3. Where the treetops glisten and children listen

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(…) Escúchalos dichosamente extraviados

Sin saber cómo hacer

Para entender bajo sus propias voces

Este lamento de la plenitud

Que tan claro se oye en tu silencio

Y tienes que vagar a solas

Por las quietas afueras de su fiesta

Y poner sólo ecos distantes (…)

Fragmento de El extranjero, Tomás Segovia.

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No estaba en la naturaleza de Hyoga rendirse, podría deberse a su mitad rusa y su mitad oriental, y tal vez por eso también sus propias emociones se balanceaban entre el resistir estoicamente y desbaratarse por el dolor, sin control.

Algo que parecía incomodarles a casi todos, al menos los que a él lo habían marcado, descartando desde luego a sus medios hermanos, para quienes, lo que sea que él decidiese o hiciera, parecía venirles bien, salvo desbarrancarse, por supuesto.

A nadie le había consultado el hecho de acercarse a Milo para resolver… bueno para lo que sea que tuviese que tratar con él.

Sólo que empezó a chocar contra el muro de crueldad del griego, una y otra vez… y la verdad es que no lo culpaba, no podía hacerlo, incluso cuando le había llamado asesino, esa primera vez mientras hablaba con Aioria, después de las exequias de Camus, y él lo había escuchado.

Entendía. Él mismo hubiese deseado que las cosas no precipitaran hacia esos derroteros insospechados, pero poco o nada podían ellos hacer. Aun así, estaba decidido a buscarlo de nuevo.

Y había salido con mucho ánimo del templo de Aioria, después de haber platicado un poco con él, de cosas un tanto triviales, y de darse mutuamente las cortesías correspondientes.

—¿A dónde vas? —le había preguntado, mirándolo con aquellos ojos felinos e inteligentes, a los que pocas cosas escapaban.

Se encogió de hombros restando importancia, con una sonrisa afectada en el joven rostro.

El otro se había acercado a él y le había levantado el rostro por la barbilla, para evitar que escondiera los ojos.

—Sólo voy a… subir con Saori, con Atenea, quiero decir…

—Eres pésimo para mentir —le había contestado casi destornillado por la risa.

—No, en serio…

—Vale, pues, ve con la gracia de los dioses, que Hermes te guarde —ironizó el griego sin querer seguir con aquel penoso interrogatorio.

Casi salió corriendo del quinto templo, si los otros lo vieran, pensarían que estaba siendo perseguido por los sobrevivientes guerreros de la orden de oro, gritando improperios y maldiciones.

Se sintió un poco ridículo por su actuar tan… inmaduro. Aunque él mismo se sentía como un hombre, y trataba de comportarse como uno, pero visto estaba que no le salía del todo bien.

¿Por qué Milo tenía que hacer las cosas tan difíciles, más de lo que ya eran?

Era su prerrogativa, suponía.

A veces se sentía francamente subyugado por aquella mirada color turquesa, por sus labios carnosos de los que salían crueldades, y en general se pensaba apabullado por su sola presencia, por su imponente cuerpo que portaba orgulloso el ropaje dorado de su signo.

Por su excepcional aspecto, que dicho sea de paso, se encontraba entre los hombres más bellos que había visto en su vida, un estatuario de la belleza clásica griega… como esas esculturas que estaban por toda la Hélade, y que él mismo había visto tantas veces.

Es más, se había quedado como un gaznápiro observando esas esculturas de mármol… y más imbécil observando sus muslos fuertes, perfectos y esos miembros aniñados que no correspondían al cuerpo de un hombre. Algo de profundo razonamiento en esos días mientras paseaba por el templo del Sumo Sacerdote, decorado bellamente con esos singulares cuerpos masculinos.

Estaba tan concentrado, preguntándose, quién sabe por qué, ¿cómo sería el miembro de Milo? Peor aún, ¿cómo sería el de su difunto maestro…? Un sonrojo violento se apoderó de su rostro, estaba seguro de que había bufado incluso.

—Que falta de respeto —se espetó a sí mismo.

—¿Qué cosa, Hyoga? —Le preguntó una voz delicada tras de sí.

Shun, con sus ojos inocentes le contemplaban en honesta consternación.

—No, nada, sólo pensaba en voz alta —se apresuró a disculparse, y huyó de él.

Porque juraría que Shun se había dado cuenta de su morbosa turbación, y casi podía asegurar que se había percatado de todas las cosas perversas que estaba pensando. O tal vez no, pero no quería quedarse a averiguar.

Y otra vez, mientras iba hacia el templo de Milo, con su lujuriosa presencia, se sentía arder. Probablemente ardía porque todavía los estragos del veneno de sus picotazos le torturaban… o porque el poseedor de ese aguijón, le torturaba con pensamientos impropios acerca de su otro aguijón.

Apenas abrió la boca para pronunciar las palabras de respeto, como peregrino, y solicitar el permiso de su morador.

—¡Otra vez tú! —Le gritó la voz profunda de Milo, desde el interior del templo.

Se atrevió a adentrarse, estaba todo casi en penumbra, y por más que agudizó sus sentidos, no podía identificar en dónde estaba el griego.

—Yo solamente…

—Ya sé, ya sé, vienes a ver cómo estoy —pronunció con fastidio detrás de él.

Era un fracaso como guerrero, primero Shun y luego Milo, le habían salido por la espalda.

Cuando se volvió hacia el otro lo encontró con la mitad de la armadura puesta: el faldellín, las protecciones de los muslos, las grebas, y todas las piezas superiores estaban colocadas en el tótem del escorpión, en el centro del templo.

Tenía el pecho desnudo… d-e-s-n-u-d-o.

Sus ojos pasaron de su rostro, ligeramente enrojecido por el vino, y luego se deslizaron por sus hombros fuertes, por su poderoso pecho que iba decayendo en la cintura, en los abdominales… y hubiese podido crear un poema de Píndaro al respecto.

—Lo siento —fue la disculpa peregrina del joven Vólkov; bajó la mirada, y al regresarla, no pudo evitar subir por sus piernas hasta ese punto, ese maldito punto donde la protección de la armadura guardaba, salva sea la parte.

—¿Vienes por un trago…? —Le dijo el otro, llevando la mano hacia su turbado rostro, acunando su mejilla.

Su cercanía le hizo percibir el olor del vino: había estado bebiendo, y a juzgar por su aspecto, probablemente desde días atrás.

No hizo nada por quitarse de ahí, de su tacto, de su embrujo.

—No, no puedo tomar.

—¿No puedes o no quieres?

—Bueno, es que no…

—¡Bah! —Le soltó, ladeó el rostro, sus cabellos rubios desordenados caían por encima de los hombros, había cortado su larga melena en símbolo de duelo.

Hyoga por toda respuesta, expuesto como estaba, se llevó la mano al pecho, a donde los picotazos de Milo le habían perforado, a veces dolían, a veces ardían tanto, que sentía como si tuviese fuegos artificiales por dentro.

—Eso te estará molestando un tiempo… después se te quitará —a Milo nada se les escapaba—, de hecho fue aquí, para ser precisos, ahí… —le señaló el centro del templo, casi al pie del tótem.

Su risa macabra resonó por el templo, hasta que fue sustituida por el resuello de quién con trabajo puede respirar. Hyoga se acercó hasta él, lo detuvo antes de que acabara cayendo por el pulcro mármol, como un fardo.

—¿No has comido nada? ¿Sólo te has dedicado a beber? —Preguntó el ruso, incrédulo.

Otra risa siniestra.

—¿Qué más te da, pato?

Sin embargo, se dejó ayudar, se permitió ser arrastrado hacia el clino, y la verdad es que se estaba sintiendo bastante mal, más que por el alcohol, mismo que su sangre procesaba y descomponía a mucha velocidad, se trataba de la sangre que había donado a la armadura, justamente de Hyoga. La mitad de su sangre.

Sentado, tratando de adivinar que pensaba el estúpido niño que tenía ahí enfrente, terminó por sonreír, de lado, afectado.

—Estoy bien.

—Es por la sangre, ¿verdad?

El melio se llevó la mano a la frente, tratando de concentrarse, pero se sentía como en medio de una danza báquica, incluidas las flautas y los tambores.

—¿Qué observas? ¿Te gusta lo que ves?

—¡Por Zeus, Milo! —Dijo escandalizado, enrojeciendo violentamente, porque por supuesto que estaba embebido contemplándolo sentado, mientras él estaba de pie.

Y su fecunda imaginación le hacía pensar en esos labios carnosos acariciando su pene, groseramente erecto. Porque era una grosería haber ido para dar las gracias y ofrecer ayuda, y pensar en un montón de cosas lascivas mientras tanto.

—A que sí —se contestó el otro, la mar de divertido—, no me digas que no, a él también le gustaba… ustedes retorcidos hijos de Ganímedes… —balbuceó.

—No, yo no… —no acabó de decir más, porque Milo, más ágil que él, pese a estar débil, tiró de él con la fuerza suficiente para hacerlo caer encima de su formidable cuerpo.

Sus ojos tan intensos parecían desnudarlo completo, sin siquiera ponerle una mano encima.

—Podría enseñarte también a ti —le dijo con un cinismo que causaba escalofríos.

Y por toda respuesta, Hyoga se entretuvo con los dedos sobre la piel de su pecho, tocando ¡Sus propias manos lo estaban traicionando! El corazón se le iba a salir, sentía que incluso tenía atoradas las palabras en la garganta.

No conforme con ello, una de sus manos se había ido a posar ahí donde la protección central del faldellín guardaba la hombría del griego, sentía el frío y la dureza de la pieza de oro, que se iba entibiando mientras su mano se quedó ahí, y él estaba hipnotizado como un depravado, embriagado entre sus hormonas, el cuerpo perfecto de ese hombre cruel, y sus propias sensaciones.

Milo sonrió, maligno.

—Casi todas las armaduras de oro tienen complicados jeroglíficos en esa parte, ¿sabes por qué? —Susurró, Hyoga negó con vehemencia, ya no sabía si por estar encima de él, o por lo que le estaba diciendo—, desde la época del mito, cuando Ares se convirtió en el amante de Afrodita… ella le dio la encomienda de siempre proteger esa parte, en guerra o paz, porque Hefesto, el forjador, recordaría la afrenta de haberla tomado…

Milo se quitó por sí mismo la protección, la dejó resbalar de sus dedos, apoyó entonces la mano del ruso, sobre la suavidad de su sexo.

—Entonces, ese sería el punto débil de todo guerrero… básicamente por eso las armaduras doradas tienen la protección fálica de la que Afrodita le habló…

No le dejó seguir hablando, se abalanzó sobre él, sus labios atraparon los del otro, desesperados, urgidos, con la maldita inexperiencia que a todas luces tenía, su mano tocó aquel miembro que tantas veces se imaginó, sentía que despertaba poco a poco bajo sus dedos… y los dedos de Milo le recorrían, palmo a palmo, allá donde tenía aquellas heridas abiertas y que tanto le quemaban, como si se regodeara de aquello.

Milo se separó de sus labios, lo contempló en silencio un momento.

—Tú ganaste…

—No, fue piedad, fue tú piedad —admitió apenado, más culpable que nunca.

—No. Tú me habías ganado limpiamente… —admitió en voz baja, como aceptando algo que se había negado a concederle—, la batalla la ganaste tú, de otro modo, no te habría permitido seguir adelante…

El sonido de sus palabras se fue perdiendo en templo silencioso, entre los suspiros de él mismo, de sus grotescos jadeos, poco a poco delante de él, Milo fue cayendo en un sopor profundo, hasta que finalmente sus manos cayeron a los costados de su cuerpo y se quedó dormido profundamente, balbuceando quién sabe qué cosas en griego antiguo.

Hyoga bajó de encima de él, se ordenó un poco la ropa y el cabello, como si con ello se fuese a olvidar la profunda erección que tenía entre las piernas.

Le dieron ganas de lanzarse a sí mismo una ráfaga de hielo, le echó un último vistazo al griego hermoso que estaba ahí, al que simplemente faltaba aflojarle un poco la ropa y listo, él podría subirse encima de él y… bueno, nada.

Sacó de su bolsillo un pequeño envoltorio de seda, lo dejó en la mesa de Milo, con una nota en su perfecta y cuidadosa caligrafía, corregida por el mismo Camus… cuando era un niño, Camus solía criticarlo por su horrorosa caligrafía, y pasó noches y más noches en Siberia practicando.

"Espero que te guste, es por Navidad. Sé que eso no te importa, pero cuando lo vi, imaginé que te gustaría. Gracias por todo. H.V."

Dentro del envoltorio se encontraba una réplica perfecta, en pequeño, del disco de Festo de Mesará, con su curiosa caligrafía que nadie había podido descifrar con exactitud hasta entonces, le había recordado tanto a Milo, tan ilegible, lleno de misterios, y sospechaba que también para su propio maestro, para Camus, había sido inescrutable.

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FIN

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N. de la A.

El disco de Festo es una pieza discal de arcilla, de aproximadamente 17 centímetros, encontrada en el Palacio de Festos, al sur de Creta, en la llanura de Mesará. La pieza se encuentra en el museo de Heraklion, la capital cretense. La peculiaridad de dicho disco es que los jeroglíficos, en ambos lados del disco, forman, en apariencia, palabras en una secuencia espiral hacia el centro. Diferente en escritura a la lineal A y la lineal B, datadas como minoicas. Sin embargo, al no encontrar más que unas cuantas concordancias con las anteriores, es difícil datarla.