SNEACHDA IS TIENE (Nieve y fuego)

La nieve caía…

La fiera ventisca tras las paredes arreciaba segundo a segundo, el aullido fúnebre del viento retumbaba en sus oídos al igual que el crujir de la madera a su alrededor. Todo tan ensamblado como el más perfecto engranaje, como la antesala que seguramente precedía otra desgracia de la misma magnitud si no lograba salir de ahí.

Estaba tan cansado… emocionalmente cansado...

Los ruidos externos y el crepitar de la leña encendida dentro de la pequeña chimenea frente a la cual se encontraba sentado, eran sus únicos compañeros.

Sus ojos vívidos unas horas antes, se perdían en un punto lejano, hundidos, apesadumbrados entre la frustración o la desesperanza.

Lo único alegre en esa escena era la danza del fuego quemándolo todo.

La observó fijamente, quizá podría encontrar algo de tranquilidad dentro de su angustia si lograba serenarse, si lograba meditar cinco minutos para aterrizar su consciencia de nuevo a la Tierra.

Repasó sus manos por el rostro desencajado incontables veces ante la paz que al parecer el cielo le negaba, puesto que, por más intentos realizados para mantenerse positivo, la realidad se colaba por sus oídos repitiéndole tortuosamente: "Todo fue tu culpa…sabes que así es".

Esa frase la llevaba tatuada desde el derrumbe, más de nada valía retractarse pues todo ocurre como debe ser… aunque todo se saliera de control y ni siquiera tuviera la certeza de llegar con bien al hogar de su corazón.

Llevaba casi veinticuatro horas en el mismo sitio y sin posibilidad de moverse por su cuenta por las condiciones del clima. Las telecomunicaciones a esas alturas eran nulas. No tenía señal en su celular y las llamadas no se enlazaban.

Que contradictorio que la soledad que tanto anheló casi una semana antes ahora lo torturara de esta forma tan escalofriante. Más que nunca entendía que estar a su lado era lo más importante.

Se levantó a recalentar su café y pensó: " Es cierto… en unidad venimos al mundo y en absoluta soledad habremos de partir", no obstante ante lo ocurrido, le aterraba no tener la oportunidad si quiera de vivir a su lado como tanto lo planearon, pues esto acabaría posiblemente antes de empezar.

La soledad y la tristeza son malas consejeras, pero aunadas a la incertidumbre, solo incrementaba la abrazadora demanda de arroparla entre su calor, para cerrar los ojos y olvidarlo todo.

Las horas continuaron su lento transcurrir… Una y otra vez miraba en su pantalla las fotografías de ambos para mitigar el momento, pero la sonrisa siempre era efímera e insuficiente.

Con el alma deseaba perderse en ella. En aquellos sus ojos que solo bailaban y brillaban para él con esa senda aura traviesa y juguetona. Porque si bien su pequeño amor no era alta—si no mejor dicho de bolsillo por su diminuta estatura—, o si sus rizos a veces le molestaban por lo indómitos que podían ser al aire libre y sobre un descapotable en carretera… lo cierto era que Albert amaba todo de ella. Cada uno de sus "perfectos defectos" encajaron en contraparte a su personalidad forjando así este fuerte amor desde sus cimientos.

De nuevo una sonrisa débil intentó dibujarse en su rostro cansado, pues recordó las rabietas casi infantiles o las múltiples batallas que presenció con ella frente a un espejo ante la inconformidad de las insufribles pecas sobre su nariz, las cuales notaba desastrosas al igual que todo lo antes mencionado, no obstante, para él… ante sus ojos era tan niña, tan mujer, tan frágil y valiente, pero sobre todas las cosas "Tan suya".

No le borraría una sola peca, ni pediría jamás alaciarse un rizo por muy rebelde que este fuera, al contrario, anhelaba que llegara el día en que pudiera jugar con su cabello y besar noche tras noche, hasta el cansancio cada una de esas pequeñas manchitas que se escondían bajo su ropa, expandiéndose por su cuerpo entero.

Cuando la conoció le pareció tan encantadora… tan surrealista…

Había llegado a su hospital después de un infortunado accidente que le había dejado roto el dedo meñique. Todo iba muy bien hasta que una enfermera de cabello lacio, negro, alta y malhumorada salió de la habitación dejándolo solo. Los minutos pasaron, y cuando se disponía a levantarse para preguntar que procedía pues el dolor era insoportable: Sucedió…

Quedó prendado de ella al instante sin oportunidad de quitar su mirada de aquel blanco uniforme.

En el continuar del tiempo imaginó que le había inyectado algo porque recuerda haber estirado su brazo, no obstante, su embeleso era profundo. Fascinado creo que sería la palabra correcta para describirse.

Se había presentado como la "Enfermera White "pero ante el par de ojos azules que la miraban con ahínco parecía un pequeño ángel rebosante de calidez. Un ser mítico o mágico que había descendido a la Tierra para mezclarse con el personal médico. Aunque a razón de la verdad… ya no podría asegurar si todo era efecto del medicamento para el dolor o si en verdad sentía todo aquello. Más no le podía importar menos, pues aquella criatura etérea era una delicia ante sus ojos. Tan delicada en ese momento… tratándolo cual si fuera un pequeño niño mientras lo atendía.

Al finalizar la tarea del entablillado le entregó su radiografía e indicó algunas cosas más, no obstante, antes de que se diera la vuelta para dejarlo solo, por instinto tomó esa pequeña mano y dijo lo más coherente que el medicamento le permitió: "Gracias señorita White", provocando que un femenino y discreto rubor se extendiera por sus mejillas.

Desde ese momento la persiguió hasta que aceptó una cita con él… De eso ya poco más de dos años.

Al terminar de recordar, se percató de que el crepúsculo había pasado y ahora lo envolvía casi la completa oscuridad. Los recuerdos fueron hermosos, pero su sonrisa se desvaneció con la mortífera lentitud que solo la desesperanza sabe menguar en los humanos ante la frustración

Esperar…

Sabía que era lo único que podía hacer, más cada hora o después de cada maldito minuto transcurrido le parecía algo titánico de llevar a cabo.

"Sr. Andrew, lamentablemente solo queda aguardar. En pocos días esclarecerán el camino obstruido por la nieve. Solo entonces podremos mandar un equipo de rescate y llevarlo hasta pie de la montaña en una zona segura para turistas. Mientras tanto, le aconsejamos que organice sus alimentos por raciones de agua y comida para que no quede en desabasto"

La última frase fue lo políticamente correcto para no decir: "Organice porque no sabemos realmente si podremos llegar a usted o no y rescatarlo", pero Albert lo sabía bien.

Aquello podía tardar días completos. Era lógico. Fue una avalancha terrible que barrió con todo lo que encontró a su paso. Aún no comprendía como la pequeña cabaña pudo salvarse por escasos metros de la fatalidad.

La casi nula comunicación que mantenía con la civilización era por medio del guardabosques, ya que horas antes y sin importar arriesgarse, salió a rodear el lugar, encontrando así una caseta de emergencia a unos cinco kilómetros del siniestro, montaña abajo.

Suspiró.

Realmente daba gracias a Dios por hallar algo que lo anclara de nuevo al mundo. Porque ni todo el poder y menos el dinero que poseía lo podía acercar o teletransportar de regreso a Chicago como deseaba. Y el no saberse solo, a veces, amortiguaba un poco la situación.

Cuánto se arrepentía de tomarse un día de descanso. Y no por ella… Jamás se cansaría de amarla o extrañarla. Pero… actuó egoístamente… De pronto el peso de su apellido y lo cansado de la rutina que el corporativo exigía, los constantes viajes y todas las demás exigencias propias de su rango le pesaron. Se vio necesitado de reconectarse con las cosas que amaba desde mucho antes de conocerla a "ella". Quería respirar aire puro, escalar, pescar… y su viaje a Alaska se le presentó perfecto, así que habló con su prometida y ambos buscaron una pequeña cabaña de alquiler por "airbnb".

Finalmente, no estamos en 1900 —pensó— y un viaje en su jet privado lo regresaría a casa en un parpadeo.

No obstante, las cosas no saldrían como el Sr. Andrew lo esperaba.

Si bien, el lugar alquilado no fue afectado por la situación, el hecho es que lo dejó incomunicado y con los víveres necesarios para un par de días, máximo tres. Entonces debía ser precavido en demasía para subsistir por si las operaciones tardaban más —tal como pensaba—. De igual manera sucedía con la leña. Contaba con suficiente, pero no más de un par de cientos de leños apilados en la entrada y con el frío arreciando calculaba unos cuatro días de consumo.

Caminó hasta su cama. Lo mejor era dormir para que el tiempo transcurriera con rapidez y no necesitara alimentarse. Segundos antes se miró al espejo de la cómoda frente a él. Estaba vuelto un desastre. Justo como en sus días de "hippie" antes de asumir su rol sobre las empresas familiares. Cuando podía viajar por el mundo sin más peso que el de "encubrir su personalidad" y trabajar de lo que fuera para seguir "mochileando".

Repasó con la mano su mentón.

Siempre fue un hombre barbado desde que las hormonas de la adolescencia hicieron efervescencia en su cuerpo, y aunque no estaba tan desarreglada le resultaba inusual no mirarse impoluto.

Segundos después se quitó las botas y se envolvió entre las cobijas para olvidarse de todo.

Así las horas comenzaron a pasar y pronto dos días enteros habían transcurrido, pero el paisaje continuaba siendo igual o peor de desesperanzador ya que la tormenta no menguaba.

Quedaba poca comida…pocos leños… Sus predicciones resultaron erróneas respecto a estos, ya que el intenso frio lo obligó a ocupar la chimenea más constantemente.

Comenzaba a pensar que pronto otra avalancha podría colapsar en la montaña y aquellos serían sus últimos días.

No quería creerlo así, pero debía estar preparado para lo que fuera. Así que sin legítimas ganas de hacerlo, tomó un par de hojas que había en el buró de su recamara y comenzó a redactar dos cartas.

La primera para su querido amigo y asesor financiero George Johnson, en donde con su firma y sello de accionista mayoritario de Andrew´s Corp, dejaba a su sobrino Archibald Cornwell Andrew como presidente del consorcio.

La segunda… una despedida para ella… El ángel que había tocado su vida y que ahora más que nunca estaba seguro de que él no sería el responsable de mirarla sonreír cada mañana. Aquellas palabras que llenaron la misiva fueron las más dolorosas de pensar. Rogaba al cielo que nada sucediera, pero era un alto porcentaje el quedarse varado ahí para ser arrastrado por la fuerza de la nieve si sucedía otra catástrofe por la tormenta que no paraba.

Al terminar de escribirlas, hizo dos copias más. Las primeras las guardó en los bolsillos de su pantalón por si encontraban su cuerpo, y las otras entre sus pertenencias y en el pequeño escritorio de la cabaña.

Otro día más transcurrió… los alimentos se habían terminado y para la comida solo tenía agua. En el fuego crepitaban los últimos leños con los que contaba y aunque la tormenta había comenzado a cesar Albert presentía que otro derrumbe no tardaría en ocurrir. La montaña debía deslavarse… y él… él no podía contar con la misma suerte dos veces.

Cansado como estaba cayó dormido en su fría cama. Al abrir los ojos notó que había oscurecido. Poco a poco se incorporó hasta levantarse. Traía encima toda la ropa térmica posible y aun así moría de frio por la falta de calorías.

Entonces y como si el cielo no lo hubiera olvidado escuchó el motor de un helicóptero, haciendo que su energía y alegría regresaran súbitamente.

¡Saldría de ahí!.

La voz de un guardia por el altoparlante le decía que no se moviera, que ellos entrarían por él, pero poco le importó. Así que tomó su vieja mochila y abrió a puerta, más grande fue su sorpresa al sentirse atrapado por un par de pequeños brazos envolviéndolo, aprisionándolo, encajando su rostro en su pecho mientras escuchaba su llanto.

—¡Dios mío Albert estas vivo!

Su voz rota por motivo de las lágrimas anudaron su corazón. No pudo mas que estrujar su cuerpo, como si desease fundirse en ella, en ese abrazo que lo regresaba a la vida.

—Temí no volver a verte jamás preciosa… Yo…

—William… lamento interrumpir pero debemos irnos. La amenaza no ha pasado. Todos estamos en peligros aquí.

Solo entonces se percató de que George había estado a su lado.

—Tienes razón vámonos.

Después de eso todo paso demasiado rápido y pronto se vio alejándose de aquel lugar que estuvo lejos de traerle paz a su alma.

Cuando se alejaron de la montaña llegaron a un hotel que se encontraba en una zona segura tal y como le había comentado el guardabosques.

Justo era noche buena y pese a estar feliz por sobrevivir, cargaba una pena, pues habían planeado una gran cena con su familia llena de sonrisas y actividades increíbles, de esas que solo haces cuando tienes a tu gente cerca y una vez al año. A Candy le entusiasmaba mucho la idea pues jamás tuvo algo así, y ahora, por su terquedad…no lo viviría.

De alguna forma debía encontrar la manera de recompensárselo —pensó—.

George le había indicado cuál era su habitación. Pero ni él ni Candy le pidieron algo más que descansar y dormir. Quedaron de verse los tres a las diez de la mañana del día siguiente.

Y eso haría, pero antes encendió el fuego de la enorme chimenea, tomó un baño caliente y se afeitó esas barbas que ya lo hacían parecer un león. Se relajó tanto en la tina que casi se queda dormido en ella. Realmente perdió la noción del tiempo.

Pronto un par de golpes llamaban a la puerta. El alto rubio ya imaginaba de quien se trataba, así que con seguridad dijo:

—Pasa George está abierto.

—No soy George… —habló tímidamente la rubia que ahora miraba—. Sé que te pedimos descansar, pero es noche buena… y bueno yo…

Albert caminó hasta ella, tomó su mentón y le dio un casto beso en sus labios rosas.

—Sé que te prometí mucho y por mi culpa hoy nada es como lo planeamos preciosa. Perdóname… fui un imprudente. No sabes cómo agradezco el que estés conmigo. Aun así es riesgoso George no debió traerte.

—No digas eso Bert… estos días fueron un calvario para mi. En las noticias solo se hablaba de tu desaparición y la posibilidad de que perecieras. Quería volverme loca. George no tuvo la culpa. Yo… yo no le di opción. Además prometiste casarte conmigo, ¿recuerdas?. —Sonrió entre lágrimas.

—No dejé de pensar en eso ni por un segundo Candy… Y aun así muriera te seguiría amando aún más si es posible. Te prometo que el próximo año celebraremos como debe de ser. Pensaré en el mejor regalo para darte y todo será grandioso. Sé lo importante que son estas fechas para ti —La abrazó.

Ella subió sus manos a la altura de los hombros masculinos, y con ternura y amor le respondió:

—La navidad es importante cuando se está con la persona amaba o con los seres queridos. Cuando recapitulamos y le damos valor a lo vivido, a lo ganado y a lo perdido. No importa la comida, ni lo que se beba o los hermosos adornos. No necesito regalos tuyos Bert… estar contigo es lo único que necesito para sentirme completa. Además… no recuerdas pero ya me diste tu regalo adelantado. Piensa…

Él se le quedó viendo sin saber realmente a qué se refería, pues cuando se trata de ella no pierde ningún detalle, así que le preguntó con dulzura mientras la pegaba a su cuerpo y besaba su cuello:

—¿De qué regalo hablas traviesa?.

—Estoy embarazada Bert. Feliz navidad —Respondió sonriente y roja de pena.

Al final ella tenía razón…pues aun en medio de la nieve o el fuego de su habitación, ellos se amarían por siempre. Y se tenían el uno al otro para pasar una increíble y bella navidad.