Τύμπανο
(gr. Týmpano, tambor)
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Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en el aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños
Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
Fragmento de Cumpleaños de Ángel González.
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Para Kassandros, King of nothing…
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Cuando pienso en el cielo de Heraklion, durante el invierno, me parece recordar que mis ojos infantiles lo veían lleno de luz, de estrellas, cientos de miles, podía estar a oscuras, sentado afuera de la casa al pie de la rocosa playa, y no había nada más luminoso que ese cielo de Heraklion. Y quizás ese recuerdo sea una exageración mía… pero el cielo de Atenas parece distinto.
No había nada parecido al cielo de Heraklion.
¿Me imaginan? A mí, siendo un crío, con a penas lo suficiente para sobrevivir: la clámide ajada sostenida a penas por una fíbula igual de vieja, pero que era lo único que me quedaba del lugar de donde Zakros Oraios me había llevado consigo… las sandalias de donde se asomaban mis dedos infantiles, gordos y por supuesto sucios de tanto andar por el terregoso lugar.
¡A que soy una visión!
Recuerdo que cuando me fui a vivir con él, fue un invierno, uno de esos inviernos duros en donde el frío era intolerable. Su manaza llevaba la mía, iba tan rápido por el camino, tanto, que me impedía volverme hacia atrás, para contemplar una última vez la choza de Tympaki, donde no quedaba nada más que los viejos fantasmas de mi pasado y los restos de la lepra.
Yo quería echar un último vistazo, pero él no me dejó, me llevó remolcando por el camino, tirando de mi pequeño y flacucho brazo.
—Vamos, Helios, andando, si tardamos más, nos atrapará la noche en medio de la nada —dijo con su voz profunda, en el tipo de tono que no aceptaba cuestionamientos.
—Sí, es que quería ver…
—No hay nada que ver en ese lugar —entonces se detuvo, se agachó con una rodilla en el piso para estar a mi altura, levantó mi mentón con más fuerza de la necesaria—, en adelante tu vida cambiará, todo lo que hasta ahora has visto y vivido quedará atrás, y no serán más que recuerdos borrosos.
—Pero…
—No, tú naciste para ser algo más que un pescador y morir de hambre en esa vieja choza, ¿entendido? Y de lo otro ya veremos —susurró tocándome el pecho—, primero habrá que corregir la alimentación, el ejercicio te vendrá bien.
—Bien —contesté, porque ante esos argumentos, no había nada que pudiese alegar.
Cuando al fin llegamos a Heraklion, yo estaba encantado, nunca había ido a ese lugar, tan concurrido, lleno de personas de todo tipo, pero sobre todo lo que llamó mi atención de inmediato fueron los muchos puestos de comida ¡Todo olía tan apetitoso!
Supongo que Zakros tuvo que darse cuenta, en medio del tironeo, parecía que iba remolcando un trineo, el trineo por supuesto era yo.
He de decir que ese día, ni los que siguieron me compró ningún dulce ni alimentos de esos que parecían apetitosos postres, y a los niños como yo, nos gustaban.
—Los dulces te echaran a perder los dientes y bonito te vas a ver sin cuatro o cinco piezas menos, ¿qué clase de guerrero de Atenea serás? ¿El santo de Escorpio sin dientes? —Inquirió riendo.
Bufé por toda respuesta.
Aquellos primeros días en Heraklion no se parecían en nada a lo que yo me imaginé: todos los días antes de que saliera el sol estábamos de pie, normalmente yo más dormido que despierto, tenía que empujarme el desayuno en menos de lo que él tronaba los dedos, para luego salir corriendo a entrenar hasta la extenuación, o bien hasta que yo empezaba con el dolor en el pecho y entonces tenía que parar… después la comida donde otra vez tenía que apresurarme, lectura, más lectura, y luego más ejercicio hasta que se ponía el sol.
A menudo me quedaba observándolo, para él todo aquello era nada, rara la vez su hermoso cabello largo y rubio, ondulado, parecía desordenarse, era como esas esculturas antiguas: perfecto.
Y yo, bueno, yo era la imagen misma del desparpajo: lleno de tierra, que ya se había remojado en el sudor y ahora se había convertido en una fea capa de barro, sangrante y casi sin poder respirar, y ya no hablemos de mi cabello revuelto y erizado, como si un animal estuviese atacando mi cabeza.
Se acercaba la Navidad, lo sabía porque en el centro de Heraklion los puestos, los lugares y la gente parecía estar en ese ambiente festivo, nosotros, bueno, simplemente pasábamos la temporada como dos ermitaños, sin calendarios, sin adornos.
—¿No pondrás ningún… adorno? —Pregunté con voz trémula, quizás tenía la esperanza de ver algo diferente entre los cuatro muros de la casa.
Por toda respuesta Zakros entornó los ojos verdes, y me devolvió una mirada socarrona.
—¿Es en serio?
Puse mala cara y seguí con las bolsas de legumbres que llevaba, en algún punto yo me entretuve observando todo, me quedé enlelado viendo a un niño, no más grande que yo, tocaba un viejo y ajado tambor, no sé qué tocaba, pero me quedé perdido observando como aporreaba el instrumento mientras alguno que otro paseante lanzaba monedas a una taza delante de él.
Perdí la cuenta del tiempo que pasé observando, muy propio de mí.
Vagamente recuerdo que sentí mucho frío, y después, el calor intenso que se apoderó de mi cuerpo famélico, a pesar de mi edad, parecía menor, no había crecido mucho, después todo fue borroso.
¿Nieve? ¿Caía nieve?
Escuchaba a través de mi sueño febril el tambor. Era extraño, porque el bom bom bom estaba presente mientras yo soñaba que estaba en la vieja arena de Tympaki, estaba saltando al toro… corrí con todas las fuerzas que me permitió el cuerpo, me aferré de sus cuernos y salté por encima, debió ser la vez en la cual Zakros me vio, porque estaba ahí, lo curioso es que cuando caí al piso estaba rodeado de enormes escorpiones que parecían querer atacarme.
Después todo fue negrura y silencio.
Hasta que desperté empapado en sudor, todavía con un lienzo húmedo en la frente. No tenía idea de cuánto llevaba en la cama.
Lo primero que vi, en la sencilla mesita de noche a mi lado, a parte de la palangana con agua, fue un frasco con higos con miel, el frasco tenía una cinta de seda y una nota de perfecta caligrafía donde se podía leer mi nombre "Helios", y a un lado del frasco un soldado de madera, perfectamente tallado, hecho con un detalle envidiable…
Lo sostuve entre mis dedos, sonreí, porque imaginé que tal vez ya había pasado la Navidad, y Zakros Oraios, el guerrero del octavo templo, uno de los más duros del Santuario de Atenea, se había tomado el tiempo de tallar él mismo aquel juguete para mí.
Con los años, yo mismo aprendí a tallar la madera, lo aprendí de él, aunque nunca pude hacerlo con esa destreza.
Cuando los años pasaron, las desgracias, las decepciones, yo tomé su lugar, pocas veces volví a Heraklion, sobre todo, porque ese cielo estrellado en invierno, era el más bello que yo podía recordar.
Cada año, cada Navidad, yo le había regalado a Dègel juguetes hechos de madera, a veces también lo había hecho en su cumpleaños, al final, el normando acumuló tantos, que en el thòlos de Acuario, en las habitaciones privadas, mantenía pulcramente ordenada una repisa en donde todos los juguetes descansaban.
Yo no le decía nada, y él tampoco, simplemente ponía los juguetes ahí, en su sitial de honor.
Algunas veces, cuando era invierno, y no podía dormir, recordaba a ese niño con su tambor, esa que fue la primera Navidad de mi vida, Dègel permanecía dormido en el lecho, extenuado de placer, mientras yo trataba de recordar exactamente cuál era el ritmo de ese tambor, pero lo había olvidado, no así lo que desencadenó…
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FIN
