Aquí os traigo un capítulo nuevo de la historia 3 Espero que os esté gustando, el Dramione es algo que disfruto muchísimo escribiendo y podría escribirlo aunque sólo fuera para mí, pero la verdad es que ver tantas dramioneras por el mundo me hacen querer compartirlo jaja. ;)
10- «Me sorprendió mucho que vinieras a visitarme, no sabes cuánto te extrañaba, Sirius… Prométeme que no vas a volver a pasar tantos días sin escribirme, entiendo que estés tan ocupado con esa orden de la que hablas, pero yo estaba preocupada. ¿Y si te sucediera algo?»
-De Leah para Sirius, 20 de agosto de 1979.
—¡Expulso! —clamó Hermione.
Un instante después, el cuerpo de Malfoy voló por los aires y cayó a unos metros. Goyle se acercó de inmediato a socorrer al joven rubio, pero Malfoy gruñó y rechazó su ayuda de mal modo. Al cabo de unos segundos, el Slytherin se puso en pie con la rabia brillando en los ojos. En cierto modo se sentía contento, había conseguido lo que quería y precisamente con Hermione Granger, la que menos habría esperado que respondiera en el Trío Dorado.
Cuando Draco volvió a acercarse a los tres amigos, tanto Ron como Harry lo apuntaban también con sus varitas.
—Expelliarmus —conjuró Draco.
Hermione esquivó el hechizo con facilidad, sin perder la mirada, completamente fija en los ojos grises de Malfoy. Tan sólo en ese instante parecía comenzar a comprender lo que acababa de hacer: había utilizado un hechizo de batalla contra otro alumno de Hogwarts… estaba segura de que sufriría las consecuencias por eso, pero en esos momentos ya no podía retirarse del duelo. Ya lo había hecho y tenía que cargar con la responsabilidad. Draco apretó los dientes, molesto frente a ella.
—¡Flipendo! —probó esta vez Malfoy, provocando que de su varita saliera una intensa luz azul.
Hermione no fue capaz de esquivar este hechizo que sí la golpeó de lleno en el pecho. Durante unos segundos sintió que no podía respirar y cayó violentamente hacia atrás. Gimió de dolor, y esta vez tardó varios instantes en lograr reponerse y levantarse del suelo. Sus piernas temblaron ligeramente al volver a caminar.
En el bando de Malfoy, tan sólo Blaise Zabini había alzado su varita contra ellos. El muchacho clavaba sus intensos y oscuros ojos en el trío, en una silenciosa amenaza. Ni Harry ni Ron bajaron un ápice sus varitas, las mantenían firmemente agarradas y algo le decía a Hermione que se morían de ganas por lanzar hechizos demasiado dañinos hacia Malfoy. Aun así, se controlaban bastante bien hasta el momento.
—Ya está, Malfoy —dijo Harry con voz grave—, ni te atrevas a intentarlo una vez más o que nos expulsen del colegio será el menor de nuestros problemas.
—A mí me importa una mierda que me expulsen de… —comenzó Draco, pero una voz potente lo interrumpió en ese mismo momento.
—Espero que su siguiente palabra no sea «Hogwarts», señor Malfoy, porque no creo que lo que dice le convenga en absoluto… —la voz arrastrada de Snape era inconfundible incluso antes de que los alumnos se giraran hacia él.
El profesor se acercó como si fuera una figura negra y fantasmagórica. Su capa oscura lo seguía a su espalda con algo de movimiento y su cabello negro y grasoso permanecía enmarcando un rostro pálido y ceñudo.
Hermione sintió que se le paraba el corazón. Si ya sería suficientemente malo que McGonagall los hubiera descubierto peleando, aún podía ponerse peor si quien los veía era Snape. La joven bajó su varita instantáneamente y todos los demás la imitaron al momento.
—Profesor Snape —trató de hablar Draco, pero Severus lo interrumpió.
—Granger y Malfoy, síganme —musitó con voz monótona y desagradable—. Creo que, tras siete años acudiendo a esta escuela, aún no han aprendido una de las normas fundamentales. Me parece un hecho vergonzoso.
Un ligero temblor acusó las manos de Hermione, que se temía la mayor reprimenda de su vida. La castaña sintió sus dientes castañear, nerviosa, y no pudo evitar mirar a sus amigos con ruego. Quería que alguien la sacara de ahí, que la salvara de esa situación. Harry, frente a ella, tragó grueso.
—Profesor Snape —intentó también.
El profesor se giró hacia él, como reparando en la presencia de Harry y enarcó una ceja con seriedad.
—¿Qué quiere, Potter? —preguntó—. ¿Puede usted decir algo que excuse a su amiga, la señorita Granger?
—Yo…
—¿Puede usted demostrar de algún modo que no he visto a Hermione Granger lanzando el hechizo «expulso» hacia Draco Malfoy con el único objetivo de derribarlo?
Harry se quedó callado, sin saber cómo responder a eso.
—Pero Malfoy ha…
Snape no lo dejó terminar. Su rostro fue aún más intimidante.
—Le he hecho una pregunta, Potter. ¿Puede?
—N-no —admitió él al final, bajando la cabeza.
Snape hizo una mueca que casi pareció lo más parecido a una sonrisa de satisfacción que su rostro le permitía esbozar.
—Me lo temía. Qué desilusión —siseó—. Granger y Malfoy, acompáñenme. Al director le emocionará saber de las buenas relaciones que se profesan entre las casas. Ardo en deseos de ser yo quien se lo cuente —comentó con sarcasmo.
Hermione tan sólo caminó, sin siquiera volverse una vez más a observar a sus amigos. Estaba perdida, mucho peor: estaba perdida y Malfoy se iba con ella. Sus ojos se posaron en el suelo y sus pies funcionaron automáticamente durante todo el camino hasta el despacho del director. Una pequeña parte de su mente seguía sin arrepentirse de haber atacado a Malfoy: se lo merecía.
Las palabras de Dumbledore la acompañaron durante horas después de lo sucedido con Malfoy, incluso mientras ambos alumnos cumplían el castigo impuesto por el director. No era fácil librarse de los remordimientos: «Vivimos tiempos muy difíciles, lo último que se espera de dos alumnos que están sufriendo la guerra de un modo tan intenso como ustedes, es que peleen el uno contra el otro.» La voz de Dumbledore había sonado profundamente decepcionada y Hermione no dejaba de sentirse mal al ver al mago observándolos a ambos con lástima en sus ojos azules. Supo que Dumbledore estaba pensando en la muerte de Fred al observarla a ella y en la desaparición de los Malfoy al dirigirse al joven rubio, que en ningún momento rompió su silencio.
Fue en esos momentos, mientras Draco permanecía con los labios apretados y la mirada congelada, cuando Hermione se preguntó por primera vez cómo se encontraría estando tan solo. Todo el mundo hablaba de sus padres a sus espaldas, comentaban que lo habían dejado abandonado a su suerte, que se habían unido al señor tenebroso sin siquiera pensar en lo que eso supondría para su hijo… ¿Qué sentiría Draco? Quizás estaba orgulloso de Narcissa y Lucius, podía ser que el joven mago estuviera viviendo un sueño de felicidad con esa guerra. Aunque, de todas formas, había algo en sus ojos que le decía a Hermione que esa idea estaba equivocada. Malfoy no era feliz en esos momentos y eso era evidente, más bien se sentía desgraciado como nunca; la tristeza y la amargura se apoderaban de él un poquito más a cada día, hasta el punto de que el adolescente creía que podría volverse loco de un momento a otro… si no lo estaba ya.
—Me temo que pasarán toda la semana cumpliendo distintos castigos —anunció Dumbledore a sus alumnos mientras se acariciaba su larga barba blanca, sus ojos no expresaban alegría en absoluto por lo que sucedía, pero tanto Draco como Hermione sabían que el director no había sido duro en absoluto con su castigo—. Tres horas de castigo al día serán suficientes, apelo a su cordura, señorita Granger. —Miró a Hermione unos segundos y acto seguido se giró hacia Draco—. Y a su educación, señor Malfoy… para creer que no volverán a protagonizar un suceso como el que hemos vivido hoy. ¿Puedo contar con ello?
Hermione fue la primera en asentir efusivamente, agradecida. Malfoy tardó un poco más y tan sólo susurró un seco «sí» mientras sus ojos no dejaban de chispear con desprecio.
La joven Gryffindor se obligó a sí misma a ignorarlo y a salir del despacho del director con rapidez, sin girarse de nuevo para observar a Malfoy. Toda esa situación la había sobresaltado demasiado: ella no había querido pelearse con el Slytherin, pero no había podido evitarlo, perder el control no era una de sus características, pero de todas formas había sucedido. Hermione caminó acelerada por los silenciosos pasillos del castillo por los que ya no había nadie y trató de concienciarse de que no debería hablar con Draco Malfoy nunca más en su vida o, sin duda, volvería a traerle problemas. Confió en lograr controlarse la próxima vez.
Mientras Draco abandonó el despacho del director con parsimonia, tan lentamente que parecía estar apenas paseándose, Hermione terminó corriendo para llegar a su cuarto y enterrarse bajo las gruesas y confortables sábanas de su cama. Cuando Draco maldijo por haber sido castigado, Hermione le agradeció a Merlín no haber sido expulsada de Hogwarts debido a la pelea.
Cuando Hermione se acurrucó sobre su cama para leer las cartas de Leah y Sirius una vez más, Draco sintió un fuerte golpe y aulló de dolor, refugiándose en uno de los pasillos desiertos del castillo que le llevaban a la sala común de Slytherin. Sentía que se moría de dolor y fue consciente de que una vez más, Voldemort reclamaba a sus mortífagos a través de la marca tenebrosa. Y de nuevo Draco no podía asistir a la llamada.
Se agradecen reviews y mensajes, que cuenta la leyenda que me ayudan a escribir más rápido y te acercan un poquito más a Draco Malfoy ;)
¡Mil besos!
