-¡Hey! ¡Tú eres aquel!

-Shh, mantén el secreto, esto es importante

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Inglaterra, 1919

Después del término de la guerra, con el cambio de fronteras y el recuento de pérdidas, los ciudadanos de las grandes potencias tuvieron que re habituarse y sacrificar muchas cosas. De las familias que el Imperio del Japón mandó a Gran Bretaña antes de la guerra, la mitad había vuelto a su país del sol naciente, gran parte de la otra mitad se encontraba desaparecida o lamentablemente, se había confirmado un deceso con sus nombres. Las pocas que decidieron quedarse en su país adoptivo sufrieron hambre y enfermedades que dicho país no quiso costear.

Tanto fue la desesperación de algunas familias, que no les quedó de otra que abandonar a aquellos que necesitaban más recursos, más alimentos y más energía. Con dolor en el corazón y pánico en la mirada, madres y padres abandonaban a sus hijos en los hostales donde se hospedaban durante la noche, cantándoles nanas para que durmieran y no se dieran cuenta de la sigilosa huida que realizaban sus progenitores. Las familias que se rendían ante el amor y la unión, perdían otro ser amado al tener que sobreexponerse en labores peligrosas muy bien pagadas.

Debido a esto, los orfanatos y casas hogares se abarrotaron de menores, sobrepasaron la cantidad y aun así, durante semanas, el recuento de pequeños cuerpos encontrados congelados en calles y puentes fue devastador.

En uno de los edificios mal cuidados a la orilla del río Trent, la luz de una ventana enmarca dos pequeñas figuras que subidas al alféizar observan el anaranjado crepúsculo que pinta las aguas.

Un castaño de orbes esmeraldas no mayor a seis veranos señala los destellos que los últimos rayos del sol crean al chocar con los barcos y los edificios frente a ellos, el otro simplemente sonríe y asiente ante sus locuras.

-¡Ese brillo fue la llamarada del bostezo de un dragón!/p

El sol comienza a ocultarse mientras el soñador se alza sobre sus manos para lograr abarcar durante más tiempo la vista. Al final el sol se oculta y solo deja el recuerdo del calor detrás de él. El niño levanta la vista y el cielo estrellado lo recibe, las diferentes constelaciones titilan sobre él y la mancha de polvo estelar se mueve lentamente sobre su cabeza.

A su lado, el otro niño de casi su edad dirige igualmente la mirada hacia la bóveda celeste, pero un tintineo de vidrio contra vidrio lo hace desviar su mirada hacia al callejón en frente de su edificio, donde un par de hombres forcejean y se golpean mutuamente, su rostro se contrae en un ceño fruncido y observa a su compañero, que parece haberse sumergido en otra de las fantásticas historias que llenaban su cabeza.

-Makoto, Sousuke, bájense de ahí y cierren la ventana.

La señora Cheever, parte del personal del orfanato entró en el cuarto, sintiendo el frío invernal entrar por la ventana y al abrigado par con las orejas y las narices rojas.

-¡Sí, señorita!

Con dificultad – debido al gran número de capaz que tenían de ropa – bajaron del baúl que se encontraba debajo de la ventana, en conjunto cerraron los paneles de cristal y se colocaron en su respectivo lugar en una de las diez literas que llenaban la habitación. Se acomodaron entre las cobijas y Mako miró a la señora Cheever, la cual había seguido todos sus movimientos.

-Chicos, es una noche fría, cualquier molestia, cosquilleo o adormecimiento que sientan recuerden deben avisarle a alguno de sus compañeros para que vaya por ayuda.

Un "¡Si!" colectivo se alzó de todas las camas y posteriormente la señora Cheever salió del cuarto, apagando la luz en el proceso.

El silencio se hizo hasta que escucharon las pisadas con tacón desaparecer al final del pasillo. Después de eso, los chirridos de los resortes se hicieron escuchar al tiempo que diecinueve pequeños cuerpos se giraban en sus camas.

-Pss, Mako – Un susurro delicado rompió el silencio.

-¿Puedes seguir con la de ayer? – se le unió una voz nasal.

Un suspiro se escuchó en la habitación y un único chirrido, lo cual indicaba que se estaba acomodando para contar. Varios ojos se cerraron para escuchar mejor la historia, otros simplemente recostaban su cabeza en las incómodas almohadas y esperaban que el sueño los consumiera.

Una delicada, casi musical voz se abrió paso entre el silencio, haciendo sonreír a más de uno. Pausado y bien enfatizado, el cuento continúa.

-Después que el dragón fue vencido, los dos hermanos siguieron el camino, aun buscando el llegar a recorrer aquel camino estrellado que desde siempre habían admirado…

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En el cielo se distinguían luces pasando a infinita velocidad sobre el horizonte, la región sur de Asia quedó maravillada por la lluvia de estrellas no prevista. Sin saberlo extasiaban sus orbes con lágrimas del más noble guardián que los protegía desde las alturas.

El ser dorado estaba cegado por sus lágrimas, las cuales, al abandonar su piel se convertían en estrellas. Viajaba a una velocidad menor a la de la luz pero superior a la percepción humana.

Se preguntaba el porqué del repentino maratón de recuerdos en su cabeza. Incluso si fueran solo recuerdos no lo afectarían tanto, pero no eran los normales, sino esos recuerdos. Los años oscuros que pasó en el país Inglés y su súbito final en el mundo humano lo atormentaban ahora, recalcando expresamente lo que sucedió con su hermano.

Ahora sobrevolaba el mar, oh maravilla del mundo, con sus increíbles habitantes y su variedad de tonos, hacían que más de un alma aventurera decidiera pasar la eternidad en sus aguas. El sol se levantaba con pereza y le daba al agua un reflejo turquesa.

Justamente ese color.

No recordaba a ciencia cierta la última vez que había visto ese tono, siglos pudieron haber pasado pero aún recordaba la calidez que lo envolvía cada vez que pensaba en ellos, para inmediatamente quedar ahogada por un frío y una oscuridad impropia de su mente. Agitó un par de veces la cabeza para despejarse.

Ah, el mar, hogar de innumerables creaturas y musa principal de la mayoría de sus sueños. Pasaba en esos momentos sobrevolando lo que debía ser el mar de Japón. Un rayo, una tormenta, un barco en medio de la tempestad.

Con un grito silencioso, pero atronador, se precipitó a tierra, cayendo cerca del monte Fuji, ocasionando una alarma humana sobre un segmento de meteorito.

Al caer dejó tras de sí un rastro de árboles despedazados, temblaba hecho un ovillo en el suelo lleno de hojarasca seca, mordía su labio inferior, los recuerdos lo embargaban y dolían, dolían mucho. Una nueva ráfaga; frío, cosquilleo, una voz familiar, un sollozo y gritos de alarma.

Después nada…

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"Esto era inaudito, ¿Cómo pudo dejar caer el cilindro?

En el fondo de un callejón, una oscura sombra se arremolinaba en una esquina, aun cuando el día estuviera nublado, la luz que llegaba del sol era suficiente para evitar las sombras en un lugar abierto. El cilindro dorado estaba en el suelo, en medio del callejón, pegado a la pared. Desde el amanecer apenas si habían pasado algunas horas, pero ya varios humanos habían visto el reflejo en la dorada superficie y habían sentido la necesidad de tomarlo.

Pero las sombras en el callejón se los impedía, la oscuridad siempre había asustado a los humanos, no la apreciaban y justo por eso hacía lo que hacía. Entrar en sus mentes era algo que se le había facilitado de un tiempo a acá. Las diferencias que se esforzaban en ver entre ellos, la intolerancia hacia aquellos que son diferentes y la posibilidad de que ellos parecieran diferentes le aterraba.

Cómo le agradaba este nuevo tipo de temor, sus vidas dependen de lo que digan los demás, extrañaba cuando el miedo era ocasionado por una bomba nuclear o un soldado extranjero.

Impaciente contaba los minutos que lo acercaban al cilindro, ya faltaba menos, un metro más y podía volver a tenerlo en sus manos.

Pasos se escuchaban en la avenida, al igual que automóviles, charlas y gritos. Unos pasos apresurados se detuvieron en la boca del callejón, los miró desde las sombras. Una niña jalaba a su hermano para que se detuviera y viera al interior.

-Mira, Ren, ahí hay algo que brilla.

-N-no deberíamos detenernos…

-Pero imagina que fuera otra moneda, así ya podría comprarte algo a ti.

-Prefiero quedarme sin nada.

Parecía que la discusión se iba a extender un poco más, así que, con cuidado, dejó salir un murmullo, las voces cesaron al instante.

-¡¿Lo ves?! ¡Ahí hay algo! – gritó el niño.

-Te lo dije desde un inicio – le contestó la niña.

-¡Pero hay algo malo!

-¡Solo es entrar y salir!

-¡Yo no entro!

-¡Pues yo sí!

Vaya, eso era nuevo, un murmullo era suficiente para espantar a cualquiera, volvió a intentarlo. La niña retrocedió unos pasos.-Ran… vámonos de aquí.

-¡N-no tengo miedo!

De una sola corrida entró al callejón y tomó el recipiente, lo miró desconcertada y escuchó un rugido desde el interior.

-¡Ran!

Como si fuera una velocista, pasó junto a su hermano y continuó corriendo hasta varias tiendas más allá, con el cilindro bien sujeto en la mano.

Las sombras se agitaron y comenzaron a adquirir altura y forma, demasiado despegado del suelo unos ojos turquesa se abrieron en la oscuridad. La mirada gélida y afilada sólo auguraba desastre.