Épico

(Epic)

Un fic de The Prime Minister

Traducción por Apolonia


La semana que intervinieron había pasado con toda tranquilidad. Zarbon pellizcó sus dedos hasta el puente de su nariz e inclinó un poco su cabeza, cerrando sus ojos mientras permanecía de pie delante de la ventana. Arlia se alzaba en la lejanía, la superficie del planeta rojizo viéndose aún más seca y agrietada desde el espacio. Suspiró y abrió sus ojos, concentrándose en su reflejo en el cristal, y rápidamente se metió mechones de cabellos perdidos en su lugar. "¿Estás listo?" preguntó una voz baja desde su espalda, y sus ojos se posaron en la persona reflejada por encima de su hombro.

"Como siempre, mi señor," Zarbon dijo, y se volvió a mirar a los oscuros ojos con frialdad. Sí, las semanas habían pasado tan pacíficamente como cabría esperar. Vegeta sólo era extremadamente irritante cuando llamaba a la puerta de las cámaras de Zarbon en el medio de la noche, con ganas de entrenar. La habitación y las salas de entrenamiento eran los únicos lugares que el príncipe parecía querer habitar, lo que había dejado a Zarbon hacer todo el trabajo del Emperador. Suspiró- entregaba a Vegeta demasiado, como si hubiera consentido a un hermano pequeño. Además, Vegeta había estado privado de verdadera compañía toda su vida, y le hacía bien estar con su nueva esposa. Por qué, siquiera podía recordar cómo se sentía, a pesar de haber sido hace tanto tiempo... empujó el pensamiento lejos y dejó a la más mínima sonrisa curvarse en sus labios. "¿Estás listo, señor?" susurró.

Vegeta levantó una ceja. "¿Importa?" respondió con inusual amargura, el calor de su voz desapareció durante unos instantes. "Estaba listo desde el momento que supe la verdad de la destrucción de mi planeta natal."

Zarbon asintió y miró fijamente al rostro de Vegeta, las facciones grabadas con madurez. Este niño Saiyajin se había convertido en un hombre en algún lugar a lo largo del tiempo. Sabía que presumía demasiado, pero estiró su mano de igual forma y puso su gran mano en el hombro de Vegeta. "Lo sé. Creo en ti y ganaremos esto. Sólo quiero asegurarme de que recuerdes que no estás solo. Bulma y yo nos preocupamos por ti, y no tiene nada que ver con el hecho de que eres un Emperador."

Vegeta sólo le devolvió la mirada con inexpresivos ojos negros, su cuerpo de repente inmóvil bajo el tacto de Zarbon.

Zarbon sonrió incómodo, inseguro de qué significaba la reacción de Vegeta. "Bien. Bueno, entonces, su majestad, ¿vamos a sus habitaciones por su atuendo de llegada?"

Una pequeña sonrisa destelló brevemente sobre las afiladas facciones de Vegeta. "Si debemos. Detesto la armadura ceremonial," gruñó.

Zarbon exageró su suspiro y rodó sus ojos. "Jeh. Como si esa esposa tuya te dejara usar algo por más de unos momentos," dijo con sequedad.

Vegeta realmente soltó una risa. "Eso es obvio, ¿eh?" murmuró.

Zarbon alzó una ceja y tomó su posición detrás del hombro de Vegeta. "Será mejor que nos movamos, señor," empujó, siguiendo a Vegeta mientras suspiraba, sacudía su cabeza, y se movía por el pasillo hacia sus compartimentos.


Bulma se posicionó al lado de Vegeta mientras todos se alineaban para desembarcar, la nave temblando ligeramente mientras las escotillas comenzaban a abrirse. Miró a su esposo con aprensión, un poco incómoda por su expresión de granito. Le parecía como si apenas parpadeara. ¡Si tan sólo ella pudiera estar tan tranquila! Suspiró y se ajustó su propio vestido, levantando sus brazos rápidamente para ver si sus pendientes estaban en su lugar.

"Detén tu inquietud, mujer," Vegeta siseó entre dientes.

Ella le arrojó una mirada furiosa, luego se suavizó mientras echaba un vistazo de él. Llevaba un traje negro y su armadura estaba adornada con oro sobre el estómago y las charreteras, con el símbolo de la Casa de Vejiitasei en su pecho. Los pliegues de su pesada capa casi cayendo al suelo y no pudo evitar sino sentir lo impresionante que se veía. La incertidumbre que sintió sobre su nuevo estado de apariencias de repente saltó a la superficie y frunció el ceño con inquietud.

"No seas tonta," le dijo, sus interminables ojos negros deslizándose brevemente para reunirse con los de ella.

"No lo soy," protestó, molesta que él pareciera recoger cada pensamiento de su cabeza. "¿No estás nervioso en lo más mínimo? ¡Y ya sabes que te escucharán! ¿Qué si no les agrado?" susurró, inclinándose hacia él para que nadie oyera.

"No, sólo un idiota estaría nervioso," dijo, su ceño fruncido profundizándose casi imperceptiblemente. "Oh, bueno, entonces por supuesto que estarás nerviosa."

"¿Qué?" jadeó ella. "¡Cómo te atreves!"

"Bulma," interrumpió bruscamente. "¿Todavía estás nerviosa?"

"No, estoy enojada," dijo ella, cruzando sus brazos sobre su pecho.

"Entonces funcionó," susurró, y deslizó su cola alrededor de su cintura. Ella se sonrojó y dejó su mano rozar suavemente la piel marrón, mirándolo brevemente para ver su reacción. Él se estremeció ligeramente y la esquina de su boca se levantó, pero siguió mirando al frente.

"Prepárense," Zarbon dijo desde el otro hombro de Vegeta. La escotilla gruñó como si se estuviera abriendo por sí misma, y de repente la luz del día se vertió en la nave. "Y vayan," Zarbon susurró, y Vegeta salió de su nave, su señora en su brazo.

Los dedos de Bulma se apretaron en el antebrazo enguantado de Vegeta, apretando sus dientes mientras pegaba una sonrisa en su rostro y parpadeaba a la súbita luz. "¡Salve el Emperador Vegeta!" Zarbon gritó, su clara voz moviéndose sobre las cabezas de la enorme multitud reunida. "¡Salve al Emperador Vegeta y su nueva Emperatriz!"

Shockeadas exclamaciones recorrieron la multitud y Bulma sintió todos los ojos en ella, Vegeta de repente siendo lo único que la sostenía derecha mientras descendían por la rampa. La condujo hacia una alfombra roja puesta en el suelo y tan pronto como sus pies con botas blancas tocaron la superficie del planeta un enorme grito de alegría erosionó de todos los reunidos. Los ojos de Bulma se ampliaron y miró a Vegeta, su rostro pálido.

¿Qué? ¿Todavía molesta? lo escuchó decir en su cabeza.

"¿Si pienso hacia ti puedes oírme?" susurró, sus labios sin moverse.

Por supuesto. Tu diminuta mente humana no tiene defensas telepáticas en lo absoluto.

Bueno, entonces, pensó en respuesta hacia él, esperando que realmente pudiera oírla. Es sólo que realmente odio a los insectos. No me dijiste que veníamos a un planeta poblado por insectos gigantes.

¿Y si lo hubiera hecho aún hubieras venido conmigo? le preguntó.

Ella se giró para mirarlo, una genuina sonrisa agraciando sus labios por un momento. Por supuesto.

Él la miró con una ceja levantada y la observó por varios momentos antes que una pequeña risa se escapara de él. Cerró sus ojos y sacudió su cabeza brevemente para sí mismo, luego le indicó con su nariz para dirigir su atención al final de la alfombra. Al final de la alfombra estaba uno de los hombres más grandes que había visto alguna vez en toda su vida, su boca hacia abajo en las esquinas debajo de su fino bigote. Sus duros, oscuros ojos mirándola amenazadoramente, su mirada moviéndose sobre ella para detenerse abruptamente en donde la cola de Vegeta estaba envuelta sobre su cintura. Shock se movió abiertamente sobre su rostro, su carnosa mandíbula funcionando pero sin pronunciar palabra alguna. Ella sintió el cuerpo de Vegeta apretarse y dio una palmadita a su mano una vez. "Nappa", dijo Vegeta, casi escupiendo las palabras mientras se detenían frente al gran hombre. "Ha pasado un buen tiempo."

"Sí, mi señor," respondió el gran hombre con una profunda reverencia. "¿Esta es su Emperatriz?"

Vegeta lanzó a Bulma una mirada distante. "Sí, esta es mi esposa, Bulma."

La frente del hombre calvo se arrojó como si estuviera disgustado. "¿E-esposa? ¿Te casaste con ella?"

"Por supuesto," respondió Vegeta. "Era el único camino para mí."

"Dile a todo el universo, por qué no lo haces," gruñó Bulma, pellizcando el brazo de Vegeta tan fuerte como pudo.

Vegeta no mostró señal alguna de dolor por su ataque. "Espero escuchar tu informe completo más tarde esta noche," le dijo a Nappa. Se giró hacia el gran y violáceo bicho de pie junto a Nappa. "Atlia, ¿cómo te trata este día?"

El insecto se reverenció, sosteniendo su faja en su lugar con una mano segmentada. "Me encuentro bien, señor. Emperatriz, es mi profundo placer el conocerla. Sabíamos cuando llegarían, pero no sabíamos que sería usted de una belleza tan increíble," soltó Atlia.

Bulma se sonrojó. Tal vez los insectos no eran tan malos, después de todo. "Por qué, gracias, Atlia," murmuró, mentalmente sacándole su lengua a Vegeta. "Estoy encantada de conocerte también."

"Y es misericordiosa en espíritu además," dijo el Arliano con un asentimiento de su cabeza. "Será una buena emperatriz."

"Ese es mi deseo," Vegeta dijo secamente, mirando a Bulma con una ilegible expresión. "¿Confío que le enseñarás personalmente a manejar el Imperio?"

Los ojos sin pupila de Atlia se quedaron en Vegeta por un largo momento. "Por supuesto, señor, será un placer," contestó.

Las mejillas de Bulma se colorearon de nuevo. "Creo que hiciste un excelente trabajo en elegir al administrador superior, Vegeta," dijo, asintiendo a Atlia.

Una pequeña sonrisa se deslizó por el rostro de Vegeta. "En eso, también, no tuve otra opción disponible", dijo con frialdad.

"¿Señor? ¿Hay algo más?" Zarbon interrumpió, girando para mirar a Radditz y Nappa, que se estaban mirando entre sí, sus colas erizadas.

Vegeta siguió la mirada de Zarbon. "Supongo que no. Podemos empezar de inmediato. Atlia, haz que tu compañera le muestre a la Emperatriz la ciudad. Dado que esto seguirá siendo nuestra base principal de operación debe estar familiarizada con ella," ordenó.

Los dedos de Bulma se aferraron con más vehemencia a su antebrazo enguantado. "¿Qué?" siseó suavemente. "¿Ya me estás dejando?"

Vegeta le frunció el ceño, torciendo su brazo bruscamente fuera de su agarre. "Tengo mejores cosas que hacer que cuidar de ti, mujer," gruñó en respuesta. "Atlia, llévala."

"Sí, señor," el Arliano dijo con una reverencia, suavemente tomando a Bulma del brazo y escoltándola lejos. Ella giró su cabeza por un momento, azules ojos llenos de lágrimas por un segundo antes que su mirada cambiara de corazón roto a homicida.

"Estarás en problemas más tarde," Zarbon comentó secamente a Vegeta.

"¿Qué podía hacerme ella?" dijo con un resoplido.

Zarbon sonrió a pesar de sí mismo. "No es lo que hará, sino lo que no hará. Nunca subestimes el poder de una mujer," dijo con una risita.

"Lo que sea," Vegeta gruñó y se alejó hacia el palacio.

Nappa miró a Zarbon y a Vegeta caminar antes de girarse a Radditz con ojos acusadores. "¿Qué pasó durante el último año? ¿Qué es esta locura con la hembra de la Tierra?"

"Vegeta se casó con ella, Nappa. No hay nada más que saber que eso," respondió Radditz, pellizcando sus dedos en el puente de su nariz como una imitación inconsciente de ChiChi.

"¿Es cierto?" Nappa exigió, agarrando a Radditz por el borde de su armadura.

"No tienes derecho a exigir eso," Radditz gruñó.

"Como tu comandante tengo todo el derecho," Nappa espetó.

Radditz apartó la mano del hombre más grande. "En caso que no lo hayas notado, las cosas han cambiado. Sabes que encontramos a Kakarotto. Él es apenas menos fuerte que el mismo Príncipe. Soy su hermano y pasamos la mayor parte del último medio año entrenando. Todavía podrás ser mi comandante, Nappa, pero soy más fuerte de lo que tú eres ahora y no tengo nada que temer."

"Deberías tener miedo incluso si eres más fuerte, cosa que dudo. Soy un élite, Radditz. Incluso si estamos en un nivel todavía tengo décadas de experiencia más que tú. Yo me cuidaría la boca- sabes que nos volvemos más fuertes después de lesiones graves, y no hay herida más seria que la muerte. Yo diría que probablemente soy mucho más fuerte de lo que tu recuerdas, soldado," siseó Nappa.

Radditz se encogió de hombros. "Bueno, ninguno de nosotros es tan fuerte como el Príncipe, y sin embargo es nuestro deber protegerlo y servirle. Ve por tu trabajo y yo veré por el mío."

Nappa angostó sus ojos y cruzó sus brazos sobre su pecho. "De acuerdo," refunfuñó. "Ahora informa a la cámara del trono tu asignación de deber."

Radditz asintió una vez y comenzó a alejarse cuando se detuvo de repente, su cabeza girando lentamente de lado a lado. "Uh, Comandante," dijo, su voz apagándose en el viento polvoriento.

Nappa frunció el ceño y siguió marchando. Se había olvidado que Radditz nunca había visto la capital antes, mucho menos navegado por ella. "Sígueme," ordenó, y ambos despegaron.


Ella estuvo de pie en el balcón, sus manos apoyadas suavemente en la barandilla de piedra mientras miraba sobre la ciudad. El resto de la luz de sol se filtraba por las espesas nubes de la polvorienta atmósfera y teñía a todo de rojo, haciendo a la pálida piedra de los edificios alrededor parecer como si hubieran estado sangrando. La carne debajo de sus ojos se apretó y se dio cuenta que estaba presionando sus labios juntos, conociendo bien la expresión de insatisfacción que debía estar en su rostro. Escuchó una puerta abrirse y cerrarse fuertemente en la habitación detrás de ella, pero sólo miró sobre su hombro para ver si realmente podía mirar en la habitación a oscuras detrás de las gruesas cortinas. Nada era visible y giró su mirada de nuevo a la ciudad, mentalmente reemplazando el árido y monótono paisaje con el agua y vegetación de la Tierra. ¿Por qué la había traído a un lugar tan desolado?

"¿Te dio Atlia un buen recorrido?" una profunda voz dijo detrás de ella.

"Sí. Es muy amable," murmuró con voz apagada, sin apartar la mirada de la ciudad.

Un gruñido se liberó y lo sintió más que verlo de pie detrás de ella. Estaba allí de pie, respirando tranquilamente, por largos momentos antes que finalmente se girara hacia ella, apoyando su espalda contra la barandilla. "Sabes que nos tendremos que casar de nuevo," dijo tranquilamente, mirándola fijo con ojos tan negros e ineludibles como el alquitrán. "Todo el Imperio lo espera."

"Fue bastante difícil casarse contigo una vez," dijo con tristeza, alejando su mirada de la de él. "¿No te gustaría vivir alguna vez en algún lugar que tenga diferentes colores?" preguntó con enojo, señalando a la ciudad monocromática con una delgada y pálida mano.

Vegeta se encogió de hombros. "Este es el único color que necesito," dijo, sus ojos centrándose en los edificios, ahora teñidos en un rojo incluso más oscuro por la luz oculta del sol.

"No me gusta aquí," dijo suavemente, su mentón cayendo sobre su pecho.

"No te pedí que lo hicieras," respondió bruscamente, su ceño fruncido profundizándose. Ella cerró sus ojos fuertemente y suspiró. "Sólo has estado aquí un día," dijo con más paciencia.

"No me importa. Quiero ir a casa. Quiero estar con personas que se preocupan por mí."

"Tonterías. Comenzará a gustarte el espacio una vez que dejes de actuar como una niña mimada."

"¿Te pedí que dejaras todo lo que conocías y amabas?" espetó, sus ojos destellando mientras su cabeza se levantaba. Él angostó sus ojos y abrió su boca para responder pero ella lo paró en seco. "Oh, espera, ¡tú no amas nada ni a nadie y piensas que ya conoces todo!"

"¿Cuál es tu problema, mujer?" gruñó, mirándola fijamente.

"Acabamos de llegar, Vegeta. Hemos estado casados sólo por unas semanas, ¡y sin embargo al segundo que tocamos tierra me abandonas! ¡Estoy en un lugar que nunca he estado con una especie que no conozco y tú nunca te detuviste un segundo a pensar cómo podría necesitarte o quererte conmigo en un momento como éste!"

"Ahora escucha aquí," comenzó él, girando sus manos en puños.

"¡Cállate!" gritó ella, bajando su mano a la piedra. Hubo un chasquido audible y ella gritó, de repente acunando su mano. Lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. "Vine aquí por ti, Vegeta," graznó ella, su pecho comenzando a agitarse. "Quería estar contigo, ¿pero cómo sé que sientes lo mismo? ¿Cómo sé que eres digno de todo lo que he renunciado para estar contigo?"

Él la miró por largos momentos, sus ojos ocasionalmente parpadeando a onde ella agarraba su mano herida. De repente se acercó y tomó su mano con sorprendente suavidad, sondeando suavemente con sus pulgares y dedos. "No se rompió nada," dijo, su voz suave pero aún ronca. "Tienes suerte."

"Heh," dijo con un resoplido, comenzando a sacudir su cabeza y a alejarse.

Él apretó su agarre, su otra mano alzándose a su mejilla y sosteniéndola en posición para que ella estuviera obligada a mirarlo. "Escúchame, Bulma," dijo. "¿Cómo sabes que yo no he pensado en lo mismo? ¿Cómo sabes que tú vales a todo lo que yo he renunciado?"

Ella estaba llorando en serio. "¿A qué has renunciado tú, Vegeta?" sollozó. "¿Que podría querer ese frío corazón tuyo?"

"Renuncié a la dignidad Saiyajin por ti, mujer," dijo con brusquedad. "Renuncié a la lealtad incondicional de uno de los únicos soldados que quedan de mi raza. Renuncié a un largo y productivo reinado. Renuncié a mucho."

Su boca se abrió en protesta pero rozó contra tela en lugar de aire. Se dio cuenta con sorpresa que él la había empujado hacia él y ahora la abrazaba, una mano moviéndose de arriba a abajo por su espalda. Era casi tranquilizador. "Han pasado tantas cosas," dijo con un poco de hipo.

Sintió su pecho vibrar mientras su risa retumbaba dentro de él. "Sí, ha sucedido mucho," estuvo de acuerdo, y la alejó de él. Cerró sus ojos y se inclinó hacia ella, tomando su boca en un beso. "Sé cómo hacer que esa mano duela," le susurró al oído, su lengua siguiendo sus palabras al lamer el lóbulo de su oreja.

Ella asintió y suspiró, cerrando sus ojos y apoyándose en él.


Un grito escapó de su garganta y su cuerpo se sacudió con un gran espasmo antes de que colapsara sobre su pecho desnudo, sus ojos cerrados mientras luchaba por aire contra su sudoroso cuello. Podía sentir el golpeteo de su corazón debajo de sus palmas, su aliento grueso en su garganta mientras sus espesos brazos se enroscaban a su alrededor y presionaban su cuerpo más cerca al suyo. Se quedó allí por un rato sobre su pecho hasta que sus jadeos disminuyeron, sus músculos sintiéndose relajados y cómodos mientras la débil luz del sol comenzaba a filtrarse a través de las pesadas cortinas de gasa de la amplia habitación. Con un suspiro se levantó, todavía a horcajadas de él, y miró a su cuerpo, perfecto y esculpido debajo de ella. Él dejó sus manos caer al colchón a sus lados y sus negros ojos se abrieron lentamente para mirarla. Una sonrisa iluminó su rostro como el amanecer. "Buenos días, mi hermoso príncipe," dijo alegremente, pasando sus dedos a través de sus tensos pectorales.

"Mmmm," respondió él, cerrando sus ojos de nuevo y arqueando su columna en respuesta a su tacto. Su sonrisa tomó un cariz malvado y dejó sus manos explorar su pecho, jugando con su piel. Él extendió su mano y tomó su muñeca, poniéndola detrás de su espalda y fijándola allí. Ella se rió y fingió luchar mientras él tomaba su otro brazo y lo ponía con el otro. Sin abrir sus ojos se sentó y enterró su cabeza en su pecho y ella jadeó mientras él comenzaba a moverse debajo de ella una vez más. Ella cerró sus ojos de nuevo y se deleitó en la cálida sensación de su boca sobre su piel, su deseo comenzando a crecer de nuevo mientras él aceleraba su ritmo, cuando de repente un golpe sonó en la puerta. Ella arrancó sus manos de su suave agarre y miró en horror mientras la puerta comenzaba a oscilar hacia el interior. Vegeta apenas rió y plantó sus manos en sus caderas, sosteniéndola contra él mientras seguía con sus movimientos.

"¡Vegeta!" siseó enojada, tratando de zafarse de él y mirando a la puerta al mismo tiempo.

Él confrontó su ira con una sonrisa burlona. "¿Qué? ¿Tienes algo que ocultar?" se rió.

Un sonrojo tiñó sus mejillas y cuello, extendiéndose todo el camino por su pecho. "¡Es inapropiado!" protestó ella.

Una cruel sonrisa atravesó su rostro. "Yo soy el Emperador. Yo decido qué es inapropiado o no," dijo con calma, recuperando su ritmo.

Ella jadeó a pesar de sí misma, curvando su cuerpo hacia él y apoyando su frente en su hombro. "Por favor, sé razonable," rogó débilmente, encontrando más y más difícil mantener su concentración.

"¿Es éste un mal momento?" escuchó la voz de Zarbon decir desde la puerta. Ella miró y vio que aunque él había desenganchado la puerta no la había abierto del todo, todavía concediéndoles privacidad visual, aunque no auditiva.

Vegeta se inclinó un poco hacia atrás, la sonrisa todavía en sus labios mientras miraba a la puerta. "Sólo si no quieres mirar," respondió. Bulma frunció el ceño enojada y enterró sus caderas contra las suyas, una triunfal pequeña sonrisa extendiéndose sobre su rostro mientras él tomaba un profundo respiro y cerraba sus ojos por un momento.

"Esperaré aquí, entonces. Tomen su tiempo," Zarbon respondió desde el otro lado de la pesada puerta. "Sólo quería recordarte que no tienes tiempo para quedarte mucho en la cama."

Vegeta jadeó de nuevo mientras Bulma se retorcía sobre él. "Unos minutos más," le dijo a Zarbon, su voz ronca. Se estremeció debajo de ella y se dejó caer en los almohadones, sus ojos fijos en él en fascinación mientras sus músculos se contraían y relajaban con sus espasmos.

"Aw, me derrotaste," hizo un mohín, poniendo sus manos en su ondulante estómago. De repente sus ojos se abrieron y se giró, de repente presionándola de nuevo en el colchón y redoblando sus esfuerzos.

"Vuelve en quince minutos," Vegeta ordenó a Zarbon rudamente, y Bulma sólo fue vagamente consciente del molesto murmullo de Zarbon mientras la puerta se cerraba.


"No tienes tiempo para ese tipo de cosas", dijo Zarbon con un ceño fruncido después de que Bulma se metiera en el baño.

Vegeta terminó de ponerse su pantalón y se giró para fijar su oscura mirada a su ayudante. "No es asunto tuyo," dijo con severidad.

Zarbon suspiró y sacudió su cabeza. "Por enésima vez lo es, Vegeta. Necesitas restablecer lazos con tu propio imperio ahora, no jugar. ¿No me contrataste para que te ayudara a ejecutar esta operación sin problemas?"

"Te contraté para quitarte de Freezer", escupió Vegeta, agachándose y tomando una camiseta del suelo. "Quieto todo lo que es importante para Freezer."

"Me temo que sobreestimaste mi valor," dijo Zarbon. "Creo que ambos lo hicimos."

El ceño fruncido de Vegeta se profundizó mientras giraba su camisa de un lado a otro. "No importa," dijo con un gruñido.

Zarbon se frotó las sienes. "Escucha, Vegeta. Quieres que te entrene y estoy haciendo lo mejor que puedo. Has estado haciendo grandes saltos y golpes en tu lucha, pero todavía necesitas practicar si vas a luchar a mi nivel. No serás capaz de superar a Freezer con sólo fuerza bruta. Bueno, luchar contra su imperio con el tuyo es más o menos la misma situación. Puedo entrenarte a manejar tu imperio, pero tienes que aceptar mis enseñanzas en ese terreno también. ¿Ahora comprendes por qué no puedes sentarte y jugar con tu esposa?"

Vegeta se giró hacia Zarbon en furia, sus negros ojos angostados peligrosamente. "No es sólo jugar," dijo entre dientes.

Zarbon alzó una ceja, su dorada mirada brillante. "¿No? Bueno, algún día realmente vas a tener que hablar con ella. Un matrimonio no es sólo copulación, sabes."

Vegeta curvó sus labios. "¿Ah? ¿Y qué te hace semejante experto?"

El rostro de Zarbon se volvió completamente frío, toda emoción dejando su carne. "No sabes mucho sobre mi pasado, Vegeta. He estado vivo mucho más tiempo que tú. Tienes derecho a hacer esa pregunta cuando me des la respuesta a donde vienen esas cicatrices finas," dijo, señalando un dedo a las diminutas líneas sobre las clavículas de Vegeta.

Los ojos de Vegeta se ampliaron y su mandíbula se aflojó. "¿Qué?" susurró. "¿Cómo te enteraste de eso?"

Fue el turno de Zarbon para angostar sus ojos. "Las noté. Bulma las notará también, pronto si no lo ha hecho ya. Están todas sobre ti; en tus muñecas, en la curva de tus codos, sobre tu ombligo, por tu columna, incluso en el dorso de tus manos. ¿Por eso siempre usas guantes?"

"Uso guantes para proteger mi carne real del contacto con los despojos como tú," Vegeta gruñó.

Zarbon ladeó su cabeza, quitando algunos mechones de cabello fuera de sus ojos. "Supongo que podría ser verdad. Los usabas desde pequeño. Pero sé que es un hecho que no tenías todas esas pequeñas cicatrices cuando te uniste a Freezer. ¿Estoy equivocado, Vegeta? ¿Me equivoco?"

El silencio llenó la habitación, los negros ojos de carbón de Vegeta encontrándose con la dorada mirada de Zarbon. Se quedaron de pie por un largo momento así, las chispas pasando entre ellos casi visibles, antes de que Vegeta finalmente apartara la mirada. Zarbon asintió una vez. "Bulma, ¿podrías venir aquí por favor?" preguntó con suavidad.

Hubo un crujido y Bulma apareció, envuelta en una bata de gran tamaño de seda Arliana. Sus azules ojos precipitándose entre los dos hombres con aprensión. "¿Sí?"

"Di adiós a tu marido por el día. Me temo que te lo robaré," dijo Zarbon, realmente pidiendo disculpas.

Ella suspiró, sus mejillas teñidas de rojo y obviamente todavía avergonzada por lo de antes. "No, entiendo, Zarbon. Asegúrate de que haga lo que tenga que hacer."

Zarbon la miró por algún tiempo, notando las finas líneas que comenzaban a aparecer en su rostro como el resultado de la vida con Vegeta. No le sorprendería si comenzaba a ponerse canosa pronto. Por una fracción de segundo quiso acercarse y darle una caricia reconfortante, decirle que él entendía lo que ella estaba pasando, decirle que no estaba sola, pero en cambio sólo miró impacientemente a Vegeta.

Vegeta le lanzó una mirada fría antes de darle su espalda, deslizando sus mangas en su camisa y tomando su armadura. "Hagamos lo que sea necesario, Zarbon," dijo secamente y salió de la habitación.

Zarbon miró como los ojos de Bulma se volvían húmedos y luego se endurecían. Pobrecita- Vegeta era suficientemente difícil para agradar. No podía imaginar lo que debía ser estar enamorada del Saiyajin. Tal vez había algo que podía hacer para hacerla sentir menos sola. Tal vez algún día, pero no en este momento. Habían asuntos urgentes que necesitaba lidiar. "Buen día, Emperatriz," dijo Zarbon con una pequeña reverencia y lo que esperó fuera una sonrisa amable. "Te devolveré a tu esposo tan pronto como pueda."

Para su sorpresa ella realmente le sonrió, pasando un dedo a lo largo de su párpado inferior. "Gracias, Zarbon," respondió, y solemnemente se giró para volver al baño.