorándolo, o tirándole por la cabeza algún proyectil, incluso una ventisca de aire congelado.
Tuvo la desfachatez de subir hasta el thòlos de Acuario, con la bolsa de jabones.
En realidad, sí tenía un regalo para Camus, pero ese se lo daría al otro día. Mientras tanto lo haría rabiar un rato.
—¡Feliz Navidad!
—Qué cínico eres, Milo… ¿qué diablos es eso? —Preguntó con curiosidad el marsellés, arqueando una de sus bellas y bífidas cejas pelirrojas.
—Un regalo, bueno, varios regalos…
Camus, por toda respuesta, le quitó la botella de vino de la mano, la dejó sobre la mesa, la enfrió con la palma de su mano, porque para variar, la llevaba tibia, como si fuesen a tomar vino caliente, tan tradicional en Francia, mientras que, al mismo tiempo, con la otra mano asentaba la bolsa sobre la mesa y husmeaba en ella.
Por supuesto que le gustaban los regalos, pero… ¿Jabones?
—¿Jabones?
—Eso parecen, ¿no?, disculpa, no tuve tiempo de envolverlos.
—Ya veo… —Y estuvo a punto de lanzárselos por encima de la cabeza, hasta que se dio cuenta de que eran de la clase de jabones hechos a mano, de manera casi artesanal.
Tomó una de las barras entre sus largos y elegantes dedos, lo olió, era exquisito y sutil el olor de aquellas barras de jabón.
Observó al griego ahí, con su mirada de autosuficiencia, bufó. Y sin decirle nada se lo llevó a la estancia privada de Acuario, abrió las llaves de la sencilla bañera, construida al modo antiguo, enclavada entre las baldosas de mármol, con cientos de años de antigüedad.
—¿No vamos a cenar? —Fue la pregunta famélica del rubio.
—No, tardaste mucho y ciertamente no tengo el más mínimo interés en ponerme a la labor de la cocina ahora mismo…
Aunque ese mismo día, por la tarde, sí que se había puesto a la labor con Aioria, e incluso le había dado a probar parte de la comida que tenía pensada para la noche, después de que todos fingieran buen comportamiento y parabienes en el Gran Salón, en el comedor, y él se entregó licencioso a ciertos festejos en compañía del otro griego.
Pero eso era algo que Milo no necesitaba saber.
El vapor del agua caliente les envolvió muy pronto, llenando todo el lugar, otorgándole un aspecto agradable, a penas iluminado por las pocas velas que Camus tenía ahí.
Ambos estaban en silencio, sólo eso, compartiendo el silencio. El pelirrojo, pasaba la barra de jabón por la piel de la espalda del rubio, apenas acariciándolo con la espuma que se generaba al frotarlo.
—¿De dónde los sacaste?
—¿La verdad? Se los he comprado todos a un niño que estaba en la calle vendiéndolos, hacía mucho frío, estaba ya empezando a nevar —se encogió de hombros.
El galo dibujó una pequeña sonrisa, recordó que antes de que las cosas se jodieran tanto entre los dos, mejor dicho, entre los tres, esa parte compasiva de Milo, fue una de las muchas razones que le arrastraron hacia él.
Se sintió mal. Un poco…
—Algún día deberíamos pasar Navidad en otro lado.
—¿Te gustaría? —Preguntó Milo volviéndose hacia el amante francés.
—¿A ti no?
—Me contestas con otra pregunta —le recriminó el griego, solaz.
—Sí, me gustaría, lejos de aquí, del Santuario, quiero decir.
—Ojalá sea antes de que tengamos cincuenta años y todo nos duela…
Farfulló el rubio, después reía mientras Camus le arrojaba agua jabonosa al rostro y también se reía con él… pensando en que aquel deseo, que también era una mentira, algún día se volviese realidad.
Porque sabía que él, Camus, ya había agotado su tiempo… y probablemente aquello no podría concretarse. Pero lo deseaba… mientras tanto esos doce jabones exactamente durarían el tiempo que le quedó hasta el siguiente año.
El marsellés se ahogó junto a sus pensamientos trágicos en los labios del amante que siempre fue la constante en su vida, su vida misma…
