7.

-«No es como si pudiera explicarles que mi novio es un mago, ¡como si alguien pudiera entenderlo! Pero aun así, no cambiaría absolutamente nada de ti. Eres perfecto, mágico. Eres la estrella más brillante, Sirius».

-De Leah para Sirius. 8 de marzo de 1979.

—¿Se puede saber por qué te has rebanado la mano? —preguntó él inmediatamente, habiéndose alejado varios metros de sus amigos—. El Corazón de dragón ya estaba completamente inservible, Granger, no tenías por qué tratar de martirizarte. ¿Es por eso por lo que me estás buscando?

Durante unos instantes, Hermione ni siquiera supo de qué le estaba hablando, hasta que finalmente siguió la mirada del rubio y llegó hasta su mano vendada. Le quitó importancia con encogiéndose de hombros.

—No se trata de esto —aseguró y después agarró su mochila y la abrió frente a él—, se trata de nuestros libros de pociones. Nos hemos confundido, así que por accidente yo tengo el tuyo y tú el mío.

Draco enarcó una ceja, clavando su mirada en la joven de diecisiete años que parecía nerviosa frente a él. Más que nerviosa, Draco la sentía inquieta, impaciente.

—¿Y eso es taaaan importante como para venir a buscarme en mitad de la tarde al patio? Mañana volveremos a tener pociones a las doce, podrías habérmelo dicho entonces.

La actitud tan extraña de Hermione le parecía a Draco algo sospechosa. Inmediatamente, el primer pensamiento que le vino a la mente fue que se trataba de algún tipo de conspiración por parte de Potter y sus amigos para desenmascararlo como mortífago. Draco se llevó inconscientemente la mano hacia su antebrazo cubierto por la camisa del uniforme, bajo la cual se escondía la inconfundible Marca Tenebrosa.

Hermione tragó saliva. Ese idiota de Malfoy no entendía que la hora que fuera no le importaba en absoluto, que lo único que ella quería era recuperar su carta y evitar que él la viera, que alguien tan oscuro como Draco Malfoy pudiera tener acceso a una historia tan bella como la de Leah y Sirius.

—Necesito mi libro ahora, Malfoy. Quería repasar algunos de los ingredientes que hemos visto en clase hoy. No me gustaría que alguien volviera a arruinarme una poción —dijo con cierto recelo.

—Oh, venga ya. ¿Y para eso necesitas que te devuelva tu libro? —preguntó él—. Tienes el mío, podrías haber buscado cualquier cosa en él perfectamente. ¡Son iguales!

—¡No lo son! —exclamó Hermione, dándose cuenta de que comenzaba a ponerse más y más nerviosa—. Tengo… tengo mis apuntes en mi libro, Malfoy. Por eso lo necesito.

Draco volvió a tener la sensación de que algo no encajaba, de que esa Gryffindor estaba mintiendo.

—¿Qué apuntes?

—No te incumben.

Que su respuesta fuera tan agresiva volvió a ser una señal para Draco de que algo raro sucedía. ¿Qué habría dentro de ese libro? De repente comenzaba a interesarle. Quizás se trataba de un plan secreto de los siervos de Dumbledore para derrocar al Señor Tenebroso… no, probablemente no era algo tan importante o no se encontraría en ese estúpido libro… pero de pronto estaba convencido de que tendría algo que ver con él. Quizás Potter, Weasley y Granger lo estaban investigando. A lo mejor, lo que Granger quería recuperar con tanta urgencia eran los apuntes de esas investigaciones que estaban llevando a cabo. Suspiró, aún de más mal humor.

—De acuerdo —contestó con rudeza—. Mañana te devolveré tu libro.

Sin una pizca de amabilidad, Draco caminó por el lado de Hermione, empujándola rudamente para poder pasar. Tan sólo había dado un par de pasos cuando ella lo detuvo, hablando a su espalda.

—No, Malfoy. ¡Espera!

Él se giró, hastiado.

—¿Qué?

—Lo necesito ahora. Te he dicho que quiero estudiar y no puedo hacerlo sin mi libro. Lo quiero ahora.

—Venga ya, Granger. ¿Crees que soy tu sirviente personal? Agradece que vaya a devolverte tu estúpido libro en vez de quemarlo al saber que es tuyo…

La imagen mental de la carta de Leah ardiendo en las llamas de la chimenea de la sala común de Slytherin arrancó un pequeño grito de la garganta de Hermione, que abrió mucho los ojos, escandalizada.

—¡Por favor! —pidió—. Sólo devuélveme mi libro. No volveré a hablarte nunca más después de esto, te lo aseguro. Pero necesito tenerlo.

—¡Caray! Jamás había visto a nadie tan obsesionado por los estudios y mucho menos por un patético libro de pociones… está bien, iré a buscarlo.

Hermione sintió que algo en su interior gritaba de triunfo. Estaba tan centrada en conseguir de nuevo tener la carta, que ni siquiera parecía haberse dado cuenta de que le había rogado a Malfoy. Ella era fuerte, dura, valiente… y esas cartas le habían cambiado la vida hasta el punto de convertirla en una persona amable con el que, seguramente fuera, su peor enemigo.

Draco no dejó de pensar que ella estaba tramando algo. Lo tenía claro en el modo en el que le había hablado y mucho más en el que lo seguía en cuanto ambos entraron de nuevo a Hogwarts, recorriendo los pasillos que los llevaron hasta las mazmorras, hasta llegar a la sala común de Slytherin.

—Espera aquí —pidió él, encontrándose en la puerta.

Hermione asintió con la cabeza, pensando que poco después tendría de vuelta su carta. Sacó de su mochila el libro de pociones de Draco y se lo tendió. Él lo tomó con frialdad y durante unos segundos se encontraron verdaderamente cerca, en un pasillo completamente vacío. Hermione cayó en que esa era la primera vez que algo así sucedía con él y eso hizo que su rostro se endureciera al mirarlo. Trató de pensar en las cartas y en la felicidad que leerlas le producía, no en Malfoy y la posibilidad de que él fuera un mortífago. En ese momento no quería pensar en la guerra.

Draco percibió el cambio en ella, cómo de pronto parecía enfadada, pero aun así le entró en su sala común con pasos firmes. Tardó unos minutos en llegar a su habitación y encontró el libro de pociones de Granger sobre su mesilla de noche, junto a su cama. Lo había dejado ahí junto a otro par de libros la noche anterior, sin siquiera percatarse de que no era suyo, pero en ese momento se arrepintió de no haberlo descubierto antes. Dejó su propio libro sobre la mesa y agarró el de Granger, sentándose en su cama, que estaba cubierta por un edredón de terciopelo verde botella. Todo estaba absolutamente perfecto en su pedazo de habitación, compartida con varios alumnos más: su cama delicadamente hecha, el baúl de libros cerrado y ordenado, toda su ropa doblada en la elegante cómoda de madera oscura… sus padres le habían enseñado desde pequeño que el orden era importante, mucho más en un lugar que compartía con más personas. Todos debían ver cómo Draco Malfoy era una persona impecable en todos los aspectos.

Abrió el libro casi con cuidado, ansiando toparse con esos apuntes que ella le había dicho que estaban entre las páginas. Como esperaba, no encontró nada. Las páginas no estaban escritas y tan sólo una cosa llamó su atención, el nombre de ella escrito en la primera página: Hermione Granger. La letra era elegante, cursiva y firme. Era bonita, se veía claramente que era de Hermione, él había aprendido a reconocer la caligrafía de esa muchacha desde el primer año de curso, donde más de una vez había comenzado a toparse con papeles escritos por ella en las clases o en los libros de la biblioteca que ella siempre cogía antes que él. Tras ser nombrada prefecta, su caligrafía tan sólo se volvió incluso más habitual para él, que comenzó a recibir anuncios y noticias para prefectos escritos por ella.

Casi se sintió desilusionado al ponerse en pie. En realidad no existían ningunos apuntes, no existía ni siquiera una investigación de Potter contra él. No había nada en ese libro, al parecer, para Granger simplemente había sido demasiado incómodo permanecer con su libro unas horas más y por eso quería recuperar el suyo cuanto antes.

Cuando Draco se puso en pie con el libro sujeto en su mano derecha, algo cayó de entre las páginas de éste y el joven se giró. Frunció el ceño al darse cuenta de que no había reparado en esa carta hasta entonces y sintió cómo se quedaba congelado al leer la fecha escrita en la parte de atrás. 1979. La carta ya había sido abierta, por lo que él la reabrió con cuidado y la sacó de su sobre para leerla. Las primeras palabras ya lo dejaron una vez más helado. De Leah para Sirius…

¿Qué quería decir eso? Se imaginaba que se dirigía a Sirius Black, su «tío», por decirlo de alguna manera. Pero no tenía ni la más remota idea de quién sería Leah ni de por qué le había mandado una carta que en ese momento guardaba Granger y que, obviamente, se trataba de algo importante para ella.

Sabiendo que Hermione lo esperaba en la puerta de la sala común, Draco no dudó un segundo y se recostó sobre su cama para poder leer la carta con más tranquilidad, sin importarle demorarse un poco más de tiempo para hacerla sufrir.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Hermione cuando la puerta se abrió y Draco Malfoy salió de nuevo al pasillo, tras más de media hora.

Durante esos minutos, varios Slytherin habían entrado y salido de la sala común de las mazmorras, sorprendiéndose notablemente de que la célebre Gryffindor se encontrara allí parada en mitad de la nada, como esperando.

—No encontraba el libro —se excusó Draco, mintiendo—. Siempre lo pierdo todo, soy muy desordenado.

—Pues da gracias a que esto no lo has perdido —murmuró Hermione, enfadada, al tiempo que se acercaba y le arrancaba el libro de las manos a Draco.

Lo hizo tan bruscamente que un sobre cayó de entre las páginas y Draco no dudó un solo segundo en acercarse y recogerlo del suelo, fingiendo sorpresa, como si no la hubiera leído ya minutos antes.

—Vaya, ¿qué es esto? —preguntó, examinándolo—. ¡Una carta antigua!

Hermione avanzó con rapidez hacia él.

—¡Devuélvemela, Malfoy! —ordenó.

Él la alzó ante su cabeza, aprovechándose de ser mucho más alto que ella y la observó una vez más, con aire divertido.

—¿Tienes un amante que te envía cartas, sangresucia?

Hermione no lo pensó, de hecho su mente parecía ser sólo capaz de procesar a ese chico habiéndose apoderado de lo único que ella quería tener en ese momento. Sacó su varita de entre los pliegues de la túnica y le apuntó con ella.

—Malfoy, dame la carta —dijo con frialdad.

Ese gesto le vino tan de sorpresa que Draco finalmente bajó el sobre y se lo tendió a Hermione. No podía creerse la reacción de ella tan sólo porque él hubiera tratado de molestarla un poco. Años antes, cuando Lord Voldemort aún no había regresado, ella habría reaccionado sólo molestándose y dirigiéndole un par de improperios, estaba seguro de eso… pero en cambio, en ese momento tan tenso, ella era capaz de atacarlo con su varita. La situación era increíblemente hostil.

—Tranquila, Granger. Sólo bromeaba… no me interesa en absoluto la historia de esa muggle enamorada de un traidor a la sangre. Los dos están muertos ahora.

Hermione puso mortalmente pálida en ese instante, pese a tener la carta entre sus dedos. ¿Muertos? No, no… maldición. Sabía algo.

—La… ¿la has leído? —preguntó ella con un hilo de voz.

—Claro que sí. Pensé que sería algo interesante, algo por lo que valiera la pena que me molestaras… pero ya veo que no es más que un drama absurdo.

—Tú no sabes nada, Malfoy —gruñó ella, poniéndose aún más nerviosa—. Tú y los tuyos tan sólo entendéis de dolor y sufrimiento. No tenéis corazón… pero ellos tenían sentimientos, los tenían… y me cuesta llegar a entender que Sirius fuera un miembro de tu familia, donde todos sois unos estirados, unos prepotentes y unos…

La expresión de Draco se tornó tan sombría que podría haber helado la sangre de cualquiera que pasara por allí en ese momento.

—¿Y unos qué? —la instó a seguir—. ¿Unos mortífagos? ¿Uno asesinos? —sugirió—. Continúa, Granger. ¿Te vas a quedar callada justo ahora?

Ella permanecía tan tensa con los puños apretados que ni siquiera fue consciente de que su mano había comenzado a sangrar profusamente bajo la venda. En el momento en que un par de gotas rojas cayeron sobre el antiguo suelo de piedra, Draco dirigió su mirada hacia la mano de la muchacha. Ella tardó unos momentos en percatarse y levantó la venda, cubierta de sangre, al comprender que se había hecho daño a sí misma.

—Gracias por el libro —dijo con una voz más tranquila y se dio la vuelta.

Malfoy carraspeó con la garganta.

—Granger —dijo, preguntándose si tenía algún sentido lo que iba a hacer. Llegó a la conclusión de que no, pero aun así siguió hablando—. Usa polvo de mandrágora y jugo de calabaza para que cure. Lo hará antes.

Ella se giró una vez más, habiéndose alejado de él ya unos metros.

—¿Crees que soy tonta? —murmuró—. El jugo de calabaza tan sólo lo empeorará; me abrirá aún más la herida.

Malfoy se encogió de hombros ante el enorme desprecio que acababa de hacerle. Esa mezcla era la que su madre había usado durante toda su infancia para curar los cortes que se hacía en la rodilla o en las manos cuando se caía, pero prefirió no decírselo. Suficiente había hecho ya ofreciéndole un consejo que ella había rechazado.

Cuando Hermione desapareció, Draco pensó en volver al patio junto a sus amigos. Estaba convencido de que seguirían allí y de que probablemente Astoria lo estaba esperando… pero decidió que no estaba de humor. Se dio la vuelta y volvió a entrar en su sala común. De repente, quería estar solo.

Muchas gracias por leerme, os recuerdo que podéis encontrar esta historia también en mi wattpad ( tequila213) y que también estoy en Facebook (VM Cameron) e Instagram ( vmcameron213).

¡Mil besos!