Épico
(Epic)
Un fic de The Prime Minister
Traducción por Apolonia
Zarbon miró fríamente a la pantalla, reflexionando que era mucho más fácil ahora mirar a Atlia sin sentir el impulso de retroceder en asco. Todavía odiaba los insectos, pero contaba su bendición todos los días que se tratara de Atlia; el sujeto había sido un regalo del cielo, manteniendo los tenues fragmentos del imperio juntos en la ausencia de la figura de autoridad real. "Envía a las naves para que lleguen aquí en tres semanas," Zarbon dio instrucciones. "Una tendrá que estar equipada con lo mínimo para mí, Radditz y Vegeta y la otro sólo necesita una tropa de navegación. Esa nave la dejaremos para que los terrícolas la utilicen para construir transporte de bienes futuros que podamos necesitar."
"Muy bien. Implementaré las naves en los próximos días," Atlia respondió.
"Excelente. Entonces, ¿Nappa se está comportando?" preguntó distraído.
Atlia hizo un ruido chirriante, similar a una risa, y asintió su cabeza. "En su mayor parte. Se queda ocupada con idear planes de batalla en caso de una nueva rebelión. El hombre ama a su trabajo."
Zarbon suspiró. "Sí, esos Saiyajin son demasiado simples. Por qué, a veces pienso," comenzó, deteniéndose cuando una tremenda explosión sacudió los cimientos mismos del edificio. Tanteó provisionalmente con el nuevo sentido de búsqueda para encontrar ki que estaba empezando a desarrollar y no encontró signos de batalla. Sin decir palabra se acercó y puso fin a la señal, ni siquiera molestándose en cerrar la consola antes de saltar por la ventana y despegar en dirección del sonido. Rodeó la curvatura del edificio y vio un montón de escombros humeantes donde el edificio que albergaba la cámara de gravedad solía estar. Aterrizó y despegó hacia la estructura rápidamente, reprimiendo una mueca de fastidio cuando fue cortado por Bulma.
"¡Oh dios mío, Vegeta!" gritó ella, trepando por las ruinas, haciendo todo lo posible para correr pesados trozos de concreto y metal.
"¡Vegeta! ¿Dónde estás?" ella gritó, lágrimas comenzando a formarse en sus ojos. Miró a su alrededor frenéticamente, su rostro iluminándose cuando vio a Zarbon. "Oh, gracias a Dios," dijo. "Zarbon, ¿puedes sentir si está vivo?"
Zarbon aclaró su garganta y trepó hasta la pila para cavar a su lado. "No sé. Este sexto sentido es realmente nuevo para mí..."
"Por favor," susurró, ojos suplicantes a la vez.
Zarbon gruñó disgustado. Había decidido que ella no le caía bien, aunque sabía que la única razón por la que se sentía de esa manera era porque Vegeta tenía algún tipo de conexión extraña con ella. Sin embargo, no podía rechazar semejante cruda solicitud... "Muy bien," dijo bruscamente, cerrando sus ojos y concentrándose. Tomó un poco de tiempo, pero pronto lo sintió, débil pero presente no obstante. "Está vivo," susurró con urgencia. "Ahora sal de mi camino."
Ella lo miró, sus ojos muy abiertos, pero se deslizó por el montón para quedar de pie sobre la hierba, girándose mientras el personal salía de los edificios circundantes. "Date prisa," insistió.
"¿Qué te parece que estoy haciendo?" dijo bruscamente, usando su fuerza fenomenal para levantar los grandes trozos, rompiendo y arrojando los escombros hasta que vio una sola mano saliendo disparada. Se agachó y lo tomó, el miembro sintiéndose extrañamente frío. Tirando con todas sus fuerzas gruñó mientras el cuerpo siguió a la mano de entre los escombros, el impulso casi enviándoles a los dos al aire. Zarbon rápidamente tomó el cuerpo de Vegeta y se precipitó hacia Bulma, recostándolo a sus pies. Ella se arrodilló inmediatamente y apretó sus dedos en el cuello de Vegeta, el ceño fruncido en concentración. "Está muy vivo," murmuró antes de inclinarse y colocar su mejilla sobre sus labios. "Está respirando también."
"Entonces vamos a ponerlo en un tanque," Zarbon ordenó, sopesando el cuerpo del Saiyajin una vez más. "Rápido, ve a prepararlo."
Bulma asintió y salió corriendo, él volando tras ella. Se disparó al interior del edificio, siguiendo el pasillo curvo hasta que llegó a la habitación correcta, inmediatamente colocando a Vegeta dentro del tanque e insertando la boquilla cuando Bulma asintió. Saltó fuera del tanque y cerró la escotilla, observando con preocupación mientras el artefacto comenzaba a llenarse de líquido. "Estará bien," dijo en voz alta, más para confortarse a sí mismo que a alguien más.
Bulma asintió y se apretó contra el cristal, mirando fijamente. "Sí," susurró.
Zarbon suspiró mientras la miraba. Obviamente estaba preocupada y supo con repentina certeza que ella se quedaría en esta habitación hasta que Vegeta saliera del tanque. Ciertamente no entendía su relación. "Entonces, ¿cómo está Radditz?" se sorprendió a sí mismo al preguntar de repente.
Bulma inclinó su frente contra el vidrio, bajando sus párpados tristemente y suspirando. "No lo sé. No he hablado con él desde la fiesta de la semana pasada. He estado tratando de llamar al número de Goku varias veces, pero ChiChi siempre dice que no está. Me está evitando."
"¿Cómo lo sabes?" preguntó él, mirando mientras el líquido rodeaba por completo la cabeza de Vegeta.
"Mamá lo dijo. Él habló con ella por teléfono y le dijo que no sería capaz de verme por un tiempo," ella respondió.
"Eso debe ser duro. ¿Lo extrañas?" preguntó.
Bulma se encogió de hombros. "Sí, sí, supongo. Supongo que debería acostumbrarme a ello. Todos ustedes se irán probablemente en un par de semanas de todos modos," ella respondió tristemente.
Zarbon gruñó su acuerdo y cruzó sus brazos sobre su pecho. "¿Y qué pasa con Vegeta?" preguntó contra su mejor juicio.
Bulma hizo un sonido gruñido desde lo profundo de su garganta. "Él es un estúpido, arrogante, sobre confiado bastardo," escupió con rabia, pero pasó un dedo a lo largo del vidrio de todos modos.
"Sí," Zarbon concordó, incapaz de reprimir una risa. "De hecho lo es."
"¿Entonces por qué no quiero que se lastime?" susurró, Zarbon apenas pudo oírla. La miró de pie allí, tan triste y enojada al mismo tiempo, y se dio cuenta que su tiempo en la Tierra había sido duro para ella también. De mala gana se sintió ablandarse. De ahora en más se alejaría de sus asuntos.
"Escucha, Bulma," dijo amablemente. "Búscame cuando esté despierto, ¿de acuerdo?"
Ella asintió con solemnidad, sin apartar sus ojos de Vegeta flotando en silencio en el tanque. "Claro," murmuró.
"Gracias," Zarbon murmuró en respuesta y salió de la habitación.
Vegeta se quitó la máscara con un movimiento violento de su cabeza y esperó mientras el fluido comenzaba a drenarse. Cuando bajó lo suficiente se movió hacia adelante y abrió la escotilla, secándose con una ráfaga de ki antes de cerrar la escotilla de nuevo. La oscuridad de la habitación significaba la noche, y se fue para irse de la habitación a su cama cuando notó una figura sentada en la penumbra a sólo unos metros del tanque. Caminando, vio que era la mujer. Tenía un pequeño cuaderno frente a ella, la página abierta cubierta mayormente con fórmulas matemáticas, pero en los márgenes habían pequeños bocetos con el pico de viuda y el cabello llameante que era sin duda el suyo. Sus mechones azules extendidos en la mesa a su alrededor, suave y sedoso en la penumbra, sus ojos cerrados y sus labios separados mientras sus costillas se expandían lentamente con su aliento. Su pálido, delgado cuello estaba expuesto y su estómago se estremeció al darse cuenta que esta era su oportunidad. Podría acabar con ella ahora mismo. Acercándose envolvió su mano alrededor de la parte de atrás de su cuello, sorprendido por lo suave que la piel se sentía debajo de sus dedos. Era tan suave, de hecho, que quería tocarla más, y pasó sus nudillos a lo largo de los bultos de su columna vertebral. Sus dedos trazaron la arteria que latía fuertemente en su cuello, e incluso un punto más cálido en la tierna garganta, y sintió su mano cerrarse letalmente alrededor de su cuello una vez más. "¿Hnnnn? ¿Qué?" murmuró ella de repente, girando su cabeza a un costado para mirarlo.
Él sacó su mano como si ella fuera un animal peligroso y la miró fijamente, sin saber qué hacer. "Nada," dijo. "Apaga el tanque. Terminé."
Ella frunció el ceño, moviéndose para rascarse la parte de atrás de su cuello ausentemente. "Tú apágalo," gruñó ella. "Tú lo usaste por última vez." Gruñendo, se puso de pie y se alisó su corto vestido. La mayor parte de su muslo estaba expuesto al igual que una buena porción de su pecho, la piel viéndose suave pero su cuerpo pareciendo firme. Se preguntó cómo se sentiría tocar también esa piel, pasar sus dedos en lo profundo de la hendidura entre sus pechos, y sintió algo cálido en lo profundo de sí mismo. Sorprendido y un poco asustado empujó rudamente sus pensamientos lejos, incinerándolos en su odio. Bulma le frunció el ceño, poniendo sus manos en sus generosas caderas. "¿Qué? ¿Te molesta mirarme a los ojos?" dijo bruscamente.
La mirada de Vegeta voló de inmediato de su pecho a su rostro, su mirada cerrándose con la de ella. Esos malditos ojos azules... ¿tenía razón Zarbon? ¿Era esta la única vez que rendirse se sentía mejor que luchar? ¿Sólo dejar que esa chispeante mirada azul lo comiera entero? Sacudió su cabeza, reprendiéndose en silencio. Él era el Príncipe de los Saiyajin, ahora el Emperador. No había manera que pudiera permitirse ceder. A nada. "Sólo estaba pensando en lo descarada que eres por usar esas cosas," gruñó.
Sus cejas se levantaron. Se dio cuenta de lo que llevo puesto, fue su primer pensamiento. "¡Cállate, imbécil!" es lo que dijo, porque se dio cuenta que estaba realmente enojada por su comentario. "Puedo ponerme lo que quiera y si no te gusta te puedes ir directamente al infierno."
Él la examinó de nuevo por un minuto, enojado, como siempre, que ella estuviera discutiendo con él, pero también un poco exaltado. Sus batallas verbales con ella nunca fallaban en darle una especie perversa de alegría. Ella era, pensó, la mejor compañera de lucha que había tenido jamás. "Si fuera tu compañero..." gruñó, a punto de decir que no le permitiría ese modo de vestir, luego se dio cuenta de algo y se detuvo, sonrojándose de repente. "No me importaría lo que uses," dijo en voz baja. Avergonzado y enojado, le envió una última mirada y salió de la habitación como una fuerte tormenta.
"Qué se le metió," murmuró para sí misma. "¡Y ni siquiera cerraste la maldita escotilla!" le gritó, moviéndose y cerrándola ella misma, dejando que su mano descansara en el frío vidrio. Se encontró extrañamente sonrojada después de hablar con él, sus últimas palabras resonando en sus oídos. Su respuesta no fue la que había esperado, y la forma en que la dijo, tan tranquilamente con el más pequeño, más minúsculo trozo de algo más en el borde de su profunda y fría voz, que hizo aletear a su estómago. Oh, ¿qué pasaba con ella? Odiaba a Vegeta; él era malvado, grosero, odioso, arrogante, frío, y tantos, tantos otros adjetivos negativos, pero sus músculos ondeaban con gracia de depredador cuando se movía y el recuerdo de sus fuertes manos en su cintura estalló a la superficie de sus pensamientos y se sorprendió. ¿Entonces qué iba a hacer ahora? Aparte de luchar con él había terminado con él y su maldito asunto alienígena, y la idea la hacía sentir extrañamente vacía por dentro. Yamcha se había ido, probablemente para siempre. La última vez que lo había visto Krillin lo estaba guiando fuera de la casa. Había estado llorando como un bebé con un rostro igual de rojo, y estaba obviamente borracho, considerando la forma que Krillin lo había estado apoyando. Luego estaba el pobre Radditz, que estaba evitándola simple y ciertamente. Su ausencia le dolía más de lo que hubiera podido haber previsto. Extrañaba sus acercamientos y sus silencios, la forma protectora en la que se ponía detrás de ella. Sí, extrañaba a Radditz, porque ahora estaba estancada con Vegeta, que la molestaba sin final. ¿Con quién hablaría ahora? ¿Qué haría? Suspiró y miró por la ventana, sus ojos ampliándose mientras veía y recordaba la cámara de gravedad demolida. Eso probablemente sería su siguiente proyecto. Maldito ese Vegeta, ¡por hacerla trabajar y hacerla preocupar! Sacando sus manos del vidrio del tanque gruñó un par de maldiciones más y partió a buscar a Zarbon para decirle de la recuperación del Príncipe y luego a su padre para conseguir las especificaciones de la cámara de gravedad.
Vegeta entró a la habitación sin llamar, poniéndose detrás del hombre y quedándose allí, las piernas abiertas y las manos detrás de su cuello. "Necesito que fabriques algunas armaduras. Muchas," gruñó, sonriendo un poco mientras el hombre saltaba y se giraba, sus ojos amplios debajo de sus anteojos.
"Oh, Vegeta, hijo mío," balbuceó, bajando la máquina con la que había estado jugando. "¿Necesitas armaduras?"
Vegeta asintió. "Sí. Necesito una cantidad bastante significativa."
El Dr. Briefs rascó el costado de su nariz y suspiró. "Está bien. Creo que tenemos el proceso por ahora. ¿Cuántas piezas necesitas?"
Vegeta entrecerró los ojos, calculando. "¿Cuántos guerreros habría? Cerca de un millón," dijo, queriendo estar en el lado seguro.
El Dr. Briefs casi saltó fuera de sus zapatos. "¿Un millón? Eso va a tardar un tiempo, muchacho," dijo con incredulidad.
"No me importa. Te proveeré con el transporte. Todo lo que necesitas hacer es terminarlas tan rápido como puedas," Vegeta dijo con severidad. "Oh, y necesito que pongas esto en cada armadura," añadió, yendo a la mesa y arrancando un pedazo de papel y un lápiz de mina, dibujando un rápido bosquejo antes de entregárselo al Dr. Briefs.
"¿Qué es esto?" preguntó él, entrecerrando sus ojos a la imagen.
"La cresta real de Vejiitasei," Vegeta respondió. "Quiero eso impreso en el pecho izquierdo de cada armadura. A cambio te enviaré el pago que pidas, puedes hacer cualquier modificación al transporte que desees para hacerlo más rápido, y sigue adelante y copia el diseño mientras estás en ello. ¿Eso te proporciona impulso suficiente para completar el trabajo?"
"Claro," murmuró el Dr. Briefs. "Siempre me gusta meter mis manos en nuevas naves espaciales."
"Oh, y la cámara de gravedad necesita ser reparada," añadió Vegeta, empezando a salir de la habitación.
"¿Qué? ¿Qué le pasó?" el Dr. Briefs preguntó con horror.
"Explotó. Era demasiado débil para soportar mi poder," Vegeta dijo con frialdad.
El Dr. Briefs suspiró. "Bueno, yo no tengo el tiempo si voy a hacer esto," dijo. "Ve a preguntarle a Bulma."
"No voy a hablar con esa estúpida, horrenda hija tuya," soltó Vegeta.
"Bueno, entonces no deberías ser tan duro con las cosas, incluyendo a mi hija, ¿no?" El Dr. Briefs dijo con calma. "Ella es tan buena como yo y algún día será mejor, así que te aconsejo que te lleves bien con ella si alguna vez piensas en tener tratos futuros con nuestra empresa."
Vegeta escupió con asco. "No me importa. Sólo termina la armadura lo antes posible," gruñó, y abandonó la habitación.
El Dr. Briefs suspiró y lo vio irse. "Pobre hombre," murmuró y se puso a trabajar.
Bulma estaba corriendo al laboratorio de su padre, mirando por la ventana a la pila de escombros yaciendo bajo el cielo nocturno y humeando por todo el trabajo que Vegeta estaba haciendo por ella. Estaba tan consumida en sus pensamientos que no estaba mirando hacia donde estaba yendo y se tropezó con algo duro y sólido. Levantó sus manos, sorprendida cuando encontraron cálida y suave carne. Un ruido de sorpresa escapó de su garganta y alzó la vista, su rostro coloreándose cuando encontró los insondables ojos negros. Dejó caer sus manos lentamente, algo en su estómago retorciéndose involuntariamente cuando sus dedos en retirada rozaban accidentalmente sus duros pezones. Pensó por un momento que sintió su cuerpo estremecerse levemente y bajó la vista a sus duros abdominales, queriendo tocar esos también, y cuando bajó la mirada de nuevo sus ojos estaban enterrados una vez más en su escote. "Oh, vamos," dijo enojada. "Tengo ojos, sabes."
"Odio tus ojos," murmuró, mirando de nuevo a su rostro.
"Cállate y sal de mi camino. Voy a ver a mi padre," soltó, tratando de moverse a su alrededor.
Él se puso en su camino y ella se enfrentó una vez más con su musculoso cuello y hombros. "Te estaba buscando," dijo.
"¿Qué? ¿Qué podrías querer de mí?" gruñó ella, todavía tratando de moverse a su alrededor.
Él la agarró bruscamente por los hombros y la obligó a pararse frente a él, mirándola. "Necesito que arregles la cámara de gravedad," dijo, una extraña luz en sus ojos. "Necesito que la hagas funcionar incluso mejor que antes. Haz que resista hasta 300Gs."
Ella se apartó de él. "¿300Gs? Eso es una locura. ¡Nadie podría sobrevivir a eso!"
Él le sonrió, su cincelada boca torciéndose con la expresión. "¿Crees que no? Cuando hice estallar la cámara de gravedad estaba empujado cien," dijo burlonamente.
Ella frunció el ceño. "No me importa", soltó. "¿Cuál es mi motivación? ¿Qué hay para mí?"
Él ladeó su cabeza, considerando. "Te dejaré en paz," dijo. "No me escucharás o me verás por la duración de mi estadía."
Un repentino miedo se apoderó de ella. "¡No!" gritó, extendiendo su mano y agarrando su grueso antebrazo. Bajó la vista a su mano y se sonrojó, pero no lo soltó. "Eso no es aceptable, Vegeta," dijo con más calma. "Tan enfermo como suena, tú eres la única compañía que me queda. Has alejado efectivamente a todos los demás y ahora estoy completamente sola."
"Estás sola porque eres una perra insufrible, no por nada que yo haya hecho," él se burló.
La mandíbula de Bulma comenzó a temblar. Tal vez él tenía razón, tal vez ella había alejado a Radditz y a Yamcha con su comportamiento. Ahora ella, que siempre había estado rodeada de admiradores, estaba sola, y la idea la golpeó con tal fuerza que su repentina soledad rompió su corazón. Lágrimas comenzaron a caer de sus ojos, y se alejó de él en vergüenza, haciendo todo lo posible para suprimir sus sollozos.
"¿Qué?" él preguntó con sorpresa. "¿Qué está pasando?"
"Sólo vete, Vegeta," ella gruñó. "Eres un bastardo. No puedo creer que eres todo lo que me queda."
Él se encontró paralizado, mirando en silencio mientras su cuerpo se sacudía con lágrimas y trataba en vano de cubrir su rostro.
Ella giró sus enrojecidos ojos hacia él. "¿Qué? ¿Te gusta verme llorar?" sollozó. "¿Por qué siempre tienes que ser tan malo? ¿Te gusta ver mi debilidad?"
Bueno, él lo había hecho. La había hecho llorar. Lo había intentado tantas veces antes y nunca había tenido éxito, y de repente, escuchando su comentario, se dio cuenta que ella se preocupaba por parecer fuerte tanto como él. Ella también odiaba la debilidad- ¿por eso se habían arruinado las cosas entre ella y el hombre con cicatrices? ¿Entre ella y Radditz? De repente no quería que estuviera llorando. No quería ser la razón por la que ella estaba llorando. No tenía ni idea de qué hacer, así que sólo tomó el brazo que ella había estado agarrando y lo extendió, agarrando su muñeca y sosteniéndola ligeramente.
Ella trató de recuperar su brazo para cubrir su rostro, pero él luchó contra ella y triunfó. Ella se giró de él, enojada y lastimada, y vio una extraña expresión en su rostro. Su ceño fruncido todavía estaba allí, pero estaba más frustrado que enojado y el conjunto de sus anchos hombros sugería impotencia en lugar de indiferencia. Sin pensarlo se arrojó contra su cálido pecho, sollozando mientras envolvía sus brazos alrededor de su masiva espalda y se aferraba a él. El cuerpo de él se puso rígido bajo su tacto, pero ella sintió una mano tocarla suavemente en la espalda, la otra levantándose y juntando el cabello de su rostro. Enterró su rostro más profundo en su cuello y lloró toda su soledad y dolor, expresando todo el estrés escondido que la había plagado desde el mismo primer momento que había encontrado a Radditz. Colgando de él como si él fuera su único salvador de ahogarse sollozó, el temblor de su cuerpo finalmente se volvió menor y menor hasta que estuvo consciente de nuevo de su figura en su abrazo.
Él esperó unos momentos, sus manos sin tocarla pero cerniéndose. No sabía cómo manejar esto. No quería manejar esto, pero tampoco quería que llorara. El hecho de que no quería que llorara lo frustraba, pero no había nada que pudiera hacer al respecto. "¿Terminaste?" preguntó, el tono duro pero inseguro al mismo tiempo.
Ella estiró una mano y limpió sus ojos, todavía manteniendo la otra pegada a su hombro. "Casi," susurró, inclinando su cabeza en su hombro e inhalando profundamente su aroma. "Gracias."
Se quedaron allí en silencio por algún tiempo, ella agarrada a él y él tratando de no tocarla al mismo tiempo. Él estaba empezando a no poder manejar toda su suave piel y firmes curvas presionadas contra él. "Sabes, nunca te agradecí por los bailes," dijo ella tranquilamente, sin alzar la vista. "Eres un maravilloso bailarín y nunca llegué a decirte lo mucho que me divertí."
"Lo sé," dijo él con brusquedad.
Ella suspiró y se separó, limpiando sus ojos y nariz. "Oh por dios, mojé todo tu hombro," dijo, avergonzada. "Lo siento."
"Es sólo agua," dijo con un resoplido antes de fijarla con esos oscuros y ardientes ojos.
"Gracias," murmuró ella, incómoda. "Lo siento por todo esto. Generalmente no me gusta llorar frente a la gente. En realidad, no me gustó esta vez, tampoco."
"Tienes demasiado orgullo," dijo él con severidad.
Para su sorpresa ella realmente sonrió, sus ojos iluminándose brevemente. "Hipócrita," murmuró ella, sacudiendo su cabeza. "Está bien, está bien, arreglaré tu maldita habitación gratis. Sólo no te vayas a ninguna parte, ¿de acuerdo?"
Él la miró por unos instantes, reflexionando sobre ello. "Muy bien", concordó.
Ella sonrió más ampliamente y de repente lo abrazó, presionando su mejilla contra la de él. "Sabes, a veces eres dulce," susurró, luego corrió por el pasillo.
Él se giró y miró tras ella, sus dedos yendo al lugar donde su suave mejilla había acariciado la suya, la sensación de ella presionada contra él todavía impresa sobre su cuerpo. "No lo entiendo," se quejó para sí mismo, luego se movió hacia su habitación para tomar una ducha y dormir toda la noche.
Vegeta había intentado dormir sin éxito. Su ducha se había sentido maravillosa y la cama tenía la firmeza justa, pero aún así se giró y dio vueltas, enredándose en las sábanas. Disgustado, se quitó las sábanas y se tumbó de espaldas, las manos detrás de su cabeza, y miró fijamente hacia la oscuridad mientras dejaba el aire de la noche intentando enfriar su desnudo cuerpo. Luego su estómago rugió, un profundo sonido de rasgar y los agudos dolores del hambre desgarrando sus entrañas. Suspiró, levantándose de la cama y yendo al cajón donde guardaba las tontas cosas de ropa interior. Era tarde y no creía que fuera a encontrar a nadie, pero no le apetecía ser mirado ya que sabía que lo sería si hacía otra aparición desnuda. Encontró un par verde oscuro y se los puso con un gruñido, bajando la vista y sacudiendo su cabeza. No sabía para qué servían- los que compró la mujer de pelo azul eran tan estrechos como su traje, incluso a pesar que se veían como una clase de pantalones cortos. Encogiéndose de hombros, su estómago rugió de nuevo y él gruñó, frunciendo el ceño con más fiereza mientras abría la puerta de su habitación y se dirigía hacia la cocina.
Una mirada al reloj de pared le dijo exactamente lo tarde que era, y sin embargo cuando se acercó a la cocina sus sensibles oídos tomaron leves ruidos viniendo de la habitación. Se deslizó por la pared, queriendo ver quien era para poder elegir su curso de acción desde el principio, y asomó su cabeza en la habitación. Pavor lo llenó mientras veía a la mujer buscando distraída en los armarios y el refrigerador. Parecía elegir un poco de esto y un poco de aquello, poniendo todo en un plato sobre el mostrador. Estaba tarareando muy suavemente una pequeña melodía para sí misma, pero él no pudo identificarla y realmente no le importaba qué era. Maldita sea, ella estaba en la cocina y él ciertamente no quería estar. Él estaba en su habitual humor de exigir soledad, una condición a la que ella definitivamente no contribuiría. Inclinándose contra la pared donde estaba seguro que ella no lo veía cruzó sus brazos sobre su pecho y esperó, sus oscuros ojos siguiendo cada movimiento de ella.
Ella sólo estaba usando un par de ropa interior y una camiseta sin mangas que se aferraba a ella y revelaba su ombligo. Su cuerpo se movía con gracia alrededor de la cocina mientras juntaba cositas, su brillante cabello rebotaba con sus pasos. "No lo entiendo, Bulma," la escuchó murmurar para sí misma. "Nunca tienes este hambre y especialmente no por la noche. Sin embargo aquí estás, construyendo un bocadillo de proporciones épicas. Los Saiyajin deben estar contagiándote," rió suavemente. Juntó toda su comida y la llevó a la mesa, enfrentándolo mientras caminaba.
Sabía que no debía estar espiándola y que ni ella ni Zarbon lo aprobarían, incluso a pesar que a él no le importaban sus opiniones sobre el tema, y se encogió en las sombras aún más. Observó su cabeza caer y levantarse mientras se inclinaba para poner comida en su boca y la levantaba de nuevo para masticar, mirando a su alrededor con una expresión semi aburrida en su rostro. De repente se le ocurrió cómo podía entretenerla, y la sangre se precipitó en sus mejillas. Sería tan fácil sólo lanzarse allí y rasgar sus ropas, y luego él podría hacer lo que quisiera. Sus dientes se apretaron ante la idea y sintió un extraño fuego arder en su vientre. No, Bulma odiaba la violencia. Ese extraño vídeo era todo lo que había visto del sexo alguna vez, y le pareció terriblemente violento para él. Siguió mirándola, dándose cuenta mientras lo hacía que ella de hecho debía ser hermosa, si la comparación con las otras mujeres de la Tierra era indicación alguna. Era mucho más voluptuosa que esa arpía de la esposa de Kakarotto, eso era seguro. Mientras dejaba vagar su mente extraños pensamientos comenzaron a entrar en su consciencia. Pobre Yamcha... no entendía... Radditz... extraño... buen chico... una lástima... lo extraño, él se preocupaba... Sus ojos se ampliaron en horror y se presionó contra la pared. No, estaba equivocado. No había manera que pudiera estar recogiendo señales de pensamiento de ella. La única forma en la que podría hacer eso era si... no, simplemente no había manera posible y ese era el final de la historia. Repentinamente incómodo, decidió que encontraría otro lugar para comer. Tal vez iría a cazar; no había hecho eso en mucho tiempo. El aire fresco le haría bien. Usando las sombras como una manta se escabullo de la cocina e hizo su camino hacia una ventana abierta que vio. Apoyado en la ventana miró hacia atrás al pasillo una vez más, viendo la leve luz de la puerta de la cocina, y sacudió su cabeza. Zarbon tenía razón. Ella lo estaba distrayendo de sus deberes. Se irían en pocas semanas, y luego no importaría. Tomaría el consejo de Zarbon y la evitaría hasta entonces, y tal vez esta extraña y incómoda sensación en su cabeza y pecho simplemente desaparecería.
